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La Tercera Generación de Hogwarts » (III) Capítulo 14: En el andén.
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Miércoles 27 de Enero de 2021, 11:55
[ Más información ]

(III) Capítulo 14: En el andén.

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)
  232. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (I)
  233. (VI) Capítulo 11: Lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos (II)
  234. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (III)
  235. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones
  236. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (II)
  237. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (II)
  238. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (II)
  239. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (III)
  240. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (IV)
  241. (VI) Capítulo 13: Mediadores
  242. (VI) Capítulo 13: Mediadores
  243. (VI) Capítulo 13: Mediadores (III)
  244. (VI) Capítulo 13: Mediadores (IV)

El hombre lobo fue derribado por una figura algo menuda y con mirada sagaz.

-¡NO TOQUES A MI HERMANO!- bramó Zoe McOrez. Dicho esto, miró a las presas de aquella temible criatura.  Su hermano, Frank McOrez, tenía la camisa del uniforme abierta, mostrando tanto su torso herido como su sangre derramada. Parecía ponerse como figura protectora delante de la quebrada figura de Lily Potter, que lo sostenía desde su espalda y cuya mirada de terror no acababa de difuminarse.

El silencio se rompió gracias a que Frank decidió moverse y amenazar con el puño cerrado sobre la muñeca de la niña a la que había sido su salvadora.

-¡No necesito tu ayuda!- le gritó. Lanzó a una mirada a su hermana que observaba la escena un tanto divertida.- ¡Ni la tuya!

-No seas obstinado, hermanito, ambas te hemos salvado la vida…

-¡Lo único que quiero es matar a Lily Potter!- cerró su agarre sobre la muchacha, cuyos ojos se cerraron con fuerza. Sentía el peso de la varita de su agresor en su túnica cada vez mayor.

Zoe McOrez sonrió con malicia.

-Me temo que hoy no es el día. No se nos está permitido dañar a nadie, así que mantente al margen.- desapareció en una nube negra dejando a su hermano con la respiración entrecortada mientras endurecía su rostro ante Lily.

-Te he salvado la vida.- logró decir.

-¿Y qué? ¿Crees que me importa? ¿Crees realmente que me has salvado la vida? ¡No! ¡Lo único que has hecho ha sido dañar mi reputación!- acercó su rostro al de la niña. Respiraba fuertemente. Apretaba los dientes y su rabia parecía estallar en cuestión de segundos.- ¡Preferiría haber muerto a que me hubieses tocado con tus sucias manos! - Lily cerró los ojos porque no podía sostener su dura mirada.- Te mataré, Lily Potter. Está escrito.

-No te creo.- murmuró tras un breve sollozo, mientras bajaba la mirada.- Si tuvieses tantas ansias de matarme ya lo habrías hecho, ¿no?- por un momento, pudo hacer frente a la asesina mirada de su oponente.- Déjame ir, hoy no puedes hacerme daño.

Frank McOrez rugió.

Seguía con agarrando con fuerza el antebrazo de Lily. Miró la expresión de la muchacha que parecía haber perdido el miedo. Le tiró al suelo de un empujón. Lily se quejó al volver a sufrir otro duro golpe. La miró con desprecio y se dio la vuelta.

Ojalá pudiese haberla matado. La ahorcaría con sus propias manos. La ahogaría. Le haría sangrar mientras rasgaba su piel con un cuchillo. Y cuando suplicase que la matase. Cuando ya tuviese toda su piel en carne viva y las palabras le supiesen a sangre… Entonces la dejaría tirada en el suelo para que la muerte la torturase con su llegada.

No necesitaría magia. Con un solo hechizo podría acabar con su vida en cuestión de segundos. Y él quería verla sufrir. A ella y a todas sus víctimas. Él era el más cruel de todos. Y toda su familia lo sabía. Le temerían. Hasta el mago más poderoso le temería. Ver el miedo en los ojos de su presa era lo que le hacía dormir por las noches.

Palpó su bolsillo. Se encontró con la ausencia de su varita.

-¡Maldita sea!- blasfemó. Miró a su alrededor, nervioso, en busca de aquel trozo de roble. En su perímetro solo había caos. Estaba bastante cerca de uno de los vagones que había sufrido la colisión desde lejos y desde el cual se oían gritos de horror. Volvió a ojear la explanada en busca de un destello de aquel artilugio. Observó cómo Lily Potter, a cientos de metros,  huía corriendo de él. Se aupó para entrar por la ventana al vagón. Antes de entrar miró a Frank. Se mordió el labio y sonrió con algo de picardía, como quien sabe que es culpable y a su vez reconoce la victoria.- ¡ARRGH!

Frank McOrez se lanzó al interior del tren en dirección a los vagones en los que estaba Lily Potter para acabar con ella, sin importarle lo que dijesen sus superiores.

El interior del tren estaba destrozado. El Express de Hogwarts nunca volvería a ser el mismo. Los gritos desde dentro se oían muchísimo más fuertes. Con la primera persona que se topó fue con James Potter. Se dirigieron una mirada de infinito odio.

El joven Potter dejó ir a Frank McOrez y se apartó de su camino. En ese momento, había cosas más importantes como para tener una pelea. Cuando la parte trasera del tren chocó con el resto de vagones, el estruendo hizo volcar el compartimento en el que se encontraba con Fred y Susan. Los tres perdieron el conocimiento debido al golpe que recibieron. Cuando James se despertó, hacía unos segundos, se encontró solo y envuelto en una manta que cubría su cuerpo. No había rastro de sus amigos.

Los gritos del exterior del compartimento fueron lo que le instaron a salir de allí, a pesar del terrible mareo que sufría, con el fin de poder salvar a alguien de lo que fuese que estuviesen combatiendo.

Y entonces lo vio.

Un encapuchado estaba torturando a un alumno de Ravenclaw. Su rostro estaba ensombrecido, aunque se atisbaba una macabra sonrisa que disfrutaba viendo retorcerse a su víctima. Alaric Davies le miró con súplica.

James se abalanzó sobre el encapuchado con un grito que salió de su pecho. Le derribó y ambos cayeron en el suelo del compartimento. Alaric Davies, que temblaba y parecía no tener apenas control sobre sí mismo, logró coger su varita y apuntarla sobre su agresor. James luchaba con dureza por aprisionar las manos de su oponente que se movía bruscamente sobre el suelo, sacudiendo al joven que lo aprisionaba encima de él.

-¡Vamos! ¡Haz algo!- exigió James a Davies.

Petrificus Totalus!- logró decir el joven apuntado con temor al encapuchado que rugía con rabia.

En seguida, James se levantó y ayudó a Alaric Davies a incorporarse. La tortura había conseguido convertir el rostro del joven en una mueca de dolor. El muchacho se quejaba a cada paso que daban. Se dirigían al final del compartimento. Probablemente Davies no sabía por qué. James estaba buscando a su hermana pequeña. Y a sus amigos. A su familia. Y de donde procedían los gritos más sonoros era de allí.

El pasillo parecía infinito hasta la conexión con el siguiente vagón, una puerta que acababa de abrirse. Una figura delgada con una túnica de Gryffindor apareció de allí y cerró la puerta rápidamente. Pareció encantarla para que nadie la traspasase y alzó la mirada para toparse con James y Alaric Davies en el pasillo.

Cornelia Brooks alzó las cejas con horror. Corrió hacia ellos mientras les indicaba con gestos que se introdujesen en un compartimento. Alaric fue el primero en hacerle caso. James solo reaccionó cuando fue la muchacha la que obligó a entrar al joven allí.

-¿Qué pasa?- murmuró Davies.

La joven negó con la cabeza y se llevó un dedo a sus labios para indicar que mantuviesen silencio. Miró seriamente a James.

-No hagas nada.- susurró. Agarró al joven Potter y le señaló la parte de debajo del asiento.- Métete ahí.

-¿Qué?- ahogó un grito.

-Métete ahí, James.

El joven obedeció a regañadientes. Cuando se hubo metido allí, Davies y Brooks se sentaron en el asiento y con sus pies taparon por completo cualquier rastro de James.

-¡¡POTTER!!- un estruendo sonó en el pasillo como si hubiesen arrancado una parte del vagón. -¡¡POTTER!!- era una voz ronca. Y James creyó conocerla. Había oído antes a ese encapuchado. Era el que tenía una enorme cicatriz en el rostro. -¡¡POTTER!!- comprendió lo que habían hecho sus amigos. Le habían escondido para que aquel que le buscaba no le encontrase. Como estaba haciendo en ese instante Brooks.- ¡¡POTTER!!- esa llamada sonó demasiado cerca. De hecho, se había oído como había abierto el compartimento contiguo.- ¡¡POTTER!!

-¡¡SOCORRO!!- gritó Davies.

Aquel encapuchado, cuyo rostro se distinguía con facilidad, miró con desprecio a Alaric Davies que agarraba con fuerza  Cornelia Brooks. Ambos contuvieron la respiración como si su vida dependiese de ello. Se dejaron examinar por la penetrante mirada de Montdark. Este entrecerró los ojos al toparse con la valiente mirada de Brooks. Cerró el compartimento con dureza y Brooks y Davies pudieron seguir respirando con normalidad.

-¡¡POTTER!!- se escuchó al otro lado del compartimento contiguo. -¡¡POTTER!!- James oyó como la respiración de Davies se tranquilizó. Sin embargo, no se movían de allí.- ¡¡POTTER!!- ¿Y si encontraba a su hermano? ¿O a Lily?

El joven se removió de la parte de debajo del asiento y salió de su escondite, a pesar de que Brooks le pegó una pequeña patada para que siguiese allí.

-¿Qué ha pasado?- le exigió saber a Cornelia mirándola directamente a los ojos.

Ella se mordió el labio.

-Entraron varios buscando a un Potter, James. Jordan y Weasley se han estado paseando por todos los compartimentos en busca de tus hermanos, pero no los encontramos…

-¿Qué? ¿Cómo que no los encontráis?

-¡Les estoy ayudando a buscarlos! ¡Todo el mundo te está protegiendo!

James se llevó la mano a la cabeza con frustración.

-Voy a por mis hermanos.

-¡No! ¡Te pueden encontrar a ti!

-¡Prefiero que me encuentren a mí a que encuentren a Albus o a Lily!- gritó con desesperación.

Abrió el compartimento.

-Te acompaño.

-Yo…Yo me quedo aquí mejor.- aseguró Davies.

Ninguno de los Gryffindor le hizo caso. Cuando volvieron al pasillo, James dudó sobre qué dirección tomar.

-En la parte trasera no están. Lo hemos comprobado compartimento por compartimento.  Con suerte tendrán tu Capa de la Invisibilidad.

James torció el gesto. Desgraciadamente, un instrumento perfecto que había sido arrebatado de sus manos.  

-¿Y Susan y Fred? ¿Por qué no han venido aquí?- cuestionó realmente preocupado.

-Me ayudaron a escapar, eso de allí es una ratonera llena de hechizos letales, James…Están ayudando a todos a salir de allí.

-¿Hay alguien más que conozca?- preguntó, preocupado por todos los miembros de su familia.

-Hay varios Weasley, no sabría decirte sus nombres…Hay aurores también.

-¿Mi padre?

-No lo he visto.- dijo Brooks en un suspiro. Agarró el antebrazo de su compañero y le señaló la ventana. - Si vamos por allí llegaremos antes y no nos cruzaremos con ese hombre.

James asintió.

Saltaron por la ventana y se pararon tan solo un segundo para contemplar con horror aquel atentado contra el Expreso de Hogwarts. Los vagones se amontonaban unos con otros, aboyados, otros completamente destrozados sobre el sucio barro que había formado. Se observaban figuras de alumnos por el techo del tren. Eran perseguidos por encapuchados. Los gritos seguían saliendo de la parte trasera. De dónde había dicho Cornelia que era una ratonera. Tenía sentido. Eran dos vagones cuyas salidas estaban taponadas, o bien por el tren que chocó o bien por una salida en la que se encontraba un hombre lobo hambriento.

-Vamos- instó James empujando suavemente a Cornelia.

Uno de los alumnos que corría por el tejado huyendo de un encapuchado era Louis Weasley. Agarraba con fuerza la mano de Lyslander Scarmander. Hugo les seguía a duras penas, aun sin estar acostumbrado a correr tan deprisa para salvar su vida. El encapuchado que les seguía lanzaba hechizos para desestabilizarlos. Habían sido los primeros en salir del tren. Hugo había encontrado a su primo que estaba curando a Chris Nott, quien había sufrido un duro golpe en la nuca y que yacía inconsciente en alguno de los vagones perdidos del tren. Lys y Hugo le aconsejaron buscar ayuda de los mayores en los primeros vagones. Decidieron ir por la parte superior para ir más rápidos, hasta que se toparon con un encapuchado que parecía querer ensañarse con ellos.

-¡Vamos, Hugo! ¡Corre por lo que más quieras!- gritó Louis mientras echaba un vistazo atrás y veía a su primo demasiado agotado como para seguir corriendo. El encapuchado estaba a tan solo unos veinte metros de ellos. Demasiado cerca de Hugo. Louis se detuvo. Cogió su varita y lanzó un hechizo contra el encapuchado.- ¡Expelliermus!- salió disparado hacia atrás y Hugo aprovechó ese tiempo para alcanzarles.

Una figura apareció de pronto entre ambos.

Un joven esbelto con el pelo azul turquesa y con una radiante sonrisa.

-¡Ted!- gritó con alegría Hugo.

-No puedo dejar que mi hijo se quede sin familia.- se excusó con media sonrisa.

Rose Weasley, que acababa de salir al techo del tren, vio cómo su hermano y sus primos desaparecían. Maldijo para sus adentros y se incorporó en el techo, en busca de alguien conocido que le pudiese ayudar. Porque Albus Potter se encontraba en un estado algo crítico.

En la colisión, su vagón que era de los primeros, se había volcado por la inercia y había sufrido una de las peores sacudidas. El cristal de su compartimento había estallado, produciendo numerosos cortes en el rostro de Alice y de Albus, que eran los que se encontraban al lado de la ventana. Al tener la puerta del compartimento abierta, Peter Greenwood había salido despedido por el pasillo y del golpe que recibió al empotrarse contra la pared, se dislocó un hombro. Scorpius Malfoy había luchado por no recibir golpes mientras su compartimento daba vueltas. En la última sacudida, la producida por la colisión de la otra parte del tren, Albus salió disparado por la ventana y fue arrastrado por la tierra sufriendo numerosas heridas y rasgando la mayor parte de su cuerpo. Cuando aquel caos pareció terminar, Alice fue la primera en socorrer a Albus que yacía inconsciente a cien metros de los vagones. Con ayuda de Rose lo trajeron a duras penas al compartimento que estaba boca abajo. Mientras Scorpius intentaba calmar el dolor de Peter, Alice y Rose intentaba sanar las heridas de Albus.

Transcurrieron varios largos minutos hasta que Lily Potter apareció por la ventana y ayudó a sanar a su hermano mientras se le escapaban las lágrimas. Albus no respondía. Albus parecía estar más allá de la inconsciencia.

Fue Scorpius el que tuvo la idea de que Rose se subiese en la parte de arriba del vagón para buscar ayuda. Pero, como comprobó, la ayuda llegaba a cuenta gotas.

Decidió volver a bajar hasta donde se encontraban sus amigos. Justo antes de volver a bajar, vio salir disparada por los aires a una figura pelirroja desde los últimos vagones del tren. Su prima Lucy. No dudó en ir corriendo a socorrerla, pues había caído desde una alta altura lejos del tren.

Bajo sus pies, mientras tanto, Lily Potter intentaba hacer reaccionar a su hermano mientras Alice utilizaba la poca magia que sabía para sanar alguna de sus peores hemorragias.

Scorpius blanqueaba encorvado la puerta. Y Peter se quejaba de un dolor punzante.

-¿Qué haces aquí?- espetó a una figura.

-¿Y Potter?- Frank McOrez había encontrado por fin a Lily Potter. La encontró postrada sobre su hermano con cara de desesperación. Fue Frank McOrez el primero en oír la rotunda voz de Montdark que buscaba a un Potter en el pasillo.

No podía dejar que acabasen otros con su tarea.

Se había percatado de que Scorpius también oyó aquella voz. Para su sorpresa, entró a Frank dentro del compartimento y le apuntó con la varita.

-No te muevas.

El aludido sonrió. Agarró, pillando a todos desprevenidos, el pelo de Lily Potter con saña y, tras haber salido él a duras penas del compartimento, arrastró con fuerza a la pequeña, quien no había notado la presencia de aquel joven debido a que estaba demasiado preocupada por el estado de su hermano.  La dejó caer en el suelo, justo al lado del vagón de sus amigos y le tapó la boca.

La miró fijamente.

-Dame mi varita.

La joven, que tenía un nudo en la garganta desde hacía un tiempo, comenzó a sollozar. Frank McOrez sintió la frágil niña que sostenía entre sus brazos que se derrumbaba mientras él luchaba porque Montdark no la descubriese.

-¡¡POTTER!!- se oyó. Lily aumentó sus sollozos.- ¡¡POTTER!!

-¡NOO!- aquel grito era de Scorpius. Su alarido se alargó durante unos segundos más.

-¡SUELTALO!- aquella era Alice, gemía como si estuviese siendo ahorcada.

Lily Potter se acercó, sin pensar, su rostro descompuesto y lloroso al torso de McOrez. Este solo pensaba en que Montdark despareciese y no viese a Lily, porque sabría que también se la llevaría. Y Lily era asunto suyo como siempre dejaba claro. Si su hermana había matado a una Weasley, él mataría a un Potter, al Potter que mayor dolor causaría en el mundo mágico.

-¡¡NOOOOO!!- Scorpius rugió y comenzó a maldecir y sonaron cosas golpeadas desde fuera.

Montdark salió por la ventana en la que se encontraban Frank McOrez y Lily Potter. Este presionó a Lily sobre sí mismo, para ocultar su rostro. El monstro estaba demasiado feliz con el moribundo Potter entre sus brazos como para percatarse de su presencia.

Los sollozos de Lily eran casi inaudibles. Temblaba, no sabía si de rabia o de miedo.

-Ssssh.- susurró Frank en su oído.- No lo matarán. - los ojos llorosos de Lily miraron a los del joven. Era un momento incómodo para él. Le seguía mirando con expresión de asesino. Seguía deseando matarla.

Dejó a Lily sola.

Sabía que sufriría aún más que si le hubiese hecho algo con la ausencia de su hermano.

Se subió a la parte superior del tren y anduvo en dirección a los vagones traseros.

Ambos sabían que Lily seguía teniendo su varita.

Y ambos sabían que aquello era una amenaza.

El joven McOrez corrió hasta llegar al sitio que se conocía por los gritos que salían de aquel lugar. No había aparente forma de entrar ni de salir. Una ratonera. Se bajó del techo y se paseó al lado de las ventanas de los compartimentos. Heridos. Peleas, bien con magia o bien a mano limpia. Fred Weasley llamó su atención.

Daba una paliza a puñetazos a un encapuchado que Frank McOrez conocía como Neale Saunders, era un hombre robusto con ideas sin sentido y macabras que nunca entendería. Fred Weasley le estaba dejando sin nariz. Este se estaba ensañando con él  por alguna razón que McOrez desconocía.

Cuando Fred y Susan entraron en aquella parte del tren en busca de los hermanos pequeños de su amigo, no pensaron en encontrarse con veinte encapuchados que torturaban a todos los alumnos que allí se encontraban. Fue Fred el primero en lanzar hechizos a diestro y siniestro. Encontraron  Brooks  y le obligaron a salir de allí y salvar a los Potter. En ese momento, Susan se enfrentó a Neale Saunders. Este no le atacó con magia, sino que le aturdió con un puñetazo y se dispuso a rajarle la piel con el fin de tatuarle Ivonne. Fred, que ayudaba a su prima Lucy a defenderse de otro agresor, corrió a ayudar a Susan que miraba horrorizada como Saunders comenzaba a tatuarla.

Desde ese momento, Fred se ensañó con Saunders dentro de un compartimento, porque, quizás, se avergonzaba de su propia crueldad. 

Susan, derrotada en el suelo, se arrastró hasta el compartimento contiguo. Allí, Bárbara Coleman estaba haciendo un torniquete en la pierna de su hermana pequeña, Ellie. Con una de las sacudidas, se le había dislocado el fémur. Como la joven Jordan no tenía fuerzas para luchar contra los agresores y sentía un escozor terrible en su antebrazo, se dispuso a ayudar a la joven Gryffindor.

Camrin Trust franqueaba la puerta, en caso de que a algún encapuchado se les ocurriese interrumpir aquella situación en la que la pequeña Ellie Coleman gritaba a pulmón abierto y lloraba de dolor desconsoladamente.

Poco a poco aquel pequeño compartimento se convirtió en el de los heridos.

La joven Ravenclaw, April Gadner, la cazadora del equipo de Quidditch apareció con Chris Nott, que tenía una herida peligrosa abierta en la nuca. Gadner se marchó para seguir combatiendo a casi los veinte encapuchados que allí se encontraban.

Fue Molly Weasley la que se percató de que los aurores no podían entrar allí. Vio a uno de sus tíos luchar por romper uno de los cristales de los compartimentos sin éxito. Solo su hermana había salido disparada de allí porque un encapuchado la había lanzado por los aires. Se mordió el labio mientras escapaba de un conjuro. Aquel conjuro chocó contra la pared del vagón haciendo un boquete.

Quizás solo podían abrir una salida por dentro.

Bombarda Máxima!- gritó hacia el cristal de un compartimento vacío.

La onda de expansión sacudió todo el vagón.

El encapuchado que la perseguía la miró con rabia.

Cruciatus!- maldijo apunto hacia ella.

Protego!- Devman Kumar fue más rápido que ella a la hora de la defensa. Le guiñó un ojo, la cogió del antebrazo y la sacó de aquella ratonera.

-¡Hay que sacar a los demás!

Molly Weasley comenzaba a sentir ansiedad en su pecho. Fruto, probablemente, de todas las acciones que su cerebro debía llevar a cabo para entender qué hacer en aquella situación.

-¡Primero deberíamos avisar a los aurores de que pueden entrar por aquí!- no esperó a que le contestase y buscó figuras enfundadas en un traje negro.- ¡Por aquí!- gritó desesperado.- ¡Aquí!

Bastien Lebouf fue la primera persona en entrar al vagón desde el exterior. Encontró con horror a más de una decena de alumnos heridos y muchos más combatiendo y luchando por sobrevivir aquel ataque.

Un estruendo ensordecedor se oyó en el exterior.

Bastien Lebouf salió por un cristal que él mismo rompió mientras sacaba a un alumno con el brazo ensangrentado para comprobar de qué se trataba.

Graham McOrez sostenía a un muchacho del cuello suspendido en el aire. Se odió así mismo por no ir en seguida a por él, a por uno de los asesinos más crueles de la historia .Entrecerró los ojos para ver mejor de quien se trataba.  Albus Severus Potter era suspendido en el aire mientras enseñaba a todo el mundo su crítico estado de inconsciencia.

-¡¡HAGAMOS UN INTERCAMBIO!!- bramó ante todos.- ¡¡POTTER POR IVONNE!!

Y despareció, causando pánico e impotencia en los corazones de todos los presentes.

 

Ella estaba nerviosa. Su frágil figura se desdibujaba entre los transeúntes de la estación de tren que quedaba a un lado de St. Pancras. Nadie se había dado cuenta de que unas esposas la ataban al hombre mayor que iba de su mano. Parecían un padre muy mayor y una hija muy joven. O quizás un abuelo joven y su pálida nieta. Ninguno de los pasajeros que se dirigían al tren que marcaría su destino se percató de que eran doctor y paciente.

El doctor Morgan había aceptado de buena gana las súplicas de su paciente por ir aquel día a la estación King's Cross. Al supuesto e inexistente andén nueve y tres cuartos. Aquel hombre quería creer a Imogen. Estaba empeñada en que descubriría la magia aquella mañana de diciembre. De hecho, su seguridad llegó a asustarle. Su determinación hacía que sus ojos brillasen de otro color.

Cuando alcanzaron el andén nueve, como había supuesto el doctor, no había restos de ningún andén en la mitad. Observó cómo su paciente se crispaba y se mordía el labio. Sin embargo, no se dejó llevar por la inseguridad. Anduvo a lo largo de dicho andén.  Se detuvo, de pronto, en una pared entre las paradas del andén 9 y del 10. Muy a su pesar, Imogen sabía que el rótulo del andén nueve y tres cuartos solo existía para magos y brujas. Tenía la esperanza de poder atravesarlo a pesar de ser muggle. De hecho, tenía sentido que ella pudiese cruzar aquella pared. Porque era aquella pared entre los dos andenes con la que tenía que estrellarse para cruzar al otro lado. Era el único sitio que sabía que funcionaba como un portal hacia el mundo  mágico. Lo había escuchado de algunos alumnos en la enfermería de Hogwarts. Y también sabía que muchos padres de estos alumnos eran muggles. Y habían cruzado aquella pared. Porque sabían que se podía cruzar. Porque creían en la magia.

-Es aquí.- sentenció Imogen. Acerco su muñeca a la del doctor para evitar que a ambos les molestasen demasiado las esposas.- Este es el andén nueve y tres cuartos.

El hombre miró con escepticismo la pared de ladrillos amarillos. La joven le sostenía la mirada de manera sagaz, como si no aceptase una negativa por respuesta. ¿Y si su paciente estaba realmente enferma? Aquello era una locura. Pero, llegados a ese punto, debía seguirle la corriente.

-Muy bien, joven. ¿Y qué hay que hacer ahora?

El ceño de Imogen se frunció con nerviosismo. Acarició la pared. Se dio la vuelta para penetrar su mirada en el doctor.

-Hay que cruzar el portal.- tiró del doctor Morgan que le seguía con cautela. No dijo ni una palabra. No se esperaba qué era lo que aquella muchacha entendía con "cruzar el portal".- Hay que correr hacia él y entraremos dentro del mundo mágico.

No pudo evitar soltar una breve risa. Se dio cuenta de que ningún pasajero les estaba mirando. Ningún jefe de seguridad. Imogen quería estrellarse contra aquella pared y no había nada que la detuviese. Ni siquiera las esposas que la ligaban al doctor Morgan.

-Me temo que eso es imposible, querida. Es una pared.

La joven gruñó.

-Necesito que crea en la magia para poder pasar. Se quedará estancado en allí…- alzó las esposas para aclarar por qué.-…Porque yo sí voy a pasar.

-Imogen, te creo a ti. No creo aun en la magia. Esto es una prueba muy difícil…

-¡Dijo que me ayudaría! ¡Dijo que me ayudaría si le hacía ver que la magia existe!- una llamarada de fuego se encendió en sus ojos.- Tiene que creer en la magia. Tan solo un momento.

-¿Cómo esperas que un doctor, cuya ciencia siempre ha combatido a las falsas brujerías, crea así como así en la magia?

-Desáteme.- le tendió la mano que tenía atrapada.- Y me verá desaparecer. Y volveré a por usted. Y creerá en la magia y podrá verla a través de sus propios ojos.

El doctor Morgan la miró con recelo. ¿Se fiaba lo suficiente de Imogen como para liberarla? Hasta aquel momento no había dado indicios de fuga. Y sabía con certeza que no dañaría a nadie. El rostro desesperado de la joven le hizo tomar una arriesgada decisión. Sacó una pequeña llave del bolsillo de su chaqueta. Le tenían prohibido utilizarla fuera del centro psiquiátrico. Cogió con delicadeza la mano de la joven e hizo activar el mecanismo que la liberaría.

Cuando su muñeca quedó libre, agradeció con su expresión al doctor. Dio unos pasos hacia atrás. Un cosquilleo se formó en su estómago. En aquel momento comenzarían a creerla. Cruzar aquella barrera significaba salir de aquella triste habitación. Significaba ser libre. Significaba poder llevar a cabo su pequeña vendetta. Significaba buscar a su hermana, si aún seguía con vida. Solo tenía que pagar el insignificante precio de enseñarle un mundo oculto al doctor Morgan.

Su carrera hacia la pared parecía a cámara lenta. Al entrar en contacto con ella, sintió un burbujeo en su piel que ascendía desde los pies hasta la coronilla de su cabeza. La pasó de forma limpia. Cerró los ojos y se detuvo. Aspiró el aire mágico del andén nueve y tres cuartos.

No se percató del alboroto y el bullicio de gente que había allí. De los alumnos ensangrentados, heridos, llorosos o que gritaban. De abrazos temblorosos a sus padres. De seguridad mágica por doquier. De experiencias contadas entre sollozos. De lágrimas emborronadas.

Imogen no vio nada de aquello. Así que volvió corriendo a por el doctor Morgan.

Cuando volvió a atravesar la pared, la expresión del hombre se había quedado petrificada. Su escepticismo había aumentado así como sus dudas. Tenía una nube en su mente que no le dejaba pensar con claridad. Aquella muchacha tenía razón. Pero eso era imposible. No existían más mundos. Y muchos menos la magia. Debía de haberle contagiado la locura.

La sonrisa radiante que jamás había visto en el rostro de la joven le cuestionó qué le parecía aquello.

-No es posible.- murmuró.- ¿Cómo has podido desparecer? ¡Es una pared sólida, por el amor de dios! La magia no existe, ¿verdad?- preguntó, rendido ante la victoria de su paciente.

-Inténtelo.

El doctor Morgan jamás había creído en los cuentos de hadas. Cuando descubrió que el cuento de Alicia en el País de las Maravillas, era en realidad una forma tierna de contar que la hija de Lewis Carroll tenía esquizofrenia, decidió dedicarse totalmente al mundo de la medicina. A descartar cualquier posible falsa impresión de las mentes de las personas enfermas. A guiarlas por la realidad, que era difícil de distinguir incluso para aquellos que estaban más cuerdos. Y ahí se encontraba Imogen. La muchacha que acababa de desvanecerse tras una pared delante de sus ojos. Sin efectos especiales. Sin haberse drogado así mismo.

No sabía si en ese momento creía en la magia. En la magia que Imogen le relataba en aquello que hasta aquel momento habían sido los delirios de su enfermedad. En cambio, sí creía que él podía atravesar aquella pared.

-De acuerdo.- echó unos pasos hacia atrás. Aceleró sus pasos hacia la pared, y cuando entró en contacto con ella…Dolió el choque.- ¡Maldita sea!

Imogen corrió a socorrerle. Le cogió de la mano y le desplazó de nuevo al punto de partida.

-Hagámoslo juntos.

La joven tiró de él hacia la pared sin pensarlo dos veces. Este siguió su vertiginoso ritmo. En aquel momento no pensó en nada. Tenía la mente demasiado ocupada por seguir a Imogen como para temer al segundo choque.

Pero no hubo segundo choque.

Había cerrado los ojos y se había detenido. Había sentido un cosquilleo por todo su cuerpo. Seguía con los ojos cerrados cuando oyó un bullicio ensordecedor. Gritos, llantos. Abrió los ojos con horror. Con sorpresa.

Para nada se esperaba aquella escena.

El doctor Morgan observó absorbido por la magia de aquel lugar la situación de cientos de niños heridos y derrotados buscando refugio. Aquel lugar era un caos. Era otro andén, el andén nueve y tres cuartos que había descrito Imogen. No había rastro de un majestuoso tren. Los adultos que se encontraban allí vestían ropas extravagantes la mayoría, como salidos de otra época extinta. Los niños llevaban uniformes estropeados. Podían distinguirse varios escudos. Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw, Slytherin. Eran alumnos de Hogwarts. Se percató de que había cosas que volaban. Luces que salían de palos de madera que apuntaban las heridas de algunos.

Y, de algún modo, lo encontró extrañamente familiar.

-Dios mío…No puede ser cierto.- estaba absorto en un puzle mental que no encajaba del todo con sus principios. Captó la mirada de su paciente.- ¡Tenías razón todo este tiempo, maldita sea!

-Tenemos que irnos, doctor.- murmuró. Su rostro estaba desencajado. Quizás el doctor Morgan no entendía que estaba pasando allí porque acababa de toparse con un mundo nuevo. Pero Imogen se estaba dando cuenta de que aquel lugar era peligroso. De hecho, sabía que si alguno de los alumnos que ella conocía la descubría, sería su ruina y la del doctor Morgan.

Los muggles no podían ver la magia.

Era una regla universal que ella acababa de romper. De la que no sabía sus consecuencias. O quizás sí. Tal vez el doctor Morgan quería seguir investigando la magia. Se lo diría a sus colegas psiquiátricos. Poco a poco entrarían más personas por ese portal. Se haría famoso. Iría la televisión. Traería a científicos. Pondría en peligro la seguridad del mundo mágico. Las guerras muggles se librarían en terreno mágico. Y, lo que era aún peor, las batallas mágicas se llevarían a terreno muggle.

-¿Solo me vas a dejar aquí un instante? Déjeme ver más de cerca la magia…- dijo el doctor con predisposición a acercarse a algún mago que curaba a su hijo.

-¡Doctor! Estamos en medio de un atentado mágico. Además, ya le dije que no se suponía que los muggles pudiésemos presenciar la vida mágica. ¡Es un secreto!- murmuró desesperada por detener al doctor. - ¡Tenemos que volver!

El doctor Morgan la miró. Asintió, comprendiendo por completo a lo que se refería. Él no sería el que estropearía una historia universal de mundos separados, teniendo la oportunidad de verlo sin dañarlo. Asintió, comprendiendo por completo lo que todo aquello suponía.

Cuando volvieron, en cuestión de segundos, al mundo muggle, murmuró algo que Imogen no pudo escuchar muy bien y que tampoco entendió del todo.

-Ivonne y mi hermana tenían razón.

 

-¿Pretende que les diga que Hogwarts es el lugar más seguro del mundo?

-¡Lo es!

-¡Esos niños están aterrorizados, por Merlín! ¡No me creerán!- dio un puñetazo sobre el escritorio sobre el que yacían numerosos documentos de un valor incalculable.- Han visto demasiadas muertes dentro del castillo como para querer volver allí después de Navidad…- se lamentó mirando fijamente al que se había convertido en una vieja amiga.- No puedo obligar a sus familias a hacerlos ir allí.

-¿No lo entiende, Richard?- inquirió con algo de desesperación la indomable Hermione Weasley.- Ninguno de ellos está a salvo fuera del castillo. No solo tendrán la barrera mágica más impenetrable de la historia de la magia, sino que además contarán con los magos más cualificados de Inglaterra. El problema no es Hogwarts, sino el exterior.

Richard McKing miró a aquella sagaz mujer que imponía su creencia de que debía mandar una carta a las familias de los alumnos de Hogwarts tranquilizándoles, como a un Ministro de Magia le correspondía, y asegurando que debían volver al colegio para acabar su formación como magos y para escapar del peligro que acechaba en todos los rincones del planeta. Hermione no solo mantendría firmemente su propuesta, sino que la impondría. El Ministro había aprendido a la fuerza que aquella mujer, además de una persona de ideas inamovibles, tomaba las decisiones más arriesgadas que causaban un éxito inesperado.

Sin embargo, aquella mujer no había perdido a un hijo. Era una excusa rastrera, y McKing lo sabía. Le estaba convirtiendo en un inepto y en un cobarde. Él simplemente quería la paz. Quería volver a abrazar a su hijo. Que su familia estuviera unida. Conocía el hecho de que el sobrino de Weasley había sido secuestrado, y de que estaban moviendo cielo y tierra para dar con su paradero, a la vez que se profundizaba la búsqueda de Ivonne. Aquella destrozada familia estaba desesperada.  Y él había experimentado el amargo sabor de una pérdida. Debía aprender de Hermione y enfrentarla con valentía y coraje. Quizás por eso estaba allí. Le instaba a ser el hombre que todos admiraban hacía unos años. Hermione Weasley quería sacar a Richard McKing de su profunda depresión. Quería que luchase. Quería que fuese el héroe que todos necesitaban y que aquel fiel Hufflepuff había demostrado ser en su momento.

-¿Y si no son las familias las que no quieren que sus hijos vuelvan? ¿Y si son los niños los que no quieren volver jamás al lugar donde les atacaron, les hirieron…?

-¿Le ha preguntado a tu hijo Sebastian? -El Ministro bajó la cabeza.- Porque mi hija Rose está deseando volver para aprender más magia con el fin de que le sirva para luchar. Y mi hijo pequeño, Hugo, está convenciendo a sus amigos para que no teman la vuelta a Hogwarts. Y, ¿sabe lo que me ha dicho? Que Sebastian McKing está proponiendo clases de Defensas Contra las Artes Oscuras intensivas… ¡Su hijo! Y le prometo que yo no les he dicho una palabra. ¡Son ya unos héroes por haber sobrevivido el ataque de King's Cross! No le negaré que muchos no querrán volver… Pero no cerremos Hogwarts y le quitemos la oportunidad a la inmensa mayoría de querer ayudar en esta guerra que se avecina… Porque, admítalo, McKing, ¡estamos en guerra!

El hombre cerró los ojos con fuerza. Cuando los abrió, un fuego cruzó su iris.

-Bien.

Hermione gruñó.

-¿Bien?

Richard McKing, después de mucho tiempo, despertó de su soñolienta expresión.

-Hogwarts abrirá después de Navidad como siempre ha hecho desde que fue fundada. Pediré a Longbotton que contrate a más profesores para cubrir clases extra de Defensa Contra las Artes Oscuras así como para Encantamientos y Pociones, ya que también son necesarios. Pondré a unos tres aurores a cargo de la seguridad del castillo, y vigilancia constante sobre el director. Mandaré una carta a todas las familias de los alumnos del Colegio para asegurarme de que no tengan miedo, de que ser un alumno de Hogwarts supone enfrentarse a todas las adversidades que la historia de la magia nos ofrece para desafiarnos. Cuando acabe la reconstrucción de Hogsmeade, podrán ir allí como siempre han hecho, sin miedo. El terror es con lo que ellos juegan, y nosotros no vamos a darle el placer de rendirnos tan fácilmente.- cogió algo de aire.- Harry Potter examinará a todos los aurores existentes para validarlos correctamente así como buscará aliados que no son aurores, pero que pueden servir al Ministerio. Formalizaré mis alianzas con personas importantes de potencias extranjeras como David Grant, el Ministro Mágico de Estados Unidos, con el fin de solventar esta situación. Para que no nos pillen desprevenidos como lo han hecho hasta ahora.  Y daré un comunicado a la prensa. Con ello no pretendo tranquilizar a la población porque sería engañarla, sino total transparencia. Se acerca una guerra, y todo el mundo merece saberlo. Y que tengan la libertad de pensar lo que realmente creen. El Ministerio debe de dejar de manipular la vida de los magos.

Hermione se quedó estupefacta. Si bien era cierto que echaba de menos la antigua actitud del Ministro, aquello le había pillado por sorpresa. No se esperaba que reaccionase así. Y, como era de esperar, estuvo de acuerdo en todo lo que dijo.

-¿Pido que avisen a El Profeta?

- No. Siempre ha estado muy ligado a la postura del Ministerio, es demasiado subjetivo y sensacionalista. ¡Es que no hay un periódico que realmente informe de los hechos tal y como son sin ningún filtro que condicione la opinión de los ciudadanos!

-¿El periódico de los Scarmander?

-¿El Quisquilloso?

La mujer asintió.

-La hija de Xenophilius Lovegood, Luna Scarmander, ahora dirige el periódico.

-Perdone si la ofendo, pero… ¿No le parece un periódico un tanto extravagante? Quiero decir, ¿no está repleto de teorías inusuales sobre criaturas mágicas inexistentes?

-En cierto modo.- confesó Hermione un tanto avergonzada.- Sin embargo, a pesar de que nadie lo tome en serio, son periodistas sin pelos en la lengua. Critican mucho a El Profeta por lo que usted acaba de decir. Y creo que sí que harán caso a una entrevista con usted. No son Rita Skeeter, pero son perspicaces… Si quiere cambiar la visión del mundo, le aconsejo que lo publique ahí.



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