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La Tercera Generación de Hogwarts » (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Miércoles 13 de Enero de 2021, 10:53
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(V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)


La diferencia entre Charlotte Breedlove y el resto de personas que había conocido era esa ausencia de brillo en su mirada. Había tardado en descubrirlo. Todo el mundo brillaba. Todo el mundo sonreía con sinceridad cuando abrazaba. Sentía escalofríos cuando hacía frío. O se le encogía el corazón cuando Remus cerraba sus menudas manos sobre algunos de sus dedos. No Charlotte Breedlove.

Pensó, en su momento, que se debía a su personalidad. Más, después de aquellos años, había descubierto a otras personas que eran frías y tenían brillo en la mirada. Gwendoline Cross podía ser una de las personas más distantes del universo. Más bordes. Más desagradecidas. Pero cuando Remus reía con ella por algún motivo, la joven escondía el brillo con su pelo. Cuando tenía sopa recién hecha, aspiraba el olor y el brillo volvía. Cuando salía del baño después de un largo día en el que salía a entrenar, el brillo seguía. Y cuando le preguntaba por Frank, incluso cuando nunca hablaba más de cinco minutos sobre él, el brillo destacaba como nunca.

Quizás eso era lo único que había hecho brillar los ojos de Charlotte Breedlove. Su amor por Julie Morgan. Y, sin embargo, era un brillo de tristeza. De un amor que, por su naturaleza, no pudo ser.

La mujer estaba sentada en frente de ella. Habían pedido a Gwen que se llevara a Remus a jugar a la playa. Victoire Weasley había tardado en confiar en la antigua asesina. Pero se dio cuenta de que no había nadie que pudiera proteger a Remus mejor que ella. Y que por eso ella estaba en El Refugio. Había sido una orden de Breedlove. Proteger a Victoire y a Remus. No misión más entretenida para Gwen. Pero, después de fallar en la última, sabía que no les iba a defraudar.

-¿Dejaré de sentir emociones? -Preguntó Victoire.

-¿A qué te refieres, niña?

Victoire Weasley se aclaró la garganta.

-Cuando me convierta en la Guardiana de la Magia …-Aquella revelación se la había hecho el día de la Asamblea en la playa de El Refugio. Victoire la iba a suceder. Por esa razón, no amaría. Debería abandonar a Remus. Cuando llegara el momento. Cuando Breedlove expirara el último aliento. Victoire era la sucesora. De un fenómeno que aún no entendía del todo. Que aún estaba entendiendo. -¿Dejaré de sentir emociones?

La mujer sonrió.

-Las hadas te llevarán al Templo para hacer el ritual, Victoire, no te preocupes.

-No me has contestado -Insistió ella.

Charlotte Breedlove suspiró. Debía responderle. Era un acuerdo al que habían llegado. Si iba a ser su sucesora, debía saber todo lo que quisiera saber. Si la había elegido a ella -o el destino la había elegido a ella -, debía estar preparada.

No lo estaba.

-Las brujas y los magos estamos unidos entre el resto de magos y brujas, muggles y criaturas mágicas por una magia que se llama «lazos del corazón». Son venas invisibles que nos unen a los seres queridos a través de unos torrentes de magia que los Inefables aún no han sabido descifrar… Es la magia más poderosa que existe… Las Guardianas son elegidas entre aquellas cuyos lazos son más fuertes… En esos lazos fluye la magia original… La magia que dio luz a todos nosotros…

-El amor -Completó Victoire. Asintió. -El amor es la magia más poderosa que existe -Cuando aquello salió de sus labios, sintió que estaba desbloqueando las puertas de un nuevo mundo.

-El amor es la magia que más maleficios rompe y la que más uniones crea -Le sonrió. -El amor es la respuesta a mucha de las preguntas que los Inefables, los Rompemaldiciones e incluso tus primos pequeños se hacen… Y aún no lo saben.

-¿Qué ocurre con los lazos del corazón de las Guardianas de la Magia?

-Lo que una persona siente por el resto de seres… Le hace ser imprevisible… Le hace cambiar de bando si uno de sus lazos está en peligro… Le hace peligroso… Las Guardianas de la Magia deben permanecer siempre neutrales y mantener el equilibrio hasta que la magia vuelva a su cauce original…

Victoire sintió que perdió el aliento por un momento.

-¿Se cortan? -Inquirió, aunque intuía la respuesta.

-Cuando  Primrose, la primera Guardiana de la Magia, sufrió la pérdida de su amante, su dolor era tan fuerte que no podía acarrear con la tarea que el destino le había encomendado. En el primer templo que construyeron en las orillas del mar Egeo… Suplicó a las hadas del Bosque que le cortaran los lazos del corazón para no sentir ninguna emoción -Relató Charlotte Breedlove. Sus ojos divagando en sus memorias. -Las hadas cortaron todos los lazos menos uno que era tan fuerte que se les hizo imposible cortarlo… El de su alma gemela -Suspiró. Victoire asintió. Por eso aquella mujer seguía sintiendo por Julie Morgan. Por eso era el aquel el único brillo que sentía. -Primrose acabó con su tarea -Concluyó la mujer. -Y encomendó a las hadas que cada Guardiana pasara por aquel ritual para que no sufriera como ella.

-Pero seguirán sintiendo por su alma gemela -Puntualizó Victoire.

Aquella historia se sintió ajena a ella. Quiso pensarlo. Más sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo. Remus. Su hijo no era su alma gemela. ¿Qué ocurriría?

-El único lazo que quedó ileso en Primrose -Concedió en un suspiro Breedlove. -Los hijos y las hijas de las Guardianas… Siempre lo han entendido -Acabó diciendo. -En algunas ocasiones, las Guardianas fueron elegidas para cortar el lazo de sufrimiento por la pérdida de un hijo… Como cuando Nymue pasó su mandato a Rowena Ravenclaw, incluso cuando la Dama del Lago era mucho más joven que la fundadora -Volvió a suspirar. Victoire arrugó la nariz. ¿Aquello significaba que la Dama del Lago había muerto joven? Nunca había escuchado ninguna historia de aquella bruja que no fuera que había encerrado a Merlín o que había guardado a Excálibur.-Otras Guardianas recuerdan a sus hijos y les tienen aprecio aunque no sientan nada por ellos…

-Espero que usted viva muchos años, Charlotte -Bufó Victoire, mirando a través de la ventana hacia donde estaba Gwen con Remus. -¿Debería decírselo a Ted?

Hubo un silencio. Vio a Charlotte Breedlove pensar. Se preguntó si Ted era su alma gemela. Después de todo lo que habían pasado, ¿y si acababa sintiendo algo por él incluso cuando no lo hacía por nadie más? ¿Incluso cuando ni siquiera estaba con ella? Suspiró. Eso sería una tortura.

-Cuando llegue el momento, Victoire -Recapacitó.

-¿Y si tengo alguna pregunta cuando no estés?

-En el ritual no solo te desprenderás de todas tus emociones… Te bañarán en todas nuestras historias -Confesó.

-¿Todas?

-Desde Primrose -Confirmó. -Y todas te explicaremos con más detalle tu misión.

-Creía que mi misión era cuidar a Remus -Parpadeó.

-Esa es tu misión como madre, Victoire… Que es lo que te hará ser una de las mujeres con los lazos más fuertes de ahora -Sonrió. Pero, al instante, Victoire supo que era una maldición para ella. Que las mujeres que más amaban, las que con más fuerza habían amado en la historia, habían sido siempre las elegidas para sufrir aquellos fatales desenlaces. Tragó saliva. -Cuando te conviertas en Guardiana, no serás madre… Servirás a la magia y al equilibrio… Y tendrás una de las misiones más importantes…

-¿Cuál? -Interrumpió, ansiosa.

-Devolver la magia a su origen -Le guiñó el ojo.

Victoire arrugó el rostro. Y supo que, fuera lo que fuera aquello, tardaría años en entenderlo.

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No pudo evitar recordar que su primera cita en Hogwarts había sido con Camrin Trust en la Torre de Astronomía. Con unas cervezas de mantequilla que había robado de las cocinas. Y cómo la había dejado con los labios hinchados en el pasillo en cuanto a él le apeteció. Tampoco pudo evitar acordarse de que, una vez que ella cortó con él por su inmadurez y todas aquellas verdades que ella le dijo, le advirtió que cuando encontrara a la persona adecuada entendería qué era lo que no funcionaba entre ellos. Incluso cuando se llevaban y se lo pasaban bien.

Camrin Trust era sabia.

Porque ahora, con diecisiete años, James Sirius Potter lo comprendía. Cada uno maduraba a su ritmo.

 Y chasqueó la lengua al admitir que no sabía si considerar aquello una cita o no, pues, como ya le había avisado a Cornelia, en realidad iba a acompañarla a un recado para el Temple. Le había prometido que estaría un día libre. Y habían acordado aquel sábado. Que no había visita a Hogsmeade. Pero a ellos eso les daba igual. Había pasadizos. Y, de todas formas, habían escapado tantas veces de Hogwarts que eso no supondría un problema. Pero su tía Hermione le pidió -le suplicó -que convenciera a Firenze para que uniera formalmente sus armas con ellos en la próxima Asamblea. No lo habían hecho. Pues no confiaban en Ivonne Donovan. Pero su tía Hermione tenía la corazonada de que, si James se lo pedía, le dirían que sí. Merlín sabía por qué.

Cornelia le había dicho que no pasaba nada.

Godric, cualquiera a la que le hubiera pedido un día con ella, se habría puesto sus mejores galas e incluso se habrían maquillado como Lola lo hacía todos los malditos días de su existencia en Hogwarts. Pero Cornelia había bajado de su dormitorio en el uniforme de Gryffindor. Como si le hubiera dicho que quería ir a la biblioteca con ella a repasar un ensayo de Pociones. Estaba casi seguro de que habría tenido que pretificar a su hermana para poder hacer aquello.

Quiso creer que era porque quería mantener su personalidad intacta para lidiar con James Sirius Potter y no sucumbir a los cosméticos para -si fuera posible -gustarle más escondida en ropa muggle y perfume de Lola. Quiso creer aquello, pues la otra opción era que a Cornelia Brooks le daba absolutamente igual quedar con James y lo hacía por complacerle. Por su amistad. Quiso creerle e intuía que era así. Pero aún tenía la duda. Cornelia Brooks traía a flote todas sus inseguridades de nuevo.

Se adentraron en la linde del Bosque Prohibido.

Habían estado hablando de las clases que compartían. De cómo era ser un Premio Anual. De lo que Cornelia agradecía no haber sido elegida. De Lola. Evitaban los temas esenciales. Susan Jordan. Fred Weasley. Sus visiones. Lo que iba a hacer James Sirius Potter en el Bosque Prohibido aquel día.

James estaba nervioso. Y no solo era por enfrentarse a una comunidad de centauros que se habían escondido en el Bosque Prohibido precisamente para no tener que lidiar con magos.

-¿Sabes, James? -No se acostumbraría a que utilizara su nombre. Pero cada vez que lo escuchaba, le entraba un escalofrío. -Prefiero ayudarte en tus días ocupados a pasar un día libre contigo… -La vio reflexionar con su ceño fruncido. -Me siento un poco más productiva -Asintió para sí, sorteando unas piedras en el camino. -Aunque tengas que ocultarme lo que debas ocultarme.

Le transmitió una sonrisa.

Él sacudió la cabeza.

-No hace falta -Le dijo con sinceridad.

Odiaba estar ocupado para el Temple. Se había convertido en mensajero. Su tía lo había convertido en portavoz. Ella tomaba las decisiones y él las transmitía. Y había sido idea de su tía abuela Charlotte Breedlove. ¿Por qué razón? El motivo era lo que más le irritaba. Malditas profecías.

-¿No vas a decirme hacia dónde vamos? -Cuestionó por primera vez. -Estamos en el Bosque Prohibido… Y aunque sé que tienes permiso para estar aquí…

-Es una sorpresa -Se rascó la nuca. -O algo así… Espero que te sorprenda, en realidad -Se sinceró. Ella se sonrojó. -No es nada vergonzoso, créeme… Y es lo que debo hacer… Pero por eso te he pedido que vinieras.

-No porque me hubieras dejado plantada -Puntualizó ella.

-No querría desatar la furia de Lola, debes entender que quiera preservar mi alma unos años más… -Se mofó él. -Siento que no sea… ¿Unas cervezas en Hogsmeade?

-He dicho que prefiero que sea así -Recordó ella con una sonrisa. -Bosque Prohibido…Palacio de Hielo… Poderes Curativos de Licántropo… Visiones… ¿Por qué cambiar lo que se nos da bien? -James ensanchó la sonrisa que tenía.

Entonces, se percató de que el crepúsculo se acercaba y de que, en caso de no aligerar el paso, no llegarían con luz de día. Y la noche les pillaría en la vuelta. Carraspeó la garganta y detuvo sus pasos. Cornelia se detuvo a su lado. Puso sus manos en su lumbal y le guiñó el ojo.

-No te asustes -Le pidió. -Pero debemos darnos prisa y hay una forma de ir más rápido.

-Podrías habérmelo dicho, James -Dijo ella, avergonzada. Él se estiró. Esperó que Cornelia entendiera lo que estaba a punto de hacer. Aunque supuso que sería una gran sorpresa para ella. Después de los Lupercales, ella era la persona que más le había visto en su forma de lobo. Ella era la que lo había visto en su conversión. Ella era su Ajayu. No habría ningún problema con transformarse y que se subiera en él para ir más rápido. Ella pareció leerle la mente. -¿Esta es la sorpresa?

James se rio en una sonrisa lobuna.

-Este es el carruaje -Se mofó.

Y se transformó.

Sus músculos se extendieron y su pelo caoba cubrió todo su nuevo cuerpo. Los licántropos, una vez convertidos en inmensos lobos, aún tenían moralidad y humanidad. Eso era lo que les diferenciaba de aquellos que se quedaban en el proceso. Los torturados. James acercó su hocico a Cornelia. No supo por qué, pero tocarla era mucho más fácil cuando tenía forma de lobo.

Pero, claro, en su forma de lobo se sentía toda la confianza en sí mismo que en su forma humana le robaban esos ojos celestes.

Sabía -sabía porque se lo habían contado -que si alguna vez se aceptaban como Ajayu en el ritual que había para aquello, podrían hablar telepáticamente como podían hacerlo algunos miembros de la manada. Él aún no lo había conseguido. Y se preguntó si aquello lo podría hacer con ella.

Cornelia le acarició el pelaje del costado de su cara. No dijo nada. La vio sonreír. La vio sentirse cómoda con él. Tan cómoda como él. Quizás debería haberse convertido antes. Le habría dado a él confianza y a ella una excusa para tocarle. Se inclinó hacia ella.

«Súbete», le imploró con la mirada.

Ella asintió. Y se mordió el labio. Viendo cómo la colosal criatura se tendía en el suelo para que ella trepara sobre él.  Se agarró del cuello. Y se subió rápidamente sobre su lomo. Sintió su peso sobre él. Y sonrió para sí. Sintió su olor a almendras y cerezas. Acomodó su columna. Y abrió sus fosas nasales para acoger el olor de los centauros. Y proyectar su camino.

Corrió con cuidado. Si no tuviera a la muchacha en su lomo, habría ido mucho más rápido, más quería asegurarse de que no salía disparada. Cuando se recostó y posó su cara cerca de sus orejas puntiagudas, decidió que así sí que podía acelerar el ritmo. Y trotó por el Bosque Prohibido. Las criaturas que había por allí se apartaron del camino para dejarles paso. Las pequeñas criaturas del bosque que jamás había notado de no ser por sus percepciones licántropas.

Recordó que, en su momento, Dominique Weasley le había contado que los centauros eran unas criaturas sensibles y complicadas. Que adoraban a sus astros. Que veían el futuro. Que odiaban a los humanos. Muchas criaturas mágicas odiaban a los magos y a los muggles. No les culpaba. Y recordar a Dominique Weasley le dio un punzazo en el estómago. Su exilio. La ofensa a Wakanda. Quiso quitarse los pensamientos de la cabeza.

Escuchó cascos de caballo a su alrededor. Estaban cerca. Sintió las manos de Cornelia tensarse sobre su cuello.

Y, entonces, un sonido similar a un silbido le pilló desprevenido.

La primera la esquivó por un golpe de suerte.

Tuvo que echarse hacia la izquierda abruptamente. Flechas. Flechas de centauros. Se movió de izquierda a derecha. Con sus zarpas lanzando aquellos trozos de madera y estrellándolos sobre el suelo. Sintiendo las uñas de Cornelia clavándose sobre su espalda. Los cascos resonaban cada vez más cerca. El claro del bosque más visible. Las figuras y las sombras más amenazantes.

Gruñó.

Había sido lo suficientemente imbécil e imprudente como para irrumpir en una comunidad de centauros en forma de lobo. Su tía Hermione no estaría orgulloso de él.

Rugió a todos los centauros que tensaban los arcos de guerra hacia él. Pero las flechas no dejaron de llegar. Había sido prevenido -por fortuna o por desgracia -de que aquellas criaturas eran bastantes guerreras y un acto de ofensa podría ser letal. Perfecto, oh, Godric, menuda primera cita con Cornelia Brooks.

Una flecha le rozó las orejas. Estaba poniendo su rostro en alto para proteger con todo su cuerpo a Cornelia. Sus movimientos eran más torpes por esa razón. Pero -hasta el momento- había conseguido esquivarlas todas. Sintió una asestar en su hombro. Rechinó sus dientes. Siguió hundiendo sus garras en el suelo para seguir impulsándose. No se quejó, pese a que el metal de la flecha se hubiera hundido en su carne.

-¡James! -Chilló Cornelia.

Aquello por lo que había gritado se imponía ante él. Al recibir la flecha en el hombro, se había despistado por una milésima de segundo. Y se había enfrentado a un centauro de corpulencia extravagante que se alzaba ante él y le apuntaba con su arma en el hocico. Firenze. Lo reconoció al instante.

Rápidamente, Cornelia y él fueron rodeados por el resto de la comunidad. Todas las puntas de aquellas armas milenarias apuntándoles. Tan firmemente como sus miradas. Sintió la tensión de Cornelia en su lomo y se odió por haberla arrastrado allí. De repente, volvía a tener doce años y a tomar malas decisiones.

Vio que algunas flechas cambiaban lentamente su dirección. Vio que Firenze reconoció su mirada de color avellana. Reconoció su olor. Reconoció que era James Sirius Potter y para qué venía. Y todas las flechas apuntaron a la persona que llevaba sobre sus lomos y que se había incorporado sobre ellos. Y la mirada de Firenze. De Bane. De todos los centauros allí reunidos cambió. A odio. A amenaza.

No. No. No.

James hincó sus garras en el suelo. Sacó sus dientes hacia Firenze. Gruñó. Gruñó. Entre dientes. Salivó. No. No podían tocar a Cornelia Brooks. Y, por la mirada de Firenze, no dudarían en hacerlo. ¡Por supuesto que lo harían! ¡Por supuesto que aquellas criaturas que veían el futuro en los astros sabían quién era Cornelia Brooks! ¡Había sido tan estúpido!

Entonces, rugió. Y el sonido salió de su pecho como si fuera un grito de guerra. De súplica. Su rugido hizo temblar los árboles. Hizo temblar las cuerdas tensadas de los arcos de flechas. Hizo temblar los torsos de aquellos guerreros. Y, en su interior, sintió que algo se cumplía.

Firenze bajó el arma. Buscó los ojos de James. E inclinó la cabeza. Un gesto tan similar al que hubo hecho Montdark en el océano hacía unos meses que sintió un escalofrío. Entonces, Montdark asintió vehementemente. Como con solemnidad. ¿Una reverencia? Ese hombre acababa de agachar la cabeza hacia él. ¡Hacia él! Firenze asintió con solemnidad. «Pro anima», había dicho Montdark en aquellas tortuosas aguas. El centauro hincó sus rodillas hípicas en el suelo. Las delanteras. Con la cabeza inclinada hacia él y hacia Cornelia. Extendió el arma hacia él. Como ofreciéndosela.

James frunció el ceño.

Como un efecto dominó, todos los centauros imitaron a Firenze. Todos inclinaron la cabeza hacia ellos en una reverencia. Todos postraron sus rodillas delanteras. Todos las hundieron en la tierra del Bosque Prohibido. Todos se arrodillaron ante ellos. Todos extendieron sus carcasas, sus arcos y sus flechas.

Sintió a Cornelia moverse en su lomo. Se bajó sin dificultad de él. Acarició su lomo. Como si su peso le hubiera hecho daño. Parecía estar tensa por todos los centauros alrededor de todos ellos. Pero hizo todo lo posible para que no se le notara. Aunque James olía su incertidumbre con tanta intensidad como la suya. Se acercó a su hombro. Y, sin avisar, extrajo la flecha que le habían asestado minutos atrás. El lobo encajó la mandíbula para no emitir ningún sonido de dolor.

Los centauros más próximos a Cornelia se tensaron. Apretaron sus manos en torno a las armas que les ofrecían. Como si tuvieran dudas de si atacarla o no. Era algo que James percibía en su estado de lobo. Y por eso les gruñó. Porque era algo que solo James haría en su estado de lobo.

Cornelia volvió a acariciar a James, como para decirle que no se preocupara. Que no necesitara a un lobo de grandes dimensiones con una herida en el hombro que la protegiera de una comunidad armada de centauros peligrosos que claramente estarían dispuestos a asesinarla. ¿Y ese era el tipo de chica que le gustaba? Su madre estaría orgullosa de él.

Entonces, Cornelia hizo algo que no esperó. Y que supuso que Firenze y su familia no esperaba. Cogió la flecha con la sangre de James. Se puso al lado de Firenze. Y de Bane. Les miró. Intimidada. Pero tragando saliva. James seguía enseñándole a los centauros los dientes afilados para que ni se les ocurriera tocarle un pelo. Y Cornelia Brooks se arrodilló con ellos. Y le ofreció la flecha. Como si fuera una más.

James no supo cómo reaccionar.

No le dio tiempo.

Todos los centauros corearon a unísono un cántico.

PRO ANIMA!

James miró a Cornelia. Y la confusión la estaba abrumando. Pero había escuchado aquel grito. Y esperó que lo recordara.  

El joven acogió pronto su forma humana. Respiró profundamente. Se llevó la mano al hombro. Tenía una herida abierta. El torso desnudo. Y los pantalones que Wakanda les había ofrecido para las transformaciones y no perderlos.  Seguía con la mirada fija en Cornelia. Le pidió sin formular una palabra que se acercara a él.

-James Sirius Potter -Le llamó Firenze. -Te hemos estado esperando.

James asintió. Cornelia se incorporó. Y, cuando lo hizo Firenze, le siguieron el resto de centauros. Miraron a Cornelia como si fuera una intrusa. Por esa razón, supuso, se dirigió hacia el lado de James. Este cogió su mano y la apretó con fuerza. Se aseguró con un pequeño repaso que estaba bien. Tenía la piel más pálida de lo normal. Vio la preocupación y las incógnitas en su frente. Había sido una terrible idea llevar allí a Cornelia Brooks. Pero quizás aquello aceleraría la revelación que Cornelia debía hacer. Y, aunque le hubiera prometido al Temple y a la Guardiana de la Magia que no intervendría, haría todo lo que pudiera para que Cornelia lo descubriera cuanto antes.

-James, ¿qué está ocurriendo? -Musitó.

Esa era otra cuestión.

¿Todos los centauros del Bosque Prohibido arrodillándose ante él? Por Godric, ¿qué significaba exactamente aquello? James Sirius Potter sabía cosas, pero estaba claro que no lo sabía todo. Que había cosas que se le escapaban. No pudo evitar pensar que quizás aquella era la razón por la que tía Hermione y Charlotte Breedlove lo habían elegido a él como futuro líder del Temple. ¿Los centauros lo sabían? ¿Pero que significaba exactamente aquello? Suspiró. James había aprendido que con cada pregunta que hacía -y, maldita sea, se las respondían todas -el mundo le daba una bofetada de que el futuro no iba a ser tan acogedor como había pensado cuando tenía doce años.

Entrelazó los dedos de Cornelia con los suyos con más fuerza.

Se dirigió a Firenze.

-En nombre del la Orden del Temple, le ruego que se una a nosotros en las batallas que están por librarse -Le pidió James Sirius Potter a Firenze.

La expresión del centauro le conmovió. Parecía que había recibido un honor. Como si le hubiera ofrecido un regalo. Se sintió incómodo. Pero se obligó a mantener el tipo.

-Será el mayor honor de nuestras infinitas vidas -Le concedió Firenze. Dio un paso hacia él. Los dedos de Cornelia se tensaron. La habían estado apuntando a ella con flechas. No la culpaba. Pero Firenze tenía la mirada clavada en James. -Los astros nos prometen la luz… -Desvió su mirada a Cornelia. Y se endureció. -Y haremos todo lo posible para que así sea.

Era una amenaza.

Dio un paso hacia Firenze.

-Su flecha apuntará a quién yo diga -Sentenció James.

Firenze volvió su mirada a James.

-No serán nuestras flechas el arma que deseará no utilizar -Le dijo enigmáticamente.

James Sirius Potter asintió.

-Deben asistir a la próxima Asamblea en calidad de soldados -Anunció. Deseando cambiar de tema. Miró de reojo a Cornelia. Sabía que su cerebro era un rompecabezas en ese instante.

Hubo un asentimiento por parte de Firenze. Los centauros comenzaron a retirarse y a volver a la oscuridad que amenazaba con cubrir el Bosque Prohibido. Firenze volvió a inclinar la cabeza hacia él. Le sonrió. Pero James no le devolvió la sonrisa.

Solo cuando se hubo ido, soltó una bocanada de aire. Todo el oxígeno que había estado reteniendo desde que oyó la primera flecha dirigirse a él. Hundió sus hombros. E hizo una mueca cuando el dolor de la herida volvió a él.

-Deja que te sane.

Cornelia había sacado la varita y, antes de que él pudiera detenerla, apuntaba hacia su hombro. Una calidez lo embriagó. No la miró a los ojos cuando lo hizo. Más observó su propio torso desnudo. Su piel erizada por la brisa de finales de noviembre. El resfriado que iba a coger no le impediría hacer todos los recados.

-No esperaba que saliera así -Y lo dijo con sinceridad.

No esperaba que le lanzaran flechas. Que casi una centena de centauros se arrodillaran ante él. Al James Potter más adolescente le habría encantado. No al que estaba harto de recibir premios sin haber hecho nada.

Ella se agachó para capturar su mirada.

-Sé lo que has hecho.

Dio un respingo. Se sintió como un niño cuando roba caramelos y su madre le ha pillado con las manos en la masa. Pues Cornelia tenía justo esa mirada. De reproche. Pero había algo más. Agradecimiento. James se sonrojó.

Intentó que no se notara.

Cornelia guardó su varita.

-Gracias -Dijo. Se vio la herida finamente cosida. No tendría ni cicatriz. Quizás habría sido buena Sanadora. Sacó su propia varita y formuló en voz baja un hechizo para mantenerse en calor.

-¿No te va a regañar el Temple?

-No sé de qué me hablas -Expresó rápidamente James.

Intentó evitar el tema. Definitivamente les pillaría la noche. Le indicó con la cabeza que comenzaran a andar de vuelta al castillo. Otra vez que andaría por camiseta por Hogwarts, después de estar con Cornelia. Sinceramente no era lo que estaba buscando. Pero ya tenía una reputación. Pensó en mandarle un Patronus a Carter antes de entrar al castillo para que le bajara algún jersey. Aunque el precio fuera los comentarios de Carter.

-No debería haber estado hoy aquí -Afirmó.

-No.

Pero no necesitaba confirmación por parte de James. Estaba claro que era así. Estaba claro que, después de lo que James le dijo el otro día, el Temple no había querido que Cornelia presenciara aquella reunión. No cuando podría haber información que indujera a Cornelia a investigar sobre quién era ella. Sobre porqué los centauros querrían atacarla. Sobre por qué ella podría ser lo que frenaría a la luz en un futuro. James intuía que había cosas que Cornelia sabía y que podía completar fácilmente -las visiones, las malditas visiones en las que ella era la que mataba a todos.

Era cierto que James quería salir en una cita con Cornelia Brooks.

Pero también sabía que, en los tiempos que corrían, había asuntos más importantes. Cuando le pidió que le acompañara en su día libre, en ningún momento pensaba pasar un día libre con Cornelia. Quería ayudarla en su descubrimiento. Como pudiera. Qué le dieran al Temple. Podrían haber movido su cita -o lo que fuera que era aquello- a cualquier otro día. Pero él pidió expresamente que la acompañara.

Porque sabía qué era lo que los centauros iban a decir. «Pro anima». Era cierto que no esperaba que lo hicieran de rodillas ante él. Y no sabía si quería -aún- saber por qué. Maldita sea.

Pero quería que Cornelia pensara. Quería enseñárselo. Quería que, en cuanto llegaran, se escapara a la biblioteca y empezara a indagar. Él no podía decírselo. Pero le había apuntado el camino. Ojalá le preguntara a Hugo Weasley. Ojalá Hugo Weasley la viera en la biblioteca y la ayudara -porque, ¡¿cómo no la había interrogado ya?!

Caminaron en silencio.

- Gracias-Su voz rasposa lo devolvió a la realidad. -Aunque es un poco contradictorio con lo que me dijiste la última vez…

-No lo es -Negó con seguridad. Se detuvo. Arrugó su frente. Quería dejar aquello claro. Cornelia se giró para verlo. -Te dije que no quería ocultarte nada, Cornelia.

-Dijiste que el Temple no quería que yo supiera nada…

-Y no quiere -Insistió James. Suspiró. La miró a través de sus largas pestañas. -Sea Ivonne Donovan, el Temple o el mismísmo Merlín… Tiendo a saltarme las órdenes cuando se trata de ti -Confesó.

Ella alzó las cejas.

-No te he pedido que lo hagas -Replicó. Suspiró. Encajó la mandíbula al mismo tiempo que James encerró sus manos en un puño. -Quizás todo el mundo me lo oculta por algún motivo… ¿Lo has pensado? Quizás deberías seguir esas órdenes.

James entrecerró la mirada. Debía saber algo para decir aquello. Sí, se había sentido intimidada cuando todos aquellos centauros la apuntaron con las flechas. Pero no estaba tan afectada. No se lo esperaba. Pero no se sorprendía del todo. No dudaba que fuera lo que fuere que sus visiones le decían, no se lo decían del todo. Y por eso James quería que lo descubriera. Antes de que cometiera un error. O de que comenzara a pensar como muchas criaturas mágicas.

«Hay muchos que querrán eliminar a los instrumentos antes de que puedan ser utilizados», le había dicho Charlotte Breedlove. Era más fácil eliminarlos. Era más fácil acabar con ellos y no enfrentarse a lo que las profecías decían que podía ocurrir si el ritual se llevaba a cabo. Pues si estaban en guerra, aquello sería el éxtasis.

Por esa razón, cada instrumento de aquella profecía que sería el principio del fin -o el principio del comienzo -estaba siendo protegido por el Temple. Por esa razón, la identidad del canal estaba bajo la protección de Neville Longbotton con un Encantamiento Fidelius. Por esa razón, la hija de Voldemort -el sacrificio- estaba con la seguridad de Azkaban. Por esa razón, la nada que simbolizada la ausencia de la magia -el squib, Lola, cuya identidad habían tratado de confundir con Frank Longbotton - y el todo que simbolizaba la magia en su plenitud -la hermana del squib que fuera de la misma semilla, Cornelia; estaban en Hogwarts. El lugar más seguro en aquel instante.

Había muy pocas personas que sabían la identidad de los instrumentos. Él mismo no sabía quién era el canal. Había menos personas aún que sabían para qué se utilizaban. Qué propósito debían servir. Era algo que el Temple quería evitar. Por eso los mantenía separados y custodiados. Por eso estaban reuniendo un ejército. El Ojo había identificado a uno de los instrumentos -Delphini. Y James Sirius Potter sabía aquello porque había sido encargado de proteger a Cornelia y Lola Brooks. Una orden de su tía Hermione con la que Charlotte Breedlove no estaba de acuerdo.

Porque Charlotte Breedlove había dejado claro que los instrumentos acabarían siendo utilizados. Sintió un escalofrío.

Y aquello era lo que Cornelia debía descubrir. Aquello que ocurriría si el ritual se cumplía. Aquello que portaría.

Volvió a la realidad.

Sacudió la cabeza.

-Deja de pensar que tus visiones se cumplirán -Le ordenó. Ella se echó hacia atrás. Había tomado un tono grave al que ella no estaba acostumbrada. -Encontraremos una solución, ¿de acuerdo? Siempre la hay…

-Sé que no es a Ivonne Donovan a quien busca el Ojo… Sé que es a mí -James no dijo nada. No iba a mentirle. -Sé que el Ojo me necesita para ser tan oscuro como quiere ser… Y sé que esos centauros han visto la oscuridad que hay dentro de mí.

-Tú no tienes ninguna oscuridad dentro de ti, Cornelia -Espetó James.

Ojalá pudiera despojarla de todos aquellos pensamientos.

-Tú no has visto lo que yo…

-Incluso si tuviera tus visiones, sabría distinguir entre lo que eres y lo que… -James suspiró. Se acercó a ella. Respiró profundamente. -Recuerda todo lo que se ha dicho en la reunión. Busca a Hugo Weasley. Investigad. Él tiene las profecías… Y tendrá un par de ideas en la cabeza… Estoy seguro de que lo acabaréis descubriendo entre los dos… Ve a la biblioteca y haz lo que siempre haces -Le pidió. Le rogó.

Ella parpadeó. Se acercó a él. Con los ojos encendidos.

-¿Por qué?

Él pensó bien sus palabras.

-Porque una vez me dijiste que estabas harta de que te ocultaran cosas… Y yo odio tener que hacerlo.

Se sinceró. Vio el brillo en la mirada celeste y sintió que, bueno, eso era todo. Se acababa de dar cuenta. Quería seguir creando ese brillo de sorpresa en Cornelia el resto de su vida. Quería encender las mejillas. Dejarla sin palabras. Y tener la sensación de que había un fuego que abrasaba su pecho, pero que no le quemaba.

Se preguntó cómo demonios no se había dado cuenta antes. Cómo alguien no podía verla o escuchar sus pensamientos, o saber lo valiente que era y el coraje que siempre demostraba, sin enamorarse de ella hasta el último rincón de su ser. Quiso besarla. Pero se detuvo.

Quería hacer algo bien. Por lo menos, con Cornelia, quería hacer las cosas bien. Era su Ajayu. Algún día se lo diría. Y quería hacerlo bien. Se tomó unos segundos más para observarla. Se había quedado muda. Algo nuevo para él. Ella dio un paso para acortar la distancia entre los dos. Incluso si nunca habían sido cercanos, ella era familiar.

La contempló. Su expectación  La aprehensión en sus ojos. En la mente de ella, James era un territorio tan desconocido como Cornelia para él. ¿No era aquello algo especial? Se guardó para él ese recuerdo. Nunca lo perdería. Lo repetiría en su cabeza cada vez que no la tuviera cerca. No quería olvidar aquella incertidumbre. Porque solo perdía su seguridad cuando estaba con ella. Y con ella se enfrentaría a una comunidad de centauros en mitad del Bosque Prohibido.

No supo si fue él o ella la que empezó el beso.

Él puso sus manos a ambos lados de su rostro. El paisaje se alejó de ellos. Nunca se había sentido tan perdido en un beso. Su corazón perdió latidos y sus manos no podían traerla más cerca. La saboreó. Había besado antes, pero aquello le quemó por dentro. No supo cuánto tiempo estuvieron. Quizás un minuto. Quizás una hora. Pero supo que aquel beso, la suavidad de su piel cuando se rozaba con la suya, incluso si no era consciente del todo hasta aquel instante… era el beso de la persona a la que estaba destinado.



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