Historia al azar: La llave mágica
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La Tercera Generación de Hogwarts » (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Miércoles 13 de Enero de 2021, 10:53
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(III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)


Once de la mañana. Primer día del mes de septiembre. Personas despidiéndose de sus vacaciones. Saludando de nuevo al hogar que les dará cobijo durante el invierno. Reencuentros con la silla coja de la oficina. Máquinas de café hasta el tope de llenas. Y si a alguna persona se le ocurría, o más bien debía, cruzar el andén 9 ¾ de la estación londinense de Kings Cross; se encontraría con un Hogwarts Express a punto de despegar.

El humo acariciaba el metal del tren y buscaba a las personas que despedían a sus familiares o a sus amigos. La tradición de todo mago que tuviese entre once y diecisiete años.  Cualquier mago al que alguien le entrevistase, recordaría perfectamente su primer viaje a Hogwarts. Mirar por la ventanilla, esperando contemplar a alguien conocido. Decir adiós con la mano, aunque no fuese correspondido. Una sonrisa de infinita felicidad que rara vez volverían a tener en sus vidas. Cómo la antigua locomotora indicaba, mediante vibraciones en el suelo, que su viaje estaba a punto de comenzar.

Y era entonces, cuando se volvían a sus compañeros de compartimento. Los elegidos por un caprichoso destino para ser sus futuros compañeros de aventuras. En ocasiones de Casas. Y cuando el destino se volvía excepcional, resultaban ser sus mejores amigos, probablemente, para toda la vida.

Solía ocurrir a menudo que los familiares que cursaban años superiores acompañasen a sus hermanos pequeños aquel día. A pesar de que normalmente estos principiantes no deseaban la compañía de un veterano. A Lily Potter no le hacía nada de gracia tener que compartir su primer viaje con sus dos hermanos.

La pequeña pelirroja de ojos marrones reposaba su mejilla contra su ventana, a través de la cual podía observar el pacífico paisaje que se extendía ante ella. Su semblante transmitía furia y rabia. Tenía los dientes apretados y no pensaba decir ni una palabra hasta que encontrase a sus amigos. Sencillamente no era justo. Siempre había imaginado ese momento al lado de su amiga Lys, en frente de su primo Hugo, que comería glotonamente ranas de chocolate junto con el fiel Lorcan. En contraste con su pequeña fantasía, se encontraban ante ella sus hermanos mayores, los cuales, observó, habían cambiado notablemente aquel verano.

Albus Severus Potter tenía lentillas. Y, cuando debía reposar sus ojos, gafas. Y era un fastidio para él. Si no era bastante tener un parecido racional con su padre, el hecho de tener gafas le marcaba como el pequeño doble de Harry Potter. También había crecido. Probablemente era igual de alto que su hermano mayor. Se había cortado el pelo, con la inocente intención de no ser exactamente igual que su padre cuando tenía trece años. Quizás lo que más notaba Lily del cambio de su hermano, era su actitud. Una amabilidad y generosidad que le habían empujado a ayudar a su primo Louis a hacer una cabaña de árbol para el futuro Remus. Aunque cabría decir que realmente fue Albus el que la construyó. Se había volcado de una manera un tanto obsesiva en la construcción de aquel pequeño lugar de juegos. Limaba la madera dos o tres veces. Se aseguraba de que una tabla con la otra encajase a la perfección. Se había asegurado en numerosas veces de su estabilidad. Había desarrollado una capacidad de concentración sorprendente. Eso también había hecho mella en algunos músculos que parecían estar tonificados en sus bíceps.

Cuando no estaba con un martillo, cogía su escoba y daba algunos paseos alrededor de la Madriguera. La madre de Lily le había dicho que la razón de ese extraño comportamiento de su hermano era que todos sus amigos estaban de vacaciones: Rose no sé sabía dónde haciendo a saber qué, Alice en Sudamérica explorando hongos y musgos con sus padres, Peter GreeWoods en el retiro particular de los ingleses en España y Scorpius en alguna lejana parte del mundo. Tampoco ayudaba el hecho de que toda su familia transmitiese una profunda tristeza cada vez que alguien le dirigía la palabra. Con la única persona, además de Lily, que interactuaba era, increíblemente,  con James.

Parecía que la sonrisa socarrona que acompañaba a James a todos sitios se había extraviado en algún lugar a comienzos de verano. A cambio, el joven había desarrollado un aire intelectual que nadie podría imaginar si no lo viese en persona. James Sirius Potter había estado estudiando. No exactamente estudiar como hacía muchas veces su prima Rose, o su tía Hermione. Estudiar en el sentido de probar hechizos, encantamientos y pociones. De hecho, incluso había recibido alguna que otra clase de Hugo. Pues al revés sería impensable. No era leer exactamente lo que le hacía tener un aire intelectual. También el cambio de estilo. Mientras que acostumbraba a llevar vaqueros gastados, camisetas con mensajes estúpidos o un sucio chándal; aquel verano James había adoptado un gusto por los polos de manga corta, los pantalones vaqueros nuevos y las camisas, que se adaptaban a una figura de jugador de Quiddicht que había estado entrenando cada vez que podía con los antiguos compañeros de equipo de su madre. También se despeinaba el pelo ordenadamente, cosa que antes nunca hacía. E incluso había llegado a usar el desodorante de manera habitual. En un momento de debilidad le había confesado a Lily que buscaba dar una buena imagen, puesto que la que solía ofrecer parecía la de un niño que no tenía futuro alguno ya que estaba muy ocupado sacándose mocos. Su hermana le dio la razón sin dudarlo. Aquella mañana todos los pasajeros del Hogwarts Express habían visto a James con un aspecto arrebatador.

Aquel verano, aprovechando la completa ausencia de su amigo Fred, había reforzado su relación con sus hermanos. Si bien era cierto que nunca se habían llevado del todo mal, también cabía añadir que los tres se habían distanciado desde que el primogénito comenzó Hogwarts. De hecho, después de aquel verano, la única razón por la que Lily estaba realmente enfadada por ir con sus hermanos en el compartimento, era porque ella ya tenía otros planes desde que, prácticamente, nació. Habían hecho varias acampadas en la noche los tres solo con una fogata en la que contaron sus anécdotas como alumnos de Hogwarts y rememoraban las que vivieron juntas de pequeños. Habían acompañado a su padre a un viaje de trabajo a Washington, donde pudieron visitar la ciudad muggle como turistas ingleses.  Y habían cenado toda la familia junta todos los días. En definitiva, a la par que la familia Weasley se desmoronaba por la pérdida de Roxanne, los Potter habían estado más unidos que nunca.

James había acabado un pequeño monólogo sobre por qué Lily estaba destinada a ser Gryffindor. Había hecho reír a su hermana. Y Albus había puesto los ojos en blanco en más de una ocasión.

-Lily, olvídalo.- sentenció algo cansado el hermano mediano.- Da igual que seas Slytherin, Gryffindor, Ravenclaw o Hufflepuff.

-Oh, por favor, no da igual que seas Hufflepuff.- comentó alarmado James.

-¿Y si lo soy qué?- musitó la niña.

El joven al que iba dirigida la pregunta se ofendió teatralmente.

-Dime, ¿conoces a alguien famoso que estudiase en esa casa?- inquirió.

Lily se mordió el labio y mostró una expresión pensativa.

-¿Cedric Diggory?- contestó trayendo a colación uno de los grandes héroes de las historias para dormir de su padre.

- Seguro que James creía que era Gryffindor - dijo Albus sonriendo a su hermana.

Lily mostró una sonrisa sincera. Entonces, reposó su cabeza contra la butaca y suspiró. Seguía enfadada por mucho que sus hermanos intentasen distraerla. Además, sabía que ellos también querían buscar a sus amigos. Su hermano mayor la miró con actitud compresiva hacia ella, sabía que en el fondo, Lily era su pequeño ojo derecho.

-Voy a ir a buscar a Fred.- anunció James al levantarse de un salto.- Ya que no lo he visto en todo el verano, por lo menos debería ver si va a venir a Hogwarts.- añadió con un triste sarcasmo.

-Si ves a mis amigos… ¿puedes decirles que vengan?- pidió Lily.

-¡Claro! Y los tuyos también, Albus…- hizo una pausa y se acercó a ellos.- No creo que papá se entere que nos hemos separado en el tren si ninguno dice nada de esto - les guiñó el ojo y abandonó el compartimento.

El joven se acobardó un instante. No sabía qué decirle exactamente a Fred. No lo había visto desde el entierro de su hermana. Lo cierto era que no sabía nada de él. Sí que había hablado con Susan. Es más, habían quedado varias veces para ver partidos de Quiddicht. Agradecía de todo corazón su presencia y habían fortalecido su amistad desde entonces. El apoyarse mutuamente les había unido de alguna forma.

El pasillo estaba atestado. Cada vez parecían nacer más magos. Notaba cierto interés en los novatos por él.  Recordó que cuando comenzó el año anterior, se había regodeado de todas aquellas miradas. De los nuevos. De los antiguos alumnos. Del sector femenino. Pasó de ellas sintiéndose asqueado por su antigua actitud.

Camrin Trust y Bárbara Coleman le saludaron cordialmente cuando pasó en frente de ellas. Observó como la primera se había tintado el pelo color caoba y había engordado un poco, haciendo sus mejillas más redondas. A su lado, su némesis Coleman se había cortado el pelo tan corto que dudaba si su primo Louis lo tenía más largo que ella. Las ignoró.

A partir de ese momento se centró en buscar a sus dos objetivos: Susan y Fred. Ignoró los saludos de los alumnos que conocía, eran compañeros de equipo, de casa, de clase. Saludaba a las primas que encontraba brevemente. Solo Lucy se paró a darle un abrazo y a admirar su cambio.

Y entonces les vio. Estaban discutiendo.

Su mejor amigo había desarrollado una musculatura que le sorprendió. Sin embargo, no fue precisamente eso lo que más captó su atención. Su nariz estaba deforme, probablemente rota. Tenía sangre reseca alrededor de su boca. Y su camiseta blanca también estaba manchada de su misma sustancia, aunque apenas se podía ver debido a que estaba escondida bajo una chupa de cuero negra que se ceñía a su torso. Susan llevaba una cola de caballo desecha, y el pelo le caía desordenadamente hacia un lado. Llevaba una camiseta ancha de color turquesa sobre el que resaltaban varias gotas de sangre.

Susan le estaba gritando algo en voz baja a Fred. Estaba furiosa y andaba con pasos pesados, como si el enfado la retuviese. Su amigo tenía una expresión cansada y despreocupada, y alzaba una mano hacía la muchacha, indicando que no la estaba escuchando. Fred tenía algo en los ojos que intimidaba, y no era la cicatriz que destacaba en su ceja.

-¿Se puede saber qué os ha pasado?- James, alarmado se dirigió a ellos y cogió a Susan del brazo, intuyendo que a ella le sacaría más información de por qué sus amigos parecían venir de la guerra.

Fred miró fríamente a James.

-Que hemos encontrado un compartimento- sentenció. Abrió el compartimento que tenía a su izquierda y observó a una chica menor que ellos. Esta, al observar a Fred, cogió sus cosas estrepitosamente y se marchó sin decir ni una palabra. Como si tuviese miedo.

El pelirrojo fue el primero en entrar, seguido de James, y, por último, Susan, quien cerró bruscamente la puerta. Fred se lanzó a un asiento y se tumbó, obligando así a sus amigos a sentarse juntos en frente.

-¡No me ignores, Fred¡- gritó de pronto una furiosa Susan.- ¡Podrías haber ido a Azka…¡

-¡CÁLLATE!- el joven se había levantado y estaba sosteniendo con fiereza la mirada de la joven que apretaba los dientes haciéndose daño.

James observó la escena, atónito.

-Calmadse.- suplicó en voz baja. Fred volvió a tumbarse en el asiento. Susan apretó sus uñas en las rodillas y miró para la puerta, de modo que no cruzaba la mirada con ninguno de los dos.- Ahora, tranquilamente, me contáis que os ha pasado.

-No puedo contártelo, James.- respondió el joven pelirrojo como si hubiese dicho eso miles de veces.

El joven lanzó una mirada a Susan que miraba inquisitivamente a su amigo.

-Eso es porque es ilegal.- escupió esas palabras con fuerza, intentando herir a su amigo. O, al menos, hacerle reaccionar.

-Cállate, Jordan.- dijo de forma ruda Fred.

-¡¿Ilegal?! ¡Dios, Fred! ¿Te drogas?- cuestionó alarmado su amigo.

-¿¡Qué!? ¿Cómo puedes pensar eso?

- Participa en peleas callejeras magas, James.- confesó Susan, con el ceño fruncido aún.- A parte de pelear con puñetazos y romper huesos, como puedes observar en la cara del imbécil de tu amigo…- continuó la joven con desprecio.- … se lanzan hechizos de tortura. Hechizos prohibidos por los que te llevarían a Azkaban.- finalizó rápidamente con miedo de que Fred volviese a interrumpirle.

-No sabes nada, Jordan.- le contestó Fred levantándose repentinamente del asiento de nuevo.

James, que seguía de pie, miró a Fred incrédulo. Su expresión, que podría rozar la decepción, dañó los sentimientos de Fred. Sin embargo, la coraza que había formado le impidió a James verlo.

-¿Por qué?- le cuestionó James con calma.

Fred le miró a los ojos y se mostró parcialmente vulnerable. Lo que dijo tan solo fue un susurro que sus dos amigos oyeron.

-No me hagas explicar por qué…

El joven pelirrojo se encontró prisionero en los brazos de James. Era un abrazo de lo que, al fin y al cabo, eran: hermanos. Fue correspondido. Fred sabía lo que aquel abrazo significaba. Que estaba perdonado por abandonarle en aquel verano. Que lo sentía y que le comprendía. Que lo echaba mucho de menos. Tras unas palmadas en la espalda de su amigo, James se separó.

Fred miró a Susan. Su rostro estaba más relajado. Miraba a ambos con el comienzo de una sonrisa en la comisura de sus labios. Algo de comprensión llenó su corazón, alejando la ira que le había producido saber que su amigo buscaba por cuenta propia el peligro.

El joven se acercó a ella y le besó la coronilla.

-Lo siento, Susan.- dicho esto miró a ambos.- Necesito un tiempo a solas antes de llegar a Hogwarts.

Sus amigos asintieron, aun sin comprender totalmente qué era exactamente lo que podía estar pasando por la mente de su amigo. En el fondo, agradecían ser afortunados que no conocían ese dolor.

-Supongo que tú lo descubriste anoche, ¿no?- su amiga asintió.- ¿Y por qué razón no os habéis lavado?

Susan rio como hacía tiempo que no hacía y le propinó un puñetazo cariñoso a James, antes de que este se sentase a su lado.

-Ni siquiera tenemos las maletas hechas para ir a Hogwarts.- confesó divertida Susan.- Cuando mi madre tenga que hacer hoy la maleta y mandármela, va a querer matarme…¡ Menos mal que no sabe que nos hemos colado en el Express con escobas por la puerta de las calderas!

"Pero yo soy el Sombrero Seleccionador de Hogwarts

Y puedo superar a todos.

No hay nada escondido en tu cabeza

Que el Sombrero Seleccionador no pueda ver.

Así que pruébame y te diré

Dónde debes estar.

Puedes pertenecer a Gryffindor,

Donde habitan los valientes.

Su osadía, temple y caballerosidad

Ponen aparte a los de Gryffindor.

Puedes pertenecer a Hufflepuff,

Donde son justos y leales.

Esos perseverantes Hufflepuff

De verdad no temen el trabajo pesado.

O tal vez a la antigua sabiduría de Ravenclaw,

Si tienes una mente dispuesta,

Porque los de inteligencia y erudición

Siempre encontrarán allí a sus semejantes.

O tal vez en Slytherin

Harás tus verdaderos amigos.

Esa gente astuta utiliza cualquier medio

Para lograr sus fines.

¡Así que pruébame! ¡No tengas miedo!

¡Y no recibirás una bofetada!

Estás en buenas manos (aunque yo no las tenga).

Porque soy el Sombrero Pensante."

Cuando el Sombrero Seleccionador terminó su discurso, los primeros alumnos de la inmensa multitud que cruzaba el Gran Comedor comenzaron a disiparse entre las cuatro mesas que se encontraban subordinadas a la larga mesa de los profesores.

Lyslander Scarmander sabía que iría a Hufflepuff. No deseaba ninguna otra casa y encajaba perfectamente en la descripción de los alumnos de aquella casa. Miraba, nerviosa, a todos sus futuros compañeros de Casa. Desde los grandes hasta los primerizos, que como a ella, se sentían muy menudos bajo aquel cielo que se abría en el techo del comedor. A su lado, su hermano Lorcan miraba al frente como ausente. Estaban los dos solos, puesto que no habían encontrado ni a Lily ni a Hugo.

Fue su mejor amiga a la primera que descubrió bajo el Sombrero tiempo después. Estaba tranquila y miraba fijamente al artilugio que hablaba sobre la heroicidad de la familia de la que descendía la joven. Se mordió el labio cuando aquel viejo sombrero se extendió más de la cuenta.

-…Pero parece que a pesar de ser una chica muy inteligente como una buena Ravenclaw, tener aires de grandeza como cualquier Slytherin… lo que de verdad destaca en ti es…una valentía que igualaría a la de tu madre, pequeña.- el sombrero aspiró aire y dejó escapar en un sonoro grito:- ¡GRYFFINDOR!

Lily Potter deslumbró a todos con una sonrisa y se dirigió con un aura de felicidad contagiosa a la mesa donde la mayoría de sus primas y su hermano mayor la esperaba. Rose Weasley le abrazó, esperando abrazar un poco más tarde a su hermano. James la alzó en lo alto, orgulloso de su hermana, y Susan la estrujó en un abrazo. Fred la despeinó y Lucy gritó su nombre como un grito de guerra. Scorpius Malfoy y Peter GreenWoods la felicitaron contagiado por la felicidad que le rodeaba, como el resto de la mesa que presenciaban por primera vez a la hija de Harry Potter.

La joven ya era popular.

Lyslander no se dio cuenta de que el tiempo avanzaba hasta que su hermano fue nombrado. De pronto, se puso muy nerviosa y le deseó suerte a su hermano. Tenían una fuerte conexión de mellizos, a pesar de que no intercambiaban muchas palabras entre ellos. Lys sabía la Casa a la que estaba destinada su hermano. Y sonrió orgullosa cuando el sombrero lo vociferó:

-¡RAVENCLAW!

Y entonces, el turno de Lys. Había planificado ese momento cientos de veces. El Sombrero no tendría duda alguna. Estaba nerviosa por vivirlo por fin.

-Oh, pequeña parece que lo tienes extremadamente claro… ¿Seguro que quieres eso?- la  niña asintió, sin comprender del todo las dudas de aquel artilugio.- Lo cierto es que tienes una cualidad que sobresale más...¡Eres excepcional aspirando alto…!- a Lys no le gustó cómo sonó aquello. Ella aspiraba a Hufflepuff. La cima para ella.- No me refería a ese alto…Pero bueno, si te empeñas…¡HUFFLEPUFF!

Lyslander Scarmander tuvo que improvisar euforia. No lograba comprender la razón por la que aquel Sombrero había dudado de su destino. Ella se veía a sí misma una réplica de su padre. Aunque pensando así en frío, quizás era más espabilada. Más decidida. Quizás no era tan similar a su padre como siempre pensó.

La joven siguió sin atender a la selección durante un largo rato. Sólo fue hasta que los alumnos no vociferaron tanto cuando alzó la vista hacia el taburete. Era Hugo. Miró a la mesa Gryffindor en busca de una respuesta a por qué no era aclamado como Lily. Caras de sorpresa inundaban la mesa. Rose Weasley se llevó la mano a la boca. Acto seguido, aplaudió orgullosa.

Hugo Weasley se dirigió a la mesa de los Ravenclaw, donde por, quizás primera vez en la historia, un Weasley se sentaba. El joven se sentía orgulloso. Se sentó al lado de su amigo Lorcan y no abrió la boca en la selección de los restantes alumnos.

Cuando este proceso hubo acabado, Minerva McGonagall se dirigió a la tribuna que era coronada por un espléndido búho que abría sus alas hacia sus alumnos.

 - Alumnos y alumnas de Hogwarts, es un honor comunicar que la escuela abre sus puertas una vez más ante todo aquel que esté dispuesto a estudiar en este colegio, los secretos de la magia y la hechicería. Debo anunciar a los alumnos de primer año, y recordar a los demás, que el bosque prohibido no es seguro, sobre todo si estáis solos. Quiero dar también la enhorabuena, a los alumnos recientemente seleccionados para sus casas, e incitar la obediencia a sus respectivos prefectos. Los capitanes de los equipos de Quidditch deben pasar por mi despacho cuando tengan su equipo completo, y comunicar la solicitud del campo con un poco de antelación para los entrenamientos. Por último, no tengo nada más que decir en este momento, que desearos suerte en vuestros estudios, y que tengáis una saludable cena de bienvenida.-después de escuchar atentamente el discurso tradicional del directora, dirijo la mirada hacia una de las mesas, donde dos alumnos de primer año intentaban transformar el contenido de sus copas. -Por favor, -advirtió con todo decisivo- no intentéis realizar magia sin haber asistido aún a ninguna clase.

 

Se oía el trinar de un pájaro tras las ventanas. Se sentía el viento azotar las paredes. La lluvia caer e inundar las calles de Londres. Se percibía un bullicio lejano. Conversaciones fuera del pasillo. Unos gritos amortiguados por las paredes. Súplicas. El teclear de un ordenador. El pitido de unas máquinas.

No hacía frío. Simplemente un malestar que obligaba a la joven a taparse con la sábana blanca, color que compartía con todo el mobiliario de la habitación. Sus cabellos rubios platinos marcaban desordenadamente una cara pálida y huesuda. Los ojos grises miraban firmemente el techo sobre el cual se balanceaba una bombilla. O al menos, eso pensaba que veía.

Cuando una persona es el único cuerdo en un lugar de dementes, es posible que los médicos le diagnostiquen una enfermedad mental real. En cambio, cuando un paciente dice ser cuerdo, pero a la vez afirma ser víctima de conjuros de Arte Oscura, de proceder de un lugar exterminado por un hombre lobo o de haber visto a magos; los médicos confirman que padece un trastorno delirante, también llamada psicosis paranoica.

Para el doctor Morgan, la paciente que se encontraba ante ella era el perfil perfecto. Era una paciente bastante funcional y no mostraba ningún comportamiento extraño excepto cuando afirmaba y creía realmente en que era una víctima de tortura mágica. Y que el familiar que la había internado era un asesino. Como ocurría con los pacientes con aquel trastorno, a lo largo de esos dos meses, la rutina del paciente se había vuelto más y más abrumada por el efecto dominante de las creencias paranormales. El doctor Morgan le había detectado una paranoia persecutoria, puesto que afirmaba estar recluida en ese centro por los asesinos de su amante. E incluso en más de una ocasión, le había acusado de estar en su bando.

La joven respondía fácilmente a todos los tratamientos farmacéuticos que se le administraban. Sin embargo, ningún fármaco le había eliminado su fuerte creencia. Habían sido dos meses largos en los que no encontraba ninguna respuesta. Había empezado a cogerle cariño a esa joven, su última paciente antes de jubilarse.

Su afán por ayudarla había ido más allá de su ojo científico. Más o menos. Desde ese día tenía una hipótesis que probar que no sería aceptada por los demás doctores del centro. De hecho, no la había comentado. Era un experimento algo secreto. 

El doctor Morgan había investigado un famoso experimento, el experimento Rosenhan, que fue llevado a cabo a finales de los sesenta en Estados Unidos y que consistía en introducir en un psiquiátrico a pacientes cuerdos que no padecían ningún trastorno. Eran internados con la excusa de haber padecido una alucinación acústica en un centro en el que los médicos no sabían que estas personas estaban cuerdas. Los pseudopacientes se comportaron con normalidad tras ser internados y comunicaron que ya no padecían ninguna alucinación más. Los responsables médicos les diagnosticaron entonces una enfermedad real. Todos fueron obligados a reconocer que padecían alguna enfermedad mental y a aceptar medicarse con antipsicóticos como condición para ser dados de alta. Esa era la primera parte del experimento.

En la segunda parte, la que más le llamaba la atención, se le pidió a Rosenhan que mandase pseudospacientes a uno de los centros que habían sido seleccionados anteriormente. Rosenhan aceptó y en las siguientes semanas, de los 193 pacientes que el hospital atendió, identificó a 41 como posibles pseudopacientes, 19 de los cuales habían levantado las sospechas de al menos un psiquiatra y otro miembro del personal. En realidad, Rosenhan no había enviado a nadie al hospital.

"Está claro que en los hospitales psiquiátricos no podemos distinguir a los cuerdos de los locos", concluía el estudio. El doctor Morgan admitía que muchos de los diagnósticos psiquiátricos estaban en las mentes de los observadores y no eran resúmenes válidos de las características manifestadas por el observado. Así, el doctor se prestaba a aceptar que existía la magia solo para cuestionar si aquella joven estaba enferma o sana.

-Buenos días, Imogen.

La joven seguía observando persistentemente el techo. Sabía la rutina. Una conversación sobre el tiempo, o el comportamiento de las enfermeras. Después describiría algunas imágenes. Y más tarde, comenzaría el interrogatorio, del que empezaba a estar harta, sobre cómo había llegado hasta allí.

Algo drogada por un somnífero que condicionaba sus horas de sueño, la muchacha logró estabilizarse y salir de la camilla arrastrando sus pies descalzos hacia la ventana. Sus ojos grises vieron el bullicio exterior. La libertad arrebatada. Debía dejar de pensar así. Últimamente había afirmado a los doctores dejar de creer en la existencia de los magos. Igual realmente estaba loca.

-Buenos días.- susurró.- ¿Cuántos grados hacen hoy?- preguntó sin mostrar expresión alguna en su rostro.

-Unos diez, si estuvieses fuera, agradecerías tener una bufanda.- sonrió el doctor.- Mi abuela hacía unas realmente elaboradas. La verdad es que picaban un poco, pero merecía la pena ponérselas.

-Mi abuela nos tejía jerseys.- musitó la joven.

-¡Es tan típico de las abuelas! No cambia, por lo que veo…

Imogen hizo un amago de sonreír y miró al doctor. Era simplemente encantador. Una pena que se hubiesen conocido en aquellas circunstancias. Aquel hombre era la bondad personificada. La trataba como una persona normal, como lo que ella creía ser. También era algo pícaro. A veces le traía barritas de chocolate escondidas en su bata de médico. Una vez incluso vieron una película. Shutter Island. Dijo que era completamente una medida profesional. Ambos sabían que no era así.

-¿Qué imagen toca hoy?- preguntó cogiendo una silla y arrastrándola hasta depositarla en frente del doctor.

-Ya no hay más imágenes.- dijo sonriendo pícaramente el doctor.- Imogen, tengo una pequeña pregunta para ti. Si tuvieses una oportunidad, saliendo del centro, de demostrar tu cordura, ¿cómo me mostrarías que existe todo aquello que dices ver?

Un silencio sacudió la habitación.

La joven buscó en sus ojos algo. Frunció el entrecejo. Abrió la boca. La cerró. Se mordió el labio.

-¿Es una oportunidad real?

El doctor Morgan la miró con sinceridad.

-Tendría que confirmarlo más tarde, pero sí. Vendrías solamente conmigo. Eso sí, irías esposada. Son simples precauciones y el protocolo, más que nada en especial.

El corazón de Imogen taladró su pecho.

-¿Te lo puedo decir más tarde? Necesito tiempo para pensar.- argumentó la joven.

Los brazos del doctor se cruzaron, curioso, por la respuesta de su paciente.

-Claro.

-Me refería a mañana, tengo que pensarlo muy bien. - confesó Imogen volviendo a la camilla y encerrándose entre sus sábanas. Sus ojos observaron de nuevo la bombilla. No estaba encendida, pensó. Los mecanismos de su cerebro se habían acelerado considerablemente.

La joven se quedó así durante cinco minutos. El doctor comprendió que la sesión había acabado.



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