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La Tercera Generación de Hogwarts » (III) Capítulo 15: Turbulencias.
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Miércoles 13 de Enero de 2021, 10:53
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(III) Capítulo 15: Turbulencias.

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)

Se sabía que era Navidad porque había un árbol extravagantemente adornado en un rincón del salón. Porque la comida que se servía era pavo, turrón y un enorme trifle. Porque estaba la familia que podía estar en casa. Porque llevaban jerséis y bufandas de invierno. Y la noche anterior nevó y todo el exterior de la Madriguera estaba cubierto por una gruesa capa blanca.

En cambio, el espíritu navideño brillaba por su ausencia.

Caras largas. Lágrimas que pretendían escaparse surcando las mejillas. Voces apagadas. O llantos que despertaban a los demás en mitad de la noche. La familia Weasley estaba destrozada. La peor Navidad de su historia. Y por varios motivos. Era la primera Navidad que pasarían sin Roxanne. No sabían nada de Albus. McGonagall también había desaparecido de la estampa. Y Hagrid.

Y no sólo eran pérdidas.

Victoire y Ted se mantenían despiertos por la noche para callar los desconsolados llantos del pequeño Remus, del cual su madre jamás se separaba. A Dominique le costaba dormir con los sollozos del pequeño y en numerosas ocasiones se paseaba a altas horas de la madrugada para despejarse de pensamientos que no le gustaban demasiado. Molly tenía las uñas demasiado mordidas y se pasaba horas y horas delante de libros para olvidar la realidad. Lucy parecía imitarla, aunque sus ojeras delataban que ella tenía algo más duro por lo que preocuparse: su pierna. Al salir disparada por los aires y caer de bruces en el escarbado terreno, Lucy se fracturó el fémur. Su escayola le hacía recordar día tras día, hora tras hora, el miedo que había sentido al ver a aquel hombre lobo con los ojos inyectados de sangre. Le dolía muchísimo. No podía dormir por las noches. No era independiente y siempre necesitaba a alguien cerca para poder moverse con más facilidad, ya que se sentía insegura andando con muletas. Louis intentaba ayudarla. Pero siempre recibía negativa y una mirada acusatoria. Este también tenía ojeras: su mejor amiga seguía sin hablarle y su novio estaba ingresado en San Mungo y aún no había dejado su estado de inconsciencia. Los Sanadores dijeron que aquel golpe en la nuca y su hemorragia pintaban muy mal. Que había dañado una parte de la médula. Que tendría estragos. Aseguraban que le afectaría. Louis se pasaba horas fuera de la Madriguera sujetando con fuerza la débil mano de Nott. Fred Weasley volvía a estar ausente. Solo lo veían en el almuerzo y en la cena. A veces venía con sangre en las manos y la cara hinchada, pero nadie preguntaba. Lo dejaban estar. No quería visitas de Jordan. Ni quería hablar con James. Era como si tras el atentado, como si después de dar una paliza a un encapuchado, él se hubiese vuelto muchísimo más violento de lo que recordaban. Tenía movimientos bruscos, tensos y miraba en la persona de forma tan intensa que hacía daño. James era el único que suponía que había vuelto a las peleas callejeras. Al principio, intentó detenerle. Recibió una amenaza verbal con la que se dio cuenta de que su amigo quería que le dejase en paz. Algo egoísta por su parte, puesto que el que verdaderamente estaba sufriendo era James. Aunque quizás tenían un sentimiento parecido. James había vuelto a ser el casi hermano de Ted. Sabía que Ted estaba envuelto en el rescate de su hermano. Y el mayor sabía la desesperación que frustraba al joven y que le hacía pelearse con su padre muy a menudo, así que le pasaba informes y le tranquilizaba. Hablaban más. E incluso James empezó a sentir cariño por Remus, a quién jamás pensó que cogería en brazos sin caerlo. Aquella vez, James no tenía un plan para salvar a su hermano. Tan solo tenía la fuerza, el coraje y la valentía necesaria para ir a por él sin importar los riesgos. Le mandaba cartas a Brooks pidiéndole que investigase sobre Ivonne para dar con su paradero, porque sabía que aquella joven ya lo estaría haciendo. Y porque sabía que le ayudaría. James estaba llevando a cabo su propia y lenta estrategia, ya que parecía que su padre era demasiado lento, que se dejaba llevar por la desesperación de un hombre que había sufrido demasiadas pérdidas a lo largo de su vida. Su semblante depresivo ponía de los nervios a su hijo mayor, quien en secreto le había robado algunos informes que, desgraciadamente, no decían nada. Rose Weasley se distraía entrenando a todas horas. No quería pensar en que su mejor amigo estaba a saber Merlín dónde. No quería recordar el estado en el que lo dejó. Que quizás ella podría haberlo evitado si no hubiese ido a por Lucy. Para no dejar solo a Scorpius, cuya Navidad sería más deprimente de lo que imaginaba, los Weasley lo acogían muchos días en la Madriguera. Rose estaría más cómoda con Greenwood, aunque sus abuelos prefirieron no acumular más heridos de los necesarios en su casa. Lo único que unía a Scorpius y a Rose era el deporte. Habían decidido no dejar de entrenar Quidditch, lo que, hasta el momento, se les iba bastante bien. Pese a las miradas inquisitivas de Ronald Weasley. Scorpius tenía su vida patas arriba. Su padre moribundo. Su madre embarazada. Su mejor amigo dado por muerto prácticamente. El joven no quería agravar aquella situación, así que se calló el hecho de que era imposible encontrar a Ivonne. Que Albus estaba perdido. El muchacho era demasiado pesimista como para creer que le salvarían, con esos rostros de derrotados. Los más pequeños eran los más callados. O ausentes. Hugo pedía estar siempre fuera. No quería saber nada de la tristeza de su familia porque no le favorecía. Había presenciado el ataque y le había impulsado a su deseo principal. Su destino. Protegerles. Unos días acudía a Breedlove, aprovechando estar fuera de Hogwarts. Otros, junto con Lorcan, se paseaban por la Biblioteca del Londres mágico en busca de información. Y, por último, Lily. Lily no hablaba. No tenía una expresión con al cual pudieran imaginar cómo estaba llevando la ausencia de su hermano. Leía los cuentos de Beedle el Bardo.

Lily Potter salió del hueco de la escalera, sorprendiendo a su tía Audrey que acababa de pasar por el pasillo. Su expresión seguía siendo neutra, lo cual asustó en parte a la mujer que llevaba una taza de té que luchaba por no caer en el suelo. No le saludó y se dirigió a la puerta que daba al frío y helador exterior. Su tía no se preocupó de que a la niña le pasase nada, pues tenían una barrera mágica poderosa protegiendo todo el terreno. Solo le bastaba con abrir la verja para que Arthur Weasley se preocupase por ella.

Los pasos de Lily anduvieron, pesados, a lo largo de la verja. Hasta que la Madriguera estaba demasiado lejos como para verla. Estaba nerviosa. Muy nerviosa. Algo ocurría con el artilugio que tenía en uno de los enormes bolsillos de su bata, y del que nunca se separaba. Dormía con la varita de Frank McOrez bajo su cabeza. Y algo extraño pasaba. No sabía que aquellos trozos de madera pudiesen tener tanto poder. Que estuviesen tan ligadas a sus dueños. Porque Lily había tenido dos breves visiones de lo que los ojos de Frank deberían estar viendo. Con la primera se llevó un susto muy grande. Y supo que el joven también. Se encontraba comiendo con sus primos en el almuerzo, y, de pronto, solo podía ver las páginas de un libro en dialecto del inglés antiguo que no comprendía. El libro se cayó al suelo. Lily gritó, y volvió a ver a todos sus primos pendientes de ella. Tuvo que inventarse que había creído ver algo tras la ventana, y, aunque nadie la creyó, ninguno le recriminó nada.

La segunda vez produjo un escalofrío en Lily que duró hasta ese instante. Era por la noche. Le costaba dormir, aun pensando en lo que había pasado. Por si no era suficiente con su plan secreto para rescatar a Albus. De pronto la oscuridad de su habitación fue sustituida por un cuarto de baño con mobiliario muy barroco. Veía sus propios pies. Y la vista se alzó al espejo. Frank McOrez observaba al espejo con una sonrisa macabra. Se saludó a sí mismo. Le estaba saludando a ella. Frank McOrez sabía que Lily podía verle.

El terror se adueñó de su cuerpo y gritó en mitad de la noche despertando a su hermano de un salto. Normalmente quien dormía en la antigua habitación de Ginny eran Albus y Lily, ya que James siempre dormía con Fred en el cuarto de los gemelos. Aquello había cambiado aquella Navidad. James quería dormir con su hermana, no solo para que no estuviese sola, sino para protegerla.

El aire helador le enfrió la cara cuando miró hacia el horizonte teñido de gris ceniza. Se acercaba tormenta. Lily Potter miraba al otro lado de la verja esperando a alguien. Viendo, a través de la hierba seca que había crecido y alcanzaba su altura, cualquier rastro de una figura alta y delgada.

-¿Me buscabas?

La muchacha dio un respingón. Frank había aparecido de la nada y la miraba con la misma sonrisa macabra que la que vio reflejada en el espejo. Vestía un traje que encajaba perfectamente con su esbelta y alargada figura. Lily se mordió el labio. Tenía miedo, no podía negarlo.

Sacó la varita del joven, que tenía metida dentro del pantalón. Se la enseñó, cambiando su expresión asustadiza a una con la que mostraba coraje y el plan que había diseñado desde hacía días.

-¿Buscabas esto?- el joven simplemente ladeó la cabeza con curiosidad.- Si quieres tu dichosa varita de vuelta, tienes que decirme dónde está mi hermano.

Se encontraba protegida por una barrera mágica, así que podía exigir sin temor a represalias.

Frank McOrez se encogió de hombros.

-Está en la casa de mi abuelo. Ahora, dame mi varita.

Lily le miró horrorizada. Acababa de decirle dónde estaba su hermano. Tenía una información lo suficientemente valiosa como para salvarle.

-Llévame.- le ordenó mientras interponía la varita entre ambos.

El joven pareció sorprenderse en una milésima de segundo.

-No tengo varita para llevarte.

-¿Y cómo has venido aquí, entonces?

-Aparición.

-Tienes que saber muy bien el destino para llegar a él. Así que has tenido que hacer magia con algo más, llévame, rescataré a mi hermano y te daré tu varita.- sentenció.

Frank se acercó a la barrera y la miró intensamente.

-Tengo que matarte, Lily Potter. Ya lo sabes. ¿Das por sentado que nunca antes he venido aquí para vigilar tus movimientos? No conoces demasiado bien a los depredadores, ¿verdad?- aquello dejó aterrorizada a la joven.- ¿Por qué crees que te he dejado la varita?

-¡Yo te la quité!

La risa del joven salió sola.

-¿Tan inepto crees que soy? Mi varita, y la de muchos de mis compañeros, están encantadas. ¿De verdad piensas que todas las varitas te dan visiones del dueño? Tú ves lo que yo hago. Yo veo dónde tú estás. Sabré cuándo estás desprotegida siempre que lleves mi varita.

Lily tiró la varita con miedo al suelo, como si quemase.

-¿La vas a dejar ahí? Imagina que tu familia la encuentran. ¿Qué dirán? Os interrogarán a todos. Y cuando sepan que has sido tú, sufrirás un verdadero infierno. Incluso te tacharán de traidora por hablar conmigo.

-¡Eso no es cierto!

-¿Y por qué la has estado ocultando hasta entonces? -Lily se calló y miró con temor hacia la varita.- Cógela. Guárdala. Hazme saber cuándo te puedo matar, Potter.

-¡Llévame con mi hermano!- gritó desesperada.- ¡Quiero que me devuelvas a Albus!- le vociferó mientras Frank seguía sonriendo.

-Me temo que si te llevo con ellos, te matarán. Y no quiero que ellos te maten.- Lily, confusa, sin comprender del todo lo que Frank McOrez quería decir con aquello, optó por coger la varita del suelo. Tenía razón. Se metería en demasiados problemas si lo descubrían.- Albus está bien.

La muchacha alzó la mirada sorprendida hacia el joven. Este seguía con la misma expresión macabra de antes. Sin embargo, había hecho algo que había acelerado el pulso de Lily. Su hermano estaba bien.

-¿Cómo lo sabes? ¡Dime! ¿Qué le están haciendo?

-No puedo especificar qué le están haciendo, simplemente no va a morir en un futuro cercano- Frank parecía estar cansado de aquellas explicaciones. - Encontrad a Ivonne. Y os lo devolverán… Es lo único que quieren. Cuando la encontréis, ya sabrán todo lo de tu hermano que querían saber…

Lily ignoró aquello. ¿Qué se creían que podían obtener de su hermano?

-¿Quién demonios es esa mujer?- Lily estaba imaginándose a su hermano encerrado, medio moribundo, sin estar alimentado, bajo la amenaza constante de una varita. Casi se le saltan las lágrimas. No iba a morir. -Y… Y… ¿Por qué me quieres matar?

Frank McOrez se rió fuertemente.

-¡Porque me ayudarás muerta! Y así el joven platino consumirá el alma de una niña de cabellos rojos como la sangre que ha sido derramada durante la batalla, quitándole el último suspiro para convertirse en el mago más poderoso de la historia…

-¡LILY!-alguien gritó su nombre desde cierta distancia. -¡LILY!- Frank desapareció y ella guardó la varita del joven sin pensar en las consecuencias.- Aquí estás. ¿Vienes a jugar al Quidditch? - Scorpius observó su semblante sombrío.- ¿Lily?

La joven le miró a los ojos.

-Sí.- dijo con firmeza y se adelantó a llegar al campo de Quidditch improvisado. No esperó a que Scorpius siguiese su ritmo.

El joven Malfoy tenía  una leve cojera y le costaba moverse con dificultad, debido a la patada que le propinó Montdark cuando intentó proteger a Albus. Scorpius sufría. Pero también callaba. El entrenamiento con Rose Weasley le hacía ganar algo de más movilidad, era como una buena rehabilitación, pero con una Sanadora demasiado tenaz. No solían dirigirse muchas palabras. Pero, para Scorpius, en aquel momento, lo único que le mantenía un poco más vivo era el Quidditch.

Estaba dolorido. Su padre, al que solo había visto tres veces, tenía la expresión de una persona que abraza la muerte. Sabía que iba a morir. En cambio, no acababa de asimilar aquella información. Era demasiado para un joven de apenas trece años. La muerte de un padre era la mayor pérdida que podía tener. No le gustaba verlo porque significaba aceptar que le visitaba para recordarlo en un futuro. Y no quería recordarlo como una persona débil y enfermiza, sino como un valiente que aceptó su procedencia pero que luchó por limpiar su pasado. Lo admiraba. Conocía las razones por las que el resto del mundo lo repudiaba. Pero Scorpius no podía dejar de admirarlo cada día que pasaba.

Por otro lado estaba su hermana. Daphne Theia Malfoy. Su padre ya la había bautizado. Había usado el nombre de la hermana mayor de su madre, de su amable tía Daphne. Y, como segundo nombre, había vuelto a apropiarse del nombre de una de los titanes de la mitología griega: Theia, la diosa de la vista que se casó con Hyperion. A su padre le apasionaban las leyendas.

-Buenos días, Scorpius.- le saludó el señor Potter, cuyas ojeras parecían rozar el suelo.- Mañana te acompaño a San Mungo. Esta tarde tengo que hacer algo del trabajo.

El joven asintió.

Harry Potter sabía que aquel muchacho de triste mirada se había dado cuenta de lo que ahora era su trabajo, era encontrar a su hijo. No dormía. Acosaba a Ed Whitehall con preguntas sobre diarios de su tío. Presionaba a Neville para que le revelase alguna profecía. E incluso se leyó miles de documentos de la mansión Malfoy con el fin de encontrar a la tal Ivonne. Porque daba por sentado que hasta que no la encontrase, no le darían a su hijo. Estuvo a punto de sacar a la luz el pasado incierto del Ministro de Francia, Laurent Offret, para obtener a su hijo a cambio. Pero supuso que, habiendo asesinado a sangre fría al anterior, no les importaría volver a sustituirlo. Ron y Ed Whitehall le ayudaba las veinticuatro horas del día.  Intuía que el resto había tomado el bando del Ministro McKing.

Aquella mañana se había levantado con una idea algo arriesgada pero ante la cual no tenía nada que perder. Tras cerrar la puerta de la Madriguera, y asegurar la barrera mágica, se trasladó hacia una residencia a la que tan solo había ido una vez.

El hombre jamás dejó de sentirse perseguido por las pérdidas de la Batalla de Hogwarts y de las anteriores. A la hora de formar una familia con Ginny, tenía dudas. Había sido criado en un mundo hostil, donde siempre tenía que ser protegido. Sin embargo, sus hijos no tendrían por qué temer nada. Para ello, sabiendo que aquello no solucionaría nada, visitó a su antigua profesora de Adivinación. Le aseguraría un futuro mejor. Y así lo hizo. Pero ahora se daba cuenta de que claramente aquella mujer mintió de manera descarada.

Su casa era tan parecida a su personalidad que sería un inútil si no la identificase en aquel retorcido edificio. Trewanely debió de saber que Harry aparecería aquella tarde, pues le esperaba de pie en la ventana. Harry la saludó cordialmente desde la distancia. Ella abrió la puerta y le dejó entrar.

-¿Qué quieres saber?- la mujer, temblando y pestañeando demasiado a través de sus enormes gafas, fue directa al grano.

-Las profecías.

-No le entiendo, señor Potter…Yo… ¿Qué profecías?

-Las profecías que le dio a McGonagall y a Longbotton, profesora Trewanely.

La mujer le miró con terror y volvió a pestañear. No le dejó que pasase al resto de su casa como la última vez hizo.

-No sé de qué me habla.

-¡Mi hijo ha sido secuestrado! ¿Cree que estoy de humor para estupideces?- gruñó Harry.

-¡Ya sabe que yo no tengo las profecías! ¿Para qué viene?

-¿Las leyó? ¿Habla alguna de mi hijo? ¿De Ivonne?

-Claro que las leí, me las legó mi abuela de pequeña y me torturaron todas las noches desde que las leí…

El rostro de Harry se crispó. Se forjó un silencio tenso entre ambos.

-Y, dígame, profesora Trewanely, ¿cómo pudo su tatarabuela legarle a usted las profecías?

-¡No lo sé!

Harry la miró sagazmente.

-No quería llegar a esto, profesora. - sacó la varita, y, ante los asustados ojos de Trewanely le apuntó.- ¡Veritatem revelare!- la mujer cerró la boca al instante.- ¿Cómo es que usted heredó todas esas profecías?- Trewanely siguió con la boca cerrada. Harry dejado llevar por la impotencia le agarró fuertemente del brazo.- ¡DÍGAMELO!

-¡Las heredé y punto!

-¿Cómo? ¡Cuénteme lo que sepa, profesora!

-¡No sé casi nada, señor Potter! ¡Se lo juro! - Comenzó a sollozar bajo la presión que ejercía el agarre de aquel hombre que le instaba a seguir hablando.-  Simplemente heredé las dos copias que dejó…

-¿Dos copias? Una se la dio a Minerva… ¿Y la otra? ¿Se la quedó para usted?

La mujer sollozó.

-No, se la llevaron…

-¿Qué? ¿Quién? -la agarró del brazo impulsivamente.

-No lo sé… No sé quién era.

-¿Le dejó entrar sin más?

-¡Dejo entrar aquí a todo el mundo, señor Potter!

-¿Cómo era? ¿Por qué le dejó llevarse el legado de su abuela? ¡¿Fue el Ojo?!

Trewanely comenzó a sollozar de nuevo.

-No… No… No lo sé. Era… Negra. Era grande. Negra. ¡Y sabía mucho! Le hice caso porque pensé que era amiga de Minerva… Pero Minerva no sabía quién era.

-¿Qué le dijo esa mujer?

- Que era una simple guardiana de la paz…

-¿Y para que quería esa guardiana de la paz esas profecías?

Trewanely negó atemorizada, mientras sus sollozos se mezclaban con murmureos.

-… Para proteger a Ivonne.

Harry quedó petrificado en aquel momento y solo alcanzó a decir:

-¿Por qué nos mintió?

-¡Porque aquella mujer dijo que me mataría si decía algo!- le gritó la profesora.- Y ahora estoy en peligro por usted. Esa mujer tenía cara de asesina… Seguro que era de algún miembro del Ojo…

-Ayúdeme a encontrarla. - Harry, desesperado, se agarraba a la única pista real que en ese instante tenía de Ivonne.- ¿Dijo su nombre?

-La señora Carla Marín. Carla Marín.

En los rincones de una calle de Budapest, la gente no se atrevía a quedarse sola. Sabían que había un mago sanguinario por aquellas calles. Que era buscado por todos los Ministerios del mundo, pero que jamás lo encontrarían. Los habitantes conocían su nombre y lo formulaban con sus labios sin llegar a alzar la voz. Todos le temían. Y no solo porque era poderoso, sino porque no usaba la magia para matar: lo hacía al estilo muggle. Y solo mataba a descendientes de ellos.

Tristán McOrez sonreía ante la víctima.

La garganta de la joven había sido cortada de tajo con el cuchillo ensangrentado que yacía en el suelo. Casi separaba su cabeza rubia del delgado cuerpo. El abdomen había sufrido varios cuchillazos, abriendo heridas de las que brotaban hemorragias imparables. La nariz había sido desprendida, la frente despellejada y los muslos descarnados hasta los pies. Su sangre había formado un charco enorme bajo el cuerpo de la muchacha, cuyo rostro era difícil de descifrar. No había gritado. Aceptó aquella muerte macabra en silencio, como quien no quería causar ninguna clase de molestia a su asesino. Había rezado. Era turca, por lo que no pudo decir a qué religión muggle pertenecía.

El hombre rodeó el cadáver. Sonrió satisfecho. Parecía una obra suya. Había sido copiada al detalle. Se sentía orgulloso de su pupilo.

-Esto ha sido un regalo de Navidad, sobrino.-su voz ronca sonó poderosa y retumbó por todo el callejón.

Una figura, que se había quedado algo regazada mientras limpiaba sus manos con un pañuelo tiñéndolo de rojo, alzó la mirada hacia Tristán McOrez. Sus ojos verdes se escudriñaron. Admiraba a su tío. Pero nunca se quedaría observando la descomposición de un cadáver. Tenía un olor que no soportaba.

-Me alegro de que te haya gustado.- respondió educadamente Frank McOrez. - Es hora de volver a casa, tío.

No tuvo respuesta.

Ambos se envolvieron en una nube gris y se trasladaron cientos de miles de kilómetros alejados de aquel rincón húngaro.

Aparecieron en un salón sombrío y helador. No había cuadros colgando de las paredes. Ni más muebles que un sofá, una silla, y una mesa rectangular de madera. Una lámpara de araña de cristal colgaba del techo. Lo que parecía haber sido un salón lujoso, era una triste habitación sin amueblar.

Frank McOrez salió por la puerta de la derecha con determinación. Tristán McOrez optó por sentarse en el sofá y mirar fijamente a la pared desnuda. Hasta que una figura apareció allí.

Graham McOrez. Su padre.

-Buenas noches, hijo. - el hombre aludido le respondió con un gesto informal.- Ya veo que te has tomado la libertad de educar a Frank Orión.

-Es un gran alumno, qué más puedo pedir… 

-¿Qué estás haciendo con el niño?- la pregunta pasó a un tono más frívolo.- Recuerda que es nuestra última estrategia para encontrar a Ivonne. Y si la encontramos, el Señor estará en deuda con nosotros.

-No va a morir, por desgracia, pues lo necesitamos. Pero está tan débil que apenas se sostiene en pie.

-Harry Potter hará todo lo posible por venir a por él. Lo sabes. Si viene, ya sabes qué hacer.

-Eso sería declarar la guerra sin su consentimiento, padre. Mandarían a sus asesinos a por mí.

-¿No eras el asesino más despiadado? Hazte valer.- Graham McOrez, cuya túnica parecía no rozar el suelo, sino que levitaba un tanto, suspiró.- Para esos idiotas, ya estamos en guerra.

-¿A qué ha venido, padre?

Graham McOrez pareció mucho más viejo de lo que realmente era.

-Llevo mucho tiempo persiguiendo a Ivonne Donovan y no veo el momento de atraparla por fin. ¡He matado a tantas que se hacían pasar por ella!

-No podrás matarla, padre.

-Soy consciente de ello.- gruñó.- Al menos maté a ese dichoso Donovan, a su padre. Guardo su cabeza en mi despacho con vida. No le dejaré morir hasta que vea que su preciosa niña haya muerto. También está allí, observándome, Andrew Whitehall. Todos porque no me quisieron decir dónde estaba Ivonne en su momento. No lo entienden. Si tenemos a Ivonne con nosotros, todos saldremos ganando. Todo irá dónde corresponde, maldita sea. Ni siquiera sabemos si está muerta ya, o si tiene descendencia. Se tiene que pronunciar. O morirán muchos por su causa.- dio un golpetazo en la silla de madera y miró a su hijo.- ¿Qué ocurre?

-Solo estaba pensando… ¿Cómo quedará en tu despacho la valiosa cabeza de Harry Potter?

James Sirius Potter estaba sentado en un banco algo alejado de la inmensa multitud de gente que se hacía fotos con las columnas coronadas por personajes ilustres de la historia, vigilados por leones, con los que se conocía Trafalgar Square. Tenía las manos metidas en los bolsillos de la chupa de cuero que le había regalado su padre por Navidad. Dijo que aquella chaqueta perteneció a una persona muy importante para él cuando era joven. Que Sirius Black la tenía guardada en un armario atestado de sus pertenencias en el número 12 de Grimmauld Place. Recordó cómo su padre le dijo que aquella prenda motera le serviría para cuando tuviese licencia para la moto adecuada. El joven estalló en una sonrisa que, por una milésima de segundo, se olvidó de todas las penurias por las que su familia pasaba.

Quizás por eso decidió quedar aquel día en el mundo muggle con la única persona que le hacía olvidar que la magia existía. Y no porque fuese demasiado especial. Sino porque era muggle y tenía que evitar a toda costa revelar el secreto mayor guardado del mundo.

-¡Por fin has llegado¡- dijo con algo de sarcasmo James, llamando la atención de un transeúnte.

La joven le fulminó con la mirada. Su pálida tez hacía un contraste muy grande con sus labios pintados de color berenjena y sus gruesas cejas que enmarcaban sus grandes ojos marrones. Tenía una nariz respingona y unos finos y largos labios que, en aquel momento, dibujaban una sonrisa. Su largo pelo negro azabache se confundía con una chupa de cuero que escondía un menudo cuerpo.

Señaló su chupa y señaló la de James.

-¿Ahora copias mi estilo?- gruñó mientras se acercaba y le daba un codazo amistoso.- En el internado para pijos al que vas hacéis esgrima, ¿o qué? Estás más fuerte. -comentó mientras se paseaba en frente de él examinándolo descaradamente.

El joven se encogió de hombros y se acercó a ella.

-¿En tu instituto no te enseñan a tener modales?- la muchacha alzó la ceja con indignación,  mientras James le dedicaba una mirada de desaprobación.

Ella sonrió, achinándosele los ojos.

-¡Ven aquí, estirado!- se lanzó al cuello del joven Potter, desestabilizándolo en un brusco abrazo en el que James apenas pudo sostenerla.

-¡Lola! ¡Me vas a tirar!- la aludida se rio y cesó de tambalearse.

Soltó el agarre y lo examinó de nuevo.

-¡Cuéntame!- dijo mientras se dejaba apoyar en el banco en el que James estaba sentado antes.- ¿Cuántas novias has coleccionado este año?- Se sentó en la parte superior del banco apoyando sus pies donde la mayoría de la gente se sentaba. El joven la imitó.- ¿Son todos estiradas como tú?

Lola recibió un codazo que la desestabilizó por un segundo.

-Puede… Puede que ellas sí sean estiradas. ¿Y tú qué? ¿Sigues con el cantante de Rock cuyo sueño se frustró por la falta de talento?- James volvió a recibir un puñetazo mientras se reía.

-¡Era un DJ!- le regañó con falsa molestia Lola.- Y no, al parecer quería estar con Miss Enseño Todo… ¡Pero da igual! Porque ahora estoy con un motero de 20 años.

-¡No puede ser!- dijo James incrédulo entre risas.- ¿Cómo un tío puede ser tan idiota e irse con una cría de 15 años…?

-¡Aparento por lo menos 17!

Y era verdad. Con los labios pintados, los ojos con sombras borrosas y su gran carácter, aparentaba ser más adulta que una niña.

-Ya sabemos que de aquí aparentas bien poco…- comentó James mientras señalaba su cabeza. Miró hacia el centro de la plaza, donde tenía sus ojos puestos su amiga.- ¿En serio estás con un viejo? Vaya, cortaste conmigo porque decías que tenía que madurar… No imaginaba que querías que me echara veinte años en lo alto, Lola.

-Oh, por favor, James… ¡Son solo seis años! Además, no corté contigo solo por eso…-El joven se rio, negando con la cabeza, como si su amiga y ex novia no tuviese remedio.- Yo no tengo la culpa de no poder estar en un internado en el que solo hay chicos guapos acordes a mi edad. Además, así cojo experiencia de expertos. - Dijo con algo de burla pícara.- Cambiemos de tema, no quiero hacer sentir incómodo a un pijo repelente…

-Gracias por su consideración.

-¿Cómo es que te ha dado por quedar con tu mejor amiga de toda la vida justo ahora? Con tu ex novia… No es que no quiera verte, pero nunca he vuelto a quedar con mis ex novios…

-Lola, somos amigos…

-Llevamos sin vernos casi dos años… -le interrumpió.- Si te soy sincera, me has preocupado bastante. Creía que en tu sitio para niños ricos no os acordabais del mundo exterior. -confesó mirando de reojo la expresión algo triste, porque Lola conocía a James, y sabía que algo le pasaba al que había sido su mejor amigo en el colegio desde que sus familias lo metieron en la guardería hasta que sacaron al muchacho para que siguiese la educación que habían seguido sus extravagantes padres.- ¿Me lo dirás o me vas a engañar inventándote una excusa para dejarme tranquila?

-Intentaré que la excusa me salga bien… A ver, ¿si te digo que estoy con el periodo suena creíble?

Lola soltó una breve risa y le dio un cariñoso codazo aquella vez.

-No me lo digas sino quieres. ¡PERO! Como no quiero verte de década en década para quedarme flipando con los músculos que me estás sacando… ¡Prométeme que quedaremos más a menudo! Bueno, siempre que no estés en tu internado norteño, claro.

James se rascó la barbilla pensativa.

-No sé si relacionarme con una persona cuya meta es estar con tíos diez años más grande que ella será una buena influencia para mí. ¡Teniendo en cuenta sus pintas de motera con botas con tachuelas! ¡Dios mío! ¡Quizás debería huir inmediatamente!

-Voy a darte una paliza como sigas así.- dejó entreoír su acento irlandés haciendo surgir una sonrisa nostálgica en el rostro de su amigo.

-¿Podrás? Antes has dicho que tengo muchos músculos…

-¡Oh, calla! ¡Creído de mierda!

-Estamos en horario infantil, Lola, modera tu lenguaje.- se indignó teatralmente y buscó la sonrisa cansada que esperaba en el rostro de su amiga.- Quizás no te lo creas, pero echaba de menos estos momentos.

Lola alzó las cejas.

-Algo muy grave te ha tenido que pasar como para que digas eso… ¿Tienes cáncer? Maldita sea, ¿fuiste tú el que me pegaste la mononucleosis? ¿O es SIDA? Puedo donar sangre si quieres. Aunque avísame si te queda poco tiempo, no quiero desperdiciar mi depósito.

-Oh, claro, vaya a ser que te desangres. ¿Qué haría el mundo sin Lola Morgan?

-Se me hace muy raro que digas mi apellido.

-¿Es que ahora la gente te conoce por Lola la Rebelde? ¿Debería haber traído protección?- Lola le miró con picardía y movió las cejas de forma divertida.- Serás ninfómana…

-¡Todavía no!

-Al menos no he dicho tu nombre real, Lucrecia Morgan -le dijo, entre risas.

-Quieres morir por lo que veo…

-Sigo preguntándome por qué decidiste llamarte Lola…

-Mi abuela me llamaba así, ¿vale?

Se hizo un silencio cómodo entre ambos.

-Vamos a algún sitio.- propuso James, levantándose de repente.

-¿A dónde? No soy un burgués como tú que me pueda permitir los altos precios de Harold's.

-No sé, te puedo acompañar a tu casa. ¿Sigues viviendo en…?

-No. Paseemos por aquí.- cortó bruscamente.

-¿Pasa algo? ¿Te has mudado, entonces?

-Algo así.- respondió, secamente.

-¿Le ha pasado algo a tu abuela, Lola?

Lola Morgan, como recordaba James, vivía en el londinense y exclusivo barrio de Belgravia, donde todas las casas de estilo victoriano formaban una típica estampa de la ciudad. Su abuela, hija de médicos, había heredado una gran fortuna de joven. Ella vivía con su abuela desde que, prácticamente nació, pues sus padres murieron cuando era aún un bebé.

-Algo así. Ahora vivo con mi tío abuelo. ¿Te acuerdas de él? - hizo un gesto con el que indicaba que estaba algo loco.

-¿El loquero?

-¡Ese! Doctor Morgan a su servicio. - ella rio y tiró del brazo de James para acercarlo a él.- Tengo una idea de a dónde ir. ¡Vamos a hacerle una visita a la reina! Venga, seguro que podemos molestar un poco a la guardia real…

-¡Otra ventaja de ser squib! No sufro ataques mágicos o atentados, o lo que sea. - el joven sonreía mientras se llevaba un trozo de pavo a la boca.

-Si lo piensas, los atentados muggles son peores, Frank.- le recordó su hermana Alice.- De hecho, en este atentado no ha muerto nadie…

-Han secuestrado a tu amigo Potter… Yo lo daría por muerto, según lo que me contáis.

La muchacha le fulminó con la mirada.

-Agradezco tu positividad.

-No es pesimismo, es realismo… ¿Para qué hacerse falsas esperanzas, Alice? Sabes que normalmente soy una persona muy optimista, de todos modos. No quiero que lo pases mal, ¿eh? - él seguía comiendo como si nada.

-¿Cómo es que de pronto te has vuelto tan insensible?- le gruñó, con cierta incredulidad tras sus palabras.

Frank Longbotton suspiró con algo de frustración. Probablemente era mejor no comprender qué estaba pasando en aquel complejo mundo mágico. Por lo que sabía, su padre, al que rara vez veía, se había convertido en el director de uno de los colegios más importantes del mundo mágico. Estaban en algo así como en guerra. Pero para el joven Frank, todo aquello parecía irreal. Debería culparse a sí mismo por no mostrar interés en aquellos vitales asuntos que afectaban de lleno a su familia, pero, lo cierto, es que no los comprendía. Se había criado en un mundo donde la magia era una simple superstición. Y, sí, sabía que existía. Él mismo podía hacer algún que otro desastroso hechizo. En cambio, al ser una realidad que no abrazaba constantemente, es más, la repudiaba… Quedaba tan lejana que alcanzarla resultaba muy difícil.

Quizás por eso no prestó atención al dolor que sentía su pequeña hermana Alice porque habían secuestrado a su mejor amigo. ¡Secuestrado! Sonaba tan de películas de sobremesa. No es que no se lo creyese, es que asimilarlo era complicado.

Conocía a su hermana. Sabía que era radical, cabezona y vulnerable. Que sus palabras la habían dañado. Que esperaba que su adorado hermano mayor la tranquilizase con palabras suaves. Pero no podía cuando quizás era cierto que había perdido a su pobre amigo para siempre. Quizás su insensibilidad procedía de aquello. No había asimilado que el mundo en el que vivía su familia estaba en guerra.

-Lo siento, Alice.- contestó sinceramente.- Es solo que… Se me hace raro.

-Lo entiendo.- dijo ella secamente.

-Oh, venga… ¡Ponte en mi lugar! Mi única preocupación ahora es aprobar todas las asignaturas, no perder ningún partido de fútbol y ver a toda mi familia junta en Navidad.- suspiró exasperado.- No sé cómo se siente haber sufrido un hechizo mágico o haber perdido a un amigo porque un malo malísimo se lo haya llevado a saber dónde.

-¡Frank! ¡Te entiendo de verdad!- Alice, frustrada le agarró a su hermano la mano desde el otro extremo de la mesa.- Eres afortunado por no saber qué es eso.

-Así nunca podré protegerte…- se lamentó Frank.- ¿Sabes qué siento yo cuando tú estás así? Impotencia.

-Puedo cuidar de mí misma, no te preocupes, Frankie…

-¡Frank!- gritó su madre desde la cocina.- ¡Espero que le estés contando a tu hermana que he visto a tu novia!

Alice frunció el entrecejo. Era su hermana pequeña. Debía de intuir que su hermano de 17 años ya tenía chicas a sus pies. Sobre todo teniendo un rostro atractivo, cuyos ojos azules llamaban siempre la atención. Un cuerpo, a pesar de una estatura no muy alta, estaba musculado y tenía una personalidad abierta y divertida. Si su hermana no pensaba que tuviese a alguna chica tras él, era demasiado tonta.

-No es mi novia, mamá…- añadió algo ruborizado.

-¡Es muy guapa!- Hannah Longbotton volvió a gritar para hacerse oír desde el ajetreo de la cocina.

Su hermana se removió nerviosa y escudriñó a su hermano.

-¿Cómo se llama?

-Gwen.- musitó con algo de vergüenza.

Jamás les presentaría a Gwen. La había conocido un sábado noche que escapó del internado para salir con sus amigos a tomar unas copas en el pueblo que quedaba a dos kilómetros del lugar. Como nunca antes había estado allí, se sorprendió al encontrarse con un sitio bastante grande, lleno de bares, restaurantes y sitios para salir. Incluso dudaron bastante a la hora de elegir. Había gente joven por allí. Era un pueblo a las afueras de Londres, así que muchos de sus habitantes residían allí pero trabajaban o estudiaban en la ciudad.  Recordó entrar en el bar y verla. Recordaba que llevaba un vestido ceñido y una cazadora vaquera. Tardó en llamar su atención. Era algo fría, distante. Pero había conseguido conocerla mejor y podía decir que se habían hecho muy amigos. Desde aquel día, se escapaba a menudo para dar una vuelta con ella o quedar con ella en su apartamento para lo que surgiese -aquello jamás se lo contaría a su pequeña e inocente hermana. Frank Longbotton jamás se había enamorado. Y estar con ella era la sensación más similar que tuvo. No se acurrucaban. No se abrazaban ni se daban la mano. Eran más amigos que otra cosa. Pero sí que le gustaba. Y mucho.

Pensaba ocultar su existencia hasta que su madre les vio despidiéndose con un breve abrazo en la puerta del internado cuando fue a recogerle. Tuvo que decirle que era una amiga. Aunque el instinto de una madre jamás falla.

Por lo que Frank pudo intuir, a su hermana no le había gustado demasiado el nombre. O no le había convencido la historia.

Alice Longbotton se había atragantado con un trozo de patata y luchaba por que no la ahogase.



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