Historia al azar: Te espero, mi príncipe azul.
Regístrate | Recupera tu contraseña
     
     
Menú




 
¿Quién ha añadido esta historia a sus Favoritos?
La Tercera Generación de Hogwarts » (III) Capítulo 20: Ad astra
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Miércoles 13 de Enero de 2021, 10:53
[ Más información ]

(III) Capítulo 20: Ad astra

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)

No había nada como un día tranquilo en Hogwarts. Mitad de marzo, un frío apacible y un sol acogedor. Daba gusto poder pasearse por los pasillos de un lugar que con tan solo echarle un vistazo se sabía que era histórico. Y no precisamente porque las piedras de sus muros, pálidas al sol, reflejasen milenios, sino, más bien, por el aire que se escapaba de los recovecos por los que entraba un escalofrío que recordaba que dentro de aquellos pasillos uno estaba a salvo. También era la magia que hacía vibrar el castillo lo que lo hacía peculiar. No se escapaba ni un centímetro que hubiese rozado lo extraordinario. Incluso su mullido colchón, en los dormitorios femeninos de la Casa Gryffindor, pudieron haber pertenecido a grandes brujas que hicieron historia mucho antes de que ella conociese la magia. Quién le iba a decir hacía cuatro años que la magia, eso que tanto su padre como ella siempre habían descartado como posible realidad debido a que la ciencia era superior, existía. Y, consecuentemente, muchas de las leyendas del mundo mágico que eran simples leyendas en su mundo muggle.

Le gustaba pasear por los pasillos. Sola. Aspirando la magia. Los que no habían nacido de muggles no sabían apreciarla como correspondía. Estaba segura de que si hubiese sido de algún mago, como una mayoría en su Casa, no sentiría tanta fascinación por ella ni tanto afán por aprender más -y no con el objetivo de ser poderosa, sino por el reto que suponía descubrir todos los misterios que se ocultaban tras las runas de hechizos ocultos. Para ella, todo ese mundo era un tesoro secreto.

No era justo que le hubiese tocado una etapa de guerra, ¿no? ¿O era siempre así? ¿Era el tener el don de la magia inherente a tener un conflicto mágico? ¿Era ese el precio a pagar? Tenía sentido: si cuando a los muggles se les da poder se vuelven corruptos, aquellos magos más poderosos podían tornarse en los más oscuros. No le disgustaba del todo, aunque sabía que aquellos peligros eran incesantes y que estaban mucho más cerca de lo que muchos pensaban. Además, no podía negar que le gustaba encontrar misterios que parecían no estar dispuestos a ser resueltos.

Percibió cómo una muchacha se acercaba a ella. Tenía sus frondosos labios fruncidos, su conocida mirada sagaz transmitía temor y su alborotado cabello intentaba contenerse en una desordenada cola de caballo. Conocía a esa chica, era su compañera de cuarto, la única con más de una neurona en funcionamiento, quizás.

-Brooks, necesito hablar contigo.- le ordenó. No era una necesidad, era una obligación. Estaba acostumbrada a que aquel particular grupo de amigos acudiesen a su ayuda, como si ella fuese sabia o algo por el estilo.

Cornelia Brooks asintió como si entendiese perfectamente la situación, que en el fondo lo hacía, porque nunca diferían mucho de las anteriores. No había nadie en el pasillo, así que se retiraron a la cornisa de una ventana, tal vez para no quedarse en mitad del pasillo o porque Susan Jordan necesitase apoyarse en la ventana para que así tuviese apoyo externo de alguna forma.

-¿Qué ocurre, Jordan?- lo preguntaba preocupada de verdad. La expresión de su compañera de cuarto era temerosa. No podría estar ocultando algo todo el tiempo y que fuese ella la primera en saberlo, ¿no? Tenía a sus amigos, a Potter y a Weasley, se lo hubiese dicho a ellos. En cambio, su expresión representaba justo lo contrario.

Jordan suspiró. Estaba nerviosa, eso pudo deducirlo porque evitaba mirar a Brooks a los ojos.

-Cuando… ¿Cuándo sabes que una visión, de esas que tienes, no es una visión y es real?- su pregunta acabó con sus dientes clavándose con fuerza a sus labios. Seguía sin hacer contacto visual.

-No funciona así.- respondió Brooks extrañada por la pregunta.- Es decir, cuando tienes una visión es una visión porque lo sabes. Es imposible que se confunda con la realidad… Está distorsionada y normalmente tan borrosa que no sabes ni lo que es.- Brooks tuvo que fruncir el ceño: su respuesta había asustado aún más a Susan Jordan.

Esta negó con la cabeza. Después asintió, volviendo a mirar a la nada.

-Era una visión, tenía que serlo.- se reafirmó en su idea.

-¿Qué era…? No tienes por qué responderme… Pero quizás así pueda ayudarte.

Por primera vez, Susan Jordan encontró los grandes ojos claros y penetrantes de Brooks. La joven morena negó con la cabeza de nuevo.  Se llevó las uñas a la boca y comenzó a morderlas.

-No. No. No quiero ponerte en peligro… Es una visión, estoy segura. Pero… Pero parece real y me da muchísimo miedo… Solo que yo no soy de tener visiones y tenía dudas de si era una visión o no…

Cornelia ladeó la cabeza. Ella, que sí estaba acostumbrada a las tediosas visiones que le acompañaban muchas noches en sus sueños -aún seguía sin saber por qué-, no creía que lo que Susan Jordan tuviese fuesen visiones. Como le había comentado, las visiones son fáciles de reconocer. Y si estaba tan asustada… Temía que a lo que Susan Jordan tenía miedo fuese real.

-¿Por qué no se lo dices a Potter o a Weasley?- le aconsejó con sinceridad, realmente preocupada.

Volvió a mirarla a los ojos, terriblemente asustada, y negó, otra vez, como volviéndose a reafirmar en su propia idea. Quizás para sentirse mejor consigo misma. O a saber por qué.

-Ni se te ocurra decirle nada de esto a nadie. -le pidió seriamente. Cornelia Brooks asintió sin dudar. -Quizás me esté volviendo loca o algo peor…-exhaló un suspiró. Se despegó del alfeizar de la ventana. Contempló  a Brooks con cierta vergüenza.- Gracias, Brooks.- Aunque, en realidad, Brooks no había hecho absolutamente nada. Y se marchó.

Tuvo que asimilar aquella extraña conversación. Susan Jordan estaba en peligro, lo presentía, se lo acababa de demostrar. Pero, ¿qué hacía? No tenía esa capacidad de tomar decisiones impulsivas que caracterizaba a su compañero de Casa James Potter. Tampoco es que la desease, pues la prudencia era un rasgo sabio en el que le gustaba encasillarse. Se encogió de hombros. Hallaría una forma de ayudar a Jordan. Dormía a su lado y podía llegar a conocerla mejor.

Sintió una punzada en la parte izquierda de la cabeza. Un pinchonazo que sacudió todo el cuerpo. Tuvo que agarrarse al alfeizar de la ventana en la que antes estaba Susan Jordan para no caerse de bruces al suelo. Y así era como empezaban las visiones. Dolían como una migraña. El pasillo se volvió borroso de pronto. Por suerte no había nadie que la viese como una loca. Conocía la opinión de los alumnos respecto a la Adivinación y las predicciones. Todo empezó a dar vueltas y el pasillo desapareció como si fuese un cuadro de acuarelas borroso.

Un grito rasgó el lugar en el que se encontraba en ese momento. Era blanco y cegador. Con algún árbol, pinos, alrededor. Era nieve. Estaba en un lugar nevado. Demasiado nevado. Como del Polo Norte.

Se miró las manos. Las tenía casi sangrando, agrietadas, frías. Su respiración estaba acelerada. Sus pies se movieron sin su permiso. Estaba corriendo. ¿O huyendo? No, se dirigía hacia algún lugar. Hacia los gritos. Eran de un hombre. De un joven.

Lo vio de lejos.

Una criatura abominable. Alta, robusta, con pelo. Muchísimo pelo. Era una bestia. Un lobo pero con el morro más corto y las pupilas más…Humanas. Inyectadas de sangre. Cornelia tuvo ganas de gritar. Más bien de llorar. Sollozó.

El hombre lobo tenía algo entre sus dientes. Como ropa. Una capa. Era una capa de un alumno de Hogwarts. Estaba segura. Quería acercarse, pero su cuerpo no le dejaba. Se sacudía en sollozos. Debía de conocer aquel alumno, ¿no?

Quería verlo.

El hombre lobo se removió, pisoteando algo en sus pies. Un cuerpo lleno de sangre. La mano de Cornelia le tapó su propia vista. Como si no quisiese ver a la víctima. ¿Al muerto? Ya no se oían gritos, tan solo sus sollozos. Y el hombre lobo se percató. La miró a ella y esbozó una sonrisa sádica.

Su cuerpo se tensó.

El hombro lobo se acercaba a ella. Dejó a su despedazada víctima en el suelo. Pudo ver su cabeza derramando sangre sobre la blanca nieve y tintando el lugar de violencia. Su cabello estaba desordenado y mugriento. Sus ojos estaban abiertos. Mirando a la nada. Muertos.

Respiró con dificultad. Seguía apoyada en el alfeizar. Sintió las lágrimas surcar su rostro. No podía dejar de sollozar. Había sido un fogonazo. Como todas las visiones. Tan rápida que no le daba tiempo a apreciar la mayoría de los detalles que serían necesarios para poder descifrar mejor aquello. Sin embargo, aquella vez había visto a aquel alumno claramente. Y no era la primera vez que veía su muerte.

-James.- susurró con voz temblorosa.

Tenía que encontrarle y avisarle. Como siempre hacía, para prevenirle a él, no a los demás. De nuevo era ese valiente e intrépido muchacho el que estaba en peligro. Y ella tenía que salvarlo. Ni siquiera se preguntó quién podría ser el hombre lobo. Conocía a varios después de todo: sabía que Ted Lupin era un hombre lobo, y Moonlight -lo había visto en el atentado del tren-, y, por supuesto, el hombre lobo del Clan del Ojo.

Aceleró su paso. Sabía que siempre traía malas noticias a James Potter, pero era lo único que le unía a él. Lo vio en un patio interno del castillo, sentado en el césped. Leyendo. Ni siquiera se preguntó si realmente estaba leyendo o estaba pensando en sus cosas. Se sentó a su lado. No había casi nadie a su alrededor. Convocaría un Muffliato pero quizás no era necesario.

James Potter la miró con curiosidad. Lógico, Cornelia jamás se había presentado ante él casi sollozando y con la respiración desbordada. Nunca después de una visión. Y, oh, sí, las visiones siempre eran así. Por eso sabía que Susan Jordan no había tenido una. Se lo diría. Le diría que estaba mareada. O que lo que sintió en la visión era lo que sintió al volver a la realidad. Y ella sentía miedo y ganas de llorar.

-¿Estás bien, Brooks?

Tuvo que dejar el libro al lado. Parecía preocupado por ella, de verdad, ¿qué pintas tendría en ese momento para despertar eso en Potter? Sentía su rostro conmovido por las emociones que le transmitieron la visión. Sus manos seguían temblando. Sí, quizás pensaría que le había pasado algo horrible -y no iba lejos de la realidad. Y también estaría preocupado porque normalmente ella siempre venía con malas noticias. Tenía sentido.

-Tranquilo, no es nada.- Sabía que Potter no la creería. No después de haberle dicho el año anterior que había visto su muerte. La estaba mirando con escepticismo justo en ese momento. No se había dado cuenta, pero se había acercado más a ella, se había posicionado en frente y tenía sus hombros cogidos por las manos. La contemplaba atentamente. Sus ojos avellana intentaban descubrir qué le pasaba.- Ha sido una visión.- James suspiró, más aliviado.- Eras tú, James. Otra vez.

Él asintió, mordiéndose el labio. Como si estuviese esperando aquella fatídica noticia.

-Vaya, no tenías que ponerte así porque me pase algo malo.- Cornelia Brooks enrojeció. Aquel comentario relajado pareció calmarla.- ¿Qué pasaba, Cornelia?

No se acostumbraba del todo a que él no la llamase por su apellido. De hecho, le era hasta incómodo, puesto que no tenían tanta confianza. Ella se aclaró la garganta, en busca de que su voz sonase segura como siempre.

-Te atacaba un hombre lobo en la nieve. Y bueno… Creo que morías.- Cornelia asintió ante sus propias palabras, mordiéndose el labio.- Lo siento, ojalá algún día te diga algo bueno.

-¿En la nieve dices?

James Potter tenía el ceño fruncido y la miraba con intriga. Parecía que no le había afectado el hecho de que muriese. Ni se había inmutado. Aquello le sorprendió y le intrigó. Tampoco quería insistir en el hecho de que iba a morir. Pero, ¿y si no lo había entendido? Moría. James Potter muere.

-Sí, como en el Polo Norte… Solo que con algunos pinos…Y… y nada más.- Definitivamente no iba a recalcar su muerte.- ¿Por?

El joven se llevó la mano a la barbilla. Pensativo. Pero no dejaba de mirarla, como si en ella estuviese aquello que estaba buscando para encender la bombilla de su mente.

-¿Viste un Palacio de Hielo?- preguntó. Recibió una negativa. Potter asintió.- Aun así creo que es allí. El año pasado, cuando descubrimos que Hagrid era un impostor… Fuimos a un sitio en el que vimos un Palacio de Hielo que estaba rodeado de nieve blanca por todos lados…

Cornelia comprendió entonces su teoría. James había sido rápido al deducir aquello, ella se había quedado atascada en el simple hecho de que moría, porque, quizás para ella fuese más importante -y era normal, ¿no?

-¿Crees que allí tienen a tu hermano?- era una pregunta que no necesitaba respuesta positiva porque era intrínseca.

-¿Y si voy, muero? Qué irónico. -bufó el joven. La miró con cierta curiosidad. Y entonces pudo ver cómo en el fondo tenía miedo. Como todos los alumnos de Hogwarts. Solo que él parecía no mostrarlo nunca. Tal vez Cornelia había descubierto una grieta en su coraza.

-Te ayudaré a traerlo de vuelta, James.- le prometió. De todos modos, ella estaba allí en el bosque con él. Porque el lobo la había visto. Y era ella. Eran sus manos. Si un elemento de la visión la veía, era porque ella estaba allí. Siempre había sido así. Y a lo mejor lo salvaba de ese modo. -No lo he visto en ninguna visión, quizás eso sea bueno. Además, ya sabes el lugar…

-Es más complicado de lo que piensas. Sé el lugar, sí, pero cogimos un traslador que dejó el impostor de Hagrid en el Bosque Prohibido. Y los aurores se los llevaron todos después…

-Podemos conseguir aparecernos- dijo Cornelia enigmáticamente. Brooks sabía que Scorpius Malfoy podía aparecerse. Y ella también lo sabía hacer. Con dos personas era suficiente. - Por eso no te preocupes. -Entonces, James le miró con preocupación. Sabía en qué pensaba. En su muerte. Era obvio. Pero Cornelia no permitiría aquello. Se le ocurriría algo. Le salvaría a él y a Jordan. -Tampoco te preocupes por mi visión sobre tu muerte.- le intentó tranquilizar. Y entonces tuvo la necesidad de soltarlo.- Tengo visiones constantes sobre mi muerte, y mira, sigo viva.

James se dio cuenta de que intentaba quitarle peso a aquel asunto, como la última vez. La observó, preocupándose aún más por ella. Al principio, le había asustado su estado, como si la hubiesen atacado, y reaccionó rápido para tranquilizarla, porque su corazón se había acelerado al ritmo del ella. Y, después, tras saber que se ponía en peligro así mismo si rescataba -o intentaba rescatar- a su hermano, fue ella la que intentó tranquilizarle. Pero su forma de calmarle era peor. Le puso más en tensión. Nunca dudaría del poder de las visiones o de lo que dijese Cornelia. Era poderosa, estaba seguro. Si predecía su muerte, ocurriría. Como ocurrió la de McGonagall porque estaba seguro de que ella lo sabía. Y que solo confirmó la veracidad de sus predicciones. Y ella también moría. Y sabía que lo haría. Y no le daba importancia. Necesitaba preocuparse por ella porque parecía no ver la magnitud de aquello que veía. Más que preocuparse, protegerla. Al fin y al cabo siempre había tenido aquella necesidad. No porque fuese débil, todo lo contrario, porque era demasiado fuerte.

-Vale.- dijo simplemente. ¿Y qué más podía decir?- Gracias, Cornelia.- Sí, quizás eso era lo adecuado. Observó cómo ella se levantaba. Como si estuviese de pronto incómoda con él. Lo mismo que hacía últimamente Fred con él. ¿Es que repelía a los demás? Entendía que Fred huyese de él. Pero Cornelia, bueno, quizás es que no estaba acostumbrada a pasar tanto tiempo con alguien un poco desconocido. Porque, sí, se conocían. Pero no podían llamarse amigos, ¿no? Eran más bien… Camaradas. ¿Esa palabra siquiera existía? -¿Dónde vas?

La pregunta sorprendió a Cornelia que se volteó. Forzó una sonrisa tímida.

-Voy a recoger a Ivi de la lechucería.- contestó. Se sonrojó.- A mi lechuza, quiero decir. Quizás tenga cartas.

-Te acompaño.- se ofreció James al levantarse. Ella asintió. Se encaminaron hacia la lechucería que quedaba a unos diez minutos andando desde allí. - ¿Sabes?- dijo, rompiendo un silencio fugaz que se estaba empezando a forjar. La miró, sin dejar de parecer preocupado por ella, pero quizás no podía evitarlo. Ambos estaban destinados a morir, al fin y al cabo.- Tus visiones me recuerdan un poco a las que tenía mi padre con Voldemort. -los ojos de Cornelia se abrieron como platos.- ¡No te asustes!- le pidió riéndose un poco.- Pero, ¿has pensado que tal vez alguien te esté mandando las visiones? Porque, no sé, llámame loco pero es muy raro que si nunca has tenido que te den así, de pronto… ¿Me entiendes?

-Ya, sé a qué te refieres… Pero he estado investigando...- James puso los ojos en blanco, gesto que no pasó desapercibido por Cornelia, quien frunció los labios.- Sé que es extraño, y solo puedo investigar… No puedo preguntarle a… Bueno a nadie, supongo. -Suspiró.- Puede que sea normal, después de ver tantas tazas y ver la bola de cristal, como efectos secundarios de un tratamiento.

-Yo no descartaría mi teoría.- recalcó James con cierto aire de suficiencia. -Aunque bueno, si lo dicen los libros… ¡Son intocables! ¡Incuestionables!

-¿Siempre eres así con tus amigos?- preguntó Cornelia Brooks con cierta burla.

James, de pronto, se sintió cohibido.

-Solo en confianza.

-Ah.- alcanzó a decir Cornelia, entendiendo perfectamente a qué se refería con aquello. Salieron del castillo y el frío azotó su rostro. James miró como sus grandes ojos se entornaban con el aire con gracia y se rio por lo bajo.- Dime, ¿cómo estás tan seguro de que es el Palacio de Hielo al que fuisteis hace un año?

El joven se encogió de hombros y se acomodó la bufanda. Marzo era helador, por mucho sol que fuese. Odiaba ese mes. Realmente esperaba que llegase ya abril, aunque fuese solo porque sus padres se acordarían de él y le felicitarían por su cumpleaños.

-Tengo un presentimiento.-dijo enigmáticamente.- Tú tienes visiones, yo intuiciones… Y dicen que normalmente son más propios de las mujeres.- chasqueó la lengua con desaprobación. Cornelia sonrió hacia él.- Y si no es allí, no se me ocurre otro maldito lugar.- añadió, esta vez con algo de desesperación tras sus palabras. Necesitaba a Albus aunque cuando estuviese con él no le hiciese caso. Joder, era su hermano. Era una de las pocas personas por las que merecía arriesgar su vida de verdad. Era su hermano pequeño y lo quería demasiado.

Alcanzaron poco después la torre de las lechuzas. Observó cómo Cornelia iba directa a una lechuza gris y pequeña. Puso una graciosa mirada de tristeza al comprobar que no tenía ninguna correspondencia. Le reprochó a James con la mirada que se riese de ella, de forma seria. Lo que hizo que diese un respingo.

-¿Tú no tienes lechuza?

James asintió. Y, sorprendentemente, allí se encontraba. Con una carta. Oh, por favor, cómo odiaba que los magos no se acostumbrasen al correo electrónico.

-Hedwig II. -la nombró mientras aquella lechuza de plumaje blanca y ojos ambarinos se acercaba a él. Ojalá no le mordiese aquella vez, era una maldita lechuza que era más un capricho de su  padre que un animal útil para las cartas. Era inútil, por mucho que su padre dijese lo contrario. Lo único que tenía era un inmenso y supuesto parecido a la lechuza de la infancia de su padre. Pero siempre metía la pata con los destinatarios. Si a las lechuzas se les midiese el coeficiente intelectual, a Hedwig II le darían una paga por discapacidad mental.- Es mía y de mis hermanos… Compartimos lechuza, por desgracia.

-¿Eso no es una falta de privacidad? Es decir, tus hermanos pueden leer tus cartas por equivocación, ¿no?

El joven se encogió de hombros.

-No solemos recibir algo realmente importante… Normalmente son cartas de mis padres y una carta para los tres. Patético, ya lo sé.- dijo poniendo los ojos en blanco y cogiendo una carta algo extraña de la pata de Hedwig II. Ojalá no se hubiese confundido. De nuevo.

-A mi padre le gusta mandarme carta con lechuzas… No es que le guste mucho la magia, pero sí que siente curiosidad por cómo funciona vuestro mundo.- dijo mientras acariciaba con ternura a su lechuza. Otra loca amante de los animales. ¿Era su imaginación o todas las chicas eran así?- Bueno, supongo que ahora también es mi mundo. -Cornelia echó un vistazo a la carta y alzó las cejas.- Te dejo leer tu carta, parece importante.

-¿Eing?

-Lleva un sello del Departamento de Seguridad Mágica…

-Oh, será de mi padre.

Cornelia frunció el ceño, no del todo convencida.

-¿Tu padre te escribe en cartas de color berenjena?

Bueno, para James ese morado era simplemente morado, pero ahora que lo decía vio que no encajaba mucho. De hecho, quizás por eso le resultaba extraña. Tenía el sello del Departamento de su padre pero por fuera. Como si fuese una carta que hubiese llegado a manos del Departamento después de ser mandada desde… Fuera. Desde el mundo muggle. Vio el remitente. Lola Morgan. ¿Qué?

-Quizás tengas razón.- le dijo a Cornelia. Esta asintió y se marchó. Dejando a solas a James con su carta.- ¿Qué cojones…?

Abrió rápidamente la carta. No era muy larga… Como si Lola se pusiese a escribir más de una carilla. Pero el hecho de que Lola escribiese a mano y le llegase a él. Se llevó la mano al pelo y lo desordenó, nervioso.

Con un bolígrafo azul, una letra redonda y menuda se dirigía a James.

"Hola James,

¡Sorpresa! Sé que te extraña que te mande una carta a mano… Pero no me dejas otra opción. No sé tu Facebook, ni tu número de móvil… Nada. Por suerte, sé tu nombre. ¡Lo único si me paro a pensar! Oye, no pienses así no he hecho nada ilegal. Solo he buscado en Correos tu nombre y me salía una dirección de un sitio de Londres en el que dudo que vivas… ¿Es tu padre agente secreto?

¿Y por qué tanta urgencia? Pues es que no sabía a quién contárselo (mi novio, el de los 20, más bien mi ex novio, o mi pandilla a la que llamarías drogatas, cuando en realidad son la mitad, les importa una mierda lo que me pase), y dado que tú eres una persona de mundo que quizás me entienda… Además del único ex novio en el que confío…Bueno, que mi tío abuelo se ha traído a una loca a casa. Se llama Imogen  Smith. Smith es muy…sospechoso, común… Y no sé. No sé qué hace en mi casa.

Y si te cuento esto es porque creo que estamos en peligro. Wow. Sueno paranoica total. Menos mal que esto no lo ve el doctor Morgan o me encerraría. Pero bueno, han pasado una serie de cosas en mi familia que… Creo que estamos en peligro. Y que la Imogen esta sabe algo. No ALGO, pero algo.

Además, la he visto hablar con un hombre muy guapo y apuesto en la entrada de mi casa más de una vez. Siempre que le pregunte me dice que no le pregunte. Que es peligroso. Sinceramente creía que era el camello… Aunque ya no estoy tan segura.

Además. Que se le va la pinza vaya. Que un día, seamos honestos, el alcohol es como un suero de la verdad; la emborraché… Y soltó unas cosas. Que no está curada, vaya. O que la han vuelto loca. Jajajajaja. Dice que la magia existe blablablá que ella está siendo perseguida blablablá que mi abuelo lo sabe blablablá…. Tú sabes, cosas de loca. Pero me dijo que la gente tenía el poder de desaparecer de la nada. Y, dado que puede que me haya pasado algo que no te pienso contar, creo que puede tenga en parte razón. A ver, quitando lo de la magia y eso… Creo que pertenece a una mafia. ¡Y estoy en peligro porque duerme en el mismo cuarto que yo! Y si mi tío abuelo, que es más raro que mezclar la leche con Coca Cola, la ha entrado a casa es por algo… ¡Y quiero echarla a patadas de mi casa! ¡O irme yo!

Si hasta este punto no te has enterado de nada, no te preocupes. Yo tampoco. Me explico como el culo. Te lo digo a ti porque si nos secuestran, tú tienes pruebas de que el doctor Morgan y la loca están implicados y que yo soy inocente. (Es que los policías ya me conocen y están esperando que me meta en un lío y me metan en un centro de menores, por eso te lo digo, porque a mis amigos les da igual… Pero yo no quiero ser como ellos en unos años).

Como probablemente esta carta no te llegue, sino que llegará a un James Potter del barrio del Sur de Londres inexistente…

Hombre de Correos, jódete.

Lola la Rebelde."

James exhaló aire suficiente como para quedarse sin oxígeno en los pulmones. Lo que le faltaba. Antes de pensar en lo que suponía aquella carta, se dio cuenta de que había otra carta, más cuidada y gruesa dentro del sobre.

Resopló.

"Estimado James Sirius Potter,

Debido a que esta carta contiene información que pone en riesgo la seguridad del mundo mágico, ha sido investigada por los Agentes del Departamento de Seguridad Mágica, y todos los sujetos mencionados en la carta pasarán a ser vigilados.

Por esta razón, la señorita Imogen Smith, ya buscada por el Departamento desde el pasado verano, pasará a ser amenaza para el Ministerio por lo que en unos minutos, agentes de seguridad se dirigirán en su búsqueda. El doctor Morgan y la señorita Lola Cavanaugh contarán con vigilancia permanente hasta nueva orden.

Le avisamos de esta medida dada la cercanía que presenta con la autora de la carta.

Atentamente,

Harry James Potter, o como mejor me conoces, tu padre."

Y cuando creía que algo podía salir mal, salía terriblemente peor. Que le diesen a la jodida ley de Murphy.

 

Sus pies tocaron suelo firme tras el leve salto al bajarse del autobús que la dejaba en la esquina de una calle cuyas casas de colores mate evocaban a otra época más romántica. Justo en ese rincón del cruce de pavimentos, se encontraba una tienda, quizás como todas las demás de la hilera de puestos que había, que le tentaba a comprar todo el escaparate. Collares con relojes tintineaban en su choque colgados de un delgado alambre doblado, como si fueran medallas de un campeón olímpico. O anillos con piedrecitas de colores incrustados en el antiguo bronce. Cajas con motivos de decoración sacados de los 60. Marcos para cuadros que sobresalían de las estanterías del escaparate. Tazas de té sacadas de un juego para niñas. Despertadores de ensueño. La mejor tienda vintage de Notting Hill.

Siempre se detenía unos minutos para contemplarlo. Después veía el alto precio y se daba la vuelta. "No te van a estar pagando siempre todos tus caprichos". Aquella frase hacía sangrar su corazón. Era una persona caprichosa, lo admitía. Pero también era racional. Y también sabía que ella no hacía nada en absoluto por pagarse el alquiler de su casa, por pagar la comida, el agua, la ropa que vestía, lo que su hijo necesitase…Simplemente se quedaba en casa cuidando de su bebé y limpiando… Pero, claro, para Ted, su chico, ya que no había otra etiqueta mejor para él que no fuese "el padre de Remus", aquello no era suficiente. Trabajar significaba traer dinero. No se podía creer que aquello hubiese llegado a aquel punto. Cómo si ella estuviese en condiciones de dejar a Remus solo, o con un auror inepto, e irse a trabajar, estando Ted todos los días fuera para ello. No podía decirle que no iba a dejar a su hijo desprotegido porque una desconocida que tenía relación con el Clan del Ojo le había dicho una profecía en la que su hijo estaba en peligro. Ted se enfurecería con ella. Y con razón, después de todo se estaba exponiendo tanto ella como su hijo al peligro. Y no sabía siquiera si aquella mujer era quien decía ser.

Giró a la izquierda en una callejuela. Si habían cogido Notting Hill era porque aquel piso había sido la residencia de su madre cuando era joven, y la casera les hacía algo de descuento por ser familia de aquella joven francesa encantadora. Con suerte, también diría eso de su hija. Aunque, por supuesto, nadie veía a Victoire como encantadora. Era más bien una belleza fría, distante, elitista. Estirada y arrogante. Tenía buen corazón, pero una coraza más grande. Y era algo egoísta. La encantadora siempre había sido Dominique hasta que se le cruzaron los cables hacía unos meses. Y Louis siempre había sido el solitario, le faltaba poco para ser gótico. De cara al público, sí que eran encantadores. Ella aún se preguntaba cómo podía aguantarla Ted con tanta ternura.

Desde hacía unos minutos, escuchaba unos pasos que la seguían. Su corazón se aceleró. Ya había sufrido un rapto hacía un año. Miró hacia atrás.

Era un muchacho.

Parecía distraído andando casi sin rumbo. Era alto y tenía rasgos familiares, pero quizás fuese de esas personas que siempre se parecen a alguien. La miró con curiosidad, después de todo se había parado en mitad de la cera y lo estaba examinando como si fuese un asesino o un violador. El joven pasó al lado de ella y siguió su camino.

Victoire Weasley lo observó irse. Tenía algo en su forma de andar extrañamente familiar. Pero se olvidó de ello. Estaba empezando a tener alucinaciones. Porque precisamente, en aquel momento, aquella alucinación le había hecho ver un reflejo casi exacto de Ted. El mismo tono castaño de pelo, los ojos algo rasgados y una nariz gruesa. Incluso la forma en la que la miró de reojo.

Desapareció al torcer una esquina.

Ella siguió su camino. Era la primera vez que había dejado a Remus solo. No técnicamente solo, ya que contaba con la protección de cualquier supuesto auror. Pero sí solo sin su protección. Estaba nerviosa. Tenía derecho a estarlo. Había ido al centro de aquella vibrante ciudad para buscar trabajo. Sí, Ted le había herido el orgullo y tenía que hacer ver que ella era tan eficiente como él. Al parecer, todos los trabajos necesitaban títulos acreditados por universidades muggles para trabajar. Y no podía permitirse ir a una universidad. Había pensado en hacer magia: crear un título falso. Pero eso sería denigrante, y en caso de que su familia se enterase, sería desheredada por falta de humildad.

Buscó sus llaves y abrió la puerta de su casa. Estaba empezando a tener un sentimiento muy distinto hacia su hogar. Quería echarle la culpa a Ted, por sus largas ausencias. Pero eso sería ser demasiado egoísta.

Se estaba comportando como una cría. Lo sabía. Pero le había caído un peso demasiado grande en sus hombros.

-¿Vic?

¿Ted? ¿No debería estar dando clase? ¿En Hogwarts? Su rostro se endureció y sintió miedo. ¿Le había pasado algo a Remus?

Corrió en su búsqueda y se halló con una escena que le enterneció enteramente. Remus jugaba con el pelo largo de su padre mientras este ponía caras absurdas y cambiaba la forma de su rostro. El niño, sin darse cuenta, cambiaba el poco pelo que tenía a colores alegres como el verde chillón o el amarillo claro. Sonaba una risa angelical que le hacía temblar su menudo pecho. Ted tenía su rostro ensanchado en una sonrisa que echaba de menos.

Dejó su gabardina sobre el respaldo de una silla de la cocina y se dirigió a ellos. Acarició la suave mejilla de su hijo y lo besó en la coronilla. Acto seguido miró a Ted, en busca de una expresión de amor infinito que siempre era bien recibida. Sin embargo, su expresión era seria y había dejado de hacer reír a Remus.

-¿Qué ocurre?- preguntó la joven con el ceño fruncido.

El joven no cambió su expresión. Cambió a su hijo al otro brazo, pues seguramente se le habría dormido. Miró a Vic con dureza.

-¿Quién es?- preguntó. Su voz se había vuelto de un tono de enfado que Victoire jamás había escuchado. Y, por un momento, se acobardó.

-¿De qué estás hablando?

Intentó coger a Remus de sus brazos, pero Ted se echó hacia atrás para impedírselo.

-¿Creías que nunca nos daríamos cuenta? - Victoire le mostró con la mirada que no sabía en absoluto a que se refería. - Resulta que los aurores que pone Moonnie son buenos después de todo.- le lanzó una mirada acusatoria. Victoire le exigió explicaciones. No soportaba que la tratase así. Como si hubiese hecho algo malo. Como si no supiese hacer nada bien.- Uno de ellos, y no te digo el nombre porque puedes ponerlo en peligro…- La joven puso los ojos en blanco.- Se dio cuenta de que en noviembre del año pasado, hace unos meses, realmente, perdió la memoria. Perdió los recuerdos de una tarde. Y creyó durante casi un mes que fue por efectos secundarios de algún hechizo que hizo. Sabía que durante toda la tarde había estado contigo, en el portal de casa, protegiéndote.- lo volvió a decir de forma acusatoria.- ¿Sabes cómo lo supo? Su novia lo llamó y estuvieron hablando durante una hora o así, según pone su teléfono y según le contó la novia, quien se extrañó muchísimo de que su novio no recordase nada en absoluto. Por supuesto que no nos dijo nada, ya que está terminantemente prohibido despistarse cuando se hace guardia. Así que, ¿qué hizo? Se olvidó de ello.

-¿Por qué me estás contando esto?

-Oh, por favor, déjame contarte la historia entera. Hay un momento en el que tú eres la protagonista, seguro que te encantará.- dijo con cierta burla haciendo bufar a Victoire.- Cuando secuestraron a Albus, mataron a Minerva y toda una serie de sucesos de la que, como no eres miembro del Ministerio, no te has podido enterar; el auror se dio cuenta de que quizás no había perdido la memoria, sino que se la habían borrado. Y hay muchas formas de recuperar la memoria. Y motivos para hacerlo. Sobre todo si pone en peligro la vida de aquellos a los que estás destinado a proteger. Bien, pues, no te diré cómo, pero este joven, dolorosamente, recuperó todos los recuerdos de aquella tarde. ¿Y adivina qué fue lo que no podía recordar?- Victoire encajó con fuerza su mandíbula.- Una tal Charlotte Breedlove.

-Es una amiga.

-Sí, eso fue lo primero que yo pensé también.

-Entonces, ¿a qué viene tanto revuelo?- volvió a intentar coger a Remus en sus brazos, pero, de nuevo, Ted lo quitó de su alcance.

-Eso pensé yo. Pero, entonces, ¿por qué le borrarías la memoria a un auror? ¿O por qué jamás me contarías nada sobre tu nueva amiga, anciana por cierto, que viene a verte de vez en cuando? ¿Quizás es porque tiene algo que ocultar? Supongo que sabes que su nombre es mentira, no te quiero ni preguntar. Charlotte Breedlove es el acrónimo de una autora de libros sobre Adivinación.

-Es una amiga que me ayuda con Remus, dada su experiencia, Ted.

-Eso me parece muy bien, ¿pero por qué ocultarlo?

-No lo sé.

-¿Por qué no la invitas a tomar el té conmigo, Victoire? ¿O es que es miembro del Clan del Ojo y lo sabes? ¿Te están amenazando, Vic? No lo creo.- se rio con sorna.- No me hubiese molestado tanto si no hubieses puesto en peligro la vida de Remus. Por muchas cosas que te haya contado esa mujer, es una extraña. ¿Qué sabes realmente de ella? ¿Qué puedes comprobar? Nada, Vic, porque incluso los mejores aurores no han encontrado nada. Deja de hacer estupideces.- sentenció.

Cogió una bolsa en la que se encontraba todo lo que Remus necesitaba, la bolsa que Victoire utilizaba cuando sacaba de paseo al bebé o lo llevaba a casa de su madre.

-¿Dónde vas?

Mientras ponía Remus en el cochecito para bebés, Ted soltó una risa sarcástica.

-Por si no te has dado cuenta, Remus tiene fiebre. Así que lo voy a llevar al médico.- acto seguido abrió la puerta principal. Y la cerró.

Dejó a Victoire sola. Completamente sola y vulnerable. Sintió impotencia. Y odió muchísimo en ese momento a Charlotte Breedlove. Y al auror. Ella sabía lo que estaba haciendo. Estaba salvando a su hijo. Y confiaba en Charlotte Breedlove. Más que en Ted. Sabía que esa mujer era poderosa y que todo lo que le contaba era tan confidencial que podría causar estragos tanto en la política como en la guerra que iba a acontecerse próximamente.

Quizás iba siendo el momento de buscar a Charlotte Breedlove. Y de que le contase lo que verdaderamente quería decirle, porque estaba segura de que detrás de toda aquella patraña de historias que parecían no estar relacionadas y no tener verdadera importancia, se escondía todo lo que el mundo entero estaba buscando y que se reducía a una simple persona.

Quizás sí que era hora de encontrar a Charlotte Breedlove. O a Carla Marín. O a quien fuese que venía a su casa a contarle historias de misterio y le ofrecía consejos, e incluso llegó a cocinarle.

Victoire Weasley se encontraba en la cocina. Miró de reojo el cuchillo que se encontraba en una lata donde dejaban reposar los cubiertos para que se secasen tras ser lavados a mano. Ese lo había lavado Charlotte. Y no había vuelto a ser usado.

Se asomó por la ventana para comprobar que Ted ya había desaparecido de la calle. Suspiró para sus adentros y se armó de valor. Cogió un papel de cocina y se dirigió hacia el cuchillo sin llegar a tocarlo directamente con su piel. Sacó una bolsa de plástico de un cajón y lo introdujo allí. Lo dejó encima de la encimera, mientras volvía a ponerse la gabardina, se acomodaba una bufanda de color teja, que hacía un bonito contraste con su pelo casi del mismo color, alrededor de su cuello y se ponía unas gafas de sol. Su pulso se aceleró de repente.

Aquella mañana había ido al King's College London. ¿Cómo había acabado yendo a una clínica especializada en pruebas de ADN? De pequeña solía pensar en que acabaría siendo Sanadora. Con el tiempo se dio cuenta de que no encajaba para nada en aquel mundo. Fue Charlotte Breedlove, en uno de sus encuentros, la que le recomendó trabajar en aquella clínica dónde aprendería cosas muy interesantes y donde no necesitaba un título universitario para ser becaria, pues conocía a una doctora importante allí que sin lugar a dudas la acogería. No fue del todo cierto, la doctora Brooks dijo que se pensaría su propuesta. Al parecer, no conocía a ninguna Charlotte Breedlove ni a ninguna Carla Marín.

Salió de su casa esperando a un taxi que había pedido segundos antes por teléfono.  Ya no había aurores vigilando su portal. Ted habría retirado la vigilancia sobre ella por puro enfado. Lo entendía. Esperaba que eso no afectase a Remus.

No tardó en llegar, era Notting Hill después de todo. Los turistas paseaban muchos por allí y les daba pereza volver a sus respectivos hoteles que se encontraban al otro lado de Hyde Park.

Recapacitó durante el trayecto lo que estaba a punto de hacer. No estaba traicionando a nadie, y, de hecho, estaba indirectamente protegiendo a su hijo y a Ted. Sabía que al joven le preocupaba la presencia de aquella extraña mujer en su casa, sobre todo cuando ella se lo había estado ocultando. Por su bien, seguramente. Se estaba asegurando de que estaba no estaba en arenas movedizas. Sí, probablemente no era buena idea acudir a la clínica que aquella mujer le había recomendado. Pero no conocía otra. Y estaba desesperada por la seguridad de sus familiares. Y por demostrar que ella podía hacer algo útil.

Se bajó rápidamente del taxi y miró  a ambos lados. Podría ser que temiese un tanto a Charlotte Breedlove, aquella mujer que no quería ser encontrada. Pero sabía que era una mujer inteligente y que estaría registrada en algún sitio o el mundo muggle la tacharía de criminal, terrorista o a saber qué. Y aunque no hiciese nada, el gobierno inglés tenía cámaras de seguridad instauradas en todos los rincones del país: Charlotte Breedlove no habría escapado de ellas. Y si lo hacía, era con magia, lo cual dudó que hiciese. De todas formas, si los que la perseguían eran magos, jamás se les ocurriría comprobar su ADN. Porque no lo tenían. Porque ella borraba sus huellas por donde pasaba. Menos donde se sentía segura. Quizás Victoire la estaba traicionando, pero Charlotte Breedlove no era del todo de fiar.

No se trataba de la sede principal de aquel centro médico, sino un despacho retirado de consulta. La recepcionista la volvió a saludar. Había sido ella la que le había dicho la decisión de la doctora Crawford. Ni siquiera sabía que se llamaba Victoire Weasley, se había limitado a ofrecer el nombre de su benefactora.

-Hola de nuevo.- saludó educadamente Victoire, mientras pegaba el bolso a su cuerpo sintiendo en su costado arder el cuchillo con las huellas de Charlotte Breedlove.- Quiero ver a la doctora Brooks.

La recepcionista, una mujer hindú algo estirada y un tanto borde, la observó durante un segundo, mientras ponía los ojos en blanco.

-Le dije que eso es imposible.

-Vengo como cliente.- añadió rápidamente. La miró con desafío.- Haga el favor de hacer su trabajo y déjeme pasar.- era una sala de consulta amplia, con paredes blancas y cuadros con motivos sobre la naturaleza. Tenía parqué. Y por cada movimiento que hacía sentía un crujir bajo sus pies. Sabía que aquella majestuosa puerta de madera de roble que se escondía tras el pasillo era el despacho de la doctora Crawford. Y que quizás su comportamiento y actitud no estaban siendo los adecuados. Pero debía demostrar que no era una casi adulta de veinte años con un capricho. - Es importante.

La recepcionista bufó. Se encogió de hombros y pulsó un botón en el teléfono sin ni siquiera descolgarlo. Le indicó con un gesto que pasase tras la puerta de roble.

Se dirigió hacia allí. Movió el pomo y entró. Ya no había marcha atrás.

-Buenos días, señorita.- saludó una mujer más joven de lo que esperaba desde su despacho. Tenía el pelo castaño y unos grandes que penetraban en los de Victoire con curiosidad.- ¿Usted es la que quería trabajar aquí como becaria, no? Déjeme que le diga que admiro su insistencia pero también necesito que me demuestre que vale para una clínica de prestigio como en la que pretende trabajar…

-Vengo aquí como cliente, doctora Brooks- cortó bruscamente Victoire.- Me gustaría que analizase las huellas dactilares de un cuchillo. Sé que vuestra empresa está más relacionada con los patrones de paternidad, pero estoy segura de que logrará extraer unas huellas de un cuchillo de cocina que solo ha utilizado el sujeto en cuestión. Y le pediría que fuese confidencial. Podría ser peligroso.- Sacó la bolsa con el cuchillo de su bolso y lo depositó en la mesa de la doctora. La mujer observó el objeto sin moverse. Clavó los ojos en Victoire sin descaro, como descifrándola. La joven mantenía una mirada inquebrantable.

-Tenemos un código de estricta privacidad, no tiene que preocuparse por eso.- le comentó la doctora relajando su expresión.- Deme sus datos para que pueda avisarle cuando estén listos los resultados.

-No.- dijo Victoire tajantemente.- Vendré aquí en unos días.

La doctora Brooks se rio levemente.

-¿Cómo pretende que la contrate si no sé ni su nombre?

- Lo sabrá cuando sea su becaria.- respondió Victoire desafiándola con la mirada. La doctora se dio la vuelta en su silla de ruedas y observó una estantería repleta de libros. Cogió uno y se lo tendió a la joven. La doble hélice: una reseña autobiográfica sobre el descubrimiento del ADN.  -¿Qué es esto?

En realidad, sabía lo que era. La doctora suspiró.

-Me cae bien, me recuerda a mí cuando era joven.- dijo para su sorpresa.- Y eso que solo han sido un par de minutos. Tiene tenacidad. Creo que podría haber potencial dentro de usted. -Victoire no mostró orgullo, sino escepticismo. Frunció el ceño y dejó que un silencio tenso entrase en el despacho. -Buscaré su expediente y comenzará a trabajar pronto.

Victoire sonrió de medio lado.

-No lo encontrará. -Se dio la vuelta y abrió la puerta.- ¿Cree que no sé qué conoce a Charlotte Breedlove?

-¿Por qué dice eso, señorita Weasley?- Un escalofrío recorrió su espina dorsal.

-Tiene su libro de Adivinación en la estantería. - Miró a la doctora Brooks de reojo.- Y usted no es maga.

-¿Es usted adivina, Victoire Weasley?

-No, soy observadora. Jamás hubiese trabajado aquí si hubiese estudiado en Hogwarts.

-Ese libro me lo regaló mi madre. Y no sé de qué me está hablando.

 Cruzaron una última mirada.

Victoire cerró la puerta. Se dirigió a la salida sin decir nada a la recepcionista. Cuando salió a la calle, corrió. Necesitaba descargar la adrenalina. Y tenía miedo.

Sabía con certeza que no tenía ni la más remota idea de dónde se estaba metiendo.

¿Quizás Teddy tenía razón y había sido una irresponsable haciéndole caso a Charlotte Breedlove?



« (III) Capítulo 19: Crueldad incansable Comenta este capítulo | Ir arriba (III) Capítulo 21: Per aspera »


Potterfics - Harrylatino
Potterfics es parte de la Red HarryLatino

contacto@potterfics.com

Todos los derechos reservados. Los personajes, nombres de HARRY POTTER, así como otras marcas de identificación relacionadas, son marcas registradas de Warner Bros. TM & © 2003. Derechos de publicación de Harry Potter © J.K.R.