Historia al azar: Tú eres mi fuerza
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When The Time Goes Out » Capítulo VI
When The Time Goes Out (R13)
Por billitha trukau
Escrita el Sábado 18 de Mayo de 2019, 14:56
Actualizada el Martes 3 de Diciembre de 2019, 23:34
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Capítulo VI

 

Psicólogo: Dicho de una persona dotada de especial sensibilidad para el conocimiento del comportamiento humano. RAE.

Psicólogo: Persona hija de puta que se cree que por un título puede manipular a su antojo. Amberlin Ross.

 

Las horas con Chase, el psicólogo del instituto, eran peor que aguantar un insulto de Declan, Hunter o Samantha. Bueno, no, eso era exageración, pero si era un gran fastidio.

Trate de no verme tan aburrida como en realidad estaba. Era solo una hora, y si había sobrevivido cosas peores entonces una hora hablando con un imbécil no me matarían.

―Pensé que no vendrías.

―Qué curioso, yo también —solté acomodándome en la silla acolchada.

El Sr. Bell, o como a él le gustaba que le llamaran, Chase, era el hombre de autoridad más joven de todo el instituto, y no era sorpresa que cuando él había llegado la mitad de las mujeres habían decidido que querían ir con el psicólogo escolar.

Y no era para menos, el hombre era guapo y no podía tener más de treinta años.

Alto, musculoso, piel bronceada y unos tremendos ojos azules intensos, acompañado de una mata de risos negros como el carbón.

Era de esperarse que la mitad de las alumnas anduvieran babeando por él, pero yo no.

Cada vez que lo veía no podía hacerlo sin rencor, no podía evitarlo, nunca me habia gustado que las personas me interrogaran.

―Dime, Amber, ¿Qué hiciste en tus vacaciones?, ¿Te divertiste?

―Además de respirar, nada interesante.

―La Sra. West dijo que pasaste tus vacaciones con tu abuela, ¿Hiciste algún amigo, conociste a alguien interesante? ―Pero por supuesto que le había dicho. Maldita perra.

Miré al hombre con aburrición. ― ¿Tengo cara de haber hecho amigos o algo interesante?

Chase me miró durante unos segundos y después impulsó su cuerpo hacía adelante para alejarse del escritorio donde había estado recargado, lo rodeó y tomó asiento en su silla de piel.

―Hay un compañero nuevo en tu salón, ¿Qué piensas de él?

Rolé los ojos sin poder evitarlo. —No quiero hablar de ese imbécil.

― ¿Imbécil?, ¿Qué te hizo para llamarlo así? -preguntó con curiosidad.

―Simple, existir.

―Existir… ―dijo meditando la palabra. ― ¿Hay algo que exista a lo que no consideres imbécil?

Lo consideré por un momento y luego respondí: ―Supongo que las cosas que no son humanas.

―Pero el mundo está lleno de humanos —puntualizó.

―Una verdadera lástima —rebatí. No podía ser más que la verdad.

―Dime, ¿Entonces te gustaría ser la única persona habitante del planeta?

Me encogí de hombros, siempre trataba de darle respuestas triviales, que no revelaran mucho o nada de mí. —Todo sería mío.

― ¿Y no crees que te sentirías sola?

―Tendría muchos animales de compañía —aseguré.

―Los animales no hablan.

―Y las personas nunca tienen nada interesante que decir. No existe ninguna diferencia.

Sentí el peso de una mirada y me obligué a regresar a verlo. Demasiado azul, demasiado hipócrita.

―El ser humano es sociable por naturaleza, pasar demasiado tiempo solo lo puede llevar a la locura.

―Supongo que sería una loca, entonces.

―Y morirías al cabo de unos cuantos meses.

―Estando loca ni cuenta me daría.

Una ligera mueca atravesó sus labios y mi interior sonrió, lo estaba fastidiando. Él podía ponerme un millón de trampas y yo sería capaz de esquivarlas todas, porque si tenía algo claro era que, si yo no quería hacer o decir nada, no había ser poderoso en la tierra que me hiciera cambiar de opinión.

―Supongamos que en el último segundo recobras la compostura, ¿No te arrepentirías de nunca haber conocido a otro ser humano? ¿De nunca haber tenido a un amigo? O simplemente ¿A alguien más?

―No.

Chase suspiró ligeramente, pero el ambiente estaba tan callado y tranquilo que lo escuché perfectamente.

― ¿A qué universidad piensas ir?

―Aun no lo he pensado.

―Hay algunas universidades donde ya puedes enviar tu solicitud —se detuvo un momento, y entonces agregó: ―me dijeron que te gusta diseñar, podrías ir a…

El timbre sonó en el pasillo y fue como si un rayo de luz iluminará mi camino, me puse de pie de inmediato y salí de la oficina sin decir adiós.

Estar afuera se sintió tan bien que el aire que llenó mis pulmones fue bendito.

No podía recordar ni un solo momento o situación en que no hubiera odiado a los psicólogos. La primera vez que fui con uno tenía solamente seis años, mamá creía que tenía problemas para entender las cosas, para relacionarme con los demás e incluso hasta para hablar, pero yo no tenía ningún problema era simplemente que no quería hablar con nadie y el psicólogo insistía en tratarme como una niña estúpida y retrasada.

Desde ese entonces esos seres me parecían despreciables, unos buenos para nada.

Me encaminé a mi cueva para tomar mis siguientes libros y cuando cerré la puerta del casillero y me giré para irme un manotazo mando todos mis libros a volar. Busqué al culpable con la mirada y me encontré con una cabellera obscura y unos ojos miel llenos de burla y diversión.

Declan y sus amigos iban riendo a carcajadas por el pasillo, y antes de que se girará para caminar como una persona normal, me levantó el dedo medio.

Contemplé la idea de levantar uno de los libros y lanzárselo, pero ya iba demasiado lejos y no iba a atinarle, iba a quedar en ridículo y después me vería en la necesidad de ir a recogerlo yo misma. Y eso solo le iba a dar más placer y a mi más rabia.

―Toma —Marek me entregó mis libros. ¿En qué momento los había recogido? No tenía la menor idea. Se los arrebaté de la mano y lo esquivé para seguir mi camino. Era difícil encontrar un día en que las cosas no fueran tan jodidas.

―Un "Gracias Marek, eres maravilloso" no te va a matar, ¿Sabías?

―No, pero de seguro me da gastritis —giré en el siguiente pasillo y tomé las escaleras para ir al segundo nivel. El nuevo aun venía detrás de mí y su risa espontanea solo me hizo irritar más.

―Que exagerada y dramática eres, ¿Por qué todas las mujeres son así? —lo miré mal al instante.

― ¿Por qué todos los hombres son unos imbéciles de mierda?

Marek se llevó una mano al pecho con un falso gesto de dolor como si le hubiera pegado. ― ¡Auch! Eso me dolió como el manotazo de un bebé ―se empezó a reír.

Suspiré con cansancio y me detuve para enfrentarlo. ― ¿Por qué estas siguiéndome?

―No te estoy siguiendo, compartimos francés por si no te has dado cuenta.

Sus ojos estaban brillantes, enérgicos, y su cabello era un desastre, ¿Es que nunca se peinaba?

―Vamos, Amberlin, di que sí.

―No -me giré y seguí andando. ― ¿Por qué no? Te hace falta diversión en tu vida.

―Si quisiera diversión en mi vida, serias la última persona a la que elegiría como compañero.

El salón ya estaba cerca y apresure mis pasos, entre más rápido entrara al salón más rápido se callaría. Pero Marek se me adelanto, dio dos grandes pasos y me cruzó, antes de entrar al salón se detuvo y me miró desde arriba.

― ¿Qué tan segura estas de eso? —me retó y entró al salón dejándome afuera y con los ceños fruncidos.

El Sr. Morgan ya había iniciado la clase cuando yo entré y no me pasaron desapercibidas las miradas que varios me lanzaron, como si tuviera un maldito mono pegado a la cabeza. Sabía que ya debería estar acostumbrada, pero a veces realmente me sacaba de quicio.

―Hoy necesito que me entreguen el nombre de su proyecto, objetivo y temas a tratar. A trabajar todo mundo.

Apenas terminó de hablar el salón se llenó de murmullos por todos lados, excepto la esquina donde estaba sentada.

El paisaje por la ventana estaba demasiado soleado para mi gusto, no obstante, las sombras que proyectaban los arboles grandes se veían acogedoras. Era la segunda semana de clases y ya teníamos nuestro primer proyecto.

Regresé a ver a Marek solo para averiguar porque aún no había abierto su bocota, y lo encontré mirando a través de la ventana, tal como había estado haciendo yo tan solo unos segundos atrás. Un pequeño rayo de luz golpeaba directo su cabello y así parecía que era de color oro, también me percate de las pequeñas pecas marrones escondidas entre sus mejillas y de lo largo de sus pestañas.

―Si me sigues mirando así voy a comenzar a creer que de verdad te gusto.

Aparté la vista de inmediato. —Y yo comienzo a creer que te ves mejor calladito —abrí mi libreta y preparé mi pluma para escribir.

Marek se acomodó en su asiento e imitó mi gesto de la libreta. -Es gracioso verte siempre de mal humor, pero me pregunto ¿Cómo será verte de buen humor? -lo dijo de una manera tan seria y pensativo que lo regresé a ver. Me estaba observando con detenimiento y tenía los ceños fruncidos.

―Te aseguro que no estaré saltando como una loca —solté con rudeza, una ligera sonrisa apareció en sus labios seguido de un leve asentimiento.

―Probablemente no, pero tal vez si te rías como una loca —su sonrisa se amplió macabramente. Cada vez que sonreía de esa manera hacía que se me pusieran los pelos de punta, era como si estuviera tramando algo siniestro en su cabeza, como si ya supiera el resultado final.

―El proyecto, Marek, necesitamos trabajar en el proyecto —le recordé.

―Ah, sí, eso. Tenemos que montar una entrevista, algo así como ser actores. —Maravilloso. Levanté las cejas para indicarle que necesitaba más explicación que solo esa.

―Tenemos que recorrer el pueblo o también podemos ir a otras ciudades, y el tema es libre, podemos hablar de comida, cultura, atracciones o lo que sea.

Apenas dijo eso yo comencé a escribir en mi libreta, como título puse: REGLAS PARA MAISON.

Si íbamos a trabajar juntos tenía que poner mis propias condiciones y limites, porque no iba a estar tolerando sus estupideces. Marek podía llegar a ser un tremendo dolor de cabeza, y si tenía la oportunidad de detenerlo a tiempo, entonces lo haría.

―No jodas, estas de broma ¿verdad?

―No. Y para aclarar desde un inicio, si rompes algunas de mis reglas, sin importar lo que el maestro diga, haré el trabajo yo sola y no te incluiré en él.

Lo dije mirándolo directo a los ojos para que supiera que no estaba jugando y que estaba muy dispuesta a cumplir mi palabra, sin embargo, su reacción no fue lo que me esperaba, Marek soltó una risita tipo: "Como si a mí me importaran tus estúpidas reglas".

Le golpee el hombro con fuerza sin poder evitarlo.

—Cállate, estúpido, que no estoy jugando. ¿Crees que estoy feliz de trabajar con un idiota entrometido como tú? —Marek dejo de reírse y me miró, yo seguí hablando —. Es mi último año y estoy en la cuerda floja, y tú no vas a arruinarlo. Si te parece tan divertido como para reírte te puedes ir al carajo desde ahorita.

Los dos compañeros que estaban sentados delante de nosotros regresaron a vernos con los ojos entornados, apenas los miré, se giraron de nuevo.

―Que intensa, tranquilízate, nunca he dicho que es divertido —alegó en su defensa.

―Entonces tomate las cosas con seriedad —dicho esto me puse a escribir mis pautas, cinco minutos después había terminado. Se las leí a Marek una por una.

1. Nos enfocaremos en el proyecto y solo en el proyecto.

2. No harás comentarios estúpidos.

3. No harás preguntas personales.

4. Serás puntual.

5. Sí rompes alguna de mis reglas, te vas.

Marek suspiró y dijo:

―Bueno, la puntualidad no será un problema, lo demás quizás un poco.

Antes de que pudiera decir algo, él levanto la mano para hacerme callar, tomó su lápiz y comenzó a anotar al mismo tiempo que leía en voz alta.

REGLAS PARA AMBERLIN ROSS, ALIAS; LA GRUÑONA.

1. Prohibido estar de mandona todo el tiempo.

2. Tendrá que reírse obligatoriamente de todas las cosas graciosas que haga.

3. Será mi compañera de locuras. Nota importante: Ella también tendrá que hacer locuras conmigo.

4. Tendrá que intentar no ser gruñona todo el tiempo.

5. Y lo más importante, me amará sobre todas las cosas (aunque sea en secreto), amen.

Marek levantó la vista de su estúpida lista y me miró con esos ojos verdes rebosantes de júbilo, parecía haberse ganado la lotería de millones de dólares. Tantee la idea de arrancar la hoja para hacerla bolita y lánzasela a la cara.

―Todo es un juego para ti ¿verdad?, nunca te puedes tomar nada en serio —solté con reproche. No entendía como la escuela había aceptado a aquel engendro, no entendía cómo podía tener tan mala suerte como para haberme tocado un compañero como él.

―No es un juego, es solo que tú te tomas las cosas demasiado en serio. Tienes que aprender a relajarte, ya sabes, como en el comercial, "Comete un snickers" —hizo una cara como la del tipo del anuncio.

―Ya cállate ¿quieres?, me das dolor de cabeza —dije con fastidio.

Después de eso, tardamos media hora en decidir un título, en crear el objetivo y los temas a tratar. Si Marek decía una cosa, yo pensaba otra, si él opinaba algo yo decía lo contrario. Y no, no estaba intentando llevarle la contraria, era simplemente que nuestras mentalidades eran tan diferentes que era difícil que coincidiéramos en algo concreto.

Mientras yo quería orden y perfección, él quería espontaneidad y diversión. Si yo decía si, él simplemente decía no. Blanco o negro.

Me frustró tanto que había estado a punto de decirle que mejor quería trabajar sola, no obstante, una pequeña pero muy pequeña vocecita en mi cabeza me dijo que no lo hiciera. Y mientras lo dijera mi cabeza y no otra cosa yo le haría caso.

Al final de la clase teníamos la hoja lista para entregar, con objetivo, temas y todo.

El titulo era simple, pero a mí me seguía pareciendo algo… demasiado cliché.

Las pequeñas grandes cosas.

Marek había insistió en que era perfecto y que tenía cientos de ideas para hacer de nuestro proyecto el mejor de la clase. A eso no podía decirle que no, estaba de acuerdo en que fuera el mejor.

Y esa pequeña parte, verlo tan entusiasmado y motivado (aunque estúpidamente a su manera), me hizo creer que quizás no podía ser tan malo trabajar con él. Quizás podíamos ser un gran equipo, pero obviamente no se lo dije.

Él ya tenía la cabeza por las nubes, decirle eso lo iba a mandar directo al espacio exterior






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