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Miss Hunter (Mi Jefe 2) » Capítulo 10: Sealegs
Miss Hunter (Mi Jefe 2) (R15)
Por Sam Dewdney
Escrita el Sábado 25 de Enero de 2020, 22:47
Actualizada el Viernes 31 de Julio de 2020, 22:46
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Capítulo 10: Sealegs

 

No había sido fácil acostumbrarme a la rutina de altamar. Sin importar cuanto había leído, las clases que había tomado, la información con la que me había obsesionado durante algo más de dos meses, y los días en los que Alec y yo habíamos navegado juntos, conociéndonos el uno al otro, no era fácil adaptarme al hecho de que por días no regresaría a mi puerto de origen. Alec, quien era mucho más experimentado en estas cosas, y cuya pasión había sido el mar desde niño, tanto así que por poco había destruido la relación con su padre cuando le había prohibido rotundamente ser parte del equipo olímpico de veleros, no tenía el mismo problema que yo.

 

Para él esto era apenas natural, podía sentirlo cambiar en este ambiente, como si el solo entorno y la actividad lo hiciesen convertirse en alguien libre, una personalidad que no podía emerger en las contaminadas calles de Nueva York, entre contaminación, taxis y coches, edificios y ciudadanos que vivían a mil por hora. La palabra perfecta para describirlo era radiante mientras yo hacía mi mayor esfuerzo para que la palabra que me definiera no fuera irritable.


_Lo estás haciendo muy bien. _ Había comentado él, como si sintiera mis dudas y lo cansada que me sentía a pesar de los paisajes paradisiacos y la emoción que la velocidad y movimiento del velero me transmitía. _Tendrás tus piernas marinas en un par de días. _
_¿Piernas marinas? _Inquirí, agotada y debo admitirlo, algo mareada por el constante vaivén del bote.
_Ya sabes, tu equilibrio, tu estado zen con el mar. _Dijo él, sin un ápice de burla. _Ve a dormir, me aseguraré de que sigamos en curso, y de despertarte si veo una nueva. _

 

Al escuchar las palabras "una nueva" no podía evitar llenarme de emoción y miedo a la vez, ya que se refería a una nueva isla o islote, de aquellos demasiado pequeños para aparecer en el mapa, de aquellos en los que alguien podría encontrar como un oasis en medio del desierto, pero jamás ser encontrado. Alec había aceptado sin rechistar mis solicitudes de navegación, que escanearamos casi metódicamente cada milla naútica de viaje desde el punto en el que había ocurrido la tormenta a la que meses atrás se le había atribuido la desaparición del Esme, que parásemos en cada isla e islote además de nuestras paradas obligatorias por provisiones en las demás islas. Era un alivio no haber tenido que explicarle el porqué de estas solicitudes, pero no dejaba de ser sospechoso. Tampoco dejaba de serlo el hecho de que él lo tomara todo con tanto ánimo.


_Este es tu viaje, tu entrenamiento, Padawan. Iremos y haremos lo que pidas. _ Y así lo hicimos. Mi teléfono satelital se mantuvo en silencio mientras yo también me transformaba en otra versión de Cameron Hunter, mientras hacía uso de los músculos y fuerza que había desarrollado entrenando en el gimnasio y las innumerables clases que tomaba. Aquí, pronto aprendí que yo tambien podía emerger, convertirme en quien necesitaba ser para triunfar en este viaje, si es que a lo que buscaba se llamaba triunfar.  

 

El avistamiento de cada isla o islote generaba en mi estómago una mezcla de ansiedad y conmoción, la cual se desvanecía rápidamente para convertirse en algo más que desesperanza. Los días pasaban lenta pero inexorablemente y con ellos se reducían cada vez más las posibilidades de encontrar algún indicio del paradero del Esme. A veces no lograba dormir imaginando que habíamos pasado de largo sobre los restos hundidos del velero, que por siempre descansarían en el lecho marino y que no podría llevar respuestas de vuelta a Nueva York, respuestas que me dieran paz y tranquilidad y que me permitieran seguir con la vida que él había dejado para mi.

 

Alec parecía ser experto en reconocer mis cambios de humor y en inventar creativas distracciones para lidiar con ellos. A bordo de Dawnbreaker aprendí a pescar, a limpiar la pesca del día, a reconocer cuando debía devolver un pez al agua y a hacerlo sin causarle daño, a cocinar mis propios alimentos en altamar y un sinfín de técnicas que harían a un líder boy scout orgulloso. Alec me dejaba maniobrar el velero, apretar los nudos, saltar al agua y prácticamente todo lo que quisiera…Perdí el miedo a la inmensidad del océano, a lo que vive bajo a superficie, y la forma de hablar y términos que él usaba se volvieron naturales para mí. Al iniciar el viaje me había preocupado el aislamiento al que nos enfrentábamos, el hecho de que por días enteros no vería a otro ser humano distinto a mi compañero de viaje, pero pronto dichas preocupaciones se habían disipado, había suficientes tareas a bordo para mantenerme ocupada, tanto que aprender en la vida real y poco tiempo para aburrirse.

 

Este nuevo yo me sentaba bastante bien, inclusive, sin importar cuanto bloqueador solar usara, mi piel se bronceó bajo el constante sol y el arduo trabajo, aparecieron pecas sobre el puente de mi nariz y los vellos de mis brazos adquirieron un tono dorado como mi piel, pero esto solo lo notaría mucho después, frente a un espejo y bajo las luces fluorescentes de un baño de hospital.

 

En las noches jugábamos al Blackjack y hablábamos para pasar el tiempo mientras recorríamos la ruta. Conocí Las Bahamas y no veía la hora de llegar a Nasau. Mi teléfono satelital se mantuvo cargado y cerca, pero en silencio ya que solo lo usaba para hablar con mi madre, quien estaba convencida que me encontraba en las playas de Florida con un amigo, y quien esperaba que fuera quien se convirtiera en alguien más. En ocasiones, dado lo entretenida que estaba, olvidaba pensar en los Cullen y en Masen & Co., pero entonces aparecía en el horizonte un nuevo islote y todo empezaba de nuevo, aunque con menos intensidad.

 

Todo esto me recordaba a mi escapada a Tailandia, el viaje impulsivo que había hecho luego de encontrarlo con Isabella Swan en su cama. Recordaba muy bien como había recogido todas mis cosas del apartamento al que no pensaba volver, como había dejado todas mis pertenencias en casa de Rosalie. Era increíble ahora como en tal estado había empacado algunas camisetas, jeans, una chaqueta rompevientos de viaje, el efectivo con el que contaba y mi pasaporte, cómo había abordado un vuelo a Tailandia directamente desde el JFK sin siquiera pensar en qué haría para regresar ni en cuando lo haría.

 

Desde ahí, sola y libre, había recorrido Asia, me había inmerso en otro mundo, otra cultura y lugares mágicos por conocer, todo para olvidarme de él. Ser mochilera jamás había sido una de mis aspiraciones, pero la vida sencilla y sin ataduras, sin planes e incierta me había sentado de maravilla. Recorrer el caribe en un bote jamás había estado dentro de mis planes tampoco, pero aquí estaba. Mi escapada que había iniciado en Tailandia había sido un viaje increíble, algo que sin saberlo, necesitaba. Solo había regresado a los Estados Unidos tras los ruegos constantes de mi madre, cuando el dinero ya no me alcanzaba para seguir, y tras estar segura de lo que haría con mi vida al volver. La idea de Dartmouth había nacido entonces, la idea de convertirme en alguien que inclusive él envidiaría.

 

A Alec le encantaba escuchar los relatos sobre mi peregrinaje, sobre esa despreocupada y arriesgada Cameron que un día había renunciado a su trabajo y se había ido a recorrer el mundo. Entendía su interés, ya que esa Cameron aguerrida y emocionante era justo la persona que el querría tener a su lado en un viaje como este. La persona con quien algún día podría realizar la travesía, esta vez en serio. A él no le conté nada sobre como todo había iniciado, sobre como mi jefe me había roto el corazón. Alec no me hizo preguntas incómodas, ni me cuestionó al explicar el por qué de la repentina renuncia a la vida corporativa como asistente personal. Para él, todo tenía sentido.
_Ser libre no tiene precio. _Había murmurado. _Es algo que yo jamás he vivido. Inclusive aquí y ahora, si mi padre llamara y me ordenara regresar yo no tendría más remedio que hacerlo. _Su sonrisa era algo resignada. _Tú no tenías ese tipo de ataduras, era maravilloso. _

 

Lo era, lo cual me recordó que yo ya no podía ser la Cameron libre que en ese entonces había decidido cruzar horizontes y dejarlo todo atrás. Ahora tenía ataduras, responsabilidades, a su familia, personas que dependían de mi regreso, que inclusive lo esperaban. Aunque quisiera, no podría seguir deambulando en este velero por siempre. ¿Era eso lo que él había pensado mientras navegaba a bordo del Esme? ¿Era todo esto de lo cual quería escapar? ¿Estaba yo condenada a repetirlo sin encontrar una salida?

 

_¿Por qué regresaste? _ Cuestionó Alec, sacándome de mis cavilaciones. Sonreí mientras me llevaba la lata de cerveza a los labios.
_ Se me acabó el dinero. _ Eso lo hizo reir. _Intenté trabajar como mesera, como bartender, trabajos de medio tiempo para conseguir algo de dinero pero no duraban mucho._

_Me cuesta imaginarte en esos trabajos. _ Soltó Alec, riendo animadamente.
_No veo por qué. Trabajé en un café cuando estaba en Dartmouth, como mesera, y en el colegio hacía voluntariado en comedores comunitarios. _
_Vaya. Una ciudadana ejemplar. ¿Cómo fue que terminaste en algo tan aburrido como el mundo de las leyes? _
_No es aburrido. _ Contrarresté.
_ Vaya que lo es. _ Dijo él, rodando los ojos.
_Eso es porque nunca has estado en la corte. _ Clavé mi mirada en el horizonte, pero en lugar de vislumbrar el fantástico cielo estrellado de una noche sin nubes, lo ví a él, ante un jurado y la juez Eisenhower, moviéndose con gracia y garbo, como un felino que sabe que es el más poderoso en la habitación. Su sonrisa torcida, sus ojos verdes brillantes, su cabello desordenado y su actitud arrogante de alguien sabe que se saldrá con la suya. Cerré los ojos para evitar las lágrimas que pronto seguirían ante tal recuerdo, para tratar de frenar el torrente de recuerdos que seguirían a esa imagen.
_Por favor, no me vas a decir que se compara con la majestuosidad del océano. Te lo advierto, una respuesta en falso y podría estar exiliándote de este bote._ Amenazó Alec con sorna. Me aclaré la garganta para que la voz no me sonara entrecortada.
_ ¿A dónde me vas a expulsar? No hay atisbo de tierra firme en varias millas a la redonda. Además, estarías perdido sin mí. _
_ ¿Eso crees? _
_ Estoy segura. No durarías más de cinco minutos sin mi. _

 

Lo siguiente fue una discusión sobre los pros y contras de navegar en solitario, una en la que hablamos con el mayor profesionalismo y su nombre nunca fue mencionado. Cuando había preguntado por su familia y el por qué no había considerado navegar con ellos, Alec había soltado una carcajada.
_ Conociste a mi hermana, ¿no? ¿Te imaginas pasar días enteros con ella dando órdenes en mi velero? Me volvería loco. _

_ ¿Y tu melliza? Siempre pensé que los gemelos tenían una especie de conexión más allá de la hermandad. _
_ No conoces a Jane, no creo que se soportarían ni por un minuto. Mi melliza no se parece en nada a Fran. _Negó con la cabeza. _Jane es como mi opuesto. Irritante e irascible, además sufre de nauseas. Y en cuanto a la conexión especial de la que hablas, a ambos nos encanta sacarnos de quicio desde que estábamos en el vientre de mi madre. _ Eso me hizo reir.
_Se nota que la quieres. _Alec bufó. _Lo veo en tus ojos, brillan cuando hablas de ella. _ Sabía que no me creía, pero como alguien que había crecido como hija única las relaciones fraternales siempre me habían generado curiosidad. Ver a Jasper y Emmett interactuar siempre me alegraba el día, la forma en que ninguna de sus disputas o peleas parecía durar más de cinco segundos, que siempre estaban dispuestos a apoyar al otro, eso era algo que yo nunca había vivido. Bueno, excepto por Rose y Jake, que eran lo más cercano que podría tener.

_Jane querría matarte. Fran…a Fran le caes bien. _ Comentó Alec, sus ojos en el horizonte.
_ ¿Qué hay de tu padre? ¿No aprendiste a navegar con el? _
_No. Mi padre lo acepta y patrocina esto porque es la pasión de un Volturi, de su padre antes que él. Fue mi tío Caius quien me enseñó a navegar. _Alec hizo una pausa mientras se recostaba para mirar hacia el cielo. _Cáncer. _
_Vaya. Lo siento mucho, Alec. _ Susurré, tomando su mano.
_Lo que estamos haciendo, le encantaría. _Sonrió mirando a las estrellas. _ Con él es con el único que consideré esta ruta, hasta que tu llegaste, entusiasta, obstinada y con más valor que la mayoría de los demás en este campo. _ Me acosté junto a él a contemplar el firmamento. _ Nuestro bote tiene sistemas de navegación, pero mi tío era de la vieja escuela y me enseñó a navegar con las estrellas. _  Dejé escapar un gritito de admiración ante tal información.
_Increíble. _
_ Con cielos como este y algo de paciencia puedo enserñarte. _ Me sonrió con orgullo y yo asentí de inmediato. _Claro que será difícil para alguien tan citadino como tú. _
_Ja, ja, ja. Muy gracioso._

 

El destino tiene su forma de desbaratar todos los planes que hacemos, es algo a lo que debería haber considerado acostumbrarme. Mientras escuchaba a Alec hablar, en medio de la inmensidad y paz del océano, como si fuésemos los últimos seres humanos en el mundo, como si ambos necesitáramos este respiro de nuestras vidas y del mundo, podía imaginarme que esto era una terapia, podía pensar que tal vez este viaje era lo que necesitaba para dejar el pasado atrás y que Alec era el indicado para ayudarme a hacerlo.


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