Historia al azar: Los Caminos de la Vida
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Aszel - Una historia de Skyrim » Dovahkiin
Aszel - Una historia de Skyrim (R13)
Por LaurieCay
Escrita el Sábado 5 de Mayo de 2018, 02:06
Actualizada el Martes 7 de Agosto de 2018, 21:40
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Dovahkiin

Aún si había sobrevivido al ataque de Helgen, eso no me garantizaba nada. Nunca me había enfrentado antes a un dragón ni sabía bien cómo hacerlo. Sólo una cosa sabía y era esta: no se les podía matar.

Me mantuve cerca de los soldados de Irileth cuando esta nos condujo hasta la atalaya oeste luego de dar a sus hombres el coraje necesario por medio de un rápido discurso antes de dirigirnos muy probablemente a la muerte.

La noche estaba estrellada; algo que había empezado a echar en falta en los cielos de Skyrim, pero pronto las estrellas se escondieron detrás del velo negro de las grandes columnas de humo que manaban desde el sitio donde se hallaba la torre. No había rastro del dragón, pero los estragos causados a su paso eran evidentes. La torre ardía y había guardias malheridos por doquier; víctimas de severas quemaduras. Los hombres de Irileth se precipitaron en su auxilio, levantándolos para refugiarles dentro de la torre en caso de que la bestia reapareciera.

—Has venido, joven bretón. —me dijo la Dunmer con cierto desdén.

—No por voluntad propia —respondí a la brevedad, lo que me ganó una feroz mirada de dardos de su parte, a la cual respondí retador—. Te garantizo que no seré de mucha ayuda.

—Entonces al menos procura no estorbarme.

La visión de las llamas bailando alrededor de la torre me mantuvo en un estado de trance por algunos segundos. Era extraño contemplarlo sin haber sido partícipe directo del inicio del fuego. Era el tipo de caos que yo solía dejar a mi paso allá donde fuera desde que había huido de palacio. Por lo general, verme rodeado de mi propio fuego me hacía sentir seguro y a salvo; como si este formase una barrera a mi alrededor que me mantenía protegido. Pero este fuego era diferente. Incluso a distancia resultaba ardiente y peligroso. Había allá afuera, quizás sobrevolando por nuestras cabezas un ser más destructivo que yo en el uso de las artes arcanas ígneas. Aquello me producía una entremezcla de temor y fascinación. Pese a que el tema de los dragones me tenía harto, no podía negar que también me despertaba cientos de dudas y una gran curiosidad. Empezando por el hecho de haber sido capaz de entender las palabras de un dragón, y qué eran aquellos extraños escritos en la loza de piedra que habían consumido mi mente hasta el punto de desplomarme completamente despojado de energía. Cómo estaban esos peculiares grabados asociados a los dragones, y qué tenían que ver conmigo.

Me arrancó de mis cavilaciones el momento en que disipó la calma del ambiente el sonido del aleteo de un animal gigantesco e irrumpió entre el sonido del viento y el crepitar de las llamas, un rugido que ya conocía.

—Allí viene —farfulló Irileth— ¡Busquen donde cubrirse y hagan que cada flecha cuente!

La bestia se abrió paso en vuelo sobre mi cabeza en el instante en que levanté la mirada. Era distinto del dragón de Helgen; de eso estaba seguro. Era más pequeño y sus escamas tenían un tono cobrizo. El dragón de Helgen era negro. "Tan negro como la noche".

Me apresuré a buscar refugio dentro de la torre con un grupo de soldados. Antes de internarme allí, pronuncié un hechizo de invocación y llamé a mi Atronach.

La dama en llamas apareció ante mí, y su fuerte instinto depredador le puso enseguida en guardia, indicándole donde se encontraba el peligro. No perdió tiempo antes de empezar a disparar proyectiles ardientes al dragón.

Este se posó justo delante de la puerta. Destruyó parte de la torre con un solo golpe de las mortíferas púas de su larga cola, cobrándose la vida de dos soldados. Uno de ellos pereció obra del impacto, y el otro, bajo el peso de los escombros. Yo busqué resguardo de las llamaradas de la bestia, y desde allí utilicé mis poderes para disparar a distancia y subí los escalones de la torre buscando llegar a la cima para obtener una mejor posición de ataque. La bestia emprendió de nuevo el vuelo.

Flechas y fuego llovían sobre ella, mientras surcaba los aires sin siquiera inmutarse para pasar de vez en cuando cerca del suelo, exhalando enceguecedoras llamaradas ardientes sobre los guardias que tensaban arcos en su dirección, intentando abatirlo. El lugar se vio inundado de gritos desgarradores de soldados ardiendo en llamas, maldiciones, clamores desesperados por la piedad de muchas deidades diferentes, las órdenes frenéticas de Irileth y los escalofriantes rugidos de la bestia. Todo a nuestro alrededor era rojo y resplandecía en la negrura, convirtiendo la noche en día. Por primera vez en mi vida, el fuego me resultaba intimidante. Estaba ante una fuerza más poderosa de la que podría jamás manejar; aunque estudiara todos los libros de magia destructora de Tamriel. Lo que era todavía peor, mis poderes eran inefectivos contra una criatura inmune al que era mi elemento, y me sentí impotente.

No supe cuanto tiempo estuvimos combatiendo a la fiera, ni cuantos soldados cayeron durante la cruzada, pero en algún determinado punto en la infernal batalla, la bestia se desplomó en mitad de su vuelo, aterrizando sobre el piso con un fuerte estruendo y derrapando entre la escasa vegetación de la tundra con un retumbar que el sacudió el suelo bajo nuestros pies en un breve, pero potente temblor. El dragón estaba al alcance de nuestras armas por fin. Era nuestra oportunidad.

Me lancé en su dirección acompañado de todos los soldados que aún quedaban en pie, con la energía de mis poderes aún arremolinada en las palmas listo para una última descarga. Los crueles ojos de la bestia se clavaron en los míos en mitad de la carrera y la llamarada que expulsó desde el hocico sangrante me golpeó como una intensa oleada de calor que creí que me fundiría la carne sobre los huesos. Sin embargo, reaccioné a tiempo invocando el hechizo de manto de llamas, el cual me sirvió como una suerte de escudo protector que minimizó el impacto abrasador del fuego del dragón, protegiéndome de las quemaduras que podrían haberme convertido en una pila de cenizas y carne quemada.

Armándome de nuevas fuerzas, concentré en mis palmas todo lo que restaba de mi energía mágica en mi ser, preparando un último, potente golpe que descargué sobre la cabeza de la bestia en el instante en que abrió las fauces para devorarme, arrancándole un gruñido gutural desde lo más hondo del gaznate. Cerré los ojos, a sabiendas de que cabía la posibilidad de no tener éxito.

Pero de pronto, todo quedó en silencio. El crujido de las flamas era todo lo que restaba en la quietud de la noche.

Cuando abrí los ojos, la bestia yacía sin vida frente a mí, y a mis espaldas, percibía un incesante murmullo colectivo de voces completamente incrédulas.  El dragón yacía muerto frente a nosotros. ¿Quién había dado el golpe de gracia?

Bastó darme la vuelta y e interceptar las miradas llenas de terror que me arrojaron los guardias, Irileth incluida, para conocer la respuesta a eso.

No tuve tiempo de explicarme, ni de pedir una explicación, pues sentí súbitamente el potente golpe de calor de una energía desconocida que me dio por las espaldas. Pensaba que se trataba de un furibundo dragón despertado del letargo de mí último ataque. Pero en cambio me vi envuelto por una misteriosa fuerza desplegándose a mi alrededor y entrando en mi cuerpo, como si se metiera por mis poros, invadiéndome de un calor sofocante que me arrebataba el aliento. Reconocía esa extraña sensación. Era similar a la que había sentido en las catacumbas, cuando aquellas palabras inscritas en la piedra se habían metido por mis retinas y grabado en mi cabeza. Pero esta vez, fue una sensación más potente. Sentí que no podía respirar ni pestañear; todo mi cuerpo estaba rígido. Algo había empezado a llenarme desde el interior, recorriendo cada fibra de mi ser con una corriente caliente y electrizante que comenzaba a asfixiarme como si me estrangulase desde dentro. Pensé que moriría.

 Pero tan rápido como me había atrapado, me abandonó.

La sensación cesó y me devolvió a la realidad, en la cual me hallé tembloroso y débil. Lo vi todo borroso a mi alrededor. No supe si mi debilidad se debía a esa fuerza desconocida o si más bien eran la falta de sueño y de alimentos los que me estaban pasando por fin la cuenta. O si era una mezcla de ambos factores. Pero cuando todo hubo terminado, sentí que no podría mantenerme en pie durante mucho más tiempo. Di un paso tambaleante al frente, empezando a sentir como todo mi cuerpo se cubría de una película de sudor frío y comenzaba a sentir terribles calambres por todos lados.

A mi alrededor se había formado un semi círculo de rostros atónitos que pasaban de posarse sobre mí, a la bestia que tenía detrás. Cuando la observé sobre mi hombro, me di cuenta de que empezaba a consumirse en llamas para no dejar nada de la bestia salvo un esqueleto gigantesco. La visión me dejó todavía más confuso. No entendía lo que ocurría. Lo que había pasado con el dragón ni lo que había sucedido conmigo hacía tan solo unos momentos. Y me encontraba tan mal que de pronto había dejado de importarme. Sabía que me quedaba poco tiempo antes de sucumbir a los efectos de toda mi larga travesía hasta ahora en mi sistema.

La última cosa de la que fui consciente fue el momento en que uno de los guardias me observó con ojos inyectados de horror y el mentón tembloroso y declaró ante los presentes:

—No puedo creerlo. Tú... Tú eres Sangre de Dragón.

En el instante siguiente, mis rodillas golpearon otra vez el piso, al igual que en las catacumbas. Sólo que esta vez, ya no tuve las fuerzas suficientes ni siquiera para descansar y componerme. Mi visión se fundió irremediablemente al negro, y los sentidos se me escaparon sin que pudiera hacer nada para afianzarlos a mi ser. De ese modo, entre la pila de huesos a la que la bestia se había visto reducida, y los rostros pavorosos de los soldados, además de una perpleja Dunmer, me desplomé casi por completo inconsciente.

Pero antes de perder el conocimiento, sentí otra cosa, la cual no supe distinguir si se trataba de la realidad o de algún desvarío de mi patética condición. El suelo había temblado de forma repentina y violenta. Y una palabra había restallado en los cielos, perforando mis oídos para abrirse paso dentro de mi cabeza:

—Dovahkiin... 




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