Historia al azar: En un pasado
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La hija de Voldemort (LVP) » -3-
La hija de Voldemort (LVP) (R15)
Por eagle
Escrita el Viernes 28 de Diciembre de 2018, 18:03
Actualizada el Sábado 19 de Enero de 2019, 11:36
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Capítulos
  1. Prólogo
  2. -1-
  3. -2-
  4. -3-

-3-

10 de Agosto de 2009

 

―Vaya, vaya, vaya… ¡Pero miren a quién tenemos de nuevo aquí! Dime, Anya La Loca, ¿tus nuevos papis descubrieron que eras rarita?

Sussie  junto a su grupo, miraban a Anya Cooper de forma burlona.

― ¿Adónde vas, Anya La Loca? ¿A caso no quieres contarnos qué fue lo que hiciste esta vez? Lucy la seguía, junto al resto de las niñas, por el largo pasillo hacia los dormitorios.

         ― ¡Cuéntanos Anya La Loca! ¡Cuéntanos! ¿Les dijiste sobre tus sueños raros? ― Preguntaba Carrie. Con esto, sus compañeras estallaron en risas.

         ― ¿O acaso fue tu marca en el cuello? ― Siguió Anna.

         Anya ya casi llegaba a su cuarto, pero ya estaba harta de todas sus burlas, así que se paró en seco, volteó a verlas con los ojos llenos de ira y, sin saber cómo, hizo que a Sussie le salieran verrugas en sus manos.

         ― ¡Oh, Sussie! ¡Anya la Loca te ha hecho algo! - Exclamó Mary.

         A continuación, a Carrie comenzó a crecerle el bello en la zona de las cejas, haciendo que en lugar de tener dos, sea una sola y muy gruesa y poblada.

         ― ¡Carrie! Tu… tu… - Decía Stacy, señalando su, ahora, uniceja.

         ― ¡Corran! ¡Corran! ¡Anya La Loca lo hace de nuevo! - Gritó Tara, mientras todas salían corriendo al lado opuesto del pasillo, dejando atrás a todas sus muñecas tendidas en el suelo.

         ―Bueno… al menos ahora tengo algo nuevo. - Sonrió Anya de lado para sí misma, recogiendo a sus, ahora, tres nuevas muñecas.

Entró a su antiguo cuarto y se tendió en su fría cama. ¡Cómo odiaba tener que volver a ese agujero! Pero, lo que en realidad más odiaba, era que la devolvieran como si fuera un aparato defectuoso.

Ella era Anya Lyra Cooper, una niña de once años huérfana que ahora vivía con sus amables compañeros del Orfanato Roofstold. Es de estatura media y  tiene una piel tan blanca como la leche que toma por la mañana. Sus ojos son de un marrón intenso y oscuro; y una melena alborotada de rizos negros adorna su rostro. Siempre viste el uniforme que les obligan a usar: un vestido azul pálido a cuadrillé, un listón a juego, y zapatos marrones. ¡Cómo lo odiaba! Si tan sólo fuese de otro color… en fin. A diferencia de las otras niñas, Anya llevaba en el cuello una cinta de tela color negra. Ésa era otra razón por la cual burlarse de ella, pero en su cuello llevaba una cicatriz que no le gustaba que vieran. Ésta viajaba desde su cuello y luego se extendía hasta su hombro derecho, el cual, siempre procuraba ocultar con su cabellera. La marca tenía la forma de las ramas de un árbol en invierno o… como los vasos sanguíneos del ojo. Todas líneas curvas, otras rectas y desparejas, cruzándose entre sí, ésa era su extraña cicatriz que, según la señorita Haley, apareció cuando tenía unos dos años de edad.

Desde sus cuatro años, había pasado por trece familias adoptivas, ¡trece! A veces la regresaban a los tres meses de habérsela llevado para que luego de unos cuatro meses, otra nueva familia la adoptara y la devolvieran nuevamente, pasado los dos meses. Lo máximo que estuvo con una familia fueron aproximadamente diez meses; sí, hasta ella creyó que se quedaría por mucho tiempo… pero claro, otra anormalidad tenía que pasar.

Aparentaba ser una niña normal y ordinaria como el resto de sus compañeras, pero sabía de sobra que no era así. Había algo diferente en ella, algo que otras niñas y niños de su edad no podían hacer. Esto lo sabía porque, cuando una vez creyó que Tara era su amiga, le comentó algo sobre las cosas extrañas que le sucedían y le preguntó si a ella le pasaba lo mismo. Y descubrió que era a la única que le ocurría. ¡Qué tonta había sido! Desde ese día, Tara la dejó sola y todos sus compañeros se enteraron de sus rarezas y también… desde aquel día la apodaron como "Anya La Loca".

Sus rarezas, si bien eran lo que eran, para Anya era lo mejor que le había pasado en su corta vida. A veces, cuando se sentía demasiado triste por algo, el clima cambiaba repentinamente y la acompañaba con su ánimo. Las primeras veces se convencía a sí misma que era una casualidad, pero cuando la BBC pronosticaba un día completamente soleado con una ligera brisa y ella por algún motivo se sentía mal, unas nubes negras llegaban rápidamente, descargando toda su furia en la ciudad, lo cual era lo que justamente sentía en su interior. Si no era el clima, era lo que por alguna manera lograba hacer con las personas que no quería, tales como Sussy y su pandilla. Podía hacer que cosas malas sucedieran con ellas, con ellas y con cualquier otra persona que la tratara mal y, por esta razón, no tenía ni un solo amigo, porque nadie la comprendía y se podía decir que hasta le tenían… miedo.

Algunas veces, una pregunta sin que ella quisiera, retumbaba en su cabeza una y otra vez: "¿Por qué mi madre me ha abandonado? ¿Es que ella ya sabía la clase de bicho raro que sería y por eso me dejó? ¿Le habría puesto un nombre siquiera? ¿Sería otro, además del de Anya?"

No tenía las respuestas a aquellas preguntas, pero seguramente debía ser eso. Su madre ya sabía lo que sería y, en lugar de acabar con su vida, la dejó en aquel horroroso lugar para que el mundo se burlara de ella, a pesar de saber que esas burlas tendrían sus más duras consecuencias.

Se levantó y tomó a las muñecas que dejó tiradas en el suelo y las acomodó sobre su cama. No jugaba con ellas, no le gustaba, pero el sólo hecho de saber que le pertenecían a Tara, Sussy y Carrie hacía que quisiera tenerlas en su dormitorio, como sus trofeos. Las miraba con detenimiento y eran… simplemente perfectas: con una espléndida sonrisa, alegres, de ojos azules, verdes y miel, de cabello rubio, pelirrojo y castaño claro. ¿Por qué tenían que ser perfectas? ¿Por qué no eran como ella, pelinegra y de ojos marrón oscuro? La respuesta era obvia, claro que no debían ser así porque, de lo contrario, nadie las querría y las devolverían como hacían con ella.

El lugar en donde vivía era muy religioso, todo el día hablaban del amor y la generosidad que debían tener y dar por el prójimo, pero… ¿por qué debía dar amor y ayudar a su prójimo? Si con ella no hacían eso, sino, todo lo contrario. La vez que acusaba a sus compañeras, siempre encontraban la manera de zafarse y, por alguna u otra razón, ella terminaba llevándose el castigo. Aunque todo se viera tan mal, tenía la esperanza de poder salir de ese lugar un poco antes de lo debido. Si podía, en un par de años más, se escaparía y se iría lejos, muy muy lejos para que nadie la lastimara. O mejor… se iría lejos y luego regresaría para poder vengarse de las personas que más la molestaban. Ninguna de las dos ideas eran malas… después de todo… ¿Qué más podía hacer Anya La Loca? Lo único que podía hacer era esperar…

 

15 de Agosto de 2009

 

A pesar de seguir estando en ese apestoso lugar, debía agradecer que aún siguiera de vacaciones. Aunque no sabía qué era peor: si tener que hacer los trabajos de vacaciones o estar en clase. Todos los días debía levantarse a las seis de la mañana, tender su cama, alistarse usando un ridículo vestido azul pálido a cuadrillé, atar su cabello con un listón azul; pues su cabello era incontrolable y eso molestaba muchísimo a sus superioras, y luego hacer trabajos de jardinería hasta las nueve. A las diez debía lavar ropa, al mediodía almorzaba una especie de sopa viscosa que obligaban a beber toda y, a las dos debía lavar el suelo, lustrar los pisos y finalmente a las cinco era libre. Todos debían cumplir con las tareas.

Al terminar, la mayoría jugaba y trataban de divertirse un poco. Ella, en cambio, se encerraba en su cuarto y apreciaba su pequeña colección de rocas. La vez que había estado con una familia, desde que tenía uso de razón, juntaba rocas de distintas formas y colores a cada lugar que iba. A ella le parecían lindas y especiales, pues cada una era única, aunque había perdido un par aquella vez que Sussie entró en su cuarto y se las arrojó por la ventana, la cual daba al jardín. Recuperó a casi todas, exceptuando ese par. No importó todo el esfuerzo que hizo para encontrarlas, simplemente desaparecieron, siendo absorbidas por la tierra quizá.

Una vez que terminó de revisar su colección por si le faltaba alguna, se tumbó en su cama a descansar un poco antes de la cena. Algo había cambiado desde que llegó. Parecía tonto, pero un gato solía aparecerse en su ventana casi todos los días. Hasta controló cuánto tiempo se quedaba; aparecía después de las cinco y media de la tarde y desaparecía cerca de las siete. El día anterior intentó que se marchara, pero no lo consiguió. La última familia con la que estuvo, tenían un gato llamado Michael y fue ahí cuando descubrió que era alérgica, y, desde entonces, los detestaba.

― ¡Niños, a cenar!

Anya dio un resoplido. Otra vez, debía comer esa cosa viscosa.

 

20 de Agosto de 2009

 

Como cada mañana, se encontraba realizando los trabajos de jardinería, cuando la señorita Haley la llamó con su voz irritante.

― ¡Anya! ¡Ven aquí, niña!

Obediente, se levantó de la tierra y sacudió un poco su uniforme, pero con las manos tan repletas de lodo, en lugar de mejorar su apariencia la empeoró.

― ¡Mírate cómo estás! ¡Das vergüenza, Anya Cooper! ― La regañaba la señorita Haley, sacudiéndole el vestido sin poder sacar el lodo de él. ― Ven rápido, hay alguien que te está esperando.

¡Oh, no! Otra adopción, y claro que resultaría fallida como las demás. Aunque tal vez encontraría algo nuevo para su colección.

Estaban por llegar al recibidor, cuando la señorita Haley la sostuvo fuerte del hombro y le susurró:

―Compórtate por favor, no causes problemas esta vez. Es importante.

¿Importante? ¿Por qué sería importante?  Simplemente sería una adopción más, no había nada de importante en eso.

Entraron a la sala y, para su sorpresa, una anciana mujer estaba sentada en los sillones bebiendo té y hablando con la madre Superiora. ¿Acaso ella sería su nueva madre adoptiva? ¿Y dónde estaba su marido? Por lo general, cuando adoptaban iban de a dos y no uno solo, aunque… la mujer ya parecía demasiado mayor para poder adoptar. Estaba vestida con una especie de vestido negro y muy largo, con un sobrero a juego que, para su gusto, le quedaba ridículo. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no soltar una carcajada. No sabía nada de ella, pero el sólo verla allí sentada tan seria, le resultaba un tanto extraño y, por la vestimenta, ahora podía comprender por qué la señorita Haley le dijo que era importante, daba aires de que era una mujer importante.

―Anya, siéntate por favor. ― Le indicó la señorita Haley y, con una nerviosa sonrisa, salió de la habitación, dejándola con la Superiora y aquella anciana de vestimenta similar al de los cuentos que leía cuando era más pequeña.

―Hola Anya, un gusto conocerte ― La saludó la anciana.

―Saluda, Anya. ― La madre Superiora le dio una mirada fría y severa.

―Hola. ― Respondió la niña.

―Ella es la señora McGonagall y vino a verte, Anya.

―Quisiera hablar con ella a solas, ya sabe, para explicarle mejor las cosas.

―De acuerdo. ― Aceptó la Superiora no muy convencida. ― Ya le comenté que tenemos a otros niños que tienen… mejores… capacidades, ¿no? Quiero decir… si también los quisiera conocer… tal vez cambiaría de idea o…

―En caso de cambiar de idea, se lo avisaré señora Parks, aunque creo que eso no sucederá. ― Sentenció la desconocida.

La mujer salió y a sus espaldas cerró la puerta, dejándola completamente sola con esa extraña, sin siquiera saber qué quería de ella.

―Anya, tengo que…

―Mire. ― Dijo interrumpiéndola. ― Si me va a adoptar, mejor vea a otras niñas, como dijo la madre Superiora, yo…

―No Anya. ― Negó McGonagall. ― No vine a adoptarte.

―Claro, debí suponerlo. - Contestó sin preocupaciones. ― ¿Qué quiere de mí?

―Bueno… debo… contarte algunas cosas. Dime, ¿te han pasado cosas extrañas?

―No. ― Negó rápidamente.

― ¿Has notado que algunas cosas cambian cuando tú quieres?

¿Cómo demonios sabía eso? Estaba segura que no se lo había dicho a nadie, a excepción de la cuarta familia con la que estuvo y, por esa razón, la devolvieron creyéndola demente.

― ¿Qué?

―Anya, sé lo que te pasa. ― Afirmó la mujer, sonriendo.

―Soy diferente a los demás. ― Susurró la niña. ― Hago cosas que otros no pueden hacer.

―Lo sé. Yo soy como tú.

La niña abrió los ojos enormemente. ¿Acaso existían personas que podían hacer lo que ella?

― ¿Cómo que es como yo?

―Soy diferente como tú, Anya. Dime, ¿qué es lo que puedes hacer?

― ¿Lo pregunta en serio?

―Sí.

―Yo… puedo… cambiar el clima. Cambia cuando me siento… enojada.

―Bueno… no es algo muy común pero… a veces pasa.

―Sé que no es común. No es normal.

Lo es en donde perteneces. ― Afirmó con una sonrisa.

― ¿A dónde… pertenezco?

―Tú perteneces a mi mundo, Anya.

― ¿Esto es real?

―Claro que sí. ― Dijo la mujer. ― Y tú no eres la única que puede hacer cosas. Luego dime si recuerdas… esto.

A continuación, la mujer se levantó y de repente comenzó a hacerse más y más pequeña, poniéndose en posición fetal y… no. Sus ojos estaban viendo mal. Anya se refregó los ojos y volvió a mirar. Veía perfectamente. En el lugar que estaba la mujer ahora había un… gato.

―Yo te conozco. ― Susurró la niña, entrecerrando los ojos.

El gato movía la cola de un lado a otro y la miraba fijamente.

― ¡Tú venías a mi ventana! ― Exclamó sorprendida.

Lo que vio a continuación fue lo más asombroso que vio en su vida: el gato poco a poco se transformó en la anciana.

― ¿Cómo puede…?

―Soy como tú, Anya. Y he venido a buscarte para ir a Hogwarts.

―¿A… Hog… warts?

―Sí, a Hogwarts. Anya, lo que tú haces es magia.

― ¿Magia?

―Eres una bruja, Anya. -Anunció con una sonrisa. -  Hogwarts es una escuela de magia y hechicería que te ayudará a controlar la magia y aprenderás nuevas cosas. Hogwarts será tu guía y apoyo. He visto lo que haces con tus compañeras y eso, queda terminantemente prohibido en la escuela.

―Pero yo…

―Debes aprender a controlarlo.

― ¿Esto es una broma?

―No, no lo es.

Anya se levantó con mirada preocupante e inhaló y exhaló con rapidez.

―Entonces… yo no pertenezco aquí. Puede llevarme, ¿cierto? Puedo quedarme allí para siempre, ¿no?

―Me temo que no. Si deseas, puedes quedarte en Navidad, Pascuas y hasta en las vacaciones invernales pero… no las de verano.

― ¿Y qué haré? ¿Volveré aquí?

―Sí, Anya.

― ¿No hay otra manera?

―No, no la hay.

―Esto que me sucede… ¿tiene que ver algo con… mi… familia? —Aquella palabra sonaba rara saliendo de sus labios.

―Sí, desde luego. Pero no sé quiénes son tus padres verdaderos.

― ¿Por qué me dejaron en este lugar? - Preguntó la niña con enfado. - ¿Por qué no vinieron antes?

―No podíamos, Anya. No hasta que entres a Hogwarts. Tampoco sé por qué tus padres de te dejaron aquí. ― De repente, algo hizo que su muñeca retemblara. ― ¡Oh, por Merlín, mira la hora! Debo irme Anya. Ha sido un gusto conocerte y volveré por ti mañana para que conozcas un poco de nuestro mundo y puedas hacer la compra de los útiles. Falta muy poco para el inicio de clases.

La mujer se despidió y salió con prisa. La niña subió a su cuarto y se tumbó en la cama como antes a pensar. Ahora tenía muchas respuestas del por qué era así. Eso de pertenecer a otro mundo la dejaba completamente desconcertada. Todo este tiempo soportando burlas y humillaciones… cuando podría haberse ido al lugar al que pertenecía. ¿Acaso todo lo que le había ocurrido ese día era real? ¿Sería cierto que pertenecía a otro mundo? Y si era así… ¿Encontraría a sus padres? Otra vez, muchas preguntas y pocas respuestas resonaban en su cabeza.

Quizá todo eso fue un sueño y esa extraña mujer no existía. Quizás estaba harta de sus anormalidades y quiso encontrarle alguna loca explicación en su rara cabecita. Si por esas casualidades sería real… bueno, debía esperar hasta el otro día y ver si esa mujer-gato aparecía para recogerla y llevarla a ese extraño mundo.



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