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Dark Weasley » Dominique ~ Confession #1
Historia terminada Dark Weasley (R15)
Por Always_Potterica
Escrita el Martes 1 de Enero de 2019, 19:21
Actualizada el Martes 26 de Febrero de 2019, 03:09
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Dominique ~ Confession #1

Capítulos
  1. Dominique ~ Confession #1
  2. Louis ~ Confession #1
  3. Lucy ~ Confession #1
  4. Victoire ~Confession #1
  5. Molly ~ Confession #1
  6. Molly ~ Confession #2
  7. Roxanne ~ Confession #1
  8. James ~ Confession #1
  9. Louis ~ Confession #2
  10. Albus ~ Confession #1
  11. Victoire ~ Confession #2
  12. Rose ~ Confession #1
  13. Fred ~ Confession #1
  14. James ~ Confession #2
  15. Lily ~ Confession #1
  16. Rose ~ Confession #2
  17. Roxanne ~ Confession #2
  18. Hugo ~ Confession #1
  19. Lucy ~ Confession #2
  20. Fred ~ Confession #2
  21. Molly ~ Confession #3
  22. Louis ~ Confession #3
  23. Dominique ~ Confession #2
  24. Lucy ~ Confession #3
  25. James ~ Confession #3
  26. Rose ~ Confession #3
  27. Hugo ~ Confession #2
  28. Albus ~ Confession #2
  29. Victoire ~ Confession #3
  30. Fred ~ Confession #3
  31. Dominique ~ Confession #3
  32. Lily ~ Confession #2
  33. Albus ~ Confession #3
  34. Lily ~ Confession #3
  35. Hugo ~ Confession #3
  36. Roxanne ~ Confession #3
  37. Epílogo
  38. Nota de la autora
Aborrezco a mi madre


Mis padres se separaron cuando yo tenía ocho años. Se amaban, la verdad que sí, pero habían muchas diferencias. Mi padre es humilde y aventurero. Mi madre es elegante y avara. No congeniaban bien luego de tres hijos y los problemas eran frecuentes en El Refugio: que papá nunca estaba en casa por irse de misión, que mamá gastaba mucho en vestidos, que esto, que lo otro. Honestamente, para mis hermanos y yo fue un gran alivio que se divorciaran, ya no los aguantábamos.

Mamá volvió a Francia. Papá se quedó en Londres. Pero había un problema: sus hijos. Victoire, hermosa, fina, inteligente como su madre, tenía entonces doce años y estaba en Hogwarts. No iban a sacarla a mitad del año y Beauxbatons no aceptaba alumnos a mitad del curso. Por lo que Victoire se quedó con papá, Louis igual, porque era muy pegado a él, así que yo debí irme con mi madre, por mucho que quisiera quedarme en Inglaterra. Pero era una nena de ocho años y a nadie le importaba mi opinión.

Era más Weasley que Delacour, eso quedó claro desde el primer día. La familia de mi madre era una de las más importantes de Francia y ninguna niña malcriada iba a arruinar la reputación. Querían que fuera obediente y elegante, que anduviera en zapatos y vestidos, que usara collares y supiera hablar al menos cinco idiomas. Debía comportarme a la altura de los Delacour. Debía ser una hermosa princesa. Pero no era una princesa, no era una Delacour, era Dominique.

Mis abuelos me odian. ¿Y cómo no? Aparecí en una fiesta que hicieron, donde asistió el Ministro de Magia Francés, en zapatillas, jeans rotos y una sudadera vieja. Aparte del inglés y el francés -que aprendí a las malas-, mi otro idioma era a través de los eructos, que mis abuelos no parecían encontrar adecuado, por alguna razón. Fuera esas estúpidas dietas de conejo a base de ensalada, yo me comía una pizza y media por mi cuenta, y sin usar servilleta. Jugaba a Quidditch en vez de ir a ballet y entraba toda sucia a casa. Era una abominación para los Delacour.

No era que fuera tampoco muy masculina. Cuidaba mi cabello rojo y me maquillaba con regularidad al ser más grande, pero no iba a actuar como una señorita de la clase noble. Así no era yo. Sé que Fleur hubiera preferido tener a Victoire con ella, la niña perfecta de mami, y que yo era una completa decepción, pero era lo que tenía y, por mucho que intentaran moldearme a su gusto, seguía como siempre.

Entonces cumplí once años y fui a Beauxbatons. Un colegio mágico para los franceses. Un infierno para mí.

En Beauxbatons asistían más chicas que chicos, porque el colegio era demasiado femenino. Se enseñaba a ser más una mujer elegante y hermosa a que supieran sobre la historia del mundo mágico o defenderse en un duelo. No me gustaba para nada, incluso si el colegio le diera más importancia a las asignaturas no me gustaría. Yo quería estar en Hogwarts. Quería cruzar el andén 9 y ¾, ir en el Expreso Hogwarts, bajar en la estación de Hogsmeade, llegar al Gran Comedor, ponerme el Sombrero Seleccionar y -esperar- ser de Gryffindor. Era mi sueño.

Pero estaba en el maldito castillo de Beauxbatons.

"Es lo mejor para tu educación", escribía Fleur cuando me contestaba las cartas que le enviaba, rogándole que me sacara de ahí. "Aprenderás a ser una linda princesita". ¿Por qué todos están tan empeñados a que fuera una princesa? No diré que la odiaba, pero realmente hubiera preferido ser hija de otra mujer, una que no estuviera tan pendiente del qué dirán y que quisiera la felicidad de su hija. Cada noche deseaba regresar con mi padre, que lo había visto pocas veces desde la separación. Extrañaba a los Weasley, a mis hermanos, a la libertad que antes tenía.

No tenía amigos en Beauxbatons. Tal vez fuera de una familia importante, ya fueran los Weasley o los Delacour, pero a nadie le parecía interesar si no me comportaba como una verdadera señorita. Las chicas no toleraban que fuera una niña masculina, que prefiriera las bromas a las revistas de moda. Yo solo quería jugar, aprender y hacer lo que quisiera, pero no. Me sentía como una prisionera del régimen de puristas franceses.

—Ningún hombre te va a querer si sigues siendo así —escuché en una ocasión.

—No me interesa —Y lo decía en serio. Por Merlín, tenía solo once años, ¿por qué diablos me iba a interesar un hombre? ¡Seguía creyendo que tenían piojos!

—Las buenas niñas no se cruzan de piernas —dijo una profesora.

—Y las mujeres de treinta años no tienen arrugas —señalé. La mujer se marchó roja de rabia.

—Una señorita no corre en el pasillo —dijo una vez madame Maxime.

—Me estoy meando. ¿Quiere que oriné detrás de esa estatua? —Esa respuesta me ganó una suspensión de una semana. Mi madre casi me mató cuando tuvo que venir a buscarme para llevarme a casa por unos cuantos días.

Beauxbatons era un horror.

Me alegré tanto cuando el curso terminó y sentí una ligera satisfacción al ver que no fui expulsada, además de mis buenas notas. Tal vez no me iba con la mejor nota para ser la mujer perfecta, pero sí tenía unas excelentes notas en Encantamientos y demás. Me sentía muy feliz, ya que terminando junio volvería a Inglaterra para pasar lo que quedaba del verano con los Weasley. Solo debía soportar un tiempito con los Delacour y regresaría con mi verdadera familia. Y quién sabía, hasta podría conseguir cambiarme a Hogwarts.

(Spoiler: no lo conseguí. Que te den, madre)

¿Cómo pasé las dos semanas en Mansión Delacour? Escondida en mi pieza, no muy valiente que digamos. Mis abuelos y mi madre no me molestaban, no estaban satisfechos conmigo, pero las dos hijas de tía Gabrielle se quedarían un mes con ellos, y Florence y Candace eran todo lo que ellos querían que yo fuera. Según ellos, todo lo que debía ser una dama de buena familia.

Desgraciadamente, la noche antes de partir, hubo una fiesta en la casa y, solo porque sabía que me marcharía en un par de horas, acepté ponerme un pomposo vestido amarillo, peinarme elegantemente el cabello y usar unos zapatos con tacones difíciles de caminar. Le di el gusto a mi madre y debo admitir que lo disfruté, ese pequeño momento de madre e hija que por primera vez teníamos… hasta que ella arruinó al decir lo siguiente:

—Mírate, hasta que por fin te ves como una chica decente —murmuró cuando me puso delante de un espejo de cuerpo completo—. Ahora pareces mi hija.

"¿Ahora parezco tu hija?", pensé amargada. "¿Y los últimos doce años, madre?"

El comentario, aunque intenté restarle importancia, me deprimió y durante la fiesta me quede apartada. Total, era algo que hacía siempre en cada celebración que hacían mis abuelos. El vestido me picaba, los tacones me mataban los pies y mi cabeza dolía por el moño tan ajustado que se me hizo. Tenía tantas ganas de subir arriba, pero mis abuelos lo considerarían una falta de respeto si me iba antes que los invitados y la verdad que no tenía ganas de discutir con nadie.

Estaba tan harta de todo.

A esos de las diez, cuando estaba dispuesta a lanzar los zapatos sin importar qué, un chico se me ofreció para bailar. No lo conocía, a Beauxbatons no iba y tampoco recordaba haberlo visto en alguna fiesta de mis abuelos. Iba a rechazar, pero mi madre, que estaba cerca, se interpuso.

—¡Ah, Dominique! —exclamó, apoyando sus manos sobre mis hombros—. Él es Gerald Travers, se mudó desde Estados Unidos la semana pasada con su familia. ¿Por qué no bailas con él? —Apretó mis hombros con demasiada fuerza, dejando en claro que debía hacerlo.

Así que fui con él. Gerald Travers bailaba muy bien, mejor que yo, consideré un pequeño logro no haberle pisado los pies. Rápidamente me di cuenta que la familia Travers era muy importante y que algunas chicas, compañeras de Beauxbatons, me miraban furiosas; las madres de ella miraban con envidia a Fleur. Entonces entendí que los franceses seguían con las ideologías antiguas y que Gerald estaba ahí para comprometerse con alguna chica. De hecho, oí a su padre diciendo la palabra casamiento varias veces.

No podía importarme menos eso, pero resultaba que a Travers le interesaba. No solo me pidió dos bailes más, sino que luego me llevó afuera para conversar y yo solo pude pensar que mi madre estaba armando todo un plan para comprometerme con él. Mierda.

—Me encanta tu cabello —me dijo, tocando sin permiso un mechón—. Ahora las únicas pelirrojas que hay son teñidas.

—Ajá —Estaba por cumplir doce en dos semanas y ese chico tenía más de quince años. ¿En serio coqueteaba con una niña?

—Te ves muy hermosa —Sí, estaba coqueteando conmigo—. El vestido te sienta bien.

—Y a ti ese traje —mentí, solo para ser cordial. La verdad que se veía como un pingüino.

Gerald iba a decir otra cosa, una frase que me haría rodar los ojos, seguro, pero algo le llamó su atención y me señaló una estrella fugaz. Cerré los ojos antes de que me lo dijera, consiente que eran pocas las veces que pasaba y papá siempre nos apuraba a pedir un deseo cuando ocurría. Escuché la risita de mi madre venir de adentro. Pedí mi deseo.

—¿Sabes? —La voz de Travers llegó a mis oídos, pero seguía sin abrir los ojos—. Tu madre tenía razón, pareces una princesa así.

Perdí el control.

Con un grito de rabia, abrí los ojos y lo empujé, luego llevé mis manos para deshacerme de ese horroroso peinado y mi cabello cayó en ondas, tales mechas de fuego. Estaba tan furiosa. No era una princesa. No era una Delacour. Era Dominique.

¿Es que nadie iba a entenderlo?

—No te engañes —musité con dientes apretados—. La princesa que mi madre dice que soy es la misma que le pidió a la estrella fugaz que se muera.

Gerald Travers me miró y se alejó. Al parecer no le interesaban las niñas que pensaban en la muerte de su madre.

Y no, te juro que no odio a mi madre... solo… solo…

Solo quisiera que estuviera muerta. Todo sería más fácil así.

Dominique Weasley,
6 de agosto de 2016



He eliminado la historia y la volví a subir por un problema que tuve con los tiempos. Les pido que olviden el capítulo de Victoire Weasley porque no era el momento de subirlo.

Besos.


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