Regístrate | Recupera tu contraseña
     
     
Menú




 
¿Quién ha añadido esta historia a sus Favoritos?
La Tercera Generación de Hogwarts » (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Miércoles 13 de Enero de 2021, 10:53
[ Más información ]

(III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)

Amanecía y el olor a melocotón le embriagó. A aquello olían todas las mañanas y jamás le diría a Victoire que cambiase su champú para modificar aquel despertar. Sin embargo, sí que le comentaría que cambiase muchas otras cosas de ella. Se sentía un tanto hipócrita, al seguir durmiendo con ella y pensando en si realmente estaba enamorado de ella. Había parejas jóvenes con hijos que acababan separándose. Era algo común y a lo que Ted no debía temerle. Pero lo hacía.

Aquella duda se había agravado con la punzante pregunta de Dominique. La había encontrado en Luperca, el centro en el cual le habían enseñado a controlar su lobo interior hacía mucho tiempo. No quería preguntarle directamente a Charlie Weasley la razón por la que aquella delgaducha muchacha se encontraba allí, pues sabía de antemano que la joven era una aficionada a las criaturas mágicas. Poco más. ¿Y qué hacía en uno de los centros más importantes? Y secretos. Se requería muchísima experiencia para pisar aquel suelo, a menos que no se fuera un licántropo descontrolado. No quería recriminarle a aquel prestigioso auror por su posible falta de profesionalidad.

Admitía sin tapujos que le molestaba su presencia allí porque sabía cosas que podían tambalear su falsa estabilidad en la rutina familiar. Sin ir más lejos, conocía el hecho de que los licántropos elegían a un Ajayu como el verdadero amor de su vida y como su pareja espiritual, una unión que iba más allá de los límites físicos descubiertos por los muggles. Dominique sabía que Victoire no había sido elegida Ajayu. Es más, que ni siquiera sabía de aquella remota posibilidad. Y se lo había soltado así como así a Ted. La muchacha había dejado de lado su excéntrica delicadeza por la determinación que solo había visto en la hermana de Victoire cuando era muy pequeña. Ted sabía que había cambiado cuando entró a Hogwarts, Victoire lo observó y lo admiró, pues su hermana intentaba imitarla. Al joven Lupin aquello le molestó, pero no hizo nada mientras la relación fraternal que tenía con Dominique se estancaba en un punto sin retorno. Aquella Dominique, la única que había heredado la personalidad de Bill, había vuelto. Quizás sí que se merecía estar en Luperca y por eso su tío Charlie le había facilitado la entrada. Sin embargo, seguía perturbándole el hecho de que aquello supusiese una ruptura con Victoire.

La joven pelirroja se removió en la cama. Sus cuerpos apenas se rozaban. Victoire no toleraría no ser Ajayu. Al vivir con ella, la niña repelente que criticaba todo lo que hacía un torpe crío de pelo azul, había vuelto. La dulce Victoire que parecía amar a todo el mundo nunca había existido, ¿cómo pudo habérselo creído? Era delicada, por supuesto, pero era una delicadeza fría y distante. Era amable, claro, pero solo eran sus modales. La verdadera Victoire era mucho más retorcida. Siempre lo había sabido, solo que tendía a olvidarlo. Victoire podría haber sido perfectamente Slytherin. Lo había pensado cientos de veces. Encajaría a la perfección. No obstante, tenía que reconocer que su coraje superaba todo lo que podía echarle en cara. Se decía a sí mismo que la echaba de menos. ¿Pero a qué Victoire? ¿A la que conocía todo el mundo o a la que solo conocía él? Era por reflexiones así por lo que había decidido no contarle nada sobre los Ajayu.

-¿Está Remus despierto?- preguntó con voz recién despertada.

Su hijo era probablemente lo único que les mantenía unidos. Si no hablaban de él, discutían. Y cuando hablaban de él, acababan discutiendo. Eran meras disidencias que minaban constantemente su día a día. Pero lo que más le gustaba a Ted Lupin en el mundo era ver a Victoire cogiendo en brazos a su hijo y abrazar a ambos por detrás. Oler a su bebé y oler el melocotón del pelo de Vic. Aquello era real y retorcía su estómago de gusto.

-Voy a ver…- contestó Ted.

-No, ya voy yo.- Victoire se levantó de un impulso, sin mirar al joven. Ni siquiera unos buenos días. Rápidamente se acercó al bebé, lo acogió en sus brazos y lo meció con una sonrisa imborrable en su rostro.- Buenos días, cariño.

Aquella ternura embriagó a Ted, e instintivamente se aproximó a ellos. Victoire había sentido su presencia, pues se volvió hacia él, le tendió a Remus y se marchó escaleras abajo. Sin decir ni una sola palabra. Empezó a dudar al instante si Dominique le había contado algo a su hermana, pero no debía. La información no podía sacarse de Luperca, era un delito.

Ted no tuvo más remedio que seguirla para darle el desayuno a su hijo, ya que Victoire era la que lo hacía con su propio pecho. Por cosas así se sentía inútil como padre. Y en momentos de tensiones así deseaba tener alguien que estuviese solo para escucharle, cuando Harry Potter estuviera trabajando.

-Buenos días, Victoire.- le dio un beso en la frente tan fugaz que probablemente se debía a que la joven se apartó unos centímetros.- ¿Te pasa algo?

-¿Siempre tiene que pasarme algo cuando no te dirijo la palabra? ¿Quizás estoy recién levantada?- En efecto, ese salto a la defensa era una estrategia propia de Victoire cuando le pasaba algo.

-¿He hecho algo?

-¿Tú? ¿Por qué has tenido que ser tú? ¿La egocéntrica no era yo?

-¿Vic?- preguntó Ted, algo más preocupado.- ¿Qué pasa?

-Nada. - No había respuesta que más odiase. Rugió sin querer.-Vale. De acuerdo.- estaba sacando la leche del pecho para Remus cuando de pronto paró y le miró directamente a los ojos.- Creo que necesitamos un tiempo… Y espacio.- Ted alzó las cejas.- Y con eso me refiero a que… Mi padre aún sigue teniendo su piso de soltero en Candem y puedo llevarte a Remus cuando salgas del trabajo.

Hubo un momento de silencio.

-Lo comprendo.

Otro silencio. Más incómodo aquella vez.

-¿¡QUÉ!? ¿QUÉ LO COMPRENDES? ¡CÓMO!- su rostro se había quedado petrificado. Lleno de horror. Como si hubiese sido una broma.- No, no.- negó con la cabeza. Se incorporó y dejó a Remus apartado en una silla especial para él.- Tú no lo comprendes, Ted. Tú no sabes lo que es llegar a casa y que no estés, cuidar de Remus sola… ¡Y saber que está en peligro! ¡Y no me crees! ¿Cómo puedes comprender cómo me siento si tú eres el culpable?

Estaba a un segundo de derrumbarse. Pero estaba siendo fuerte. Parecía que se había preparado aquello pero que no esperaba la reacción del joven Lupin.

-Me parece un argumento exagerado, pero suficiente para aceptar tu propuesta.- dijo, con aparente tranquilidad. -Antes de que llegues de trabajar, habré recogido todas mis cosas.- No podía decirle que estaba de acuerdo con su propuesta porque él también necesitaba un tiempo. Y un espacio. Para replantearse qué era Victoire para él. Vio sus ojos llorosos. Su fría delicadeza se había convertido en fragilidad. Había propuesto algo que no esperaba que sucediera, creía que Ted iba a luchar por ella, él lo sabía; pero él tampoco podía seguir así. Volvió a ver la imagen de una niña vulnerable que se había quitado la coraza. La verdadera Victoire. A Ted se le enterneció el corazón y por un instante estuvo a punto de quedarse allí. Recordó que le había echado de casa.

Despareció en el aire. Su cuerpo se disolvió en millones de átomos que superaban la barrera física conocida y se tele transportaron a su despacho de Hogwarts. Consideraba aquel su hogar mucho más que cualquier piso de Bill Weasley en Candem Town. Sabía que Victoire lo sabía, pero también tenía que tener en cuenta que la aparición podría ser dañina en el menudo cuerpo de Remus. Aunque él lo había teletransportado en varias ocasiones y no había ocurrido ningún efecto adverso aún.

Su despacho, no tan desordenado como pensó que lo había dejado, olía a polvo y a estancia cerrada. Más que un despacho era una habitación oscura llena de estanterías repletas de libros cuyos títulos desconocía y una mullida cama en la que tenía las siestas más profundas. Le reconfortaba saber que aquel había sido el hogar de su padre durante un año. Y el castillo era el único hogar como tal que Ted había conocido. Hogwarts era su casa. Solo un puñado de alumnos podían entenderle.

Alguien tocó la puerta, como si hubiese estado esperándole todo aquel tiempo. O quizás venía justo en el momento adecuado. El sonido que hicieron sus nudillos al chocar con la madera fue tan suave que al haberse estrellado el cuerpo del visitante con el suelo fue lo único que se escuchó. Ted se precipitó a abrir la puerta.

Bastien Lebouf, con una herida abierta en el costado, se retorcía sobre sí mismo. El joven Lupin no se cuestionó ni qué hacía allí ni porqué acudía a él. Simplemente lo metió dentro de su despacho y cerró la puerta tras él. Neville Longbottom probablemente ya era consciente de la presencia del auror francés en su territorio, y habría sido él quien le dejaría entrar.

Rápidamente buscó su varita y abrió la chaqueta del hombre para encontrarse con menos sangre de la que esperaba; lo cual extrañó a Ted.

-No te preocupes por la herida, Lupin.-le dijo con voz seca.- Sobreviviré.

-¿Por qué vienes a mí?

Gimió de dolor al incorporarse y le miró seriamente.

-En el Ministerio hay corrupción y este es el único lugar medianamente seguro que se me ha ocurrido.- Ted frunció el ceño.- Loring ya se ha cansado de jugar a que no sabe quién soy dentro de su Ministerio. Me ha echado a los perros.

Ted alzó las cejas.

-¿Te han mordido?

-No lo sé, por eso vengo a ti… Creo que es un simple arañazo pero me gustaría que lo comprobases, por favor.

Ted asintió y examinó más de cerca la herida. No había rastro de mordedura y, en efecto, se trataba de un simple arañazo. Lo lamió por si acaso. Podía reconocer el sabor de la ponzoña, del veneno que podía o convertirle o matarle, y que en el ya no tenía ningún efecto.

-No tienes nada, Bastien.- le aseguró. Y suspiró.- ¿Qué harás ahora?

El hombre se encogió de hombros. Mientras parecía pensarse su respuesta, Ted pensó que Bastien Lebouf se encontraba allí porque Moonlight no estaba en el castillo en ese instante. Últimamente desparecía misteriosamente demasiado, y, por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de cuáles eran las intenciones de su mejor amigo. De ese modo, también suponía que aquella tarde no podría contarle todo lo que había pasado en minutos en su casa y que conllevaba un cambio importante en su vida: Vic le había echado de casa. Siempre intuyó que a Moonlight nunca le había caído del todo bien Victoire. Siempre había pensado que era por su labor sobreprotectora sobre él. Aunque, lo cierto era que Ted sabía que las personas que más contacto tenían con Vic, de entre sus compañeros de Hogwarts, eran los que primero habían desparecido de su vista. Victoire no había conservado ninguna amistad durante los siete años del castillo, pues siempre se mostraba tan superior a los demás que resultaba irritante. Las "amigas" que en ocasiones la joven se traía a casa no eran más que amigas o primas lejanas de la familia de su madre que vivían en Inglaterra. Las que tuvo en su momento se fueron alejando de ella, bien por los celos al haber estado con Ted- Victoire no fue su primera novia-, o bien porque simplemente se hartaban de ella y de su constante criticismo.

-Supongo que soy una clase de refugiado ahora mismo.- rio para sus adentros. Siempre lo había sido, pensó Ted, recordando su historia y cómo desde antes de nacer había huido del Clan del Ojo.- No me quedaré aquí mucho tiempo…

-¿Solo ha venido para que compruebe su herida?

Bastien Lebouf frunció el entrecejo y sonrió con algo de picardía, que se escondía debajo de una mueca de dolor. Debía saber que Ted Lupin era tan avispado como la gente decía. No habían sido pocas las ocasiones en las que el joven Lupin sorprendía a los demás con su perspicacia, como si el hecho de que su padre hubiese sido un torpe descuidado no le diese derecho de ser como su madre, hecho que muchos olvidaban, pues, su rostro era la viva imagen de Remus Lupin.

-Es el motivo principal, por supuesto. No obstante, si he de serle sincero, esperaba encontrar a Moonlight.

-¿No le sirvo yo?

-Sí, claro, y muchísimas gracias.

Se hizo un silencio algo forzado.

-¿Para qué quería a Moonlight?

-Me temo, profesor Lupin, que eso no le concierne.

-Soy profesor en Hogwarts y fiel amigo de Greedy, déjeme insistir.

El joven francés suspiró y aprovechó que Lupin le tendía una mano para incorporarse del suelo. Miró hacia arriba. El joven profesor era mucho más alto que él. Y le miraba, no con la fiereza lobuna de Moonlight, pero sí con la nobleza de una persona leal y brava.

-Como seguramente sabrá, la Cámara de los Secretos fue abierta esta Navidad para dejar entrar a aquellos que se llevaron la vida de vuestra querida McGonagall. Longbottom se encargó de cerrarla tiempo después y de asegurarse que no volvería a abrirse jamás.- Se mordió el labio.- Fue un error. Dada mi posición como, bueno, espía sería un término muggle apropiado para explicar mi reciente y pasada situación en el Ministerio de Magia de Francia, me hice con información en cuanto a qué ocurrió esa noche, además de la fatídica muerte de la directora: escondieron algo más.

-Eso es imposible.- interrumpió con seguridad Ted Lupin.- Se registró cuidadosamente el lugar antes de que fuera cerrado.

-Lo sé, Lupin. Y no sé si la información es cierta pero… Si aquello que esconden llega a ser cierto… Todos los alumnos estarán en peligro.

-Quitando el hecho de que ya lo están por vivir en esta era, dudo que corran peligro…¡La Cámara está cerrada y nada puede entrar ni salir!

-Desgraciadamente, profesor Lupin, hay cosas que pueden romper los hechizos mágicos más poderosos.

-¿Qué hay escondido allí? Supuestamente.

-Huevos de basilisco.

Ted Lupin se atragantó entre sus propias palabras y el estupor.

-¿¡QUÉ?¡ No se vio nada de eso.

-Oh, claro que no vio usted nada. Y, como ha recalcado, es información incierta. Pero, piénselo por un segundo: el lugar es perfecto. Es húmedo, oscuro… E inmenso. Quienquiera que crie esas criaturas en el Clan del Ojo debió de haberlo visto antes.

-¿Y cómo piensa comprobarlo? No puede entrar; y en caso de que entre, no podría salir.

-He venido para intentarlo, profesor Lupin.

Antes de que el joven Lupin pudiese contesta a aquella confesión, tocaron a la puerta. Fue un sonido insistente. Nadie podía saber que estaba ocultando al auror francés, básicamente porque, aunque tuviese la protección del director, se trataba de algo ilegal, pues, si bien se podían acoger a refugiados políticos, cuando estos eran declarados traidores a la patria o atentaban contra la seguridad del país, se veían obligados a entregarlos.

Ted Lupin se encontraba en un aprieto. La puerta de su despacho fue forzada con magia. Un simple Alojomora era suficiente para abrirla. Nunca pensó en que se arrepentiría de no tener las medidas de seguridad de necesarias, pues nunca se había sentido amenazado dentro del castillo.

-Disculpen la interrupción y el haber estado escuchando, pero tengo constancia de que el señor Bastien Lebouf se encuentra aquí.

Una delgada y refinada figura alargada se asomó a la puerta. Un alumno de Gryffindor con el que todo profesor temía tener una discrepancia, en vistas de su autoritario tono de voz. Su cabello rubio pajizo desordenado indicaba que llevaba demasiado tiempo fuera de la cama, y que aún no habían empezado las clases.

-No puede estar aquí, McKing.- objetó el profesor mientras era reprimido por una mirada de furia interna del joven alumno.

A Bastien Lebouf pareció gustarle la determinación de aquel muchacho, ya que se acercó a él. ¿Qué querría Sebastian McKing del auror francés? El profesor sabía que el joven había cometido numerosas infracciones en su camino a descubrir lo que le había pasado a su hermano. Y sabía, además, que ya conocía todo lo que había pasado.

-Así que tú eres el hijo del Ministro.- le dijo el auror francés, examinándolo con descaro de arriba abajo. El muchacho, lejos de parecer cohibido, exhibió su seguridad en sí mismo con orgullo.- Permíteme la apreciación, pero no te pareces en absoluto a tu padre.

-Lo tomaré como un cumplido.

-Podría penalizarte por entrometerte en asuntos que no te incumben y escuchar una conversación privada. Por favor, ve a clase.

-Si me voy, puede que nunca consigáis entrar en la Cámara de los Secretos.- comentó con arrogancia. Ted Lupin negó con la cabeza. Bastien Lebouf carraspeó. Aquello no podía estar pasando. Justo aquel día, no solo tenía que plantarle cara al hecho de que Vic le había abandonado, sino también esconder a un auror que era perseguido y cometer la infracción de poner en peligro a un alumno, que, para más inri, era el hijo del Ministro de Magia.

-¿Qué quieres a cambio?- preguntó Bastien Lebouf. Ted asintió para sí, sin lugar a dudas ese niño no estaba allí para simplemente ayudar. El muchacho sonrió.

-Quiero vengar a mi hermano.- su tono de voz cambió a palabras impregnadas de oscuridad.- Matar al dueño del basilisco.

Hubo un silencio sepulcral. ¿Cuántos años tenía ese niño? ¿Doce? ¿Cómo demonios podía estar hablando de matar a alguien?

-De acuerdo.

-¿Qué?- exclamó Ted Lupin ante la respuesta del francés.- No… No puedes matar a alguien simplemente por venganza, Sebastian. Ahora crees que es lo que te salvará del sufrimiento y que te sentirás aliviado cuando el asesino de tu hermano se haya muerto, cuando la persona que mandó un basilisco contra él muera… Pero será todo lo contrario. Tú te habrás convertido en Montdark, en un asesino, y eso es irreversible.

-Aprecio tus palabras, profesor, pero creo que no entiendes mi situación… ¡Se llevó la vida de mi hermano!- su grito ahogado e imponente molestó a Ted Lupin.- Bastien Lebouf sí que me entiende porque también asesinaron a su hermana.

-Señor McKing.- le llamó Lebouf.- Debe saber que su profesor sufrió una perdida igual que la nuestra. Sus padres fueron asesinados brutalmente tras haber nacido. Desgraciadamente, sí que comprende su situación.- Ted Lupin agradeció la explicación que se había estancado en la garganta del profesor.- En cuanto a su propuesta, y con el permiso de su profesor, la acepto solo si me asegura que sabe la forma de entrar en la Cámara de los Secretos.

El muchacho aceptó a regañadientes.

-Sé más que eso.- añadió.- Cuando supe que mi hermano había sido asesinado por un basilisco, me estuve informando detalladamente sobre estas criaturas y sé mucho sobre ellas. Sé cómo son sus huevos. Y sé que tan solo tardan como mucho dos años en tomar su tamaño original.

-¿Dos años?- preguntó alarmado Lebouf.

-En efecto, señor Lebouf.- contestó Sebastian McKing visiblemente orgulloso de su conocimiento.

-¿Y cómo sabes entrar y salir?- cuestionó el profesor.

Sebastian McKing le miró con algo de fastidio. Sabía que él no era su profesor favorito en absoluto. Y menos en aquel instante. Había deducido que quería buscar a Lebouf porque él era el auror que más sabía del Clan, y, por consiguiente, podría informarle sobre cómo y dónde matar a Montdark. Aquel joven podría llegar a ser peligroso si no era controlado.

-Estoy practicando esa habilidad…

-La Aparición no funciona, Sebastian.- puntualizó Ted.

-No es Aparición, profesor: es una modificación genética.- El profesor y el auror se miraron entre sí, más escépticos que perplejos, lo cual molestó al muchacho.- Cuando quise entrar a los Archivos del Ministerio y me di cuenta de que tenían una protección mágica poderosa, similar a la de la Cámara de los Secretos, me puse en contacto con el doctor Schneider, quien me prometió la habilidad de cruzar barreras mágicas…

-¡Por Merlín! ¡Niño! ¿Qué has hecho?- la repentina regañina de Lebouf pilló al muchacho por sorpresa.-El doctor Schneider es de ellos. ¡Es un miembro del Clan del Ojo! ¡Ayudó a matar a tu hermano! ¡Por Merlín! ¡¿Qué te has hecho?!- Aquella fue la primera vez que el profesor Lupin pudo ver cierto rubor y arrepentimiento en el aparentemente impenetrable rostro del joven McKing.

-No… Pero… Es seguro. Me lo recomendó un miembro del Ministerio…

-Por supuesto, uno de esos tantos corruptos que han plagado el mundo. -Agarró con fuerza el antebrazo del muchacho.- Por suerte, los experimentos de Schneider suelen salir terriblemente bien. El problema es que te deja una marca, una especie de rastreador, con el que siempre sabrá dónde estás. -El auror sacó la varita. Remangó la camisa del joven y apuntó hacia una vena que sobresalía.- Recede illuc.- Un haz de luz blanca salió de la varita. La vena se movió a una velocidad extrema por el antebrazo. Poco a poco unas hebras de sangre salieron de aquella vena. De pronto, una especie de pequeño chip que unía todos aquellos conductos salió del antebrazo. Lebouf lo cogió con cuidado.- Reducto.- El aparato se hizo arena en la palma de su mano. Miró al joven.- Estás a salvo por ahora. Ve a enfermería y di que te has cortado con algo. Cuando domines tu habilidad por completo, avisa a Ted Lupin e iremos los tres a la Cámara de los Secretos.

El niño dejó atrás toda su arrogancia y seguridad. Estaba terriblemente asustado. Temblaba y parecía a punto de llorar. Había sido engañado. Se había sentido poderoso por un momento y acababa de enterarse de que era una mera mentira, y que él, por su ciega venganza, no había visto venir. Ted Lupin pudo observar cómo su alumno estaba a punto de derrumbarse.

-Ha sido un gesto muy valiente por tu parte.- Le halagó.- Te ayudaré a potenciar tu nueva habilidad, te lo prometo, Sebastian. Pero tienes que prometerme que no volverás a ir por tu cuenta. Es peligroso.- El muchacho asintió, seguía temeroso.- Por ahora no se lo comunicaremos a tu padre.

-Gracias, profesor.- dijo abruptamente y se marchó con prisa.

Ted Lupin miró con cierta incertidumbre hacia su acompañante.

-¿Cómo sabías eso? ¿Cómo sabías que tenía un chip? ¿Cómo puedes haber sabido eso?- espetó, claramente culpándole.

-Sé más cosas del Clan del Ojo de lo que imaginas.

-Ya veo, ¿por qué no has informado antes al Ministerio de la existencia de ese doctor?

-Hasta ahora no ha hecho nada que atente contra nuestra seguridad, profesor Lupin.

-Ah, ¿no? ¿Y los experimentos de los que has hablado? ¿Qué me dices de eso? No atenta directamente a nuestra seguridad pero sí a la de los demás ciudadanos.

-¿Me está juzgando? ¿Piensa que soy un espía a dos bandas, profesor? ¿Es eso?

-Es una posibilidad, sí.

-Mataron a mi hermana, ¿cree que colaboraría con ellos después de eso? O antes de eso, mi madre murió por su culpa. ¿Crees que soy tan hipócrita de subordinarme a ellos?

-Entonces, ¿cómo lo sabe? Dudo que se haya enterado de ello en el Ministerio de Francia.

-Usted no es quién para juzgarme.

-De hecho, sí que lo soy. Ya no eres ningún auror francés y yo tengo el permiso del Departamento de Seguridad Mágica para llevar a cabo interrogaciones. Además, soy profesor de Hogwarts y tú me has pedido refugio. Creo que estoy en mi derecho de cuestionarle.

Bastien Lebouf le dedicó una mirada de aprobación. Como si nunca antes hubiese creído en él, pero en ese momento le procesase respeto. Su rostro, de pronto, parecía muy cansado. Y recordó que la herida abierta en el costado aún le seguía sangrando.

-Supongo que sabrá la historia de mi familia, ¿no? Tras la muerte de mi hermana todo el mundo pareció interesado en ella. Willa era tan inocente que la creyó sin dudar. Que nuestro apellido Lebouf procedía de un valiente periodista muggle, nuestro padre, que nunca se enteró de que el mundo mágico existía. Que nos separaron. Y ella se vino aquí con su inocencia intacta. Y la mía fue arrebatada.

-Usted fue a Beauxbatons, ¿no es así?

-Sí, sí, eso es cierto. Fui tres años, me adelantaron muchos por mis conocimientos. Porque sabía mucho. ¿Sabes por qué? Porque Owen Hegarty me contó la verdad. Mi madre ya estaba embarazada cuando conoció a mi padre. Como bien sabes había estado infiltrada en el Ojo… Como la ayudante del doctor Schneider. El doctor Schneider es mi padre, profesor Lupin. Ese es el resumen de una historia que solo muy pocos saben. Lo contrataron como profesor en el colegio francés, Hegarty no contaba con aquello. El doctor no sabía que yo era su hijo, y sigue sin saberlo, pero yo sí. Me ofrecí como ayudante y me dio lecciones avanzadas, así como me enseñó todos sus métodos. Sé todo lo que se proponía por aquel entonces.

-Creo que deberías comunicárselo al Ministerio.

-Ya es demasiado tarde.

-¿Qué?

-Se habrá enterado de que yo era un traidor. Todo el mundo lo sabía, pero él se enteraba de las cosas por las noticias. No permitía que nadie le distrajese con los conflictos internos del Ojo. Pero cuando vea que Francia me está buscando, sabrá que yo sé todo lo que él sabe y se dará prisa en acabar su tarea más importante. Por desgracia, y le estoy siendo sumamente sincero, nunca me la contó. Era demasiado confidencial… Así que supongo que supondrá una catástrofe.

-Encontraremos una solución.

-Sus cambios son irreversibles, Lupin, no hay solución.

-Aún no sabemos si lo ha acabado.

-Cierto.- suspiró y se quedó en silencio.- Ahora centrémonos en la Cámara de los Secretos.

-¿Ha decidido quedarse aquí?

-Si no le importa, usted tiene una casa con la señorita Weasley. Podría quedarme aquí a dormir y me aseguraría de que ningún profesor ni ningún alumno, salvo McKing, sepa que esconde a alguien. Se lo prometo. Y se lo agradezco infinitamente.

Ted no pudo nada más que asentir. Lo cierto era que ya no tenía ninguna casa con Victoire. Y no podía volver alegando que tenía un refugiado en su despacho en Hogwarts. Y tampoco quería molestar a Bill Weasley pidiéndole su piso en Candem. Ni quería suscitar cotilleos en la familia Weasley, pidiéndole a Harry que le dejase dormir allí o a Hermione o a Ron… Y Moonlight estaba en Luperca, por lo que se había quedado sin su piso en Londres. Estaba sin hogar. Se sintió terriblemente solo. Daría clase y pensaría en algo. La cabaña de Hagrid no estaba tampoco mal.

 

-Ya ha tenido todas las cordialidades necesarias, doctor Morgan.- espetó sin más miramientos. Observó como aquel hombre de pelo blanquecino examinaba absorto la habitación. - Me haría un favor si me hiciera caso a mí.

El hombre se azoró y miró hacia los ojos esmeraldas de Harry Potter. Se sintió algo cohibido por la presencia y el auror pudo notarlo. Lo estaba llevando a su terreno. Era un muggle, después de todo, no sabría mucho más de lo que la joven Vivier les había contado.

-Perdone, señor. Me siento abrumado. Nunca había visto antes el mundo mágico… Espero que me comprenda.- se excusó, ante la sarcástica risa de Potter.

-Sí que le comprendo, doctor Morgan… El problema es que nunca debió haber visto el mundo mágico. - La cláusula número 73 del Estatuto Internacional del Secreto recogía que cada organismo de gobierno mágico será responsable del ocultamiento, cuidado y control de todas las bestias, seres y espíritus de naturaleza mágica que habiten en los límites de su territorio. Si cualquiera de esas criaturas causara daño a la comunidad muggle o se mostrara ante ella, el organismo mágico gubernamental de esa nación deberá someterse a las sanciones que decida la Confederación Internacional de Magos. Por desgracia, esa reunión resultaría imposible hoy en día, debido a la guerra que se avecina, y a la poca amenaza que para ellos resultaría.- ¿Lo entiende, doctor Morgan? Usted y la señora Vivier han violado una de las leyes fundamentales magas. Usted quiere descubrir el mundo mágico, pues, bien, le diré una cosa: es peligroso para ambos. Si los magos se ocultan es porque la historia ha demostrado que los muggles pueden llegar a ser peligrosos para nosotros. A medida que la caza de brujas en la Edad Media era cada vez más feroz, las familias de magos comenzaron a vivir una doble vida, con encantamientos de ocultación para protegerse y proteger a sus familias. Y así es como sabemos vivir.

-Puedo mantener el secreto guardado. Lo he hecho hasta ahora, puedo mantenerlo toda la vida. Soy un hombre ya mayor, señor Potter, no pretendía meterme en problemas legales.

-Aun así se tomarán medidas con usted, que estarán condicionadas por cómo usted nos ayude a nosotros.- Estaban en una sala de interrogatorios común, lo más parecida a una muggle. Harry Potter estaba de pie, mientras que el doctor estaba sentado. Una carpeta fue depositada mágicamente sobre la mesa. -Pasemos al siguiente asunto.- En la portada de la carpeta se encontraba adjuntada con un clic, una foto de una mujer mayor que sonreía como en una foto de carné muggle.- ¿Cuál es el nombre de esa mujer?

-Mi hermana Julie.- dijo con tristeza.

-¿Seguro? Porque según el registro inglés su nombre es Ivonne Donovan. ¿Sabe usted quién es Ivonne Donovan?

-Mi hermana, supongo.

-Usted sabe más de lo que dice, ¿verdad?

-¿Qué quiere que le diga, señor Potter?

-Que su hermana es Ivonne Donovan.

-Lo tiene usted ahí delante. Puede leerlo usted mismo.

-Pero, ¿quién es la verdadera Ivonne? Según pone el registro, su hermana no siempre se llamó así. ¿Por qué se cambió el nombre?

-Mi hermana sufría esquizofrenia… ¡Pudo haber sido por cualquier delirio! Señor Potter, ya me interrogó el Scotland Yard cuando pidió el cambio en el registro. Puede ver mi declaración allí y ahorrarse tiempo.- le dijo con cierto tono autoritario.

-Me temo que ahora que usted conoce la magia, las cosas han cambiado. El Clan del Ojo, ¿sabe lo que es? Por supuesto que lo sabe, se lo contó todo la señorita Imogen Smith… ¡Está buscando a una Ivonne Donovan…! Y qué casualidad que su hermana decidiera cambiarse el nombre precisamente cuando la verdadera Ivonne estaba huyendo. Confundir tanto a esa organización maga como a la muggle. Bien jugado por ella…

-¿Y qué tengo que ver yo con todo eso?

-Usted metió a su hermana en un centro psiquiátrico donde era intocable para los magos. Creo que lo hizo para protegerla...¡Creo que su hermana se cambió por Ivonne Donovan y usted lo sabe!

-¿De qué demonios está hablando, señor Potter? Mi hermana siempre ha sido mi hermana. No se cambió por nadie, y si lo hubiese hecho, yo hubiese sido el primero en denunciar la desaparición de Julie. Pero simplemente se cambió el apellido porque era demente, usted habrá visto los documentos. Una mujer, que ahora supongo que era maga, la cambió por completo.

-... Esos documentos los firmó usted, por Merlín, doctor Morgan, ¿se piensa que puede engañarme a mí como engañó a esa muchacha? ¡Usted ocultó a Ivonne Donovan todo este tiempo! Ivonne Donovan fue esa mujer.- dijo señalando la foto que le ofrecía.- Y siempre supo que la magia existió, claro que sí. Sabía que algunos muggles locos habían visto la magia, las alucinaciones que ellos describen, recogidas por usted mismo, se asemejan demasiado a nuestro mundo. Me parece más que una casualidad. ¿Metió a su hermana en un manicomio por creer en la magia y saca de él a una muchacha por que le asegura que se lo va a enseñar? ¡Qué oportuno! ¿No le parece?

-Le estoy diciendo la verdad, señor Potter.

-¿Cree que por ser médico puede jugar con todos nosotros? ¿Se cree acaso superior?

-No, señor Potter.- dijo el doctor Morgan mirando con fiereza al auror.- Simplemente me parece una acusación injusta. Se está equivocando. No sé por qué se cree usted superior a los demás, pero se está equivocando con su teoría.

-¿Sí? Cuénteme por qué me equivoco. A mí me parece bastante estable. Y usted lo sabe. Pero, dígame, ya por curiosidad, ¿quién fue la primera persona en enseñarle la magia?

-¿Qué?

-Oh, venga, ¿cree que no lo sé? Sé que quiere ocultar que conoció a Ivonne y que gracias a usted nadie la ha encontrado antes. Pero, ¿cómo es que le costó tan poco creerle? Déjeme que le ayude a decir la verdad...- Sacó de la nada un vaso con un líquido transparente que no olía a agua en su interior y se lo ofreció. Era Veritaserum en pequeñas dosis, las suficientes para que un muggle dijese la verdad. El hombre se lo tomó sin rechistar a regañadientes. No tenía otra opción, de todos modos. -No hace falta que me confirme todo lo que ya sé... Pero quiero que me diga cómo conoció la magia. Intuyo que Ivonne no fue la primera maga que conoció.

-No.- respondió simplemente, visiblemente avergonzado.- Pero no es cómo usted piensa. Está equivocado, señor Potter.

-¿Quién fue el primer mago que conoció? Solo quiero saberlo, igual nos lleva a Ivonne Donovan. A la verdadera. A la que todo el mundo busca. ¿Cómo conoció la magia?

-Fue hace mucho tiempo, no sé qué ha sido de ellos.

A Harry Potter pareció interesarle aquello. Ellos. Habían sido varios. Le encantaba cuando sabía que tenía razón. Era un sentimiento tan satisfactorio.

-Cuéntemelo todo. No se corte, doctor Morgan.

Este bajó la mirada y comenzó a hablar.

-Por aquel entonces, vivíamos cerca de la residencia Spinner's End. Era un lugar acogedor. Había pocos niños por allí, pero todos coíndiciamos en nuestros ratos libres en un pequeño parque. Por aquel entonces, tendría unos diez u once años. Y conocí a una niña preciosa con unos llamativos ojos de color esmeralda. Los suyos me recuerdan mucho a ella.- Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Harry Potter.- Descubrí que aquella niña hacía cosas extraordinarias. Al principio, me las enseñaba como si le diese miedo hacerme daño, pero le dije que no se preocupase. Que si lo hacía era mi culpa por ser un torpe espectador. Se llamaba Lily Evans. Fue la primera maga que conocí, y por entonces no sabía nada del mundo mágico, se lo juro, ella no me dijo nada. Era una niña inocente y más pequeña que yo. Espero que no le pase nada por haberme enseñado la magia, no creo que supiera que iba en contra de la ley... Más bien lo veía un regalo de la naturaleza y tenía ganas de compartirlo.

-No se preocupe.- dijo con voz seca y rasposa Harry Potter.- No le pasará nada. ¿Eso fue todo?- ¿Verdaderamente quería saber más? Él sabía lo que pasaba a continuación. Había enterrado el recuerdo de sus padres en un pozo que solo él podría abrir.

Su madre. Le dolía recordarla. O más bien recordar un recuerdo de ella, lo que otros veían en ella. Le dio celos pensar que ese hombre la había conocido más que él. Su madre había ayudado, de algún modo, a ocultar a Ivonne. ¿Era eso una señal?

-Bueno, el hijo de los Snape se acercó un día a ella y desde entonces no la volvía a ver. Años después nos mudamos y ya me olvidé de todo aquello, hasta que mi hermana me contó que había conocido a una mujer que hacía las mismas cosas que ella, y sé que esa maga no era la Ivonne Donovan que buscas.

-No lo era, pero su hermana se intercambió por ella.

- Se olvida de un pequeño detalle, señor Potter. Si sostiene esa teoría, debería recordar que Ivonne Donovan murió el año pasado. ¿Por qué la seguiría buscando el Ojo?



« (III) Capítulo 32: Intolerancia Comenta este capítulo | Ir arriba (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas »


Potterfics - Harrylatino
Potterfics es parte de la Red HarryLatino

contacto@potterfics.com

Todos los derechos reservados. Los personajes, nombres de HARRY POTTER, así como otras marcas de identificación relacionadas, son marcas registradas de Warner Bros. TM & © 2003. Derechos de publicación de Harry Potter © J.K.R.