Historia al azar: El Cuarto prohibido
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La Tercera Generación de Hogwarts » (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Miércoles 27 de Enero de 2021, 11:55
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(III) Capítulo 6: Un precio que pagar

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)
  232. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (I)
  233. (VI) Capítulo 11: Lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos (II)
  234. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (III)
  235. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones
  236. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (II)
  237. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (II)
  238. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (II)
  239. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (III)
  240. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (IV)
  241. (VI) Capítulo 13: Mediadores
  242. (VI) Capítulo 13: Mediadores
  243. (VI) Capítulo 13: Mediadores (III)
  244. (VI) Capítulo 13: Mediadores (IV)


Hermione, a la que todo el mundo en su infancia la conocía como una auténtica sabelotodo, había alcanzado uno de los puntos más altos de su carrera. Había sido la alumna más sobresaliente de su promoción, la cual muy pocos habían acabado. Ni su marido, ni el mismísimo Harry Potter.  Pero sin su ayuda no habría podido reformar el Ministerio de Magia. Habían fortalecido el P.E.D.D.O, la Plataforma Élfica de Defensa de los Derechos Obreros, del cual había sido la líder durante incansables años en los cuales luchaba por los derechos de los no-humanos desfavorecidos, como los elfos domésticos. Dobby siempre sería el símbolo de su campaña. Aquel verano había cedido a Ronald el poder de aquella plataforma revolucionaria para muchos magos. Desde hacía un año, era la Consejera del Ministro.

Por otro lado, con la inicial ayuda del Ministro de Magia Kingsley Shacklebolt y más tarde con McKing, erradicaron las viejas leyes sesgadas que estaban a favor de los magos de sangre pura. Tenía la mirada de quien mueve montañas. Y en muchas reuniones mostraba su brazo desnudo. El brazo en el que Bellatrix Lestrange le talló sangre sucia con un cuchillo. Era su herida de guerra. Si había soportado aquella tortura, soportaría años para promulgar leyes que jamás permitiesen aquello.

Era un gran cambio en el Ministerio. Ella suponía ese cambio. Tenía un poder que utilizaría para frenar las injusticias. Sabía que lo que tenía que hacer era devolver a McKing la fuerza que había perdido en ese momento de aparente inestabilidad internacional. El Ministro era un gran apoyo. E incluso en numerosas ocasiones pensaron en incluirle en la Orden del Fénix.

La mujer que rozaba los cuarenta años se sentía abrumada. La lógica que siempre le ayudaba a tomar decisiones huía cuando se enfrentaba a los actos violentos que sacudían el mundo mágico aquellos días. El asesinato de Hagrid. De Roxanne. Un atentado a un tren en El Cairo. Muggles víctimas de las Brujas de Salem. Su lógica no funcionaba.

Tampoco lo hizo cuando una figura elegante, alargada y encorvada, a su vez, apareció en su portal. Estaba acostumbrada a recibir visitas de magos en su casa del Londres muggle. Siempre prefería atenderles en su despacho del Ministerio. Y nunca daba su dirección a nadie. Los magos que la visitaban siempre acudían por alguna razón urgente.

Aquel día estaba sola.

Sus hijos estaban en Hogwarts. Rose aparentemente agobiada por todas las asignaturas que tenía que llevar al día, había rogado a su madre que le dejase el giratiempo. No cedería. No quería poner a su hija en peligro con un artilugio como ese en un lugar en el que habían introducido un basilisco y asesinado a cuatro personas en los dos años anteriores. Hugo, en cambio, parecía llevar con naturalidad el hecho de ser Ravenclaw. Hermione no se dejó llevar por la sorpresa, pues conocía el placer por la sabiduría que su hijo había desarrollado. Ronald, en cambio, estaba atónito. Y aquel día inmerso en papeles y documentos. Intentar volver ser auror y líder del P.E.D.DO no era fácil.

Al abrir la puerta, su mundo se descolocó.

No podía ser cierto lo que sus ojos estaban viendo.

Jamás lo creería.

Draco y Astoria Malfoy.

Ambos enfundados en trajes negros. Altas figuras con una notable diferencia de edad en sus rostros. El semblante de la mujer era de nerviosismo. Incluso de miedo. El hombre, en cambio, transmitía seguridad. A pesar de estar algo encorvado y agarrado fuertemente al antebrazo de su esposa.

-Buenos días, Señora Weasley.- saludó el hombre educadamente.- Espero no haberla interrumpido.- esperó a que Hermione reaccionase. Su perplejidad la había paralizado por completo. Apenas distinguió la negación que intentaba transmitir.- Me temo que usted es la única persona que puede ayudarme.

La mujer seguía parada en frente de la puerta. Franqueándola.

¿Qué demonios…?

-Vo-voy a mandarle un Patronus a Ronald…- acto seguido hizo ademán de entrar a su casa.- Por favor, sentadse y ponedse cómodos en el sofá.

La pareja se sentó en el sofá que les indicaba la anfitriona. Ella se sentó en el mullido sillón orejero que estaba a la derecha de ellos. Hermione examinó la expresión de Draco Malfoy. El terror de su infancia. El matón que la insultaba. El joven que debía matar a Albus Dumbledure. El avergonzado ex mortífago.

Ronald y ella habían intercambiado tan solo palabras educadas con él desde Hogwarts. Sabía que con Harry sí hablaba. De hecho, su amigo había admitido en cierta ocasión que alguna vez lo consideraría alguien cercano. Y Hermione conocía la razón. Draco Malfoy había cambiado. Y sabía que era cierto. Al fin y al cabo, Malfoy ayudó a la caza de Mortífagos. Juró que nunca más utilizaría la palabra sangresucia y colaboró indirectamente con Hermione.

El Draco Malfoy que la observaba en silencio era la mejor versión de sí mismo que alguna vez podría existir. Scorpius Malfoy era la prueba. Su hijo había sido criado como una buena persona, como un defensor de la igualdad y de la justicia. Hermione quedó asombrada por el hecho de que su hijo fuese un Gryffindor. Todo lo que Rose decía de Scorpius era difícil de creer si habías conocido a su padre en la infancia.

Ronald Weasley y Harry Potter se presentaron en el salón tras unos dos minutos de silencio incómodo. El trío de Oro frente a Draco Malfoy como en sus años de Hogwarts. Harry saludó a Malfoy estrechándole la mano cordialmente. Incluso ambos sonrieron. Ronald le lanzó una mirada fugaz. Le había prometido a Harry que se comportaría.

-Bueno, cuéntanos…- comenzó Harry, algo dudoso.- ¿Por qué nos necesitas?

La pareja se removió en su asiento. Ronald creía que tenía que ver con algo relacionado con la amistad que tenían sus hijos, que exteriormente apoyaba, pero que, en realidad, aún le costaba asumir. Rose Weasley debió confesarlo cuando, al volver de Bulgaria, su padre le tendió una carta de Scorpius Malfoy -abierta, obviamente -exigiéndole explicaciones. La carta no pretendía nada más que saber cómo iba el verano de su hija. Muy similar al del tal Peter GreenWoods. Y al de una tal Susan Jordan.

-La verdad es que me bastaría con la ayuda de Granger…Perdón, de Hermione Weasley.- la aludida asintió.- Es esto.

Se desabrochó los gemelos de la manga derecha de su traje. Astoria Malfoy le ayudó a subirle la manga. Lo que mostró, paralizó el rostro de los tres héroes de la guerra.

No solo era la Marca Tenebrosa que Lord Voldemort le había grabado en fuego cuando el que la mostraba era un mortífago. Esta estaba deforme. Como tomando una figura espiral.

Lo que más le sorprendió a todos fueron las hebras verdes esmeraldas que surcaban como numerosas venas el antebrazo de Draco Malfoy. Parecían tener vida. Se apreciaban algunas que lentamente ascendían escondiéndose en el traje del hombre. Tenían un brillo que resplandecía levemente. Salían de las espirales que habían emborronado el tatuaje. Y todas ascendían. Ninguna hebra iba a parar a la palma de la mano.

Fue Hermione la primera en percatarse de que todo el tejido muscular que estaba poblado por aquella extraña magia estaba muerto. Draco Malfoy tenía aquel miembro muerto. Lo único que probablemente no lo desintegraba era porque era el foco de aquellas hebras asesinas.

-No sabemos qué maldición es.- confesó con voz temblorosa Astoria Malfoy.- Por eso necesitamos su ayuda, Hermione Weasley. Usted es la maga más sabia que probablemente exista.

En otra ocasión, la aludida se habría sentida abrumada y orgullosa. Sin embargo, se encontraba ante una maldición desconocida. Y según aquella familia, ella era la única que conocía que les pudiese ayudar.

Ronald le tocó la espalda mostrándole apoyo.

-¿Quién ha sido?- preguntó Harry mirando con profunda preocupación a Draco.

El hombre herido le miró seriamente.

-Es por eso por lo que he acudido a vosotros.- dejó que Hermione, la que se encontraba en un extraño trance, examinase aquella incógnita en silencio.- No podéis decir el autor de esto porque matarían a mi familia.- dejó aclarar su voz.- Sabéis que hay un Clan o Sociedad, o lo que demonios sea, que parece estar poniendo en peligro a todo el mundo. Ha decidido a reclutar a viejos mortífagos y a personas que apoyaban fielmente la pureza de sangre y la inferioridad de los muggles. Veté la entrada de mi casa a mis padres en cuanto me forzó unirme a ellos- Malfoy bajó la mirada, claramente avergonzado de nuevo por su pasado.

-Nunca nos relacionamos con gente así, pero debían saber el pasado de nuestra familia.- continuó Astoria.- Desde hace unos meses, hemos recibido cartas en las que nos amenazaban si no seguíamos sus órdenes. No hemos respondido ni a una sola. ¡Podrían habernos dejado en paz…!- exclamó la mujer mientras su marido le cogía la mano.- Vino unos días antes de que Scorpius se marchara. A él sí lo conocíamos por algunas cenas en las que la madre de Draco lo invitaba… ¡Nunca nos gustó ese hombre!

-¿Quién? - interrumpió abruptamente Ronald.

Draco le lanzó una mirada desesperanzadora.

-Cayo  McOrez.- sentenció.- Aunque está registrado en Inglaterra con el apellido Badmood.

Ronald abrió mucho los ojos. Harry apretó la mandíbula. Ambos le habían estado investigando durante muchos años con el temor de que fuese alguien peligroso para el Ministerio. Sabían que tenía aficiones como torturar muggles, magos y otras criaturas mágicas. Pero nunca encontraban pruebas. Y, por supuesto, sabían su verdadero apellido. Sabían sus lazos familiares con Tristán McOrez. Nunca pudieron comprobarlo legalmente. McKing siempre insistía en esa familia.

-Nos dio un ultimátum aquella noche. Nos dijo que o nos uníamos o nos mataría. No nos daba ninguna explicación sobre el Clan. Tan solo querían nuestro apoyo y colaboración. Supondría asesinar, torturar y Merlín sabe que más cosas.- en el tono de Astoria se palpó la rabia.- No nos dejó mandar a Scorpius a su habitación. Lo vio todo.- su voz apenas fue un susurro. Miró a Hermione, quien desvió la mirada y los hechizos que intentaba hacer a Malfoy para apoyar con la mirada a aquella pobre madre. Era una comprensión maternal que ellas entendían de otra forma que los hombres de la habitación.- McOrez se acercó a mí y me apuntó…- sus susurros se rompieron en sollozos.-… en el vientre… Porque sabía que estaba embarazada.

Sus sollozos fueron lo único que se oyó en varios segundos. Harry observó cómo Draco la cogía de la barbilla y le besó en la mejilla con suma delicadeza. Ronald apartó la mirada. Se sentía fuera de lugar por la estúpida razón de que no quería sentir pena por Malfoy. Nunca lo admitiría ante sus amigos.

-Le dije que me hiciese daño a mí. Solo a mí. Y me hizo esto y se marchó.- terminó Draco.

Todos miraron a Hermione. Tenía el ceño fruncido y parecía estar analizando aquello contrastándolo con toda la información que tenía en su cerebro. Sin embargo, su semblante no era el de una persona que había tenido éxito.

-¿Sabes qué es?- preguntó Astoria desesperada.

La mujer se retiró de la pareja y se puso en una posición que tanto ellos como su marido y su amigo pudiesen verla.

-Lo siento, Malfoy.

-¿No sabes qué es?- el rostro de la víctima se ensombreció.

-Sí, sí sé lo que es.- aclaró Hermione.- Es lógico que no hayáis encontrado en ningún sitio de qué se trata porque probablemente nadie haya hecho esa maldición en mucho tiempo.

-Hermione…- la llamó Ronald.- ¿Cómo lo sabes entonces?

Su esposa le dirigió una mirada de preocupación.

-Todos conocemos esa Maldición Imperdonable, aunque nunca antes la hemos visto así.- todos los presentes manifestaron una expresión de horror.- El verde es característico de ella. Y, a juzgar por cómo trata al tejido que roza…Es un Avada Kedavra. Sin embargo, no actúa al instante, como estamos acostumbrados a presenciar. Es como un cáncer mortífero que avanza rápidamente y del que no hay cura.- la mujer cerró los ojos para buscar fuerzas.- Lo siento, Draco.- repitió.

Nunca antes aquella mujer había sentido tanta pena por alguna enfermedad terminal. A pesar de que fuese Draco Malfoy, desearía salvarlo. Era relativamente un adulto joven. Tenía una familia estructurada. Una mujer a la que parecía amar y era amado por ella. Un hijo adolescente al que había criado con la promesa de que sería un gran hombre. Y un bebé al que, según los cálculos de Hermione, no llegaría a conocer.

Era una sentencia de muerte.

Y todos la recibieron en un duro silencio.

-¿Cómo será? ¿Cuánto queda? - preguntó Draco frustrado y entre los brazos de su mujer que sollozaba más fuerte que antes.

Ronald Weasley se acercó a Hermione porque sabía que aquello afectaría muy personalmente a su mujer. Le tendió una mano que ella apretó con inesperada fuerza.

-Parece ser que tiene un recorrido previamente estudiado, puesto que se dispersa hacia arriba, y no en expansión como ocurriría con otras maldiciones como la que sufrió Dumbledure al ponerse el anillo de Sorvolo Gaunt.- se aclaró la garganta.- Te diré el peor diagnóstico que vayas a escuchar. Ahora mismo no te duele. Tiene el antebrazo muerto, y no se ha tornado del todo negro puesto que recibe la magia de la cicatriz. Sin embargo, apuesto a que le torturará cuando alcance el hombro, puesto que la maldición probablemente se dirigirá a su columna vertebral. Perderá la movilidad. Su cuerpo se llenará de esas hebras verdes, matándolo. Excepto dos partes. El cerebro y el corazón. Atacará primero al cerebro. Probablemente antes haya querido realizar una eutanasia, pero la maldición se lo impide. Su sufrimiento acabará cuando alcance el corazón. Y lo hará de forma lenta. Tú lo sentirás. Aunque esté clínicamente muerto, la maldición hace que un 20% de su cuerpo responda, que no esté muerto por completo. Podría ser en meses. O incluso tardar un año. Pero no mucho más.

-¡Hermione, tú puedes hacer algo!- apremió Harry ante la mirada de sorpresa de Draco y Ronald.- ¡Una poción aunque sea!

-¡Harry!- le gritó como cuando eran jóvenes y Harry quería hacer algo desesperado que no tenía ni pies ni cabeza.- No existe ningún antídoto para contrarrestar un Avada Kedavra. Si lo hubiese, te aseguro, que el mundo sería mejor. Pero no lo hay. Y no puedo crearlo así de repente…O nunca. Es imposible, me temo.- hablaba deprisa, como buscando una excusa científica que explicase por qué no podía ayudar a Draco.

En ese momento, Draco Malfoy se puso en pie, tirando de Astoria. Les miró a los tres con el rostro ensombrecido, cansada, parecía que ya estaba moribundo.

-De alguna forma, sabía que iba a ser así.- suspiró.- Quiero que me acompañéis a la Mansión Malfoy. Hay algo que quiero enseñaros. Probablemente no tengáis buenos recuerdos…Pero lo que os voy a enseñar merecerá la pena.

Los tres recordaron su última y única visita a la Mansión Malfoy. Fueron traídos allí por los carroñeros, que seguían órdenes de Fenrir Greyback. No solo estaban ellos en la mansión. También Griphook, Luna Lovegood, Dean Thomas y el señor Ollivander. Dobby había ido a rescatarles, acto que le costó la vida.

No eran precisamente buenos recuerdos.

Ronald les tendió el traslador, tras sacarlo de un mueble del salón. Sus ojos eran desafiantes ante los ojos llorosos de los Malfoy.

Aparecieron en el salón. Era una sala grande con una chimenea de mármol con decorados florales esbeltamente tallados, transmontada por una ventana dorada sobre la que había un espejo con un marco bañado en oro. La alfombra era de un color azul mate. La lámpara de araña que solía colgar del techo, había sido sustituida por otra más simple. Los retratos de la familia Malfoy habían desaparecido. Las paredes sostenían cuadros de pintores de gran renombre. Los muebles barrocos habían sido sustituidos por sofás, sillones y mesas modernas. Había estanterías en las que se veían libros de gran interés intelectual. Malfoy parecía haber cambiado.

En silencio, les dirigió por un pasillo bien iluminado hasta bajar por unos escalones. Había una puerta de hierro pesada que estaba cerrada con magia.

Hermione, Harry y Ronald intuyeron que encontrarían un sótano húmedo, mohoso y sin iluminación. Lo recordaban.

Tras pasar la puerta, los tres se sorprendieron. Aquel lugar parecía un pequeño museo. Ahí era donde se escondía retazos de la personalidad de Draco Malfoy que siempre llevaría con él.

En vitrinas alargadas que ocupaban la estancia, se escondían numerosos artilugios tenebrosos. Parecían no haber sido usados jamás en aquella estancia. También había al final de la sala un laboratorio de alquimia. Draco Malfoy les estaba enseñando que quería más riqueza. Pero, sobre todo, estaba desnudando todos sus secretos ante ellos.

Harry Potter le respetó.

-¿Qué es esto, Malfoy?- cuestionó Ronald, sin filtrar algo de desprecio en su voz.

El hombre sonrió tristemente.

-Ten un poco de consideración, Weasley.- respondió Astoria secamente.- Mi marido jamás ha usado ninguno de estos objetos. Sólo ha practicado alquimia. Y que yo sepa, no es ningún delito. - la mujer defendía a su marido desesperadamente ante aquellas tres personas que en un futuro podrían ser sus únicos aliados.

-No, no es ningún delito…- musitó con algo de burla Ronald. Hermione le pegó un codazo.

-He estado recuperando todos los objetos que los mortífagos tuvieron en su momento. Y aquellos de los que hablaron. Los que desearon tener.- relató Draco Malfoy.- Los guardo aquí porque es un lugar seguro, aunque os cueste creerlo. Sólo sangre Malfoy puede acceder a este lugar. Sé que hay personas que hoy en día los están buscando desesperadamente. Por eso os lo dejo a vosotros. Cuando os enseñe otra cosa que está aún más guardada, os pediré que me deis vuestra sangre para que en un futuro no os sea un problema entrar aquí. Eso sí, me gustaría que solo saliesen de aquí si es sumamente necesario.

Los tres asintieron al unísono. Ronald Weasley se arrepintió de seguir teniéndole cierto odio.

-¿Qué es lo otro?

-Esperamos que os sirva de mucha ayuda. Nosotros tan solo lo ordenamos.- comentó Astoria.

-Como supongo que sabréis, esta mansión fue la Sede de Voldemort en su momento. Al llevar a cabo un régimen autoritario y de terror, hicieron a los elfos relatar informes de todas las familias magas, de descendencia muggle o muggles que han tenido relación con la magia. No desde hacía siglos, pero sí desde que Tom Riddle fue a Hogwarts. Y no solo de los que habitaron Inglaterra…Voldemort quería conquistar el mundo, como sabéis, solo quería asegurarse antes de ellos de que, bueno…

-De que acabase con Harry.- completó Ronald.

Draco asintió.

-Por lo tanto…- dijo mientras hechizaba una pared desnuda.-… Tenéis ante vosotros un recuento de todas las personas relacionadas con la magia.

Ante ellos, se abrió una cámara con luces blancas que alumbraban infinitas galerías repletas de estanterías con cajas. Parecía un archivo. Un archivo mágico. La extensión se extendía hasta la oscuridad del final de la sala.

-Gracias, Draco.- Hermione tenía en sus ojos la expresión de cuando era niña y descubrió la sección secreta de la biblioteca de Hogwarts.

-¿Por qué no nos lo reportaste antes?- inquirió Ronald receloso, recibiendo un apretón por parte de su esposa.

Draco le miró, y mostró una expresión sincera.

-No sabíamos que existía hasta hacía varios años. Astoria y yo nos dedicamos a ordenarlos lentamente. Fue el año pasado cuando acabamos.

-Puedo ayudaros cuando queráis buscar algo.- añadió Astoria.- Probablemente haya informes sobre miembros del Clan del Ojo.

-¿Se menciona en alguno el Clan del Ojo?- preguntó Harry.

La pareja Malfoy se miró entre ellos. Astoria se rasgó la barbilla y se acercó a las estanterías.

-Quizás no lo llaman el Clan del Ojo…- informó pensativa.- Pero en el documento de Zahra Onlamein creo que menciona algo sobre una sociedad… - un fichero apareció en sus manos. Se dirigió de nuevo a sus tres invitados. Harry era el que le miraba con más intensidad.

-Astoria tiene muy buena memoria fotográfica.- comentó Draco mientras le sonreía.

-Su hermana también.- añadió Hermione ofreciéndole una media sonrisa.- Recuerdo que obtuvo el T.I.M.O como yo.

La mujer asintió gratamente. Abrió el fichero y buscó entre varias páginas.

-Me temo que la redacción no es demasiado buena. Pero bueno, no queréis una obra literaria.- las hojas pararon de pasar.- "Zahra Onlamein. 1943. Dinamarca. Sangre limpia. No quiere ser mortífaga. Es leal a otra sociedad. Sociedad oscura. Utilizan magia oscura. Mejor que el Señor Tenebroso. Futuro. Si sale bien. Ayudar."- la expresión de los oyentes era de querer seguir escuchando. - En este fichero está toda su familia. Tomen si lo quieren ahora.- les ofreció decidida.

Ronald negó educadamente.

-Vendremos aquí en otra ocasión.

"Yo soy de Ravenclaw y lo digo con orgullo,

No me escondo aunque esté en el abismo.

Con entusiasmo lo digo no importa que haya un lío,

Porque yo soy de Ravenclaw y lo digo con cariño."

Hugo Weasley pertenecía a la Casa Ravenclaw. Inteligencia. Ingenio.

Aquello le llenaba de orgullo. No quería ser Gryffindor. Quería seguir cultivando su conocimiento. Y sabía que en Ravenclaw estaría bien estimulado.

Stephan Hilliard, el prefecto de Ravenclaw, fue el que se encargó, a la mañana siguiente- puesto que por la noche se encontraba indispuesto tras la cena- , a ofrecerles a los novatos de primero el mismo discurso que su padre, Robert Hilliard, dio en sus años de Hogwarts.

Era largo y extendido. Muchos se sentaron en el suelo y los afortunados en el sofá. La mayoría absortos en las palabras del joven.

"Soy el Prefecto Stephan Hilliard, y estoy encantado de recibirte en la CASA RAVENCLAW. Nuestro emblema es el águila, que llega hasta donde otros no pueden llegar trepando, los colores de nuestra casa son el azul y el bronce, y nuestra sala común se encuentra en lo alto de la Torre Ravenclaw, detrás de una puerta con un llamador encantado. Las ventanas arqueadas situadas en las paredes de nuestra sala común circular dan a los terrenos del colegio: el lago, el Bosque Prohibido, el campo de Quidditch y los jardines de Herbología. Ninguna otra casa del colegio posee vistas tan maravillosas.

 

Sin desear alardearme, esta es la Casa donde viven los magos y las brujas más inteligentes. Nuestra fundadora, Rowena Ravenclaw, valoraba la educación sobre todas las cosas, y nosotros también. A diferencia de otras casas, que tienen entradas escondidas a su sala común, nosotros no necesitamos una. La puerta de nuestra sala común se encuentra en lo alto de una escalera de caracol muy alta. No tiene pomo, pero sí un llamador de bronce encantado en forma de águila. Cuando llamas a la puerta, este llamador te hará una pregunta, y si puedes responderla correctamente, te dejará entrar. Esta simple barrera ha mantenido alejados a todos excepto a los Ravenclaw durante más de mil años.

 

Algunos de los estudiantes de primero tienen miedo de las preguntas del águila, pero no te preocupes, los Ravenclaw aprenden rápido y pronto disfrutarás de los desafíos que presenta la puerta. No es inusual encontrar veinte personas de pie fuera de la puerta de la sala común, todos intentando encontrarle una respuesta a la pregunta del día. Es una forma genial de conocer a compañeros Ravenclaw de otros cursos y aprender de ellos. Aunque siempre es un poco rollo si te has dejado la ropa de Quiddicht y necesitas entrar y salir rápidamente. De hecho, te aconsejaría que revises varias veces tu cartera para asegurarte de que contiene todo lo que necesitas antes de salir de la Torre Ravenclaw.

 

Otra cosa guay de Ravenclaw es que nuestra gente es la más individualista, aunque algunos les llaman excéntricos. Pero los genios se encuentran normalmente un poco más adelantados que la gente corriente, y a diferencia de otras casas que podríamos mencionar, pensamos que tienes el derecho de ponerte lo que quieras, creer lo que quieras y decir lo que sientas. No nos asustamos de la gente que va a su rollo, al contrario, ¡les valoramos!

 

Hablando de excéntricos, te gustará el Director de nuestra casa, el profesor Filius Flitwick. La gente suele subestimarle porque es verdaderamente chiquito (creemos que es parte elfo, pero nunca hemos tenido la mala educación de preguntar) y tiene una voz chillona, pero es el mejor maestro y el maestro de encantos con más conocimientos del mundo. La puerta de su oficina siempre está abierta a un Ravenclaw con problemas, y si realmente te encuentras mal sacará esos pastelitos que guarda en una caja en el cajón de su escritorio y les hará bailar para ti. De hecho, vale la pena pretender que tienes muchos problemas para verlos bailar.

 

La casa de Ravenclaw tiene una historia ilustre. La mayor parte de los inventores e innovadores magos más grandes pasaron por esta casa, incluyendo a Perpetua Fancourt, la inventora del Lunascope, Laverne de Montmorency, gran pionero de pociones de amor e Ignacia Wildsmith, la inventora del polvo Flu. Algunos famosos ministros de magia de Ravenclaw fueron Millicent Bagnold, que estaba en el poder la noche que Harry Potter sobrevivió el maleficio del Señor Oscuro y defendió las celebraciones mágicas en toda Gran Bretaña con las palabras "Afirmo nuestro derecho inalienable a la juerga". También estuvo el Ministro Lorcan McLarid, que fue un mago brillante, pero prefería comunicarse a través del humo que salía a través de la punta de su varita. Bueno, ya he dicho que producimos excéntricos. De hecho, estamos también en la casa que le dio al mundo mágico Uric el Rarito, que solía llevar de sombrero una medusa. Él es el protagonista de muchos chistes mágicos.

 

Y sobre la relación con las otras tres casas, bueno, seguro que has oído hablar de los Slytherin. No son tan malos, pero deberías mantenerte en guardia hasta que los conozcas bien. Tienen una gran tradición de hacer todo lo que puedan para ganar, así que, ten cuidado, especialmente en los partidos de Quiddicht y en los exámenes.

 

Los Gryffindor están bien. Si tuviera que criticarles, diría que los Gryffindor tienden a ser fanfarrones. También son mucho menos tolerantes que nosotros de la gente que es diferente, de hecho, se les ha oído contar chistes sobre Ravenclaw que han desarrollado su interés por la levitación, los posibles usos mágicos de los mocos de trol o la ovomancia, que, como probablemente ya sabes, es un método de adivinación usando huevos. Los Gryffindor no tienen nuestra curiosidad intelectual, mientras que a nosotros no nos importa si quieres pasar el día y la noche rompiendo huevos en una esquina de la sala común y escribiendo tus predicciones según la forma en la que caen las yemas. De hecho, probablemente encontrarás a algunas personas que te ayudarán.

 

Y en lo que respecta a los Hufflepuff, bueno, nadie podría decir que no son personas agradables. De hecho, son de las personas más simpáticas del colegio. Digamos solamente que no te tienes que preocupar de ellos en competiciones o exámenes.

 

Creo que eso es todo. ¡Ah! Sí, el fantasma de nuestra casa es la Dama Gris. El resto del colegio piensa que nunca habla, pero sí que habla con Ravenclaw. Es de mucha ayuda si te pierdes o has perdido algo.

 

Estoy seguro de que pasarás una buena estancia. Nuestros dormitorios están en torretas que salen de la torre principal, nuestras camas con dosel están cubiertas de edredones de seda azul celeste y el sonido del viento soplando por las ventanas es muy relajante.

 

Y una cosa más: bien hecho, te has convertido en un miembro de una de las casas más inteligentes, estrafalarias e interesantes de Hogwarts."

Todos llegaron tarde al desayuno.

Algunos se lo saltaron porque querían ocupar las primeras filas de su primera clase. Otros con un estómago que albergaba un agujero negro, como era el caso de Hugo, no tuvo más remedio que comer restos de cereales.

Podría decirse que Hugo se había perdido la explicación de la Huelga de las Gárgolas de 1911. Era tan detallada que le había hecho transportarse a su llegada a aquella Casa. A la que en ese momento sí que podía llamar hogar. Lorcan, aunque tendía a no formular muchas palabras durante el día, la hacía muy amena. Su compañía en clase era muy útil cuando Hugo se distraía, pues entre ellos se hacían preguntas sobre las cosas que iban dando. E incluso sacaban libros de la Biblioteca para aprender más. Aquella noche irían por primera vez a la sección prohibida. Había pedido la Capa de la Invisibilidad la capa que había pedido a su primo Albus, que le había dicho algo así como: "Menos mal que no la tengo, porque nunca la capa tuvo una misión tan poco divertida". Por supuesto, su primo no entendía el afán por la sabiduría que corría por sus venas. Quizás algún día le salvaría la vida por ello.

Las preguntas de la gárgola eran sumamente enrevesadas. La primera vez, tardaron casi una hora en adivinarla. Estaban cinco alumnos de primero. Hugo se había quedado mudo. Él sabía la respuesta, solo que no quería destacar desde el minuto cero. Lorcan y ellos se conocían de las clases y del comedor. Lorcan había encajado a la perfección con los tres nuevos amigos. Eran excéntricos cada uno a su manera. Apreciaba que su amigo hiciese amigos. Pero él necesitaba amigos para él.

Sabía que Lily y Lys iban a todos sitios juntas, siempre que el horario se lo permitiese. Estaban eufóricas en su primer año de Hogwarts. Cada una a su manera. A su prima no se le notaba tanto. Estaba rodeada siempre de alumnos de primero que adoraban más a su padre que a ella. Por mucho que comentase El Diario de Hogwarts. Había pasado de ser una chica supuestamente tímida a ser una jovencita con mal genio. Probablemente aquel año de internado le afectó. Lys en cambio parecía ser la alegría de Hogwarts. Iba saltando a todos sitios. Hacía los deberes como si se tratasen de los juegos más divertidos del mundo mágico.

Hugo era simplemente Hugo, ante los ojos de los demás. No destacaba. Pero tampoco pasaba desapercibido. No tanto en clase. Muchos de sus compañeros admiraban a su madre. A su padre no tanto. Era, en definitiva, un buen excepcional. Sobre todo, si se tenía en cuenta que Hugo Weasley estaba en segundo curso.

La clase acabó y Hugo no se había enterado de nada.

-Hoy ha estado especialmente tedioso.- comentó un alumno de Ravenclaw de segundo atropelladamente cuando salieron del aula.

-Mi padre me ha dicho que mi madre era la única capaz de resistir el efecto soporífero de la voz de Binns.

Una joven Gryffindor pareció escuchar aquello y se rio, mirándole.

-Eres Hugo Weasley, ¿verdad?- le preguntó.

Su sonrisa traviesa llamó la atención del rostro de Hugo. Acercó a un muchacho delgado que iba a su lado junto a Hugo.

-Sí, hablaba de mi madre, Hermion-…

-¡Hermione Granger!- interrumpió divertida la joven. Su acompañante pareció no entender la gracia. Tenía una expresión seria y le miraba a todos inquisitivamente.- Yo soy Annie Gallagher. Segundo año en Gryffindor- acto seguido le tendió la mano a Hugo y a Lorcan. - Y este es mi mejor amigo, Seb McKing.

El joven les miró como si nada.

-Hola.- dijo simplemente.

Hugo lo examinó. Era el hijo del Ministro de Magia. ¡Del Ministro! Estaban ante una persona importante, en cuanta a la política, la estructuración del sistema…Y, además, él estaba en Hogwarts precisamente para ayudar a todo aquello. Él estaba en Hogwarts para seguir con sus pequeñas misiones. Lo único que le creaba incertidumbre era que no sabía cómo comunicarse con Charlotte Breedlove sin que el Departamento de Seguridad Mágica intercediera su correo.

-¿Te apetece venir con nosotros a ver las pruebas de Quiddicht?- sugirió Annie con una radiante sonrisa.- Es decir, no creo que a nadie le importe que el mismísimo Hugo Weasley que se ha pasado un curso antes de siquiera tener una sola clase ocupe las gradas de los leones.

El joven suspiró. Tanta atención sobre él no sería buena. De hecho, tenía cosas que hacer y aquello podría distraerle.

-Otro día.- musitó a Annie y a Sebastian, aunque el joven no le prestase atención.



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