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La Tercera Generación de Hogwarts » (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Domingo 17 de Enero de 2021, 16:45
[ Más información ]

(V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)
  232. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (I)
  233. (VI) Capítulo 11: Lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos (II)
  234. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (III)

Los E.X.T.A.S.I.S habían sido su pesadilla cuando era un alumno en Gryffindor y Premio Anual. Todos esperaban que sacara grandes puntuaciones para entrar en el cuerpo de Aurores del Departamento de Seguridad Mágica. Harry había ansiado aquello. Pero nunca había sido un alumno que destacara en sus calificaciones. Si había sido nombrado Premio Anual, tenía claro que había sido por su carisma. Ted Lupin era el Gryffindor con el que todo el mundo quería hablar. El Capitán de Quidditch que todo Hogwarts adoraba. McGonagall quería influir en sus alumnos a través de él. Si mantenía en la línea de la autoridad al chico de oro, tendría comprado a todo su alumnado. Así fue. Pero los nervios lo destrozaron en los exámenes. Y no logró acceder a las Pruebas de Auror. Tampoco a ser instructor en Luperca -lo cual ya no tenía sentido, pues ni siquiera era su manada.

Estaba sobre su mesa de profesor, mientras hacía que sus alumnos practicaran los previos exámenes y pruebas que habían tenido en los E.X.T.A.S.I.S. Los había reunido a todos. Y había creado un ambiente similar. Ernie McMillan no hizo aquello con él y creyó que era necesario. Tal vez así alguno lograría estar acostumbrado a los nervios y hacerlo mejor en la verdadera prueba. Ted había aprendido a querer genuinamente a sus alumnos. A volcarse en ellos. Se sentía una especia de figura fraternal y paternal con ellos.

En especial, aquel curso de séptimo año era con el que más cercano se sentía. Con los Slytherin tenía menos relación. No porque fuera el Jefe de la tradicional Casa rival. Sino porque coincidía que todos eran algo distantes. Y creían que sabían más hechizos que él -a veces no lo dudaba. Claire Jenkins -Premio Anual de aquel año -era diferente. Y mantenía a sus compañeros de curso a raya. Los Ravenclaw excedían su curiosidad sobre la licantropía de su profesor en algunas ocasiones, más no les culpaba al ser parte de su naturaleza. Evitaba no ser más exigente de lo normal con los gemelos McGregor -pero era el hermano mayor de James y venía con el territorio. Además eran miembros de la misma manada. Los Hufflepuffs se habían colado en su corazón y eran como un abrazo cálido cada vez que salían de clase. No había alumno que no le hubiera dicho que su madre era su carta favorita en las ranas de chocolate. Ted Lupin era consciente de que su madre había sido la Auror con más seguidores y la mujer más guay que habría conocido el mundo mágico.

Y, por último, estaba su familia. Los Gryffindor. Fuera de la generación que fuera, Gryffindor era la primera familia que Ted había tenido y que era solo suya. Sí, tenía a Harry. Y tenía a su abuela. Pero su dormitorio y la Sala Común de Gryffindor había sido el primer lugar que sabía que era solo para él. Que no era una sala de invitados acomodada para él en la casa de los Potter. O que no era la antigua habitación de su madre en casa de su abuela.  Gryffindor fue el primer lugar al que sintió que pertenecía como si hubiese sido una casa en la que se hubiera podido criar con sus padres. Y todos los alumnos de allí siempre lo habían querido. Como si hubiera sido parte de la Torre Gryffindor. De todas las edades. Todos conocían a ese alumno de pelo azul y sonrisa radiante. Y sus alumnos no eran menos. Sobre todo, porque ellos eran unos de los pocos que lo habían conocido como alumno. Y como profesor. Y también porque James Sirius Potter estaba entre ellos y él era como un hermano pequeño para Ted. Con suerte, Remus también acogería ese amor Gryffindor. Porque quería internamente que su hijo estuviera en su Casa. Vic había sido Gryffindor -no la mejor, pero lo era. Estaba destinado a serlo, ¿no?

 

Dio la clase con alegría. Hizo poner nerviosos a sus alumnos, presionándoles. Exigiéndoles. Era Defensa Contra las Artes Oscuras. Y James fue el primero en perfeccionar todas las pruebas. Le siguió Cornelia Brooks -su nueva amiga. Ted era el profesor, más no escondió su orgullo cuando fueron dos Gryffindor los que sacaron la mejor puntuación. Estaba aún más orgulloso por el hecho de que James -en la misma posición de Premio Anual y Capitán de Quidditch -tuviera muchas más oportunidades de arrasar los E.X.T.A.S.I.S que él. Como Jefe de Casa, ya había tenido charlas sobre el futuro profesional que quería llevar cada alumno de Gryffindor. Alyssa Finch-Fletchley iba a ayudar a su padre en el Caldero Chorreante y, le confesó sin pelos en la lengua, dejarse la piel por acabar con la guerra que estaba a punto de empezar. Al parecer, el Caldero Chorreante era un lugar de reunión del Temple y los Finch-Fletchley estaban dispuestos a ser los discretos anfitriones de todo aquello. Luke Thomas -el hijo del mago divorciado que aparentemente estaba saliendo con Gabrielle Delacour para suplicio de su nuevo amigo Lebouf -había dejado claro que quería ser Auror. Tendría que esforzarse con sus notas, pero la ilusión la tenía. Le había contado cómo su padre hablaba del Ejército de Dumbledore y él también quería formar parte de lo que estuviera por llegar. Ted no podía decir que no estaba orgulloso de sus Gryffindor. Colin Creevey -el hijo del Dennis Creevey que se había hecho famoso por sus fotografías de los rincones del mundo mágico -le había mostrado su interés por el periodismo. Le preguntó que si creía que tendría algún futuro en una guerra ser periodista -al parecer los muggles que se aventuraban en informar en la guerra no saldrían bien parados. Ted le costó contestar que Pottervigilancia salvó muchas vidas. Hayley Farben quería ayudar en la Cooperación con los Gobiernos Muggles -aseguraba que aún había mucho por hacer en aquel mundo de sangres pura. Lo cual indujo a Ted a pensar que el pensamiento de Whitehall había colado en algunos de sus alumnos, por desgracia tenía en parte razón. Cornelia Brooks le dijo que siempre había querido trabajar para revisar el Estatuto -¿quién lo habría pensado? No obstante, le dijo que ambos sabían que su futuro no era algo que ella podía decidir en una charla con el Jefe de su Casa. Ted no tuvo más palabras para ella.  Pero sí muchas para James. Los profesores eran conscientes de que había recibido varias ofertas de equipos de Quidditch dispuestos a tenerlo en su equipo. Puddlemere United. Chudley Cannons. Incluso las Montrose Magpies. Tampoco habían pasado por alto la oferta de Hermione Weasley de que se uniera al personal del Ministro de Magia. Como Asesor Junior. No sólo James no había dicho nada a nadie al respecto, sino que no había contestado a ninguna de las ofertas. Ted Lupin estaba furioso con él cuando se enteró. No entendía por qué James no quería pensar en su futuro. Y, mucho menos, ignorar todas aquellas posibilidades. Recordó sus palabras mientras lo observaba charlar con Clarie Jenkins. "No pienso jugar al Quidditch mientras el mundo mágico se desploma a mi alrededor. Y ya tengo suficiente con obedecer a mi tía Hermione en el Temple como para hacerlo frente a las cámaras". Entonces, ¿qué iba a hacer James Sirius Potter? Decía que aún no lo había decidido. Y le hizo prometer que no le insistiera.

Dio por finalizada la clase. Aún con el futuro de James sobre su cabeza. Sabía, desde que era padre, que se preocupaba aún más por los demás. ¿Cómo no hacerlo? Se había dado cuenta de lo que era querer a alguien y no esperar nada a cambio. Le gustaba pensar que esa relación debía imitarse con sus alumnos. Aunque bueno, si era honesto consigo mismo, esperaba que sus alumnos les hicieran sentir orgullosos.

Y lo hacían. Todos. Habían demostrado -le habían pedido y suplicado -que les enseñaran a luchar.  Y Ted Lupin lo había hecho. Sus clases se habían convertido en instrucciones para defenderse de las Artes Oscuras. Y para atacarlas. Los miró una última vez, antes de volver a su despacho. Sonrió con suficiencia cuando vio que James buscaba a Brooks entre las diferentes cabezas de los Ravenclaw con una mirada pensativa. Quizás si hubiera sido tan prudente como James era con sus sentimientos hacia aquella muchacha, su relación con Vic no habría sido una montaña rusa de emociones.

-¡Nos vemos, Teddy! -Se despidió James.

Comenzó a ordenar las calificaciones de sus alumnos. Y a hacer anotaciones de aquello que debía mejorar cada uno. Hablaría con todos individualmente. Incluso con aquellos que lo hacían demasiado bien.

El sonido de alguien tocando a su puerta le extrañó. Pues, normalmente, si era otro compañero de trabajo, entraba sin hacerlo. Y sus alumnos sabían sus horarios de tutorías y lo respetaban. No por nada, sino porque podría ser que no estuviera y estuviera con Remus. Sus alumnos adoraban que su profesor favorito tuviera un hijo. Les había prometido que un día se lo traería. Remus ya podía andar -con ayuda- y estaba seguro de que a nadie le importaría ver a un niño de dos años pasearse por los pasillos. Robaría corazones, eso estaba claro.

-¿Adelante?

Esperó que no fuera Sebastian McKing. El muchacho preguntaba todas las semanas por su amigo Bastien Lebouf. Porque había sido de gran ayuda y apoyo el año anterior. Y también le preguntaba por Moonlight. Veía en Teddy un colega más. Porque Seb -como le gustaba que lo llamaran fuera de su relación profesor/alumno -era un muchacho descarado y encantador una vez que uno le conocía. Y, pese a su actitud despreocupada, tenía una manía de preocuparse demasiado por los demás.

-Lupin -No era el joven que esperaba. -Espero no molestarte.

Frank Longbotton entró con sus habituales pantalones vaqueros y una sudadera que rezaba "Manten la calma y quédate en Europa". Arrugó en el rostro. Pensó que sería una de sus tonterías muggles. Ya había deleitado al profesorado con todos sus diferentes eslóganes. La favorita de Ted era  "God Save The Queen" con una foto de un hombre con bigote, pese a no entenderlo, había enfurecido a la profesora de Estudios Muggles y eso era suficiente. Pero así era el hijo del director, un muchacho a punto de veinte años encerrado en un castillo sin nada mejor que hacer.

-Pasa, pasa -Le hizo un gesto con la mano.

Parecía dudar entre entrar o no. Lo cual hizo arrugar el rostro de Ted. ¿Para qué había venido entonces? El joven carraspeó la garganta.

-¿Sabes algo de Gwen? -Le preguntó. -Gwnedoline Cross -Aclaró, visiblemente avergonzado. Ted Lupin era consciente de que el hijo del director tenía una extraña o romántica o no sabía qué relación con la asesina de McGonagall. Frunció el ceño. Lo cual no veía con buenos ojos. Era, no obstante, la primera vez que le preguntaba por ella después de Navidad. -¿No vivía en el Refugio con tu novia? -Ted se mordió el labio y entrecerró los ojos. -¿Ex novia? -Tanteó.

Estaba nervioso. No quería parecerlo, más lo estaba. Ted soltó una larga bocanada de aire. Cross había sido muy persistente en pedirle que le dijera a ese muchacho perdidamente enamorado de la asesina que la dejara en paz. De manera educada y de manera violenta. Y él había sido el filtro en canalizar la irritación de la muchacha. Pero algo habría pasado en Navidad, pues ninguno le pidió que fuera el mensajero de nuevo. Excepto cuando Frank Longbotton acabó de aparecer en su despacho.

James le había contado que creía que era un buen tipo. Que solo era susceptible a ser irritado por él debido a que le recordaba cómo había sido él. O algo así. James siempre lanzaba dagas antes de preocuparse por conocer a las personas. Lo había hecho también con Scorpius Malfoy. Y era la primera vez que lo veía tan cerca de Brooks, ¿no?

-Sigue en el Refugio -Dijo lentamente. El rostro de Longbotton le exigió más información. Desesperadamente enamorado. No podía culparle. Uno no podía elegir de quién se enamoraba. Él lo sabía mejor que nadie. Aunque el hijo del director se había pasado todos los niveles en cuanto a elegir la peor opción. -Solo para proteger a Victoire -Añadió.  -¿Creía que estábais bien?

Pareció dudar en responder a aquella pregunta. No era como si Ted deseara saberla. Desde luego, le podía importar menos. Más bien quería asegurarse de que el muchacho estaba bien porque era el hijo de Neville Longbotton. Y si en algo se parecía a su padre... Debía ser en la bondad. No en la modestia desde luego. Ni en su excentricidad muggle.  Se preguntó de dónde había sacado aquella despreocupación por no importarle en absoluto lo que los demás dijeran de él. Madame Longbotton no parecía tampoco esa clase de persona -todo lo contrario, de hecho.

-Supongo que cuando persigues a una asesina... El concepto "bien" cambia drásticamente -Sonrió con tristeza. -Es solo que... No me ha mandado ninguna carta desde Navidad... Y me preguntaba si te había dado alguna a ti. Quizás estaba evitando el correo...

Ted suspiró.

-¿Me permites un consejo? -Frank asintió. -Si crees que ella te corresponde de algún retorcido modo que una mercenaria pueda hacer... Déjala que ella venga a ti -Ted se rascó la barbilla. -Está demasiado enjaulada como para que tú también le quites libertad, ¿no crees?

Sin quererlo, vio que sus palabras fueron como un jarro de agua fría sobre el joven. Y se percató de que Frank Longbotton lo sabía. Era consciente de que Gwendoline Cross pertenecía al Ministerio y al Temple de un modo en el que los Elfos Domésticos pertenecieron alguna vez a sus Amos.

-¿Será siempre así? -Supuso que era la primera vez que formulaba esa pregunta en voz alta, porque parecía atascada en su garganta.

Un latigazo paternal le azotó la espina dorsal. No importaba que aquel muchacho fuese tan solo unos años más joven que él. Parecía necesitar a alguien que le dijera que todo iba a salir bien. Que ganarían aquella guerra. Que la chica que le gustaba dejaría de vender su alma al mejor postor. Más ambos sabían la respuesta.

-Quién sabe qué será de nosotros -Optó por decir el profesor.

El muchacho asintió cabizbajo. Era la primera vez que lo veía tan triste. Había visto cómo bromeaba a menudo con Lola Brooks. Como recorría los pasillos tras Cornelia y la molestaba con cualquier pregunta sobre la magia. Se había hecho amigo de James Sirius Potter -finalmente. Y se había ofrecido a patrullar los pasillos con él. Y, por extensión, también con Rick Carter, Camrin Trust, Sebastian McKing, Scorpius Malfoy, Rose Weasley y Lily Potter. El fantástico equipo Gryffindor. Incluso si él había sido Hufflepuff. Aunque lo había visto hablar en un par de ocasiones con Lyslander Scarmander... Más, ¿quién no hablaba con aquella muchacha?

-Lupin -Ted alzó la mirada. Parecía igual de nervioso o más que cuando entró en su despacho. -¿Alguna vez se ha encontrado con Runas Antiguas?

Aquella pregunta le desconcertó por completo.

-Quieres decir... ¿Aparte de la asignatura?

Él ladeó la cabeza. Ted se preguntó por qué un muchacho que no sabía casi nada sobre la magia le acababa de hacer esa pregunta.

-He... He visto a unos alumnos investigar acerca de unas Runas o unos... Garabatos... Últimamente... -Tragó saliva. Ted se acomodó en su asiento. -Y... Bueno... Me han dicho lo que son... Pero... No sé si usted está al tanto de esas cosas -Frunció los labios. -Sobre lo que están investigando Hugo Weasley, Scorpius Malfoy y Cornelia Brooks.

Ted Lupin suspiró. James Sirius Potter le solía poner al tanto de muchas cosas en su vida. Era su confidente. Sobre todo aquel año que no estaba su primo Fred. Le había mencionado algo de unas inscripciones que le ayudarían a Cornelia Brooks a entenderlo todo. Estaba ansioso por que lo descubriera. ¿Por qué no se lo habría contado a su nuevo amigo Frank?

-Sé muy poco al respecto -Le confesó. -¿Por qué?

El muchacho resopló. Se acercó a Ted Lupin. Y ante él se quitó la camiseta. Se dio la vuelta. Y le enseñó la espalda. Ted Lupin parpadeó varias veces hasta ver que bajo su hombro izquierdo, se encontraba un pequeño tatuaje que simulaba aquellas líneas que, según las fotografías que James le había enseñado, estaban escritas por Merlín en un libro que tenía Hugo Weasley.

El profesor se mordió el labio. El joven se volvió a poner la camiseta. Se sacó un trozo de papel de su bolsillo y se lo entregó. Lo había copiado. Le miraba expectante.

-¿Qué tiene que ver todo esto conmigo? -Exigió saber.

-No tengo ni la más remota idea -Reveló el profesor.

-No... No quiero decírselo a los demás -Dijo en voz baja. -Porque aún no saben qué significa... Podría ser peligroso, ¿no? -Tragó saliva. -Pero me gustaría saber por qué toda mi vida he tenido una marca de nacimiento en forma de eso.

No le corrigió. ¿Tenía que decirle que lo que él confundía con una marca de nacimiento era, en realidad, un tatuaje mágico? Una cicatriz. La misma rasposidad y rasura que la cicatriz de Harry Potter en su frente. Provocada por magia. Frank Longbotton estaba asustado.

-Me encargaré de investigarlo por mi cuenta -Le aseguró.

Él asintió. Tardó unos segundos en marcharse en silencio. Ted Lupin se quedó observando aquel paradigma. Decidió que rompería su promesa con el joven por su propio bien. Solo había una persona en aquel castillo que podía saber qué significaba aquello. E intuía que Frank Longbotton no había acudido a él porque no quería confirmar sospechas que asomaban en su mente. Tal vez el joven pretendía que el profesor lo hiciera en su lugar. O tal vez no.

Pero a Ted Lupin no le quedaba otra opción. Se guardó el papel en su túnica. Dejó su habitación hecha un estropicio. Y se aventuró al despacho de Neville Longbotton. Si alguien había realizado un conjuro sobre su hijo, ¿no debía saberlo él? ¿Estaría el director al corriente de que sus alumnos habían descubierto inscripciones idénticas al tatuaje o a la cicatriz de su primogénito?

Afortunadamente,  Neville Longbotton se encontraba en su despacho solo. Se extrañó la visita del joven profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Lo primero que hizo fue lanzarle el papel que Frank Longbotton le había dado sobre los pergaminos que el director tenía sobre su escritorio.

-Teddy... -Comenzó.

-¿Lo sabes? ¿Sabes que Hugo Weasley ha descubierto las mismas líneas en un libro del puto Merlín?-El director no respondió al principio. Reposó su espalda en su butaca y lo observó con preocupación. Fue suficiente para que la sangre del joven profesor hirviera. -¡Maldita sea, Neville! ¡Tu hijo lo ha debido ver por Brooks y está aterrorizado! ¿Por qué...? ¿Por qué no le has avisado? ¿Es peligroso?

Neville Longbotton hizo crujir sus nudillos.

-Edward Lupin, siento decirte que este asunto no es de tu incumbencia -Le dijo con voz serena.

-¡Y una mierda, Neville! -Dio un puñetazo en la mesa del escritorio. -¿Eso es lo que le vas a decir a él? ¿Qué no es de su incumbencia?

-Si mi hijo se atreve a preguntarme, le diré que es un secreto familiar -Le aseguró.  -Le diré que es la razón por la que su magia no se ha revelado hasta más tarde y por la que, probablemente, no lo haga nunca.

-¿¡Qué?! ¿¡Le hiciste eso eso a tu propio hijo?!

Aquella vez fue el director el que parecía furioso.

-Es un asunto que incumbe a mi propia familia y a nadie más, Lupin -Espetó. -No investigues acerca de eso y no instigues a que mi hijo lo haga -Se incorporó para amenazarle cara a cara. A la misma altura. -Yo no le hice eso a mi propio hijo.

-Entonces, ¿quién? ¿Cómo es posible que tenga inscripciones que inventó Merlín?

El director pareció estar a punto de gritar.

-No sé la procedencia de esas Runas -Dijo. -Porque, como ya te he dicho, no fui yo quien le hizo ese ritual a mi hijo... Su familia materna tiene una habilidad especial para no tomar las mejores decisiones -Suspirá en voz baja. Pero Ted lo escuchó. -Prométeme que no dirás nada, Lupin.

Le costó más de lo que quiso creer asentir. No se creía nada de lo que le había dicho. Debía de haber algo más detrás de todo aquello. Algo que Neville Longbotton quería ocultar por un motivo que desconocía. Conocía a esa familia. Harían todo lo posible para protegerse los unos a los otros. ¿Qué malas decisiones habrían tomado los Abbot?

-Tu hijo no se conformará con esa respuesta.

-Mi hijo no querrá escuchar la verdadera respuesta.

La variedad de plantas que había en el jardín le recordaba tanto a su padre que le escocía recorrerlos todos los días. Alice Longbotton echaba de menos a sus padres. A su padre y sus descripciones sobre las cualidades curativas de una planta que parecía venenosa. Así eran las personas a veces, diría. Le habría gustado que estuviera allí para prevenirle de la irritación que tuvo en la piel al rozar unas que parecían más amables. Como algunas personas, diría. Y, al curarse, recordó a su madre.  No solo porque era Sanadora -y la Sanadora de Hogwarts ahora, según le había contado Albus. Sino porque, incluso si la habían enseñado a curarse a sí misma, echaba de menos que alguien se preocupara por ella de vez en cuando. Como hacía todos los días su hermano Frank. Más que echarlo de menos, estaba preocupado por él. El Ojo odiaba a Gwendoline Cross. Querían acabar con ella para mandar un mensaje. Para arrebatar el arma que tenía el Temple y que el Ojo había creado. Sabía que Frank sufriría si se enteraba de todo por lo que había pasado Gwendoline Cross para ser como era. Cada vez que aprendía algo más de ella, acababa admirándola más y temiendo que su hermano fuera un daño colateral de su vida. Se sentía egoísta por echar de menos, más que a nadie, a Albus. ¿Quién iba a culparla? Ocupaba gran parte de sus días en su cabeza. Saber que había una persona luchando por sacarla de allí hacían sus días más amenos. Y saber que era Albus Severus Potter le hacía retorcer el estómago por estúpidos nervios o lo que fuera. Aunque estaba segura de lo que era. Si todo fuera normal, Alice estaría pensando en qué ponerse en San Valentín. Estarían juntos en Pociones. Iría animarle en su partido de Quidditch. Y él  le lanzaría un guiño antes de coger la Snitch. Albus temería encontrarse con su padre o su madre. Y Alice pasaría más tiempo del habitual en la Madriguera en vacaciones. Sus rutinas no serían tan diferentes de los primeros años. Solo que no volvería a pasar. Pensar en aquellas posibles rutinas le hacía echar de menos a Rose Weasley. Su mejor amiga. Albus no hablaba de ella casi nunca. Zoe McOrez había asumido que era por proteger algo que su amiga estaba haciendo. La hacía sentir orgullosa. Siempre supo que Rose Weasley era la persona más valiente que había conocido. Una valentía emocional y desenfrenada. También pensaba a menudo en Greenwood. Y en lo mucho que necesitaba a alguien que la hiciera reir. Él lo haría incluso en su situación. Y le hablaría de sus efímeros enamoramientos. Se preguntó si finalmente se habría enamorado de alguien de verdad.

No obstante, últimamente solo pensaba en una persona. En su mejor amigo. Porque Albus Potter era mucho más que su mejor amigo, ¿no? Lo había sido en algún momento. Pero siempre había sido más que eso. Lo supo cuando se dio cuenta de quién era su mejor amigo de verdad. El muchacho más noble que conocía. Scorpius Hyperion Malfoy. Se dio cuenta de que era su mejor amigo probablemente cuando empezó a sospechar que lo que ella y Albus tenían no era solamente amistad. Alice era emocionalmente inteligente y lo supo cuando tenía once años. En el momento en el que Albus la llevó en brazos a Enfermería después de decirle: "No puedo dejarte sola, ¿eh?". Con los años habían aprendido que sí que podía estar sola. Cuando despertó, fue Scor al primero que vio.  Fue Scor el que le dijo: "¿Esperabas a otra persona?". No hablaron más del tema. Scor y ella no necesitaban contar lo que sentían porque reconocían los sentimientos en el otro. Desde aquel momento, Scor confiaba en ella para todo lo que le preocupaba. Para lo mucho que le molestaban sus compañeros de cuarto -y lo despreocupado que parecía estar delante de Greenwood y de Albus. Para la presión que siempre se ponía sí mismo en Quidditch y en sus estudios, porque quería impresionar a su padre. Para confesarle lo mucho que le habían regañado sus padres por utilizar la Aparición para salvar a Rose Weasley. Para llorar a su padre y que nadie más viera que tenía el corazón roto. Para preguntarle por Albus. Para estar un tiempo sin Greenwood. Para quejarse de Rose. Para hablar sobre lo mucho que echaba de menos a su padre. Para prometerle que nunca dejaría de ser su amigo -incluso si estaba en el Ojo, cuando ya había hecho el Juramento Inquebrantable. Para confiar en ella y abrazarla cuando Albus la hacía sentir sola y culpable. Para asegurarle que Albus era un imbécil y que entraría en razón. Para sonsacarle cuándo Albus había entrado en razón. Y su última conversación a solas. Larga. Horas en la Sala de los Menesteres. Lo último que Scorpius Malfoy le dijo fue que tuviera cuidado. Y lo siguiente: "Hagas lo que hagas, Alice, debes saber que siempre estaré contigo. Eres mi mejor amiga. Gracias". Él sabía que al día siguiente ella tendría que huir.

Albus no le había dicho nada de Scorpius. Y Alice Longbotton sabía muy bien por qué. De hecho, sabía más que bien por qué. La razón por la que su mejor amigo ocupaba el noventa por ciento de sus pensamientos era que aquel mes de febrero, el Ojo había decidido que aquellos jóvenes estarían una temporada en aquella mansión. En la mansión que ocupaba Lucius y Narcissa Malfoy. Escondiéndose -como ellos -del Temple y del Ministerio. Pero conspirando y reuniendo un ejército para el que sus oponentes no estaban preparados.

Había intuido que los dueños de aquella nueva localización sabían que tenían a un Weasley y a una Longbotton entre sus paredes. Pero nunca se los había encontrado. Al igual que en el resto de mansiones y de hogares en los que habían residido, no conocían a sus dueños. Era un distanciamiento. Ellos eran simples soldados. Excepto por las diarias visitas diurnas de Zoe McOrez y Frank McOrez -quien desapareció durante unas benditas dos semanas. Estaba claro que la jerarquía era importante entre ellos. El apellido y la sangre era importante. Renata se lo había contado en cientos de ocasiones -era, al fin y al cabo, el motivo por el que salía en secreto con Hunter Avery: Driggs era un apellido de sangre mestiza e irrelevante al lado de Avery. No obstante, la obsesión por la sangre no rozaba los límites de la antigua guerra. Simplemente coincidía con su ideología. Cuanto más tiempo había apoyado la familia al Ojo, más importancia tenía. Al parecer, los Malfoy habían apoyado al Ojo hasta finales del siglo dieciocho. Momento en el cual los magos británicos decidieron alinearse de ellos. Unos decían que era porque el Temple se volvía más poderoso en Reino Unido y fue cogiendo adeptos. Otros abogaban por el hecho de que seguirían a Grindelwald y Voldemort antes que al Ojo por ignorancia. Fuera como fuere, todas las familias que previamente seguían al Ojo, lo volvían a hacer más que nunca. Pues había llegado el momento de la Ascensión.

Alice no sabía de qué se trataba aquello. La Ascensión. Más hablaban de ella como de un momento histórico que cambiaría el rumbo de la historia... En favor del Ojo. La joven soñaba con que jamás se alcanzara. Renata le decía que era una estúpida. Que solo así lograrían tener poder y hacer lo que quisieran. Sin esconderse. Utilizar la magia sin límites. La idea, debía reconocerlo, era bastante atractiva: darle una patada al Estatuto. Pero, ¿lo que iban a hacer con los muggles? Someterles. Eran los culpables de que hubieran estado oprimidos todo aquel tiempo. Desatarían una magia poderosa y gobernarían el mundo. Renata no se creía que Alice no apoyara aquella idea. No estaban diciendo que matarían a todos los muggles. Simplemente que eran superiores a ellos. Utilizarían sus inventos y los mejorarían. Ya lo hacían. Ella ya había utilizado las armas de fuego y armas blancas mejoradas con magia. Lo que el Ojo pretendía era desatar la magia en el mundo -en todo el mundo -sin más límites que la obediencia ciega al Ojo. Los muggles serían sus esclavos. Y la fuente de ese nuevo poder... Lo que fuera que viniera con la Ascensión.

Le había costado que le explicaran todo aquello. Era un secreto en el Ojo. Más aprendió que no era un secreto para el Temple. ¿Sabrían Albus, Rose, Scor y Greenwood a lo que se enfrentaban? No estaban hablando de un mago oscuro... Sino de un ejército mundial. De toda la Europa continental a su favor. De agentes externos. De muggles, incluso, que se habían sometido a ellos fascinados por la magia.

Al menos eso era lo que le había contado Renata Driggs. Supuso que lo había hecho para encontrar cierto apoyo en ella. ¿Era una persona malvada por querer aquello?, le había preguntado. Renata confiaba en Alice más de lo que Alice confiaba en ella. Pero estaban bien así. Imaginó que, con todos sus amigos y su novio en las garras de Whitehall, quería tener a alguien cercano a su lado en aquellos momentos. Alice no quiso ni imaginarse si ella estuviera en su lugar. Enloquecería. Renata Driggs era más fuerte de lo que había pensado.

Una cabellera larga y de color platino se asomó por la esquina del pasillo. Ese color solo podía ser Malfoy. Alice dio la vuelta en sus talones y comenzó a caminar en la dirección contraria. Pero una mano la retuvo anclada al suelo.

Lucius Malfoy era tan alto e intimidante como las crónicas de su padre contaban. Tenía una piel impoluta, salpicada por alguna arruga que parecía perfectamente colocada. Su cabello estaba suavemente peinado y reposaba sobre sus elegantes ropajes. La miró con desdén. Recordó lo que aquel hombre era. Su obsesión por la pureza de la sangre. Su ambición por hacer que los Malfoy fueran una de las familias más poderosas en el mundo mágico -o en el mundo, según Renata. Y la amenaza sobre su mejor amigo que el tendía.

Tragó saliva. Vio que una figura la observaba con intriga detrás de Lucius Malfoy: Narcisa Malfoy. Al igul que su marido, poseía una elegante arrogancia que chocó con la idea que la joven Longotton tenía de su mejor amigo. Pero ella era aún más bella que él.

-¿Te has perdido? -Le preguntó el hombre.

Ella no supo qué responder. Miró a su alrededor. ¿Se suponía que no debía deambular por aquel lado de la mansión? Juraría que no le habían dicho nada al respecto. Sabía que algunos anfitriones habían sido reacios a que los jóvenes soldados utilizaran particulares partes de sus residencias. Pero juraría que no era esa la ocasión.

-¿Sí? -Optó por decir.

El hombre escudriñó su mirada hacia ella. Examinándola. Narcisa Malfoy simplemente le sostenía la mirada. Se sintió visiblemente incómoda. Tenía solo una media hora de descanso antes de entrenar Oclumancia con Zoe McOrez. No quería hacerla esperar.

-¿Cuál es tu nombre, jovencita?

Se aclaró la garganta.

-Alice Longbotton.

No tenía por qué mentir. Se equivocó cuando asumió que los Malfoy conocían sobre su presencia allí. Porque ambos le derivaron expresiones diferentes de sorpresa. Lucius Malfoy peligrosa. Narcisa Malfoy intrigada. ¿Les habría hablado Scor sobre ella? Sabía que habían sido desterrados por Draco Malfoy de su propia mansión... Pero, ¿y antes?

-¿Qué hace una Gryffindor hija del director de Hogwarts en mi casa? -Era una amenaza.

Si solo el Ojo le hubiera advertido de su presencia, no tendría por qué explicarle que había traicionado a su familia. Y que era objetivamente fiel al Ojo por un Juramento Inquebrantable.

-Soy Slytherin -Como si aquello lo explicara todo.

-El hijo de Potter es Slytherin -Espetó Lucius Malfoy. -Mi nieto es Gryffindor... -Se rio de manera que lanzó un escalofrío por su espalda. -Eso hoy en día ha dejado de tener sentido. Salazar estará retorciéndose en su tumba.

-¿Qué hace aquí, Longbotton? -La voz de Narcissa Malfoy era clara y fría.

-Soy... Soy miembro del Clan de Ojo -Admitió finalmente. -Estoy aquí con Collingwood, Driggs y... -¿Era necesario que supieran de la presencia de un Weasley? -los hermanos McOrez.

No la creyeron.

-Su padre es Neville Longbotton -Recordó Lucius Malfoy. -¿Su hija traicionándoles? -Soltó una risa que no acompañó su esposa.

-La habrán chantajeado con herir a su familia, Lucius -Dijo simplemente la mujer. -Si es una Longbotton de verdad, aguantaría décadas con un Cruciatus por proteger a los suyos. Si lo hace por ambición, es una traidora que tampoco querríamos tener. De igual modo, el Ojo debe de tener un motivo por el que la sigue manteniendo con vida -Concluyó.

El corazón de Alice comenzó a latir con más fuerza al escuchar las palabras de aquella mujer que no le recordaba en absoluto a su nieto. ¿Cómo podía una persona ser tan diferente a su familia? ¿Y si lo era ella?

Lucius Malfoy no dijo nada. Siguió andando y abandonó a las dos féminas en el pasillo. Narcisa Malfoy la observó detenidamente. Esperando una respuesta a su observación. Alice ladeó la cabeza.

-Haría lo que fuera por mi familia -Afirmó Alice Longbotton. Era esa la razón por la que estaba allí. Entrecerró los ojos al no ver ningún tipo de reacción en aquella mujer de hielo. -Y que usted me entiende perfectamente.

Los ojos de Narcisa Malfoy brillaron por un instante con un fuego peligroso. Alice no era ignorante. Sino Slytherin. Sabía cuál era el punto débil de Narcisa Malfoy, ya que su padre le había contado aquella historia cuando le contó que Scorpius Malfoy era su mejor amigo. La traición de Narcisa Malfoy fue lo que favoreció el perdón de su familia. El amor por su familia.

-Cuidado con sus palabras, Longbotton -Le advirtió.

-Su nieto es mi mejor amigo -Interrumpió Alice. Esperó otro cambió en su expresión. En efecto, la expresión de Narcisa Malfoy se enfrió. Decidió bajar el volumen. -¿Por qué ayudó a Harry Potter si después no hizo nada por salvar la vida de su propio hijo?

Alice no había previsto que Narcisa Malfoy le diera una bofetada. Le giró el rostro. Le cruzó la cara con sus finos y afilados dedos. La joven se llevó la mano a su rostro. Volvió a contemplar a aquella mujer.

Alice Longbotton sonrió con suficiencia. Ella, la Slytherin.

Había funcionado.

-¡No te atrevas a hablarme así! -Le ordenó. Demasiado tarde. Alice ya había visto su vulnerabilidad.

-No lo sabías, ¿verdad? No pensabas que matarían a Draco...-Entonces, lo comprendió. -Por eso quieres recuperar a Scorpius... Quieres salvarlo -Se dio cuenta. Sorprendida. Y, tenía que renocerlo, tenía una lógica retorcida. -Pero Lucius no lo sabe -Adivinó. -Probablemente engañaste a Lucius con alguna profecía... Tú sólo quieres salvar a Scor...-Alice suspiró. Y le daba igual qué bando la ayudara a hacerlo. -Somos iguales, Narcisa.

La mujer se ajustó su abrigo. Y la miró por encima del hombro.

-Siempre he luchado por mi propia sangre y mi propia familia -Desafió con la mirada. -Mi única familia ahora es Scorpius Hyperion.

-No lo salvará si pretende que se convierta en el mago oscuro que Lucius quiere...

-Si usted es su mejor amiga como predica... Sabrá que eso es imposible -Vio el fuego en su mirada. Se sintió intimidada. -Aunque Lucius no se equivoca. Pretende que Scorpius acabe con la vida de un mago oscuro... Tal vez un McOrez... Lo que hará a Scorpius poderoso... Y llenará de gloria a los Malfoy.

-¿Y usted qué cree?

Pareció decidir si seguir hablando o no. Como si hubiera alguien vigilándoles. Como si ella pudiera contar algo. Bueno, si le obligaban a hacerlo, no tendría otro remedio. Eso o morir.

-Si lo que vaticina Lucius es cierto... Y se cumple... No creo que Scorpius se uno al Ojo... Y Lucius lo dañará y lo doblegará para que lo haga -La miró con reconocimiento. Ella debía saber a qué se refería, ¿no? Las personas a las que más quería Scorpius eran su madre... Y su hermana. Narcisa debía estar protegiendo también a su nieta. -Nunca he sido la mejor madre. Y mucho menos la mejor abuela... Ni siquiera he conocido a mi única nieta... Pero siempre me ha guiado lo que también te guía a ti... Nunca tuve la Marca Tenebrosa... Si le ayuda a decidirse por ayudarme... Espero que me entienda.

-¿Qué pretende que haga? Yo... No haría nada por usted.

-Pero sí por mi nieto -Le desafió. Ella tuvo que asentir. -Protege a mi nieto y yo protegeré a los que más amas.

Lo dijo con serenidad.

-Lo haré en cuanto rompa el Juramento Inquebrantable que me tiene atada aquí.

La mujer que le había abofeteado el rostro asintió en solemnidad.

Conocía el sentimiento que albergaba aquella mujer en su interior. Quizás no había otra persona que pudiera entenderla mejor que ella en aquel instante. Aunque ella tenía una circunstancia aún peor. Su marido había sucumbido a la corrupción que llegaba con la ambición del poder. Y ella seguía en su sombra para proteger a los suyos. No había podido salvar la vida de su hijo. La habían engañado. Y persistía para intentar, al menos, proteger a sus nietos.

En silencio, Alice Longbotton se quedó asombrada por la fortaleza de aquella mujer.

No se despidió. Siguió caminando por el pasillo como si el encuentro en el que había derramado todos sus sentimientos y le había pedido a un soldado del Ojo que la ayudara a proteger a su nieto no hubiera tenido lugar.

Ella lanzó una bocanada de aire que había estado aguantando desde que Lucius Malfoy puso una mano en su hombro. Se dispuso a bajar hacia la sala donde se quedaban todos. Pero oyó un ruido que la hizo estar en alerta. Un estallido. Hechizos. Maleficios. Vio a Derrick Collingwood correr hacia ella con sangre en labio. ¿Qué demonios?

-¡Alice! ¡Vamos! ¡Tenemos que salir de aquí!

Sus pies parecían tardar en reaccionar.

-¿Qué...?

-¡Whitehall! -Oyó a Louis Weasley por otro pasillo, vociferando el nombre del demonio de sus pesadillas. Llevaba en sus brazos objetos y pergaminos. Pruebas probablemente del Ojo que no querían que los Aurores descubrieran.

Por otro lado, vio a los Señores Malfoy desaparecer. Un último asentimiento de Narcisa Malfoy hacia ella.

-¡Alice, vamos! -Renta la empujó hacia el jardín.

El jardín donde habían escondido los trasladores para ellos, quienes no sabían aparecerse. Perfecto. Perfecto. Comenzó a correr.

Alguien le tendió la mano para ayudarla. Alzó la mirada para ver a Louis Weasley.

-Corre como si tu vida dependiera de ello -Dijo Louis. -Porque, ahora mismo, es así.

Zoe McOrez ayudó a Louis con los objetos y artilugios oscuros. Y ambos desaparecieron en el jardín. Renata siguió los talones de Frank McOrez lanzando Maleficios hacia los Aurores que les perseguían.

¿Y si...? ¿Y si se dejaba atrapar? ¿Y si Edward Whitehall la devolvía con sus padres? ¿Y si Albus ya había encontrado su solución? ¿Y si Whitehall no era tan corrupto como decían? Tragó saliva. Sus pies seguían moviéndose hacia el traslador.

Derrick Collingwood la cogió por la cintura y la presionó sobre los arbustos. Camuflándola. Posó su dedo índice sobre sus labios como señal para que mantuviera silencio. Sintió su respiración contra la de él. Pesada. Nerviosa. Quizás si hubiera reaccionado en un primer momento, habrían llegado antes al traslador.

No. No. Edward Whitehall la mataría. No le importaría quién era ella. Su nombre. Sus vínculos. En una guerra daba igual. Ella sabía cosas. Sabía que Loring estaba detrás de las Reliquias de la Muerte. Sabía que el Ojo quería derrumbar la solidez del Estatuto. Que el Alzamiento sería en breve. Que había miembros infiltrados en el Temple y en el Ministerio. Conocía las estrategias del Ojo. Conocía algunos de los próximos ataques. Reconocía algunas localizaciones. Había escuchado el verdadero nombre del Señor al que obedecían. Y sabía lo que significaban algunas de las profecías. Sabía quién era el guía. Sabía que Remus Lupin había vuelto del futuro. Sabía que tenían todas las de ganar.

Y Edward Whitehall mataría por saber todo aquello. La mataría a ella.

-...No pueden haber escapado todos -Dijo la voz irritada de un hombre. -¡Alguien ha debido avisarles de la redada!

-Busquemosles, Whitehall -Sugirió otra voz. -Quizás aún estén aquí.

Un silencio. Alice Longbotton vio su miedo reflejado en los ojos de Derrick Collingwood. Era un joven irritante, arrogante y jamás sería su amigo. Sabía demasiadas cosas del Ojo. Sabía que era ayudante del doctor Schneider. Si alguno de los demás había hablado de él, estaba acabado. Y,  aún así, se había esperado a por ella para coger el traslador. Renata le había dicho que Derrick estaba un poco obsesionado con Alice. Que creía que algún día se levantaría y vería en Derrick un joven decente y que merecía la pena. ¿Era tan estúpido como para ponerse en peligro por ella? ¿Dónde estaba su parte Slytherin?

-A lo mejor no saben que el libro es el traslador -Propuso Derrick Collingwood.

Alice ladeó la cabeza. Las probabilidades de salir de allí y no toparse con Whitehall eran escasas. Y Derrrick le leyó el pensamiento. Estúpido. Estúpido. Estúpido. ¿Por qué había hecho eso? Ella era la que menos salía perdiendo de allí si Whitehall la encontraba. Era la hija de Neville Longbotton. La novia de Albus Severus Potter. Sabía Oclumancia. Estaba preparada para aquello. Derrick Collingwood no.

Recordó las palabras de Narcisa Malfoy. A no ser que el Ojo la quisiera a ella por algún motivo, ¿no? ¿Y Derrick Collingwood estuviera obligado a protegerla en caso de que Whitehall amenazara con capturarles? Aquello tenía más sentido que su visible enamoramiento no correspondido.

-Vamos -Asintió Alice.

Salieron con las varitas en alto.  Se acercaron lentamente hacia el pequeño claro del jardín. Una luz destrozó el traslador ante sus ojos. Una luz que procedía de la varita de un Auror que se imponía ante ellos. Edward Whitehall.

-Vaya, vaya -Sonrió. -Por fin nos conocemos. He oído hablar grandes cosas sobre ti, Alice Longbotton.



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