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When The Time Goes Out » Capítulo XI
When The Time Goes Out (R13)
Por billitha trukau
Escrita el Sábado 18 de Mayo de 2019, 14:56
Actualizada el Domingo 28 de Junio de 2020, 16:37
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Capítulo XI

Salí con hastío de la oficina de Chase. ¿Es que de verdad no podía ser un tipo más estúpido?

Si había llegado fastidiada a la sesión, él de verdad había conseguido irritarme aún más.

Me dirigí directo a los baños para echarme agua en la cara y conseguir despejarme un poco, pero aproveché también para entrar a un cubículo, porque a pesar de todo, seguía siendo humana.

No llevaba ni un maldito minuto dentro del cubículo cuando escuché aquella voz que tanto odiaba y la cual reconocería en cualquier parte del planeta. Un voz femenina y llena de maldad. Pero eso no fue lo peor, porque su voz no provenía de la parte de afuera de donde yo me encontraba, sino que provenía de la parte de arriba.

Levanté la cabeza, y literal miré a la pelirroja con la boca abierta, tenía asomada la cabeza a mi cubículo y una sonrisa lobuna en sus labios. 

—¿¡Que mierda estás haciendo!? —chillé.

Samantha sonrió con sarna y dijo: 

 — ¿Recuerdas que me mandaron a recolectar basura? Pues resulta que no sabía dónde ponerla, pero justo acabo de encontrar el lugar indicado.

Tronó los dedos y en un segundo alguien más del otro lado me tiro encima una bolsa entera de basura, el olor apestoso me causo horcadas mientras restos de comida podrida y líquidos pegajosos caían sobre mí.

Me sacudí de inmediato todo lo que había caído en mi cabello y no pude evitar gritar y chillar por todo el asco que me producía tener todo aquello sobre mi cuerpo. Miré a Samantha todavía con la cabeza asomada y su sonrisa amplia y burlona no me pasó desapercibida.

—Esto es lo que sucede cuando te metes con alguien como yo, y prepárate, porque es solo el inicio.

Se fue mucho antes de poder decirle cualquier cosa. Y yo me quede ahí, haciendo berrinches y chillando de asco intentando quitar toda la mierda que tenía encima.

Quería matarla. Iba a matar a aquella perra asquerosa.

Me deshice de la chaqueta que llevaba puesta y la sacudí con fuerza, lavé mi cabello en el lavabo y lo sequé en el secador, y fue lo único que pude hacer respecto a mí, porque hacer más implicaba tener que quitarme la ropa y eso no iba a suceder.

En cuanto salí del baño me di cuenta de que había cometido un error y de que debí haber salido por la ventana del baño en lugar de la puerta que daba al pasillo.

Había una multitud aglomerada alrededor. Todos con sus teléfonos apuntando hacia mí.

Me sentí la persona más expuesta del planeta y pensé que estar en el espacio sin un casco sería menos doloroso. Samantha y sus secuaces no estaban por ningún lado, pero yo sabía que ellas habían traído a todo el mundo aquí, como todas las veces pasadas. Como todos los años pasados.

Me maldije a mí misma por seguir siendo tan estúpida. Ya debería estar acostumbrada, pero la verdad era que lo no estaba. Lo único que sucedía era que cada vez las odiaba a ellas y un poco más a mí, también.

Tragué hondo cuando comencé a caminar y las risas comenzaron a surgir discretas y otras más fuertes. Las miradas de todos comenzaron a pesar de más a mis espaldas, pero me obligué a levantar la cabeza y seguir andando. Obligué a mi rostro a no mostrar ninguna maldita emoción mientras las personas me abrían paso y al mismo tiempo soltaban exclamaciones ofensivas.

Me dije a mi misma que las ignorará y siguiera andando, pero cada paso era un martirio.

Apenas salí del pasillo principal me dirigí de inmediato a la salida y no me importó el hecho de que todavía me faltaban más clases, me fui directo a mi casa.

O ese era el plan, porque en el último segundo cambie de decisión y de rumbo también.

Seguí por las calles pueblerinas que en tres años ya me había memorizado muy bien. Hice acopió de toda mi fuerza para no gritarle a las personas que se me quedaban viendo al pasar. Respiré hondo y traté de no dar la vuelta hacía la institución para no hacer algo de lo que después me arrepentiría gravemente.

Yo sabía que ellos me odiaban, sabía que habían puesto a la mayoría de los alumnos en mi contra. Estaba demasiado consciente de que todos sabían quién era mi padre y por eso las burlas y el rechazo era mayor.

Pero esta vez…

Esta vez habían llegado demasiado lejos.

Habían pasado de decirme cosas, de darme empujones en el pasillo o tirones de cabello. Habían pasado de esas pequeñas cosas a humillarme públicamente, a exponerme de manera cruel con todos esos idiotas. 

Todos ellos acababan de terminar con la gran tolerancia y paciencia que había tenido.

Estaba cansada y furiosa.

Y cuando las latas de refresco aparecieron frente a mí descargué toda mi rabia con ellas pateándolas con fuerza. Las latas salieron volando con dirección al campo de chatarra que se extendía al frente. Y no me detuve, seguí pateando y rompiendo todo lo que me encontraba a mi paso.

Grité y maldije en voz alta a cada uno de ellos y continué descargando mi furia en cualquier cosa que mis ojos enfocaran hasta que me cansé y caí con fuerza sobre mi trasero sobre un asiento de auto viejo hecho pedazos. Me tomó unos cuantos minutos regular la respiración y después, sin previo aviso tomé mi mochila y busqué con ansias la única adicción que tenía.

Encendí el cigarrillo apenas lo tuve en mis labios y deje que ese humo toxico me inundará los pulmones.

Que me matara un poco más por dentro. Que al fin y al cabo ya no tenía sentido.

Acabé con tres cigarros en un tiempo record y decidí que ya era suficiente. Eso compensaba bien todos los días pasados que no me había fumado ninguno.

Pero mi momento de paz duró demasiado poco.

Escuché pasos lentos detrás y la molestia volvió a mí en un segundo.

Preparé las palabras que le gritaría por andar de entrometido. No quería de su compañía, quería estar sola.

Pero cuando me puse de pie y me giré no me encontré con Marek ahí. El castaño de ojos verdes no era el dueño de aquellos pasos cautelosos.

Era uno de los bandidos que tenían una cuenta pendiente conmigo y por la forma de molestia en su rostro, por la dureza de sus facciones y la crueldad en sus ojos supe que era el dueño del auto y que era el líder de los demás, quienes en ese momento no se veían por ningún lado.

¡Gracias! ¡Era justo lo que me faltaba!

—Tú —siseó el chico tatuado y de cejas perforadas que no debía tener más de veintiséis años. —Tú eres la maldita perra que destrozó mi auto, ¿No es así?

—¿Y qué si fui yo? —lo reté.

No me iba a dejar intimidar tan fácilmente. Y, además, todavía estaba demasiado enojada por lo que había pasado. El hecho de que ese imbécil había interrumpido mi pequeño momento de paz que acababa de tener, había conseguido traer mi cólera de vuelta.

Él dio otro paso y yo me mantuve firme, sosteniéndole la mirada con hastío.

—Nadie sale ileso de algo como eso. Menos cuando tocas algo que es mío.

Me reí. 

—¿De verdad? Entonces parece que te gusta recolectar basura.

El tipo endureció la mirada y en lugar de reaccionar de manera violeta como yo esperaba, él simplemente ladeo la cabeza en un ángulo extraño, sonrió de una manera retorcida y luego vino una risa atropellada de sus labios.

—Tú eres la hija del bastardo de Ross, ¿no es así?

—¿Eso importa?

—Si. Ese imbécil me debe dinero.

Levanté una ceja sorprendida. El tipo se veía tan miserable que era difícil creer que él pudiera prestarle dinero a alguien como mi papá. Pero también sabía que mi padre era capaz de pedirle dinero hasta a un perro con tal de cubrir sus gastos para el vicio.

Me encogí de hombros restándole interés.

—Los asuntos de mi padre no son de mi interés.

—Pero resulta que si son del mío. Tu padre alcohólico me debe dinero y tú me debes un auto.

—Qué mala suerte entonces, porque resulta que hoy no estoy de humor para andar pagando deudas mías o de los demás. Así que, si me disculpas, yo ya me voy.

Le di la espalda y avance unos cuantos pasos. Y eso fue un error.

Pero no me importo, porque estaba lo suficientemente enojada como para destrozar a medio mundo sin importarme las consecuencias. Y cuando sentí el tirón, no en mi brazo sino en mi cabello, fue como si una bomba detonara inesperadamente.

Me giré tan rápido y golpeé tan duro que el hombre no supo que había pasado hasta que se alejó y se llevó una mano a la nariz que le escurría en sangre. A mí me dolía mi puño derecho y la sangre formaba pequeñas líneas en mis nudillos. No sabía si era mía o de él.

—¡Maldita perra! —gritó enfurecido e intentó alcanzarme con sus manos.

Me quite de su camino apenas aviste su movimiento. Tomé la primera cosa que cruzó por mis ojos, una botella de alcohol, y estaba a punto de quebrarla sobre su cabeza cuando unas manos me tomaron de los brazos y me los doblaron con fuerza hacía atrás, recibí una patada detrás de las rodillas y caí al suelo con un impacto doloroso.

Observé al tipo erguirse sobre sí mismo y me pareció que había crecido unos cuantos centímetros en solo unos segundos.

Pero no me dejé intimidar. Hoy no.

El hombre sonrió con los dientes manchados de sangre. 

—Así ya no eres tan salvaje, ¿verdad? —sus ojos se volvieron letales.

—Dale su merecido, Max. Esta perra se lo merece —dijo una voz masculina detrás de mí. El mismo hombre que me estaba sosteniendo.

Giré la cabeza solo para comprobar que no hubiera más de ellos, pero para mí mala fortuna había otro chico y otra chica cruzada de brazos, tenían los ojos sobre mi como si ya me hubieran matado mil veces dentro de sus mentes y aun así no fuera suficiente.

—Oh, pero claro que va a recibir su merecido. Por lo del auto y por el dinero que me debe su padre.

Supe que estaba perdida en el momento en que una sonrisa siniestra se amplió en aquel rostro cruel.

Aun así, no grité ni rogué que se detuvieran cuando me dieron lo que ellos creían que yo me merecía.

Al contrario, me burlé de Max cuando me abofeteo la cara. Le dije que era un marica, que incluso una mujer pegaba más fuerte que él y lo que gane a cambio fueron dos puños cerrados a cada lado de mi rostro.

Le escupí la sangre que se me había acumulado en la boca debido a que mis dientes rompieron la carne de adentro y eso provocó, quizás, lo que me dolió un poco más que los golpes en el rostro.

Cuando llegué a casa y me miré en el espejo odié el olor a quemado que todavía me rodeada.

Aquellos malditos bastardos me habían quemado el cabello. No cortado. No.

Quemado.

Dos de ellos habían tenido que sostenerme de los brazos, y Max me había sostenido la cabeza con fuerza mientras la chica me hacía un cambio de look con el encendedor.

Mi cabello negro que me llegaba hasta la cintura ahora caía desigual un poco más abajo de mis hombros.

Ellos hubieran seguido quemando mi cabello si no hubiera sido porque un ruido los asustó y salieron corriendo. No había sido nadie importante sino un simple perro. Pero aquel perro callejero había evitado que terminaran con el resto de mi cabello chamuscado.

Me di cuenta de que no estaba enojada. Los niveles de cólera que sentía eran unos que no había alcanzado antes.

Los moretones en el rostro ni siquiera me dolían. Y tampoco me dolió tomar las tijeras y terminar con lo que aquellos imbéciles habían iniciado. Emparejé mi cabello lo mejor que pude y el nivel final fue que quedo justo a la altura de mi barbilla.

El reflejo en el espejo era extraño pero la determinación en aquellos ojos era súbita.

Salí del baño después de haberme bañado como si no lo hubiera hecho en años y apenas encontré lo que buscaba envié el mensaje.

La respuesta no tardó en llegar.

Cinco minutos después Marek atravesó la ventana de mi habitación.

No hizo preguntas sobre qué había pasado con mi cabello, por primera vez, él simplemente hizo lo que le pedí.

Sin bromas, sin juegos, sin tonterías.

Tardamos tres horas en armar el plan perfecto.

Tomamos en cuenta cada pequeño detalle, contamos cada pequeño fallo que podríamos tener y también, ideamos un plan para cada letra del abecedario si algo salía mal.

Ya había tenido suficiente mierda, era momento de echar esa mierda hacía otro lado.

—¿Sabes? Creo que tú y yo hacemos un equipo formidable.

Llevábamos media hora sentados en lo alto de la teja del techo de mi habitación.

La vista que se abría frente a nosotros era esplendida. No había arboles altos que nos obstruyeran el atardecer lleno de vida que se extendía como un mar a la orilla de la arena. Los últimos rayos de sol dándole paso a la noche, despidiéndose lentamente.

Y cuando esos últimos rayos de sol desaparecieron y la noche comenzó a avanzar en el horizonte, se sintió como si el sol hubiera dado su último suspiro. Un pequeño y breve adiós hasta el día siguiente.

Marek había dicho equipo y no pareja. Consideré que eso era bastante bueno, pero de todas maneras le aclaré:

—Te recuerdo que eso no nos hace amigos. De ninguna manera.

—Lo sé. Por eso dije equipo y no amigos —recalcó a mi lado. Luego preguntó: —¿Todavía estás enojada por el abrazo?  

—Si. Así que más te vale que no lo vuelvas a hacer.

Habían pasado tres días desde el incidente con el abrazo.

El martes lo había evitado por completo en la clase de francés y estaba tan agradecida de no tener que compartir más clases con él además de esa y tutoría. El miércoles solo habíamos hablado lo necesario para empezar a hacer los guiones del proyecto.

Y bueno, ese día había salido de mi parte haberle mandado el mensaje. Pensé que no iba a responder, pensé que me iba a mandar al diablo como yo lo hubiera hecho, pero él respondió sin ningún reclamo o queja y vino tan rápido como pudo.

—No era mi intensión incomodarte, solo creí que necesitabas uno.

—Pues ahora ya sabes que no me gustan, así que no lo vuelvas a hacer.

Escuché un suspiro pausado de su parte y luego dijo: 

—Bueno, a mí no me gustan los camarones, así que nunca se te ocurra darme de comer camarones.

—Eres un idiota.

Marek se río y se encogió de hombros. —Simples datos curiosos, por si acaso.

Estábamos a unos escasos veinte centímetros de separación. Y después de un momento, él preguntó con demasiada cautela, en voz baja: 

—¿Alguna vez has tenido un amigo? ¿Uno de verdad?

Lo primero que me vino a la mente fue un: NO.

Pero se convirtió en mentira cuando recordé a alguien en específico. La única persona en el mundo que me había amado de verdad, sin peros, sin prejuicios, sin importarle nada. La única que me había amado de la manera más pura en que se puede amar a alguien.

—Si.

—¿Y dónde está?

—Ya no está.

Admitirlo en voz alta fue mucho más difícil de lo que pensaba. El horizonte y la noche se volvieron borrosos frente a mis ojos y tuve que hacer mucho esfuerzo por recuperar la claridad.

Marek se quedó en silencio un largo rato. No sabía si estaba esperando a que yo me recuperará, si se había quedado sin palabras o si simplemente no había dicho nada porque no le importaba.

—Cuando papá dijo que nos mudaríamos aquí, al principio estaba molesto —confesó de pronto. Regresé a verlo, pero él tenía la vista fija al frente y continuó:

—Estaba molesto porque ya no iba a ver a mis amigos, porque tendría que empezar de nuevo y todo ese asunto se me hacía demasiado tedioso. Después me di cuenta de que a veces los nuevos inicios son necesarios y decidí ver todo desde otra perspectiva. Como un reto.

Se quedó en silencio y yo esperé y esperé y esperé, y cuando creí que ya no iba a revelar nada más habló de nuevo.

—¿Sabes que pienso ahora?

—¿Qué?

—Que no es como yo esperaba.

—Qué triste.

—No. De hecho, es mejor de lo que imaginaba.

Y entonces regresó a verme y una sonrisa apareció al mismo tiempo en que me miraba directo a los ojos.

No supe si tal vez fue un efecto raro que tuvo la luna o la noche sobre mí, pero le devolví la sonrisa y por un pequeño instante en que observé sus ojos sentí como si sacudiera cada pequeña parte de mí.

Fue como si de pronto me obligara a despertar de un profundo sueño en el que no sabía que estaba sumida. Y por primera vez quise que así fuera, que me tomará de los hombros y me sacudiera hasta abrir los ojos. Porque la obscuridad que nos rodeaba nos consumía, nos envolvía, atrapándonos dentro de ella.

Cuando Marek se fue y yo entré de nuevo en mi habitación me fue imposible conciliar el sueño.

Me quedé sentada frente a la ventana pensando en lo que había dicho Marek y me pregunté que lo había hecho cambiar de opinión.

Y también me pregunté si yo algún día podría cambiar de opinión. Si algún día sería capaz de ver un mundo mejor. Una vida mejor. 


Nuestra querida Am tiene cambio de look :( :( No sé que hubiera hecho en su lugar, pero probablemente el peor berrinche de la historia. 

¿Ustedes que piensan? 






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