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Lindsey Cooper, la hermana de Lily Evans » La vista en el juzgado
Lindsey Cooper, la hermana de Lily Evans (ATP)
Por Hermaire
Escrita el Sábado 11 de Enero de 2020, 20:34
Actualizada el Jueves 22 de Octubre de 2020, 20:36
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La vista en el juzgado

Capítulos
  1. El nacimiento
  2. Magia
  3. La verdad
  4. Lista para el viaje.
  5. Albus Dumbledore
  6. Hogwarts
  7. Conociendo a los Dursley
  8. Valle de Godric
  9. Severus Snape, ¿el amigo de Lily?
  10. ¡Hola, tía Lindsey!
  11. Conociendo un poco más
  12. Una visita nocturna
  13. La vista en el juzgado
  14. No eres ella
  15. Desahogo
  16. La llegada de Beauxbatons
  17. ¡No puede ser posible!
  18. Un pequeño enfrentamiento.
  19. La carta del abogado
  20. La primera prueba
  21. La vista en el juzgado
  22. Una contienda lejos del juzgado
  23. El anuncio de Dumbledore
  24. Una carta de tía Petunia
  25. ¿Irías conmigo al baile?
  26. El baile
  27. Un espía en el pasillo
  28. Incertidumbre
  29. Un nuevo artículo de Skeeter
  30. El paseo
  31. Amor
  32. Un intruso
  33. Gemelas.
  34. Revelación.
  35. Perdóname
  36. ¿Qué sucede con Lindsey?
  37. La segunda prueba del torneo
  38. ¿Ocurrió de nuevo?
  39. Antídoto
  40. Muerte en el castillo
  41. Cuidaré de ti
  42. La excursión a Hogsmeade.
  43. Una grata visita.
  44. El fantasma

Lindsey todavía estaba atónita con lo que acababa de suceder e incluso siguió cuestionando si acaso no estaría soñando. No obstante, cuando pudo reaccionar, corrió hacia la puerta y la cerró de golpe, posteriormente buscó su varita y terminó de bloquear el acceso a la habitación mediante un encantamiento. ¿Qué rayos había pasado por la mente del profesor de Pociones para irrumpir de esa manera en su habitación y además para besarla? —pensó Lindsey mientras regresaba a la cama, todavía temblando, pero una y otra vez le llegaba como respuesta la idea de que él debía haber estado enamorado de Lily. Basaba su hipótesis en el hecho de que se había percatado bien de las reacciones que adoptaban Charity y el profesor Dumbledore cada vez que ella les preguntaba por la relación entre Severus Snape y su hermana y el motivo de la destrucción de una amistad que parecía tan sólida. A veces titubeaban o simplemente evadían el tema, se mostraban incómodos, además la reacción del hombre al mirarla, mucho más emotiva que los demás, sus intentos por evadirla pero sobre todo el hecho de que parecía perseguirla a todos lados.

Tal vez él no se había dado cuenta, pero en muchas ocasiones Lindsey se había percatado de su «vigilancia»  se lo había topado en numerosas veces por los pasillos, casi siempre en el tercer piso o directamente merodeando cerca de la enfermería, pero ella lo había atribuido al hecho de que su asombroso parecido con Lily lo atraía al recordarle su amistad, de todos modos todavía no le encajaba el hecho de que la hubiese ofendido y rechazado su ayuda si ambos se querían tanto, hasta que Charity mencionó lo de Potter. 

Quizá él estaba celoso, no lo sabía, pero la gota que había derramado el vaso acaba de suceder. Haberlo encontrado allí, en medio de la penumbra, observándola con detenimiento para luego reaccionar de esa forma... 

Ese beso, había sido tan desesperado y tan intenso, además de inesperado. Ella no pudo preverlo, cuando se dio cuenta de lo que ocurría ya estaba en sus brazos, pero... Era necesario hablar con él para aclarar la situación, necesitaba que él le contara la verdad acerca de su verdadera relación con Lily pues por la mente de Lindsey comenzaba incluso a fraguarse la terrible idea de su hermana pudo haberle sido infiel a su esposo James... ¡No! Eso sería terrible —se dijo la medimaga mientras se pasaba la mano por el rostro. 

Todo el mundo que la había conocido no había hecho más que hablarle acerca de lo buena persona que era, de su altruismo, nobleza y de su honestidad pero... ¡Santo cielo! Al día siguiente, ni bien regresara del juzgado buscaría a Snape para hablar, quisiera él o no, necesitaba hacerlo porque la situación ya empezaba a preocuparla, además él tendría que entender que ella no era Lily.


Severus Snape había regresado a su habitación en las mazmorras, transpirado y con el cabello revuelto por la carrera que lo sacó del tercer piso, con las mejillas encendidas y un intenso sentimiento de vergüenza y rabia hacia sí mismo por haber sido tan imbécil, por haberse dejado llevar así por sus emociones. 

¿Quién demonios se creía que era? ¿un maldito adolescente? —pensó mientras se dejaba caer en un sillón junto a su cama, pero de forma inconsciente se acariciaba los labios mientras se estremecía con el recuerdo de la suavidad de los de Lindsey, y lo mucho que había disfrutado besarla. 

No había estado bien, de eso estaba consciente desde el mismo instante en que se vio a sí mismo en la enfermería, pero no había podido evitarlo. Tenerla cerca era como revivir a Lily y tener la oportunidad de recomenzar pero todo eso se desvanecía al recordar que no era ella... Lily seguía muerta y sepultada en Godric's Hollow....

¿Qué debía hacer ahora? ¿Qué haría ella? ¿Se armaría un escándalo? 

—¡Maldita sea! —exclamó golpeando el brazo del sillón con el puño, aunque muy en el fondo no se arrepentía y al mismo tiempo no dejaba de preguntarse qué habría sucedido si él hubiese hecho eso mucho antes con la verdadera Lily, antes de que se fijara en Potter y este la alejara para siempre de él.          



Al día siguiente y todavía desconcertada al darse cuenta de que todo había sido real y no un sueño, Lindsey se levantó de la cama, se arregló y se fue a desayunar. En la mesa no vio a Snape por ninguna parte pero el hecho no le extrañó dadas las circunstancias. Dumbledore estaba ahí y de vez en cuando le sonreía para animarla debido a la cita que tendrían más tarde en el juzgado muggle. Al terminar de desayunar, Harry se acercó a Lindsey para darle ánimos porque estaba seguro de que, después de esta cita y las que quedaban por delante, el juez fallaría a su favor. 

—Lo sé, mi niño —respondió ella después de besarlo en la frente. 

—¿No podría ir yo también? —preguntó Harry al profesor Dumbledore que llegaba en ese momento junto a ellos—. Me interesaría mucho hablar con el juez, después de todo es mi custodia la que se disputa. 

—Lo sé muchacho, pero me temo que por los momentos eso es imposible, por lo menos hasta que el juez te mande a llamar. Estos muggles son muy celosos con sus leyes y es mejor darles la mejor impresión obedeciendo sus ordenanzas. Pero no te preocupes, Harry, que en cualquier momento serás citado y estoy seguro de que tu opinión será muy valiosa.  

—Creo que no habría nada que discutir, quiero estar junto a tí, tía Lindsey. 

—Y yo voy a hacer todo lo posible porque así sea, mi cielo —respondió la aludida, mirándolo con una sonrisa. 

—Bien, pero ahora debemos irnos, Harry. Nos vemos luego —se despidió el director, tomando a Lindsey del brazo mientras ambos se encaminaban hacia las puertas dobles del gran comedor y posteriormente al exterior del castillo. 

Por ahora el asunto de Snape y su loca reacción de la noche anterior había quedado atrás, opacada por el asunto del juzgado. Lindsey estaba seriamente preocupada y así se lo hizo saber al director, pero Dumbledore la tranquilizó con sus sabias palabras y hábiles decisiones.

—Tienes razón, querida Lindsey. Petunia podría aprovecharse del hecho de que para el mundo muggle prácticamente no existes, no tienes un empleo, profesión o algo así  —aceptó mientras caminaban a través del camino que conducía a las verjas—, pero no creas que no pensé en eso antes.  

—Y ¿qué hacemos entonces? —preguntó Lindsey nerviosa. 

—Pues en el Wizengamot planteé tu asunto y fue así como logré conseguirte un abogado. Allá en el juzgado debe estar esperándonos Archivald Mahoney. Es un mago especialista en asuntos muggles del ministerio de magia, especialmente preparado para estos casos que involucran a mestizos y muggles. Ya sabes que el ministerio ha tenido que infiltrarse para poder resolver estos asuntos. Él se encargará de tu casa y deberás dejarlo todo en sus manos. Está enterado de todo lo que concierne al asunto y en lo que empieza la reunión hablará contigo para ponerte al corriente de la situación. 

—Muchas gracias, profesor —dijo Lindsey con la mirada iluminada mientras le echaba los brazos al cuello al anciano, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón de ilusión—. Es cierto lo que Hagrid afirma de usted, siempre tiene todo resuelto   

El director sonrió. 

—No creas en eso, muchacha. Solo hago lo que puedo y eso sí, debo advertirte que de todas formas esto no garantiza que ganemos el caso. Estaremos a iguales con los muggles, sin ventajas, salvo por el hecho de que tu abogado tienen licencia del ministerio para conseguirte algunos documentos que necesites valiéndose de sus habilidades mágicas. Y bueno... A veces se pueden hacer un par de cositas cuando se trata de precisamente de evitar exponer nuestro mundo, en ese caso hay ocasiones es que la ley les permite ejercer la magia sobre los muggles...

—¿Pero... el señor Mahoney es en realidad un abogado?

—Naturalmente —respondió el profesor Dumbledore mientras abrían las verjas—. En el ministerio las personas que trabajan directamente con muggles a veces deben infiltrarse hasta el punto de desarrollar sus mismas actividades y por eso hay médicos, abogados, ingenieros etc... 

—Siempre lo intuí —respondió Lindsey, ya preparada para emprender la marcha.   

Ambos se tomaron de la mano y se desvanecieron para aparecer segundos más tarde detrás de unos botes de basura en un callejón.

—No lo mencioné antes pero, me agrada su traje de muggle, señor —comentó Lindsey con una sonrisa mientras se ponían en marcha nuevamente. 

—Muchas gracias, querida pero me parece justo aclarar que fui debidamente asesorado por Minerva esta vez —respondió el director ajustándose la corbata.  

En el vestíbulo del edificio donde se dirigieron los esperaba un hombre de mediana edad que sostenía un maletín. Estaba ataviado con un traje oscuro y una corbata verde olivo que hacía juego con sus ojos. Tenía el cabello castaño oscuro y una sonrisa afable. 

—Muy buenos días, Archivald —saludó Dumbledore con un apretón de manos—. Ya estamos aquí. Ella es Lindsey Cooper.

Ambos se saludaron con la mano, luego el hombre consultó su reloj. 

—Genial, todavía tenemos tiempo de sobra, son las nueve y la cita es a las diez así que podremos conversar a gusto. Síganme —dijo el hombre mientras los conducía hacia una sala destinada precisamente para eso.

El lugar tenía escaso mobiliario: constaba de una mesa y cuatro sillas, un televisor que estaba sobre un pedestal en la pared y que en ese momento estaba apagado, y un sofá. Las ventanas estaban cegadas por persianas. Archivald les señaló las sillas para que tomaran asiento. Lindsey estaba ansiosa, tenía miles de preguntas e inquietudes pero la serenidad de su abogado le brindaba mucha confianza. 

—Señor Mahoney, he de comenzar confesándole que estoy terriblemente nerviosa con este asunto. 

—¿Qué le preocupa, señora Cooper? 

—Más de un asunto pero principalmente el hecho de que en la comunidad muggle prácticamente no tengo una profesión, ni siquiera un oficio. Pensarán que no tendré como sostener a mi sobrino, tampoco estoy casada, de hecho estoy divorciada y quizá puedan pensar que no podré brindarle un calor familiar. 

El señor Mahoney la escuchaba con una sonrisa en los labios pero cuando ella terminó él pudo tranquilizarla. 

—Tengo entendido que cuando usted adquirió la casa que compró aquí en Londres, mencionó que era médico, ¿no es así?  —Dumbledore y Lindsey asintieron—. Bien, solo tiene que sostener esa pequeña mentira, después de todo usted es medimaga y no hay mucha diferencia. 

—¿Pero cómo podría demostrarlo en caso de que me lo pidan? 

—Muy sencillo —respondió el abogado, hurgando en su maletín, luego extrajo unos documentos y los colocó sobre la mesa—. Esta es su licencia de medicina. Usted es médico oficialmente y trabaja en el hospital St Mary.

Lindsey miró los documentos con una sonrisa y una expresión de sorpresa. 

—Pero ¿cómo? 

—Ya conoce nuestros métodos y en caso de que quieran comprobarlo llamando al hosital, podemos modificar algunas memorias —aclaró al ver el gesto interrogativo de su clienta, luego añadió—: Podemos hacerlo, estamos autorizados por el ministerio de magia en vista de que conocen a fondo su caso y su posición. 

—Me alegra mucho.

—Además, tenemos a su favor el hecho de que usted fue víctima de un secuestro en su más tierna infancia y ese hecho podría conmover al juez. 

—Sin contar con que Harry estaría muy complacido de vivir con su tía Lindsey. Esta mañana se lo —dijo comentó Dumbledore, muy contento.

—Ese es un punto a su favor, pero por ahora no lo llamarán. 

En ese momento el abogado miró su reloj de pulsera y exclamó. 

—¡Ya casi es la hora! Debemos acercarnos a la sala.

Afuera de la habitación donde se encontraban, estaba Petunia acompañada de un abogado escuálido y casi anciano que sin embargo tenía unos ojos muy vivaces y negros como los de los pájaros. Al ver a Lindsey y al profesor Dumbledore, la mujer compuso una mueca de sorpresa (como señal de que todavía no asimilaba el hecho del extraordinario parecido de Lindsey con su hermana) pero posteriormente le lanzó una mirada de desdén mientras elevaba la nariz. 

—¡Buenos días, Petunia! —la saludó Lindsey, pero la mujer no le contestó de la misma forma.   

—Supongo que también querrás obtener la herencia de mis padres, pero te advierto que evidentemente esta ya fue repartida entre Lily y yo, sus únicas hijas, además no eran muchas cosas y en cuanto a la parte de Lily, no tengo idea de qué habrá sucedido con eso —comentó con una sonrisa burlona—. Llegaste demasiado tarde.   

—Yo no he venido por ninguna herencia, Petunia, afortunadamente no me hace falta. Estoy aquí por lo que ya sabes, para litigar la custodia de Harry, nuestro sobrino. 

—Mí sobrino, querrás decir —recalcó la muggle con mucho énfasis, mirándola con desdén? 

Lindsey sonrió con sarcasmo. 

—¿Y desde cuando le guardas tanto aprecio? —preguntó.

Petunia no respondió enseguida pero le echó una mirada nerviosa al mago que estaba a la derecha de Lindsey. El hombre vestía bien y por su apariencia parecía un abogado... ¿Acaso los magos también...?

—¡Por favor, ya pueden ingresar! —la voz de un hombre bajito que salió de una de las oficinas interrumpió sus pensamientos. 

—Si quieres yo te esperaré aquí afuera —dijo Dumbledore, colocándole una mano en el brazo, seguramente no querrán que yo entre. 

—Por el contrario, Albus, quizá requieran de su testimonio —intervino Archivald—, después de todo fue usted quién dejó al menor de edad en casa de la señora Dursley.  

Petunia lo miró sorprendida pero no dijo nada. 

Todos entraron en la oficina, que más bien era una sala relativamente grande, en el medio había un estrado con un juez y frente a él los lugares donde debían ubicarse los litigantes. El juez leyó las declaraciones de ambas partes y les pidió que corroborarán si eran ciertas, posteriormente  pidió a Petunia que diera sus motivos de por qué creía que debía conservar la custodia del menor. La mujer se levantó muy ufana, miró de soslayo a su hermana y comenzó. 

—Lo he tenido por trece años, su señoría, ha sido como un hijo para mí —Dumbledore y Lindsey se miraron el uno al otro mientras negaban con la cabeza—. Han sido años de cuidados, su madre me lo dejó y no puedo renunciar a él así, tan fácilmente.   

—Tengo entendido que tiene usted otro hijo, señora Dursley —dijo el juez mientras la mujer asentía—. ¿Y bien? ¿Cómo se llevan ambos? 

Petunia pareció ponerse un tanto nerviosa pero continuó, aunque con un poco de titubeos:

—Bien, se... señor. Son adolescentes, a veces hay.. algunas riñas pero nada importante, como dos hermanos. 

—Bien... ¿Y su marido? Vernon Dursley —preguntó el juez leyendo en sus documentos—. ¿Por qué no vino con usted? 

—Él... trabaja mucho, su señoría.... En una empresa de taladros, tiene un buen puesto allí. Somos una familia establecida, señor y aunque no somos ricos mi marido tiene un buen sueldo y nos alcanza para una vida sin privaciones. 

—Comprendo —respondió el juez haciendo algunas anotaciones—. He de suponer que el menor de edad asiste a alguna escuela.

Petunia titubeó todavía más.

—Desde... desde luego su... señoría. 

—¿A cuál? 

No hubo respuestas. 

—Señora Dursley ¿a cuál escuela secundaria asiste su sobrino? 

—Ahhh Ehhh. 

Petunia estuvo a punto de responder lo mismo qe siempre le había dicho a sus vecinos, que Harry asistía a la escuela secundaria San Brutus, pero al suponer que el juez mandaría a corroborar la información, decidió guardar silencio, estaba aterrorizada, no quería por nada del mundo que se descubriera la verdad acerca del origen y condición mágica de Harry. Ya comenzaba a arrepentirse de todo aquel trámite, cuando escuchó la voz de Dumbledore que previamente había estado intercambiando confidencias con el abogado de Lindsey.

—Él asiste a Mercy, señor Juez. El colegio donde trabajo. 

—¿Mercy? Jamás he escuchado acerca de esa escuela secundaria —dijo el Juez, contrariado.

Lindsey observó como Archivald lo apuntaba discretamente con la varita por debajo de la mesa.

—Ah, sí ya lo recuerdo, incluso creo que allí me gradué.

Petunia lo miró con extrañeza.    

—Bien, ahora me gustaría saber ¿cómo llegó el muchacho a su casa? 

—Mi hermana lo dejó a mi cargo, quiero decir, la madre de Harry, mi sobrino.

—Yo lo dejé en su puerta —confesó Dumbledore. 

—¿Usted? pero ¿quién es usted? 

—Un viejo amigo de la familia Potter. Mi querida Lily, la madre del muchacho me pidió que lo dejara a cargo de Petunia, su única hermana hasta entonces. 

—Resulta evidente que si Lily Potter lo dejó con su hermana es porque confiaba plenamente en ella —añadió el abogado de Petunia. 

—¿Lo ve, señor juez? Lo dejó conmigo porque soy su única familia —dijo Petunia comenzando a envalentonarse de nuevo.  

—No eres su única familia, ahora me tiene a mí —saltó Lindsey, indignada. Archivald le colocó una mano en el hombro para intentar calmarla. 

—Pero usted estuvo ausente durante trece años, señora Cooper. 

—Y yo supongo que usted debe saber por qué, ya lo dije antes, en mi anterior declaración. 

Archivald elevó la mano mientras se levantaba del asiento. 

—Señor, Juez, como ya sabrá, mi clienta es la hermana gemela de la madre del muchacho y hace treinta y cuatro años fue sustraída del hospital donde su madre dio a luz. Creció lejos de su país y su familia pero en cuanto se enteró de su verdadero origen no dudó en buscar a su familia. Cuando supo de la existencia de su sobrino quiso ocuparse de él, quiso formar parte de su crianza y supongo que estará de acuerdo conmigo en que tiene derechos ya que también es su pariente.  

—Pero ¿por qué ocuparse de él si ya el muchacho tenía a su otra tía que lo cuidó por trece años? —preguntó el abogado de Petunia—. Con mi clienta jamás le faltó nada. 

—Le faltó amor que es lo más importante —intervino Lindsey mientras el juez las miraba alternativamente. 

—¿Amor? Eso lo tuvo de sobra —respondió Petunia mientras se levantaba de su asiento—, pero ¿qué podrías ofrecerle tú? —preguntó con maldad, señalándola con el dedo—. Solo eres una forastera, una extraña para él. Podrás llevar el rostro de su madre pero no lo eres. Sé que fuiste raptada pero ese no es nuestro problema ni nuestra culpa. No sabemos nada de ti ni tampoco cuales son tus intenciones... ¡A ver! ¿Qué profesión tienes? ¿Qué puedes ofrecerle a Harry? ¿Acaso tienes un hogar a donde llevarlo? —añadió la mujer, satisfecha y segura de que Lindsey no podría contestar porque al ser una bruja no expondría su condición. Pero se sorprendió terriblemente al ver la seguridad con la que ella habló para defenderse.

—Al igual que tú no soy rica, pero te aseguro que puedo ofrecerle lo que necesite. Soy médico, señor juez trabajo para el St Mary y tengo como probarlo.

Petunia se quedó de piedra. El juez mandó a buscar con uno de los custodios la documentación que Lindsey le ofrecía. 

—Al llegar al país compré una casa en Londres precisamente para llevar a mi sobrino conmigo. Allí podrá comprobarlo —añadió Lindsey señalando los papeles.  Tengo derecho señor juez, a disfrutar de su compañía a tenerlo, precisamente porque ella ya lo tuvo por trece años. 

—Pero bien podría usted ir a visitarlo —sugirió el juez—. Realmente no le encuentro sentido a sacar al menor de edad del hogar en el que se encuentra establecido ya y cederle a usted la custodia.

—Ellos, principalmente mi cuñado no desea la presencia de Harry en su casa, señor y para ser honestos mi hermana tampoco—. ¡Dios! No quería decir esto pero creo que será necesario —Archivald le echó una mirada preventiva pero Lindsey le aseguró con un asentimiento que todo estaría bien—. Cuando llegué al país fui a visitar a mi hermana y me di cuenta de que el niño no la pasaba nada bien allí. 

—¿A qué se refiere, Doctora Cooper? Le ruego se amás específica —pidió el juez.

—Cuando era más pequeño lo hacían dormir en una alacena y durante todos estos años solo le han dado sobras, las sobras del hijo de mi hermana. ¡Atrévete a desmentirme, Petunia!  

Petunia estaba lívida de ira y miedo a la vez. 

—¿Ha habido maltrato físico? ¿Golpes, heridas, privación de alimentos? ¿Tiene las pruebas? 

—¡No lo sé! —respondió Lindsey estresada—. No tengo las pruebas por ahora pero... 

—Desde luego que no hallará las pruebas, su señoría —intervino el abogado de Petunia. Dumbledore abrazaba a Lindsey para intentar tranquilizarla ya que respiraba con agitación y parecía querer echarse sobre Petunia para darle su merecido—. Nunca podrá encontrarlas porque no existen. Mi clienta en cambio guarda toda la documentación que comprueba que durante todos estos años no ha hecho más que cuidar de su sobrino: reportes médicos, en fin... lo que necesite. 

—De todos modos todavía puede hablar con el menor por quien estamos litigando su custodia, señor Juez —intervino esta vez Archivald—. Él es quien mejor puede esclarecer este caso y afortunadamente tiene la edad suficiente para decidir. 

—Aunque le recuerdo, abogado Mahoney, que quien tomará la decisión seré yo. 

—No lo pongo en duda, señor juez —respondió el abogado con tono bonachón—, pero me refiero a que el muchacho ya conoce a mi cliente y le puedo asegurar que se llevan de maravilla. El muchacho sueña con ir a vivir con ella, cambiar de aire y sobre todo, ser tratado con dignidad, amor y respeto. 

—Bueno, seguiremos analizando el caso —dijo el juez, enarcando ambas cejas mientras reunía en un maso todos los documentos que tenía sobre el podio—. Estaremos corroborando algunas evidencias y demás está decirles, señoras, que será necesario que recibirán a un visitador social en cualquier momento. La próxima vez que las cite me gustaría que estuviese presente el joven Harry Potter para entrevistarme con él. Por hoy, se levanta la sesión —dijo el juez, golpeando el podio con su martillo.   

Todos salieron del salón y Petunia se fue a las apuradas y sin despedirse, acompañada de su abogado. Pero Lindsey estaba preocupada, muy preocupada. 

—Entonces esto quiere decir que no podré regresar a Hogwarts, profesor Dumbledore —dijo con voz triste—. Ya lo escuchó, habrá una visita y evidentemente el juez no dijo para cuando. Es evidente que debo estar allí para recibirle. Me temía algo así. 

Archivald Mahoney miró a Dumbledore y a Lindsey con una sonrisa. 

—Creo que no hacía falta ser legeremano para saber lo que de todos modos me aseguré de descubrir por ese medio. El juez enviará esta misma tarde a un agente de protección familiar a ambos hogares —reveló con tranquilidad—. Lo hará de ese modo para no dar tiempo de «maquillar» nada. Siempre quieren asegurarse de que todo se autentico. 

—Así que solo tendrás que quedarte hasta que vaya el agente a tu nueva casa y le eche un vistazo —concluyó Dumbledore con una sonrisa bonachona.  

—Ya veremos si la señora Dursley sale bien parada de esa inspección —añadió con otra sonrisa el abogado de Lindsey antes de despedirse y marcharse. 




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