Historia al azar: Cartas sobre la mesa
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When The Time Goes Out » Capítulo XIII (Parte 2)
When The Time Goes Out (R13)
Por billitha trukau
Escrita el Sábado 18 de Mayo de 2019, 14:56
Actualizada el Martes 3 de Diciembre de 2019, 23:34
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Capítulo XIII (Parte 2)

Avanzamos unos cuantos minutos con la música llenando el silencio. Hasta que me di cuenta de algo. Nos habíamos desviado.

—Este no el camino —solté de pronto.

—Ya lo sé —respondió él como si nada.

Fruncí las cejas. —¿Cómo que ya lo sabes? ¿A dónde vamos?

—Solo espera. Ya casi llegamos.

—No seas idiota. Va a comenzar a llover pronto. No podemos desviarnos.

—Calma. Estamos relativamente demasiado cerca.

—Marek, no estoy jugando.

—Yo tampoco. Te aseguro que no serán más de quince minutos.

Tuve ganas de golpearle la cabeza, pero en lugar de eso me crucé de brazos y miré por la ventana. Me cruzó por la mente que Marek podía ser un sociópata y puse atención al camino por si acaso tenía que salir corriendo en cualquier momento.

Miré mis botas militares y llegué a la conclusión de que esas eran la única buena elección que había hecho para vestirme.

Ya estaba demasiado obscuro para poder ver con claridad a través de la ventana, pero aun así me esforcé por ver más allá.

Entramos a un camino de tierra y lleno de pozos. Me atreví a ver a Marek solo para comprobar que él tenía la vista fija al frente. Y odié no tener el control de la situación. Avanzamos otros diez minutos y entonces comencé a desesperarme. A pesar de la noche me di cuenta del cambio del paisaje a nuestro alrededor. Se comenzó a sentir más frío y húmedo, arboles grandes y frondosos se hicieron presentes de manera constante y pronto, eso fue todo lo que pude ver.

Nos detuvimos enfrente de una casa abandona. O cabaña o lo que eso fuera.

Joder.

Tan solo observarla a través del cristal hizo que los bellos se me pusieran de punta.

—¿Qué estamos haciendo aquí?

La casa tenía las ventanas rotas. No tenía puertas. Y la obscuridad sobrenatural que creaban los arboles junto con el clima que ya comenzaba a caer no ayudaba en nada para favorecer la situación.

—Marek.

Él estiró la mano para tomar su mochila que estaba en los asientos traseros. Una mochila negra. Lo miré fijamente. 

 —Marek, ¿Qué mierda estamos haciendo aquí?

Estaba comenzando a enojarme por un montón de razones.

Él finalmente se dignó a mirarme. Sus ojos oscurecidos por la poca luz, brillaron. 

 —Vamos a ir de aventura escalofriante.

—No pienso a entrar a esa casa, si es lo que estás pensando. —Primero tendría que matarme. Casi, casi muy literalmente. —Estas demente.

—Solo es una casa, Am. No va a pasar nada si le damos un vistazo. —Él claramente estaba demasiado tranquilo.

Un escalofrió me recorrió el cuerpo de pies a cabeza.

—No. Podría haber alguien…

Se desabrochó el cinturón de seguridad y ladeó su cuerpo para quedar totalmente de frente conmigo. En esa posición, no había ni una pequeña luz que me diera alguna pista de como lucía su rostro. No sabía si estaba sonriendo. Si tenía cara de un asesino. No sabía nada.

—Bueno —habló. —Si no piensas bajar, yo sí. Así que te puedes quedar aquí totalmente sola o puedes venir conmigo y estar acompañada.

No me dio tiempo de analizarlo, de reprocharle, de absolutamente nada cuando se bajó del auto, encendió una linterna y comenzó a caminar hacía la casa.

Se había llevado las llaves. Y… ¿De dónde había sacado la maldita linterna?

Miré a mi alrededor y solo encontré obscuridad, frío y tierras desiertas.

Maldito hijo de puta.

Me había dejado sola. Sola.

Encendí la linterna de mi teléfono y busqué dentro del auto… ni siquiera sabía qué diablos estaba buscando. Comencé a sentirme la protagonista de una verdadera película de terror.

Era la damisela abandonada en un auto a mitad de la nada, en plena noche, sin señal para realizar una llamada y para rematar, la lluvia que ya empezaba a caer.

Sin pensarlo mucho me bajé del auto de mala gana y alumbrándome con la poca luz del teléfono entré a la casa.

Bravo, Amberlin. Toda tú vida te has reído de lo patéticas que son las películas de terror por hacer lo que no deberían, y ahora tú eres la patética protagonista caminando hacía su asesino.

Debía admitir que las manos me temblaban con cada paso que daba.

Adentro todo estaba a obscuras. El piso lleno de polvo, madera rota, botellas e incluso ropa destrozada.

—¿Marek? —llamé. No estaba segura de querer pasar de la estancia terriblemente siniestra. Las escaleras al fondo se veían escalofriantes. Traté de no mirar mucho en esa dirección.

—¿Marek? ¿Dónde estás? —tragué saliva. —No es divertido.

El corazón me estaba dando tumbos terribles.

—¡Marek Maison, no estoy ju…

Me taparon la boca y el corazón se me disparó al millón por segundo. Unos brazos me rodearon con fuerza contra su pecho y yo comencé a gritar.

—Shhhh. Soy yo. No hagas ruido o las vas a asustar —susurró una voz demasiado conocida. —Te voy a soltar, pero no grites, no corras y por favor no me golpees en los bajos.

Apenas dijo eso quedé totalmente libre. Me giré con lentitud. Las piernas me estaban temblando de manera horrible.

—¿Qué mierda tienes en tu estúpido cerebro? —siseé y lo golpeé en el pecho con fuerza. —Casi me matas de un maldito infarto.

Se alumbró a si mismo con la linterna y entonces pude ver la cara de imbécil sonriente que tenía. El enojo se disparó en mi interior como un detonador.

—Eres un maldito hijo de… —Marek me volvió a cubrir la boca con sus manos gigantescas. Y yo le pegué un golpe en el pecho. Me soltó. —Vete a la mierda, estúpido.

—¡Shhhh! No hagas ruido, Amberlin —masculló impaciente.

—Es que eres un imbécil. ¿Cómo se te ocurre dejarme sola en el auto? —quería arrancarle la cabeza y la sonrisa tonta que tenía pegada al rostro.

—Está bien, gruñona. Prometo no volver a dejarte sola —entonces soltó una risa. —No sabía que eras una nenita chillona. Exagerada.

Lo fulminé cuando me extendió su mano para que la tomará.

—Cállate. Es tarde. No deberíamos estar aquí.

—¿Tienes miedo, Am? —soltó con voz baja y ronca. Sus ojos verdes estaban brillando de manera retadora.

—¿Debería?

—Sí.

Solté un suspiro cansino. Intenté relajar mi cuerpo y no soltarle una bofetada al idiota que tenía parado frente a mí.

—Diez minutos. Es todo el tiempo que voy a darte, Maison. No más —lo amenacé.

—Es tiempo suficiente. Ahora toma esto —me lanzó la linterna, me tomó de los hombros y me dio media vuelta. —Tú alumbraras el camino y yo te cubriré los ojos.

—Yo no te di permiso de…

Pero Marek ya me había dejado sin vista. Sus manos cálidas estaban apretadas ligeramente contra mis ojos. Estaba tan cerca que el calor de su cuerpo me envolvió y cuando habló sentí su aliento chocar contra mi oreja.

—Camina —ordenó.

Quise refunfuñar. Pero el señor entrometido no iba a dar marcha atrás.

Tenía la piel de las piernas chinita y temblorosas. Marek me guío a través de la oscuridad y el frío, me agarró con fuerza en los pequeños tropiezos que di y cuando nos detuvimos, supe que habíamos dejado la casa atrás, que estábamos parados sobre la tierra húmeda, entre monte y bajo la lluvia.

O eso era lo que mis sentidos podían detectar.

Me estaba muriendo de frío.

Las gotas de lluvia caían con ligereza sobre nosotros.

—Voy a quitar mis manos y quiero que esperes para abrirlos hasta que yo te diga. ¿Entendido?

—Sí, mandón —refunfuñé.

Casi sentí reír a Marek. Retiró sus manos con lentitud y tuve que apretar los ojos con fuerza para no abrirlos antes de tiempo. Me concentré en escuchar sus pasos. Algunas hojas crujieron y me tomó algunos segundos concluir que algo zumbaba a mi alrededor.

—Ya puedes abrirlos.

Abrí los ojos, y tuve que parpadear para comprobar lo que estaba viendo.

Luces brillantes y vivientes se movían de un lado a otro. Entre los árboles, entre el pasto extremadamente crecido. El lugar estaba lleno de cientos y cientos de luciérnagas zumbando por todos lados.

La luz de la linterna en mis manos era una miseria comparada con todas ellas. Así que terminé apagándola, los pequeños insectos alumbraban lo suficiente.

Y a unos metros delante de mí estaba Marek. Parado en medio de la obscuridad siendo alumbrado por las pequeñas luces amarillas bailando a su alrededor. La sonrisa en su rostro era tan deslumbrante como lo que nos rodeaba.

No tarde en percatarme de la mochila negra tirada en el suelo, ni de la cámara montada en el tripie que apuntaba en mi dirección.

—¿Y?

Su voz me llegó llena de energía, intriga y excitación.

—Nunca había visto tantas luciérnagas —admití maravillada.

Pensé en acortar la distancia, pero Marek me ganó y vino directo hacía mí. Se colocó a mi lado y juntos observamos.

No había palabras para describir lo que estaba sintiendo en ese momento.

No se sentía real. Era imposible que pudiera existir tanta belleza concentrada en un solo lugar.

—Cuando nos estábamos mudando nos perdimos y dimos accidentalmente con este lugar. En ese entonces había muy pocas, pero cuando regrese ya había más. Hasta ahora.

—Es extraordinario.

—Es sublime —concordó él.

Escucharlo decir eso me hizo sentir culpable por todo lo anteriormente ocurrido. Pero me guardé mis propias palabras.

—No estaba seguro de si todavía iban a estar aquí, por el clima. Pero creo que tuvimos suerte.

Di unos cuantos pasos y las luciérnagas me abrieron camino entre sus zumbidos. Su luz era tan brillante entre toda aquella negrura. Tan exquisita. Todas ellas juntas hacían una vista mágica, encantadora.

Estiré la mano para poder tocarlas y fracasé en el intento. Libres. Todas ellas eran libres de ir a donde quisieran y brillantes como si fueran las hijas benditas del sol.

—Pensaba traer frascos para llevarnos algunas, pero creo que se están extinguiendo, así que mejor traje la cámara —la señaló.

Me reí. 

 —Es la primera vez que te escuchó hablar con el uso de tu cerebro.

—Y tú que ya lo habías llamado estúpido cerebro —se burló.

—Es un estúpido cerebro la mayor parte del tiempo —le recordé.

Entonces el cielo crujió y empezó a llorar como si estuviera en un funeral.

Los zumbidos se intensificaron, las luciérnagas se apagaron y se fueron.

Marek y yo corrimos a recoger la mochila y la cámara, y entramos corriendo a la casa/cabaña abandonada.

—¡Mierda! ¡Esta helada! —se quejó Maison sacudiéndose el cabello mojado.

Encendí la linterna para alumbrarnos y comprobar que estaba cayendo un diluvio del cielo. Segundos después el cielo se iluminó con relámpagos enfurecidos.

Me abracé a mí misma cuando empecé a temblar como un perro chihuahua. Estaba haciendo un frío de mierda y con la poca lluvia que me había caído estaba segura que podía coger una pulmonía, sin exagerar. Marek a mi lado parecía pensar lo mismo.

—Hay que ir a la camioneta y largarnos de aquí o se me van a congelar las nalgas.

Asentí con la cabeza en completa afirmación.

Tuvimos que contar hasta tres para lanzarnos a correr a través de la lluvia, pero una vez que estuvimos dentro del auto y que Marek lo prendió, yo encendí la calefacción y coloqué las manos en la salida el aire.

—Odio este clima. Lo odio. Lo aborrezco —mis dientes estaban castañeando por el frío que me calaba en la piel, en los huesos.

—¿Es que como diablos se te ocurre ponerte ese mini short?

—No es mi culpa que el clima sea tan bipolar —alegué en mi defensa.

Marek me dio una mirada acusatoria, pero se estiró al asiento trasero y buscó entre todo el desastre que había ahí.

—Toma —me dio una manta. —Te daría mi chamarra, pero esta igual de mojada.

—Gracias —dije y me envolví con ella. Froté mis brazos para entrar en calor.

Él se inclinó sobre el volante y movió la palanca de velocidades. La camioneta avanzó menos de un metro antes de que el motor rechistara y que las llantas se quedaran atascadas.

—Maldita sea.

Gruñó y volvió a meter la velocidad. Lo único que sucedió fue que las llantas se hundieron más en el lodo que se había creado en el suelo.

—¡Me lleva la fregada! ¡Esta porquería está atascada! —soltó con frustración e intentó una vez más sin tener éxito.

El limpiaparabrisas no era lo suficientemente rápido para limpiar la lluvia que caía con fuerza. No podía ver nada a más de dos metros a la redonda. Tenía que ser una cruel broma del destino o tal vez era el karma por haber humillado a los estúpidos del instituto.

—Puedes bajarte y empujar, yo me encargó del volante —ofrecí, pero tan pronto como lo dije me di cuenta de que era demasiado estúpido.

La tormenta estaba como para causar accidentes de muerte, y si Marek se bajaba lo único que iba a conseguir era mojarse y enfermarse en vano.

Estábamos terriblemente jodidos. Éramos unos jodidos de mierda. Las personas más desafortunadas del mundo.

Abrí la boca para decir algo, pero ninguna de las cosas que pensé en decir me pareció adecuada para la terrible situación en la que estábamos.

Marek todavía tenía las manos sobre el volante y sus labios estaban fruncidos en una mueca frustrante y pensativa. Se dio cuenta de mi mirada porque regresó a verme casi al instante.

—Ya sé lo que estás pensando —afirmó. —Pero veamos el lado bueno, puedo molestarte hasta el cansancio y esta vez no tienes a donde ir —sonrió con malicia.

Role los ojos. 

 —Ni siquiera lo intentes.

Sus ojos brillaron como si lo hubiera retado. 

 —¿Quieres saber que tan entrometido, imbécil, estúpido y fastidioso puedo ser?

—No.

—A mí me parece que sí. Y por como se ve el clima creo que tenemos algunas horas para averiguarlo —su voz era divertida. No frustrada como lo estaba su rostro tan solo unos momentos antes.

Lo observé con detenimiento. 

 —Creo que deberías quitarte esa chamarra mojada. Te vas a enfermar.

Esperaba poder desviar el tema con eso, pero había olvidado lo ingenioso que era Marek y lo recordé cuando sonrió con deleite y maldad pura.

—¿Acaso me estas pidiendo que me desnude, Amberlin Ross?

—No seas estúpido —siseé, pero sentí que las mejillas se me calentaban.

Marek rio y se sacó la chamarra por arriba. La playera manga corta que quedó a la vista era extremadamente delgada y noté el frío que recorrió su cuerpo cuando los bellos de sus brazos se erizaron.

—¿Sabes? Creo que vamos a tener que apagar la calefacción —lo miré como si estuviera loco.

—Claro que no. Nos congelaremos —exageré.

Marek roló los ojos. 

 —Si no lo apagamos se va a descargar la batería y no nos vamos a poder ir. Y te recuerdo que aquí no hay señal para poder llamar a alguien.

—Pero…

Se estiró y apagó el aire caliente.

—Tú y yo podemos calentarnos el uno al otro —sonrió de nuevo de esa manera tan jodidamente macabra y burlesca.

—¡Eres un maldito idiota! ¡Claro que no!

—No seas mal pensada. Es cuestión de su supervivencia. Ya sabes, cuando dos cuerpos se dan calor mutuamente.

—Entonces deja de decir cosas en doble sentido —me quejé molesta.

—Yo no insinué nada. Tú eres la pervertida aquí —afirmó con esa sonrisa malvada y ojos brutalmente llenos de deleite.

Lo fulminé y la risa que inundo la camioneta fue estruendosa. No podía encontrarle la gracia. Llegué a la conclusión de que definitivamente lo que me estaba pasando era prueba del karma y que las horas siguientes iban a ser más de lo mismo.

—Vamos, Am —dijo Marek pasándose a los asientos traseros.

Lo vi por el espejo retrovisor acomodar y limpiar el espacio. Más detalladamente lo único que hizo fue lanzar las cosas al suelo. Después se quedó sentado del lado izquierdo.

Sus ojos verdes conectaron con los míos a través del material.

—Amber, estoy seguro que no eres tan egoísta como para dejarme morir de frío. —Le sonreí.

—¿Es un reto?

Sus ojos se achicaron de manera dubitativa. 

 —No seas payasa, tengo frió —se quejó. —Se me están congelando las pelotas y mi nepe está a punto de desaparecer de lo encogido que esta.

No me moví ni un centímetro. 

 —¿Quieres saber quién de los dos es más fastidioso? —la sonrisa en mi rostro se hizo más grande.

Marek me lanzó una mirada asesina.

 —Am, si no me compartes la manta voy a empezar a decirle a todo el mundo que somos novios y que pasamos una noche en medio de la nada dentro de un auto—terminó.

 —No te atreverías.

 —¿Me estas retando?  —una sonrisa malvada llenó sus labios.

Si, él era capaz de hacerlo sin necesidad de que lo retara, lo sabía porque él era así. Un demente sinvergüenza. Y odioso.

 —Eres un maldito marica y hasta más nena que yo.

Me moví hacía la parte de atrás y me senté a un lado de él. Casi me arrebató la manta de las manos, pero no estaba exagerando, tenía la piel extremadamente fría.

Me causó un escalofrió cuando me rozo piel con piel, pero no le reclamé cuando se acercó más a mí. Como si quisiera absorber el calor en el que yo estaba envuelta.

—¿Ves que no te cuesta nada ser buena y compartir un poco?

—Solo lo hice porque si morías no iba a tener quien me llevara de regreso.

—Eres tan odiosa.

Fue mi turno de reír. —¿Ves que no es tan divertido cuando alguien te molesta?

—Buen punto. Creo que estamos empatados.

Nos quedamos un rato en silencio, observando por las ventanas como la noche y la tormenta se hacían dueños de esa pequeña parte del mundo.

Y después solté un suspiro cuando Marek comenzó a hablar, porque era obvio que no se quedaría callado. No iba a perder la oportunidad tan valiosa que había caído en sus manos.

Así que aprovechó para hacerme preguntas de cualquier cosa que se le cruzara por la mente. Me contó algunas de sus aventuras del lugar donde vivía antes, de sus amigos y de su familia. Yo a cambio le compartí algunos de mis gustos favoritos sobre música, comida y hobbies.

Hablamos del mundo, de las personas y de la vida. Y en algún momento, mientras la llovía seguía reclamando el cielo, nos acurrucamos el uno con el otro.

Marek se recargó contra la puerta y la ventana a su costado, y yo me acomodé entre su pecho y su brazo que me rodeaba los hombros. La manta era lo suficientemente grande para abarcar a los dos por completo.

Minutos después me encontré a mí misma disfrutando de su calor y su cercanía, de su voz baja y arrulladora mientras hablaba sin parar, del palpitar de su corazón que podía escuchar y sentir debajo de mi cabeza.

Y por primera vez desde que había nacido sentí que estaba en el lugar correcto con la persona correcta. Sentí que no solo mi cuerpo encajaba a la perfección con el suyo, sino que incluso mi alma reclamaba más de él.

Por primera vez en mi vida me sentí inundada de una tranquilidad y paz tan plena que me supo a gloria.

Descubrí el efecto Marek y supe que me volvería una adicta.

—Am… ¿Ya te dormiste?

Me zarandeó un poco. Le di un pequeño gruñido en respuesta.

                —¿Has leído El Principito?

Negué con la cabeza. Tenía demasiado sueño para mantener los ojos abiertos y demasiado cansancio para hablar siquiera. No estaba segura, pero calculaba que ya pasaban de las dos de la mañana.

—Hay una frase que dice: "En ocasiones tenemos que abandonar la vida que habíamos planeado, porque ya no somos la misma persona que hizo aquellos planes." —hizo una pequeña pausa para pasar saliva, sentí su corazón acelerarse bajo mi cabeza y agregó: —Ya no soy la persona que solía ser, pero ya no tengo planes. Todo lo que hago es... son cosas sin sentido. Ya no sé quién soy.

Abrí los ojos. Y quizás era algún efecto raro de la lluvia, quizás era mi exceso de sueño o tal vez era simplemente lo que llevaba pensando desde hacía algún tiempo y que no quería aceptar, pero de todas maneras dije.

—Tú eres mi amigo. Eres alguien importante para mí y eso te convierte en lo más preciado que tengo.

Su corazón estaba dando tumbos descontrolados, igual o más acelerados que el mío.

Marek inhaló con fuerza y suspiró con lentitud. Sus manos se enredaron en mi cabello como una caricia despistada y yo me permití abrazarlo como hacía tiempo no abrazaba a nadie.

                —Descansa, idiota.

Él río en respuesta y me pegó un zape.

Tenía que equilibrar a mi ser cruel. 









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