Historia al azar: Bullying, caso abierto.
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Si tres son multitud... » Tenerlo todo
Si tres son multitud... (R15)
Por Mabel Pines
Escrita el Lunes 5 de Agosto de 2019, 15:42
Actualizada el Jueves 7 de Noviembre de 2019, 17:16
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Tenerlo todo

Capítulo uno: Tenerlo todo

                Tener todos los lujos, bienes y comodidades que el dinero puede comprar no significa tenerlo todo, y eso era algo que Jolene Carney había aprendido sin siquiera notarlo. Era una muchacha curiosa y creativa de 14 años, pero no se podía decir que fuera un ser alegre. Y es que vivir en una enorme casa de estilo colonial en uno de los barrios más exclusivos de Estados Unidos con unos padres que tenían más dinero del que podían gastar y menos tiempo del que podían dedicarle, no era algo que ella hubiera elegido precisamente si le hubieran dado la opción; muchas veces se sorprendía a si misma imaginando como funcionaría todo si tuvieran menos dinero y se vieran obligados a relacionarse más, o cómo serían las cosas si sus padres fueran diferentes, o si ella lo fuera…

                Tenía una extraña sensación de que el don que más alegría le producía, era algo que sus padres no tomaban con tanto cariño. En su casa no se hablaba de su escuela ni se mencionaba a sus compañeros, lo que hubiera aprendido ese año ni nada parecido, al regresar para las vacaciones cada año, sus padres se habían empeñado en hacer desaparecer todo rastro de Ilvermorny que la chica pudiera acarrear consigo, el viaje desde Massachusetts hasta su casa en Brooklyn siempre se hacía por medios de transporte no mágicos, al llegar era recibida por su nana Erla, que era la única no- maj de la casa que conocía su condición de bruja, el porqué de su ausencia en el año, y muchos otros detalles que escapaban a esa realidad pero que hasta sus propios padres parecían ignorar.

                En tanto que Joseph Carney y Clarisse Dunne se enorgullecían y regocijaban en sus vidas tan perfectamente cómodas y ocupadas, eran dos personas con demasiadas comodidades y demasiado trabajo, nunca nada era suficiente y pasaban todo el año enfrascados en su trabajo, preocupados por poder procurarse las mejores cosas antes de la llegada del verano; era una fecha en la que demostraban a sus amistades lo mucho que amaban su frívola y superficial vida y lo bien que se las arreglaban en el mundo, se dedicaban a gastar cantidades obscenas de dinero en ridiculeces y se empeñaban porque todo fuera fabuloso y divertido. Era Jolene quien padecía las vacaciones casi tanto como el resto del año, aunque, claramente, no importunaba la perfecta y poco mágica vida de sus padres comentándoles sus infortunios.

                Hacía un hermoso día cuando Jolene bajó del autobús, subió caminando por la calle hasta encontrarse de frente con el enorme pórtico de su casa, pero no hizo sonar el timbre no mágico, no necesitaba oír el estúpido tintineo que la acompañaba durante todo el verano cuando las amigas de su madre la venían a buscar para ir de compras, a una fiesta de té o quién sabe dónde, para luego esperar cinco minutos y que el nuevo guardia se quedara mirándola por la camarilla de seguridad sin reconocerla, como ocurría en verano cada vez que ella salía de la propiedad, no, no era necesario, caminó en silencio hasta una pequeña puerta de rejas lateral que casi pasaba desapercibida y la abrió sin mayor problema, luego caminó en silencio por el largo pasillo del personal de servicio hasta llegar a otra pequeña puerta ubicada en la parte trasera de la mansión.

                Al entrar en la sala del personal de servicio logró esbozar una sonrisa, ahí estaban Erla, su nana, con James, su hijo que debía ser un poco mayor que la misma Jolene, ella jamás se había atrevido a preguntar su edad, y Arlo, el encargado de hacer los mandados importantes y cargar las cosas pesadas, con el resto del personal con el que ella si bien tenía relación, no había alcanzado el grado de confianza que si compartía con los otros tres.

_Mamá, otra vez se coló un niño rico por la puerta trasera - bromeó James - no tenemos diamantes para donarte hoy, tendrás que regresar mañana - esta vez le habló directamente a Jolene.

_Muy chistoso - ella se acercó y saludó a madre e hijo con una enorme sonrisa - me alegra verlos por fin.

_Hablas como si los niños ricos con los que te juntas fueran muy aburridos  - bromeó el nuevamente, pero su madre le metió un codazo para que cerrara la boca, no era su culpa haber metido la pata, después de todo, hasta donde James sabía, Jolene pasaba el año internada en un prestigioso colegio de niños ricos y regresaba cada año a instalarse con ellos y el resto del personal de servicio, cosa que escapaba a su entendimiento y por lo cual le hacía bromas, el desconocía que fuera una bruja y a qué escuela asistiera, y tampoco tenía forma de saber que en su escuela no tenía amigos que la hicieran disfrutar del año escolar y olvidarse de la indiferencia de sus padres, mucho menos sabía que su propia madre era lo más cercano a una madre y una amiga que Jolene tenía, que a él lo veía como un hermano mayor al que admiraba y Arlo era esa figura ruda y sabia que le enseñaba mediante actos más que palabras.

_Pues no son muy divertidos - contestó mientras le entregaba a su madre su baúl y bolsa, que Erla se encargaba de guardar bajo llave en un sitio que nadie viera y a nadie molestara por el resto del año.

_No puede ser tan malo - la despeinó y luego salió con Arlo - y ya cambia la cara de funeral que traes…

_Bienvenida a casa - Erla la sostuvo entre sus brazos como una abuela lo haría, ella era esa figura que llenaba todos los huecos en la vida de Jolene y la animaba a ser ella misma, a crecer, y le ayudaba a tomar decisiones que le hicieran bien - ¿Le has escrito ya a tu tía Sophie para avisarle?

_Espera a que llegue - le dijo con una risita, Dios, cómo había extrañado a esa mujer - traje esto para ti - le entregó un paquete envuelto - ábrelo esta noche cuando te encuentres sola.

_No tenías porqué molestarte pequeña - acercó el paquete a su pecho sonriendo - pero sabes lo mucho que lo agradezco ¿Qué tal tu cuarto año de brujita?

_ ¡Erla! - la hizo bajar la voz - mis compañeros mi hicieron la vida imposible como siempre, pero aprendí  cosas nuevas, soy muy buena en pociones y casi me presenté a las clasificatorias para las carreras de escoba, pero luego pensé… digo, imagina la cara que pondrían mis padres si traigo una escoba a casa conmigo cada verano, y mis compañeros podrían hacerme una broma de mal gusto o algo, las escobas son geniales pero pueden ser peligrosas - se encogió en hombros - Sophie me dijo que le avisara en cuanto llegara aquí e intentaría comunicarse ella misma con mis padres pero no estoy segura de eso, es decir… ¿Y si sólo lo empeora?

_ ¿Crees que pueda hacerlo? - Jolene se lo pensó - ya ve a asearte y a saludar a tus padres, después podrás hacer lo que te plazca.

_Pero yo no…

_ ¿Por qué no escribes esa carta y vienes conmigo a la huerta? - Arlo la observó antes de salir y ella asintió contenta, sabía que él iba a estar esperándola.

                Cuando se encaminó a su habitación y transitó por las partes más lujosas de la casa se sintió como una intrusa, las enormes escaleras de mármol le transmitían la frialdad del lugar, y si bien todo había sido decorado con colores cálidos, nada la hacía sentir que perteneciera allí, que se pareciera en algo a ella, ni su propia habitación decía nada de su personalidad ni tenía un toque propio, era otra extensión de la casa que a ella se le permitía usar durante el verano, y su ropa, sin ir más lejos, parecía más algo que su madre utilizaría que algo que ella hubiera escogido. Restándole importancia y sin dar demasiadas vueltas, decidió terminar cuanto antes con su obligación para poder encontrarse con Arlo en la huerta y hacer aquello con lo que se sentía familiarizada.

                Se dio una rápida ducha en el enorme baño que tenía dentro de la habitación, y estaba por salir de allí cuanto antes para cambiarse, cuando se detuvo a contemplar su reflejo en el espejo, toda ella estaba ahí, su mojado cabello color miel que ahora se veía más oscuro, sus ojos claros, su pequeña nariz y las mejillas rosaditas, parecía una ridiculez pero aunque se reconocía fácilmente a si misma frente al espejo, lo que no terminaba de cerrarle en su mente era la idea de que esa persona que veía en el reflejo, esa persona que hasta donde sabía era ella misma, se encontrara en ese enorme lugar, rodeada de tantos lujos y sintiéndose tan sola, tan incompleta, tan poco auténtica… era un sentimiento con el que había aprendido a vivir, pues no solo su enorme propiedad no mágica la hacía sentirse así, sino que ni en Ilvermorny había conseguido sentirse como en casa, habían muy pocos momentos en los que lograra sentirse realmente auténtica y eran esos momentos los que buscaba hacer permanecer, se había cansado de sentirse una extraña en todos lados y por eso se había animado a hacer lo impensable; con el apoyo de Erla le había preguntado a su querida tía Sophie si podría ir de visita a Inglaterra, y desde mitad de año ese pensamiento era lo que la impulsaba a hacer algo por sí misma y a no quedarse estancada en aquella vida tan vacía que llevaba.

                Luego de haberse puesto unos sencillos vaqueros celestes y una camiseta con una chamarra corrió hasta el despacho de su padre para anunciarse y de paso pedirle prestado papel y un bolígrafo con el que pudiera escribirle la carta a su tía. Golpeó dos veces la puerta, como era la costumbre en su casa y luego ingresó, su padre le sonrió distraídamente desde el escritorio sin siquiera levantar la vista de los papeles que sostenía.

_Veo que llegaste sana y salva.

_De hecho no, tengo un enorme tajo con sangre y pus en la cabeza pero como no has levantado la vista no lo has notado - él la observó de reojo.

_Entonces el viaje no fue tan tranquilo como yo había supuesto - dejó los papeles y se cruzó de brazos analizando a su hija, tenía el mismo carácter que él, pero no diría que eso fuera algo que le fascinara particularmente.

_Sólo quería avisarte que llegué - ella se encogió en hombros, le habría gustado hacer algo más que eso, acercarse a su padre y abrazarlo y que él le dijera lo mucho que la había extrañado ese año, pero era algo que no había sucedido desde que comenzó a estudiar en Ilvermorny, y ese día no sería la excepción - ¿Podrías prestarme un bolígrafo y papel? - el señaló una mesita que se encontraba a la izquierda y ella se aproximó y tomó lo que necesitaba - Iré a ver a mamá ahora.

_Jolene - la joven se detuvo a medio camino - lo que hay junto a los papeles también es para ti - mientras Joe Carney regresaba su vista y atención a sus propios papeles, ella tomaba el sobre que había en la mesita y se atrevía a mirar dentro una vez más, para decepcionarse al siguiente segundo, como cada vez que recibía su dinero de las vacaciones; cada año esperaba que su padre le escribiera una carta, o una postal o algo demostrándole algún tipo de sentimiento, diciéndole que ella le importaba, que quería saber lo que le pasaba, pero nunca era el caso, siempre recibía dinero, frío y mudo, sin otro contenido que el valor que tenía impreso, y ella ya se iba resignando a la idea de que la relación con sus padre era igual, no tenía más contenido que los títulos que la biología les había puesto, el era un padre y ella una hija.

La relación con su madre por otro lado no era un vacío, aunque tampoco se podía decir que su contenido fuera algo bueno, y es que Clarisse era una mujer terca y obstinada, cuyo objetivo parecía ser el de contradecir a su hija en todo lo que ella quisiera o intentara ser para convertirla en una versión más joven de sí misma, no sólo intentaba imponerle actividades sino que tampoco se detenía a analizar los intereses que la jovencita pudiera tener, jamás se había detenido a observar a Jolene como un individuo y a pensar que podía tener gustos e ideas propias, y se empeñaba por eliminar todo rastro de autenticidad que la joven buscara manifestar, sin ir más lejos, bastaba con echarle un vistazo a su placar, aunque claro, Jolene conseguía ropa de su agrado con el dinero que su padre le daba y Erla se encargaba de guardarla y lavarla para ella.

_ ¿Mamá? - Cuando ingresó en la sala de dispersión de su madre un fuerte olor a lavanda le bloqueó el olfato - ya llegué de viaje - dijo tapándose la nariz.

_ ¿Y qué tal estuvo? - Se acercó a verla con el rostro relajado, pero una enorme arruga se formó en su frente cuando notó que su hija se tapaba la nariz y lo que llevaba puesto - ¡Por favor! ¿Quieres explicarme que es lo que traes puesto? - preguntó mientras le quitaba la mano de la cara, obligándola a destaparse la nariz.

_ Pues según tengo entendido, esto se llama ropa y es lo que todos usamos - vio a su madre, envuelta en una bata, con la cara llena de cosméticos y con las uñas recién arregladas - me alegra saber que tú también estás bien -se dirigió a la puerta rápidamente, ya no retrasaba el paso como en el despacho de su padre.

_ ¿Quieres decirme a dónde te diriges con esas pintas? Te advierto que esta tarde vendrán…

_Las estiradas de tus amigas a visitarte, lo imaginé. Tranquila mamá no te avergonzaré ni desentonaré con el lujo de tu casita, será como el resto del año, no notarás que estoy aquí - dicho lo cual cerró la puerta lentamente. Tal vez le hubiera gustado que su madre contestara algo, que dijera que ella no desentonaba, o que se enojara por lo que traía puesto y aún así la hiciera permanecer con ella, que no aceptara como si nada su ausencia demostrándole lo poco que le importaba… pero las cosas no eran así, y ella tenía una carta que escribir.

                Al llegar a su habitación metió el sobre de dinero en una mochila donde guardaba los otros que le daban periódicamente y se sentó con el papel y el bolígrafo en su escritorio mientras el cabello le goteaba y formaba una mancha de humedad en su chamarra, pero las palabras no se formaban en su mente, y su mano no lograba trazar ninguna letra sobre el papel, nuevamente se había quedado en blanco, mirando la vacía pared, intentando encontrarle un sentido a todo aquello y preguntándose que se suponía que debía hacer consigo misma, si alguna vez iba a importarle a alguien por quien realmente era…

_Oye filósofa, Arlo te está esperando en la huerta - anunció James pasando por el pasillo de camino al despacho de su padre.

                Cuando Jolene volvió de trabajar en la huerta con Arlo tenía los brazos agarrotados y estaba demasiado cansada como para intentar sentarse a escribir siquiera, pero estaba feliz, había pasado una hermosa tarde haciendo lo que le gustaba y había aprendido una cosa o dos, por ejemplo, que si no prestas atención a la maleza y dejas que crezca, termina por ocupar más espacio del necesario y no deja a los brotes crecer apropiadamente…



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