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Lindsey Cooper, la hermana de Lily Evans » La llegada de Beauxbatons
Lindsey Cooper, la hermana de Lily Evans (ATP)
Por Hermaire
Escrita el Sábado 11 de Enero de 2020, 20:34
Actualizada el Jueves 29 de Octubre de 2020, 20:58
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La llegada de Beauxbatons

Capítulos
  1. El nacimiento
  2. Magia
  3. La verdad
  4. Lista para el viaje.
  5. Albus Dumbledore
  6. Hogwarts
  7. Conociendo a los Dursley
  8. Valle de Godric
  9. Severus Snape, ¿el amigo de Lily?
  10. ¡Hola, tía Lindsey!
  11. Conociendo un poco más
  12. Una visita nocturna
  13. La vista en el juzgado
  14. No eres ella
  15. Desahogo
  16. La llegada de Beauxbatons
  17. ¡No puede ser posible!
  18. Un pequeño enfrentamiento.
  19. La carta del abogado
  20. La primera prueba
  21. La vista en el juzgado
  22. Una contienda lejos del juzgado
  23. El anuncio de Dumbledore
  24. Una carta de tía Petunia
  25. ¿Irías conmigo al baile?
  26. El baile
  27. Un espía en el pasillo
  28. Incertidumbre
  29. Un nuevo artículo de Skeeter
  30. El paseo
  31. Amor
  32. Un intruso
  33. Gemelas.
  34. Revelación.
  35. Perdóname
  36. ¿Qué sucede con Lindsey?
  37. La segunda prueba del torneo
  38. ¿Ocurrió de nuevo?
  39. Antídoto
  40. Muerte en el castillo
  41. Cuidaré de ti
  42. La excursión a Hogsmeade.
  43. Una grata visita.
  44. El fantasma
  45. ¿Qué diantres está pasando?

Los días pasaron y la fecha tan temida por Lindsey se acercaba a pasos agigantados. Al levantarse de la cama aquella mañana no pudo evitar pensar en Noah más de la cuenta. Le inquietaba el hecho de pensar que su ex esposo estuviese ahora oficialmente con Colette Piaf pero casi inmediatamente se reprochaba a sí misma ¿Qué más daba eso? Ya no estaban casados así que Noah podía hacer con su vida lo que quisiera... por más que doliera.

—Una semana —susurró mientras abría la puerta de la enfermería al regresar del desayuno—, en una semana no tendré más remedio que verlo.

Por la tarde, como casi no tenía trabajo en la enfermería, salvo clasificar y etiquetar pociones con la señora Pomfrey o echar a la basura las que estaban caducadas (trabajo que estaba bastante adelantado) Lindsey decidió dar un paseo por el castillo como siempre y si era posible, aprovechar para ver el desempeño de su sobrino en clases. Pero cuando vio a Harry salir del aula de Defensa Contra las Artes Oscuras cojeando y frotándose la cabeza con una expresión de dolor, se alarmó.

—¿Qué te sucedió, Harry? —preguntó mientras corría hacia él para comprobar su estado.

—No es nada, tía Lindsey —respondió Harry sorprendido.

—¿Cómo que no es nada? ¿Qué te sucedió?  ¿Qué te sucedió a ti, Ron? —añadió al ver que el muchacho alternaba un paso con un brinco.

—Es... bueno, es que el profesor Moody estuvo enseñándonos a realizar las maldiciones imperdonables —explicó Ron—, pero Harry logró resistirse al final.

—¡Ron! —intentó detenerlo Harry pero ya era tarde pues su tía lo había escuchado.

—¿Cómo qué?... Jamás en toda mi vida escuché que se arrojara maldiciones imperdonables sobre los estudiantes para enseñarlos ——dijo la medimaga indignada y furiosa.

Hermione comenzó a agitar la mano en señal de que se avecinaba un gran lío.

—No fue nada, tía. En serio, de hecho creo que fue una buena manera de... ¿Qué haces? —preguntó Harry horrorizado al ver que Lindsey se dirigía hacia el aula de Moody.

—Ve a la enfermería, cariño y pídele a Poppy que te atienda. También tú, Ron. ¿Tú estás bien, Hermione? Disculpa que no te pregunté antes, cielo.

—Estoy bien, Lindsey, descuida.

—Estamos bien, tía.

Pero Lindsey no les hizo caso y comenzó a tocar la puerta del aula. Lo hizo con tanta energía debido a su molestia, que a Harry le sorprendió que no se hubiese lastimado los nudillos.

—Profesor Moody! —llamó la mujer—. Necesito hablar con usted enseguida.

El hombre abrió la puerta y al mirar a Lindsey esbozó una extraña sonrisa, mientras la miraba de arriba abajo.

—Mira nada más a quién tenemos aquí —dijo manteniendo esa mueca que pretendía querer emular una sonrisa—. Es la tía del famoso Harry Potter. ¿Deseabas hablar conmigo?

—Desde luego, profesor, es que no puedo concebir la idea de que a alguien se le ocurra arrojar maldiciones imperdonables sobre los chicos.

—¡Tía! ¡Tía, por Dios ya basta! Estoy bien —suplicó Harry, tratando de hacerla retroceder.

Moody se echó a reír y su risa enfureció todavía más a Lindsey.

—No te preocupes, Potter, es normal que tu tía se preocupe por ti ¿no es así, mi querida Lindsey?

—Naturalmente —respondió la mujer—. No solo estoy preocupada, sino indignada. Tengo entendido que usted fue un gran auror y ahora como profesor supongo que le habrán indicado previamente lo que debe y no hacer con los estudiantes. ¿Acaso no ve que son solo niños?

—El Señor Tenebroso nunca tuvo contemplaciones con los niños, mi querida Lindsey y me temo que tampoco sabes que a los mortífagos les divertía especialmente lastimar a los más vulnerables. Es necesario prepararlos debidamente.

—Pero no de esta manera.

—Yo sé lo que hago, Cooper, así como tú y Pomfrey deben saber lo que hacen en su enfermería.

—¿Qué clase de maldición arrojó sobre ellos? —preguntó sin salir de su asombro—. ¿Acaso los torturó también?

—¿Cómo rayos se te ocurre que haría algo así, muchacha? Solo practicamos la maldición Imperius y déjame añadir además que deberías estar orgullosa de tu sobrino porque supo cómo resistirse, es por eso que se lastimó un poco al caer contra la mesa

Lindsey se tapó la boca con las manos.

—Tiene un gran talento este muchacho —añadió Moody—. Y no debes preocuparte demasiado. El resto de las maldiciones las realicé sobre una araña para que pudieran apreciar el efecto. No hice algo distinto a lo que seguramente hiciste tú durante tu formación en la academia de medimagia, ¿o sí? Para todos es bien sabido que se usan animales para...

—Está bien, profesor Moody, pero le agradecería que fuese más cuidadoso con los estudiantes y no permita que se lastimen.

—Eso dependerá de ellos y de su eficacia a la hora de poner en práctica lo aprendido —al ver los ojos verdes y llameantes de Lindsey agregó—: No te preocupes, muchacha que nadie matará a tu sobrino dentro de los muros de este colegio.

Lindsey se marchó acompañada de Harry, Ron y Hermione pero aunque no lo dijo, a ella no le gustó para nada las últimas palabras de Moody, había cierto matiz oscuro en ellas que no pudo pasar desapercibido.

Harry insistió en que no era necesario visitar la enfermería solo por un porrazo en la cabeza y en las rodillas, pero Lindsey solo lo dejó ir después de examinarle el cuero cabelludo y las rótulas, comprobando así que no había fracturas o heridas.

Cuando Lindsey entró de nuevo en la enfermería Ron estuvo bromeando un buen rato a propósito del numerito con Moody.

—Es lógico que se alarmara —dijo Hermione con el ceño fruncido—, a mí tampoco me gustó para nada lo que el profesor Moody hizo con esa pobre araña.

—¿Pobre? —preguntó Ron, incrédulo—. ¿Acaso sabes lo que una araña puede hacer con un ser humano? Se nota que no conoces a Aragog.

—Me refiero a... ¿Acaso alguno de ustedes dos vio la cara de Neville mientras el profesor torturaba a la araña? Eso fue cruel y parece que a él le afectó bastante.

Harry guardó silencio y entonces Ron lo sacó de su ensimismamiento cuando señaló un cartel en el vestíbulo.

—¡Miren!

Los tres se apresuraron a acercarse al cartel donde ya se aglomeraban algunos alumnos visiblemente emocionados.

Torneo de los tres Magos

Los representantes de Beauxbatons y Durmstrang llegarán a las seis en punto del día viernes 30 de octubre. Las clases se interrumpirán media hora antes.

Los estudiantes deberán llevar sus libros y mochilas a los dormitorios y reunirse a la salida del castillo para recibir a nuestros huéspedes antes del banquete de bienvenida.

—¡Genial! —exclamó Harry riendo—. La última clase del viernes es Pociones! ¡A Snape no le dará tiempo de envenenarnos a todos!

Ron se echó a reír con el comentario de Harry.

—Imagino la cara de Lindsey si te escuchara decir eso.

Harry se puso nervioso con el comentario de Ron y miró a todos lados pero no vio a su tía por ninguna parte. Ron rió todavía más. Hermione también rió pero de pronto su sonrisa se congeló al tener una idea repentina.

—De todos modos no creo que Snape haya hablado enserio ¿o sí?

—No lo sé pero en cualquier caso prometió hacerlo por orden alfabético así que deberías preocuparte más que Harry y yo.

—Eres un tonto, Ron. No creo que él haga algo tan terrible como eso.

—¡Solo falta una semana! —exclamó Ernie Mcmillian con gran emoción.

Todos los días sucesivos, Lindsey decidió mantenerse muy ocupada para tratar de no pensar en el asunto de la llegada del contingente de Beauxbatons. Así que, además de etiquetar algunas pociones con la señora Pomfrey, se dedicó a hacer otras nuevas y además ir a recolectar ingredientes en los invernaderos y las inmediaciones del bosque prohibido donde, por cierto, tuvo que esquivar algunos escregutos de Hagrid.

El guardabosque estuvo encantadísimo cuando Lindsey le mostró como debía vendar y entablillar las patas de un unicornio herido. Al principio el animal comenzó a resistirse, pero tras unas cuantas caricias y palabras dulces, el pobre se dio cuenta de que pretendían ayudarle.

Snape por su parte también se dedicó a lo suyo, aunque no por eso dejó de pensar en lo mucho que había lastimado a Lindsey en su última conversación. Se sentía un gusano miserable y tenía la necesidad apremiante de disculparse con ella pero su orgullo y agria personalidad se lo impedían. No obstante, en una ocasión en que él fue a los invernaderos a recoger algunos ingredientes para su próxima clase, se la encontró.

Ella lo miró de reojo y siguió con lo suyo, sin inmutarse con su presencia. Severus no pudo evitarlo, esa era la misma actitud que había adoptado Lily cada vez que por alguna razón se encontraban tras su pelea. Era la misma forma de enarcar las cejas para demostrar molestia, apresurándose en sus movimientos para terminar más rápido y marcharse lo antes posible. No pudo evitar sentir un agudo pinchazo en el corazón, sobre todo al comprobar que quién hacia las comparaciones entre ambas era él y no ella que ni siquiera la había conocido.

Él no pretendía hablarle, no quería siquiera estar allí y al mismo tiempo también era incapaz de abandonar el lugar, no mientras ella estuviera presente y pudiera sentir su sutil aroma a jazmines que provocaban envidia hasta a las flores que adornaban algunas macetas. Así que, pretendiendo no inmutarse por su presencia, Snape tomó unas tijeras y se dedicó a cortar algunas ramitas de eucalipto mientras Lindsey hacía lo propio con una planta de romero y otra de centinodia.

Ella seguía trabajando afanosamente para marcharse de allí, no soportaba su presencia, pero cuando fue a colgar las tijeras en su sitio lo hizo tan deprisa que deslizó la palma de la mano por una de las afiladas cuchillas que había quedado expuesta. Como ella no llevaba guantes de jardinería, se hizo un corte profundo que comenzó a sangrar de forma profusa.

—¡Rayos! —exclamó con una expresión de dolor que no pudo evitar.

—¡Cooper! —exclamó Snape sobresaltándose, alarmado ante tanta sangre que comenzaba a deslizarse por la mano de la mujer.

Él se apresuró a auxiliarla, tratando de tomarla por la muñeca de la mano herida, pero ella se negó.

—Estoy bien —dijo con voz seca, tratando de poner su mano fuera del alcance de Snape.

Severus apuntó una llave de agua con la varita y esta se abrió.

Debes lavar esa herida lo antes posible.

—Sé lo que hay que hacer, soy medimaga, ¿recuerdas? —respondió la mujer, pero una punzada de dolor la obligó a detenerse para suspirar.

Sabía que tenía que lavar la herida y poder así evaluar el daño que se había hecho, pero al mismo tiempo quería marcharse y alejarse de él lo más pronto posible.

—Ven aquí —dijo Snape sin escucharla, tomándola por la muñeca de la mano izquierda que no tenía lastimada, para conducirla hasta la llave de agua.

—¡Suéltame! Se perfectamente lo que debo hacer.

El hombre no la escuchó, la soltó pero la tomó por la otra muñeca pese a sus protestas y le metió la mano bajo el chorro de agua del grifo. Instintivamente Lindsey se resistió en primer lugar debido al agudo pinchazo que sintió al contacto con el agua, y en segundo lugar porque esta estaba muy fría y le provocó una sensación desagradable. Ambos pudieron notar que el corte era en realidad bastante profundo y en cuanto el agua se llevaba la sangre, nuevamente manaba una gran cantidad.  

—Es profundo —analizó Snape observando el corte con detenimiento, retirando la mano de Lindsey del grifo—, y no deja de sangrar.

—Debo haberme cortado una de las arterias del arco palmar superficial.  

Snape no dijo nada, pero sin quitarle la mirada de encima a la herida y sin dejar de sujetar a Lindsey, buscó con la mano libre la varita entre los pliegues de su capa. 

—¿Qué haces? ¡Dejame ir, Sanpe! —suplicó Lindsey forcejeando débilmente mientras comenzaba a ponerse pálida—. Sé lo que debo hacer. 

—También yo sé lo que debo hacer —respondió Snape, mirándola directamente a los ojos por primera vez desde que estaban ahí.

Y sin más colocó la punta de la varita sobre la herida y comenzó a conjurar un encantamiento que ella jamás, ni con todos sus años de estudio en la academia ni fuera de ella, había escuchado. 

¡Vulnera Sanentur! ¡Vulnera Sanentur!

La voz grave y parsimoniosa de Snape mientras recitaba el hechizo relajó a Lindsey y por alguna razón la hizo sentir protegida; por eso dejó de luchar y se dedicó a observar y escuchar.
Parecía una canción que ella no quería dejar de oír jamás, pero lo que más llamó su atención era que toda la sangre que salía de la herida y bajaba por su muñeca, manchando incluso la mano de Snape que la sujetaba, regresaba a ella y comenzaba a cerrarse, dejando un corte mucho menos profundo. Cuando terminó, Snape volvió a hurgar en uno de sus bolsillos y esta vez extrajo un pañuelo de seda con el cual vendó cuidadosamente la pequeña incisión que había quedado. 

  —¡Ya está! Ahora podrás llegar a la enfermería sin correr el riesgo de desangrarte en el camino. 

—Gracias —susurró Lindsey con un hilo de voz mientras Snape la liberaba—. ¡Espera! —añadió luego al ver que él recogía sus artículos para marcharse. 

Snape se detuvo sin dejar de darle la espalda. 

—Jamás he escuchado ese encantamiento, ni siquiera en la academia. ¿De dónde lo aprendiste? 

Él giró el rostro para mostrarle solo el perfil, enarcó una ceja en un gesto muy suyo y respondió con simplicidad antes de seguir su camino:

—Por ahí. 

Cuando Lindsey llegó a la enfermería no tuvo sino que untarse un poco de ungüento a base de díctamo y hierbas analgésicas en la pequeña herida.

Ella tomó el pañuelo con el que Snape había envuelto su herida y con la ayuda de su varita se deshizo de la mancha de sangre que había dejado la pequeña herida de su mano (debido a que el resto había regresado a ella tras el extraño encantamiento de Snape) Luego lo analizó, descubriendo así que tenía unas iniciales bordadas.

E P 


—¿E.P? —se dijo a sí misma Lindsey como si con tan solo pronunciarlo en voz alta pudiera resolver el enigma. 

Esas iniciales no le correspondían a él ni tampoco a alguien que conociera.  

Esa noche, después de la cena, Lindsey alcanzó a Snape al inicio de las escaleras que descendían a las mazmorras para devolverle el pañuelo, ahora inmaculado.

—Quería regresartelo y agradecerte nuevamente por lo que hiciste por mí. 

Snape tomó el pañuelo por unos segundos pero después volvió a colocarlo en la palma de la mano de la medimaga. 

—Quédate con él —dijo—, y tómalo como...  como si fuera...

Snape no pudo terminar, no solo porque le costaba decir lo que quería, sino porque en ese momento Potter salió del gran comedor acompañado de sus inseparables amigos y el contingente de alumnos. Él aprovechó la ocasión para seguir su camino, así que cuando Lindsey se giró para mirarlo descubrió que ya no estaba y en su lugar había un mar de alumnos de Slytherin bajando las escaleras que conducían a las mazmorras. 

Cuando Lindsey regresó a su habitación, preparándose para dormir, cuando recostó su cabeza en la almohada volvió a contemplar el pañuelo con las iniciales y entonces comprendió lo que Snape había querido decir sin completar sus palabras: Él quería que ella lo aceptara como una forma de pedirle disculpas por sus duras palabras, lo sabía porque también lo había percibido al mirar sus ojos cuando estaban en el invernadero y por la manera en que cuidó de ella. 

Durante esa semana, si bien Snape y Lindsey no habían logrado convertirse en amigos, al menos ya no se evitaban mutuamente cuando se encontraban por los pasillos, incluso se saludaban con cortesía. 

Al fin llegó el día tan esperado por todos en el castillo, menos por Lindsey, aunque en el fondo, muy en el fondo también lo esperaba.

Era treinta de octubre y el gran comedor había sido engalanado con los estandartes de las cuatro casas. Había mucho jaleo en el castillo. Asimismo el señor Filch se esmeró bastante en abrillantar los trofeos, armaduras y los marcos de los retratos. Dumbledore estaba entusiasmado, así que durante el desayuno le recordó a sus alumnos que a las seis de la tarde debían guardar sus útiles y prepararse para recibir a los huéspedes fuera del castillo.    

Lindsey estaba en realidad muy nerviosa pero al notarlo, Harry le confirmó que estaría a su lado a la hora de recibir al contingente de Beauxbatons para brindarle confianza, cosa que ella agradeció conmovida.  Corrió a su habitación y se encerró en ella solo para buscar entre sus cosas el único retrato que conservaba de su exmarido. Lo contempló con un nudo en la garganta pero no se permitió llorar, solo deslizó la yema de los dedos por el rostro del hombre que había amado por muchos años, aunque ahora también lo despreciara. Le asustaba pensar que él podía regresar con Colette prendida del brazo pero si así fuera no podía hacer nada, salvo aceptarlo con madurez, después de todos ella mismo lo había alejado de su vida por traidor. 

A las seis de la tarde, estudiantes, profesores y demás personal de Hogwarts se apostaron frente al castillo para esperar a los huéspedes. Ataviados de punta en blanco para dar la mejor impresión.
Aunque no solía usarlo muy a menudo, Lindsey se vistió con su uniforme de medimaga que diferenciaba del de la señora Pomfrey porque en la cofia llevaba el emblema de la Organización Mundial de Medimagia. 

Todos se preguntaban cual sería el medio de transporte que utilizarían las dos casas para llegar al castillo, incluso Harry, por consiguiente Lindsey se divertía de lo lindo.

—¿Creen que llegarán en tren como nosotros? Si es así solo llegarían a Hogsmeade antes de tomar las carretas —razonó Ron—, o quizá prefieran darle un paseo por el lago para darles la bienvenida como los de primer curso.    

—No lo creo, Ron —objetó Hermione.

—¿Y entonces cómo? ¡En escobas? —preguntó Harry elevando la mirada al cielo, pero después se volvió para mirar a Lindsey—. Evidentemente tú debes saberlo, ¿no es así? ¡Vamos, tía, dinos como van a llegar!

—Lo descubrirán dentro de poco, mi cielo —respondió la medimaga, atenta al firmamento, por lo que Harry, Ron y Hermione supusieron que al menos no estaba descartada la conjetura de que llegarían por aire—. Después te presentaré a Madame Máxime. Ella fue mi profesora de Tarnsformación pero ahora es la directora del colegio.  

Harry asintió, estaba emocionado, sin quitar la mirada del horizonte. No tuvo que esperar demasiado tiempo porque unos minutos después todos escucharon la voz de Dumbledore. 

—¡Ajá! ¡Si no me equivoco, se acercan los representantes de Beauxbatons!

—¿Dónde? —se preguntaron muchos, mirando en todas direcciones.  

—¡Por allí! —gritó un alumno señalando hacia el bosque.

—¡Por la larga barba de Merlín! —exclamó Ron, admirado 

Lo que se acercaba por el cielo, casi rozando las copas de los árboles del bosque, era una fila de caballos que conforme se aproximaban se hacían más enormes. Todos arrastraban una especie de carruaje que al mismo tiempo parecía una suntuosa casa enorme.

Lo animales descendieron con elegancia frente a todos y a los pocos segundos la puerta se abrió y emergieron un par de alumnos vestidos con sutiles uniformes azules. 

—Ese es el medio de transporte del que disponen los estudiantes de Beauxbatons para llegar al colegio —explicó Lindsey—, y también se usa en ocasiones especiales como esta.  

—¡Wow! ¡Es súper! —exclamó Harry, tratando de no perder detalle. 

—¡Es hermoso! —se admiró Hermione. 

—¡Esos caballos deben tener el tamaño de un elefante! —comentó Ron. 

—Son Abraxam, una raza de caballos alados —explicó Lindsey—. Pese a su apariencia imponente son bastante delicados: les gusta que los traten con respeto y solo se alimentan de whisky de malta.  

Todos observaron que, después de deslizar una escalera de debajo de la puerta del carruaje, el par de estudiantes tomaron cada uno las manos de una enorme mujer que apareció en el umbral. Todos estaban asombrados. 

El corazón de Lindsey latió muy deprisa no solo porque acaba de ver a su mentora y amiga, sino porque sabía que faltaba poco para lo inevitable. 

Mientras el contingente de alumnos emergía del enorme carruaje, Madame Máxime saludó en primer lugar a Dumbledore y a sus profesores.

Lindsey, la saludó con la mano al ver que la mujer ya la había ubicado entre el mar de gente y se dirigía hacia ella en compañía del profesor Dumbledore.

—Me alegra verla de nuevo, Madame —la saludó Lindsey, mientras la mujer se inclinaba para besarla en ambas mejillas—. Harry, chicos, ella es Madame Maxime —añadió con orgullo, aunque de vez en vez sus ojos se desviaban hacia el carruaje de donde continuaban emergiendo alumnos y algunos profesores—. Como les dije fue mi mentora y es una gran amiga que me ayudó a encontrar al profesor Dumbledore y por ende a ti. Madame, este es mi sobrino, Harry Potter y sus amigos Ron Weasley y Hermione Granger. 

—Encantada en conoceglos —dijo la mujer con su marcado acento francés acompañado de una pequeña reverencia, aunque después besó sus mejillas también—. ¡Oh queguida! Tenías gazónen tus cagtas, tu sobginoes hegmosoy tiene tus ojos. 

—Más bien los ojos de su madre —aclaró Lindsey mientras Harry se ruborizaba por los besos de la directora y sus elogios.  

En ese momento Lindsey observó con horror y rabia como Colette Piaf emergía del carruaje en compañía de una muchacha bellísima que se le parecía bastante. Era evidente que estaban emparentadas porque, por el brillo plateado de sus cabellos blondos, se podía deducir que era una mitad Veela como ella. 

—¿Ha llegado ya Kagkagov? —preguntó Madame Maxime. 

—No, pero no debe tardar en llegar, de seguro lo hará de un momento a otro —respondió Dumbledore. 

Pero lo que menos le preocupaba a Lindsey era la llegada de ese tal Karkarov, ya que en ese momento sus ojos seguían posados sobre el carruaje de donde, en ese justo momento, emergía Noah, con su uniforme de medimago de punta en blanco, al igual que su sonrisa de perla y sus lacios cabellos castaños, sosteniendo su maletín de mano.
Ella no pudo precisar lo que sintió en ese momento, simplemente su corazón no dejaba de latir con mucho ímpetu, no sabía si era de rabia por ver que Colette se había atrevido a venir, por emoción de volver a ver al hombre que fue su marido por dieciséis años o simplemente por ira al remover en su memoria los terribles recuerdos de la traición vivida. En cualquier caso el momento había llegado y se suponía que ella debía estar preparada.  




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