Regístrate | Recupera tu contraseña
     
     
Menú




 
¿Quién ha añadido esta historia a sus Favoritos?
La Tercera Generación de Hogwarts » (III) Capítulo 9: Latidos
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Miércoles 27 de Enero de 2021, 11:55
[ Más información ]

(III) Capítulo 9: Latidos

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)
  232. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (I)
  233. (VI) Capítulo 11: Lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos (II)
  234. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (III)
  235. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones
  236. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (II)
  237. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (II)
  238. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (II)
  239. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (III)
  240. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (IV)
  241. (VI) Capítulo 13: Mediadores
  242. (VI) Capítulo 13: Mediadores
  243. (VI) Capítulo 13: Mediadores (III)
  244. (VI) Capítulo 13: Mediadores (IV)


Charlie Weasley era un hombre de casi cincuenta años, cuya relación más fuerte había sido con una criatura mágica. Su complexión no había dejado de ser fuerte y musculosa. Apenas se distinguían sus manos entre los callos y ampollas que las poblaban. Llenas de quemaduras hechas por dragones. A pesar de la dureza del trabajo al que había dedicado la mayor parte de su vida, tenía una cara bonachona y tan llena de pecas que parecía morena.

Siendo eclipsado por sus hermanos gemelos en la adolescencia, era un bromista empedernido con un grado más de madurez. El hecho de estar aislado durante tanto tiempo en países del este de Europa, le había creado un aire misterioso tras sus ojos. Después de abandonar su última investigación, y de conocer a Bastien Lebouf, había vuelto a instalarse en Inglaterra tras demasiado tiempo. Había perdido el acento británico. Incluso era más frío de lo que jamás había sido.

Quería a sus sobrinos y a sus sobrinas. Eran como unos hijos de los que solo podía disfrutar en vacaciones. Les contaba historias que parecían sacadas de un libro muggle. Les relataba lo que se escondía detrás de sus cicatrices. Les abrazaba y les decía que algún día se los llevaría. Les montaría en un dragón. Domarían a un hipogrifo. Dominique era sin duda a la que más le gustaba aquella idea. Charlie conocía la personalidad escondida de cada uno de sus sobrinos. Al fin y al cabo, era como estudiar el comportamiento de los animales. Sobre todo, en el caso de Dominique, su favorita.

Cuando llegaba a su apartamento en Londres, soltaba el abrigo, se sacaba una cerveza y se tumbaba en el mullido sofá, Charlie Weasley se sentía terriblemente solo.

En Hungría o en Rumanía nunca había experimentado aquella sensación. La soledad le ayudaba a establecer un mayor vínculo con el entorno. El silencio. La paz.

Londres era tan ruidoso que no escuchaba nada.

Por primera vez en toda su vida, Charlie Weasley se había dado cuenta de que el amor era necesario.

También era extraño. Y -por fortuna o desgracia- creía estar experimentándolo.

Alexis.

La auror inglesa que carecía de apellidos. Hija de muggles. Antigua compañera de Hogwarts. Talentosa. Atrevida. Vivaz. Era como un dragón que se le escapaba. Era impredecible. Y rompía algunos esquemas y atributos que el Weasley creía que todas las mujeres poseían.

Por esa razón se encontraba en restaurante en el Picadilly Center, ataviado en sus mejores galas de moda muggle -que sus hermanos le habían podido prestar-, en vez de leer curiosidades sobre alguna extraña criatura mágica.

Alexis tenía casi cincuenta años y un cuerpo demasiado curvilíneo.  Sobre todo con aquel vestido negro ceñido. Era una cita en condiciones, no como todas las veces que salían de un bar, acababan en el piso de uno de ellos dos y luego hacían como que no se conocían en el Departamento de Seguridad Mágica.

¡Por Merlín! ¡Cómo había podido ignorarla!

-Alexis, he pensado en esto bastante tiempo… - los ojos negros de la mujer le miraron con atención.- Y creo que, aunque sé que estamos empezando a salir, ya somos algo mayores y podríamos irnos a vivir juntos.

Charlie la miró expectante. Se mordió el labio. Ella se lamió los suyos. Se llevó a la boca el vaso de vino con elegancia. Tragó. Miraba para otro lado del restaurante. Los quince segundos más tensos de la vida de aquel inexperto hombre.

-¿De verdad estarías dispuesto a vivir conmigo, Charles?- rio de forma divertida.- Sabes que soy bastante excéntrica y… ¿Cómo me dijiste una vez? Ah, sí... Con un carácter demasiado cambiante.

-Oh, por favor, Alexis…

Ella rio, de nuevo divertida ante la expresión de su amante.

-¿Tendré que conocer a tu familia?

-Te estoy pidiendo que te vengas a vivir conmigo, no que nos casemos.- reprochó con sarcasmo.

Alexis suspiró.

-Me hubiese gustado más que me hubieras pedido matrimonio. Ya somos mayorcitos para esperar tanto tiempo.

El hombre se atragantó con el vino.

 

Fuese lo que fuere que se acercaba era indudablemente poderoso.

Todo estaba repleto de malos augurios porque la gente solía pensar que aquel poder desconocido que estaba a punto de despertar conllevaba el comienzo de una era oscura. Y podía ser que fuese cierto de algún modo. Sin embargo, lo que el joven adulto, que observaba los rostros sin nombre de aquella calle londinense, pensaba era que debería llegar pronto. Que mientras menos preparado estuviese el mundo para recibir lo que fuese que le prometían, más tolerantes serían. No podían combatir con algo que no les hubiese dado tiempo a pensar qué era. Tampoco él lo sabía. A menudo pensaba que aquel misterio milenario tan solo lo conocían una decena de personas en el mundo. Personas sin rostro, nombre o procedencia. Entes.

Había escuchado historias de aquellos que investigaron sobre la causa de su lucha. Obedecían a órdenes cuya procedencia se perdía conforme subían la pirámide de poder. Las ansias de conocimiento acababan haciéndolos desaparecer. La curiosidad mató al gato.

Por extraño que fuese, la mayoría de los miembros de aquella sociedad aceptaban luchar por la causa desconocida. Sabían que cuando el momento llegase serían poderosos. Los elegidos. Sus enemigos eran los que hubiesen considerado oponentes incluso sin pertenecer a la sociedad: muggles y personas que aceptaban su inclusión en el mundo mágico como iguales. La sangre que siempre había sabido a magia era la verdadera. Era la evolución.

A Octavio Onlamein  le gustaba observar el comportamiento de los muggles. Eran criaturas que físicamente eran idénticas a cualquier mago. Hablaban como ellos. Sin embargo, realizaban avances tecnológicos que les facilitase la vida. Los magos con unas simples palabras podían volar. Algo que los muggles aún no habían inventado. Su desconocimiento por el mundo mágico que poseía todos sus sueños más imposibles a menudo sorprendía al joven. ¿Cómo podían creer que eran el culmen de la evolución si aún no habían podido superar las leyes del tiempo y el espacio que los magos rompían tan solo echando polvos flú?

Dobló la esquina con rapidez sin rozar a ningún transeúnte con suma facilidad.

Los muggles tendían a necesitar el roce de otros. Había escuchado numerosas veces de su madre que los muggles nunca llegaban a amar de verdad, cegados por su narcisismo. El amor más fuerte tan solo podía existir por lo que era suyo: sus descendientes. Odette Onlamein afirmaba que el poder de amar venía con la magia. ¿Podían amar los magos a los muggles? Octavio no se atrevía a preguntárselo a su madre. Aunque ella le hubiera respondido ya. Supondría admitir que su hermano, Olivier, había muerto amando a una persona inferior. El joven creía que su difunto hermano había confundido la fascinación que sentía por aquel ruidoso mundo, por el amor. Ya que, ¿qué hacía especial, entonces, a la delicada muggle?

Una enfermera le miró con rubor en las mejillas. Octavio esbozó una atractiva sonrisa.

-Busco a Imogen. La internaron aquí hace ya cuatro meses.- fingió preocupación.

La enfermera de nariz aguileña se mordió el labio.

-Tan solo los familiares pueden visitar a los pacientes.- añadió mientras buscaba en el registro.- Está en la planta del doctor Morgan. ¿Es usted su hermano? Aquí figura que su hermano debía tener trece años… Y me temo que usted debe ser algo mayor.

Encajó la mandíbula. ¿Cómo no lo había supuesto?

-Quizás pueda hacer una excepción para un enamorado…- dulcificó su tono de voz. Si hacia magia en ese instante corría el riesgo de ser detestado por los agentes del Ministerio inglés. - Realmente me gustaría asegurarme de su estado. Íbamos a casarnos, ¿sabe?

Como había supuesto, la mujer sintió una desazón en su corazón por los enamorados. Los muggles eran tan predecibles. Tan sensibles. Tan estúpidos.

-Esto es saltar un poco las normas…Haremos una cosa. Usted tan solo la ve unos minutos y no queda rastro suyo en el registro. ¿Le parece bien?

Ni un encantamiento hubiese funcionado mejor.

-Idóneo.

La enfermera le otorgó una tarjeta de identificación que señalaba su supuesto parentesco con la paciente. La mujer abandonó su puesto en la recepción para indicarle dónde se ubicaba el ascensor que lo llevaría a la segunda planta.

Octavio obedeció.

Cuando salió del ascensor, un séquito de enfermeras y médicos le ignoró al percibir su tarjeta. El mundo muggle era demasiado sencillo. Con razón ocurrían tantos atracos, atentados, asesinatos…Estaba todo servido en bandeja.

Por lo que deducía, el tal doctor Morgan era acogido afablemente por todo el cuerpo médico. Seguramente se tratase de un veterano. Su planta no estaba llena de gritos como todas las demás, sino de un silencio ensordecedor. Extraño en un manicomio con la reputación que aquel tenía.

Imogen Smith. Por supuesto que ese no era su apellido.

El optar por un apellido tan común había sido una medida  del joven Frank cuando la internó por órdenes de Octavio. Si la llamaba McOrez, llamaría la atención de todo el mundo mágico. Si la llamaba Onlamein, tendría represalias sobre Octavio. Supuestamente se había hecho cargo de la joven mandándola a un psiquiátrico que la volviese loca. Era una tortura psicológica que había sido aprobada de mala gana por Loring, un fanático despiadado de la sangre derramada.

Al abrir la puerta, una delgada y pálida figura se giró para verle. Tenía los costados del rostro demasiado delgados. No recordaba el brillo asustado de sus ojos claros. Su pelo parecía una leonera. Contra todo pronóstico, aquella joven le sonrió con un cariño infinito.

Se acercó a él tan pronto como el joven cerró la puerta.

Sus brazos le rodearon el cuello, atrapándolo con su menuda figura. Sus labios aprisionaron los de Octavio. Bebía con pasión de su textura. Su voz sonó con ternura en su oído.

-Olivier…

Fue entonces cuando aquella joven reparó en lo tenso que se encontraba su salvador. Lo serio que se mostraba. No recibía la dulzura de siempre. Lo había echado tanto de menos. Esperaba que volviese algún día y que la sacase de aquel triste lugar. Buscó en los ojos de Olivier la respuesta a aquella actitud. Y no los encontró. No existía un atisbo de la luz que desprendía el iris de Olivier. Tan solo dos pozos oscuros y vacíos.

Se separó rápidamente de aquel extraño. Debido a las pastillas que había optado por tomar para calmar su lado imaginativo, a menudo confundía sus recuerdos. Pero Olivier no tenía el cabello platino. No la miraba nunca con sorna ni desprecio. Ni se mostraba frío ante sus besos.

Olivier había muerto.

Su rostro se crispó de dolor. Lanzó un alarido que despertó su fuero interno. Su rabia y sus lágrimas se mezclaron y tiró la silla que se encontraba en medio de la sala con furia. Pegó puñetazos al colchón y rajó la almohada, salpicando plumas por toda la habitación. Tenía la mandíbula encajada y dejaba escapar rugidos.

Su horror se acrecentó cuando reconoció al extraño que portaba el recuerdo de Olivier.

-Tú.- le señaló con un dedo. Le mostró una expresión de repulsión y de odio infinito.- Tú le has matado.- parecía una sentencia de muerte. Podría haberle matado en aquel instante si hubiese tenido los medios.

El cabello le caía a ambos lados de la cara, ensombreciendo más aún su rostro. Cerró los puños con fuerza y las uñas afiladas rasgaron su piel haciendo gotear sangre.

Octavio no había cambiado ni de expresión ni de posición en todo momento. La observaba como a una criatura sobre la cual se llevaba a cabo un experimento. Aquella menuda figura estaba preparada para lanzarse al ataque. Rápidamente el joven abandonó la habitación.

Al cerrar la puerta, un chillido se oyó en toda la planta. La puerta en seguida sufrió varios golpes secos, secundados por rugidos de furia.  Palabras mal sonantes salían en un dialecto danés de aquella habitación. No cesaba.

Las enfermeras en seguida acudieron ante aquel suceso.

-¿Qué ha ocurrido?- jamás aquella paciente había mostrado una actitud tan violenta.

-No me ha reconocido- mintió fácilmente Octavio, fingiendo un shock que quizás sí tenía.

Sin mediar una palabra, se marchó del psiquiátrico y se sumergió de nuevo en la multitud muggle.  Había acudido allí para comprobar el estado de la muchacha. Sin lugar a dudas, aquel lugar la estaba torturando.

Sonrió satisfecho.

Sabía que para acabar con aquella joven no hacía falta violencia. Debía jugar con su mente como ella había hecho con su hermano. Era la única razón por la que su hermano estaba muerto. Ella. Le había hecho creer que era especial. Le había engañado. Manipulado. Y su hermano la había amado.

Trastocar la mente de aquella joven cruel era el castigo perfecto.

Sin embargo, no estaba del todo orgulloso. Sus labios aún sentían el roce de los de Imogen. Era la primera vez que besaba a una muggle y sintió la repulsión que su madre le había enseñado que sentiría. Lo que era más extraño es que había sentido amor.  De parte de ella. Era una calidez que no compartía. Y que le incomodaba.

Había sentido el sentimiento que aquella joven sentía por su hermano y era demasiado fuerte para provenir de un muggle.

Octavio jamás se había enamorado.

Y jamás lo haría.

Supondría ser vulnerable.

Octavio Onlamein tenía un corazón de hielo.

 

Los cuerpos desnudos yacían entrelazados sobre el mullido colchón. Los dedos de la joven se paseaban lentamente por los abdominales de su amante. Tan solo se oía la respiración de ambos. A pesar de que fuese un frío otoño entre las montañas de Escocia, ninguno estaba preocupado por carecer de manta que les arropase. No era el amor lo que les unía, sino el placer.

No se comían con los ojos ni se decían palabras de ternura. Se abrazaban en las noches frías, pero no se besaban la frente para protegerse de los monstros internos. Era un pequeño pacto secreto que había sido exitoso desde que aquel joven adulto se mudó al castillo.

Alexander Moonlight conocía a Willa Hegarty porque ambos pertenecían a la misma generación que partió de Hogwarts hacía ya unos años. Aunque él era algo mayor. La joven, de tez pálida y enormes ojos verdes, ayudaba a su padre adoptivo a dirigir la taberna de Cabeza de Puerco en Hogsmeade, cuyos aposentos estaban ocupando en ese mismo instante.

Siempre se habían atraído. Eran atractivos y, en ocasiones, parecían ser buenos amigos. El compartir lecho era una novedad. Nunca se imaginaron tener una relación. Y a aquello no le podían denominar de esa forma. Se estaban haciendo un favor mutuamente para paliar la soledad de aquellas tierras. Amar complicaría demasiado las cosas.

El padre de Willa, Sullivan Hegarty , no toleraba a los hombres lobo. Quizás por un ataque de Greyback a su familia hacía una veintena de años. Conocía la verdadera naturaleza del antiguo amigo de su hija porque sencillamente casi todos los habitantes de Hogsmeade oían sus desgarradores gritos algunas noches cuando era más pequeño. Había sido idea de McGonagall de acoger al pobre muchacho en la Casa de los Gritos cuando su infortunio sucediese. Les había pedido a los habitantes de aquel pequeño pueblo que estuviesen pendientes del niño.

Sullivan Hegarty siempre ignoró sus alaridos y se tapaba los oídos con almohadas con tal de no saber de su existencia. Tras dos décadas, había más personas que repudiaban a los hombres lobos de las que los acogían como personas que eran. El temor era más poderoso que una mente abierta.

Se oyó el estruendo de una pelea a los pies de la taberna.

Tanto Willa como Alexander alzaron la cabeza de manera alarmada. El bullicio se transformó en gritos. Por aquel entonces, las peleas que caracterizaban a Cabeza de Puerco habían disminuido considerablemente. Pero no habían sido erradicadas.

-Será mejor que me vaya pirando.- susurró. Se levantó de un salto. Buscó su ropa por el suelo. Willa le imitó rápidamente.

Cuando se hubieron vestido y arreglado el pelo, como si nada de aquello hubiese pasado, salieron cuidadosamente de la habitación de la muchacha. Eran las seis de la madrugada. Probablemente su padre ya estaría separando a los miembros de la pelea.

Willa bajó las escaleras abajo sin despedirse de Alexander. Temía que su padre sospechase algo por su tardanza en llegar a enfrentarse con la situación.

Por su parte, Alexander se dirigió hacia un hueco de las escaleras. Colgado, como si al antiguo dueño no le importara dejarlo en el que había sido su lugar de trabajo, se hallaba el cuadro de Ariana Dumbledore. Su duro rostro escudriñaba la prisa del joven, quien apartó con cuidado el marco y dejó al descubierto un pasillo oscuro. Se deslizó dentro de la oscuridad y volvió a colocar correctamente el cuadro de la hermana del antiguo dueño de Cabeza de Puerco.

Antes de salir corriendo hacia el castillo, el bullicio de la supuesta pelea que había afuera se transformó en una sucesión de gritos de horror. Nunca había presenciado una pelea. Willa le había contado que eran demasiado violentas para los ojos de una joven de su edad y que la dejaban un tanto traumatizada durante semanas. Pero no fue por eso por lo que no acudió al rescate de aquellos malheridos.

Además, tendría que dar explicaciones de por qué se hallaba allí. McGonagall probablemente no se lo perdonaría. A pesar de que tan solo se escapaba durante un par de horas algunos días entre semana, estaba dejando desprotegido el colegio con su ausencia -aunque hubiese profesores más capacitados que él para ello. Por no mencionar la rabia que crecería en la garganta de Sullivan Hegarty.

Dejó que su lobo interior se apoderase de él para tardar tan solo cinco minutos en atravesar aquel túnel secreto que le llevaría a la Sala de los Menesteres, la cual casi nadie conocía. O eso creía él. Su conversión tardó unos segundos, y no era luna llena. Con práctica y ayuda de Luperca, habían logrado controlar a la perfección sus transformaciones -no solo cuando había luna llena, sino siempre que a él le placiese.

El desorden de la Sala de Menesteres le acogió con facilidad. Corrió hacia la puerta. Eran las seis de la madrugada, no tenía el riesgo de que ningún alumno le descubriese. Excepto prefectos en rondas exageradas. No tardó en avanzar por los pasillos con naturalidad. Como a quien le gusta ir a correr temprano en la mañana.

Sorprendentemente la primera persona con la que se encontró fue Minerva McGonagall.  

Lucía una serenidad en sus ojos que transmitía calma en cualquiera alma turbulenta. Sin embargo, sus cejas estaban fruncidas y tenía los labios tensos. Parecía buscar a Moonlight, puesto que, en cuanto se percató de su presencia merodeando los pasillos del castillo, se acercó a paso apresurado hacia él.

-Están atacando  Hogsmeade.- sentenció.

Alexander Moonlight tuvo que asimilar aquella información para dar con las consecuencias de aquella supuesta afirmación. Minerva McGonagall debía saber que él había estado allí por la cara de circunstancias que estaba recibiendo. Se trataba de un pequeño reproche sepultado por la posible gravedad de la situación.

-¿Han avisado a los aurores?- preguntó rápidamente a McGonagall, mientras la perseguía hacia su despacho ; seguramente para hacerse con unos polvos flú que los llevase a Hogsmeade.

-Sí, lo saben.- se llevó las manos, de pronto temblorosas, a la frente.- Ojalá no se trate de una matanza.

Aquel deseo de la directora hizo poner los pies en la tierra al joven. Una matanza. Lo que habían oído en Cabeza de Puerco no era una simple pelea. Se trataba de aquellas personas anónimas que atentaban con la seguridad del mundo. Y su amiga Willa estaba allí. Demasiado en peligro para la tenacidad de la joven.

-¿Sabe por qué, directora?- Alexander Moonlight había aprendido que aquella anciana mujer sabía más cosas que el resto de los habitantes de Inglaterra. La edad le hacía sabia.

Minerva McGonagall le respondió con una mirada de dureza.

-¿Ha estado hoy en Hogsmeade, señor Greedy?- Al joven no le molestó que emplease su verdadero y molesto apellido en aquella situación. Bajó la cabeza de manera avergonzada.- Entonces, el ataque iba para usted.

Las cejas del joven se alzaron. Estaba alarmado, De pronto un manojo de nervios hizo mella en su barriga. Incluso sus manos comenzaron a temblar estrepitosamente.

-¿Qué?

Willa estaba más que en peligro. Si aquellas personas hacían muestra de su sagacidad, con suerte estaría tan herida que habría perdido el conocimiento.

-Usted es mi perro guardián. Ofrecerle este puesto es una gran responsabilidad para usted ante el peligro al que se expone. Y, para llegar a mí, tienen que deshacerse primero de ti… - McGonagall le agarró del brazo.

Aparecieron en mitad de un caos rodeado de cenizas y llamaradas. Las chispas de fuego se mezclaban con el poco oxígeno que el humo dejaba libre. Había casas cuyas fachadas habían desaparecido. Personas corriendo de un sitio a otro, buscando refugio. Gritando. Ahogando sollozos. Con las manos sobre su boca para poder respirar mejor. Había heridos. Quizás decenas de ellos. Sangre que salía de rajas de su frente, de sus brazos. Vislumbraron desde aquel punto a un hombre que sostenía un cuerpo que yacía bajo los escombros de un edificio.

Sin mencionar nada, se dirigieron a la zona que había sufrido mayores daños.

Cabeza de Puerco estaba en llamas. La puerta estaba cerrada y se oían gritos de sufrimiento desde dentro del recinto. Se observaba a un hombre golpear la ventana con una silla sin éxito. Era un encantamiento lo que les mantenía cerrados en aquel crematorio.

Alexander Moonlight se llevó un puño a la boca para ahogar la furia que le nacía desde el pecho.

Un grupo de aurores formulaban miles de hechizos con sus varitas.

Minerva McGonagall alzó su varita.

Segundos después la puerta se abrió dejando caer un cuerpo calcinado al suelo. La ventana por fin cedió al hombre que la golpeaba con la silla y saltó por ella, tirándose al suelo para aplacar las llamas que prendían sus ropas.

El joven hombre lobo no dudó en entrar corriendo en busca de su amiga.

Aquello era lo más parecido a un infierno.

Las llamas habían devorado la barra del bar. Contó cinco cuerpos que yacían comidos por el fuego en el suelo. Los demás salían despavoridos del recinto. En llamas. Las cuales les costaba matar aun quitándose toda la ropa prendida. Encontró a Sullivan Hegarty respirando a duras penas bajo una mesa. Le ayudó a levantarse. Le sacudió el fuego que salía de su chaqueta. El hombre le miró con agradecimiento y se desmayó. Tuvo que sacarlo de su taberna. Quizás para él la peor pérdida de todas. O quizás la pérdida que lamentaría toda su vida aún no la habían encontrado.

En el hueco de la escalera donde el cuadro de Ariana Dumbledure se consumía lentamente, Willa Hegarty se encontraba tirada abruptamente en el suelo. Encogida como si quisiese deshacerse de un dolor interno. Las llamas habían chamuscado su pelo, las cejas y las pestañas de sus ojos. Ya no temblaba. Ya no tenía oxígeno. Sus pulmones eran dos bolsas negras. Muertos. Su piel se iba descomponiendo a menudo que los segundos pasaban. Las lágrimas que había derramado ya se habían evaporado. El suelo ardía pero ella ya no era capaz de sentir nada.

Lo último que vio fueron los pies de una delgada y alargada figura. Había visto como despedazaba el cuadro de Ariana y escribía Ivonne en él como símbolo de amenaza. Percibió como el muchacho se adentraba en el pasadizo que comunicaba la -ya destruida- taberna con el castillo. Sus pasos rápidos se habían perdido minutos antes de que Alexander Moonlight descubriese a su fallecida amiga.

Aquel muchacho tenía prisa. No miró atrás. Debía llegar a tiempo.

Frank McOrez llegó tarde a la clase de Herbología.

 

Aquel Halloween se celebró como un homenaje a todos los fallecidos de aquellos pocos años. Salieron de entre las palabras de Minerva McGonagall nombres como Richard McKing, Rubeus Hagrid, Roxanne Weasley o Willa Hegarty. No hubo ningún discurso por el cual se promovía la venganza. Solo se les tenía respeto. Se les deseaba una buena estancia allá dónde estuviesen.

Tras la cena, la noche se volvió más oscura de lo normal. Nadie se atrevía a romper el hielo con un comentario  burlón puesto que se vería como poca seriedad frente a los sucesos que se habían acontecido hacía algo más de una semana. Ningún alumno se sentía desprotegido en Hogwarts. De alguna forma, veían aquel ataque como un acto de frustración al verse incapaces de traspasar las infranqueables fronteras del castillo. Todo el mundo quería sentirse preparado para la lucha. Aunque realmente nadie lo estuviera. Los alumnos tenían que lidiar con el daño exterior además con el que cada uno creía llevar dentro.

A Louis Weasley le costaba aún esquivar las miradas de burlas que los que no comprendían el amor del todo le lanzaban. La homosexualidad era un asunto natural en el mundo de los muggles. Sin embargo, cuando se trataba de magos, podían llegar a ser igual de xenófobos que los muggles de hacía décadas. Su familia estaba realmente feliz por él. Sabía que tanto sus hermanas como sus padres siempre habían sospechado su atracción por la masculinidad. En cambio, Chris Nott pretendía llevarlo en secreto en su tradicional familia. Aunque Theodore Nott había acabado siendo un hombre inteligente que no se dejó llevar por la influencia mortífaga como tantos otros Slytherin durante la Batalla de Hogwarts -de hecho, supo mantenerse al margen en todo momento-; aún le costaba asimilar algunos conceptos como la homosexualidad o la bisexualidad de su único hijo.  El joven entendía a su padre en cierta medida. Y por ello quería esperar cierto tiempo hasta que se fortaleciese del todo su relación con Louis. Por eso, debían esconderse de su profesor de Pociones. Y, también por esa razón, Nott había tenido que esconder el Diario del Castillo de su padre. Por suerte, el hombre no sospechaba que su hijo fuera el hombre de la portada. Probablemente aún creería que estaba con Lucy Weasley.

No era fácil ser ellos.

Después de aquel artículo acusatorio, las cosas habían empeorado.

Se amaban. Por supuesto que se amaban.

La imagen de ellos dos como amantes secretos que habían tenido éxito y que comían perdices en ese momento, no era para nada cierta.

Louis tenía dudas sobre Chris. Siempre había estado enamorado de su amigo. Y cuando él, de improvisto, le había besado el año anterior, supuso el comienzo de una montaña rusa de sentimientos. Sin embargo, sabía que Chris había estado también enamorado de Lucy. Que la había amado como le amaba a él. Louis aún no sabía la verdadera razón por la que Chris le había elegido a él. Simplemente un día le anunció que iba a cortar con Lucy. Y que podían estar juntos. Pero Chris no estaba mal con su prima. De hecho, siempre había admirado la comodidad y la dulzura de su relación. Y el amor. Louis dudaba que Chris dejara de amar a Lucy así como así. No tenía inseguridades sobre el amor que sentía su amante por él. Simplemente era confuso. Eran, naturalmente, celos retroactivos.

Cuando había un momento de silencio, o Louis o Chris admitían echar de menos la presencia de Lucy. Pero mientras que Louis lo decía como quien había perdido a una verdadera amiga, Chris dejaba una bocanada de aire de frustración. Se mordía el labio. Y hacía como que la ignoraba. Y lo hacía constantemente. No le dirigía la palabra. No la miraba. No hacía nada por tener contacto con ella. Y sabía que si Chris no lo hacía, Lucy nunca volvería a acercarse a ellos. Conocía a Lucy y sabía que necesitaba más de una disculpa por parte de su antiguo novio.

El joven Weasley estaba demasiado confuso. Sí, era feliz con Nott. Pero podía serlo más. Podía preguntarle a Nott si seguía enamorado de Lucy. Pero era un cobarde porque temía demasiado la respuesta. Porque a pesar de que estaban juntos, Louis necesitaba sentirse único en aquella relación. Quería que Nott fuese fiel y leal en todos los sentidos. Y sus inseguridades le devoraban más de una vez.

Necesitaba a Lucy.

Se trataba justo de eso. Ambos necesitaban a Lucy Weasley.

Louis se sentó al lado de su prima en la retirada mesa de la biblioteca. La joven se había transformado en una alumna demasiado estudiosa como para dejar que las distracciones de la vida en sociedad le apartasen de los libros.

-Lu.- no recibió respuesta.- Lu, te echo de menos. Sé que me odias demasiado como para responderme pero…Por favor, Lu. - hablaba en voz baja para no captar la atención de los cotillas. Suspiró fastidiado por la actitud de Lucy. Le hacía un vacío doloroso.- Necesito contarte algo.- Sus ojos se depositaron en los suplicantes de su primo finalmente.- Vuelve a ser mi amiga. Te lo pido siempre. Si no te vuelves a sentar con nosotros ahora en el desayuno, entenderé que de verdad no quieres saber nada de nosotros nunca más.

Era un ultimátum. Aunque si Lucy aquel día no se sentaba con ellos, y lo hacía años después, sería igualmente bienvenida. Era una medida desesperada. Lucy lo sabía. Suspiró y volvió a leer. Sintió como Louis abandonaba su asiento y se dirigía al Comedor con toda seguridad.

Tenía la certeza de que el momento de perdonarlos había llegado. De que podían ser como antes. En cierto modo. Solo que ya no podía abrazar a Nott porque necesitaba ser amada. O robarle un beso en la mejilla cuando decía algo sin sentido. O despeinarle el pelo para ver más de cerca su sonrisa. O sentir sus manos rodeándola por detrás.

Demonios. Seguía enamorada de Chris a pesar de lo que le había hecho.

Debía aceptar por fin que aquello había acabado.

Cuando siguió lentamente los pasos de su primo hacia el desayuno, vio a Chris Nott de refilón. No le dedicó ni una mirada. Era como si nunca hubiesen sido nada. No sabía a qué venía esa actitud. Ambos se acomodaron a sendos lados de Louis. Este radiaba felicidad. Una sonrisa que hubiese contagiado a sus amigos en otro momento.

Louis cogió la mano de Chris cariñosamente. Una mirada de cautela -en vez de ternura- le recibió. El joven Weasley no supo que pensar, así que hizo como si aquello nunca hubiese ocurrido.

Medio comedor observaba el frío reencuentro de aquel trío.

Ninguno era feliz realmente.

Ninguno -en ese momento- era feliz en absoluto.

Lucy se sintió tan fuera de lugar -por mucho que una parte de sí misma le obligase a estarlo- que se levantó de un golpe y abandonó el Comedor. Chris la siguió rápidamente - para sorpresa de Louis, el cual decidió acabar el desayuno fingiendo no importarle nada de lo que estaba ocurriendo.

La joven andaba por los pasillos sin rumbos, perseguida por Chris. No había nadie en ninguno de aquellos sitios. Estaban a punto de subir la Torre de Astronomía, cuando Chris le cogió la mano suavemente.

-¿Qué quieres?- preguntó Lucy cansada.

Chris bajó la mirada. Le acarició la mano. La miró a los ojos y vio en ellos la tristeza del que le han arrebatado algo. Observó su menguado cuerpo. Sus desordenados rizos.

-Lucy, perdóname.

Le respondió una risa seca.

-¿Por qué nunca me dijiste que te gustaba Louis?- le cuestionó.- Me sentí tan estúpidamente tonta… Éramos amigos además de novios, ¿sabes? Y realmente no sé qué había mal entre nosotros. Me gustaría culparte a ti. Pero supongo que yo tengo más culpa por no tener pen…

-¡Lucy!- le regañó ofendido Chris.- Estaba confuso, ¿vale? Y aún lo estoy. Me siento igualmente atraído ahora mismo por ti que cuando estoy a solas con Louis.- la joven pegó un respingón.

-¡Ni se te ocurra decir eso, Nott!- una lágrima salió huyendo del ojo izquierdo de Lucy.- No me engañes más. ¿Por qué sigues jugando conmigo? ¡Por Merlín! ¿Por qué me haces esto?

El sollozo de la joven le dolió tanto a Chris que no pudo evitar abrazarla. Parecía que aún encajaban juntos a la perfección.

No obstante, Lucy le retiró con brusquedad. Por mucho que quisiera sucumbir a sus brazos, debía mantener la frente alta y avanzar. Por muy confundida que estuviera. Por muy enamorada que estuviera. Aquello sería lo peor que se podía hacer a sí misma.



« (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras Comenta este capítulo | Ir arriba (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir »


Potterfics - Harrylatino
Potterfics es parte de la Red HarryLatino

contacto@potterfics.com

Todos los derechos reservados. Los personajes, nombres de HARRY POTTER, así como otras marcas de identificación relacionadas, son marcas registradas de Warner Bros. TM & © 2003. Derechos de publicación de Harry Potter © J.K.R.