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Las tres etapas de una maldición » Primera etapa
Historia terminada Las tres etapas de una maldición (ATP)
Por BocaDeSerpiente
Escrita el Jueves 5 de Septiembre de 2019, 16:00
Actualizada el Domingo 8 de Septiembre de 2019, 18:17
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Primera etapa

Antes de leer, tienes que haber terminado "Tesoro" y "Para romper una maldición"

Este capítulo transcurre dentro de la línea de tiempo de "Tesoro", cerca del final del capítulo cuatro.


Primera etapa:
Dolor.
(Y otras cosas que Harry es capaz de mejorar sin darse cuenta)

"Fue como despertar.

Que vinieses por mí, fue como despertar.

Diciembre, 2008"


"A enero de 2009, primeras conclusiones sacadas por Draco Lucius Malfoy:

Harry Potter es un idiota.

Esto que tengo no lleva nombre. Potter y yo hemos acordado decirle Maldición, aparentemente, hace tiempo. Él llama sujeto al otro, a esa cosa, lo que está ahí, pidiéndome salir.

Harry Potter es un idiota.

Me duele.

Harry Potter sigue siendo un idiota.

Quedan tres elfos y ninguno de los horrendos pavos de padre.

Y Harry Potter todavía es un idiota"


Era asfixiante. Era una cosa horrible. La falta de aire, la quemazón en los pulmones, en la garganta, por tanto gritar, las cicatrices que se abrían, una a una, líneas ardientes, lacerantes, lo partían despacio, lo corroían por completo.

Lo hacían desear haberse muerto de una vez.

Sentía que la cabeza se le rompía por la mitad, atravesada por una aguja invisible. La vista se le nublaba, se llenaba de esos puntos negros que no le dejaban comprender lo que estaba más allá de él.

Temblaba, se sacudía. Los músculos no lo sostenían, las articulaciones cedían. Draco volvía a gritar cuando sus propias extremidades no podían con su peso; lo hacía de nuevo cuando Harry se acercaba, porque no lo quería ahí, no lo quería en ese momento, no quería que lo viese así y, definitivamente, no quería su ayuda.

Era como ser destruido y reconstruido, a la fuerza, cada doce horas.

Cuando terminaba, estaba demasiado débil para atormentarse, demasiado débil hasta para levantar la barbilla y fingir que allí nada pasaba. Que a él nada le pasaba.

Se quedaba tendido donde había caído cuando el efecto comenzó, temblando, con la boca inundada del sabor metálico de la sangre que escupía, un dolor pulsante en la frente, los párpados caídos. Respiraba por la boca, lento, cuidadoso. Cada inhalación le raspaba la garganta, cada exhalación le hería en puntos que ni siquiera estuvo seguro que pudiesen sentirse lastimados antes de ese día.

Y él estaba ahí. Él siempre estaba ahí.

"Segunda conclusión: suave.

Eres suave"

Harry intentaba no tocarlo más de lo justo cuando lo curaba, temeroso de hacer más daño o de que le dirigiese una mirada desagradable, porque él no tenía por qué tocarlo. Pero existía un momento, inevitable, en que tenía que llevar a cabo unos hechizos complejos y que se estuviese quieto, sentado, y como Draco no podía aguantar su peso, se recargaba en uno de sus hombros.

Olía bien. Olía a paz.

"PD: No, Draco, una persona no puede oler a paz. El olor a paz no existe. ATT: Draco, intentando ser razonable consigo mismo"


Le costó acostumbrarse. La Maldición tenía diversas formas, formas que no podía explicar, formas que no podía controlar. Formas que Harry no podía entender.

Las aberturas y el cambio de las cicatrices, con tiempo límite, era sólo una de ellas.

Draco podía estar tranquilo, intentando comer junto a una de las ventanas, cuando lo sentía. La presencia helada, incómoda, detrás de él. La que lo tensaba, la que lo hacía sentir que alguien exhalaba una respiración gélida sobre su oreja y cuello.

La que no debía estar ahí.

Entonces contenía el aliento, se rodeaba con los brazos, y quisiera o no, no podía hacer más que esperar. Esperar que no tomase el control, esperar que no se apoderase de él. Esperar que se fuese.

No siempre funcionó. Cuando era sacado de su propio cuerpo, por las malas, se sentía igual que ser empujado. Un instante, veía la sala, y al siguiente, desorientado, estaba en un espacio dentro de su cabeza, desgarrado, arruinado. El mundo era difuso, cambiante, las imágenes se superponían.

Estaba aquí. Luego estaba allá. De nuevo aquí, de nuevo allá.

Y el sujeto se iba. Pero incluso cuando lo hacía, a él no le quedaban ganas de seguir con lo que fuese que estuviese haciendo.

Harry lucía asustado cuando ocurría cerca de él. Su rostro se iluminaba al darse cuenta de que el sujeto continuaba bajo control.

Parecía aliviado. Draco intentaba no prestarle demasiada atención.

"Tercera conclusión: Harry Potter aún es un idiota"


No lo dejaba dormir. Cuando cerraba los ojos, podía suceder que los recuerdos de los últimos años, arremolinándose, interponiéndose, reordenándose, se presentaban en una secuencia interminable que desfilaba dentro de su mente y no le permitía relajarse.

Cuando no tenía tanta suerte, estaba esa sensación de nuevo, la del cuerpo enfriándose desde adentro, esa manera en que un débil espasmo advertía, en que sentía su piel ajena, helada. Las voces eran la peor parte.

Sangre.

Sangre.

Sangre.

Sangre, sangre, sangre, sangre, sangre.

Sangresangresangresangresangresangresangresangresangresangresangresangresangre.

De todas partes y de ninguna. Cubrirse los oídos jamás funcionaría, porque estaban dentro de su cabeza, no afuera.


Discutían mucho, discutían seguido. Draco quería lanzarle un Avada con la misma frecuencia con que lo quería cerca, para que calmase el dolor.

Odiaba que tuviese esa expresión preocupada, odiaba que luciese tan asustado cuando algo le pasaba. Odiaba el tono suave con que le hablaba, odiaba pensar porquéporquéporqué. Odiaba que lo sostuviese como si creyese que se iba a romper al más mínimo contacto y odiaba lo que le causaba que lo hiciese, porque era enloquecedor vivir con una mente que pedía sangre y muerte, esa necesidad de arrancarle a alguien la cabeza, y a la vez, saber que si le hacía algo, si sólo lo rozaba, sería la persona más miserable del mundo.

Así que para no lastimarlo a él, tenía que tomar todo el daño. El ardor, las punzadas, las sacudidas. Se rompía las palmas clavándose las uñas, para retener el impulso de tomar la varita, llegó a morderse la lengua hasta sentir la boca inundarse de sangre.

Un día, se lanzó a sí mismo una maldición punzante, cuando estaba por perder el control. Las hileras oscuras que le brotaban desde la espalda tiraron cuadros, candelabros, rompieron muebles que eran aventados lejos, pero el dolor lo mantuvo ahí, en esa delgada línea que separaba el dominio de la Maldición de su cuerpo.

Draco le gritaba, lo empujaba, lo apartaba. Le cerraba las puertas en la cara, amenazaba con maldecirlo. Pero la única vez que tuvo ganas de matarlo, que en realidad las tuvo, con ese impulso que nacía desde algún sitio muy dentro, que se extendía quemando, corrompiendo, y no era suyo, no fue capaz.

Harry estaba dormido en el patio. Demasiado confiado, demasiado incauto. Y él quería matarlo, lo quería porque era desesperante, porque dolía y alguien más tenía que sufrirlo. Lo quería porque eso lo quería, lo estaba subyugando, apenas podía sentir el cuerpo, ni hablar de manejarlo.

Intentaba negarse, intentaba explicarle que no. No podía. Sobre todo, no quería. La Maldición insistía, insistía, insistía, porque habría sido suyo si no se hubiese metido, porque sería suyo cuando se hubiese ido.

Se dislocó la muñeca de la mano de la varita esa tarde. A propósito.

El dolor lo regresó a la normalidad y él nunca se lo dijo a Harry. Dobby lo sanó, lo dejó como si nada le hubiese pasado.

Sólo que él sabía que algo había estado a punto de pasar.

Por la noche, observaba a Harry caminar cerca de los rosales, hablando con el elfo invisible. Y no entendía cómo era que se había convertido en un monstruo capaz de casi hacerle daño de ese modo.

Nunca se le olvidaría. Pasarían años, antes de que pudiese dejar de repetir, en sus pesadillas, esa imagen de Harry durmiendo cuando él lo asesinaba.

"Quinta conclusión:

No quiero lastimarlo."


La primera vez que cedió, todavía tenía en la nariz ese aroma a quemado de la galera de su madre. Narcissa, lo que quedaba de ella, acababa de arder sobre la superficie del lago.

No lloró. Sólo pensó que si hubiese podido haber sido él en su lugar, lo hubiese ocupado, si hubiese podido irse con ella, lo hubiese hecho.

Enterró el rostro en su cuello porque, para ese momento, Harry era el único lugar seguro que existía en el mundo. No lo abrazó, no se dejó abrazar. Se quedó ahí, quieto. Harry se lo permitió.

Aún tenía la absurda realización de que olía a paz.

"Draco, el olor a paz no existe, de nuevo"


Destruyó el cuarto que alguna vez fue de sus padres, cuando el verdadero peso de la muerte cayó sobre él. Harry no estaba. No lo quiso ahí.

No quiso a nada ni nadie ahí.

Lloró hasta que no pudo emitir un solo sonido comprensible y lo dejó hacer. Lo dejó liberarse, romper, arruinar, acabar.

La Maldición brotó desde él, perfectamente consciente, para llevarse todo lo que encontró a su paso. Y cuando no le salían más lágrimas, Draco se dio cuenta de que lo único intacto que quedaba en la habitación sellada con magia, era él mismo.

"Sexta conclusión:

Puedo usarla.

Puedo usarla sin que me mate en el intento"


Nunca volvió a tener ganas de matarlo, al menos. Lo descubrió porque una tarde que comían juntos, Harry estaba explicándole sobre unos recuerdos que todavía tenía borrosos, y él no podía quitarle los ojos de encima. Pero no hubo sensación fría, ni impulsos desesperados.

Sólo una ligera calma, por dentro, debatiéndose contra esa punzada permanente en un lado de la cabeza.


"Tú lo haces un poco más fácil.

Pero decirlo así sería malinterpretable y sigues siendo un idiota"


—...creo que debe existir una forma de quitarla —Se le ocurrió soltar un día porque, bueno, no había nadie más con quien hablar allí. A él no lo educaron para mantener charlas con los elfos.

Harry estaba al otro lado de la mesa, haciendo exactamente nada. Sentado, inclinado hacia adelante, alternaba la mirada entre Draco, ocupado con un libro de pociones que solía pertenecer a su padrino, y una de las ventanas.

Abrió y cerró la boca, sólo su expresión le dejó en claro que no le agradaba la idea de que experimentase consigo mismo. Su respuesta, sin embargo, fue un asentimiento.

—Estoy seguro de que puedes encontrar una, si existe.

Luego discutirían cuando lo oyese gritar porque un hechizo mal articulado le quemó la sangre, porque se mareaba y desplomaba tras beberse una prueba de poción, o porque derribaba un estante en uno de los arranques que desplegaban los brazos oscuros desde la espalda. Pero, en ese instante, incluso si no estaba de acuerdo, no hubo más que aceptación.

Draco diría alguna vez, años más tarde, en ese tono de broma, que usaba cuando en realidad hablaba en serio, que necesitaba sentir que no era una locura intentarlo. Y que si él le hubiese dicho lo mala idea que era (que los dos sabían que era, en el fondo), no se hubiese puesto a trabajar en la búsqueda de una cura.


Harry adoptó esta mala costumbre (porque ya qué, decía, no había nada que hacer ahí), de entrar al laboratorio cuando Draco revisaba los libros más viejos, probaba las mezclas de ingredientes y sus resultados en los diferentes calderos que apostaba por la mesa alargada. No hablaba, si él no lo hacía antes, y aunque era extraño que pudiese mirarlo por tanto tiempo, con esa cara asombrada, como si nunca se hubiese dado cuenta de qué procedimientos eran llevados a cabo para crear una poción, no lo incordiaba.

Otro día, Draco se percató de que en verdad no le molestaba su presencia allí.

"Severus me decía siempre que el laboratorio de un mago, entregado al arte de las pociones, era sagrado. Era suyo y únicamente suyo.

Una vez, fui yo, siendo un niño pequeño, la única persona a la que mi padrino permitía entrar. Me sentaba ahí solamente, a verlo, a aprender, a intentar entender y amar lo mismo que él, porque era mi padrino, y de niño, siempre pensé que tenía que amar lo mismo que otra persona, para que esta me quisiese a mí también.

No tiene nada que ver, no sé por qué recuerdo esto ahora. Pero si fuese a cerrar mi laboratorio a otras personas, quizás, lo dejaría abierto para él."


Lo que más odiaba eran las pesadillas. El no poder descansar, el dar vueltas en la cama, intentando ignorar el sangresangresangresangre indetenible, el frío, la ansiedad creciente que anidaba y buscaba extenderse desde su pecho.

El cuerpo le dolía, de un modo diferente. Cuando transcurrían las doce horas de la Maldición, le daban ganas de arrancarse la piel a tirones para detenerlo, sólo para detenerlo.

El resto del tiempo, aunque lucía más tranquilo, la magia oscura permanecía ahí. Lo cubría, lo impregnaba. Era una capa invisible de energía, aceitosa, pegajosa, que caía sobre Draco y nadie más podía percibir; estaba en su piel, en sus huesos, centímetro a centímetro, ni siquiera la mejor parte de él se salvaba de la contaminación.

Era ingenuo cuando creyó que Voldemort daba miedo. Un enemigo que viva dentro de ti, siempre será peor.

Se sentía corrompido. Sucio. Se asqueaba al mirarse las manos cubiertas de líneas rojas, al pasar cerca de los espejos, o cuando un ruido fuerte, lo hacía brincar y tensarse; significaba que esperaba que alguien lo atacase de pronto, por lo que se decía a sí mismo que seguía siendo un maldito cobarde.

Pero Harry tenía eso. Aquella manera de estar justo en el momento y lugar preciso, igual que estuvo la noche en que consideró seriamente inducirse el sueño mediante uno de los encantamientos más fuertes que se sabía, sólo para tener los ojos cerrados, la mente vacía, hasta la siguiente vez que la Maldición abriese los cortes.

Draco estaba hecho un ovillo en su cama, envuelto en la cobija más gruesa. Le frunció el ceño nada más verlo. Jamás notó que su gesto se suavizaba, sólo un poco, a medida que se aproximaba. Se puso de cuclillas a un lado del colchón, sin hacer ningún ademán de tocarlo, sin levantar la voz, mirándolo desde abajo con una expresión que pretendía ser una disculpa por las molestias causadas.

—Dobby dice que lo estás preocupando por...eso —Sí, ya sabía que tenía el aura de la Maldición afuera. Llevaba horas intentando dormir, estaba harto al punto de casi hechizarse a sí mismo; por supuesto que la Maldición reaccionaba—. Espera aquí, sólo- sólo espera aquí —Draco todavía lo observaba como si hubiese enloquecido cuando se puso de pie, sin haber obtenido una respuesta.

Lo vio ir y venir, moverse de un lado al otro. Lo único que pensó fue que el encierro comenzaba a hacerle mal a esa estúpida cabeza despeinada.

Él puso música. No. Poner música era una alusión humorística, simplista.

Él le construyó un pequeño mundo seguro. Como el que tenía cuando lo envolvía con un brazo al curarlo y sentía ese aroma almizclado que no podía asociar a nadie más, como el que le ofrecía cuando lo dejaba enterrar el rostro en su hombro, porque el dolor lo enloquecería si se lo permitía.

Harry encantó un viejo cachivache de otro siglo, inútil, relegado al olvido, para que tocase una pieza suave. Una de las melodías del órgano de la sala, reconoció. Lo colocó justo en medio del cuarto y apagó la luz.

Trabajaba sin verlo, aunque consciente de que los ojos de Draco lo seguían en cada movimiento. Cambió los espejos de posición, para que no reflejasen más que la pared detrás de ellos, cerró el armario, insonorizó la puerta para que dejase de atormentarlo cuando se cerraba con un ruido estruendoso.

—Una vez me dijiste que tenías miedo de estar a oscuras, y cuando volvieras a abrir los ojos, encontrarte de vuelta allí —Incluso tuvo la delicadeza para no decir "de nuevo secuestrado", a pesar de que quedó claro entre líneas— y que el ruido te volvía loco, pero el silencio también. Y pensé- pienso que esto lo resuelve, ¿no?

Se agachaba para presionar los dedos contra el suelo, en puntos al azar. Ahí donde tocaba, nacía una pequeña estrella dorada, de resplandor tenue pero perceptible. No le molestaba el brillo en los ojos como las luces de la Mansión o el sol, ni le empeoraba el dolor de cabeza. Y no lo dejaba a oscuras, con sus pesadillas en las que lo mataba o era torturado hasta la muerte.

Lucía avergonzado, expectante, cuando se detuvo. Su cuarto transformado en un espacio de luces y sombras, en la medida justa, música suave, el aroma, su aroma, que le daban ganas de acurrucarse más en las cobijas.

Harry se sentó en el suelo, entre las estrellas que avivaba cada cierto tiempo, tocándolas con los dedos. En silencio, tranquilo, un regalo más de ese mundo seguro que creaba para él.

Podía hablarle si quería. O podía no hacerlo.

Podía decirle que se acercase más. O podía no hacerlo.

Dejaba la elección en sus manos.

Draco se tendió de lado, mirando hacia donde estaba; no supo cuándo se durmió, acompañado por el sonido del órgano y la imagen de ojos verdes. Harry no se movió de ese sitio, manteniendo el viejo cachivache en funcionamiento, las estrellas encendidas para él, pero no lo sabría hasta que hubiese despertado de nuevo.

Y por primera vez, no hubo dolor.

"Tal vez Potter sea la verdadera cura.

PD: el comentario de arriba es absolutamente irracional, emocional y está fuera del ámbito mágico-científico en todos sus parámetros.

PD2: aunque se siente cierto"



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