Historia al azar: Mis Colegas
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La Tercera Generación de Hogwarts » (II) Capítulo 6: Abrupto
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Sábado 23 de Enero de 2021, 18:38
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(II) Capítulo 6: Abrupto

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)
  232. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (I)
  233. (VI) Capítulo 11: Lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos (II)
  234. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (III)
  235. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones
  236. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (II)


Por primera vez en su vida, sintió la necesidad de curar su nerviosismo y su agobio con una calada a un cigarro. Quería llenarse los dedos de olor a tabaco barato y aspirar el humo que dañaría sus pulmones. Quería inspirar calma contaminada. Y expirar todos sus pensamientos negativos. Creía que esa era la sensación. No obstante, no sabía si verdaderamente un cigarrillo le transmitiría la tranquilidad que deseaba.

Eran malos tiempos para ser la novia de Nicholas Woods.

Si antes se planteaba interiormente la razón por la que seguía con una persona que, honestamente, no le aportaba nada; en aquel momento aquello venía del exterior. Los comentarios de desaprobación por su elección de pareja por parte de su prima Roxanne eran casi constantes. Su prima Lucy también le había preguntado qué veía en Woods. ¿Qué contestaba ella? ¡No sabía qué contestar! Eso se lo pregunta a sí misma todos los días. Y lo cierto era que no le veía nada. Ya no le veía nada.

Antes era su rutina. Si se sinceraba, era su única compañía. Dominique Weasley no tenía amigos ni amigas en Hogwarts. Había entrado siendo popular, pues Teddy y Victoire la acogieron desde un primer momento. Acudía a ellos siempre después de clase. Ella había intentado hacer amigos más allá de los «reyes de Hogwarts». Pero los demás simplemente eran cordiales con ella, como quien saluda a la realeza desde la distancia, pensando que esta no quiere juntarse con el resto. Dominique Weasley jamás había tenido una mejor amiga. Y su mejor amiga no era su hermana. Podía parecerlo pero no era así. Tenían sus roces y sus arañazos. Y eran muy diferentes, aunque todo el mundo las viera iguales.

Cuando el apuesto cazador Nicholas Woods le pidió una cita en tercero para ir a Hogsmeade, su hermana le aconsejó que fuera con él. Lo pintaba como si de la mejor historia de amor jamás escrita fuera. Una Gryffindor popular con un Gryffindor popular del equipo de Quidditch. «Seréis como Teddy y yo cuando Teddy me pida salir». Pero no fue así.

Nicholas Woods era el hijo único de Oliver Woods. Él sabía que su padre era una leyenda. Que sería reconocido por su apellido y vinculado al Quidditch. Lo utilizaba a su favor. Es más, al principio, todo el mundo creía que era una copia de su padre. Pero Nicholas, en realidad, era el hijo mimado de una estrella de Quidditch. Era arrogante, altivo y consentido. Durante toda su vida, todo aquello que había querido lo había tenido. También a Dominique.

La joven sabía que no encajaban bien. Que eran piezas de un puzle distinto. Ella se había dejado llevar desde un primer momento buscando las sensaciones que sus libros prometían. Nunca las experimentó. Simplemente parecía como si su relación fuese hacer planes juntos y darse besos. Ir andando cogidos de la mano. Escuchar ella a él quejarse de absolutamente todo.

Todos los alumnos creían que eran la pareja ideal hasta que Nicholas Woods no fue elegido cazador del equipo de Quidditch de Gryffindor. Era la primera vez que le habían dado una negativa. Desde entonces, Nicholas había transformado su fachada de atleta comprometido en un «pedazo de imbécil», como le había dicho su hermano Louis. Ella se encogía de hombros. No era una sorpresa para ella.

Todos los alumnos miraban a Dominique, desde entonces, con pena. Como si comprendieran el martirio que tenía que ser soportar a aquel esperpento. «No entiendo cómo sigue con él después de ver cómo trata a su familia». « ¿Tú crees que es así con ella?». «Deberíamos decirle que si alguna vez quiere algo, aquí nos tiene». «Tiene que ser una pesadilla aguantar ahora a Nicholas Woods». Los alumnos no se molestaban en bajar la voz al hacer aquellos comentarios. Ella quería gritarles que claro que era una pesadilla, pero que era así siempre.

Nadie se había preguntado por saber cómo estaba ella. Ni siquiera su hermano Louis.

Dominique Weasley era solitaria porque estaba sola. No había sido decisión suya.

¿Por qué no lo dejaba con Nicholas?

Se paró en seco en su trayecto por el Bosque Prohibido.

Le faltaba un poco de aire. No había ido corriendo. Era, simplemente, la nube de sus pensamientos ahogando su respiración. Aspiró aire y lo dejó salir. Repitió. Repitió. Su estómago de pronto se encogió. Respiraba entrecortadamente. Su ritmo cardíaco se aceleró. Sentía las palpitaciones por todo su cuerpo.

No podía respirar.

Se ahogaba con sus propios pensamientos. Cayó de rodillas al suelo y se llevó las manos al pecho, como intentando quitarse el peso que llevaba en lo alto. Que la oprimía. Se tumbó en el suelo mientras el paisaje de su alrededor giraba sobre ella en borrones acelerados como su pulso. Comenzó a sudar y a temblar. Quería vomitar. ¿Se estaba muriendo?

Sintió una mano sobre su espalda.

Su temblor se acrecentó. Sollozó mientras se llevaba las manos a la cabeza.

La mano acarició su espalda.

No podía respirar. Le faltaba el aire. Se iba a morir allí.

-Tranquila -la voz de Firenze sonaba como un murmullo de agua en mitad del bosque. -Respira.

Lo intentó pero no podía.

-Lo siento -alcanzó a decir ella.

Entonces la presión en el pecho fue a más. Sus pensamientos iban a matarla.

-Tranquila, joven Dominique.

El centauro sopló aire hacia ella. Sintió la brisa recorrerle la espalda. Se percató de que Firenze se había sentado a su lado. Le acariciaba como si ella fuera una criatura dañada, herida y que necesitaba ser consolada.

Quizás era así.

Su mente necesitaba paz y ella solo tenía tormentas.

Sintió el aire por sus pulmones. Poco a poco, como un dolor que lentamente se arrastraba por su cuerpo hasta abandonarlo, el peso sobre su pecho le abrió las vías respiratorias. Y rompió a llorar.

Corrió a abrazar el torso desnudo de Firenze. Este, sorprendido, la acogió y la rodeó con sus fibrosos brazos. Ella sollozaba desconsoladamente. Como si así soltara todo lo que le estaba sintiendo y que la estaba convirtiendo en una bobina de lana que era imposible desenredar.

-Lo siento -repitió, aún entre sollozos.

-Tranquila, niña -le concedió Firenze. -Llorar limpia el alma -aquello supuso un sollozo angustiado de la joven.

-Lo siento, Firenze, no es nada…

-No creo que sea nada si le hace sentir así.

-Es una tontería… Es solo que tengo miedo.

Firenze la despegó de él. Se incorporó y la miró desde una altura a la que a Dominique le tapaba la luz que se escapaba entre las copas de los árboles. Su magnitud y su templanza le infundieron algo de estabilidad en su respiración.

-Camina conmigo -le ordenó. Dominique se levantó. Se sacudió el uniforme y se sonrojó, avergonzada de haberse derrumbado ante aquella criatura. El centauro tomó rumbo al castillo. La joven lo siguió en silencio. - ¿De qué tiene miedo, Dominique Weasley?

La joven le lanzó una mirada, sorprendida. Estaba confusa y, al mismo tiempo, agradecida de la presencia de aquella criatura mágica. Pasó su mano por el tronco que unía su cuerpo de humano con el caballo cuyos casos pisaban sobre la hierba seca. Suspiró.

-De mí -contestó ella con simpleza. -No puedo evitar tomar decisiones que me hacen daño.

Firenze sonrió.

-¿Es por ese muchacho?

Su rubor hizo que sus manos se separaran del centauro y le miró de reojo. No sabía si era por la Adivinación o porque algún elfo doméstico del castillo le había contado lo que ocurría tras los muros. Ella nunca le había hablado de Nicholas Woods. Sabía perfectamente que era porque la persona que era con la colonia de centauras no era la misma que salía del Bosque Prohibido y se metía en el castillo.

-En parte sí.

-En ocasiones, salvar a una persona hace que nos pongamos nosotros en peligro -anunció el centauro.

-No sé si ya podré curar su arrogancia y su violencia… -Confesó Dominique. -Pero si lo dejo estar, si lo dejo a él… No creo que eso me salve a mí. Se volvería más violento. Más cruel. Le he conocido durante años y sé que soy la única que puede detener su erupción… Si le abandono, me sentiré culpable de su ira y la centrará en mí. Lo sé. Le conozco. Me hará culpable y foco de sus problemas. Y, ¿qué haré yo entonces? Yo no tengo amigos a los que acudir para que me arropen -suspiró. Su soledad la envenenaba. -Si no le abandono, podré, con el tiempo, curarle. Nunca del todo, porque su alma no es limpia… Pero, al menos, no sé,… Supongo que evitaré que insulte a mi familia.

Firenze la observó mientras se mordía el labio.

-Usted no es responsable de nadie -le dijo.

Sus ojos se empañaron de lágrimas.

-Pero no puedo… Al menos, de momento, no puedo…

-Tiene un gran corazón, niña. Eso siempre le traerá problemas.

El grito de agonía viajó por todos los pasillos del Palacio de Hielo, cuyos cimientos fríos y paredes austeras temblaron. Una voz rota respiraba de forma entrecortada. Tomó aire para expulsar de nuevo un chillido ensordecedor. Como si así liberase su dolor. La figura se retorcía en la habitación desnuda de ornamentos y de color. El joven, víctima de la varita, encogió sobre sí misma. Miró suplicante a las tres figuras que se alzaban ante él.

No paraba de pensar cómo su propio hermano podía estar allí presente, sin inmutarse, orgulloso. Él habría sufrido de ser al contrario. Olivier Onlamein se volvió a retorcer de sufrimiento. Octavio entornó los ojos, como si así enfocara mejor la visión que ante él tenía: su hermano Olivier siendo torturado. Un sudor frío le recorrió la espalda cuando Octavio cruzó los brazos sobre su pecho, impaciente al siguiente conjuro de dolor.

La otra figura, robusta y colosal, cuyo rostro había sido cruzado por una enorme cicatriz, tosió mientras sacudía su manto. Montddark era el que sostenía la varita, declarándole hechizos con los que disfrutaba herirle. A su lado, una última figura, algo más rezagada, contemplaba la escena en silencio. Loring se acercó lentamente al cuerpo torturado de Olivier, que recuperaba, poco a poco, el aliento que le faltaba.

-¿Insinuarás de nuevo que son absurdas las órdenes de El Señor? -preguntó con su voz aguda y rasgada, mientras le cogía y lo alzaba por el cuello de su camisa ensangrentada.

Olivier Onlamein sacudió la cabeza negando, como si su vida dependiera justo de aquel hilo. Y así era.

-¿Es suficiente? -cuestionó Montdark mientras revisaba su varita. Miraba de reojo a Loring con cierto desprecio. Como si recibir órdenes de él fuera toda una aberración.

Recibió una mirada de soslayo. Dibujó una sonrisa maliciosa con sus labios y sus ojos brillaron. Olivier sabía que estaba disfrutando. Loring jamás había tenido que sancionar a uno de sus agentes. Sabía que el hecho de que su primera víctima fuera Olivier Onlamein, uno de los gemelos, su propio primo, a los que su madre adoraba y a los que estaba condenado a intentar igualar.

-Sigue un poco más -dijo mientras le tiraba al suelo. -No vaya a ser que la próxima vez que tenga que asesinar a otra muggle se vuelva  a negar…¿Me recuerdas por qué te has negado con esa enclenque borracha? -No recibió respuesta. Olivier quería salir de allí con vida. -Oh, sí… ¿Por qué era, Octavio? ¡Recuérdale sus propias palabras!

El aludido alzó las cejas. Olivier conocía a su hermano y sabía que no soportaba el teatro que estaba haciendo Loring. Por muy acertada que fuera la sanción, Octavio no querría formar parte de aquello. No obstante, no estaba en una posición como para negarse a Loring en ese instante.

-Porque no había hecho nada como para ser asesinada -sentenció Octavio.

Loring se desternilló.

-¡Como si ser muggle no fuera motivo suficiente!

 

El almuerzo de aquel día había formado un alboroto. Los más grandes engullían con agilidad, acostumbrados a las extrañas recetas que, en ocasiones, sorprendían a los más jóvenes. Los primerizos preguntaban a los más veteranos que extraña comida estaban destinados a comer, por su pinta y por el interesante olor que dejaba tras sí. Los mayores se reían de ellos, sin recordar que ellos mismos habían estado en su lugar.

El plato estrella era el pudín de cangrejo. El plato que más odiaba Molly Weasley. Comía con desgana, simplemente aportando los nutrientes necesarios a su cuerpo. Tenía dos asientos libres en sus dos lados y sabía que nadie se sentaría a compartir con ella su disgusto.

Miraba hacia la Mesa Gryffindor, donde pilló con la mirada a Fred Weasley echar el pudín dentro de una bolsa debajo de la mesa, que ayudaba a sostener James. Se rio para sí. Aquel verano había tenido la oportunidad de conocer mejor a su primo, y se había sorprendido de que no fuera tan desastre como él creía.

Posó sus ojos sobre la Mesa de los Profesores. Sus caras eran un poema, pues tampoco eran fieles seguidores del plato del día. Agripina Vercelli, la profesora de Transformaciones que había sustituido a McGonagall cuando tomó las riendas del colegio, comentaba algo que parecía causarle risa a Bathseda Babbling, profesora de Runas. No entendía cómo su profesora favorita podía ser amiga de una mujer tan aburrida.

Al lado de ellas, se encontraba Sybill Trelawney, quien, pese a su temprano envejecimiento, seguía siendo la profesora de Adivinación. Contemplaba su plato como si le estuviera relatando la próxima profecía. Molly Weasley sonrió inconscientemente. Wilkie Twycross, el misterioso profesor de Aparición, parecía disfrutar de la delicia de cangrejo que tenía ante él, mientras recibía la mirada de desaprobación de la profesora de Aritmacia, Séptima Vector. Binns, de Historia de la Magia y Aurora Sinistra, quien seguía dando Astronomía, conversaban animadamente, introduciendo a Kate Bones, antigua alumna, quien desde hacía unos años enseñaba Estudios Muggles. En el centro, McGonagall y Neville Longbotton comían en silencio observando con detenimiento a sus alumnos. Entonces, se percató de que Ernie McMillan, junto a Hebert Beery, quien acompañaba a Longbotton en Herbología, le instaba a Filius Flitwick a que tomase el asiento vacío que había entre ambos. La silla vacía pertenecía a Rubeus Hagrid.

Molly Weasley frunció el entrecejo.

-Tú también te has dado cuenta, ¿eh?

La joven se sobresaltó. Estaba tan inmersa en sus pensamientos que ni siquiera se había dado cuenta de que un joven se había sentado en frente de ella. Molly Weasley le examinó con cuidado. Era Devdan Kumar, un estudiante de un curso superior al de ella de su propia casa Hufflepuff. Se extrañó que le dirigiera la palabra. Se trataba de un joven algo popular, atractivo y con unos ojos almendrados que le escudriñaban. Había sido elegido recientemente como buscador del equipo de Quidditch y había recibido algo más de atención desde entonces.

-¿De qué? -le preguntó ella, algo nerviosa, pues no solía tener contacto con el resto de sus compañeros. Menos aún con Kumar. En función de sus aptitudes sociales, aquello no entraba dentro de los esquemas de Molly. Y le molestaba. Ella estaba bastante cómoda en su zona de confort, incluso si parecía estar siempre sola.

-De que falta Hagrid… Nunca se pierde el pudding de cangrejo… Todos siempre intentamos dárselo a él -Molly le concedió una sonrisa. Sus habilidades sociales eran limitadas. -¿Qué le habrá pasado?

Honestamente, le daba igual lo que le hubiera pasado a Hagrid. Su relación con él era puramente académica. No era como algunos de sus primos que sabían que lo trataban como si fuera su abuelo. Sí, Hagrid era entrañable, pero tendría su propia vida además de comer pudding de cangrejo.

-No lo sé -respondió simplemente.

-Vaya, sí que eres habladora, ¿eh?

Aquello le molestó.

-¿Y? -interrogó mientras retiraba su plato y se dirigía a la fruta. -¿Quieres algo?

El joven sonrió como si no se creyera su respuesta. Quizás era la primera vez que alguien no correspondía su carisma. ¿Acaso no sabía que no era algo característico de Molly Weasley? Podía fingirlo, pero nunca sería natural.

-Vaya, Weasley, solo quería hacerte algo de compañía…

Entonces, Molly frunció aún más el entrecejo. ¿Habría probado alguna psicotrópico? Había captado su curiosidad. ¿Qué buscaba Kumar de ella? Había pensado en deberes de alguna asignatura… Pero él era de un curso superior. Y sabía que no se le daba tan mal el ámbito académico como para acudir a ella. De nuevo, esa incertidumbre le molestó.

Quizás era la fama de los Weasley. Eso le había ocurrido hacía años en sus primeros días… Hasta que todos se dieron cuenta de que no era para nada ni como Victoire ni como Dominique. Ni siquiera se hablaban entre ellas por los pasillos. Relegó en su excelencia académica, sus rituales paseos de veinticinco minutos y su obsesión por las Transformaciones.

-¿Por qué quieres mi compañía? Soy nada interesante para ti. No compartimos nada sobre lo que establecer una relación en el espectro social del Colegio -sostuvo, mientras dejaba brotar su escepticismo. Estaba buscando espantarlo, estaba haciendo todo para conseguirlo.

Recogió sus cosas, cogió un plátano y se incorporó.

Había cubierto el cupo de tiempo de sociabilización.

Hizo amago de irse.

-Nos vemos -se despidió Kumar.

Molly Weasley tenía una incógnita con la que darle vueltas a la cabeza para aquel día. ¿Qué diantres querría Devdan Kumar de ella? ¿Acaso había hecho una apuesta para ver cuánto tiempo aguantaba a su lado sin dañar su reputación? La joven puso los ojos en blanco conforme salía disparada del Gran Salón.

Justo al salir se topó con su hermana Lucy. Estaba sentada en el suelo. Con las manos sobre la cabeza.

Molly suspiró.

Los dramas de su hermana superaban su paciencia. No entendía cómo su ámbito social podía causar tantas preocupaciones en su mente. Debería preocuparse más por su mejora académica.

Sabía que Lucy acudía sobre todo a su prima Roxanne para contarle sus problemas con el muchacho con el que parecía estar saliendo, Christopher Nott. Lo cual parecía haber hecho adrede para teatralizar todo lo que la rodease. Jamás lo entendería.

Pensaba pasar de ella, pero sabía que, en ese momento, tenía que actuar como hermana preocupada o su hermana no se lo perdonaría. Además, era la única persona en Hogwarts que hacía hueco en su agenda para ir a Hogsmeade con ella. Aunque a ella no le importara pasar todo el tiempo sola, parecía que el resto del mundo creía que no le gustaba estar sola. No era así.

 Prefería mil veces estar con sus profesores a compartir minutos de su vida con personas de su edad. Compartir tiempo con personas con las que no tenía tema de conversación en común era un reto para ella: tenían tan poco conocimiento sobre lo que a ella le interesaba que no tenía motivación alguna para compartir tiempo con ellos. Estaba muy a gusto en su no-sociabilización. Sabía que había personas con su misma condición que no le importaban estar rodeados de gente.

Volvió a suspirar.

Se sentó a su lado y le tocó el hombro. A Molly Weasley no le gustaba el contacto físico. Creía firmemente que mostrar emociones así era incómodo. Debido a su forma de ser, era muy difícil para ella mostrar algo de afecto. Incluso a su hermana. Una vez más, excluida socialmente por su condición.

Era mucho más fácil dar afecto a los libros. Incluso si estos no le devolvían el afecto, no le reprocharían nunca nada. Era más seguro idealizar una situación en la que nadie saldría lastimado. Además, ¿quién era ella para dar consejos? Sus juicios morales se sostenían en aquellos modelos que el resto del mundo consideraba malos y ella tendía a evitar.

-No pasa nada -le dijo Molly, suponía que eso era lo que se decía en aquellos momentos.

-¡Sí que pasa, Molly! -la joven se sobresaltó. Lucy la abrazó como para consolarse a través de su cuerpo. -¡Estoy enamorándome y creo que no soy correspondida! ¡Es lo peor del mundo!

Molly suspiró.

Obviamente no coincidía con su hermana. Había asuntos más preocupantes en aquel momento: el cambio climático, la inestabilidad política que acechaba tanto al mundo muggle como al mágico, las enfermedades víricas que eran cada vez más resistentes, el flujo constante de la magia que creaba más y más magos, la amenaza desconocida por la que habían entrado un basilisco en Hogwarts… Un amor correspondido era, de hecho, lo más natural. Según las estadísticas, la compatibilidad ideal entre parejas era inexistente. Todo se formaba en base a las presunciones del uno de otro. Lo más lógico era darse cuenta de que el amor, como creía su hermana Lucy que existía, era solo un instinto primitivo del ser humano camuflado entre sustancias químicas e ideas abstractas.

-No pasa nada -repitió. -¿Te lo ha dicho él?

-¡NO! Pero yo lo noto…-Molly rodó los ojos. -No me ha dado ni un beso desde el año pasado, solo abrazos…¡Como si fuéramos amigos! -Su hermana se sorprendió por el instinto primitivo latente y desatado de su hermana. -Además, es como si últimamente me evitara…

-Igual es menos de lo que piensas -El ser humano tendía a dramatizar siempre su situación. Era una criatura que gozaba de su propia miseria. Nunca entendería como podían disfrutar de estar mal.

Lucy sollozó.

-Creo que yo siento muchos más sentimientos que él…¡Es mi primer amor! ¡Es mucha intensidad!

Sinceramente, hubiese preferido que Roxanne fuese la que estuviera en su lugar. Ella estaba tensa como un palo y no sabía que palabras utilizar porque temían que hicieran daño a su hermana. Sabía que su hermana estaba sufriendo. Pero no le cabía en la cabeza cómo se podía sufrir tanto por algo que ni siquiera se había manifestado.

-Bueno, no pasa nada…

-¡Deja de decir eso, Molly! ¡Claro que pasa! Creía que íbamos a ser una pareja ideal… Pero… Y seguro que se avergonzará de mí como me vea así…-volvió a sollozar. -Qué suerte tienes de que nunca te puedas enamorar…¡Es lo peor!

Tragó saliva. No entendía por qué había sacado eso de pronto. Además, era una conjetura errónea y, desgraciadamente, bastante extendida.

-En realidad, los Asperger sí que tenemos sentimientos -refutó simplemente. -Solo que no los mostraría como tú.

-¡Oh, Molly! ¡Lo siento! No quería decir eso…-Su hermana apretó su agarre. -A veces desearía ser como tú, de verdad. Parece todo tan fácil.

Volvió a suspirar y a tragar saliva. En realidad, no era así. No obstante, no realizaría ningún argumento que pudiese causarle más dolor, por lo que decidió asentir. Su hermana estaría feliz si afirmaba -aunque no fuese cierto -que ser Asperger era mucho más fácil que ser una persona neurotípica con problemas sentimentales bastante exagerados. Y un tanto de déficit de atención.

-Debes hablar con el chico -dijo Molly. Le diría lo que pensaba desde su razonamiento puramente inductivo y se iría. -Te basas en una hipótesis que no has probado y, hasta que no te asegures de cuál es el resultado, no podrás obtener la premisa general -recibió una mirada extrañada de su hermana. Molly suspiró. -Deberías asegurarte de que lo que dices es cierto antes de llorar por eso.

Entonces, su hermana sí que lo comprendió.

-Pero si es así, me partirá el corazón, Molly.

-El corazón no se puede partir, es un músculo… Puede detenerse o sufrir una obstrucción en las vías, pero no partirse ni romperse -le aseguró.

-Pues se me detendrá de pronto…

Molly la miró sorprendida.

-¿Debería preocuparme y llamar a mamá por los signos depresivos que estás mostrando? -su preocupación era seria.

No obstante, aquello causó una risa leve en su hermana. No entendía nada. Quizás era una broma. Como si su comentario tuviera esa intención. Molly la imitó y también se rio.

-No hace falta, tienes razón, soy una exagerada.

-Sí, sé que tengo razón -sentenció Molly seriamente. Siempre tenía razón. Pocas veces se equivocaba.

Era su primera cita.

Caminaba deprisa hacia la Torre de Astronomía. ¿Sería el primero en llegar? ¿Demostraría eso más ilusión de la que sentía? Debía admitir que estaba decepcionado consigo mismo por ni siquiera sentir mariposas en el estómago, de esos bichos que decían que supuestamente se sentían en las primeras citas. Igual él, por ser demasiado valiente, ¿habría superado esa fase? Negó en su cabeza.

Era solo una cita.

No podía pretender sentir algo desde el primer momento, ¿no? Es decir, ¿a todo el mundo le gustaba la otra persona desde el minuto cero? ¡Já! Lo dudaba. Incluso si Susan le hubiese dicho que había aceptado por ir de «guay» con una muchacha popular que cuadraba con su perfil deportista… Incluso si Fred le había dicho que si de verdad quería tener una cita con Camrin Trust… Él seguía creyendo que era lo correcto.

Bueno, ¿y qué si no sentía nada? Ni nervios ni insectos en su barriga.

-¡Llevo esperándote diez minutos, Potter! -le acusó Camrin Trust cuando entró en la Torre. -¡Mira lo que he traído!... Me hice amiga de Fon, un elfo doméstico de las cocinas, el año pasado cuando me quedaba con hambre por la noche… ¡Y me ha traído cervezas de mantequilla! -Le mostró los dos botellines. -Esto es confidencial, ¿eh? Que es ilegal o algo así…

Le transmitió toda la positividad a James y este se dejó llevar por la risa que comenzó a nacerle del estómago. Camrin le tendió una cerveza. Observó que se había trenzado su pelo voluminoso y rizado y que se había echado algo de color en sus mejillas morenas.

-Wow, muchas gracias…-al coger la cerveza y abrirla, se dirigió a la valla desde la que se podía observar todo el amplio paisaje que rodeaba el castillo.

-¿Sabías que desde aquí fue donde Albus Dumbledore murió asesinado? -Camrin se acercó a él. -Por lo menos tuvo unas bonitas últimas vistas…

La Torre de Astronomía era la más alta de Hogwarts. Se encontraba casi directamente por encima de la puerta principal del castillo. Estaba rodeada por una baranda y era lo suficientemente alta como para tener una perfecta visión del cielo nocturno estrellado. Un gran telescopio sobresalía de ella y apuntaba al cielo.

-Mi padre estuvo aquí cuando eso ocurrió -le comentó, arrepintiéndose casi al instante de recordarlo. Odiaba cuando la gente seguía preguntándole por las hazañas de su padre.

-¿Y no lo evitó?

James la miró sorprendido.

-No -dijo, negando con la cabeza. Nunca había cuestionado las decisiones que había tomado su padre en el pasado. Dudaba que alguien lo hiciera. -Su motivo tendría…

-¿Qué habrías hecho tú? -le preguntó con curiosidad. James se rio. -¡Venga, hombre! ¡Mataste a un basilisco con tus amigos y tu hermano el año pasado! ¡Todo el colegio lo sabe! ¿Qué habrías hecho tú?

El joven se posó sobre la baranda y miró al horizonte. Recordó que, para su padre, Albus Dumbledore era como un la figura paterna que nunca tuvo. Sabía que, aunque tuvieran una diferencia de edad de casi un siglo, eran como dos miembros cercanos de una familia. Sabía que su padre le había gritado en la frustración, le había gritado de dolor, le reconoció sus temores y le confió su propia vida. También sabía que Dumbledore había inmovilizado a su padre con un hechizo no verbal de cuerpo entero.

-Mi padre no pudo hacer nada porque… Bueno, estaba hechizado -confesó. Sí, Harry Potter lo hacía todo bien y, cuando no, tenía justificación. -Pero yo lo habría parado. Fuera como fuere.

Camrin Trust soltó una risa cantarina. Parecía ser la respuesta que quería oír.

-¡No lo dudo!

James notó, entonces, que ambos estaban bastante cerca. ¿Cuántos años tenía Camrin? ¿Doce? Parecía mucho mayor. De hecho, era incluso más alta que Susan. Además, parecía más madura que el resto de las niñas de su edad. O eso, al menos, quería pensar.

Entonces, el muchacho se aventuró.

Pasó su mano por la espalda de la joven, la atrajo hacia sí y buscó su boca con sus labios. Notó los carnosos labios de a joven Trust responderle con ánimo. Jugó con ellos y sintió una electricidad recorrerle la espina dorsal. Como cuando rozaba las alas de la snitch. James se separó y sonrió.

Bueno, al menos sí que había sentido algo.

Contempló el rostro de Camrin.

Nope, seguía sin sentir mariposas. Pero era una sensación agradable.

La joven entrecerró sus ojos y se separó un poco más de él. Le dio una bocanada a la cerveza y sonrió.

-Soy tu primer beso, ¿verdad? -inquirió Camrin mientras daba otro trago a su cerveza de mantequilla.

El aludido se rascó la cabeza. ¿Acaso había notado algo que le sugiriera eso? Se sonrojó.

-La verdad es que no -confesó. -Pero yo para ti sí…

-¡Pues sí! -sentenció ella, alegre. -He tenido suerte, eres guapo y popular.

Soltó otra risa cantarina y le robó un beso a James. El joven se contagió de su risa. Bueno, aunque no fuera la intensidad emocional que esperaba, debía admitir que estaba cómodo. Camrin era alegre y directa. ¿Habría sido así su madre? Urgh, no quería pensar en eso.

-Demos una vuelta…-propuso James, acabándose la cerveza de un trago largo y dejando el botellín al lado de la baranda. -Vamos.

Ella aceleró sus tragos, dejó la botella con cara de arrepentimiento en el suelo y siguió al muchacho. Justo cuando bajaron la escalera se toparon con dos muchachas de Ravenclaw que les miraron inquisitivamente y susurrando. James sonrió. Recordó cómo Teddy era el rey de Hogwarts y había visto en Victoire en los últimos años a su compañera perfecta para una imagen de héroe que incluso su padre había tenido. Y, sobre todo, su héroe favorito: James Potter, su abuelo. Camrin Trust, además, era perfecta para sus amigos.

Cuando avanzaron por el pasillo y comenzaron a ver a más gente, James pasó su brazo por la cintura de Camrin y le robó un pasional beso que electrificó todo su sitema nervioso. Ella le siguió y se posaron sobre el muro del pasillo. Besar definitivamente era genial.

Escuchó murmullos de sorpresa a su alrededor y no pudo evitar sonreír con suficiencia. Camrin estaba colorada y miró hacia el suelo tímidamente. ¿No le gustaban las muestras de afecto en público? ¡Él era James Potter! ¿No decía que era guapo y popular?

Una mano se posó sobre su hombro y le apartó abruptamente de Camrin que se llevó la mano a la boca y giró la mirada hacia otro lado. Al darse la vuelta para enfrentarse a quien fuere que había interrumpido su romántica escena pública, se llevó las manos a la cabeza.

-¡¿QUÉ?¡ ¡¿QUÉ HACES TÚ AQUÍ?! -esbozó una «o» con su boca y abrazó efusivamente al joven con profusa barba y greñas que, con capa elegante, correspondía el abrazo de su casi hermano. -¡TEDDY LUPIN! ¡POR MERLÍN!

Teddy Lupin le tendió la mano a Camrin Trust.

-Soy Teddy Lupin, su nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras… Un placer conocerla así -dijo con una sonrisa socarrona.

La joven no sabía dónde meterse. Ella no conocía a Teddy Lupin pero había oído hablar de él como todo alumno de Hogwarts. Era una leyenda viviente.

-¡¿PROFESOR?! -exclamó James. -¿Estás de coña?

Con orgullo, Ted negó y sonrió, volviendo a abrazar a James.

-¡Para nada! Te tendré bien vigilado…-le lanzó una mirada pícara que hizo que James se riera, pero que Camrin quisiera morirse de la vergüenza. -¡Me alegro de que estés tan rematadamente bien y en tu salsa!

Ambos rieron, como compartiendo algo que solo ellos sabían.  

-Yo sí que me alegro de que estés aquí, hermano…

Volvieron a sacudirse en un abrazo.

-¡Por cierto! Fred te está buscando… Estaba en el patio de atrás.

James asintió, había quedado con él y con Susan después de su cita, la cual les aseguró que no iba a tardar mucho.

-¡Te veo pronto en clase! -Se giró para mirar la cara descompuesta de Camrin Trust. -¡Me voy con mis amigos! ¡Te busco luego!

Dicho esto se fue corriendo, con una sonrisa a donde estaban sus amigos. ¡Teddy estaba en Hogwarts!¡Y ahora tenía una novia! Juntando eso al hecho de que él mismo era una celebridad… ¡Tenía la adrenalina por las nubes!

-Chicos, chicos… ¡Teddy está en Hogwarts! -aulló de felicidad y se sentó corriendo sobre la hierba seca de otoño. -¿Qué pasa? ¿Qué hacéis?

-¿Y tu cita, James? -preguntó Susan con cierta diversión en su mirada.

El joven le dio una palmada en la espalda a su amiga.

-¡Estupenda! Veréis a Trust más a menudo… Ya veréis lo divertida que es… ¡Es como mi Lily Evans!

Fred aguantó la risa.

-Solo que Trust no es como tu abuela… -Susan y él compartieron una mirada divertida que  solo ellos entendían. -Bueno, James, estamos viendo qué optativas tenemos en común… Ya que empiezan más tarde por las últimas incorporaciones…¿Cuál tienes tú?

James se encogió de hombros.

-No sé, me hizo la inscripción mi madre.

Susan aguantó la risa mientras se llevaba la palma de su mano a la frente con decepción.

-Pues yo me he cogido Cuidado de las Criaturas Mágicas… Ya sabes, para pasarlo bien con Hagrid -comentó con una sonrisa recordando su año anterior. -Y, por supuesto, Estudios Muggles para aprender cómo funcionan los cachivaches que siempre nos traes en Navidad…¡Este año estaré adelantado a tus regalos! -amenazó, causando la risa en sus amigos.

-¿Y tú, Susan?

La joven negaba con la cabeza, entre risas, la actitud de ambos. James sonrió para sí. Ella era justo el balance que necesitaban Fred y James. Siempre estaba incluida en sus bromas, pero sabía ponerles límites. Era la única con un poco de madurez.

-Por razones muy distintas a las de Fred …-advirtió ante la mirada de su amigo, el cual se disculpaba con cara de no haber roto un plato en su vida. -He cogido Cuidado de las Criaturas Mágicas… Y Runas Antiguas -añadió reprimiendo una sonrisa.

Sus amigos reaccionaron como si hubiera dicho que había considerado salir de Hogwarts. James se lanzó dramáticamente al suelo. Fred realizó un gesto bastante dramático de disgusto y le apuntó con el dedo como si fuera una varita asesina.

-Que sepas, Susan Jordan, que está muy mal eso de tener una asignatura que sabes que ni James ni yo nos cogeríamos… Y, para colmo de los Merodeadores -añadió limpiándose una lágrima imaginaria. -¡Runas! ¿Es que no podía ser Adivinación? ¿Acaso crees que tu cerebro pensante puede soportar esa tragedia?

La joven ignoró el discurso improvisado de su amigo y se giró hacia James.

-¿De veras no sabes cuales son las tuyas?

James se rascó la nuca, un tanto inseguro. No era cierto que las había elegido su madre. Las había escogido él a conciencia, pero le daba vergüenza admitirlo.

-Creo que… Cuidado de Criaturas Mágicas y Adivinación -sentenció ante el intento de suicidio de Fred.

La muchacha soltó una carcajada. James no supo si era por su elección o por la teatralidad de Fred. Seguramente por lo primero, por lo que no pudo evitar mirar al suelo y morderse el labio.

-Fred, sólo estarás sin nosotros en una única asignatura.

El aludido la contempló, haciendo como que lloraba.

-¡Me habéis abandonado! Ahora tendré que aguantar una clase solo… Comentando cosas con ¡NADIE!; quedándome dormido con ¡NADIE! Y…¡HACER EXÁMENES SOLO! ¿Cómo osáis abandonarme y dejarme desamparado?

-Te recuerdo que sin mi ayuda eres lo mismo que con ella… Sacaste un Trolls en Historia de la Magia…

-¡Pero es porque Binns no me entiende!

-Oh, sí, tu sabia e ingenua propuesta de dar Historia del Quidditch le encantó…

-Debe motivar al alumnado…-musitó Fred. Hizo un gesto de desesperación. Se tumbó sobre la hierba, sin importar que las hojas secas del otoño se mezclaran con su pelo. -Y encima James nos va a dejar por su novia.

 

El castillo se había vuelto algo más oscuro. Las gotas de lluvia caían en la piedra haciendo el tono grisáceo algo más negro. Los pasillos volvían a llenarse de gente: en ese mes solo habían podido salir dos días bajo el Sol y todos los demás habían sido agraciados con una incansable lluvia.

Los entrenamientos de Quiddicht se hacían más pesados; preparándose para el primer partido antes de las vacaciones. Los alumnos no tenían otro entretenimiento que pasar el tiempo dentro del Castillo, con los amigos, las parejas o simplemente reflexionando en algún pasillo.

Se removió el pelo castaño antes de apoyarse sobre la puerta del retrato de la Dama Gorda. No porque no recordara la contraseña. Tampoco porque no tuviera nada mejor que hacer. Sabía que la persona a la que esperaba estaba a punto de salir de la Sala Común.

Sebastian McKing había sido elegido Gryffindor. Aquello fue una grata sorpresa para su padre, incluso si no lo admitía. También para el Colegio, cuyos alumnos lo acogieron en seguida. Seb sabía que era más por pena que por su propio mérito. Nadie le había preguntado por su padre, pero intuía que querían saber que pasaba por la cabeza de su padre. También por la suya.

Lo cierto era que Seb echaba de menos a su padre. No tanto a su madre, quien ni siquiera le había mandado una carta de enhorabuena. Su padre ya le había advertido de que Greta McKing estaba destinada a sufrir la pérdida de su primogénito y no salir de ella. Era injusto para Seb, quien siempre era la segunda opción de su madre. Era lo que le quedaba después de que Rick muriera. Al menos, su padre se había asegurado de que estuviera cómodo.

Había pasado los primeros días persiguiendo a Rose Weasley. Tenía que admitir que su padre tenía razón: era muy inteligente. Y también trabajadora. No obstante, entre sus planes no entraba estar toda su estancia académica dentro de la biblioteca. Fue entonces cuando comenzó a pasar más tiempo con Annie Gallagher.  Su nueva amiga dentro de los muros. Era agradable compañía. Pero también intuía que su fama había jugado un papel importante en el trato de Annie hacia él.

El cuadro de la venerable mujer que custodiaba su Sala Común dejó salir al conocido James Sirius Potter, tal y como era lo habitual las últimas semanas, de su novia Camrin Trust. Seb conocía los nombres porque todos sus compañeros de cuarto hablaban de ellos. No obstante, nunca había tenido la necesidad de entablar una conversación con ellos sólo por contárselo a los demás.

El niño llamó rápidamente la atención de Potter y este, tras intentar esquivarlo, hizo como si no lo hubiera visto.

-Hola, McKing- le saludó cordialmente.

-Hola- secundó Trust, como si, justo en ese instante, hubiese descubierto quién era el. No dudaba que así fuera.

Seb frunció el ceño buscando alguna excusa por la que empezar a hablar y a preguntarle sobre aquello de lo que ansiaba saber. Sin embargo, su mente escaseaba de imaginación y prefería ahorrarle rodeos.

-Potter, ¿quién mato a mi hermano? -dicho aquello, se le removió el estomágo.

La reacción de ambos fue mirarse y quedarse mudos por un instante. Carraspearon. James bajó la mirada, mientras la Dama del cuadro dejaba salir a otra persona más.

-Seb, ¿vienes a estudiar a la Biblioteca?-le propuso una niña rubia, de pelo rizado y ojos marrones. El joven se giró hacia Potter, con una mirada inquisitiva.

-Ahora voy, Annie.- le contestó a su amiga sin siquiera mirarla, mientras la pequeña fruncía el ceño. El joven se dirigió a James- ¿Me lo vas a decir o lo averiguo yo por mi parte?

James bajó aún más la mirada. Cómo si sus ojos pudiesen atravesar el suelo. Parecía cómo si no pudiera hablar. Como si se estuviera poniendo en su lugar y preferiría no saberlo. Aquello sólo podía significar que era más peligroso de lo que intuía. Al fin y al cabo, era el hijo del Ministro de Inglaterra. No podía ser ningún accidente.

- Si no lo sabes aún, dudo que yo pueda decírtelo... - James hizo ademán de irse.

-¡Lo averiguaré y me vengaré! -exclamó Seb con el puño cerrado en alto. -¡Era mi hermano! porque era mi hermano¡



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