Historia al azar: Una Sorpresa Muy Especial
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Dark Weasley » Rose ~ Confession #1
Dark Weasley (R15)
Por Always_Potterica
Escrita el Martes 1 de Enero de 2019, 19:21
Actualizada el Viernes 18 de Enero de 2019, 13:26
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Rose ~ Confession #1

Tengo una relación prohibida


El punto es que mis padres fueron héroes, salvaron el mundo mágico para que fuera un buen lugar para sus hijos y el resto de los magos. Lo mejor que podía hacer por ellos era hacerlos felices, ¿no? Si ellos eran felices, yo sería feliz, tan solo debía ser una hija perfecta. Era obediente y jamás hice algo que los enojara, mis padres se merecían a una hija ejemplar y eso iba a dárselo.

Cuando mi madre declaró que debía ser más culta y saber otros idiomas, acepte con gusto aunque no quisiera levantarme temprano para ir a cursos de italiano, español y francés. Mi padre quería enseñarme a jugar ajedrez y yo accedí, por mucho que el juego no me gustará mucho y me hubiera quedado toda la noche despierta memorizando jugadas. El día que mi madre decidió que no debía jugar al Quidditch porque era un deporte varonil y bárbaro, me resigne al dejarlo aún cuando era mi pasatiempo favorito; al menos podía jugarlo en verano con mis primos. A la hora de mi Selección en Hogwarts, le rogué al Sombrero Seleccionador que me pusiera en Gryffindor, como mi padre quería, en vez de Slytherin, que era donde pertenecía.

Durante mis quince años, deje mis gustos de lado por complacer a mis padres y aunque la mayor parte del tiempo, no me sintiera cómoda, con pensar que ellos estarían orgullosos de mí me bastaba.

Fui Perfecta como mis padres me animaron a hacer y estudiaba todo el tiempo para mantener mis notas altas. Ni una sola vez llamaron a mis padres a dirección porque nunca me metí en problemas y me mantenía alejada de las travesuras de mis primos. Pero aquel día, fue toda una confusión.

Venía de biblioteca, estaba tan concentrada en que no se me cayeran los cinco libros que llevaba, que el ruido de una explosión me tomó por sorpresa. Entonces unos chicos pasaron corriendo por mi lado y uno de ellos me empujó una bolsa de explosivos, que reconocí como producto de Sortilegios Weasley, y siguió corriendo fuera de vista. La brusquedad del chico y un nuevo peso me hizo tambalear, pero alguien se compareció de mí y me sostuvo para que no cayera. Cuando vi quien era mi salvador, preferí haber caído al piso.

Papá me había prohibido estrictamente acercarme a Scorpius Malfoy, pero era él quien me sostenía de caer.

—¿Estás bien?

Me aleje de él como si sus manos quemaran y justo en ese momento McGonagall apareció, con el rostro rojo de enojo. Sus ojos se detuvieron en Malfoy en mí y su ceño se acentuó más.

—Bueno, Malfoy, podía esperármelo de ti —declaró—, pero, señorita Weasley, ¿usted también tuvo que ver con la lluvia de calabazas en el Gran Comedor?

Abría y cerraba la boca, incapaz de pronunciar algo. Malfoy se adelantó, diciendo algo sobre que esta vez no había sido culpa de él, pero McGonagall nos ordenó seguirla hasta su despacho, tomando la bolsa de explosivos que el chico me había dado. Con torpeza recogí los libros, sintiéndome asustada y nerviosa de lo qué pudiera pasar. ¿Y si mis padres pensaban que había hecho una broma? Estarían decepcionados de mí.

Malfoy se acercó e intentó tomar uno de los libros.

—Déjame que te ayude.

Negué con la cabeza con rapidez y seguí a McGonagall. Malfoy era de mi mismo curso, pero iba a Slytherin y en los cinco años que estuvimos en Hogwarts, nunca hemos cruzado una palabra, ni por error. Me parecía que mi padre tuvo algunos problemas con el suyo y por eso no me quería ver junto al hijo de él, y yo no pensaba desobedecerlo. Ya en el despacho, McGonagall empezó a dar un discurso de cuánto daño habían sido las calabazas y el castigo que nos asignaría. Estaba terriblemente asustada y cuando McGonagall mencionó sobre avisarles a mi padre, perdí el control.

Lloré. Pero no era un llanto leve, apenas saliendo las lágrimas, era uno con sollozos descontrolados e hipidos, me faltaba el aire. Lloraba como si me hubieran dicho que tenía una enfermedad terminal, que un pariente había muerto, pero sería la primera vez que hubiera una mancha en mi expediente académico y lo que fuera que me dijeran mis padres me tenía preocupada. ¿Y si me decían que los había decepcionado? ¿Que era una mala hija? ¿Qué no era merecedora de tener tan buenos padres como ellos?

Estaba tan angustiada que no aparte a Scorpius Malfoy cuando me abrazó. Cuando lo mire, tenía una cara de espanto que me hubiera hecho reír si no fuera porque estaba asustada.

—Señorita Weasley, tranquilícese —me pidió McGonagall y, por su voz, sonaba atónita.

—Directora, escúcheme —dijo Malfoy, apretando el agarre sobre mí. Yo seguía llorando como para quitarlo—. No niego que sea alguien travieso, pero le juro que esta vez no tuve nada que ver. Y si no me cree, al menos confíe que Weasley no hizo nada. Se encontró en el lugar equivocado en el momento incorrecto. Vi a Damien Snow darle los explosivos antes de irse con su pandilla. Además, mírela, dudo que sea capaz incluso de matar a una mosca.

O fue el discurso de Malfoy o fue mi llanto sin control, pero McGonagall nos dejó irnos con un aviso de que no nos metiéramos en problemas y me aseguró dos veces que no diría nada a mis padres. Sabía que debía darle las gracias a Malfoy por salvarme, yo no hubiera podido decirle a McGonagall que estaba equivocada cuando era así y terminaría castigada. Pero la voz de mi padre, diciéndome que me aleje de él, resonaba en mi cabeza.

—Lo siento, no puedo estar cerca tuyo —susurre, usando los libros que sostenía como escudo.

Malfoy me miró con confusión.

—¿Puedo preguntar por qué?

—Mi padre no quiere —Y me fui.

Había esperado que Malfoy lo dejará ahí, que volviéramos a hacer como si el otro no existiera, al menos como yo hacía, pero sentía su mirada en mi nuca en las clases que compartíamos o durante la hora de la comida. A veces estaba en la biblioteca y él ahí se hallaba, en una mesa cerca de la mía y no se molestaba en ocultar que estaba pendiente de mí. Me ponías incómoda y me hacía sentir que traicionaba a mi padre, porque aún cuando le hablaba, estaba cerca de él y no era lo que debía hacer.

Fue a comienzos de marzo que volvimos a hablar. Madame Pince se había enfermado y la biblioteca ya no era un lugar silencioso, tampoco se podía estudiar en la Sala Común o en el Gran Comedor, no me quedó más alternativa que llevar mis libros a las gradas del campo de Quidditch. El problema era que no estaban desierto y Malfoy estaba volando, persiguiendo la snitch dorada. Él había conseguido la victoria de Slytherin en Quidditch los últimos dos cursos y seguro lograría llevarse la Copa de nuevo este año.

—Espera, Weasley —me llamó, cuando estaba recogiendo mis cosas para marcharme antes de que me viera. No funcionó. Voló hacia mí.

Tenía el cabello rubio, casi blanco, los ojos grises mercurio y estaba sudando, la remera que traía se le pegaba a un cuerpo bien marcado. Aparte la vista sonrojada.

—Tengo que saber algo —me dijo—. Dijiste que no puedes acercarte a mi porque tu padre lo dijo, pero no recuerdo haber conocido a tu padre.

—Eres un Malfoy —respondí.

Él puso una sonrisa burlona.

—Pero mira nada más, la señorita Prefecta parece ser una prejuiciosa.

Mis mejillas se pusieron tan rojas como el cabello y baje la vista avergonzada. No era prejuiciosa, no me importaba si era un Malfoy o no, pero a mi padre sí y no pensaba desobedecerlo. Una risita se escapó de él y de un momento a otro lo tenía sentado a mi lado. Acarició mi mejilla con el dorso de su mano y me aleje con rapidez.

—Debo disculparme, Weasley, porque últimamente no sales de mi mente —me reveló, sin vergüenza alguna—. Y me parece que me gustas mucho como para dejar que nuestros apellidos arruinen esto. Desde ahora, seremos Rose y Scorpius a secas, ¿te parece?

Se montó a su escoba y siguió volando.

Había esperado que fuera una broma de mal gusto, pero Malfoy pasó de mirarme desde la distancia a hablarme cada vez que nos cruzábamos aunque yo no le respondiera. Su lechuza, una majestuosidad blanca, me traía flores y chocolate, y el último partido de Quidditch que hubo, donde consiguió la snitch dorada, tuvo el descaro de acercarse a las gradas de Gryffindor para dármela, bajo la mirada incredulidad de todo el mundo.

De alguna forma, mi padre se enteró y me envió una carta para preguntarme por qué diablos ahora todos pensaban que era pretendida por Malfoy. Le asegure que no sabía lo qué pasaba con Malfoy y jure que no me volvería a acercar a él. Pero la verdad era que, mientras escribía esa carta, tenía los brazos de Scorpius Malfoy rodeándome la cintura.

—Te olvidaste de decirle a mi querido suegro que ya no te resistes a mis encantos —me susurró al oído, dejando un beso en mi mejilla.

No pueden culparme, ¿cómo no enamorarse de un chico que es detallista y romántico contigo? Scorpius me daba una libertad que solo había conseguido al lado de James y me hacía olvidar que era una Granger-Weasley, que debía ser perfecta para ellos. Con él, podía ser yo misma. Scorpius me hizo darme cuenta que debía dejar de complacer a los demás y darme el lugar que merecía. Incluso los señores Malfoy, a quienes todavía no conocía, eran buenos conmigo; Astoria Malfoy me había enviado una carta la primera semana de novios con Scorpius, en donde me aseguraba que si hacía llorar a su niño, se encargaría personalmente de hacerme la vida imposible, y había finalizado la carta con una posdata que decía que le parecía muy linda porque Scorpius le había enviado una foto mía y me había invitado un día de verano a su casa.

Por lo menos los señores Malfoy aceptaban lo nuestro. Scorpius dijo que su padre bromeó con que el destino le pagaba una, pero que si su hijo era feliz, él también lo sería.

Hoy le diré a mis padres que estoy saliendo con Scorpius Malfoy. Honestamente creo que todo saldrá mal.

—Rose J. Granger-Weasley,
20 de julio de 2022


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