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La Tercera Generación de Hogwarts » (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Miércoles 13 de Enero de 2021, 10:53
[ Más información ]

(III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)

Hasta aquel día, Richard McKing no destacaba por ser el mejor Ministro de Magia que había existido en Inglaterra. Era visto como una figura frágil y consumida por el asesinato de su hijo, que jamás llevaría a la sociedad a un bienestar mejor. Dadas las convulsiones que sacudían el mundo y la omnipotente fuerza que se requería para hacerle frente, todos le exigían más. Todos pretendían que McKing fuese aquel hombre que prometió dar un cambio. Y que lo hizo en su momento: ayudó a Hermione Weasley a mejorar las condiciones de los ciudadanos magos y los nacidos de muggles, respetó cualquier ideología, se dejó la piel en instaurar una nueva Administración y contagió su carisma a todos los demás políticos.

Richard McKing no provenía de la mejor familia de magos, como muchos otros Ministros. Había sido un estudiante que había pasado desapercibido en la Guerra, y que, cuando el Señor Oscuro volvió, se había exiliado con su familia en Chicago. Fue allí donde acabó su formación mágica con notables resultados. Destacó cada vez más gracias a sus discursos sobre construir un mundo unido. También se hizo oír a través de los gestos que llevaba a cabo: facilitaba cursos de adaptación a los muggles con el objetivo de que entendiesen el mundo mágico, luchó contra la esclavitud de los seres mágicos y propuso una reforma del código penal mágico. Y Shacklebolt se fijó en él como un digno sucesor. Fue cierto que la sociedad tardó en acoger a ese hombre de mirada cálida, pues tan solo tenían ojos para aquellos héroes que habían defendido Hogwarts. De hecho, en aquel momento, todos aquellos que habían encontrado difícil el ascenso de McKing como Ministro, le rechazaban sin pudor. Incluso cuando la misma Hermione Weasley había declarado que era un ejemplo a seguir. Los magos querían un héroe que les librase de más conflictos y que acabase con aquello desconocido que aparecía en todas sus pesadillas.

El hombre de mirada caída ya había aceptado una entrevista con el periódico más excéntrico de toda Inglaterra: El Quisquilloso. Por supuesto, aquella entrevista con Luna Scarmander atrajo a un sector silencioso de la población que veía a McKing como una persona de extrema nobleza y con la capacidad de cuidar delicadamente a sus conciudadanos. Esa pequeña parte había sido la resistencia contra Voldemort. También se incluían a los nacidos de muggles que siempre le apoyarían. Así como incluso a la mayor parte de criaturas mágicas. En cambio, los periodistas que quedaban angustiados por no tener una entrevista con el Ministro, insultaron a su propio líder con titulares obscenos que fueron secundados por la opinión de muchos magos, más tradicionales.

Aquella segunda entrevista tenía el propósito de evitar un conflicto civil entre aquellos que pedían que Harry Potter fuese Ministro, sin más argumentos porque fue el Niño Que Vivió; y aquellos que reconocían la gran labor que McKing llevaba a cabo. Sin mencionar la disgregación política dentro del propio Ministerio.

Se trataba más bien de un discurso, le había advertido a Luna Scarmander.

Ambos, periodista y entrevistado, se encontraban en el despacho de Hogwarts del director Longbottom. No querían que nadie supiese aquel segundo encuentro con la prensa. Y el propio Neville se había ofrecido para facilitar aquello, sabiendo las buenas consecuencias que aquello podría tener.

-Eres un gran hombre, Richard.- comentó Neville antes de que el Ministro comenzase a hablar. El director se encontraba allí porque así lo había pedido el entrevistado. Ambos sabían que tenían mucho más en común de lo que aparentaban: habían sido elegidos por personas tan influentes que su decisión no podía ser discutida por nadie. Habían tenido disidencias para llegar allí. Y a veces se preguntaban si sus enemigos estaban en lo cierto.

-Ahora mismo nos encontramos en uno de esos momentos que definirán nuestra historia siglos más tarde. Estamos al borde de la guerra y la paz mágica tan deseada ha sido de nuevo amenazada. -Richard suspiró. Parecía la introducción de un discurso que ya tenía preparado en su cabeza.

-No se ponga nerviosa, señor Ministro. La pluma no grabará nada. Solo transcribe lo que usted diga. Tiene todo el tiempo del mundo.- tranquilizó Luna. La mujer, cuyos ropajes distaban mucho de la etiqueta requerida, miró hacia Neville para encontrar algo de apoyo. Richard sabía que Luna estaba ayudando al profesorado de Hogwarts y que la dirección del periódico de su padre estaba dirigida por su marido.

El Ministro asintió.

-Por supuesto.- carraspeó, y siguió con el discurso.- Hoy por hoy, muchos de vosotros habéis perdido la esperanza en encontrar de nuevo una estabilidad que nunca ha existido. Hemos perdido a seres queridos. A figuras que nos inspiran. Y nadie nos dice qué es lo que nos está arrebatando la seguridad mágica.- En ese momento Neville alzó la mirada hacia Richard. Quizás una revelación sobre el Clan del Ojo por el mismo Ministro de Magia no fuese lo más acertado, pero el Ministro había medido meticulosamente todas sus opciones.- Nosotros.

La pluma cesó de escribir por un instante.

-¿A qué nosotros se refiere?

-A todos nosotros. A la separación que se está palpando entre nosotros. Si no permanecemos unidos, no podremos luchar con mayor fuerza. No es un divide y vencerás, esa frase la dijo Julio César antes de ser apuñalado por todos sus seguidores. No podemos hacer que el Ministerio cargue con todas las culpas y los reproches, porque, al fin y al cabo, tomamos las decisiones en vuestro nombre. Shacklebolt instauró una débil democracia que no podemos erradicar. Si me dirijo a vosotros es para pedir un alto al fuego. ¡Basta!- el rostro del Ministro estaba endurecido. No se había sentado, dijo que estaba más cómodo hablando de pie, como cuando daba sus conferencias sobre el avance del mundo muggle en Chicago. Le daba confianza. Por primera vez en mucho tiempo, Richard McKing volvía a tener esa llamarada en su iris que pedía justicia. - Debemos mantener la promesa de asegurar un futuro digno a las primeras elecciones. De mantener el mundo mágico vivo. Lo cierto es que queja tras queja, falsos rumores de que dimitiré, prensa sin gusto, miradas de recelo… ¡Todos piden un cambio! "Que hagan algo…", dicen. Pero no saben que ellos también tienen que desenfundar sus varitas llenas de polvo y dar ejemplo. Poco a poco, pequeños cambios pueden marcar una gran diferencia en la balanza de "victoria" o "derrota". ¿Somos un país de vencedores? ¿Realmente pensáis que estamos rodeados de héroes? Sí, tenemos héroes, pero son solo unos pocos y solo los escucháis cuando lo que dicen os gusta u os conviene. Sí, tenemos héroes pero no duraran para siempre. Que se lo digan a Minerva McGonagall, que nos protegió silenciosamente de un ataque mayor. Que se lo digan a Roxanne Weasley, la niña inocente, cuyas muertes parecen lamentar incluso cuando odian a su familia por vivir entre muggles. Que les digan a las víctimas del ataque de Hogsmeade que los héroes son los que siempre velarán por nosotros. Que alguien vaya a la tumba de mi hijo y le diga: "Rick, no pasa nada, los héroes nos salvan al final". Pero, ¿quiénes son los héroes? Todo el mundo estará pensando en el Trío de Oro o en la Orden del Fénix. Tengo ahora mismo delante a Luna Scarmander y Neville Longbottom, mientras veo un retrato de Albus Dumbledure, quién me diría que recordarse a Nymphadora Lupin, Sirius Black, incluso el mismísimo Severus Snape fue un héroe. Y el recientemente fallecido Malfoy. ¿Qué pretendo decir con esto? Que incluso a los que más cerca de la oscuridad están,  les brilla una luz pura que les permite en algún momento ser héroes. ¿Sabéis cómo se llama esa "partícula de héroe" que todo el mundo piensa que solo los elegidos la tienen? Humanidad. Y que yo sepa, todo el mundo es humano, sin distinción absurda entre muggles y magos. Todos podemos ser héroes. Sed héroes conmigo. Hagamos brillar la luz de todos juntos.

Se hizo un silencio en el que Richard se dejó llevar por su propia fuerza.

-¿Le importa si le he estado grabando desde que comenzó?

Neville se azoró ante la pregunta que él mismo había formulado. E incluso pareció arrepentido de haberle interrumpido.

-¡Neville!- reprochó Luna.

-Lo sé, lo sé, pero unas simples palabras escritas no van a transmitir lo que nos dice realmente con el tono de su voz. Lo siento, señor Ministro, pero lo veo necesario. -se rascó la cabeza.- Prosiga.

Richard McKing no se inmutó por aquel pequeño inciso. Es más, hizo como si no hubiese ocurrido, no sin antes asentir, dándole así permiso a Neville para seguir grabando aquello.

-Necesitáis un Ministro que afronte las amenazas que nos depara el futuro y que no se quedé anclado en las ideas del pasado. No acabaremos con el enemigo con conflictos internos. No estaremos seguros si damos un simple discurso o escribimos una columna reivindicativa en El Profeta. Si alguno de vosotros quiere seguir los pasos de Ministros que nos llevaron a que el Ministerio crease una alianza con la Oscuridad para llegar a una estabilidad, es más diplomacia y una mala estrategia, pero es una elección. Sin embargo, no es la opción adecuada.  Somos el Ministerio de Artemisia Lufkin, la primera mujer Ministro; de Nobby Leach, primer Ministro nacido de muggles; y de Shacklebolt, quién sostuvo las cenizas del Ministerio tras la Guerra. Así que no me digáis que, yo, Richard McKing, no os mantendré a salvo por seguir sus decisiones; y no las de Fudge o Scrimgeour. Como líder del Ministro Británico de Magia, nunca dudaré en defender este país, pero solo atacaré ferozmente cuando haya un claro objetivo y con la seguridad de que no arriesgaré ninguna vida, ya que, todos merecemos volver a casa. Acabaré con esta guerra antes de que empiece y haré justicia por todos los Caídos. Reforzaré el Departamento de Seguridad Mágica, así como la diplomacia que nos prevendrá de futuros ataques mágicos. Restauraré la moral de todos nosotros, con el fin de que el mundo mágico vuelva a ser extraordinario. Corren tiempos difíciles, mis queridos magos, y debemos permanecer unidos. Sé que muchos calificarán mis palabras como un discurso barato, y que insistirán en algo más radical o en otras maneras de manejar esta situación. Y espero que así ocurra, porque si no tenéis nuevas ideas u os levantáis para exigir más acción, entonces estáis dejando ganar al enemigo. Los pequeños gestos hacen una gran diferencia, y lo sabéis porque ya ha funcionado antes. Si vuestras esperanzas se han evaporado una y otra vez, entonces dejad de tener fe y quedaos con lo que ya sabéis, con lo que es seguro, con lo que siempre ha funcionado: Actuemos juntos como aquellos que lucharon en la batalla de Hogwarts. Ya sé que no soy el candidato que más os gusta para este puesto: me exilié de Inglaterra en la guerra, me he pasado toda mi vida leyendo libros y estudiando estrategias, luchando por los asuntos más polémicos… Pero aquí estoy. Y lo que ocurra en el mundo mágico no recae sobre mí, recae sobre todos vosotros. No soy yo el único que me he quedado en silencio cuando vi el cadáver de mi hijo. Sino también vosotros. Los cambios en el mundo mágico los hacéis vosotros, rara vez un Ministro de Magia, porque vosotros los pedís, porque vosotros os levantáis, insistís en nuevas ideas, mostráis liderazgo y exigís algo mejor. Creo firmemente que el cambio está por llegar porque lo estáis viendo, lo estáis viviendo. Vi el cambio en Alexander Moonlight cuando se adentró en las llamas de Hogsmeade para rescatar a los heridos. Cuando Astoria Malfoy firmó una promesa con el Ministerio para colaborar con todo el poder cedido por su difunto marido. Cuando los alumnos de Hogwarts se ayudaron entre ellos en el atentado de King's Cross. O cuando unos niños de apenas catorce años se adentraron en la sede del enemigo para rescatar al rehén más sonado de estos tiempos. Y, ciudadanos, estos no son los héroes que conocéis. Podían haberse quedado quietos, como todos nosotros, pero lo que hicieron fue luchar por lo que creían que estaba bien, unir fuerzas. No podemos dejar que nuestras disputas internas nos alejen de lo que realmente debemos salvar. No con tanto trabajo por hacer, no con tantos niños a los que educar y con tantos magos que están por formarse. No con una política y una prensa anclada en el pasado. No con tantas familias con tanto que perder. La unión hace la fuerza.

Neville aplaudió al segundo. Le secundó Luna, que había soltado una minúscula lágrima que surcó su rostro y con ello, el maquillaje de ojos púrpura que se había echado. McKing se dio cuenta de que no estaba hablando solo, y que aquellas dos figuras de Inglaterra le acogían con admiración.

Solo pudo pensar en su hijo Marcus. Jamás había mostrado una cara de admiración como aquella. Parecía odiarle por no hacer nada tras la muerte de su hermano. Aquel discurso iba indirectamente para él. Él era un héroe que no había mencionado. Su hijo sería tan importante como todos los que eran alabados por la población, lo sabía. Sabía su capacidad intelectual y secretamente la temía, pues estaba sin rumbo, y los genios sin rumbo podían alcanzar fácilmente todos los extremos: no solo la luz, sino la oscuridad. Le gustaría aprovechar aquella visita a Hogwarts para ver cómo le iba a su hijo. No obstante, sabría que le rechazaría.

-¿Qué hacemos con la grabación, señor Ministro?- preguntó Luna Scarmander.

-Creo que sé lo que debemos hacer, si me permite la sugerencia.- Neville recibió un gesto afirmativo de McKing.- Luna, puedes imprimir el discurso en tu periódico, para que así nos aseguremos de que todo el mundo lo va a recibir. Desde la última entrevista, están pendientes de tu periódico, así que eso nos lo tenemos asegurado. Pero, antes de que lo publiques, proyectaremos la grabación en la fachada del Ministerio de Magia, que es donde nos interesa que lo vean. Parece extrema propaganda política, pero eso es de lo que se trata. Cuando la gente que pase por allí, no aquella que queremos que cesen sus disputas, los magos que no tienen nada que ver, lo verán y se lo contarán a todo el mundo: la autoridad y la tenacidad del Ministro. Todos somos héroes, ese es el mensaje. Todos unidos. Bien, después se distribuirá el periódico por todo el mundo mágico.

-Me gustaría que lo proyectase también el Gran Salón, aquí. Los alumnos también son héroes.

-De acuerdo.- asintió el director. Después negó con la cabeza.- No, usted lo repetirá aquí esta noche. Así, avivarás la llama heroica desde las generaciones más jóvenes. Venga esta noche y anime a mis alumnos, señor Ministro.

-Puedo pasarle la transcripción si quiere.- ofreció Luna. La mujer le quitó el papel a la pluma que flotaba en el aire y se lo tendió.

De pronto, se sintió algo abrumado. Su hijo iba a verle dar el discurso más importante de su vida. Estaba nervioso por saber si finalmente le aprobaría.

-Muchísimas gracias a los dos, os veré esta noche.

-A usted, señor…- antes de que Neville terminase de formular su nombre, el Ministro se desvaneció en el aire.- Al menos no me ha gastado ningún sobre de té. - Se dirigió a Luna. Y sintió un extraño nudo en el estómago. Probablemente esa era una de las pocas veces que se habían quedado a solas después de mucho tiempo. Era tan incómodo como imaginaba. Ella no hablaría, porque a pesar de que lo que pudiese parecer, era más orgullosa que él.- Me alegro de que estés colaborando con McKing.

-Me lo pidió Harry.- respondió ella como si eso fuese razón de peso. Aquello le exasperó. La única noción que tenía de la vida de su antigua mejor amiga y, para qué engañarse, novia; era a través de Harry y Ginny, pues siempre serían sus fieles amigos. - Me alegro de que tú también lo estés haciendo.

-Yo lo hago porque es lo correcto.

-Qué curioso.- dijo ella. Neville se imaginó que era su excéntrico sarcasmo.- Siempre acabas haciendo lo correcto.

Lo que aquella mujer probablemente sabía, era que aquellas palabras eran una provocación para Neville, pues las peleas que habían tenido de más jóvenes, eran por el deseo de sentar cabeza del muchacho porque era "lo correcto". Para Luna, en cambio, quien creía aun en cosas imposibles, lo "adecuado" era vivir sin preocupaciones. Acabaron por razones de desacuerdos obvios.

-Aún no sabemos si lo hemos hecho bien.

Luna miró hacia Neville, y el director sabía que no había escuchado su respuesta porque mantuvo una mirada perdida que solo él sabía reconocer. Estaba buscando las palabras correctas y adecuadas. Luna quería algo y era complicado. O eso, o realmente se había vuelto loca.

-Hace tiempo que no me paso por tu casa.

-Nunca sueles hacerlo. Solo cuando vienen todos los del Ejército de Dumbledure en nuestras reuniones cada dos años…

-¿Cómo está Hannah?

Neville frunció los labios. No sabía a qué venía aquello, o sí y quería eliminarlo de su mente. A Hannah no le caía demasiado bien la antigua amiga - novia de su marido. De hecho, nunca habían mantenido una conversación. Decía que muchas veces se hacía la loca para desentenderse de los problemas. Hannah tenía razón.

-Ya sabes cómo está.

-¿Y Alice?

-Ya le has dado clase.

-¿Y Frank?

Neville la miró con desaprobación o con rencor, no sabía exactamente cómo habría sido su reacción.

-Bien.

-Este año cumplirá la mayoría de edad mágica. Hubiese sido un buen Gryffindor. La última vez que lo vi tenía esa sonrisa tuya de cuando estabas orgulloso por hacer algo bien, creo que había ayudado a Alice con un problema de deberes muggles. Alice se parece más a Hannah. Pero Frank es exactamente igual que tú. Espero poder verlo pronto, Neville, me gustaría mucho.

Pero Luna estaba hablando sola, Neville había desaparecido en el aire justo después de la primera frase.

 

Sintió un escozor en el labio. Lamió su propia sangre y escupió el amargo sabor hacia un lado. Encaró de nuevo al muchacho de complexión fuerte que le impedía el paso. El que había sido su amigo durante un largo periodo de tiempo y en ese momento se mordía el labio con preocupación. Probablemente ya sabía que el labio del joven muchacho estaba roto y se arrepentía del duro y sonoro puñetazo. La víctima se recompuso y le miraba con un extraño desafío. El agresor bajó la mirada cuando le propinó otro puñetazo, esta vez en la zona de la ceja, que se enrojeció casi al instante.

El sonido chirriante de un silbato les interrumpió por un segundo.

Fue el momento que aprovechó el joven herido para abalanzarse sobre el muchacho de piel oscura y ojos temerosos. La mujer que llevaba el silbato se sobresaltó ante la violencia de aquel joven. Sin embargo, no podía saber que aquel muchacho que parecía descargar toda su ira contra su compañero de cuarto, le dañaba zonas del cuerpo en las que no habría cicatrices.

-¡BASTA!- dijo la menuda mujer con carácter autoritario. Dos alumnos que se fijaron en la pelea que se estaba acrecentando la ayudaron a separar a los jóvenes. La mujer miró a ambos con cierta extrañeza. El joven de tez morena miraba hacia otro lado, mientras que otro muchacho examinaba con descaro a la profesora. -¡Señor Longbottom! ¡Sabe qué consecuencias tienen una pelea!

Lo decía con incertidumbre. Frank Longbottom sabía por qué. Él era el alumno ejemplar del Harrow School, uno de los internados más prestigiosos de Inglaterra. Jamás le habían llamado la atención como aquella vez, todo lo contrario, le alababan. Era por aquella razón por la que la profesora Bedingfield parecía temer castigarle con la "consecuencia" que suponía una pelea con sangre y heridas de por medio.

-¡Este asqueroso no se apartaba de mi camino!- escupió aquellas palabras con saña. El aludido no era capaz de articular palabra.- ¡Me da igual ser expulsado si pongo a cada uno en su lugar!

-¿¡De qué está hablando, señor Longbottom!? ¡Está usted empleando vocabulario racista! ¡Está terminantemente prohibido en este colegio! ¿Entiende lo que eso supone?- se llevó la mano a la cabeza. Apartó la mirada del joven, suspiró, y se volvió hacia Frank.- ¿Está usted bien? El señor Howard es su amigo…

-Es un negro.- recalcó con desprecio Frank.

-No sé qué pretende con esto, sé que usted no piensa lo que está diciendo… ¡Lo sé!

-Le he desencajado la mandíbula, profesora Bedingfield. -Añadió Frank, con algo de irritación.- Y volveré a hacerlo, si…- se acercó de manera amenazadora de nueva hacia Howard. 

Un alumno interfirió y agarró a Frank por la espalda para impedir otro enfrentamiento.

-No sé qué pretende, Frank…- susurró incrédula la profesora.- Muy bien.- Volvió a su mirada autoritaria y miró a Howard con compasión.- Váyase a enfermería y que le curen esas heridas… Y usted…- señaló con el dedo a Frank. En sus ojos el joven podía ver que la profesora Bedingfield sabía que se estaba equivocando. -No me queda otra que mandarle a su casa unos días…Venga conmigo al Hall donde un coche le mandará en seguida a su casa. Lo siento, pero es el protocolo. Hay testigos y la norma se aplica a todos los estudiantes del internado…

-Lo sé, profesora Bedingfield.

-Espero que sepa lo que está haciendo. No sé qué pretende.- repitió.- Estamos en la racha final del curso, Longbottom, usted es un alumno sobresaliente… ¿Sabe lo que esto puede repercutir en sus notas?

-Lo sé, profesora Bedingfield.

La mujer negó con la cabeza. Como si no entendiese qué locura pudo haberle pasado a ese joven por la cabeza para incumplir las dos normas esenciales del internado. De hecho, sabía que las había incumplido para huir. Frank sabía que era evidente. Además, había elegido a su mejor amigo como víctima, el que le perdonaría. Sin embargo, si ninguno se retractaba, el procedimiento de expulsión era inevitable.

Anduvieron paralelamente a lo largo de aquel pasillo de piedras rojizas. La primera vez que sus padres estuvieron allí, coincidieron en que se parecía demasiado a Hogwarts. Es más, siempre había creído que no les importaba pagar más si estaba en un ambiente similar al que les gustaría que su hijo hubiese ido. Al no ser así, supo que siempre se encontraría con el recelo de su padre. No querer la magia, ¿tan malo era? Debería entenderle, pues él no la entendía. La magia no funcionaba bien con él. Era como enchufar una lámpara con una bombilla defectuosa a la corriente de luz: saltarían chispas.

-Cuando vuelva me gustaría una explicación sincera de este suceso, pues no pienso manchar su expediente con un acto tan imprudente. - A Frank no le sorprendió del todo aquello. No era la primera vez que ocurría un "suceso". Ya le habían llamado la atención por escaparse del internado.

Suspiró al recordar la razón. Gwen. Siempre supo que no era una muchacha normal y había algo en ella que le atrajo desde el primer momento. Por supuesto que lo hizo: era guapa, misteriosa y, cómo no, maga. El hecho de saber que todo había sido una mentira le había destrozado. No es que se hubiese enamorado de ella, pero se sintió decepcionado con el mundo al saber que lo único que parecía evadirle de los problemas, era, en efecto, el problema más gordo de todos. Porque no podía ser una simple maga. No. Tenía que ser la ex alumna de Hogwarts que había matado a McGonagall y por cuya cabeza se ofrecía una pequeña y secreta recompensa dentro del Departamento de Seguridad Mágica. No solo eso.  Pertenecía a una organización todopoderosa que estaba declarando la guerra al mundo mágico. Una asesina despiadada. La que jugó con sus sentimientos para hacer que su hermana se cambiase de bando. O para amenazar a su padre, cuya posición política era en ese momento muy arriesgada.

La profesora Bedingfield había seguido hablando y él respondía con palabras secas. Sabía que ella estaría apenada por tener que expulsarle. Pero era lo único que podía salvar a su hermana. Si le mandaba una carta, los colegas de Gwen la interceptarían. Él estaba demasiado bien vigilado dentro del internado. Tenía un plan demasiado bien elaborado. Y era muy peligroso. Pero era la única salida si quería que su hermana dejase de colaborar con el Ojo.

Lo llevaba planeando desde que descubrió a Gwen. Ella mismo le contó todo lo que sabía porque no le importaba que él lo supiera, estaba encerrado en el internado, de todas formas. Cuando él le preguntó que si no sentía nada de remordimiento por haberle mentido todo aquel tiempo. "Era lo que debía hacer". Frank estaba seguro de que en algún momento, Gwen había sido la Gwen que probablemente ocultaba a todo el mundo. De que habría sido Gwen cuando veían una estúpida película juntos y se reía a carcajadas por una cosa absurda. O cuando le salían hoyuelos cuando le salía bien una magdalena. O incluso cuando se encogía cuando Frank la abrazaba, eso era Gwen, no la Gwendoline Cross que el mundo mágico temía. Al fin y al cabo solo tenía 15 años.

Lo que haría sería ir a la casa vacía de Londres en la que supuestamente vivía, pero en realidad era un piso franco para su familia, suministrado por el Ministerio de Magia para su padre. Desde allí iría a King's Cross, cogería el Express que nunca quiso coger y se dirigiría hacia Hogwarts para avisar a su hermana. Y a su padre. Les diría que no hiciesen nada si creían que él estaba amenazado. Sabía que el camino sería largo y que quizás le asesinasen en algún momento. Se lo había dicho Gwen: "Darle tu cabeza cortada a tu padre era el plan al principio".

Sintió un escalofrío.

El coche negro que le llevaría a su casa llegó rápidamente. Solo tuvo que esperar quince minutos sentado en la escalinata de la fachada principal. Algunas miradas de sus compañeros le observaban desde la ventana, curiosos por saber qué había hecho el magnífico Frank Longbottom. Estaba seguro de que ninguno sospechaba lo que ocurría de verdad.

El chófer abrió la puerta y no se asustó al encontrarse a una persona sentada ya dentro. Un hombre joven de rostro delicado y facciones atractivas. Le miró por encima del hombro. Seguramente era seguridad extra que el internado ofrecía a sus alumnos, pues la mayoría eran hijos de figuras importantes de Inglaterra. Él también.

Al sentarse en el mullido asiento de cuero beige se sobresaltó. Y no porque no se esperase las grandes dimensiones del coche en su interior, quizás gracias a un simple truco de magia, sino porque en los asientos de en frente, se encontraba Gwendoline Cross. No era su Gwen aquella vez. No tenía el suave maquillaje ni su cabello rubio alborotado que le hacía más niña. Tenía los ojos envueltos en un maquillaje negro ahumado, su pelo recogido en un moño y su cuerpo enfundando cuero negro. Le miraba con desaprobación. Como solía hacer. Pero tenía un tinte peligroso.

Al lado de Frank se encontraba el hombre que, en ese momento, supo que iba a querer matarle. O algo peor. El pestillo del coche se cerró. Estaba atrapado.

-Soy Octavio Onlamein.- se presentó el joven adulto, tendiéndole la mano. El coche arrancó y comenzó a avanzar a una velocidad que excedía el límite permitido.- Usted debe ser el joven Frank Longbottom. He oído hablar mucho de ti.- Gwendoline Cross puso los ojos en blanco. El joven solo la miraba a ella y escuchaba la voz sin ver a su dueño.- Es cierto eso que dicen de que te pareces a tu padre, joven.

-Longbottom.- le llamó Gwen, quien estaba atenta a la reacción del joven.- Esto no tiene por qué acabar mal.

Su cuerpo tembló y el coche dio una sacudida. Esos pequeños sucesos de inestabilidad se agravaban cuando estaba nervioso. Eran los problemas que conllevaba el ser un squib.

-¿Qué queréis de mí?- preguntó Frank, con un gruñido.

-Supongo que ya lo sabrás.- contestó simplemente Onlamein.

-¿Mi cabeza?

Gwendoline Cross suspiró. Miró a Frank a través de sus largas pestañas y, por una milésima de segundo, creyó que le iba a ayudar. Sabía que eso era imposible. De hecho, creía fielmente que aquel tal Octavio ejercía una presión sobrenatural sobre Gwen.

-Oh, no te podemos matar, sucio squib… Los de arriba te quieren vivo.

-Tienes que seguir siendo nuestra garantía. Si te seguimos controlando, tu padre y tu hermana nos harán caso y los mantendremos a raya.

-Precisamente eso es lo que no quiero.

-¿Por qué todos tenéis complejo de héroe? ¿Sabes acaso contra lo que estáis luchando? ¿Si es bueno o malo? ¡No! Simplemente os oponéis porque el pueblo muggle nunca permitirá el avance…

-¡Nos oponemos porque matáis a los nuestros! Tú mataste a McGonagall…- le espetó a Gwendoline Cross, quien se regocijó con orgullo. -Sois asesinos, si os detenemos es porque sois asesinos.

-Tenías razón, es tan noble como inocente, Gwendoline.- le dijo Octavio a la joven. Esta suspiró.

Entonces Frank aprovechó para hacer sacudir el coche. Se enorgulleció de hacerlo volcar, incluso. Había practicado últimamente sus nefastas habilidades mágicas.

Se dio un golpe en la cabeza que no le impidió propinarle un puñetazo en la cabeza a Octavio, quien no pudo reaccionar gracias al factor sorpresa.

 Ninguno de los dos sabía que Frank practicaba artes marciales en las que un puñetazo en una zona exacta de la cabeza significaba dejar a alguien inconsciente. Lo había conseguido. Agradeció en silencio aquellas clases del profesor Platzman.

Ahora solo tenía que hacer frente a Gwendoline Cross y el chófer, que a saber quién era.

La muchacha le miró con odio y estupor. Se abalanzó hacia él y el joven aprovechó para que con su impulso, hiciese añicos la pared. Supo que iba a utilizar magia para hacer el empuje más potente, así que surgió el efecto deseado.  Ambos acabaron fuera del coche, en mitad de un camino empedrado de la campiña inglesa. Desconocido para Frank. Y suponía que también para Gwen. No dudó en salir a toda carrera lejos de allí.

Frank era un buen deportista. Así que no tardó en estar a cientos de metros del coche. El problema era que Gwendoline Cross era maga, y que con su varita podía aparecerse a su lado en un segundo. Como hizo. Derribó a Frank y lo lanzó hacia el suelo. Cuando se acercó, el joven le propinó una patada en la rodilla que la dobló. No entendió por qué Gwendoline Cross no había utilizado ningún hechizo contra él todavía. Ambos se quedaron quietos durante un segundo. Se oyó un estruendo.

El chófer, un hombre corpulento y con una cicatriz cruzándole el rostro, salió del coche y apuntó con una varita hacia ellos. Como a cámara lenta una luz azul salió de su varita hacia Frank. Supo entonces que ese era el final de su acto heroico. Que lo encerrarían en una celda para conseguir todo lo que quisiesen de su familia. Que había sido un estúpido por creer que su insostenible plan iba a servir para algo.

-¡No, Adolf!- gritó con temor Gwendoline Cross, mientras Frank observaba a cámara lenta como el rayo de luz iba dirigido directamente hacia él.

Se había acabado.

De pronto, sintió unos brazos rodearle. Un mareo angustioso. Su cabeza daba mil vueltas. Había cerrado los ojos. ¿Esa era la sensación que se tenía al morir? Siempre creyó que sentiría frío al morir, que su cuerpo se quedaría agarrotado y que sería una liberación, más que dolor. Pero, lo cierto, era que lo que más sentía era algo aplastando su pecho. Algo, que, justo entonces, transmitía rápidos latidos.

¿Eran los suyos? Abrió los ojos.

Se había percatado de que podía hacerlo. Igual era un fantasma.

Miró a su alrededor. Estaba tumbado y tan solo veía un techo de madera negra. Dio un respingo. Estaba vivo. Y lo que sentía encima de él  era el quebrado cuerpo de Gwendoline Cross, quien respiraba con dificultad.

Se levantó lentamente, el suelo frío era de piedra y se estaba clavando en la espalda. Intentó apartar con rudeza el cuerpo de Gwen. ¿Qué había pasado? Se encontraban en un dormitorio austero en el que solo había una cama y una ventana por la que tan solo entraba un leve destello de luz del atardecer. La muchacha rodó en el suelo y se retorció sobre sí misma. Estaba gimiendo. Sollozando.

Gwendoline Cross le había salvado.

Desconocía por completo los nombres de los hechizos, pero supo que aquel era uno de tortura. Se quedó ahí, parado. Observando como la joven se arrastraba por el suelo rugiendo de dolor. Reprimiendo gritos. Vio que su cuerpo temblaba visiblemente. Se sintió completamente inútil. Él no tenía magia para salvarla. Y no sabía qué hacer. Se dio cuenta, entonces, de que tras acaparar ella el hechizo, le había trasladado. Frank supuso que aquello la habría consumido.

No entendía nada en absoluto.

La puerta de madera se abrió estrepitosamente. Una mujer que rozaba los cuarenta abrió los ojos como platos al enfrentarse a aquella escena. Se precipitó a ayudar a Gwendoline Cross. Miró de reojo a Frank, quien no se inmutó ni un segundo. La mujer maldijo en alguna lengua de la Europa profunda. Sacó una varita de su chaqueta y apuntó hacia la joven, quien seguía sollozando.

-Mamá,…- musitó. Frank abrió los ojos como platos. Siempre creyó que realmente Gwen no tenía madre. ¿Estaban en su casa de verdad? Creía que lo había llevado a la sede del Ojo directamente. Que había impedido que fuese torturado porque le daba pena, y querían que cooperase. Pero que le seguiría llevando a sus superiores, no que le sacaría de allí.- Tienes que ayudarnos…

La mujer asintió. Gwendoline Cross se levantó a duras penas y se dirigió hacia Frank, quien yacía en el suelo en shock. Le tendió la mano con una mirada llena de dolor.

-Os prepararé algo.- dijo la madre, abandonando la habitación.

-La has liado, Frank… ¡No se suponía que serías expulsado! ¡Te iban a matar! ¡Y ahora me van a matar a mí por dejarte escapar! ¡No sabes lo que has hecho!

-No te he pedido que me salves.- musitó Frank.

La joven se quedó boquiabierta. Le dio una bofetada a Frank que le ladeó la cara. Este se quejó del dolor, pues había acertado en el labio roto que tenía de la pelea en el internado. Sin embargo, el no saber qué estaba ocurriendo redujo su dolor.

-Un simple gracias, Frank.- le recriminó la joven.- Vamos, tenemos que irnos.- le apremió la joven tirando de él. El impulso fue tal, que quedaron muy cerca. Frank sintió la respiración entrecortada de Gwen en su rostro. Su cálido aliento.

-No, no voy a ningún sitio contigo.- Gwen volvió a propinarle una bofetada. Y le miró enfadada, furiosa y algo descompuesta.- Yo voy a Hogwarts. Protegeré a mi familia de ti.

La muchacha agarró fuertemente el brazo de Frank. Le miró fijamente.

-¿No lo entiendes, Frank? Te persigue el Clan del Ojo. Harán todo lo posible por encontrarte y asegurarse de que tu castigo por escapar de su poder sea ejemplar. Y de mí se desharán fácilmente. ¡No puedes huir a Hogwarts porque te estarán esperando allí!

-¡Mi familia creerá que he muerto!

-Mejor así.- sentenció duramente.- Frank, si tu familia sabe dónde estás, irán a por ti…

-Si esto es por salvar tu culo, no haberme salvado en un primer lugar.- Antes de que Gwen le propinase otro bofetón, Frank atrapó su mano. - ¿Por qué lo has hecho?

La madre de Gwendoline Cross irrumpió en la habitación. Traía consigo dos capas con capucha de color oscuro y dos pequeñas bolsas de tela. Se acercó a Gwen y le dio un beso en la frente.

-Ya sabes dónde tienes que ir.- le susurró a Gwen.- Tened cuidado. - Los tres salieron de la habitación, era una pequeña casa de una sola planta y la salida a ella se encontraba a su derecha. La madre abrazó con demasiado ímpetu a su hija. Frank seguía sin entender la situación que estaba viviendo. - ¿Recuerdas cómo llegar, no? No puedes usar la magia. Ni tú ni él. Debéis pasar desapercibidos, por eso iréis a través del mundo mágico, porque los muggles os pueden registrar con sus cámaras de seguridad y el Ojo lo puede ver.

-Iremos por los bosques, mamá. No nos encontrarán, te lo prometo. Te mandaré un Patronus cuando llegue. Tranquila, sabíamos que podía pasar… Tú ya sabes que es lo que tienes que hacer. - Abrazó a su madre como si no la volviese a ver nunca más.- Pro anima.

-Pro anima.

Frank interpretó aquella despedida como algo extraña. Seguía sin entender nada. Se sintió como un sueño. Al salir de aquella casa se topó con algo que nunca le transmitía buenas sensaciones: el mundo mágico. Supo que lo era porque el oxígeno que empañaba aquel mundo respiraba magia. Incluso el color del cielo era mágico.

Miró hacia Gwen. Parecía igual de perdida que él. ¿Qué había pasado? ¿Hacia dónde iban? Dejó de andar a la par de la muchacha. Esta se giró hacia él. Irritada. Parecía furiosa por todo lo que estaba sucediendo. ¿Y por qué lo hacía?

-No me has contestado.

Ella suspiró. Sabía que se refería a la pregunta no respondida. Le miró, cansada.

-Es lo que debo hacer.

-No lo entiendo. Lo que debes hacer es entregarme al Ojo, ese debe de ser tu obligación, ¿no? ¿Por qué te pedirían que me salvases?

-Ya te he dicho que a mí también me están buscando por salvarte.

-Y, ¿por qué lo has hecho? Si sabías que te iban...- De pronto, se sintió culpable. Ella tenía razón, podría habérselo agradecido. Pero en ese momento solo veía a una asesina confundida. A la asesina de McGonagall. - Eres una asesina, Gwen. ¿Por qué no me has asesinado?

-No es lo que debo hacer.

-No lo entiendo.

-No tienes que hacerlo. Simplemente hazme caso.

-¿Qué te haga caso? No te creo, Gwen… ¡Me has estado engañando todo este tiempo! ¿Cómo no sé qué esto es un juego del Ojo?

-Sé que es difícil para ti y lo entiendo, pero soy la única opción para seguir vivo que tienes ahora mismo. ¿Lo entiendes?

-¡No! ¡Claro que no lo entiendo! Todo este tiempo trabajando para el Ojo, matando por ellos, haciendo a saber qué barbaridades que te han hecho ser una peligrosa perseguida por el Ministerio… ¿Para qué acabes con todo salvándome? ¿Al hijo de la persona a la que pretendes matar? ¿Arriesgando tu vida por mí? Lo siento, pero o me sigues engañando o tiene que haber una razón más importante para esto.- dijo señalando su capa y su bolsa y a ella.- ¡Tu misión era matarme! ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?

La joven apartó la mirada. Ya cansada de pelear.

-Pronto lo entenderás.- le sujetó el brazo y se acercó hacia él. El corazón de Frank se aceleró sin querer. Estaba demasiado cerca. Y tenía una mirada cansada, vulnerable. Era la Gwen que él había conocido. Sintió un deseo irrefrenable de besarla, pero no quiso ser tan mezquino.- Confía en mí, Frank. Por favor.

Frunció el ceño y se apartó de ella. Ese poder sobrenatural que ejercía sobre él era demasiado abrumador. No podía olvidar quién era ella.

-Te seguiré porque no me queda otra opción, pero jamás confiaré en ti.



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