Historia al azar: Enamorada de mi profesor
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Lindsey Cooper, la hermana de Lily Evans » Magia
Lindsey Cooper, la hermana de Lily Evans (ATP)
Por Hermaire
Escrita el Sábado 11 de Enero de 2020, 20:34
Actualizada el Jueves 22 de Octubre de 2020, 20:36
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Magia

Capítulos
  1. El nacimiento
  2. Magia
  3. La verdad
  4. Lista para el viaje.
  5. Albus Dumbledore
  6. Hogwarts
  7. Conociendo a los Dursley
  8. Valle de Godric
  9. Severus Snape, ¿el amigo de Lily?
  10. ¡Hola, tía Lindsey!
  11. Conociendo un poco más
  12. Una visita nocturna
  13. La vista en el juzgado
  14. No eres ella
  15. Desahogo
  16. La llegada de Beauxbatons
  17. ¡No puede ser posible!
  18. Un pequeño enfrentamiento.
  19. La carta del abogado
  20. La primera prueba
  21. La vista en el juzgado
  22. Una contienda lejos del juzgado
  23. El anuncio de Dumbledore
  24. Una carta de tía Petunia
  25. ¿Irías conmigo al baile?
  26. El baile
  27. Un espía en el pasillo
  28. Incertidumbre
  29. Un nuevo artículo de Skeeter
  30. El paseo
  31. Amor
  32. Un intruso
  33. Gemelas.
  34. Revelación.
  35. Perdóname
  36. ¿Qué sucede con Lindsey?
  37. La segunda prueba del torneo
  38. ¿Ocurrió de nuevo?
  39. Antídoto
  40. Muerte en el castillo
  41. Cuidaré de ti
  42. La excursión a Hogsmeade.
  43. Una grata visita.
  44. El fantasma

Una vez en Cokeworth, Emily y Jasper tuvieron que acostumbrarse a la idea de vivir en una de las peores zonas de la pequeña ciudad. Deborah vivía al final de la calle de la Hilandera, cerca de un río apestoso y una fábrica de textiles cuya chimenea expelía un denso humo que por más que se fuera por los aires, siempre llenaba de hollín los patios y las calles. Su antiguo hogar no era precisamente el mejor de todos, de hecho, de vez en cuando había una que otra pelea callejera en los alrededores y las calles no estaban en el mejor estado, pero al menos no apestaba ni tenía un aire tan lúgubre. Y era precisamente ese ambiente el que tanto le molestaba a Emily, sin contar con la personalidad grotesca de su cuñada Deborah. Pero ni modo, era mejor estar allí que con la incertidumbre de ser buscada por la policía, aunque la razón le indicaba que nadie la perseguiría para recuperar el supuesto cadáver de un bebé. De todos modos solo tenía que soportar una semana. 

—¿Viste que llegó visita en casa de Deborah, querido? Es una pareja y también tienen un bebé —comentó Eileen, sonriendo con ternura mientras recostaba a su hijo en el hombro para sacarle los gases (acababa de darle el pecho)

—¿Y qué tiene eso de especial? —respondió su esposo con tedio mientras encendía la televisión, exhalando una bocanada de humo de su cigarrillo.

Ella resopló de molestia y abrió la ventana para tratar de disipar el olor a nicotina.

—Pues a mí sí me alegra saber que Severus tendrá a alguien con quien jugar —respondió ella mientras recostaba al niño en una cuna portátil.

—¿Acaso vivirán ahí? —respondió el hombre, dándole otro jalón a su cigarrillo.

—No lo sé —respondió Eileen comenzando a enojarse al ver cómo el hombre subía los pies a la mesita del té y fumaba con desenfado—. No había pensado en eso, tal vez solo están de paso.

—Sea como sea me da lo mismo.

—Desde luego que te da lo mismo, Tobías —espetó Eileen sin poder contenerse—. Así como te da lo mismo fumar como mercenario preso. Te recuerdo que ahora tenemos un bebé en casa.

—¿Y qué con eso? —preguntó el hombre encogiéndose de hombros—. ¡Mira, Eileen, Es Elvis Presley! —exclamó mientras señalaba la pantalla del televisor con entusiasmo, sin importarle el reclamo de su esposa.

Eileen ahogó un grito con la respuesta descarada y desconsiderada de su marido. Tobías en cambio subió el volumen.

—Te lo he dicho muchas veces, Tobías ¡No quiero que fumes en casa!

—¡Qué fastidio, mujer! ¡Déjame en paz!

—¡Eres un desconsiderado! ¡Un egoísta! Ese humo le hace daño al bebé. ¡Y ya baja el volúmen del televisor que pretendo dormir a Severus!

El hombre no le hizo caso, no bajó el volumen del televisor y mucho menos apagó el cigarrillo que era lo que más irritaba a Eileen, así que ella sacó su varita y con ella hizo desaparecer el cigarrillo en los dedos de Tobías. El hombre la miró con asombro, todavía no se acostumbraba y jamás se acostumbraría a que se había casado con una bruja.

—¡MALDITA SEA, YA ME TIENES HARTO! —gritó apagando el televisor.

Su gritó espantó al bebé que comenzó a llorar con desesperación en la cuna.

—Lo que me faltaba —dijo después rodando los ojos.

Tobías se marchó de la casa dando un portazo. Eileen en cambio corrió hasta la cuna para intentar calmar a Severus.

—¡Shhh, Ya! No llores, mi ángel que mamá está aquí para protegerte. 

Al día siguiente, Eileen se preparaba para ir a llevar al niño al hospital para ponerle su vacuna correspondiente. Tobías se acercó a la cuna para echarle un vistazo y luego le entregó a su esposa un poco de dinero.

—Llevalo a un hospital normal, no quiero que lo lleves a ese lugar donde nació, lleno de gente rara como tú.

—No somos gente rara, Tobías ¡No seas ignorante!

—Como sea, quiero que mi hijo crezca sano, que lo vea un pediatra y le pongan sus vacunas como cualquier niño normal y dudo mucho que en ese San... Muncio, San... lo que sea lo atiendan como es debido.

—San Mungo —lo corrigió Eileen con fastidio mientras introducía un biberón y algunos pañales en el bolso que llevaría consigo al hospital—, y para tu información, existen pociones que surten el mismo efecto que las vacunas pero protegen de enfermedades mágicas y desde ya te informo que también haré que se las suministren te guste o no.

—Ningún hijo mío será un bicho raro.

—Si por «bicho raro» te refieres a que sea un mago, permíteme aclararte que es muy probable que lo sea.

-Por eso nunca quise tener hijos contigo una vez que supe que me habías engañado, que me había casado con una... una bruja.

-Entonces ¿por qué me tomaste a sabiendas de que podía haber consecuencias? -preguntó Eileen muy sagaz, señalando la cuna de Severus.

-Pensé que te estabas cuidando.

—¿Por qué no lo hiciste tú? Además yo no me arrepiento de tenerlo.

—¡Ya largate! ¿sí? Yo me tengo que ir a trabajar. 

Eileen tomó la cuna portatil donde tenía a Severus y salió de la casa junto a su marido que siguió rumbo a la fábrica para ir a trabajar. En la casa de enfrente su vecina también se preparaba para salir.

—¡Eileen! —la llamó Deborah, haciéndole señas para que se acercara al auto—. ¿A donde vas, mujer?

—Voy al hospital. Mi hijo tiene consulta con el pediatra y le toca su vacuna —respondió Eileen con timidez.

Ella no era una mujer muy sociable y por ende no se había preocupado por hablar con sus vecinos más que lo necesario. No obstante deseaba que su hijo fuese menos hermético que ella.

—¡Hola, bebé! Es hermoso tu hijo —dijo Deborah—. Ya tiene como un mes, ¿no es así?

—Veintidós días, nació el nueve de este mes.

—Si quieres puedes venir con nosotras. Mi cuñada también quiere llevar a su bebé al pediatra. Ellas son Emily y su hija Lindsey —las presentó Deborah.

Eileen sonrió por cortesía aunque no acostumbraba mucho hacerlo. Estrechó la mano de la mujer y observó a la niña con atención. Esa mujer se veía realmente mayor para ser madre de una niña tan pequeña pero desde luego, como no era indiscreta, no comentó nada al respecto.

—Es un poco más pequeña que Severus —comentó Deborah, haciendo una seña a ambas mujeres para que abordaran el asiento trasero del auto—. Nació ayer.

Eileen no pudo contener su asombro que se reflejó en su semblante.

—¿En serio? ¡Tan pronto le dieron el altaa usted!

Emily, echándole una mirada de reproche a su cuñada se apresuró a añadir con voz nerviosa y una falsa sonrisa:

—Debi es una bromista. No, en realidad Lindsey tiene unos diez días.

Eileen volvió a sonreir por cortesía pero al echarle una nueva mirada con prudencia a la criatura, dedujo que evidentemente estaba recién nacida.

—El tuyo es hermoso —añadió Emily para cambiar el tema, echándole un vistazo a Severus que dormía plácidamente en su cunita portatil.

—Muchas gracias, señora Cooper —respondió Eileen.

—¿Y por qué tu marido no te acompaña a la consulta, muchacha? —preguntó Deborah, haciendo gala nuevamente de su indiscreción mientras ponía el auto en marcha.

—¡Ah! Él... bueno, él tiene que ir a trabajar, por eso no pudo acompañarme.

—Mi marido tampoco puede acompañarme ya que está atendiendo los últimos detalles de nuestro viaje —comentó Emily—. La semana que viene nos iremos a España.

—¡Ah, vaya! —comentó Eileen con un tono de pesar. Hasta los momentos no habían demasiados niños en esa cuadra con los que Severus se pudiera relacionar a lo largo de su vida. Pero ella no podía sospechar aún que ese asunto a él lo tendría sin cuidado porque en realidad, ni siquiera durante su paso por la escuela primaria muggle hizo el menor esfuerzo por acercarse a los otros niños. 

Los años fueron transcurriendo y los Evans al final terminaron acostumbrándose a la ide de que ese treinta de enero habían tenido solo a una hija en lugar de dos. No obstante les quedó la espina y la incertidumbre de no haber podido obtener respuestas concretas del hospital cuando les solicitaron el cadáver de la otra melliza. Era su derecho, esa niña era suya y ellos querían darle un entierro solemne, digno de una niña amada, por eso se llenaron de indignación cuando el obstetra les respondió que normalmente en esos casos, la morgue tomaba la decisión de incinerar a los bebés muertos, junto a los pacientes que nadie reclamaba. Lo que los Evans no sospecharon era que en realidad la respuesta del obstetra era una mentira para acallar el hecho, mucho más indignante de que en realidad no tenía idea de qué había sucedido con el cuerpo ni tampoco con Emily Cooper, una de las enfermeras que lo ayudó durante su labor. Esa extraña y misteriosa desaparición le dio mala espina al galeno y lo hizo imaginarse miles de cosas que pudieron suceder, llegando incluso a dar en el clavo en sus conjeturas, pero sin atreverse a contar nada, por temor a ser involucrado en el hecho.

Los padres regresaron devastados a casa, pero a pesar de que con los años fueron superando la muerte de su hijita, jamás se olvidaron de ella, de hecho, conforme las pequeñas Lily y Petunia crecían, el señor y la señora Evans les hablaban de su hermana para que las dos estuvieran en conocimiento de que ella alguna vez existió. 

Lilly tenía un alma noble y carismática, era dulce, tierna y alegre. Disfrutaba de la naturaleza y sobre todo de ciertas habilidades que recientemente había descubierto, cosas que jamás en su vida imaginó que pudiera llegar a hacer. Eran cosas que solo había visto en los dibujos animados ¿Cómo era posible que ella pudiera hacerlas también?

Podía flotar en el aire como si estuviera en el agua, podía hacer levitar cosas y hasta cambiar de color los vestidos de sus muñecas. Todo esto sacaba de quicio a su hermana Petunia quien a diferencia de ella era engreída, egoísta y no soportaba que la atención se desviara de ella.

Cuando la señora Evans descubrió esta «habilidad» en la pequeña Lily, como es natural se horrorizó y se lo contó a su marido, e incluso, ambos la llevaron a la iglesia para que fuese analizada por los expertos anglicanos, pero ninguno de ellos encontró algo paranormal en la niña ya que afortunadamente estos episodios no se daban con demasiada frecuencia en ella, al menos hasta que cumplió los nueve años cuando su «condición» comenzó a manifestarse más a menudo.

La señora Evans no dejó de investigar el hecho por su cuenta y hasta llegó a la conclusión de que su pequeña poseía el don de la telequinesis, pero igual la exhortó a ser discreta con su habilidad para no llamar la atención de los curiosos inoportunos o peor aún, de la prensa o demás medios que pudieran importunarla o asustarla.

Ambas niñas crecieron rodeadas de afecto y amor a igual medida, pero Petunia siempre creyó que Lily se robaba toda la atención de sus padres, abuelos o amigos y para colmo envidiaba sobremanera esa «habilidad» que la hacía especial, por eso no perdía oportunidad para increparla cada vez que encontraba a Lily «haciendo algo raro»

Petunia creció llena de prejuicios hacia la magia, como una forma de tapar la enorme frustración que le producía el no poder formar parte de ese mundo que antes creía que solo podía pertenecer al universo de los cuentos de hadas y dibujos animados. Por eso no toleraba cuando su hermana se reunía con su nuevo amigo, un niño que, al igual que ella, podía hacer cosas que nadie más podía, al menos desde el punto de vista de Petunia. Él le aclaró a Lily que era una bruja, aunque la niña al principio se ofendió con su revelación. No obstante, el niño le aclaró que no se trataba de algo malo y que en el colegio al que seguramente asistirían ambos más tarde, le enseñarían a canalizar su magia.

Petunia, escondida en cualquier sitio escuchaba las conversaciones e inevitablemente soñaba con todo ese universo descrito por el amiguito de su hermana, imaginando que ella también podría. Más tarde, cuando Lily cumplió los once años, tal y como Severus describió, el director del colegio Hogwarts se apareció en la casa de los Evans para entregarle a la niña su carta de admisión y explicarle a sus padres y a ella misma todo lo referente al mundo que la esperaba allá. 

En casa de los Snape, Eileen gritó de emoción y orgullo, besando y abrazando a su hijo cuando recibió aquella lechuza parda.

—¡Severus, es tu carta, mi cielo!

El niño la tomó con entusiasmo de la pata del ave que se la ofrecía. Al fin se cumpliría su sueño, al fin sería admitido en el colegio con el que tanto soñó después de las descripciones de su madre. Allí podría ser feliz, cerca de su amiga y lejos de las constantes peleas de sus padres que lo sacaban de quicio. Severus amaba profundamente a su madre, pero el desprecio que su padre les prodigaba a ambos y a todo lo referente al mundo de la magia, lo hicieron detestarlo. Tobías jamás le dedicó una caricia o una palabra de cariño. Constantemente increpaba a Eileen y hasta llegó a romperle la varita cuando vio que a Severus se le manifestó su magia, lo hizo pensando que tal vez la madre lo había hechizado.

Las peleas entre ambos cada vez eran más insoportables: gritos y ofensas iban y venían de ambas partes, lo que provocaba que él quisiera andar por su cuenta, alejándose de su casa lo más que podía para no tener que oírlos. Eileen era una madre amorosa pero poco a poco se fue entregando a la desidia, encerrándose en sí misma, volviéndose cada vez más fría y parca, pero eso sí, siempre se encargó de que su hijo supiera todo lo referente a ese mundo que lo sacaría de aquel infierno de vida que Tobías había creado a su alrededor, con su desprecio, sus palabras hirientes y finalmente con su alcoholismo.

Tobías fue despedido de su trabajo y evidentemente el dinero comenzó a escasear en casa, por lo tanto Eileen se vio en la obligación de encontrar un empleo. Así que comenzó a trabajar como pocionista en la botica Slug and Jiggers. La mujer estaba feliz porque había vuelto a su mundo y además porque en uno de esos días su marido se marchó de la casa para nunca más regresar. Por eso, al verse solo, Severus comenzó a volverse cada vez más autosuficiente, encargándose él mismo de su apariencia, evidenciando la soledad que lo aquejaba. 

Lindsey Cooper al igual que Lily también había manifestado ciertas habilidades que asustaron a su familia, en especial a la puritana de su madre...

La familia se había residenciado en Valencia, España, en donde al padre de Lindsey le fue muy bien con su contrato, tanto que muy pronto comenzó a independizarse. Emily, debido a su profesión tan necesitada, encontró trabajo también en un pequeño hospital de la zona donde vivían, y un par de años después también comenzó a servir de voluntaria en un hospital de la iglesia a la que asistía.

La pequeña Lindsey, como es natural en los hijos de padres mayores, creció rodeada de mimos y atenciones. Era una niña dulce, hermosa, tierna y alegre, como su hermana a la que jamás llegó a conocer. Pese a criarse como hija única jamás fue egoísta ni caprichosa, al contrario, siempre se mostró piadosa y servicial con sus semejantes, tanto que desde muy temprana edad comenzó a sentirse atraída por la labor de su madre e insistía en ayudarla en el pequeño hospital de la iglesia, así fuese tan solo para alcanzarle algún instrumento que necesitara.

Lindsey siempre decía que cuando fuese grande sería doctora y sus padres le alentaban la idea.

Emily estaba feliz y satisfecha con el hecho de ser madre e incluso Jasper, que antes se había acostumbrado a la idea de no tener hijos, se sorprendía de cuánto había cambiado, volviéndose un consentidor insufrible de su única hija.

Pese a que estaban en España y los tres hablaban el idioma a la perfección, dentro de casa se hablaba inglés para que la niña no perdiera sus raíces ni tampoco su idioma originario.

Emily adoraba a su hija y se sentía feliz de tenerla, pero, aunque era una mujer piadosa y empática, su excesiva dedicación en la iglesia y el voluntariado se debían principalmente al hecho desesperado de querer acallar su conciencia que constantemente la martirizaba, y de hecho, en una ocasión creyó que la vida le había pasado factura, cobrándole el rapto de la pequeña a un precio muy elevado....

Cuando ella vio a Lindsey levitar en su habitación, rodeada de sus juguetes, se aterrorizó y comenzó a llorar. Ungió la cabeza de la niña con agua bendita y comenzó a reprocharse mentalmente, preguntándose si acaso aquella acción se había suscitado para recordarle su pecado de haberla arrancado de los brazos de sus verdaderos padres. Jasper no le creyó hasta que la vió. A diferencia de la señora Evans, y a pesar de su puritanismo, Emily no llevó a la niña a su iglesia por temor a verse en la obligación de confesar su pecado y así verse juzgada. En lugar de eso se encerraba en su habitación a rezar novenas y ese mismo año decidió inscribir a Lindsey en un colegio de monjas. Afortunadamente y debido a su personalidad alegre y naturaleza popular, no le costó adaptarse al cambio y rápidamente se hizo con un grupo de amigas.

Lamentablemente, con el pasar del tiempo y debido a que sabía que su madre se aterrorizaba cada vez que hacía algo que ella consideraba extraño, Lindsey fue reprimiendo tanto sus poderes que poco a poco se fue acumulando entorno a ella una gran energía que derivó en un obscurus que horrorizó todavía más a su madre, llegando a pensar que un demonio los atormentaba en casa, así que se mudaron a otra vivienda pero nada cambió. El pánico de Emily contagió a Lindsey con lo que la energía negativa comenzó a fortalecerse. El hecho llamó la atención de las autoridades del ministerio de magia español que detectó la actividad. Afortunadamente, la niña estaba a punto de cumplir los diez años y por ende se acercaba la fecha en que debía asistir a su colegio de magia correspondiente.

Su vida estaba a punto de cambiar drásticamente...

Un representante del ministerio visitó la vivienda y tuvo que armarse de paciencia cuando le reveló a los padres que la niña en realidad era una bruja y que por ende poseía poderes y que al tratar de reprimirlos había creado esa energía negativa en torno a ella.

—¿Qué está diciendo? -preguntó la mujer santiguandose, indignada—. ¿Está queriendo decir que mi hija es una hereje? Ella está bautizada bajo la fe cristiana católica, estudia en un colegio de monjas. Es piadosa, misericordiosa y ayuda a sus semejantes ¿Cómo puede usted afirmar entonces que es una bruja? Además ella es muy pequeña y no tiene malicia para involucrarse en esas cosas de sectas y...

—Señora Cooper —intervino el representante. No le costaba lidiar con muggles ya que ese era su trabajo constantemente—. Comprendo su posición y su visión de los hechos debido a la imagen que ustedes los muggl... los seres sin magia (corrigió para que pudieran comprenderlo mejor) e han hecho acerca de nuestro mundo. Lamentablemente la televisión y el cine han contribuido mucho con eso. Pero le aseguro que ser un mago o una bruja no tiene que ver a fuerza con nada maligno.

—Esto... esto tiene que ser una broma... debe haber un error aquí —terció el señor Cooper.

Lindsey escuchaba todo con atención desde su lugar (sentada en medio de sus padres, frente al hombre del ministerio) Era una niña lista, así que tras escuchar esas palabras se sintió aliviada, al darse cuenta de que lo que le sucedía era natural y no se debía a que algo estuviese mal con ella.

El hombre les dio un largo discurso que poco a poco fue convenciendo a la aterrorizada y sorprendida Emily. Ese hombre no parecía maléfico ni diabólico como siempre le habían dicho que eran las personas que practicaban la magia. El representante del ministerio hasta tuvo que hablarles acerca del pasado de los magos y brujas, del estatuto del secreto, de las reglas y de todo el sistema que envolvía a la comunidad mágica. Jasper solo se convenció por completo cuando el hombre sacó la varita y ejecutó algunos hechizos sencillos con ella.

—Nunca imaginamos esto— comentó el señor Cooper.

—En inglaterra, nuestro país natal, jamás escuchamos acerca de algo así. Es sorprendente. Siempre imaginé cosas terribles cuando me hablaban de brujería —añadió Emily.

—Por que los muggles (es así como llamamos a las personas sin magia) tergiversaron las cosas debido al desconocimiento. Hay gente buena y mala tanto en su mundo como en el mío, señora Cooper.

En términos generales, los magos y brujas existen, señor y señora Cooper y la prueba la tienen en medio de ustedes —dijo señalando a Lindsey—. Cuando cumplen edad suficiente, deben ir a un colegio de magia para aprender a canalizar sus poderes y lo hacemos a través de esto -dijo sacando del bolsillo de su chaqueta una varita.

Los Cooper ahogaron un grito, pero Lindsey miró el instrumento con fascinación.

—Es como la del hada madrina de cenicienta -dijo con alegría—. ¿Yo también tendré una de esas?

—Desde luego que sí, pequeña. Si vas a una escuela de magia. ¿Que edad tienes?

—Tengo casi diez, señor, la semana que viene los cumpliré.

—Bien, ya que vives aquí en España te corresponde ir a la escuela de magia y hechicería de Beauxbatons ubicada en Francia, pero como eres inglesa de nacimiento, como han revelado tus padres, también puedes optar por Hogwarts, la escuela de magia para aspirantes a hechiceros británicos.

—¡No! -exclamó Emily enseguida, levantándose del asiento como si este la hubiese pinchado. De repente le llegó una idea a la memoria...

Quizá los verdaderos padres de Lindsey eran hechiceros y por eso la magia se había manifestado en ella, para recordarle que no era suya en realidad. Si ella volvía a inglaterra, tal vez se encontrara en ese colegio con su hermana gemela y entonces todo quedaría al descubierto. ¡No lo permitiría! Si Lindsey debía ir a un colegio lejos de ella y su marido no sería en el Reino Unido, sino lejos de allí. Jasper parecía estar pensando lo mismo, aunque no dijo nada.

—Prefiero que ella vaya a Francia —se apresuró a añadir Emily para justificar su negativa. Creo que estará más cerca de nosotros.

—Pero, mami, no sé hablar francés —refutó Lindsey.

—Ese no es un problema, pequeña —comentó el hombre sonriendo—. A pesar de que en Beauxbatons comienzan el curso con diez años de edad, tú tendrás que esperar hasta septiembre cuando comience el nuevo curso porque este ya está muy avanzado. De modo que tendrás tiempo suficiente para aprender el idioma. Yo me encargaré de comunicarme con Madame Beaulieu, la actual directora de Beauxbatons para que esté lista para recibirte. Ella misma vendrá a hablar con ustedes para explicarle todo acerca de su colegio.

—Una última pregunta, señor... —dijo el señora Cooper.

—García, Felipe García —completó el hombre.

—Bien, señor García. Si ni mi esposa ni yo tenemos magia ¿cómo es posible que Lindsey..? —no se atrevió a terminar porque su esposa le dio con el codo en las costillas. No quería que él tocara ese tema... era peligroso. Sin embargo el señor García respondió la pregunta a medio terminar.

—Es posible que los muggles engendren hijos mágicos, señor Cooper. Hay muchísimos casos, quizá porque hay algún antepasado mágico por ahí, aunque sea lejano. Del mismo modo un mago y una bruja pueden engendrar a un hijo Squib, que es una persona que aunque desciende de la magia, no puede ejecutarla, así que termina generalmente incorporándose a la comunidad muggle.

Los Coopers suspiraron con alivio y cuando el señor García abandonó la casa, todo el semblante se relajó, el obscurus había desaparecido porque Lindsey ahora era libre para manifestar sus poderes y porque finalmente sabía la verdad acerca de su origen, al menos en lo concerniente a que era una bruja. 




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