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La Tercera Generación de Hogwarts » (II) Capítulo 15: Caín
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Domingo 17 de Enero de 2021, 16:45
[ Más información ]

(II) Capítulo 15: Caín

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)
  232. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (I)
  233. (VI) Capítulo 11: Lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos (II)
  234. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (III)


Para Dominique Weasley la lluvia era un contratiempo. Era una joven de aire libre. De pasear y pasear y absorber el sol con sus pecas. De salir del castillo para encontrarse con la atmósfera mágica que ofrecían los infinitos terrenos de Hogwarts. De acudir a la colonia de centauros y respirar los rayos de luz que procedían de las copas de los árboles. Para Dominique Weasley, que lloviera significaba que todo aquello debía posponerse. ¿Y qué le quedaba entonces? ¿Una chimenea y un par de libros? Ella no era su prima Molly. Tampoco ninguno de sus otros primos. Su vida ya había empezado a entroncarse con la de aquellas criaturas mágicas.

Recordó con resquemor sus Navidades en la fortaleza de Aurel. ¡Había aprendido tanto! Le había dejado utilizar su biblioteca. Se había empapado sobre conocimiento de los centauros que deseaba compartir. Sobre los vampiros, pues, pese a ser buen huésped, aún seguía siendo una criatura mágica. Y, también, sobre licántropos. La presencia de Moonlight en el cónclave la había perturbado y sus heridas, que parecían cicatrizadas en su espalda, amenazaban con abrirse de nuevo. Tenía dudas. Muchas. Y sobre ella también. Pero poco había sobre las veelas.

El primer día que cesó la lluvia, todos los alumnos salieron del castillo como si fuera la primera vez que lo hacían. Como si su rutina siempre hubiese implicado aventurarse por las lindes del Bosque Prohibido. Por esa misma razón, Dominique Weasley fue prudente y esperó a que pasasen los primeros días de euforia.

Sobre todo, porque quería indagar una ruta nueva bordeando el lago hasta la colonia.

Y no se había equivocado.

Era justo lo que esperaba.

El Lago reflejaba el paisaje y lo atrapaba en sus aguas como si fuese un lienzo perfecto. El murmullo de las pequeñas olas que causaban sus habitantes armonizaba con el canto de las criaturas aladas que, curiosas, observaban como Dominique Weasley inspiraba el mismo oxígeno que ellas. O la misma magia.

Trotó por un camino improvisado, que probablemente había sido formado por los cascos de los centauros al acudir al agua del Lago como nutriente.

Entonces, oyó un crujido de ramas a su espalda. Dominique Weasley sonrió. Seguramente sería una criatura valiente que se atrevía a seguirla. Pero, no obstante, su instinto la advirtió de que algo estaba mal.

Contempló mejor el paisaje: el camino improvisado era demasiado ancho. Los árboles estaban recortados a su lado con ramas quebradas y con violencia. No era un camino formado por los centauros que habían contribuido a lo largo del tiempo a abrirse paso entre el Bosque Prohibido. Su corazón latió más fuerte. Era una criatura colosal la que se había dejado caer sobre el bosque, arrastrando todo consigo, y dejando el paso abierto para futuros transeúntes.

Dominique siguió el camino. No tenía que apartar las ramas, pues la criatura había sido tan grande que ella era minúscula en ese improvisado cortafuego. Conforme avanzaba por el camino, sus latidos se oían más fuertes. Más presentes. Había escuchado otra rama crujir cerca de ella, pero estaba tan sumamente inmersa en aquel misterio que ni se inmutó.

Poco a poco, fue distinguiendo una sombra que se hallaba al final del camino. Un borrón en el centro del bosque que rodeaba los árboles y los caía sobre él. Una imagen tan macabra que Dominique Weasley casi se desvanece. Sintió su instinto instarle a correr y huir de allí.

El esqueleto del basilisco.

-¡Dominique! -le gritó alguien.

-¡AAARGH! -su voz salió de su estómago. Asustada y, tras dar un brinco, se giró hacia la criatura que le había estado siguiendo desde que salió del castillo. No pudo más que sentir decepción. -¿Qué haces aquí, Nicholas? No puedes estar aquí…

Su corazón latió a mil por hora.

Dominique Weasley sintió que había tenido suerte aquella vez. Que habían estado a punto de pillarla. Que, por muy poco, no había guiado a Nicholas Wood hasta la mismísima colonia de centauros.

-Tú también estás aquí, ¿no? -dijo a la defensiva, ofendido probablemente por el hecho de que Dominique no hubiera acudido a sus brazos. -Además, ha merecido la pena… Vaya serpiente, ¿eh? -se acercó más a lo que quedaba de una de las criaturas más peligrosas del mundo mágico. -Menos mal que estoy aquí para protegerte… -se rio de su propio chiste. Si es que lo era. -O sea, que esto es lo que se cargó tu primo James… No es para tanto.

Aguantó una risa burlona. No quería problemas con su propio novio. Pero aquello era ridículo. Ni siquiera era capaz de acercarse lo suficiente de lo que le imponía. Dominique se acercó a dónde estaba Nicholas.

-¿Me has estado siguiendo? -cuestionó, razonablemente enfadada. Más en su interior que lo que estaba demostrando en ese momento. El joven asintió. -¿Por qué? -quiso saber la joven. Ahora no tenía ni libertad fuera del castillo. Se sintió encerrada en sí misma un instante.

-Te has estado yendo mucho fuera, Dom… Quería asegurarme de que era solo porque te gusta la naturaleza y esas cosas, ¿no? Zoomaga o algo así -contestó, quitándole importancia a la expresión atónita del rostro de Dominique.

-¿No confías en mí? -preguntó, casi con un hilo de voz que destilaba sorpresa y más decepción aún. ¿Cómo se le ocurría a ese idiota desconfiar de la única persona que tenía a su lado?

Él simplemente se encogió de hombros. Como si fuera lo más natural del mundo. Sabía que Nicholas Woods era posesivo con ella. Y que le tenía celos a Ted Lupin. E, incluso, inexplicablemente a su hermano Louis, cuando ni siquiera tenían una relación tan cercana. Sabía que Nicholas Woods podía ser así. Pero nunca pensó que haría algo, tan inmaduro, como seguirla. Tan irrazonable. Tan opresor.

Sintió que su burbuja acababa de explotar. ¿Podía seguir aguantando aquello? Lo único que le hacía seguir era su ánimo solidario de ayudar a que fuera mejor persona. Dominique Weasley verdaderamente lo creía. Y creía que funcionaba. Hasta ese instante. Podía justificarlo con el hecho de que Nicholas había centrado toda su atención en ella, al no tener Quiddtich de qué preocuparse. Que se había comido la cabeza con sus inseguridades. Pero, para Dominique Weasley, aquello no estaba bien.

Ahora bien, ¿podría también intentar cambiar aquello?

Se giró hacia el esqueleto, como si esa colosal incógnita de la naturaleza fuera a darle una respuesta.

No obstante, le otorgó una pregunta que disipó el resto de sus pensamientos.

-No tiene ojos -murmuró, más para ella y arrepentida al instante de haberlo dicho en voz alta.

-Oh, es verdad -coincidió Nicholas Woods.

Se dio cuenta, al estar más cerca del esqueleto, que el basilisco, más que muerto, estaba petrificado. Aquello explicaba que las escamas aún no se hubieran caído. El color grisáceo más que blanquecino. Pero no explicaba la razón de que las cuencas de sus ojos estuvieran vacías, arrancadas, con los nervios oculares brotando del interior de la criatura.

Sintió un escalofrío.

Quien fuera que hubiera hecho eso, no tenía buenas intenciones. Los ojos de los basiliscos era uno de los objetos más valiosos del mercado negro mágico. Eran, al fin y al cabo, lo que hacía a aquellas criaturas tan poderosas.

Alguien tenía en su poder la capacidad de petrificar y matar con ellos.

Tragó saliva y supo a quién debía avisar de aquello.

Deambuló por los pasillos. Si aquello fuese una película muggle, probablemente parecería un zombie. Tenía ojeras. Que nunca en su vida había sabido lo que significaba tener ojeras. No le gustó. Se las arrancaría como se quitaría, en ese instante, todos los rumores que sobre él pesaban. No era fácil ser popular y que todos creyeran que eras un imbécil malcriado. Lo cual podía ser, parcialmente solo, cierto. Y aquello le desgarraba. Lo estaba pasando mal, por mucho que se riera con sus amigos después. En su interior, era totalmente oscuridad. Como si todo lo que le hacía feliz antes, le hubiese dado la espalda. Sabía que no podía seguir así: la fama no lo es todo, no necesitaba la aprobación del resto… Pero era un adolescente y se llamaba James Sirius Potter. Estaba acostumbrado a que todo el mundo quisiera ser su amigo. La tendencia de Hogwarts en ese instante no era precisamente esa.

Por esa razón, buscaba a Ted Lupin. Podía escuchar horas y horas los consejos de sus amigos. ¡Qué Merlín bendijera a Susan y Fred! Después de todo lo que había pasado, eran los que más se preocupaban por él. Para eso estaban los amigos, ¿no? Pero aquel día tal vez buscaba una opinión, un consejo… O algo por el estilo, de una persona que él considerara que era más madura. Más experiencia…¿Igual a mejor razonamiento? Indudablemente Rose Weasley tendría más razonamiento… Pero seguía prefiriendo lamentarse de su situación ante el que consideraba su hermano mayor.

Y, no obstante, McMillan le dijo que no estaba aquel día. Que le había surgido una emergencia familiar. En cualquier momento, James habría ido corriendo a McGonagall para saber cuál era la emergencia. Pero es que ni siquiera asimiló que su familia podría encontrarse en problemas. ¿Acaso estaba en depresión? ¿O era que los dramas adolescentes le estaban sumergiendo en una burbuja que solo tenía cabida para sus problemas?

Decidió esconderse del resto del mundo. Y, en tanto que era un día radiante y soleado, el mejor lugar sin dudas sería la biblioteca. Se dirigió para allá. ¡Hasta qué punto estaba mal!

Conforme cambiaba sus pasos hacia aquel lugar de Hogwarts que tan poco le atraía, recordó los consejos de Jordan. Su amiga le decía que cuanto más pensara sobre sus problemas -los cuales aseguraba que eran una estupidez si se relativizaba con el resto de problemas del mundo mágico; más grande se haría la bola. Que no debía sucumbir a la auto-compasión. Fred, en cambio, había optado por decirle que se tomara un tiempo… Pero que aquello era algo de lo que debía aprender. Quizás tenía razón, se había olvidado por completo de la existencia de un valor que jamás había puesto en marcha: la humildad. La aceptación de que no era tan importante. De que se equivocaba como el resto de mortales. Y de que su actitud arrogante no siempre era bienvenida. Sobre todo si los falsos rumores parecían tener sentido desde el exterior por aquella razón.

Suspiró aliviado al encontrarse con pocas personas repartidas entre las infinitas estanterías de la biblioteca. Además, eran alumnos que a James poco le importaban. Probablemente ni sabían que James Sirius Potter era un cretino. O, con mayor probabilidad, sí y por eso pasaban de él.

Una joven le miró con una sonrisa tímida. Era Hufflepuff y sabía que era de su edad porque su rostro le era infinitamente familiar de haber compartido clase con ella. Obviamente no sabía su nombre. En otra época, como si él tuviera milenios y midiera sus momentos por siglos, le habría guiñado el ojo. Eso le habría causado un subidón de autoestima porque la joven se habría ruborizado. Pero no. Ese James ya estaba harto del James de antes. Así que ni le devolvió la sonrisa. Se fue directo a un pasillo en el que no había nadie.

Para no haber, no había ni escritorios. Tan poco conocía la biblioteca que ni reconocía los sitios para sentarse. Por eso no había nadie. Se dejó caer en la estantería. Apoyó la espalda contra conocimiento. Lo más cerca que estaría aquel día de páginas y papiros. Se sentó sobre el suelo. Se mordió el labio. Y se pasó, como quince minutos, en aquella posición.

Estaba en el pasillo de libros del Arte de la Adivinación. Esos libros habrían llevado a su tía Hermione a la locura. Recordó su expresión cuando le dijo que había cogido aquella asignatura y esbozó una sonrisa. Sinceramente, no sabía muy bien la razón por la que había escogido de nuevo aquella asignatura.

-¿Estás drogado? -le preguntó una voz.

James se había sumergido tanto en la abstracción, que ni se percató de que una muchacha se había puesto de cuclillas ante él y le contemplaba atentamente, con una expresión divertida. Como si fuera un fenómeno sobrenatural. Bueno, estaba en Hogwarts. No sería nada raro.

-¿Qué? -ni siquiera había escuchado lo que le había dicho.

Focalizó su mirada en la persona que tenía ante ella. Cornelia Brooks. Se mordió el labio cuando recordó sus últimas palabras hacia ella. Sinceramente no le apetecía nada en absoluto pedir disculpas en aquel instante.

-¿Sabías que las sustancias psicotrópicas están prohibidas en Hogwarts, no? -dijo ella, esbozando una sonrisa que tranquilizó a James. -¿Tienes fiebre o algo? ¿Qué haces en la biblioteca? ¿Sobre el suelo? ¿Tú?

Parecía realmente ser la mayor diversión que había tenido Cornelia Brooks en aquel día. Además, estaba de buen humor. De algún modo, se lo transmitió. Recobró la compostura y apoyó su espalda recta sobre los libros. 

-Quería desaparecer -le confesó. Sintió cierta vergüenza por decir aquello en voz alta.

No obstante, ella pareció no oírle. Se había incorporado y buscaba, distraída algún libro en la estantería de enfrente. Advirtió que hacía un conjuro con la varita y murmuraba un hechizo. Un libro apareció en un hueco libre. Lo cogió rápidamente.

-Estoy de acuerdo en que este sitio es un buen lugar para desparecer -le dijo mientras alzaba el libro en el aire. Después le miró con mayor atención. -Pero me temo que si desapareces, tus problemas no desaparecen contigo -razonó.

-¿Tú qué sabrás de mis problemas? -inquirió, algo ofendido por servir de consejera gratuita sin permiso.

Ella se encogió de hombros.

-Lo que escucho por ahí… Nada nuevo, en realidad -volvió a encogerse de hombros. James frunció el ceño. ¿No se daba cuenta de que estaba escapando precisamente de aquel tipo de comentarios? -Pero… No es para tanto, Potter. ¿Y qué si has sido un poco inmaduro? Tenemos catorce años, por Merlín… Ahora es cuando nos podemos permitir equivocarnos. ¿Sabías que nuestra personalidad no llega a formarse hasta los veintilargos? Todavía tienes tiempo de mejorar un poco -le sonrió. -Sólo que no lo conseguirás con drogas -advirtió, alzando una ceja inquisitiva.

-No he tomado ninguna droga…

-Lo que tú digas…-la joven sacó otro libro de la estantería. -Estoy estudiando Adivinación con Tom McGregor, ¿te quieres venir? -le propuso. James entornó sus ojos ante aquella extraña propuesta. Sabía que el año anterior se había llevado bien con Susan por lo del basilisco. Con él no tan bien, pero, al menos, habían compartido algo. Y después de haber pasado de ella durante el resto del curso, ¿se portaba bien con James? ¿Eso era lo que se suponía que hacían las buenas personas? -O puedes quedarte aquí nadando en tu miseria…

Cornelia Brooks le tendió la mano para incorporarse. James la miró como si se tratara de algo completamente nuevo para él. Tal vez la muchacha sentía pena por él. Lo cual era bastante probable. Además, era su compañera en clase de Adivinación, debían llevarse bien. Agarró su mano y se levantó de un brinco.

-Creo que… Me iré a dar una vuelta… Ya sabes, para que se me pasen los efectos de las sustancias psicotrópicas -la joven no captó la ironía de sus palabras. -Es broma -aclaró. Seguía escéptica. -¡De verdad!

-Lo que tú digas, Potter.

Ya no sabía si sentía náuseas de embarazo o por la situación que tenía ante ella. Se prohibió a sí misma volver a perder la conciencia. La habían despertado en una celda mugrienta. ¡Una celda! Ni que estuvieran en la Edad Media. Y, para colmo, le daban comida repugnante en bandejas de latón. Con la de gérmenes que tenía eso. Con lo que peligroso que podía ser alimentarse de un soporte oxidado. Para su bebé, sobre todo.

Había tenido tiempo para recapacitar sobre lo que nacía dentro de ella. Sus primeros pensamientos habían sido sobre decidir si seguir adelante con ello o no. Tenía diecinueve años. ¿No le cambiaría la vida? Por otro lado, si el embarazo estaba desarrollado… ¿Sería aquello ilegal? Lloraba cada vez que la idea de no salir de allí la atormentaba y le arruinaba todos sus planes de vida. También pensaba en qué diría Ted. Al menos él tenía algo más claro qué iba a hacer en su futuro.

Se pasó la mano por el vientre. Lo tenía más hinchado, al igual que su pecho. No obstante, sentía su cara más flaca. Los costados de su rostro más marcados. Sus labios resecos y sus ojos llorosos. Estar embarazada en una celda era lo peor que le había pasado en la vida. Se había replanteado todos los problemas que había creído tener atrás. Y le parecieron tan minúsculos, tan insignificantes, que le avergonzó haber sido así antes.

Estaba rodeada de los hombres que habían atormentado su mente durante todos aquellos días. No la habían torturado con hechizos. Pero lo psicológico era una tortura más profunda que el daño físico. Sabía los nombres. Octavio Onlamein, el gemelo del hombre que había escapado con la muggle, era el peor de todos. No tenía piedad. Su mente era oscura como sus ropajes. O'Smosthery o Montdark era la bestia humana abrupta y violenta que tenía contenido en su interior una máquina de tortura. Theodore era un licántropo, lo cual fue fácil de digerir, pues su propio novio era uno. Mas tenían atributos tan dispares, que el ser esa criatura le producía escalofríos que jamás llegó a pensar. Y, por último, el menos amenazante para ella: Loring.

Estaban todos reunidos, como esperando algo que ella no alcanzaba a comprender. Se referían a ella como la «Weasley». Y ninguno había tenido comprensión con el hecho de que estuviera embarazada. De hecho, se lo tomaban como una molestia añadida. La joven aún no sabía por qué seguía con vida. Aquello también le torturaba.

Entonces, cuando creía que se iba a derrumbar en el suelo, por la debilidad que sentía de estar de pie ante ellos durante un largo rato, una figura se apareció a sus espaldas. Casi profirió un grito de sorpresa. E, incluso, sintió alivio cuando la vio. Lo que jamás habría pensado semanas atrás.

Olivier Onlamein se apareció ante ellos.

Y los demás lo estaban esperando.

El temor le recorrió la espalda al recordar que le habían dejado elegir a quién mataría. Y, si el joven había puesto lejos de aquellos magos a la muggle, por descarte… La muerta sería ella. Sintió que se desvanecía.

-Por fin… Has decidido matar a la Weasley -confirmó Montdark.

Victoire Weasley esperó ver su vida pasar ante sus ojos. Los momentos más felices, los tristes, los excitantes y los que le desgarraban el aliento. No obstante, sólo se quedó petrificado, con los pies helados, y dos corazones palpitando al son de su desgracia.

Se giró para ver a Olivier Onlamein. Intentó suplicarle con la mirada que no le hiciera nada. Este miraba al resto con ojos desafiantes. Se acercó a Victoire Weasley, quien se obligaba a sí misma no perder el conocimiento y hacer todo lo posible para evitar aquello. El joven sacó su varita y apuntó a Victoire.

Más, rápidamente, cambió la dirección de su conjuro.

-¡Expelliermus! -formuló, haciendo volar el arma de su hermano por los aires.

Hubo una confusión. Octavio fue a por la varita de inmediato.

-¡Te enterarás! -le amenazó.

Olivier había creado una barrera entre Victoire y él con respecto al resto. La joven sabía que aquello no duraría mucho. Olivier se acercó más a sí a Victorie. La puso tras sí.

-He llamado a aurores -le anunció. Las lágrimas de Victoire brotaron con esperanza, mientras el joven mantenía la barrera de protección a duras penas. -Debes proteger a tu hijo -le ordenó con un semblante tan sombrío que estremeció hasta la médula a la joven.

La joven fue empujada al suelo y arrastrada lejos de Olivier por un conjuro de este. Se agarró fuertemente la barriga mientras veía cómo la barrera del joven caía poco a poco.

La escena se sucedió con tanta rapidez que a la joven se le nubló la mente.

-¡AVADA KEDAVRA! -maldijo Octavio hacia su propio hermano.

-¡NOOO! -se lamentó Victoire Weasley, mientras el cuerpo inerte de Olivier caía lentamente sobre el suelo. Sintió miedo. Se aceleró su pulso. No podía más que observar el cadáver del que había sido su salvador.

Unas figuras se aparecieron y comenzaron a lanzar hechizos sobre Octavio, Montdark y Loring, quienes respondían rápidamente. Danzaban sobre luces verdes, azules y rojas, sobre el cuerpo de Olivier Onlamein.

Victoire profirió otro grito. Y rompió a llorar.

Un hombre la cogió en brazos. Su rostro le era familiar, le era afable.

Estaba a salvo.

Pero sólo podía ver la mirada vacía de Olivier.

Y despareció de allí, en brazos de un auror que le llevó de vuelta a casa.

 

 



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