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La Tercera Generación de Hogwarts » (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Sábado 23 de Enero de 2021, 18:38
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(V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)
  232. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (I)
  233. (VI) Capítulo 11: Lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos (II)
  234. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (III)
  235. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones
  236. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (II)


-¡Deje de gritar a mis pacientes que se están desangrando o que están a punto de caer inconscientes, James Sirius Potter! -Escuchó una réplica en vano. -¡Aléjese de la señorita Brooks! Ya tendrás tiempo de explicaciones cuando la cure…

Quiso abrir los ojos para saber dónde estaba. La inconciencia la arropó de nuevo.

-¡Señorito Carter! ¡Deja de intentar seducir a mis ayudantes! ¡Esto no es Hogsmeade! -Otros sonidos la despertaron de nuevo. 

-¡Pero Madame Longbotton! ¡Es Heather quien se me está insinuando...!

Antes de escuchar el carcajeo bobo femenino, Gwendoline Cross volvió a no poder resistirse a las pociones que la mantenían sedada. 

-¿Cómo te llamas? -Era la voz de Bastien Lebouf. Amortiguada por la distancia. 

Intentó abrir los ojos. En vano.

-¿Qué? -Preguntó alguien. Una voz conocida para Gwendoline. 

-Tu nombre -Repitió Bastien Lebouf.

-Sabes mi nombre -Respondió Lola Brooks.

-Bien, quiero que me lo digas. 

-Lola... Emm... ¿Lucrecia Brooks?

-¿Sabes tu fecha de cumpleaños?

-¡Claro que lo sé! ¿Por qué me preguntas cosas tan estúpidas? ¿Tenéis amnesia?

Escuchó a otra persona suspirar exasperadamente. 

-Creo que está bien -Era Frank Longbotton. 

Gwendoline Cross abrió los ojos finalmente. Se vio a sí misma postrada en una camilla de hospital. Miró el techo. Mierda. Mierda. Mierda. No podía estar en Hogwarts. ¡NO! Tenía que salir de allí. Se quitó las vendas. Se dio cuenta de que las heridas aún le escocían. La sábana estaba manchada de sangre reciente. Y aún estaban abiertas. Se miró todos los arañazos por la piel descubierta. La habían cambiado a una camisa que había manchado con su sangre. Con el escudo de Hufflepuff. Mierda. Frank. Tenía que salir de Hogwarts cuanto antes. Pero sabía que no saldría bien parada si se Aparecía en ese instante. 

Abrió las cortinas de la Enfermería. Mierda. Debían haber pasado días. ¿La habrían escondido allí? Descalza. Vestida solo en la camisa de Frank -porque era de Hufflepuff y olía a él. Se deslizó por detrás de las camillas. Y escapó de la Enfermería. No sin antes coger uno de los uniformes de Madame Pomfrey. Oh, esa Sanadora estaba muerta. Mierda. Ahora era Madame Longbotton. Mucho peor.

Conforme se vistió, recordó todo lo que había pasado en la Batalla de Londres. Encajó su mandíbula. Su padre. El Imperio. Herir a Frank. Herir a los lobos. Recibir todos los hechizos del Ojo. De Octavio. De su padre. Se sorprendió que pudiera haber salido de allí con vida. Mierda, ¿por qué no la había dejado Frank que muriera allí? Su madre había dejado claro que era lo que ella esperaba. Estaba jodida. Era muy probable que si había sobrevivido la batalla, solo fuera para morir en Hogwarts. 

Tenía que buscar a alguien que la sacara de allí. Rose Weasley podría ayudarla. Otra vez. Odiaba pedirle un favor a esa muchacha... Pero intuía que lo haría por sus valores y esas chorradas en las que creían. No tenía a Cornelia Brooks a mano aquella vez. E intuía que Frank no la dejaría escapar hasta que se encontrara sana. Bueno, el hechizo que le lanzó Octavio Onlamein iba a encargarse de aquello. De que nunca estuviera sana. Cuando una herida se cerraba, otra se abría. Había sido invento de Zahra Onlamein. Era firma de su familia desde entonces. Y la cojera. Tampoco le habían dado nada para curársela. Era como si quisieran que siguiera viviendo, pero no del todo. No les culpaba.

Se dio cuenta de que, pese a tener un uniforme de Sanadora, el rastro de sangre tras ella le delataba. Mierda. Además, andaba lentamente. Con cojera. Nunca había estado tan débil. Solo...

-¡Gwen! -Era Frank. Se giró para verle. Él corrió más que ella. Fácil cuando no había pasado por lo que ella intentaba sobrevivir. -¡Gwen, para! ¿Dónde pretendes ir?

Aquella pregunta la pilló con la guardia baja. Se tensó. Miró al suelo. ¿Dónde pretendía ir? A por Rose Weasley. Pero, ¿a dónde iba a llevarla? Estaba débil. No había sanado. No la mandarían así a las misiones. O quizás sí. De todos modos, ¿dónde se quedaría? ¿La seguirían aceptando en el Refugio? Había fallado.  Había dejado que el Imperio la dominara. Había matado a un lobo. Sabía que lo había hecho. Y había atacado a Frank.

Recordó que le había clavado una daga en el cuello. Alzó la mirada para verle. Ni siquiera había hecho nada por tapar su herida. Una cicatriz que era tan visibile como sus ojos verdes sobre ella. Su rostro aún estaba preocupado. Él la había sacado del Imperio. Había sido su voz la que la había llevado a la realidad. Debía admitir que esa sensación de felicidad que sintió le hizo inhibirse de sus sentimientos por Frank. Pero él no lo permitió. Nunca lo permitiría. Y le odió por hacerla débil y fuerte a la vez. Le odió por tener razón. Odió tantas cosas en aquel instante que no se dio cuenta de que las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. 

Era la primera vez que lloraba delante de alguien desde que era niña. 

Se sentía una sensación extraña. Ajena a ella. Incontrolable. 

Frank la acercó a su torso. Ella hundió su rostro en su pecho. Y dejó que las lágrimas siguieran brotando. Había tantas cosas por las que no había llorado, que le vino todo a la vez. No solo lloró porque Frank llevaría una cicatriz de sus manos en su cuello desde aquella noche. Sino por otras cosas que le ensombrecían sus pensamientos de vez en cuando. Cosas que casi nadie sabía. Cosas tan tristes y desoladoras que hicieron que sollozara aún más fuerte.

-Detenlo -Le rogó avergonzada a Frank.

Le besó la coronilla. Un gesto tan dulce. Sintió que su pecho se sacudía al sollozar. Como si su corazón estuviera volviendo a la vida después de tantos años escondido. Prisionero. Había hecho tantas cosas crueles. Había sufrido tanto. Había escapado de su propio llanto en tantas ocasiones. 

-El Imperio... -Susurró Frank. Comenzó a llevarla de vuelta a la Enfermería. Pero se detuvo en la repisa de una ventana y se sentó allí con ella. Abrazándola. Era todo lo que ella necesitaba en ese momento. -James me ha dicho que fuiste muy fuerte al resistirte a él... -"Fuiste tú", quiso decirle. Pero sus palabras estaban ahogadas. -Piensa que debiste haberme oído...Que debías querer...Que yo debía importarte mucho en ese momento como para que... Te resistieras -Cuando no dijo nada, Frank trazó sus dedos por su espalda. -¿Es cierto? ¿Te importo?

Sus palabras salieron con fuerza. 

-Sí, Frank... Me importabas. Todavía me importas -Un sollozó la ahogó de nuevo. No se atrevió a ver su rostro. Sentía tantas emociones desatadas en ese instante que se sentía abrumada. -Desearía... que pudiéramos estar juntos.

-¿Entonces por qué me evitas? -Volvió a masajear su espalda. Gwen comenzó a tranquilizarse. A imitar el ritmo de la respiración de Frank.- ¿Por qué me evitas? -Murmuró de nuevo.

Todavía la tenía en sus brazos. La forzó para que le mirara. Podía oír voces y pasos que se acercaban.

-Porque no podemos estar juntos.

-Debido a la cosa de tu trabajo, ¿verdad?- Le preguntó. - ¿Porque eres una asesina?

La punta de su dedo limpió suavemente una lágrima que se había escapado por su mejilla.

-Eso es parte de ello -Dijo. -Pero también... bueno, es mi deber... Para la paz. Necesito protegerlas a toda costa. Si viene una manada de Inferi, necesito poner mi cuerpo entre ellos y las Brooks.

-Ya lo sé. Por supuesto que eso es lo que tienes que hacer... -Había resignación en su tono. Los negros destellos estaban bailando frente a sus ojos otra vez. Se estaba desvaneciendo.

-No -Le dijo Gwen. No podía entenderlo. No era lo que él pensaba.-  Si me permito quererte, Frank, no me arrojaré delante de ellas -Le explicó. Cerró los ojos con fuerza.- Me arrojaré delante de ti.

-La otra noche... Demostraste que puedes hacer las dos cosas, Gwen -Le susurró Frank. -Puedes quererme y hacer tu trabajo. Además, ¿qué hubiera pasado si yo no estuviera allí? ¿Qué habría pasado? 

Sin ser consciente de ello, arrugó sus dedos sobre la camisa de Frank. Intentó controlar sus palabras, más no podía. Cada vez estaba más cansada. Volvió a buscar la mirada de Frank. Le exigía una respuesta.

-Frank...

-Acepta la fuerza que te pueda dar, Gwen -Le pidió. -Estoy listo para escuchar todo lo que tengas que decirme... Te haré caso... Te dejaré en paz si es lo que deseas... Porque te quiero, Gwen -La muchacha sintió una lágrima caer por su rostro. Era la primera vez que alguien le decía aquello. -Y sé que soy correspondido -Susurró. O quizás era que lo oía más lejano.

De nuevo, todo en negro. 

Odiaba perder la conciencia. De verdad. Era eternamente molesto.

Se despertó no supo cuánto tiempo después. Intentó averiguarlo por la luz del sol. Más incluso podía ser otro día. Estaba, para su fastidio, de nuevo en una camilla de la Enfermería de Hogwarts. Algo le apretaba la mano. Vio el cuerpo, sentado en una silla al lado de su camilla, reposando su torso y cabeza sobre su regazo. Con la mano entrelazada con la de ella. Sintió un calor en el pecho desconocido para ella. Y quiso llorar de nuevo. Pero por razones muy diferentes a las de antes. Lo contempló dormir durante unos minutos. Y sonrió. 

 -Veo que has despertado, hermanita -Dijo una voz al entrar por las cortinas de su menudo habitáculo.

Su corazón se detuvo por un instante.

Llevaba años sin ver a ese reducto de la naturaleza. Entornó los ojos. Apretó la mano de Frank. Vio cómo su hermano lanzaba un conjuro para que Frank no se despertara. Siempre había sido muy precavido. Todos debían preguntarse cómo no había sido descubierto aún. Pero, de nuevo, era su hermano. El mago más inteligente e ingenioso del Ojo. Peligroso también. Era igual que su padre. Tenía una rabia guardada en su interior que utilizaba a su favor. Muchos lo odiaron de pequeño por salirse con la suya y engañar a los demás. Pero solo hizo que escalara puestos sin molestarse en sudar. 

Gwendoline Cross lo odiaba. A ella también la engañaba. También la chantajeaba. También la encerró en una celda durante días solo por diversión cuando él tan solo tenía siete años. Era un monstruo. Lo único que le diferenciaba de Frank McOrez era que él sí tenía emociones. Y eso era lo que le hacía más peligroso. Era leal a su padre. Infinitamente. Eso le trajo enemistades con el Ojo. Su hermano siempre había dicho que su padre acabaría matando a los McOrez y ellos serían la mano derecha del Señor. Más enemistades se había ganado por eso. Su actitud despreocupada, su gran talento para mentir y su carisma siempre habían desconcertado al resto de miembros. Era mejor que Loring, eso desde luego. Quienes le comparaban con Frank McOrez no entendían que su crueldad no era por ser un sociópata. Su hermano era humano. No le gustaba asesinar. Pero disfrutaba de los grandes planes enrevesados. Quería ganar de forma limpia, decía en ocasiones. Siguiendo las reglas. Y por eso estaba allí. Porque estaba siguiendo su destino. 

Por esa razón, Gwendoline Cross no quería ir a Hogwarts. Había traicionado al Ojo. Había traicionado a su padre. Su hermano jamás se lo perdonaría. No quería saber cuál sería su castigo. Mientras que Frank McOrez y el resto del Ojo jugaban con torturas, su hermano utilizaba juegos mentales. Y eso era lo que más destrozaba a Gwen.

-Gritaré que estás aquí -Le amenazó Gwen.

Seguramente nadie la creería. Ambos lo sabían.

-Como si fueran a creer algo de lo que dices…-Gwen arqueó una ceja. -Mataré a Frank si lo haces -Concedió él. Sonrió con suficiencia. -No me delates y me encargaré de que tu novio está a salvo -Gwen gruñó. Sabía que no podía hacer nada al respecto. Sabía que aquello era un juego para él. Daba igual que lo delatara. Nadie la creería. -Me deberás un favor a cambio -Dijo su hermano. 

Oh, así que eso era. 

Su hermano sonrió. Y se escabulló.

-Bastardo -Insultó en voz baja con furia.  Le distrajo el sonido de Frank Longbotton susurrando algo en sueños. Se tranquilizó al instante. Acarició con la mano que tenía libre su frente, apartando los mechones que se habían quedado allí. No podía quedarse en Hogwarts. Le encantaría hacerlo. Le encantaría que todo fuera fácil. Que supiera comportarse como una persona normal. Ser suficiente para Frank. Ser mejor para él. Ojalá entendiera que él era lo peor que le había pasado. -Lo eres -Murmuró. -Claro que eres correspondido. 

Gryffindor había ganado la Copa de Quidditch, más Ravenclaw había ganado la Copa de las Casas. Tenían a Hugo Weasley en su casa, ¿cómo no iban a hacerlo? Además, Lola Brooks no les hacía restar puntos, pues técnicamente no era alumna... Pero sí todos los Gryffindor que la acompañaban en su aventura. 

El Hall había estallado en una fiesta improvisada que Neville Longbotton consideró válida. En la última semana, Hogwarts se había convertido en un campamento para sanar a los heridos de la Caída de Londres. Todos los magos habían acudido allí. Habían abierto el Hall para camillas cuando la Enfermería quedó repleta. Los alumnos habían aprendido rápido hechizos para ayudar a los Sanadores que estaban en prácticas y que San Mungo -completamente colapsado -había enviado allí. De vez en cuando, llegaba algún muggle que acababa de descubrir la magia y que había sufrido algún hechizo en la Batalla. Los alumnos se habían volcado con ellos. Incluso el Ministro Muggle había pedido mandar a periodistas para retratar y mostrar al mundo la solidaridad del castillo. 

Aquel día era el primer día en el que no había ningún herido en Hogwarts. Ni ningún muggle. Los más graves eran los que habían sido trasladados a San Mungo. 

Cornelia Brooks se paseó por el Hall con una sonrisa. Muchos le habían dado las gracias por su actuación en la batalla. Por su acto de valentía. Aunque Lola era la que se llevaba casi toda la fama. Sus poderes eran algo nuevo para el mundo mágico. Había atrapado a todos. Incluso si ya estaban bajo su hechizo. 

-Brooks -La llamó alguien.

Se giró para ver a Barbara Coleman. Le hizo señas para que se acercara a ella. Lo hizo resignada. Había estado buscando a Frank todo el tiempo, pero no lo estaba encontrando. 

-¿Querías algo? -Cuestionó Cornelia.

La observó retirar su cabello de los hombros como si eso le aportara mayor confianza. Casi no la conocía. Nunca había interactuado con ella -más allá de lo que lo había hecho como novia de su amigo Tom hacía un par de años. Y nunca había sido fiel seguidora de sus ácidos comentarios, su superficialidad o su manía de juzgar al mundo antes de conocerlo. Cornelia Brooks era fácil de juzgar. Amante de libros, introvertida y poco habladora. No era material para ser amiga de Barbara Coleman.

-Debes tener cuidado con James -Le dijo Coleman. Cornelia tuvo que parpadear varias veces para asimilar lo que aquella Gryffindor acababa de soltar por su boca. No tuvo ni tiempo de preguntar qué quería decir con aquello, ella se adelantó. -Verás, Brooks, sé que no es asunto mío… Pero, en el fondo, sabes tan bien como yo que es asunto de todos, ¿no? Porque si sigues así, solo significará que todo va a acabar como dicen todos… Y, no sé tú, pero yo valoro la estabilidad, ¿sabes? No es algo que podamos olvidar cuando el mundo muggle está decidiendo si matar a todos los muggles como en la Edad Media por el ataque ese o dejarnos vivir como monstruos…

-No entiendo nada de lo que quieres decir, Coleman -Interrumpió rápidamente Cornelia. -¿Qué tiene que ver James con todo esto?

Barbara Coleman bufó como si fuera obvio.

Pensándolo detenidamente… Lo era. Cornelia quería mandar sus pensamientos sobre James a un lado olvidado de su cerebro. Enfadado con ella sería subestimar el estado de James Sirius Potter. Furioso. Decepcionado, incluso. Y no podía culparle. La había vuelto a tener inconsciente en sus brazos como aquellas veces en las que tenía las visiones. Él estaba luchando por sacarla del peligro y ella se puso en el centro del huracán. Entendía que hubiera gritado, que resoplara cada vez que se acercara y que, en aquel último día, la evitara. Habían tenido los E.X.T.A.S.I.S y, solo por eso, habían estado más distraídos. Pero aquel era su último día en Hogwarts. No volvería más. ¿Nunca más? Se juntaban demasiadas emociones.

-Mi tía abuela me lo contó todo, Brooks -Contestó Barbara Coleman. -Si James nos va a salvar de ti… Deberías hacerle caso… Y dejar que haga su trabajo. No deberías estar con él si…

-¿Cómo es posible que tú sepas algo de eso? -Preguntó, con cierto tono escéptico. -¿Y quién eres para decirme lo que debo hacer?

Ante aquellas palabras, ambas se quedaron sorprendidas por el temperamento encontrado.

-Sé que no suelo caer bien porque me meto dónde no me llaman -Espetó. -Llámalo sororidad, solidaridad o supervivencia… Pero James te hará daño -Concluyó. -Y tú nos harás daño a nosotros. 

Una incomodidad que pretendía evitar se adueñó del estómago de Cornelia. No estaba acostumbrada a que le dijeran las cosas así. Sobre todo, aquel tipo de información que jugaba peligrosamente con su cerebro.

-No sabes de qué estás hablando, Coleman…-Intentó disuadir.

-¿No? -Se mofó. -Sabes perfectamente a qué me refiero… Esto no es ningún juego para conseguir a James ni nada por el estilo… Nunca he sido así… Nunca he mentido para conseguir lo que quiero, aunque creáis que sí… Hazme caso, Brooks… El amor puede ser muy bonito… Pero a la hora de la verdad, él tendrá que matarte y… Puede que tú se lo pidas, pero… Te acabará partiendo el corazón, Brooks. Y, si lo hace, ganarán ellos…

-No sé de qué estás hablando, no sé ni cómo sabes todo eso…-Insistió Cornelia.

Vio la impaciencia en la expresión de Coleman. Ambas sabían todo lo que escondían las palabras de la joven. No era como si aquello dejara dormir precisamente a Cornelia. 

-Te estoy diciendo lo que nadie se atreve a decirte ahora que todos saben que vas a ser Morgana, que has anunciado tu identidad ante el Ojo y que está claro que eres muy poderosa… Ten cuidado con James… Ese amor puede ser peligroso.

Sintió su boca seca. Tragó saliva. 

-El amor es lo que da fuerzas…-Comenzó a decir. 

-Y el desamor puede ser destructivo -Concedió Bárbara Coleman. 

Dicho aquello se marchó. Le costaría entender por qué Coleman decidió decirle aquello justo en su último día de Hogwarts. ¿Quizás no pensaba verla más? Arrugó las cejas ante aquella posibilidad. Ella no volvería a Hogwarts. Y el Ojo le estaba dando caza aún con más recursos que los empleados en Ivonne Donovan. Oh, y no sabía nada de su abuela… Lo cual no podía ser un buen augurio.

Vio a una melena castaña despeinada e indomable alejarse hacia las afueras del castillo. Rápidamente siguió a James Sirius Potter. Si algo había obtenido de su extraña -y probablemente única -conversación con Coleman era que debía hablar con James antes de marcharse. No era como si no fueran a verse cuando dejaran Hogwarts al día siguiente. Estaban ligados, ¿no? Ella debía recibir protección del Temple y, bueno, él era parte del Temple. ¿La seguiría? ¿O seguiría estando decidido a ayudar a fundar la manada de Moonlight? ¿Estaban bien después de que estuviera tan furioso con ella por no haberle escuchado en absoluto, ponerse en peligro, absorver toda la magia de Londres para que su hermana la dirigiera a ella en un rayo de energía, y casi morir exhausta de su poder? No era como si él tuviera control sobre ella. Ese había sido un punto de inflexión en el que James había optado por simplemente resoplar y no volver a dirigirle la palabra. Según Rose Weasley, era la forma de James Sirius Potter de lidiar con la impotencia: huir de ella. 

Siguió cuidadosamente los pasos de James hacia la cabaña de Hagrid. Lo contempló sentarse en la misma roca en la que lo encontró una vez, cuando descubrieron que Hagrid había sido asesinado por el Ojo. Hacía justo tres años. ¿Cómo habían pasado tantas cosas en tan poco tiempo? James había ido allí a lamentarse por la muerte del que había sido su mentor y un gran amigo de su familia. Cornelia había visto la relación que Hagrid siempre había tenido con el mayor de los hermanos Potter. Era como el abuelo paterno que no tenía. Quizás era su roca de lamentar lo que no podía haber evitado. El rincón de su impotencia. Cornelia Brooks lo conocía demasiado bien como para saber que se culpaba de todo aquello. De la muerte de Hagrid, por no haber podido descubrir antes que estaba en peligro. De la muerte de Minerva McGonagall, por no haberlo evitado y quedarse encerrado en el baño. De la muerte de Molly Weasley, por no haber prestado atención a su familiar. De la muerte de Richard McKing, por no haber llevado una estrategia mejor que lo protegiera. De la muerte de Penélope Brooks, por no encontrarla antes; de la muerte de Roxanne, por haber sido tan ignorante; de la muerte de aquellos Hufflepuff, de los jóvenes del Ojo que no habían podido huir con su hermano, de que su madre fuera a Azkaban, de que sus tíos murieran. 

Y, especialmente, de la muerte de Susan Jordan; por haber decidido seguir a Cornelia, en lugar de ir con sus mejores amigos. No habían hablado de ello, pero Cornelia Brooks no era ingenua por naturaleza. Es más, era vidente. Solía percatarse de las cosas que la rodeaban. Abstractas, en su mayoría. Y James Potter no lidiaba bien con la culpa de la muerte de Sue. ¿Qué hubiera pasado si James hubiera ido con ellos? ¿La habría detenido? En un año, Monique Jordan había encontrado una cura. ¿Se habría salvado? En uno de los arrebatos en los que James le gritó que no debió haber ido a Londres, le soltó que "siempre arriesgas la vida de los demás por ser egoísta". Exclamándolo e intentando no traducir su rabia en otros pensamientos, James había derivado la culpa de la muerte de Jordan en ella. ¿La culpaba a ella? Sabía que buscar a Celius era arriesgado. Más, ella no le había pedido a James que la acompañara -se resisitió, ¿no? ¿Por qué ahora, de repente, la resentía? ¿Tanto le hería el orgullo que no siguiera sus órdenes? O, tal vez, ¿tan aterrado estaba de que las visiones de Cornelia fueran reales?

Se sentó a su lado. No recibió respuesta. La brisa fresca de junio le erizó el vello de la piel. Intentó sumarse al silencio de James. Tenía la mandíbula apretada. Miraba a la cabaña de Hagrid. Le dieron ganas de pasar sus dedos por su rostro para que se relajara.

-¿Tienes frío? -James lo dijo en voz tan baja que podría, perfectamente, no haberlo oído si no estuviera atenta a él. 

Le rozó los brazos. Cornelia siempre había encontrado en su roce el cariño que jamás creyó que podía experimentar. Eran Ajayus. Otra de las cosas que había comprendido mejor en la rabia de James. "Era suficiente riesgo para ti que ya estuviera yo en la batalla; ¡si no fueras Ajayu, me habría dado igual!". Cornelia estaba casi inconsciente en todas aquellas rabietas. Lo único malo es que lo estaba escuchando todo. Y lo recordó.

-No. Pero puedes poner tus brazos alrededor de mí de todos modos.

Él obedeció. 

-Una parte de mí pensaba que tú no estarías nunca en peligro si te mantenía alejada -Confesó en voz baja. -Supongo que no puedo tenerte en una jaula -Soltó una risa sarcástica. Suspiró. Cornelia tragó saliva. -Lo siento, Cornelia… -Exhaló una bocanada de aire que sintió sobre su cuello. -He sido un idiota.

Ella asintió. 

-Creo que yo también lo hubiera hecho -Le tranquilizó en voz baja.

-No hace falta que me mientas para que me sienta mejor, Brooks -Se mofó. -Jamás gritarías delante de profesores… -Ambos se rieron. -Y… Lo seguiré haciendo -Dijo, en un tono más serio. -Intentar protegerte a toda costa, digo -Aclaró.

-No tienes que salvar a todo el mundo… No puedes salvarnos a todos, James -Insistió Cornelia Brooks.

Siempre había sabido que James tenía cierto complejo de héroe. ¿No había un artículo por ahí al respecto? Pero nunca había entendido cuánto le influía. Cómo lo abordaba de manera obsesiva. Cómo intentaba cargar sobre sus hombros el peso del mundo. Quizás era algo que heredó de su padre. Aunque James siempre habría sido más emocional… Quería encargarse de todo. Era un líder innato. ¿No había sido capitán de Quidditch y Premio Anual? Conocía cómo hacer que todos funcionaran bien. Coordinarles. Él nunca se ocupaba de él mismo. Incluso cuando, de más niño, parecía que se mofaba de los demás y las bromas eran su catapulta a una reputación. Siempre se aseguraba de que alguien estuviera feliz o riéndose cuando lo hacía -algo que la víctima de la broma no apreciaba en absoluto. Quería ser el mejor Potter, había estado celoso de su hermano e hizo la vida imposible a Scorpius Malfoy; pero aprendía. Y lo remediaba.

-Quizás no -Concedió el joven. -Pero puedo salvar a quien quiero.

Cornelia se giró abruptamente para ver sus ojos avellanas brillar con una intensidad que hizo que su estómago se retorciera. ¿Acababa de implicar…? Se sonrojó. No pudo evitarlo. Había escuchado otras declaraciones antes. De Tom. James se lo había dado a entender… Eran Ajayu, ¿no? Finalmente, quizás por pena, Ted Lupin se lo había contado mejor. 

-¿Y si no pueden salvarse? -Inquirió Cornelia, de nuevo nerviosa por su cercanía.

El muchacho frotó su frente contra la suya. Todo su enfado se había esfumado. Había quedado el origen de toda su rabia: impotencia y preocupación. Incluso miedo. Cornelia se sintió desnuda ante sus ojos. 

-Te sigo ocultando algo -Dijo James en voz baja. No parecía arrepentido, sino seguro de sí mismo. Cornelia suspiró. -Y lo hago para salvarte -Siguió diciendo. Rozó su nariz contra la suya. -¿Me prometes que confiarás en mí? 

Fue su turno para arrugar el rostro.

-¿Por qué no confiaría en ti? -Musitó.

-Porque quizás un día creerás que no quiero salvarte o, simplemente, que no te quiero…-Explicó James. -Pero nunca dejaré de hacerlo… -Prometió. Le dio un pequeño beso en los labios. -Y te lo voy a demostrar…

Quizás James Sirius Potter se refería a que se lo demostraría en un futuro. Era lo que Cornelia Brooks pensó en una milésima de segundo en la que James tardó en besarla. Y no parar de hacerlo. Llevarla entre besos a la cabaña de Hagrid. Y seguir besándola. Hasta que se quedaron sin aire y volvían a robarlo de los pulmones del otro. 

Tiraron los untensilios de la cocina al suelo al chocar contra ellos, besándose sobre los muros. Resonaron por el suelo. Una de las tazas se rompió. En un rincón de la mente de Cornelia, resonaba la voz de Bárbara Coleman. "El desamor puede ser destructivo". Quizás el amor también. 



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