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La Tercera Generación de Hogwarts » (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Jueves 21 de Enero de 2021, 20:22
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(III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)
  232. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (I)
  233. (VI) Capítulo 11: Lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos (II)
  234. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (III)
  235. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones

Todos los aurores estaban en alerta. Estaban buscando a todos los alumnos y los estaban encerrando en el Gran Comedor para que no hicieran nada. Decían que se trataba de un simulacro de emergencia, pero James sabía que habían pillado a los demás. Que se estaba quedando sin tiempo para ir a por su hermano y que ellos solos no podían hacerlo. Eran solo tres  y quizás ya estaban en peligro.

Miró a Fred de reojo y asintió.

Se encontraban en un pasillo que estaba siendo inspeccionado por un auror que James había aprendido a odiar gracias a Ted. Les trataba a todos como inferiores y les llamaba "sabandijas", como si viniese de otra época. A ellos, en cambio, no les diría nada. Hugo les había dado hecho una poción multijugos que los convertiría en McMillan y Teddy para justo ese instante. Debían salir del castillo y llegar al bosque. Ya habían conseguido los polvos flú necesarios.

Fred le había dicho que Sue estaba en enfermería, y que no sabía por qué pero aquello le olía a gato encerrado, pues Sue no había aparecido en toda la noche por su cuarto. James pensaba que su amigo podía estar celoso, pero conociendo a Sue, no había lugar a celos. Se habían prometido hablar de ello con ella cuando Albus estuviera sano y salvo. Además, así le dejaban algo de tiempo a la muchacha.

Por otro lado, Fred insistía en que Brooks debía ir con ellos, al fin y al cabo era muy inteligente y al ser tan solo dos y contando con la ausencia de Sue, quizás una mano más no fuera en vano. James sabía la razón exacta por la que Brooks no quería ir con ellos y estaba directamente relacionada con él siendo asesinado por un licántropo. No le había dicho nada a Fred, por lo que su insistencia era algo cansina. Creía que sólo él tenía la estrategia perfecta.

Peter Greenwood cubrió su huida mientras McMillan y Lupin salían del Gran Comedor a sus anchas.

Habían formado un grupo bastante efectivo. Cada uno era necesario por su distinta personalidad. Hugo dijo que James tenía espíritu de líder, Fred era la fuerza -obviamente evitando usar la palabra "matón" que todo el mundo le había atribuido-, él sería el cerebro, Peter Greenwood el salvavidas, Rose era el espíritu de iniciativa y la constancia, Sue era la madre que ayudaba y cuidaba a todos y Scorpius era la conciencia de todos. A Alice ni siquiera la habían contemplado aún. Y aún no sabían qué papel jugaría Albus.

Aún no sabían cuánto había cambiado Albus.

James se estremeció. Su hermano podía tener una mente muy retorcida y el contacto perpetuo con el Ojo podría haberle perturbado. Temía aquello, pues su hermano podía ser influenciable. Tenía que rescatarle.

Salieron a la linde del bosque. Según Greenwood, todos los aurores estaban dentro del castillo, habiendo ya registrado todos los alrededores del este. Así que tirar los polvos flú en el bosque era la opción más sensata en aquel caso.

James estaba nervioso por llegar allí. Se había preparado hechizos complejos con Hugo. Sin embargo, estaba hecho un manojo de nervios. Se trataba de un examen real. Si suspendía, moría. Y sobre todo, había posibilidades de aquello.

No pensaba mucho en aquello. En su muerte. Asesinado por un hombre lobo. Obviamente se remitía al hombre lobo del Ojo, que se encontraba presente en el ataque a King's Cross. Por eso aquella vez estaba especialmente nervioso. Miró a Fred para que le transmitiese tranquilidad, pero su rostro estaba crispado.

-¿Qué pasa, tío?- le cuestionó extrañado.

El joven aludido alzó las cejas hacia algo a las espaldas de James.

Un hombre. Una figura extremadamente familiar. Tenía el pelo gris largo y rozaba ambos costados de la cara, cuyos pómulos redondos transmitían una sensación de falsa calidez. Su mueca, en cambio, dejaba una sensación de amenaza inminente.

James sacó su varita y le apuntó. Frunció el ceño. Estaba seguro de que había visto antes a aquella persona. Solo que… Lo notaba diferente y por ello no sabía decir quién era.

-¿Qué pasa, Potter? ¿Ya no te acuerdas de mí?- su voz, similar a un gruñido, trajo vagos recuerdos a James. El hombre se aproximó demasiado al joven, y notó cómo Fred se tensaba a su lado. Como salido de la nada, un puño ahogó el cuello de James.- ¡Mi basilisco sí que se acuerda de ti desde el infierno!

James forcejeó e intentó zafarse del agarre. Sacudió sus piernas en busca de darle una patada a su enemigo.

-Montdark…- susurró con odio infinito, mientras arremetía un puño contra la mandíbula del hombre. Fred le ayudó tirándolo de un fuerte empujón al suelo, siendo arrastrado a su vez por el agarre del hombre.

El joven pelirrojo gimió cuando Montdark apretó sus uñas en su nuca, inmovilizándolo unos instantes mientras James se recomponía y le encaraba de nuevo. La sonrisa sádica de aquel hombre siempre le provocaría un escalofrío interno. James empuñó la varita con fiereza y la apuntó hacia él.

Montdark fue más rápido y lanzó un hechizo antes:

-¡CRUCIATUS!

-¡PROTEGO MAXIMA!

Una voz se alzó ante el lanzamiento que iba dirigido hacia James. Cornelia Brooks alzaba la varita con solidez y miraba fijamente a Montdark.

-¡Brooks!- gritó Fred, realmente feliz de verla. Montdark tiró al joven furiosamente y lo estampó contra un árbol haciéndole perder el conocimiento. El hombre se dirigió al pelirrojo con expensas de rematarlo.

James fue corriendo a su ayuda y de un empujón desplazó a Montdark fuera del alcance de su amigo, a quien le comenzó a brotar sangre de la sien. Buscó con el rabillo del ojo a Brooks, quien se encontraba a las espaldas de Montdark, preparada para lo que fuese que se le estuviese ocurriendo a James.

Hugo le había recomendado no hacer precisamente aquello.

Dio un salto y cogió a Montdark del brazo y empujó hasta chocar con Cornelia. Su mente trabajó más rápido de lo que jamás creyó, pero para él todo pasó en retroceso. Se enfocó en aquel lugar helado coronado por un Palacio, que quizás estaba más lejano de lo que su capacidad mágica podía ofrecerle. Al instante, una sensación de fuerte presión recorrió todo el cuerpo, como si estuviese siendo aplastado o forzado a pasar por un espacio muy estrecho hasta tal punto que le resultó muy complicado seguir respirando. Debía tener cuidado pues, no podía permitirse que ningún miembro de ninguno de sus dos acompañantes se quedase atrás.

Abrió los ojos y apareció en un jardín helado. Montdark se encontraba a unos pasos de él y Cornelia Brooks había aparecido postrada al lado de un arbusto de hielo en forma de ninfa. Los tres se miraron, entre confundidos y preparados para lo siguiente.

Una euforia y naúseas por haberse aparecido por primera vez le invadieron.

-Accio Varita- formuló James hacia la varita de Montdark. Esta cayó en sus manos rápidamente y se la tiró a Cornelia que era la que más a alejada de Montdark estaba. Volvió su mirada a Montdark, quien tenía su mirada puesta en Brooks. Parecía haber olvidado su instinto asesino por un momento.

-Petrificus Totalus.- conjuró Brooks hacia Montdark, acercándose rápidamente a James.- Vamos, tenemos que encontrar a tu hermano antes de que algo malo pase.

James sabía a qué se refería y asintió. Agudizó su oído y notó cómo dentro del castillo sonaban conjuros, gritos y rugidos. Los aurores habían llegado. La batalla ya había comenzado. Cornelia se aproximó a la puerta de entrada al Palacio, la cual tenía un agujero hecho por el que entrar, seguramente de alguien que hubiese aparecido antes que ellos en el jardín. Echó una mirada atrás y vio a James apuntando con su varita a la estatua de hielo de la ninfa.

-Piertotum Locomotor. - dijo James. Él mismo se sorprendió cuando la ninfa se retorció desde su postura daleada hasta estremecer todo su cuerpo y mirar sumisa, con una belleza impoluta, al joven. - Llévanos hasta Albus Potter. - le ordenó, con cierta autoridad y sabiendo exactamente lo que estaba haciendo.

La estatua viviente asintió con delicadeza y se dirigió con pasos graciosos y ligeros hacia la quebrada puerta principal. Al pasar por allí, les pidió que les siguieran, lo cual ambos hicieron, pero al tornarse su rostro en horror; se quedaron parados, escépticos.

-REDUCTO.

La bella ninfa se redujo a cientos y miles de pedazos de hielo que se disolvieron en el aire como la nieve. James, por instinto, se puso justo delante de Cornelia, al fin y al cabo, ella no había pedido venir allí. Una gran y robusta figura pasó el franco de la puerta. Les miraba con aires de suficiente, con aires de amenaza. Con los ojos inyectados de sangre.

Por primera vez en su vida, James saboreó la muerte, y sintió un terrible miedo hacia ella.

-¡James, corre!- vociferó Cornelia dando la vuelta y tirando de él hacia los rincones del jardín de hielo.

Mientras James corría a la vez que la muchacha, supo lo que iba a pasar. Vio los movimientos de Cornelia, sus hechizos y su rostro de preocupación a cámara lenta. Mientras huían de él. De Theodore. Del licántropo.

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El ritmo de su corazón iba tan rápido que hubo un momento en el que creyó que explotaría. No era capaz de mover ni un músculo de su cuerpo, ni siquiera de respirar. Toda ella estaba en tensión, templando al mismo tiempo que sus latidos, con los ojos llorosos y las muelas traseras apretando fuertemente la carne. Sus pesados sentimientos la ahogaban y el escozor que comenzó a sentir cuando el cuchillo se clavó en cuello a cámara lenta le dejó sin respiración.


Había dado por sentado que había tomado una mala decisión. De no ser por su estúpido egoísmo no estaría allí, postrada sobre una fría pared de hielo, mientras el que se llamaba así mismo su asesino amenazaba con descuartizarla de un tajo. Tras aterrizar en el jardín de aquel gélido lugar, comenzó una carrera a contra reloj para entrar en el Palacio antes que su persecutor. Se sintió segura tan solo los segundos que duró la puerta principal cerrada con un gran mecanismo que ella misma había puesto en marcha antes de que Frank McOrez franquease la puerta. El joven había hecho un agujero en la puerta gracias a un hechizo. Ella parecía estar esperándole muerta de miedo, como si tan solo hubiese ganado unos segundos más de su vida. Volvió a correr, aquella segunda vez sin rumbo, con el corazón en un puño replanteándose qué demonios hacía allí. No podía salvar a su hermano si estaba muerta.


No logró despistar a Frank ni una sola vez. La angustia no tardó en cegarla. Sus piernas cada vez estaban más cansadas y tenía que sacar fuerzas de no sabía dónde para lograr girar en los pasillos más cerrados.


El agarre del muchacho no tardó en jalarla hacia atrás por el pelo. Ella había gritado instintivamente, aunque sabía que allí no había nadie para salvarla. La metió en una habitación a la izquierda del estrecho pasillo que parecía ser la cocina. Había un murmullo de personas que se habían retirado hacia la pared más alejada de ellos. Temían a McOrez incluso cuando eran del mismo bando.


Lily los había visto de refilón. Tenían un atuendo parecido al de los criados de la campiña inglesa muggle. Los rostros se retorcían de temor. Alguno de ellos osó decirle a su Amo que podía retirarse a otros aposentos y que les dejase trabajar. Frank McOrez abrió un cajón, sin prestarle atención y sacó de él varios cuchillos de diferentes tamaños. Lily seguía agarrada por la nuca y paralizada ante lo que estaba a punto de acontecerse.


El cuchillo salió volando hacia el corazón de aquel hombre sin piedad y sin titubeo. La mujer que lanzó un chillido en respuesta fue la siguiente víctima. Frank dejó a Lily, quien no se movió ni un milímetro de lo aterrorizada que estaba. El joven, que portaba un cuchillo de considerable tamaño en su mano izquierda, rasgó en seguida el cuello de la mujer, dejándola tirada en el suelo que poco a poco se bañó de sangre negra.


La joven pelirroja observó el oscuro halo de placer que se asomaba en los ojos de McOrez. Miles de agujas se clavaron en su estómago cuando la mirada del joven se dirigió hacia ella. Nunca antes había tenido la certeza de que disfrutaba matando, asesinando y viendo como la gente era torturada. Se estremeció solo de pensar que él habría pensado en su propia tortura que estaba destinada a sufrir. Una lágrima surcó su rostro.


La cabeza de la mujer se desprendió del resto del cuerpo. Las venas eran hebras que seguían conectadas a lo que había sido su cuello. El resto de los presentes se quedó inmóvil, pretendiendo ser simple mobiliario en aquella habitación. Había una joven que parecía llorar por dentro, cuyo rostro le fue tan frágil y débil a Lily que otra lágrima surcó su mejilla.


La puerta de la cocina se abrió de pronto, dejando paso a una figura apuesta que buscó en seguida el culpable de aquella atrocidad a la que parecía estar acostumbrado. Tensó su ceño ante Frank McOrez, quien seguía mirando a Lily con aspecto de macabro asesino.


-¿Se puede saber qué haces?- le espetó el hombre.- Es la mejor cocinera que tenemos aquí, imbécil.- le insultó mientras se dirigía hacia la cabeza decapitada de la mujer. La cogió rápidamente, sin prestar atención al resto de personas que parecían temerle, aunque quizás menos que al muchacho.- Es la cocinera de su hermano… Se la llevaré a Longbottom.- dijo con una especie de sonrisa sádica y abandonó el lugar dejando una incomodidad en el rostro de Frank.


-Te dije que tu hermano estaría bien, Potter - comentó hacia la joven, arrastrando las palabras mientras se acercaba a ella. Lily se percató de que seguía teniendo empuñado el mismo cuchillo con el que había decapitado a aquella mujer.- ¿Recuerdas la profecía que te conté? -Esperó una respuesta en la muchacha pero ella estaba demasiado petrificada como para responder.- Dice que te mataré en una batalla sangrienta o algo así… -miró la sangre que se había manchado sus zapatos y que bañaba todo el suelo.- Puede que hoy sea ese día.


Sin previo aviso, la cogió de nuevo de la nuca y la llevó al pasillo, cuyas paredes estaban cubiertas de un hielo frío y duro contra el que fue estampada con fiereza. Sollozó, pero Frank parecía estar disfrutando demasiado de aquel momento, y, aun así, no se molestaría en dejar que sufriera. Giró la cara de la muchacha para poder ver su crispado rostro. Pareció gustarle porque rio con suficiencia. Aún seguía teniendo el afilado cuchillo que goteaba la sangre de su anterior víctima.


El ritmo de su corazón iba tan rápido que hubo un momento en el que creyó que explotaría. No era capaz de mover ni un músculo de su cuerpo, ni siquiera de respirar. Toda ella estaba en tensión, templando al mismo tiempo que sus latidos, con los ojos llorosos y las muelas traseras apretando fuertemente la carne. Sus pesados sentimientos la ahogaban y el escozor que comenzó a sentir cuando el cuchillo se clavó en cuello a cámara lenta le dejó sin respiración.


-Por favor…- musitó, llena de miedo. Ante su estupor, el cuchillo dejó de hacer una leve incisión en su piel. Quiso aprovechar la ocasión.- Quizás hoy no es el día. No hay ninguna batalla como tal y… No puedes arriesgarte a matarme como así justamente hoy.


Pidió a Merlín y a todos los astros cuyos nombres desconocía que la oyesen. No quería morir. Arruinaría a toda su familia, a sus amigos, y aquella guerra que aún no había dado comienzo del todo se aceleraría peligrosamente. No podía dejar que Frank McOrez la matase.


El joven aún seguía atento a la expresión de Lily. Temió que supiese leer sus pensamientos o que, aun peor, estuviese analizando su próximo corte en su piel. Sin embargo, notó que el placer por la sangre que había mostrado cuando asesinó a aquellos dos inocentes, había desparecido en cuanto la miró a ella. Seguía teniendo esa expresión sádica en su rostro, pero también algo de preocupación en lo más profundo de sus ojos. Lily no lo había notado antes porque, sencillamente, no le había podido mirar a los ojos.


Entonces, rio para sus adentros. Fue un breve temblor en sus pulmones que se transmitió hasta los brazos con los que amarraba a Lily. Esta no supo cómo interpretar aquello. Era la primera vez que veía reír a Frank McOrez.


-Lilith.- la llamó, sabía que se refería a ella. Sintió aumentar el escozor de la herida abierta en su cuello. Como si hubiese leído sus pensamientos, y le temía que así era, retiró el cuchillo de su alcance y la liberó del agarre.- No tengas miedo. - Susurró.- Sé que hoy no es el día, desgraciadamente. No quiero que nadie te haga daño hoy y era mi forma de hacerles saber a los demás que me perteneces.


-¿¡Qué?!- se le escapó a la joven, arrepintiéndose al segundo de cuestionar la palabra de aquella macabra mente.- No.- sentenció, sintiendo una seguridad falsa en su pecho.- No te pertenezco… Siempre dices que me vas a matar pero siempre acabas huyendo… Estoy empezando a pensar que no te sientes tan a gusto matándome.


La cara del joven cambió drásticamente. Su pecho se hinchó y las venas de su cuello se marcaron más aún. Volvió a estamparla con la pared y cogió su brazo con fuerza. Levanto sus mangas, a pesar de los movimientos que hacía Lily para intentar escapar de allí. Levantó el cuchillo y lo clavó en su antebrazo.


La muchacha gritó de dolor tan alto que sus propios oídos se taponaron. El cuchillo hizo dos círculos concéntricos en su piel, haciendo gotear la sangre roja por ambos lados de su delgado brazo, manchando su túnica y la del joven. No había placer aquella vez en el rostro del joven, sino rabia y una descontrolada ira. Cuando acabó su tortura, se lo enseñó con un oscuro orgullo a su víctima. Era unas rajas curvas que simulaban la forma almendrada de un ojo. El Ojo. Sin embargo, había una particularidad que fue lo que más le había dolido, en el iris del ojo se observaban claramente unas iniciales: FM. Frank McOrez.


Los ojos de Lily que se habían llenado de lágrimas en el proceso se cerraron. Se encontró mareada de pronto y perdió el conocimiento precipitándose contra el suelo. Ya no sentía el dolor de su brazo ni el escozor de su herida abierta en el cuello. No sintió nada.


Frank McOrez la levantó cuidadosamente y la sostuvo en sus brazos. Bajó con sumo cuidado la manga de su brazo izquierdo e hizo un encantamiento para sanar lentamente la herida de su cuello. Era una reacción muy común desmayarse tras haber visto la marca que se quedarían durante toda su vida en su brazo. Desmayarse. Su sistema neuronal no podía asimilar aquella información tan devastadora. Sobre todo, tratándose de una niña de doce años a la que jamás habían tocado un pelo. No solo dañaba a su físico, sino a su orgullo, a su familia y, sobre todo, hacía cierta la profecía que estaba destinada a cumplirse. Él sería el mago más poderoso del mundo gracias a ella, por eso se veía obligado a cuidarla y a hacerle ver que era irremediable.


Ya había sentido la presencia de varios aurores en el castillo antes. Y sabía perfectamente a quién se iba a encontrar a la vuelta de la esquina. La expresión del hombre al ver a su hija en manos de Frank, conmovió por un momento al muchacho. Sus padres jamás se sentirían aquello al verle a él. El amor que impregnaba Harry Potter hacia la menor de sus hijos era emotivo. Frank McOrez sujetó con más fuerza a Lily en sus brazos.


-Se ha mareado, señor Potter.- dijo tranquilamente McOrez, como si se hubiese encontrado al padre de aquella muchacha en los pasillos de Hogwarts.


Se encontraba él solo, probablemente se había dividido en busca de su hijo predilecto. Él asintió, incluso dando por alto el hecho de que el joven que sostenía a su hija tenía las manos llenas de sangre y la túnica impregnada de un olor a muerte insoportable. Harry Potter examinó superficialmente a Lily. ¿Cómo no habían avisado que otro alumno de Hogwarts también estaba allí?


-¿Puedes aparecerte?- preguntó con cierta voz ronca. McOrez asintió.- Llévala a enfermería. Sé quién eres y sé lo que has hecho, pero confío en que lleves a mi hija sana y salva a la enfermería.- le ordenó con cierta autoridad que impresionó al joven, a quién siempre le habían comentado la ineptitud de aquel hombre.


-Estará a salvo conmigo.


 


Tenían que salir de allí.


Y justo en ese momento, al cerrarse la puerta que habían acabado de pasar y al hacerlo también la que se encontraba al final de aquel oscuro pasillo, cuando se dio cuenta de que quizás se habían precipitado al tomar esa decisión. ¿Merecía la pena? Era su mejor amigo. Lo necesitaba a su lado en aquella dura etapa de su vida, y no solo él, sino un puñado de personas que hasta su pérdida no se habían percatado de lo importante que era para su rutina. Sin embargo, ya habían hecho todo lo que estaba en sus manos. El muchacho había escuchado la entrada triunfal de los aurores que ellos mismos habían llamado, y, siendo realistas, ellos eran muchos más competentes que cuatro críos. Su madre se moriría si se enterase, así que necesitaba salir de allí con vida para no sumirla en una depresión más grave que con la que ya vivía.


Tenían que dejar aquel lugar que les había encerrado en aquella hilera de puertas iguales.


Por Merlín, ni siquiera habían pensado en las consecuencias que aquella pequeña y peligrosa aventura podría tener para ellos mismos. No tenía miedo a decir que podían morir o encontrar a su mejor amigo, y no sabía cuál de las dos opciones le aterrorizaba más, pues no solo tenía la posibilidad de morir él, sino también Rose, Alice e incluso Fred Weasley y Potter si les había dado tiempo a llegar. Destrozarían a varias familias por el simple hecho de querer actuar por impulso, basados en una vaga conjetura del hermano mayor del rehén.


La adrenalina se apoderó de él. El labio que sangraba sin cesar le escocía a rabiar, a causa de un fallido enfrentamiento con un encapuchado que había decidido usar los puños en vez de las varitas, como si estuviese incapacitado. Él quizás se había roto el labio, pero había conseguido bloquear a su oponente que quedó inmovilizado en el suelo gracias a una llave de kárate que Weasley se sacó de la nada.


Rose  Weasley se encontraba a su lado, y pudo sentir como su cuerpo se tensaba a la par que el suyo mismo. Atrapados. Lo que les faltaba. No lo había escuchado de ella, pero sabía que Weasley no iba a irse sin haber visto a su primo. Y llevarle la contraria en una situación crítica como aquella no era lo más acertado.


-Prefiero abrir la puerta por la que hemos entrado porque sabemos que no hay nada en esos pasillos.- consideró Scorpius, mientras se daba la vuelta y alzaba su varita hacia la puerta. Debía usar una explosión, quizás el hechizo Reducto le ayudase más que el ensordecedor sonido de la Bombarda Máxima.


Rose Weasley asintió. Estaba nerviosa, y Scorpius podía notarlo porque no había abierto su boca en todo el trayecto desde que noquearon al último encapuchado. Más que nerviosa, estaba asustada. No era estúpida y probablemente ya se había planteado las escasas posibilidades de salir de allí con vida. En cambio, sus posibilidades contaban con el hecho de que Albus se iría con ellos. Ni siquiera pensaría en Alice. Cuando llegaron al Palacio, una llamarada de ira se encendió en los ojos azulados ojos de su amiga. Maldijo en voz alta varias veces y, cuando Scorpius preguntó que dónde estaba Alice, ella rugió acusándola de haber formulado un lugar exacto del castillo.


Ninguno de los dos se caracterizaba por ser ingenuo. Alice había estado allí antes, y, lo que era peor, sabía dónde estaba Albus. ¿Les había traicionado? No les dio tiempo a cuestionarlo en voz alta, pues varios encapuchados les rodearon y tuvieron que despejar su mente para pensar en hechizos potentes. Tras eso, cada uno se sumergió en sus pensamientos. Scorpius sabía que había un factor mayor que hubiese obligado a su amiga a ocultarles aquella información que hubiese facilitado el rescate de su amigo considerablemente. ¿Debían culparla? ¿Sin siquiera haberla dejado que diese una explicación sensata? Conocía a la perfección la radicalidad de Rose Weasley y sabía lo que era capaz de hacer.


-¡AYUDAAAA!


Ambos se miraron instantáneamente. El grito procedía justo de la planta superior a la que ellos se encontraban. Era Alice y parecía llorar. Scorpius debía darse prisa.


Bombard…!


-¡MALFOY!- Rose tiró de él hacia ella para que se diera la vuelta. Lo que sus ojos vieron parecía imposible.- ¿Qué demonios…?


Como si su techo se hubiese derretido, una espesa masa metálica de color gris comenzó a hacer una especie de estalactita gruesa que fue girándose sobre sí misma. Aquella vez fue Rose la que se giró para realizar el hechizo, mientras Scorpius seguía observando la figura humana que aquella masa metálica estaba formando. Apenas sintió la onda expansiva de la Bombarda Máxima. La masa se transformó por completo en una larga capa negra, y en el extremo de aquella extraña magia unos ojos azules se abrieron, sobresaltando a Scorpius.


-¿Me echabais de menos?


El chillido de Rose hizo que Scorpius despertase de aquella extraña magia que le había cautivado. Gwendoline Cross se alzaba ante ellos boca abajo, colgando del techo como si se tratase de una araña. No tardó en girarse sobre su misma y poner los pies en el suelo. Les miró con burla.


-¡Vamos, Malfoy!- bramó Rose desde el otro lado de la puerta que había destrozado. El joven le siguió algo desconcertado todavía.  La muchacha le cogió de la mano y tiró de él por el pasillo que hacía esquina.


Entonces las piernas del joven reaccionaron y comenzaron a correr en dirección contraria a la asesina de la directora McGonagall, a la agresora de una joven que tiraba de él para que no le llegaran las maldiciones imperdonables que iba lanzando. Fue en ese momento cuando cayó en la cuenta. Gwendoline Cross había querido asesinar a RoseWeasley justo la noche del asesinato de Roxanne Weasley. Y ahora les estaba persiguiendo… Iba a matar a Weasley.


Sectusempra!- conjuró hacia la sombra negra que les seguía.


Se escuchó un alarido desgarrador procedente de la sombra que había caído al suelo y se podía apreciar la sangre manchando el suelo. Weasley seguía tirando de él por inercia, y estuvo a punto de tropezarse. No quería usar hechizos. Nunca quiso usar maldiciones sobre nadie. Y menos aquella. Su padre le había contado de pequeño muchos retazos de su vida en Hogwarts, sin ocultar las más oscuras, en las que había aprendido ese hechizo en concreto de su mentor, Severus Snape. Significa retomar la oscuridad que le había negado su padre. Se sintió tan culpable por decepcionarle que se detuvo.


-¿Qué pasa, Malfoy?- le dijo Rose, algo exacerbada.- ¡Vamos, tenemos que ir a por Albus!- vociferó, sin soltarle del brazo, aquella vez apretándole con fuerza para que reaccionase.


-¿Has visto lo que he hecho?- musitó Scorpius en su carrera hacia no sabían dónde. Weasley miró brevemente hacia él, sin contestar. Se le encogió el estómago.


-Nos has salvado.- dijo ella simplemente.


Scorpius se detuvo nuevamente, esta vez agarrando él a Rose Weasley para que no marcharse.


-¿Dónde vas, Weasley? No sabes a dónde. Vámonos.


La mirada que le lanzó la joven fue como si le hubiese traicionado. Otro de sus amigos, pensaría. Scorpius bajó la mirada.


-No. Hay que ir a por Albus, para eso hemos venido aquí, ¿no lo entiendes? Hay que salvar a Albus.


-¡Weasley, no seas estúpida! Hay que salir… ¡Esto es una ratonera! Vamos, sé aparecerme, vayámonos a Hogwarts. Solo estamos dando vueltas y esperando a que nos ataquen… Este Palacio debe ser enorme, por Merlín,  tenemos que ponernos a salvo.- ella le obsequió una mirada irritada. Scorpius intuía que en el fondo sabía que él tenía razón, pero era más cabezona que razonable. Empuñaba su varita, notándose sus nudillos tensos.


-Creía que eras un Gryffindor…- murmuró Rose Wealsey, sabiendo que aquellas palabras le harían daño a Scorpius, tanto que el joven le dio la espalda y partió hacia otro pasillo sin ella. Sin mirar atrás. -¡Malfoy, espera!- El muchacho tenía los labios fruncidos y no quería saber nada en ese instante de su amiga. Apremió su paso. Encontraría a Albus y se marcharían de una maldita vez de aquel horrible lugar. No sabía a dónde iba, pero los pasos de Rose Weasley ya no se escuchaban.- ¡MALFOY!- vociferó la pelirroja. Al segundo, la oyó gemir.- ¡SCORP…ARRGH!


Tardó en reaccionar, la estaban hiriendo. Su breve rabieta despareció como había llegado, pues estaba algo sensible tras haber realizado el Sectumsempra y ser cuestionado acerca de sus valores que le hacía ser merecedor de la Casa Gryffindor. Jamás se había planteado lo que significaba para él estar en esa Casa, y lo que significaba para su padre, quien, aunque pareció reacio al principio, fue por lo que le congratuló antes de morir. Y debía ser el Gryffindor más sobresaliente por ello.


La escena que se acontecía dónde procedía los gemidos de Rose Weasley fue como una puñalada en su estómago. Había dejado a Weasley sola al acecho de Gwendoline Cross. Estaba de rodillas en el suelo y a su espalda se encontraba la joven mirando a su amiga con burla. El afilado y torcido cuchillo que empuñaba estaba clavándose en la mejilla repleta de pecas de Rose, haciendo brotar un hilo de sangre que surcó su rostro como las lágrimas que sobresalían de sus ojos azules. Miraba a Scorpius a modo de disculpa por lo que había dicho antes.


Gwendoline Cross miró hacia el joven.


Los actos reflejos de la joven brillaron por su ausencia cuando Scorpius corrió hacia ellas y empujó hacia un lado a Weasley, abriendo y profundizando más su herida en la mejilla; y se abalanzó con la portadora del arma blanca. Se tiró hacia el suelo encima de Gwendoline Cross para movilizarla.


-¡Coge su varita, Weasley!


La joven, que pareció no inmutarse por la herida en su rostro, se asombró por la velocidad de su amigo y corrió hacia el cuerpo de Cross, quien se removía para escapar del agarre de Scorpius. Este, al comprobar que Weasley se había hecho con la varita de Cross, observó cómo su amiga la partía por la mitad, ante la furiosa mirada de Cross, quien apuñaló a Scorpius en el hombro.


Rose se dio cuenta de que el cuerpo de Cross estaba lleno de heridas abiertas y que al retorcerse, su rostro se crispaba de dolor. Scorpius rugió de dolor y agarró con saña el cuchillo apartándolo de su agresora quien parecía estar esperando a ser asesinada, a causa de la mueca de ira y rabia que tenía en el rostro el joven. Levantó el cuchillo, con expensas de clavárselo en el cuerpo e infligirle más dolor.  La mano de Rose Weasley, ante el estupor de Gwendoline Cross, lo detuvo de cometer un error que le perseguiría demasiado tiempo.


-Vámonos.- pidió la joven, con voz de estar asustada, y Scorpius no sabía si por Cross o por él. Ayudó a incorporarse al joven y, antes de que la joven rubia se levantase, alzó la varita hacia ella.- Petrificus Totallus.- por la fuerza con la que lanzó el hechizo, duraría muy poco el efecto.


Tenía que poner a salvo a Rose Weasley, aquello era en lo único que podía pensar cuando se dirigió hacia ella y la cogió por sus dos antebrazos. Tenía que salvarla. No podía morir. No, tenía bastante con su padre. Tenía que salvarlos a todos. Protegerles. En su casa estarían a salvo. Tenía urgencia por ir a su casa y comprobar cómo estaba su madre y su hermana. Y quizás todo era mentira y su padre seguía en su sótano. Tenía que salvarle.


Como esperó en el fondo, aunque quizás fue más una decisión del corazón que de la cabeza, aterrizaron en la mullida alfombra que caracterizaba el suelo de su cuarto en el ala este de la Mansión Malfoy. Solo al chocar contra el suelo se dio cuenta del dolor que sentía en el brazo, en la sangre que había manchado todo el brazo y de la cara llena de sangre de Rose Weasley, quien se encontraba sobre él.


La joven se levantó lentamente, con el rostro lleno de dolor y soltó un breve sollozo. Miró a su alrededor, desorientada y pidiendo una explicación con su expresión a Scorpius. Antes de que este pudiese responder, la puerta de su cuarto se abrió, dejando paso a una varita que les apuntaba a ellos. Astoria Malfoy, cuya expresión era de auténtico terror, se asomó por la puerta. Al ver a su hijo en el suelo, bajo el cuerpo encogido de su amiga, se acercó a ellos con urgencia.


Sus dulces rasgos se tensaron al ver la herida abierta de Scorpius y el rostro ensangrentado de Rose Weasley. Acarició la mejilla de su hijo quien aún seguía quejándose de dolor en el suelo. No le pediría explicaciones, era su madre, cuando se recuperase él se lo contaría todo.


-Llamaré a Sanadores.- dijo con un hilo de voz.


Rose se dirigió hacia ella.


-¿Podría mandar un Patronus a mi padre y decirle que estoy bien?


Scorpius pudo notar cómo su madre la escudriñó con la mirada. Al principio, debido a su rostro demacrado, su madre no había acertado la identidad de su amiga y asintió levemente tras darse cuenta de que se trataba de la inquebrantable Rose Weasley, de la que su hijo le había hablado. Podía también ver en la expresión de Astoria que realmente "estar bien" no era lo acertado para describir a la Weasley en aquel instante.





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