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Luz de luna » Libro 1: 6
Luz de luna (R13)
Por BocaDeSerpiente
Escrita el Miércoles 31 de Julio de 2019, 13:12
Actualizada el Sábado 28 de Septiembre de 2019, 22:39
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Libro 1: 6

Capítulo seis: De cuando ingresaron al colegio (y fueron Seleccionados)

Harry apenas se contenía de dar saltos y echar a correr detrás de cualquier cabeza pelirroja o rubia que viera, en busca de sus amigos. Se movían entre la multitud muggle-mágica a un ritmo que, para el niño entusiasta de once años, era demasiado lento.

James llevaba el carro de equipaje; los dos baúles, uno de ropa, uno de libros, la jaula de Hedwig.

Lily iba unos pasos por delante, sujetando la mano de su hijo, dispuesta a darle el último sermón que tendría por los próximos meses, hasta las vacaciones de navidad en que volvería a casa.

—...y quiero que te portes bien —decía ella. Caminaba sin ver el trayecto, aunque Harry estaba seguro de que sabía bien a dónde se dirigían, así que se dejaba arrastrar bajo su agarre—. Prométeme que te vas a portar bien.

—Lo prometo, mamá —puso la sonrisa inocente marca Black, con que Sirius tendía a bromear acerca de haberse salvado de más de un castigo. Ella lo observó un momento, como si tuviese que evaluar su sinceridad, luego asintió.

—Tienes que comer todas tus verduras.

—Sí, mamá.

—Cepillarte los dientes después de cada comida, y no pedirle más dulces a los elfos domésticos. Ellos te los pueden ofrecer, pero debes decirles que no, ¿entendido?

—Sí.

—Y no quiero que uses la misma camiseta todos los días, que para algo te empacamos varias; ten cuidado con ellas, y no te confíes de los elfos para tenerlas todas sucias y esperar que te las laven. Aplica a pantalones, ropa interior y calcetines, Harry, por Merlín, ponte calcetines diferentes, ¿me oíste?

—Sí, mamá —la respuesta fue casi una exhalación cuando se rio y rodó los ojos. Lily le dio un débil golpe en la parte posterior del cuello.

—Haz tus tareas, no esperes a que se te acumulen para hacerlas a último minuto, estudia para los exámenes. Haz caso a los profesores, salúdalos y se bueno. No hagas travesuras en las clases de vuelo, Harry James Potter, conozco esa mirada.

El niño volvió a reírse; escuchó a su padre imitarlo, hasta que la mujer le dio una mirada severa.

—No te metas en peleas y no hechices a nadie, pero defiéndete si tienes que hacerlo. No dejes que molesten a Ron por ser un Weasley, sabes cómo se pueden poner algunos magos con eso. Si alguien hace llorar a Pansy, tienes mi permiso para gritarle a esa persona y decirle que es un idiota.

—¿Sólo eso? —James intervino, mostrando una sonrisa divertida, la misma que despareció con otra mirada recriminatoria de su esposa.

—¿Y si hacen llorar a Draco? —Harry preguntó, con el ceño fruncido, en cuanto atravesaron juntos la pared divisora que los llevaba al andén del expreso. Su madre le besó la frente y le regaló una sonrisa dulce.

—Entonces también puedes gritarle a esas personas, amor.

Asintió con determinación e intercambió una mirada cómplice con ella. Lily se puso de rodillas, ajena al barullo de las familias que se despedían de sus hijos, y los de primer año, muchos llorando. Le acunó el rostro entre las manos y le dio tantos besos, que Harry se sintió ruborizar y se removió.

—Amor, amor, cielo, mi vida, escúchame —pidió, en voz tan baja, que no le habría sorprendido descubrir que ni siquiera James la escuchó—. Hay magos, igual que muggles, que no siempre te van a tratar bien, ni a los que quieres. Así como algunos les dicen cosas feas a los Weasley, porque son muchos en una casa y tienen el cabello rojo, y por otras cosas, también habrá quienes les hablen mal a Pansy, o a Draco, porque no tienen papás, ¿tú entiendes que tus amigos no tienen papás, amor?

Harry asintió.

—El papá de Draco está en As...Azkaban —recordó, con el entrecejo arrugado en una expresión de profunda concentración. Su madre le cepilló, en vano, el cabello con las manos.

—Y algunos lo pueden tratar mal por eso. Sólo...no quiero que dejes que te afecte, ni les hagas caso, porque siguen siendo tus amigos, ¿cierto? —aguardó la confirmación, que llegó en la forma de otro asentimiento. Ella sonrió, antes de ponerse de pie despacio.

El expreso emitió un pitido y una nube de humo se elevó desde la parte delantera, como advertencia de la salida que estaba próxima. Lily se llevó una mano a la sien y la frotó.

—Ah, sí, no molestes al Calamar Gigante, ni te pelees con otros por ser de una Casa diferente a la tuya. ¡Y saluda al profesor Snape de mi parte!

—¿A ese? —James volvió a interrumpir, con la boca torcida por el desagrado— ¿por qué quieres que él salude a Snivellus? No, Harry, quédate lejos de ese...

Lily lo calló con otra mirada, el niño no supo qué era lo que pretendía decirle. Su madre le dio un abrazo fuerte cuando el pitido del tren se repitió.

—Cuídate mucho, escríbenos seguido. Te amamos.

Harry levantó la cabeza, a tiempo para recibir un beso más, entre las cejas, y se rio.

—También los amo —musitó con voz ahogada, los ojos comenzaron a escocerle en el momento en que, por fin, lo alcanzó la realización de que se alejaría de sus padres por primera vez.

Ella lo dejó ir despacio, como si le costase, y Harry se apresuró a ir hacia los brazos abiertos de su padre, que lo alzó para dejarlos a la misma altura y lo apretó.

—Ten cuidado, aprende mucho, diviértete y no hagas nada que yo no haría, ¿bien? —la voz de James también tenía un tono extraño, pero él prefirió enterrar el rostro en su cuello y no hacer comentarios al respecto.

Cuando su padre lo hizo descender, el último pitido del tren se escuchó. James cargó con el equipaje hacia el expreso y usó un hechizo de levitación para ayudar a subirlo. Harry recibió otro abrazo una vez que estuvo arriba, y agitó la mano para despedirse de su madre, que se tallaba los ojos para deshacerse de las lágrimas, a pesar de que sonreía.

Lo último que vio antes de que su padre se apartase del andén, fue el guiño que le dedicó y tuvo que contener un sonido lastimero mitad risa, mitad sollozo, porque sabía a qué se debía.

Recordó por qué estaba tan emocionado al acercarse a la estación, más allá de ir a Hogwarts y vivir lo que Sirius habría calificado de una "nueva aventura", y se rio para sus adentros.

Arrastró los baúles y la jaula por el pasillo, asomándose en cada compartimiento, hasta que dio con uno lleno de cabezas pelirrojas.

—¡Hey, compañero! —Ron salió del extraño encierro en que estaba sometido, en medio de un asiento, entre los gemelos. Se acercó para abrazarlo y darle una palmada en la espalda. Detrás de él, Percy saludó con un gesto vago.

—¡Harry! ¿Por qué...—comenzó uno de los gemelos, Fred o George, él no podía saberlo.

—...tan solo? —siguió el otro— ¿a dónde dejaste...

—...a tu futuro esposo?

Ron sacó la lengua, fingió arcadas, y les dijo a los gemelos que se callaran. Por supuesto que estos empezaron a reírse, y no se calmaron ni un ápice cuando Percy les pidió silencio. Harry hizo un esfuerzo por no enrojecer y cubrirse el rostro, porque estaba convencido de que sólo les daría más razones para continuar.

—¿Te quieres sentar con nosotros, amigo?

—¿No están llenos ya? —dio otro vistazo al compartimiento. Los tres Weasley menores ocupaban un asiento, Percy estaba en el otro, pegado a la ventana; un baúl, una pila de pergaminos y libros, lo separaba de lo que parecía ser un puesto tomado, si el enorme gato que les daba miradas a todos, era una pista.

—Bueno, la verdad es que...

—Permiso, por favor —una vocecilla lo hizo girar la cabeza.

Harry se fijó en la niña despeinada que estaba en el corredor, intentando abrirse espacio entre él y su mejor amigo. Despacio, se hizo a un lado, lo que le permitió a ella pasar al interior del compartimiento y ocupar el asiento junto a Percy, en el que el gato se echó sobre su regazo. Se puso a leer un tomo de tamaño considerable, sin prestar atención a las burlas de los gemelos, lo que debía ser admirable, pensaba él.

Fue la primera vez que vio a Hermione Granger.

—...¡ella es tan molesta, Harry! —siseó; aunque no lo disimuló bien, la niña no levantó la mirada del libro—. Llegó hace menos de diez minutos, me ha corregido como cinco veces, regañó a los gemelos hasta callarlos, y habló por lo que pensé que eran horas, ¡horas! Con Percy, ¡sobre...libros de historia, Harry! ¡Me voy a volver loco, ayúdame! ¡Sácame de aquí!

Tuvo que hacer un esfuerzo por no reír y le dio un golpe débil a su mejor amigo en el brazo, Ron se limitó a jurarle que no pensaría igual si hubiese estado con ella.

—Voy a buscar a Draco y Pansy, si quieres venir...

Ron repitió las arcadas falsas.

—Mis hermanos y la sabelotodo, contra Malfoy y Parkinson —puso ambas manos con las palmas hacia arriba, y las balanceó, como si fuesen parte de una balanza. Su expresión de desagrado no menguó—. No me estás prometiendo mucha mejora, compañero.

Harry le volvió a dar un golpe débil y rodó los ojos. Los gemelos, que susurraban entre ellos, eligieron ese momento para aproximarse; se pusieron uno junto a Ron, uno al lado de él, y les pasaron los brazos alrededor de los hombros en un movimiento idéntico.

—Ya déjalo, Ronnie —dijo uno, en un tono meloso y sonriendo.

—Entiéndelo, Harry —el otro siguió—, Ronnie no tiene novio, como tú. No creemos...

—...que vaya a tener a alguien alguna vez.

—¡Hey! —Ron se preparó para comenzar una pelea, pero el hermano que lo sostenía, lo aferró para detenerlo. El que Harry pensaba que era George, tomó el equipaje y comenzó a meterlo al compartimiento.

—La cosa es así...—los gemelos insistieron. Uno guiaba al menor hacia los asientos, el otro sólo lo dejó con la jaula de Hedwig, en medio del pasillo casi vacío.

El movimiento del expreso era una oscilación lenta y constante. A lo lejos, podía oír el barullo dentro de los compartimientos y el rechinido de las ruedas de un carrito de golosinas.

—...tendremos tus baúles aquí, para que vengas a cambiarte y salves a Ronnie de su desgracia, antes de llegar al castillo.

—Y mientras, puedes ir a buscar a tu novio y...

—...darle todos los besitos que quieras. Muak, muak, muak —ambos comenzaron a lanzar besos falsos al aire, y con Ron de vuelta al asiento, le cerraron la puerta del compartimiento.

Harry parpadeó un par de veces, se rio de la expresión contrariada de Ron, que volvía a quedar entre sus hermanos mayores, y tomó la jaula de su lechuza para continuar la búsqueda del resto de sus amigos.

Dio un vistazo al pasillo para asegurarse de que no había nadie cerca de él. Sin cuidado, deslizó una túnica de tela oscura desde el interior de su suéter, donde la escondió al recibirla. Mientras se la pasaba por encima y abrazaba la jaula de Hedwig, suplicándole que hiciese silencio, recordó las palabras de su padre al dársela, antes de salir de Godric's Hollow:

esta es una capa de invisibilidad, Harry. Ha pasado de generación en generación entre los Potter. La magia normal no la detecta, y puedes escapar de tus problemas si la usas, pero no le digas a tu mamá que yo te dije esto, porque ella no sabe que aún la tengo…

Una vez oculto bajo la capa y aferrado a la jaula, avanzó con el mayor sigilo posible, lo que no fue difícil hasta que tuvo que hacerse a un lado y pegar la espalda a la pared, para evitar que la señora del carrito de golosinas lo rozase. Contuvo el aliento durante unos segundos, lo suficiente para verla alejarse a un metro de distancia, y se apresuró a reanudar su camino.

Vio tanto magos como brujas de su edad de diferentes edades, charlando y riéndose. Se preguntó a dónde se habrían metido Pansy y Draco. Por un momento, incluso llegó a tener la dolorosa certeza de que había equivocado la decisión de sus amigos, y ese día, uno estaba de camino a Durmstrang y la otra a Beauxbatons.

Y después los encontró.

El compartimiento estaba casi al final del expreso, las cortinas de la puerta y ventana estaban descorridas, lo que permitía ver los asientos y el paisaje en el exterior. Draco era el único sentado allí.

Harry se quedó unos instantes fuera, con una mano, escondida por la capa de invisibilidad, presionada contra la puerta de cristal, y sonrió al notar la forma en que las luces del exterior hacían a su amigo verse resplandeciente. Le hizo pensar en la primera impresión que tuvo cuando se conocieron, y sintió un arrebato de cariño, que estuvo a punto de hacerlo reír como un tonto, cuando se dio cuenta de que Draco sostenía entre ambas manos un objeto circular y a Lep —el conejo mágico—, mientras le hablaba con una seriedad que sólo podía ser de una reprimenda.

Corrió la puerta de golpe, el sonido sobresaltó a su amigo, que miró en su dirección, sin verlo realmente. Harry caminó hacia adentro, asegurándose de ser ruidoso con cada paso que daba, y vio que Draco pegaba la espalda a la pared junto a la ventana, acunaba al conejo contra su pecho y sacaba la varita de espino para apuntar, aunque de forma curiosa, hacia el punto en que estaba.

El niño-que-brillaba comenzaba a empalidecer cuando, de pronto, bajó la cabeza y se fijó en el objeto entre sus manos. El miedo en su rostro se transformó en algo desagradable cuando frunció el ceño.

—Potter —escupió, con un toque de desdén frívolo, que no le pasó desapercibido.

Sorprendido y dudando de las palabras de su padre, se giró para estirarse, aún debajo de la capa, y cerrar las cortinas del compartimiento, de manera que sólo ellos pudiesen ver lo que pasaba dentro.

Harry bajó la jaula al piso y deslizó la túnica hacia sus hombros, de manera que la cabeza le quedase expuesta. Le mostró una sonrisa amplia y divertida, que no fue correspondida con las mismas emociones.

—¿Cómo lo supiste? —preguntó, al notar que, del cuello hacia abajo, su cuerpo era invisible y de que James no bromeaba al respecto.

—¿De dónde sacaste una capa de invisibilidad? —habló al mismo tiempo.

Se miraron por un momento, Harry todavía sonriéndole, Draco rodó los ojos. Cuando su amigo le mostró el Apuntador, con sus punteros moviéndose hacia todas partes y uno solo, rojo y delgado, que señalaba hacia él, pareció que algo se relajaba en sus músculos, una tensión que no entendía a qué se debía ni por qué desaparecía.

—Averiguaba dónde estabas —explicó él. Harry sólo ensanchó su sonrisa al retirarse la capa por completo y ocupar el asiento frente al niño, con la jaula de Hedwig a un lado.

Le pasó la capa cuando Draco tendió las manos, le permitió que la examinase, la hiciese girarse, y la probase sobre el conejo mágico. Antes de hablar, recordó lo ocurrido con Sirius unos días atrás, cuando le dio el Mapa del Merodeador, y se lo pensó mejor.

—Estuvo en mi familia desde hace mucho —comentó, encogiéndose de hombros, porque en verdad, si afectaba a su amigo, no valía la pena decir más—. ¿Ya sabes usar el Apuntador?

—Más o menos —admitió entre dientes, dándole una ojeada al artefacto, para luego dejarlo por debajo de su ropa, donde se sostenía por una cadena de plata, igual que un colgante—. El primo Regulus me enseñó algunas cosas, pero dice que el resto lo veré por mi cuenta o pasará cuando el Apuntador se adapte a mí. Algo sobre que cambia con el mago, y después funcionará con lo que yo piense, básicamente.

Harry asintió despacio y se dedicó a observarlo, conteniendo una sonrisa, cuando intentó apartar a Lep para dejarlo a un lado, y el conejo saltó de vuelta a su regazo, donde se acurrucó. Draco emitió un sonido de frustración, cruzándose de brazos. Tras unos segundos, sacó el Apuntador para volver a revisarlo y le escuchó decir el nombre de su amiga.

—¿Dónde está Pansy? —preguntó al fijarse en lo que hacía, y en que, además de los baúles de colores oscuros, con la cresta de los Malfoy, había otros dispersos y un Puffskein dormido en una orilla de los asientos.

—Fue a soltar a su Augurey.

—¿En serio?

Harry se enderezó y frunció el ceño, confundido. Después de lo mucho que insistió, no podía imaginársela soltándolo.

—Canta mucho y le da lástima —el otro se encogió de hombros—, dice que Jacint lo entrenó para callarse cuando se lo dice y la jaula tiene un silencio permanente, pero quería que "disfrutara del aire libre y estirara las alas" —imitó un tono chillón y soñador al decir lo último, sacudiendo la cabeza para que el cabello se le agitase. Harry no pudo evitar reír—. Si vuelve llorando porque se escapó, vamos a tener que aguantarla.

—Tal vez sí regrese.

Draco le dirigió esa mirada que lo hacía sentir que sabía algo que él no, luego volvió a encogerse de hombros y pasó una mano por el pelaje cambiante de Lep, como si no fuese consciente de que lo hacía.

—Ojalá.

En cuanto tuvo la capa de invisibilidad de regreso, la enrolló metiéndola bajo el suéter de nuevo y se inclinó hacia adelante. Fuese lo que fuese que su amigo vio en su rostro, bastó para captar su atención.

—Pensé que podíamos usarla.

—¿La capa? —asintió. Draco lo consideró unos segundos—. Bueno, serviría para entrar por pasadizos por los que no deberíamos ir, y a lugares a los que no tendríamos que entrar.

—Y no nos atraparían.

El niño le devolvió la sonrisa en esa ocasión, aunque era más leve.

Se distrajeron con una charla acerca de sus madres, lo exageradas que eran al despedirse, y acordaron, para su sorpresa, que ellas les pidieron lo mismo, incluido el saludar al profesor Snape. Draco le estaba hablando de una anécdota vieja, que incluía a su padrino y a Jacint, cuando Pansy abrió el compartimiento y asomó la cabeza.

—¡Draco, no te encontraba! ¿Por qué cerraste las...? —se calló de golpe al fijarse en Harry.

—Hola —levantó una mano para saludarla, pero apenas había completado la palabra, ella cerró la puerta y corrió hacia él, para abalanzarse encima con una sonrisa.

—¡Harry! —soltó en un chillido aturdidor, junto a su oído— ¡te buscamos y no te vimos en el andén! Draco pensó que te quedarías con los Weasley, ¡y nadie se quería sentar con nosotros! Me empujaron cuando intenté entrar a un compartimiento con otros de primero y unos de segundo, y tuvimos que venir hasta aquí, tan lejos, ¡y todos los que se asomaban, veían a Draco, susurraban "Malfoy" y se alejaban! ¡Y a mí nadie me saludaba! ¿Crees que es porque parezco un bicho raro? Juraría que me vieron como uno. Creo que es porque tengo dos mascotas y una es un Augurey, hay mucha gente que les tiene miedo.

Harry estaba por abrir la boca cuando se percató de lo que en realidad significaban sus palabras. Miró los ojos enormes, verdes y brillantes de su amiga, sintiendo un retortijón en el pecho acompañado de unas inmensas ganas de abrazarla. Se forzó a sonreírle, recordando las palabras de su madre.

también habrá quienes les hablen mal a Pansy, o a Draco, porque no tienen papás. Y algunos los pueden tratar mal por eso...

—Si tu Augurey es tan feo como el que estaba en el patio de los Malfoy, seguro que es por eso que no te querían cerca.

—¡No digas eso! ¡Fénix es tan lindo como Gremlin!

—¿Fénix? ¿Gremlin?

Pansy se sentó junto a él y abrazó su Puffskein. Le contó las razones de los nombres del ave y la bola de pelos. Por la forma en que Draco los veía, estaba claro que no pensaba que los demás estudiantes los aislasen por el pájaro de dudosa reputación, mas no dijo nada al respecto; en el fondo, se lo agradeció.

Los paisajes fuera de la ventana cambiaron un par de veces, Pansy los señalaba y hacían comentarios sobre lo que veían, luego retomaba la conversación que hubiesen estado manteniendo antes. Harry se reía cada vez que Lep se subía a la cabeza de Draco, y se mimetizaba con el cabello, dejándole un par de orejas de conejo propias.

Mentalmente se preguntaba cómo es que los otros podían evitarlos.

No recordó dónde se hallaba su equipaje hasta que sus amigos estaban de pie y sacaban las túnicas de los baúles, y Draco señaló que sólo había llegado con la jaula de Hedwig.

Harry se mordió el labio y les prometió verlos al bajar del tren; si tardaba mucho, dijo que lo buscase con el Apuntador. Escuchó a Pansy quejarse porque se iba, mientras se alejaba corriendo por el pasillo, y daban los primeros avisos de lo cerca que estaba Hogwarts.

En cuanto alcanzó el compartimiento donde estaban los Weasley, uno de los gemelos le sonrió y le indicó en dónde colocaron su equipaje. Harry dejó la jaula de Hedwig, que había tomado antes de partir, sobre un asiento. Se apresuró a buscar su túnica y ponérsela por encima de la ropa.

Ron protestaba a lo que fuese que le dijesen sus hermanos mayores, los gemelos se reían y Percy intentaba poner algo de orden. Cuando estaba casi listo —porque tenía un problema con el cuello, que atribuyó a la falta de costumbre de usar túnicas—, vio que la niña despeinada que acompañaba a los Weasley, entraba, ya cambiada y recogiéndose el cabello en un moño desordenado, que no hacía gran cosa por su imagen.

Ella lo observó de reojo cuando tomó el libro que estaba sobre su puesto. Con el índice, le señaló el cuello.

—Lo pusiste mal. Suéltalo, vuelve a ponerlo —ordenó en voz baja. Harry frunció el ceño e hizo lo que le dijo—. No, no. Así no. Haz que quede derecho, hacia al frente, sí, ahí. Bien, mejor, ¿no?

El niño agachó la cabeza para examinarse a sí mismo. Levantó la cabeza para asentir y sonreírle.

—Gracias.

Ella inclinó la cabeza a modo de respuesta, atrapó al gato gordo entre los brazos cuando este saltó, se despidió de Percy, y se marchó por el corredor, justo cuando el expreso disminuía la velocidad hasta detenerse.

—Te lo dije —Ron estuvo a su lado casi de inmediato. Tenía la túnica suelta y la ropa de abajo era visible—, mandona, horrible. No puedo creer que me dejaras aquí.

—Te dije que podías venir conmigo —le recordó, sujetando de nuevo, la jaula de su lechuza, para que ambos se unieran al grupo de estudiantes que se dirigía a la salida.

—¿Contigo, Malfoy y Parkinson? No, compañero, al menos aquí estaban Fred y George, para interrumpir cuando esos dos hablaban de libros.

—Nadie se quiso sentar con ellos —mencionó, sin pensarlo—, Draco estaba solo cuando llegué. A Pansy la empujaron.

—¿Por qué será? —a Harry no le gustó la forma en que sonó la pregunta; sarcástica, como si se tratase de una obviedad delante de sus ojos, un hecho que él tendría que reconocer.

Le dio un manotazo a su mejor amigo y se aferró a la jaula, mientras avanzaban por el conglomerado que se hacía más denso y estrecho, en especial donde los otros de primero intentaban, ansiosos, vislumbrar partes del castillo. Ron emitió un quejido débil y se acarició el punto lastimado.

—¿Te tengo que recordar que pasó una tarde con nosotros, por mi cumpleaños, y comió la comida de mamá Molly, y ninguno les dijo algo malo? Me dijiste que te encantó el regalo de Draco y la historia que me contó.

—Eso es diferente.

—¿Cómo es eso diferente?

Bajaron del tren, la multitud era un grupo de túnicas y cabezas, pero el cabello rubio platinado no estaba a la vista. Continuó junto a su mejor amigo, a pesar de que un sentimiento de irritación crecía en él. Se movieron hacia el hombre enorme que llamaba a los de primer año.

—Todos saben que Lucius Malfoy está en Azkaban por la magia oscura, Harry —él se inclinó hacia un lado, teniendo la decencia para hablar en un susurro—, y el papá de Parkinson habría ido, sino lo hubiesen matado. Puede que ella se salve, sola, pero los Malfoy son muy fáciles de identificar, como un Weasley, sólo que ellos tienen ese pelo amarillo que brilla y la cara de "soy mejor que tú". Mientras Parkinson ande cerca, van a saber que es ella y la evitaran también.

—¿Acabas de decir que el cabello de Draco brilla? —Harry hizo un esfuerzo por no reírse de la situación.

Él no quería que evitaran a sus amigos, ¿por qué la gente tenía que hacerlo? ¿Importaba lo que hubiesen hecho, hace años, sus padres?

Su mejor amigo balbuceó sobre lo horrible que era que lo hubiese "obligado" a decir eso, y ambos se detuvieron en la parte de atrás del grupo de primer año, que se reunía en un muelle y se subía a unos botes.

Los susurros expectantes formaban un coro difícil de ignorar, pero no eran suficiente como para acallar los leves jadeos, que hicieron que los dos girasen la cabeza hacia una dirección determinada.

—...porque nos dijeron que era por aquí, por eso —Draco le espetaba a su amiga. Caminaba por delante, concentrado en los puntos que marcaban el Apuntador y en sostener a Lep, para que no saltase sobre nadie; ella iba un paso por detrás, ambas manos aferradas en puños en la espalda de la túnica del niño, miraba en todas direcciones, y él podría jurar que temblaba, o estaba cerca de comenzar a hacerlo, pero mantenía la cabeza levantada, con la dignidad de una sangrepura.

Los estudiantes les abrían paso al reconocer de quiénes se trataban. Los murmullos, supuso, dejaron de tratarse de los botes, para hablar de un asunto que les resultaba más relevante. Hubo algunos que los señalaron abiertamente, y Harry estuvo a punto de rechinar los dientes al notarlo.

—¿A dónde está Harry? —le preguntó ella, inclinándose lo suficiente para dejar la cabeza sobre su hombro.

Draco bufó y abrió la boca para contestar, pero entonces alzó la mirada y lo encontró. Se percató de que, al guardar el Apuntador y dirigirse hacia ellos, los ojos plateados se fijaban en Ron por una fracción de segundo.

—Weasley —susurró, entre dientes.

—Malfoy —le replicó el pelirrojo, en un tono idéntico.

Pansy los observó de forma alternativa. Debió decidir que no le importaba lo que ocurría, porque se dirigió a él al hablar.

—Creo que tienen más miedo de Fénix de lo que pensaba, todos se alejan ahora, como si fuese a bajar para picotearlos de pronto. ¿Tendré que decirles que mi mascota no les hará nada?

Cuando Ron separó los labios, estaba casi seguro de saber lo que diría; tanto él como Draco le enviaron una mirada de advertencia, que bastó para que lo pensase mejor y se mantuviese callado. Harry volvió a sonreír.

—Lo entenderán en unos días, tranquila, verán que es un buen pájaro.

Pansy le devolvió la sonrisa y asintió.

—¿Qué haces con eso todavía, Potter? —fue el heredero Malfoy quien le llamó la atención, un segundo antes de que avanzasen en la fila hacia los botes. Miraba hacia Hedwig, y él también lo hizo.

—¿No debería tenerla?

—No, se supone que dejas el equipaje a los elfos.

—Tú llevas a Lep —no pudo evitar señalar. El conejo acababa de saltar desde sus brazos a su hombro, le olfateaba la mejilla; estaba claro que no tardaría en subir más.

—Me persigue cuando se queda solo —rodó los ojos y dio un vistazo alrededor—. Lía —la elfina apareció de inmediato, con un plop y una profunda reverencia—, llévate la lechuza de Potter.

El aludido estaba a punto de protestar, pero Lía susurró "sí, amo, Lía sólo vive para servir al joven amo", sujetó la jaula, y se desapareció, antes de que tuviese tiempo de pensar en una respuesta. Se limitó a suspirar después. Avanzaron más en la fila, los botes estaban a la vista, al igual que el hombre grande.

Vio a Draco arrugar la nariz en un gesto de desagrado, y ladear la cabeza para susurrarle a Pansy, que se encogió y soltó una risa silenciosa.

—¿Lo conoces? —Harry también se inclinó hacia ellos, para preguntar. Su amigo rodó los ojos de nuevo.

—Hagrid. Dicen que es una especie de sirviente en Hogwarts, como los elfos domésticos, tal vez menos —bufó—. Se supone que tiene sangre de gigante, imagínate, ¿cómo se les ocurre dejar que alguien así entre al colegio?

—¿No es lo mismo que ser un mestizo mago-muggle?

Ambos niños sangrepura lo miraron como si hubiese enloquecido.

—No —masculló Draco—, no eres lo mismo que él.

Harry apretó los labios. Se removió, preguntándose qué fue lo que tenía esa frase que hizo que se inquietase.

Cuando llegaron al borde del muelle, el semigigante les dio unas breves instrucciones. Draco subió primero, aún de pie, le tendió una mano a Pansy para ayudarla a pasar al bote manteniendo el equilibrio para que pudiera sentarse. Él fue después.

En cuanto pisó la madera, sintió el tambaleo y se fue hacia un lado, agitó las manos en el aire, sin saber a qué agarrarse, hasta que dio con una tela suave y la encerró entre los dedos. Draco estaba ahí enseguida, sosteniéndolo de los antebrazos, ayudándolo a erguirse y buscar asiento.

—¿Qué pasa, Potter? ¿No puedes subirte a un simple bote sin mí? —aunque sonaba irritado, no lo soltó ni se sentó hasta que él lo hizo. No hubo ademán alguno de ayudar a Ron cuando también tuvo dificultades, así que Harry lo sujetó de la túnica y tiró, al menos, para evitar que cayese al agua.

Notó que quedaba espacio, pero nadie más se sentó con ellos. El aguijón en el pecho, que tuvo al ver los ojos brillantes de Pansy, se repitió.

El bote comenzó a moverse despacio, adelante y atrás, sobre la oscuridad pacífica del lago. Era de noche ya, el cielo estaba estrellado; Draco se echó hacia atrás, hablándole en voz baja, a su amiga de las constelaciones. Si Pansy se dio cuenta de que los demás botes llevaban más pasajeros, no lo demostró.

Atrapó a Ron observándolos fijamente, sin una expresión en particular. Cuando su mejor amigo se percató, giró la cabeza en el gesto más casual posible, y se reclinó en uno de los bordes de madera, usándolo como reposabrazos.

Harry notó el instante en que la tensión lo invadía.

—Compañero —Ron hizo un gesto vago con la mano para llamarlo. Frente a ellos, Draco y Pansy también miraron hacia él, cuando apuntó al otro lado del lago—, ¿qué es eso?

En medio de un conjunto de árboles retorcidos y unos troncos caídos, que flotaban sobre la superficie del agua, yacía una silueta. No se veía si estaba sobre un bote, encima de un tronco o en la orilla; era una figura delgada, envuelta en una tela negra traslúcida, que se agitaba por su cuenta y se enroscaba, como si fuese tirada por una fuerza invisible. Le hacía pensar en la manera en que las puntas del cabello de Pansy también se sacudían solas, o los bordes de su uniforme, incluso cuando no había brisa.

Sentía que su corazón comenzaba a latir más deprisa, un escalofrío le recorrió la escena. Había 'algo' en esa imagen que estaba mal, y él no podía explicar qué.

Una mano huesuda se escapó de entre los pliegues de la tela, cuando el bote pasaba por un lado de la figura. El dedo que los apuntó era de un tono marrón y no estaba completo.

Harry volvió la cabeza de golpe. Sus tres amigos lo imitaron e intercambiaron miradas de idéntica estupefacción. Una capa de sudor frío le cubría la piel.

El bote continuó hacia el muelle en los terrenos del castillo. Tras un momento, cuando Ron estaba concentrado en sus manos, unidas por encima de su regazo, y Pansy se abrazaba a sí misma, se fijó en que Draco lo veía de reojo, luego ladeaba la cabeza en dirección a la figura.

Harry asintió, aceptando el silencioso acuerdo, y ambos se giraron a la vez.

No había nada ni nadie. La oscuridad y la neblina cubrían las demás orillas del lago, sólo podían identificar puntos de luz amarilla a la distancia.

Tragó en seco, viendo de nuevo a Draco. Este lo observó, a su vez, respirando profundo.

No hablaron al respecto. Después de menos de un minuto, llegaron a su destino.

Draco fue el primero en ponerse de pie y alcanzar el muelle. Ayudó a Pansy, de nuevo, y tenía la mano tendida para el momento en que Harry también se levantó.

Él se rio, lo sujetó y bajó. Esperaron a Ron, o él lo hizo, mientras la niña se aferraba a la túnica de su amigo y le susurraba acerca de la imponente silueta del castillo iluminado que veían poco más allá.

Fue la dirección que tomaron, junto con el resto de los de primer año, que incluso ahí, conservaron una prudente distancia. Harry quería gritarles a todos, y no hacerlo supuso un mayor esfuerzo del que le habría gustado admitir.

Caminaron hasta quedarse rezagados, la voz de Pansy, que les contaba lo que había aprendido en las últimas semanas de las Casas de Hogwarts, hablando por los cuatro.

Para cuando los reflejos de las luces los alcanzaron, estaban tan atrás que no se sorprendió del todo al ver que un hombre de cabello grasiento y ropa oscura se les acercaba. Él siseó lo que sonaba a una reprimenda y sostuvo del hombro a Draco. Su amigo no se zafó del agarre, sino que levantó la mirada despacio y enseñó una media sonrisa.

—Padrino Severus —arrastró las palabras—, madre envía sus saludos.

Severus Snape. Harry recordó que Lily también quería que lo saludase, pero al verlo tan de cerca, entendía por qué su padre prefirió que no se aproximase.

—Seguro que también enviará otras cosas cuando se entere de que pretendías escaparte del primer banquete del año y la Selección —les dio un vistazo a los otros tres, fijándose un poco más en Pansy, que lo saludó en un murmullo débil y se escondió detrás de Draco—. Vociferadores, por ejemplo.

—Nunca me escaparía, querido padrino.

Se observaron en silencio por un momento. Su amigo aún sonreía al hombre.

—Adentro —guio al niño hacia adelante y les hizo un gesto que abarcaba a los demás, para que lo siguiesen—, ya. Rápido. Muévanse, o les descontaré puntos a sus Casas, apenas sepa a cuáles irán.

Al ver que no reaccionaban, el profesor les gruñó. Draco sujetó las muñecas de Pansy y Harry, llevándolos consigo. Ron lloriqueó y los siguió.

—Tu padrino da miedo —fue lo primero que le dijo, una vez que estuvieron fuera del alcance del maestro, y caminaban por un pasillo de piedra, siguiendo la marea de estudiantes de su edad, que se desviaba hacia una entrada, el Gran Comedor, supuso. Le pareció que Ron lo secundaba.

—Y eso que no lo has visto dando clases —su amigo se burló de ambos; en lo que debió ser un reflejo, colocó a Pansy detrás de él cuando las puertas dobles se abrieron y los llevaron, en una línea, entre estudiantes mayores y un conjunto de cuatro mesas.

Harry nunca había visto tantos magos y brujas reunidos, a excepción, quizás, del Callejón Diagón en las épocas anteriores a la navidad. Sintió que la boca se le quedaba abierta al fijarse en el techo y las cientos, no, miles de velas flotantes. Dudaba que alguno de los nuevos ingresos tuviese una reacción diferente.

Desfilaron frente a miradas que juzgaban y especulaban, que observaban, analizaban, y otro coro de murmullos se elevó. Al fondo del comedor, había una mesa de profesores, y una mujer en una túnica esperaba, con un sombrero en la mano.

—Bienvenidos a Hogwarts. En este momento, comenzará la Selección, lo que significaba que llamaremos uno por uno...

Harry, que acababa de dar por finalizada la explicación de Pansy sobre la Selección, no le prestó atención. Movió su peso de un pie al otro, se pasó las manos por el cabello y se acomodó los lentes, todo en un período de tiempo cercano de un minuto, por lo que sus amigos se fijaron en él.

—¿Estás bien, compañero? —Ron le susurró, poniendo una mano sobre su hombro. Él asintió.

—¿Tienes miedo, Potter? —Draco no dudó en mostrar otra sonrisa torcida— ¿necesitas a la tía Lily aquí, contigo?

Estaba por replicarle cuando un par de orejas largas se desplegaron desde el cabello rubio de su amigo. Ron emitió un jadeo y se ahogó en una risa estruendosa, Pansy se cubrió la boca con ambas manos.

Draco apretó los párpados un segundo, en una expresión casi dolorosa.

—Lo hizo de nuevo, ¿verdad? —preguntó entre dientes, la piel pálida enrojecía a una velocidad que no podía ser natural ni saludable. Los susurros a su alrededor se convertía en risas suaves, comentarios sin disimulo, y para sorpresa de los niños, chillidos y suspiros enternecidos de parte de las estudiantes mayores.

Harry apretó los labios para evitar reírse y asintió dos veces. Vio que se llevaba una mano a la cabeza, sostenía una oreja y jalaba. Lep quedó colgando y olisqueando a su dueño, ajeno a la mirada furibunda del mismo. Sintió cierta lástima por el pobre animal.

—¡Granger! ¡Hermione Granger! —llamó la profesora que se encargaba de la Selección.

Ron lo codeó y señaló la plataforma al final del comedor, a la que caminaba la niña desarreglada que compartió el viaje con los hermanos Weasley. El Sombrero no se demoró más que unos instantes, sobre su cabeza, para gritar: "¡Ravenclaw!". Ella no se mostró sorprendida al ir hacia la mesa asignada.

Removiéndose en donde estaban, los cuatro permanecieron en la fila, mientras uno a uno, los demás eran llamados. Draco acababa de convencer al conejo mágico de que se quedase como una parte de la manga de su túnica, cuando le tocó.

—¡Draco Malfoy! —un silencio sepulcral invadió el Gran Comedor. No supo si la tensión que percibió era magia libre, suelta, o sólo el tema del padre de su amigo.

Fuese cual fuese la razón, Draco se soltó con cuidado del agarre de Pansy, y caminó, erguido con la máscara en blanco marca Malfoy, hasta el banquillo. Su cabello rubio y su rostro, hasta la nariz, se perdieron bajo el Sombrero.

Pareció que no pasó más de una fracción de segundo, para cuando tomó la decisión.

—¡Slytherin! —exclamó el Sombrero, que le fue quitado enseguida.

Draco avanzó hacia la mesa de las serpientes con la barbilla en alto, como si fuese una elección favorable ser puesto ahí, pero era el honor para ellos tenerlo y no al revés. Recibió los escuetos aplausos e hizo un gesto con la cabeza a los que lo saludaron, se apartó de quienes intentaron palmearle el hombro y les sonrió de forma demasiado encantadora a unas chicas mayores que se acercaron, a las que luego les mostró a Lep.

Harry se dio cuenta tarde de que sonreía al verlo. Giró la cabeza y se centró en la Selección. Pansy, frente a él, temblaba y tenía los labios apretados.

Extendió una mano para sujetar una de las suyas, la niña dio un brinco y lo vio con los ojos muy abiertos; tras unos instantes, le sonrió.

—Supongo que podemos seguir viéndonos entre clases, ¿no? —musitó con una mirada triste.

Por Merlín. Harry no quería que su amiga estuviese así.

—¿Por qué lo dices?

—Draco es un Slytherin —mencionó, como si aquella fuese la respuesta para todo—, es obvio que yo no lo seré, ¿sabes cuál es la característica de los Slytherin?

Él negó.

—Ambición, Harry. Astucia. ¿Tú eres ambicioso y astuto? ¿Yo lo soy?

No, estuvo por contestar, desganado, Draco lo es. Y de pronto, la perspectiva de estar en Hogwarts, sin el niño-que-brillaba cerca, más que en los ratos libres, le pareció vacía, aburrida, sin sentido.

Optó por no responder. Pansy se giró y mantuvo la vista puesta en la plataforma hasta que fue su turno.

Y sucedió.

—¡Pansy Parkinson! —el silencio volvió a llenar el Gran Comedor. La niña no vaciló, a pesar de que lucía más pálida.

Pasó más de un minuto, más de dos, de tres. Ella movía las piernas y se acomodaba de nuevo, haciendo gestos sutiles con las manos, la plática que mantenía con el Sombrero era imposible de oír.

Cuando anunció la Selección, Harry sintió que se quitaba un peso de encima.

—¡Slytherin!

El Sombrero le fue quitado. Pansy no ocultó el aturdimiento al ponerse de pie.

En la mesa de Slytherin, Draco Malfoy se levantó e inició un coro de aplausos, que fue seguido de inmediato por las chicas mayores con que hablaba y los hijos de aliados de su familia. Luego el resto de la Casas también aplaudieron, aunque de formas menos notorias.

La niña corrió hacia él y se sentó a su lado, tenía una sonrisa enorme, y las chicas la agregaron a la conversación enseguida. Draco destilaba orgullo cuando su mirada se cruzó con la de Harry.

Él se encogió un poco, ante la claridad y el regocijo que deslumbraba en los ojos grises, unos que nunca había visto. "Sly-the-rin" dijo con el simple movimiento de labios, Harry quiso explicarle las razones por las que no creía que fuese a ir a la misma Casa que él, pero Ron lo codeó para que avanzara en la fila, y cuando volvió a ver hacia Draco, este ya estaba concentrado en su amiga.

—¡Potter! ¡Harry Potter! —sintió las manos de Ron en la espalda cuando fue empujado hacia adelante y se precipitó en dirección a la plataforma.

Allí, la profesora lo recibió con el Sombrero y tomó asiento. El objeto le cayó sobre la cabeza y el mundo se oscureció. Cerró los ojos con fuerza.

Rogó por quedar en la Casa de Draco y Pansy, ya que no tenía idea de a dónde iría su mejor amigo. Luego rogó porque fuese posible verlos seguido.

Después, sólo deseó que no dejasen de ser sus amigos por eso.

La voz del Sombrero era suave en su cabeza, tranquilizante, como si prometiese que todo marcharía bien.

—Vaya, vaya...—le decía—. Interesante. Encuentro valor, mucho valor. Ingenioso. Hay talento aquí, podrías hacer grandes cosas.

Grandes cosas. Pensó en Draco y lamentó no ser como él, como Pansy, si ese detalle los alejaría.

—Oh, ¿qué...? —una pausa breve—. Podrías ir a Gryffindor, chico. Podrías ir a Hufflepuff. Tantas opciones, tanto que ver en ti.

¿Podría...?

—Slytherin —susurró, tan bajo que apenas se escuchó a sí mismo. Pero bastó para el Sombrero.

—¿Slytherin? Oh, sí, sí. Me gusta. La Casa del hacer grandes cosas. Tendrías futuro allí. Me gusta, sí.

—Slytherin, Slytherin, Slytherin, Slytherin...—le imploró. Habría jurado que escuchó un "hm".

—Entonces, supongo que serás un...¡Slytherin!

El alivio que sintió fue indescriptible. La profesora le quitó el Sombrero. Cuando abrió los ojos y fue forzado a parpadear para ajustarse a la luz del comedor, la sensación de que todo  estaría bien lo inundó, intensa, cálida, determinada.

Se tambaleó al bajar del banco y se dirigió hacia la mesa de Slytherin. Pansy saltó a abrazarlo como recibimiento, notó que contenía el llanto, y la estrechó.

Draco, que le hizo un espacio al otro lado de su asiento, apoyó el codo en la mesa, la barbilla en la mano, y le dirigió una mirada que decía "¿viste que tenía la razón?". Harry le sonrió al sentarse, una sensación cálida volvió a llenarlo cuando el gesto le fue correspondido.

Los estudiantes restantes pasaron delante de ellos, los mayores se quejaban de tener hambre. Se percató de que, entre las serpientes, no se mantenían tan apartados de sus amigos, como ocurrió con los demás. Eso le agradó.

—¡Ronald Weasley! —llamó la profesora. Harry se enderezó para ver por encima de las cabezas a su mejor amigo, que se ponía pálido bajo el Sombrero y trastabillaba al subirse al banco.

La decisión llevó unos segundos.

—¡Hufflepuff!

Harry volvió a sonreír y se unió a la ronda de aplausos. Desde la mesa de los tejones, Ron lo encontró, y se encogió de hombros. Él imitó la acción e intercambiaron una sonrisa, antes de centrarse en la charla de bienvenida y la cena.

Feliz como estaba, le resultó sencillo perderse en la plática de Pansy y las chicas.

No fue hasta que estuvieron formándose para ir detrás del Prefecto, hacia su Sala Común, que Draco se paró entre ellos, con una expresión decidida que no auguraba nada bueno.

—Se los dije, es nuestro destino —hizo un gesto dramático con ambas manos, que los abarcó a los tres—. Hacia la grandeza, ya saben. No nos conformaremos con menos.

Pansy se rio.

—Porque tú eres el lema de Hogwarts, ¿verdad? —Harry los observó a ambos con el ceño fruncido.

Draco dormiens nunquam titillandus —recitó para ellos, y la sonrisa feroz de Draco le recordó tanto a Sirius y a los Black, que se quedó mirándolo más tiempo del necesario—. Nunca hagas cosquillas a un dragón dormido.

—¿O qué? —preguntó él, sonriendo.

—Te puede quemar —Draco exhaló en dirección a ellos. Pansy se cubrió la boca al volver a reír, y Harry se abalanzó sobre su amigo para hacerle cosquillas en un costado.

Se pelearon en broma, trastabillaron y se salieron de la formación de primer año, perdiéndose parte de la explicación sobre la estructura de Hogwarts y el trayecto hasta las mazmorras, lo que les ganó miradas severas de los Prefectos y susurros de los compañeros. Pero ellos se reían y no pudo importarles menos.


Escena extra

La primera noche

La primera noche en Hogwarts, un pequeño Draco Malfoy se sentó en el alféizar de la ventana, con su conejo mágico y una caja como única compañía. La destapó y sacó el telescopio plegable del interior.

Era tarde, estaba envuelto en su pijama de seda, las cortinas de la cama a su derecha estaban cerradas. La luz débil que se escapaba por la rendija que dejaba la puerta del baño, le recordaba que Harry se estaba cepillando los dientes, adormilado. Había insistido en que podía quedarse con Pansy y él en la Sala Común para celebrar la Selección, aunque no hicieron más que hablar, y para ese momento, casi tuvo que cargarlo hasta el cuarto.

Pobre tonto. Harry no sabía cuándo era demasiado para él. Podía ser torpe, y como tal, necesitaba de su guía para no convertirse en un caos.

No le desagradaba cuidar que no dejase sólo desastre a su paso. Harry lo miraba con ojos brillantes y verdes, un color familiar que asociaba a su más tierna niñez por la cercanía con los Parkinson, intentaba hacerlo sonreír, y también apartaba a Pansy de lo que la lastimaba, ¿qué más se podía pedir en un amigo?

El telescopio estuvo instalado pronto. Leporis, la rata de orejas largas, se subió a su regazo. Lo permitió porque no pensaba distraerse de su tarea de hallar las constelaciones, que conocía por su madre, debido a la inquieta criatura.

Cuando Harry arrastró los pies fuera del baño, apagó la antorcha y cerró la puerta, el Draco de once años tenía la mira puesta en el cielo, a través de una proyección mágica puesta en la ventana que daba al lago, y el telescopio ajustado en Sirio, la estrella más brillante.

La nota que su padre había mandado con el obsequio, yacía en el fondo de la caja, sobre el almohadón de terciopelo. La había leído la noche anterior, la que vino antes de esa, la otra, y cada una desde que lo recibió. Esa no fue la excepción.

Él lo haría sentir orgulloso. Lograría tales hazañas, que el hombre escucharía su nombre incluso dentro de la prisión de máxima fuerza, y se enteraría de que fue su hijo quien las llevó a cabo.

Grandeza, se repetía. Estaba destinado a la grandeza.

Miró hacia un lado cuando los sonidos de arrastre se hicieron más fuertes. Harry se aproximaba a él.

Estaban destinados, se corrigió, porque todo viaje necesitaba compañeros, ¿no?

—¿Draco? —el cómo Harry arrastraba las palabras cuando tenía sueño, le parecía divertido. Hizo un sonido de afirmación para demostrar que lo escuchaba y volvió a poner su atención en el cielo nocturno— ¿qué haces? ¿No te vas a dormir?

El alféizar se hundió bajo el peso del niño, cuando se sentó a su lado. No le dirigió una segunda mirada.

—Oí que hoy habría una estrella fugaz por ahí.

Harry emitió un largo "oh", que fue, desde su perspectiva, en el período de tiempo que le llevó a su cansado cerebro procesar las palabras y reaccionar. Tras un momento, se inclinó hacia él, hasta casi apartarlo del telescopio para ver por el cristal. El alféizar apenas podía tenerlos a ambos y al conejo, así que terminaron un poco enredados.

—Los muggles les piden deseos a las estrellas fugaces —le contó, con esa sonrisa amplia que era tan común en él—, mamá dice que se cumplen siempre.

—No es por eso que la busco, Potter.

Su amigo lució confundido por un rato, incluso se quedó quieto, tan cerca que percibía el aroma a menta de la pasta de dientes.

—¿Entonces por qué? —se echó hacia atrás, hasta quedar con la espalda apoyada contra el borde de la ventana, del lado opuesto al que él ocupaba.

—Sólo para verla.

—¿Por qué? —insistió. Draco rodó los ojos.

—Porque me gustan las estrellas.

—Serás bueno en Astro...Astrono...Astronolía —se trabó con la palabra y la pronunció mal, pero la sonrisa suave y la expresión somnolienta que le mostró, le dejaron en claro que no se dio cuenta.

—Sí, Potter, seré el mejor en Astronolía —se burló. Harry emitió una risa ahogada, que contentó una parte dentro de él a la que solía ignorar—. Mejor vete a dormir, o te vas a caer de cabeza. Y si terminas en el lago, no te voy a ir a buscar.

Harry hizo ademán de ponerse de pie, pero luego ladeó la cabeza y vio hacia la ventana con el ceño fruncido.

—Draco.

—¿Hm?

—Estamos en las mazmorras.

—Sí, Potter, maravilloso descubrimiento. Los dormitorios de Slytherin quedan en las mazmorras.

—Draco.

—¿Hm? —se abstuvo de rodar los ojos, sólo porque estaba atento a un movimiento que creía era la estrella fugaz que buscaba.

—¿Cómo ves el cielo desde las mazmorras?

—Un hechizo.

Tanteó los lados de la caja, sobre el acolchado del alféizar, hasta dar con un trozo de papel, que le tendió. Harry se tomó un momento para revisarlo; él había trabajado los últimos tres días en aprenderse los doce encantamientos que estaban escritos ahí. Ese no era más que el primero.

—Proyecta el cielo en el cristal que da al lago.

—Trae el cielo, sólo para ti —él volvió a sonreír y le regresó el pergamino.

—Algo así, supongo.

—Eso es lindo.

Estaba por replicar, cuando sintió el movimiento a un lado y un peso nuevo sobre sus piernas, allí donde Leporis no estaba acurrucado. Agachó la cabeza, para encontrarse con que Harry acababa de recostarse sobre el alféizar y encima de él.

Draco bufó y le dio un débil golpe en la sien, para apartarlo. No funcionó.

—Draco.

—¿Ahora qué, Potter?

—¿Me cuentas una historia? —se removió lo suficiente para quedar de lado, semienterrado en la tela de su pijama, y tuvo el descaro para balbucear acerca de lo suave que era.

—¿Por qué debería hacer eso?

—¿Por favor? Sólo una. Para dormir.

—Ya te estás cayendo del sueño igual.

—Por favor —repitió, y una de sus manos se convirtió en un pequeño puño en torno al pantalón de Draco. Tenía los ojos medio cerrados, los lentes torcidos. Él se los quitó, para doblarlos y dejarlos a un lado.

Dio un último vistazo por el telescopio, a tiempo para notar el destello que atravesó el cielo. Recordó las palabras de Harry sobre los deseos, pero sólo sacudió la cabeza y alejó la idea. Él no creía en supersticiones muggles.

Con un suspiro, llevó una mano al desordenado cabello del otro niño, enredó los dedos en los mechones y le masajeó la cabeza. Harry se removió, emitiendo un sonido de agrado.

—Existía un castillo en Escocia que estaba lleno de niños y fantasmas...—comenzó. Se percató de la sonrisa inmediata en el rostro adormilado de Harry.

Mientras hablaba, Draco se preguntó por qué tenía un amigo tan tonto. No se dio cuenta de que también sonreía.



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