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La Tercera Generación de Hogwarts » (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Miércoles 27 de Enero de 2021, 11:55
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(V) Capítulo 11: Permiso indirecto

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)
  232. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (I)
  233. (VI) Capítulo 11: Lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos (II)
  234. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (III)
  235. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones
  236. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (II)
  237. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (II)
  238. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (II)
  239. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (III)
  240. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (IV)
  241. (VI) Capítulo 13: Mediadores
  242. (VI) Capítulo 13: Mediadores
  243. (VI) Capítulo 13: Mediadores (III)
  244. (VI) Capítulo 13: Mediadores (IV)


-¿Por qué nos has hecho confíar en ella hasta ahora?

La pregunta quedó en el aire unos instantes en los que Hugo Weasley recapacitó. ¿Debería haberla reformulado? ¿O debería haber sopesado que quizás Charlotte Breedlove estaba tan sosprendida como ellos?

Debido al estado de Cornelia Brooks, quien, tras unos días después de su llegada -la cual sabían realmente unos contados alumnos entre los Guardianes hasta que la situación se estabilizara; Hugo Weasley le había estado dando vueltas a la lealtad que habían mostrado hasta entonces hacia Ivonne Donovan. Lola les había contado -más bien le había contado a James Sirius Potter y su primo se lo había contado a él y al resto de profesores, pues no le importaba decir «estaba harta de confiar en magos y brujas viejos que acaban matando a su familia» -que Brooks había estado bajo la influencia de la maldición Imperius durante meses en los que Ivonne Donovan la había torturado psicológicamente. O eso afirmaba ella. Pese a que Madame Longbotton no dudó en su palabra, Hugo Weasley aún esperaba a que Brooks se recuparara de las heridas que la habían postrado en la camilla durante días con el fin de que fuera ella quien le aclarara las cosas. Incluso si James Sirius Potter le había advertido que no molestara a Brooks. Él tenía un trabajo que hacer y su primo no iba a impedírselo.

Más Hugo Weasley era Ravenclaw. Y la curiosidad que conllevaba haber sido seleccionado en aquella casa le consumía por dentro conforme pasaban los días. Fue por esa la razón por la que se puso en contacto con Charlotte Breedlove. Quedó con ella en Cabeza de Puerco. Un jueves por la tarde, cuando las clases ya habían acabado.

En efecto, aquello estaba terminantemente prohibido. Pero, ¿no debió el director Longbotton tapar los pasadizos que conducían a Hogsmeade si verdaderamente quería prohibir aquello? ¿O era un permiso indirecto a aquellos que conocían aquellos pasajes?

Fuera como fuere, se llevó a sus dos mejores amigos. Quienes estaban sentados en una mesa en el otro extremo del lugar. Lorcan Scarmander y Sebastian McKing. Hugo Weasley contaba con la capacidad análitica de Lorcan para estudiar la situación y las posibles amenazas mientras él mismo hablaba con Breedlove. Hugo Weasley se había llevado a McKing dado que era el que les sacaría de allí en caso de problemas. No le había dicho nada a James -no tenía que informarle de todo lo que hacía y estaba bastante ocupado (tanto que incluso ni siquiera aparecía por Enfermería para ver a Brooks, algo que a Hugo Weasley le sorprendía y que no sabía si asociar a su ajetreada agenda o a su miedo por sus propios sentimientos). Tampoco le había dicho nada a Lily -su prima era de todo menos lo apropiado para ir de incógnito -ni a Lyslander -y supuso que dada la tendencia de Lorcan a ser honesto con su día a día frente a su hermana, le supondría otra semana sin que Lys le dirigiera la palabra. Las cosas que Hugo Weasley hacía por salvar al mundo mágico.

-Los lazos emocionales hacen a las personas impredecibles, Hugo -Fue la respuesta de la señora Breedlove. -Pero no, nunca os dije que confiaras en Ivonne… De hecho, todo lo contrario.

Hugo asintió. Sabía aquello y lo recordaba. Pero lo que no lograba entender era cómo Breedlove había accedido a que el Temple la acogiera. Si era una bruja muy poderosa y a la vez peligrosa para ellos, ¿por qué la necesitaban? ¿No podía protegerse ella sola del Ojo? Había demostrado que lo sabía hacer.

-Es curioso… -Comenzó a decir Hugo. -Porque justo cuando Ivonne Donovan se va… Es cuando tu decides hacer tu aparición en el Temple -Puntualizó con los ojos entrecerrados.

Había aprendido a desconfiar de todos los magos y brujas. Charlotte Breedlove nunca le había dado un motivo para perder la confianza. Pero aquello que acababa de señalar había encendido una alarma en su cerebro.

La mujer le sonrió con candidez. Le dio un sorbo a su cerveza de mantequilla. No apartó los ojos de Hugo Weasley. El joven se apretó su corbata de color azul sobre su cuello para darse más seguridad. Podía ser un mago prometedor, pero era consciente de que acababa de acusar a una bruja que pertenecía a lo que las profecías llamaban «Guardianas de la Magia».

-Es evidente que Ivonne Donovan tiene su propio plan para acabar con esta guerra -Hugo frunció el ceño. -Cuando mi sobrina nieta despierte, no tardarás en montar las piezas que te quedan en algunas profecías… Y entenderás qué es lo que pretende Ivonne Donovan. No debes pensar que Ivonne Donovan pertence al Clan del Ojo, pues su propia naturaleza le impide ser leal a un bando. Cornelia Brooks sufrirá el mismo dilema. Con suerte, esa muchacha tendrá más razonamiento que mi hermana… Pero lo que las Donovan siempre querrán… Será acabar con esta guerra.

Hubo una pausa.

-Pero no quieren lo mismo que tú -Hugo señaló. -No quieren el equilibrio de la magia.

Había acertado. Lo sabía. Arrugó el rostro. ¿No era acabar con esa guerra lo que conduciría al equilibrio de la magia? Esa era una pregunta que ocupaba su mente más tiempo del necesario desde que estudió las profecías. Sobre todo, porque las profecías no acababan con la guerra. Dictaban sus vidas aún más allá de ellas. En dos posibles versiones.

-Ivonne Donovan está dispuesta a sacrificar a su hija y a su nieta por salvar al mundo mágico -Le recordó Charlotte Breedlove con una ceja alzada. -Sus intenciones son buenas… Pero el medio no es el adecuado. Existen otras soluciones.

-Pero usted aún no las sabe -Suspiró Hugo Weasley. Consciente del verdadero problema.

-Cuando una Guardiana de la Magia se convierte, adquiere el conocimiento del mundo de todas las anteriores… Pero eso no implica que tengamos todas las soluciones. Solo muy pocas de nosotras fuimos videntes… -Breedlove entelazó sus dedos. -Nos encargamos de que todo lo que el resto haga aquello que conduce a donde queremos ir… Somos custodias del equilibrio. Juramos un voto para permanecer neutrales mientras podamos serlo. Si has venido a mí en búsqueda de respuestas… Debes saber que yo solo os puedo apuntar una dirección.

El joven se removió en su asiento. Luchó por desechar el pensamiento que le hacía pensar que el papel de Guardiana de la Magia le era un poco inútil entonces. Si no hubiera analizado con detalle las profecías, sabía que era así. Pero Breedlove había guardado el equilibrio y lo había demostrado en varias ocasiones en las que había sobrepasado la neutralidad. Como cuando salvó a Remus Lupin.

Lanzó una bocanada de aire.

-Tengo a Guardianes de Hogwarts investigando la cura para los agentes durmientes y para que el Ojo no pueda intervenir en las profecías y alterarlas. A otros trabajando en Profecías. Unos pocos están revisando las últimas órdenes de Ivonne Donovan que nos ha facilitado mi madre para ver cuál era su objetivo. Y el resto está entrenando para una posible guerra. Pero… ¿cuál es la dirección que debemos tomar?

Le recibió una risa relajada. Como si estuviera impresionada. Pero a la vez fuera justo lo que esperaba de ellos. Aquello le ofendió. No pretendió decir aquello para que le hiciera un cumplido. Sino para informar de en qué punto se encontraban.

-Tú ya tienes todas las piezas del puzzle, solo tienes que ir uniéndolas.

Hugo Weasley carraspeó la garganta. Sí, tenía piezas, pero unirlas estaba comenzando a convertirse en una tarea bastante complicada. Tenía claro quiénes eran los instrumentos, más no comprendía el significado per se de la profecía. Había identificado profecías que habían ocurrido. Y había señalado aquellas que iban a pasar. Y sabía quiénes tenían más probabilidades de hacer qué.

Pero había algo que constantemente se preguntaba.

-¿Quién soy yo?

Charlotte Breedlove cambió su gesto. Se tensó. Apretó sus dedos sobre la jarra de cerveza de mantequilla. Hugo supo que había dado con una pregunta inesperada. Con una pregunta que todavía no debía ser respondida. Ni cuestionada. Pero era Hugo Weasley.

-Lo irás sabiendo con el tiempo.

Odió aquella respuesta.

-¿Aparezco en alguna profecía?

La Guardiana de la Magia reflejó en sus ojos el debate interno que estaba combatiendo para  hallar una respuesta adecuada para el joven mago.

-Todos somos sujetos de las profecías.

No estuvo satisfecho con aquello.

-¿Por qué yo? ¿Por qué me eligió a mí? -Le cuestionó. No quería ni había planteado que aquella conversación derivara en una aproximación antropocéntrica de su propio ego. Pero no podía evitarlo. En sus variables, él nunca estaba. -¿Por qué dejó ese folleto en mi buzón sobre la librería de Miranda Goshawk el mismo año que todo empezó? -Tenía el iris de Breedlove sobre el suyo en duelo. -Entiendo que eligiera a Victoire Weasley como la siguiente Guardiana de la Magia porque sus lazos emocionales son muy fuertes… Es la otra persona a la que eligió como su confidente… Pero, ¿quién soy yo?

Se formó un silencio entre ellos en el que se elevó el campo de batalla al duelo de miradas. El muchacho sabía que no obtendría ninguna respuesta. Intuía que Charlotte Breedlove sabía la respuesta. Pero no se la daría.

-Esa no es la dirección que debes tomar ahora -Le dijo simplemente. Hugo bufó. Vio por el rabillo del ojo que Seb miraba en su dirección. Con el semblante preocupado por, porbablemnte, la decepción en la cara de Hugo. -Tienes a tus amigos trabajando en campos de batalla adecuados… Y tú has venido aquí por Ivonne Donovan… Pero déjame que te apunte la nueva dirección…

-Cornelia Brooks -Interrumpió Hugo.

Charlotte Breedlove presionó sus labios en una tensa sonrisa.

-Si no la presiones, Hugo… Ella te dará tus respuestas.

Estaba intentando escuchar a su hermano.

Pero tenía otras cosas en su cabeza.

Era la primera reunión en la que estaban todos en la Casa de los Gritos. De nuevo. Más conscientes de la razón por la que estaban allí. Y con más dudas. Más valientes. Más prudentes. Más maduros. La muerte hacía madurar a aquellos jóvenes. Más distanciados unos. Más distanciados otros.

James Sirius Potter lideraba, como era habitual, la reunión. Estaba de pie sobre el círculo que se había formado en torno a él en el salón. Estaba cómodo hablando en público. Apoyándose en miradas cómplices con quiénes sabían que estaban de acuerdo con sus palabras. Y no dejando caer el carisma que le era innato incluso cuando su hermano sabía que debía de estar destrozado por dentro.  Lo cual Albus podía entender: su mejor amiga había muerto, su mejor amigo había dejado Hogwarts, su madre estaba en Azkaban. Pero su humor había decaído desde que llegó Brooks.

Albus Severus Potter no era bueno leyendo emociones -de hecho, era pésimo -, pero estaba bastante confundido por la actitud de su hermano. Sabía que estaba triste, frustrado y lleno de rabia por dentro por todo lo que tenía sobre sus hombros -y aun no había comenzado la temporada de Quidditch.  Pero era su hermano. Y cuando Hugo le dijo el otro día que «los Potter sois lo peor ocultando quién os preocupa», Albus dio un respingo y le obligó a ponerse a pensar. Ninguno de sus amigos había notado nada raro, pero él sí. Porque James estaba teniendo los mismos hábitos que Albus desde que llegó Brooks. Estar sumamente ocupado. Desayunar, comer o almorzar mirando a la nada -hasta que alguna chica de las que últimamente también molestaban a Albus y a Scor se creían que les estaban mirando a ellos y se metían en el pelo en la oreja como si aquello les hiciera caer a sus pies. Lo importante era que su hermano había caído en la misma rutina que él. Incluso habían coincidido en la pista de Quidditch para despejarse. Vale, Albus tenía una persona en la cabeza y era Alice Longbotton -una verdad comumente conocida y aceptada.

Pero, ¿James? Arrugó inconscientemente la frente. ¿Preocupado a esa escala por Brooks? Albus no comprendía aquello. ¿Cómo? Era decir. Sí, todos habían conocido a Brooks en otros años cuando les ayudó. Y todos habían sido conscientes de que Brooks evitaba a James el año anterior porque no quería obedecer a Ivonne Donovan y James era un hombre de honor a su palabra -después de todo, Brooks siempre había sido inteligente, ¿no? Pero el hecho de que James estuviera así de preocupado por Brooks le perturbaba. ¿Había perdido la cabeza? ¿Estaba él bajo Imperio? Deseó tener la capacidad de Alice para intuir aquel tipo de cosas.

Hablaba de lo que le había pasado a Brooks. Y, sinceramente, quería enterarse, pero tenía otras cosas en las que pensar y Scorpius le pondría al día. Sorprendentemente, James contaba aquello con comentarios que aportaba de vez en cuando Frank Longbotton -aquello tenía más sentido para Albus, pues ¿no había sido el novio de Brooks el año anterior o algo así? Por estas cosas, sus amigos nunca le hablaban de sus sentimientos. No les culpaba.

Su primo Hugo comenzó a recordar todo lo que debían hacer. Vio a su prima Rose rodar los ojos cuando Hugo tomó la palabra. Janet Rossen le puso la mano sobre su hombro, como el típico gesto que hacía una amiga o un amigo cuando ocurría algo que sabía que le molesta. Albus se abofeteó mentalmente. Él debía hacer eso. Más su prima estaba justo en frente. Con Camrin Trust. Barbara Coleman. Ellie Coleman. Se había ido Alice y Rose, finalmente, había hecho amigas. La razón por la que se encontraban frente a frente y no a su lado -teniendo en cuenta que eran amigos y que estaban en el mismo curso -era porque Albus siempre estaba con Peter Greenwood y Scorpius Malfoy. Estos franqueaban sus lados. Mientras que Peter seguramente no estaba escuchando nada de aquello -pensando en cómo Scor se lo contaría después; Scorpius estaba absorto por toda esa información. Este estaba al lado de Rick Carter. Claire Jenkins. Tom McGregor. Peter McGregor. Frank Longbotton. Que estaba al lado de Bárbara Coleman. Por el otro lado, Peter estaba de pie al lado de Seb McKing. Quien tenía a su lado a Lyslander Scarmander. Su hermana Lily -quien no paraba de hacerle señas a Albus para que atendiera. Lorcan Scarmander. Hugo Weasley. Y Janet Rossen.

Sí, Albus -una persona que agradecía las reuniones de pocas personas -echaba de menos cuando había mucha más gente. Aunque, como había indicado su hermano, Brooks y Lola se les unirían cuando Brooks recibiera el alta. Albus no había pensado -como había hecho su prima Rose -en que aquello sería una explosión mental para Lola. Hogwarts. Albus había conocido a Lola de pequeño y sabía que Lola sería una explosión mental para Hogwarts. Pero no dijo nada.

-…¿Verdad, Albus?

El joven Slytherin entró en pánico interno. Su hermano se dirigía a él. No tenía ni la menor idea de lo que le estaba diciendo. Si hubiera hecho eso hacía unos años, habría entornado los ojos y pensado en el insulto o la broma que su hermano le estaría haciendo. Pero el James Sirius Potter que le suplicaba en su silencio que dijera algo… Le dio más pánico aún.

-Claro -Dijo como si nada.

Escuchó la risa disimulada de Scorpius. Albus le dio un codazo. Esperó que James no le hubiera hecho una jugada. Pero nadie le había mirado como si acabara de admitir que había sido él el que había lanzado la bomba explosiva en el jardín de la abuela Molly y todos los gnomos de allí se hubieran extinguido para siempre. Aunque su abuelo Arthur le diera las gracias, Albus estuvo un día entero acarreando la culpa de una aventura de James, Lily y Teddy. Afortunadamente, nadie parecía tener la mirada de Ginny Potter de enfado, furia y destrucción. Suspiró aliviado.

-Les has dicho a todos que no tienes problemas con ser el único Potter que se ocupa de los basiliscos. ¿Estás bien con eso? -Le susurró Scorpius. Albus asintió. Oh, sí, no tenía problemas. Aún no había bajado a la Cámara de los Secretos porque no era Gryffindor y le daba terror saber que podrían haberse olvidado de él. Pero todo controlado. Albus estaba demasiado descontrolado aquel día. Lily no se daría cuenta al no haber visto nunca a su hermano perdiendo los nervios. James no se iba a percatar teniendo tantos problemas sobre sus hombros. Pero, ¿Scorpius Malfoy? Su mejor amigo tenía una habilidad especial para esas cosas. -¿Se puede saber qué te pasa, Al?

Él se encogió de hombros. Dijera lo que dijera, Scorpius sabría que era mentira. Y no quería mentir a su mejor amigo. No cuando Rose Weasley se había encargado de decirle a Scorpius aquello que el resto del mundo había evitado contarle. Pero sabía aquello por Rose. Scorpius Malfoy era susceptible a las emociones, más tenía cierta pasión en ocultar las suyas a toda costa.

-Gracias por venir…-Concluyó su hermano. Todos asintieron. Su hermano se aflojó la corbata de su uniforme. Como si ya hubiera hecho su trabajo y volviera a estar relajado. - Sabéis que si necesitáis cualquier cosa, me tenéis como amigo… Olvidarse de lo de Premio Anual… Soy James.

La tos que encubría el desacuerdo por parte de Tom McGregor no pasó desapercibida por nadie. Su hermano hizo como que no la había escuchado. Quizás estaba acostumbrado a aquello. Pero Álbus Potter no. Y, oh, Rose Weasley tampoco.

-Te mereces ese puesto, James -Dijo con orgullo Rose. Y fue a abrazar a su primo.

Albus vio rodar los ojos de Tom McGregor. Al ser Slytherin, dos cursos inferior a ese Ravenclaw, no sabía con tanta cercanía qué era lo que su hermano había tenido que aguantar por parte de aquel muchacho. Había escuchado rumores. Más cuando le preguntaba abiertamente a James, su hermano le decía que se olvidara.

Lily Luna Potter no lo hacía.

Vio a su hermana, la cual estaba relativamente cerca del Ravenclaw, acercarse peligrosamente a su nueva víctima. Sacar rápidamente su varita de su túnica y, probablemente, repasar el Maleficio Mocomurciélago que su madre perfeccionó y que ella estaría encantada de demostrar allí mismo. No era buena idea dejar que aquello saliera de la varita de su hermana. Tan rápido como pudo, Albus dejó el lado de sus amigos y detuvo por la muñeca a su hermana. Más Tom McGregor les vio y les sonrió con cierto sarcasmo y superioridad.

-Ya he aprendido a no querer problemas con Lily Potter, tranquilo -Comentó con cierta parsimonia.

Oh, no.

¿Primero con su hermano James? ¿Y ahora pretendía salir ileso después de insinuar algo con respecto a su hermana Lily?

El puño de Albus Severus Potter se estrelló contra el ojo de Tom McGregor antes de que si quiera pudiera asimilar lo que estaba haciendo. Lo desplazó hacia atrás. Escuchó el grito ahogado del público. Albus tenía la mandíbula encajada. Los ojos verdes encendidos. Y, definitivamente, había perdido todo su autocontrol.

-¡ALBUS! -Le zarandeó Hugo Weasley.

Vio a su hermana guardar a la velocidad de la luz la varita. Gruñir y salir de allí como si nada hubiera ocurrido. Probablemente lo mejor para controlar su pequeña rabieta. Antes de que el mundo se cerrara sobre él -y los tendones le explotaran de dolor en sus nudillos -, se sintió aliviado al ver a Lyslander corriendo detrás de su hermana.

Peter McGregor acogió a su hermano entre sus brazos. Tom McGregor tenía la mano en su ojo y se quejaba de dolor. Bárbara Coleman se acercó corriendo. Todos miraban a Albus como si aquello fuera del todo inesperado. Se había metido en peleas a lo largo de su trayectoria en Hogwarts -con los McOrez. Pero nunca así. Y, entre los Guardianes, pese a haber tensiones entre algunos, nunca había habido una confrontación plena.

Unos brazos le retiraron de allí. Frank Longbotton. Rodaba sus ojos y sacudía su cabeza negando. ¿Y a este qué le pasaba ahora? Intentó quitar sus manos, pero no lo consiguió. Longbotton lo llevó a su hermano mayor. Tenía los ojos como platos.

-¡No hacía falta que hicieras eso! -Le regañó James. Un James estresado. Pelo demasiado desordenado. Y señalándole con el dedo. Y Albus en shock. James alzó una mano hacia Greenwood y Scorpius, quienes habían hecho amago de venir a por él. -¿Por qué lo has hecho?

Aquella pregunta merecía una respuesta honesta que no podía darle. Y era que estaba muy nervioso. Pero podía ofrecerle una verdad a medias.

-Lo siento, James -Dijo con sinceridad. En una voz tenue. -Es solo que no deberías estar aguantando que te juzguen… Demuestras todos los días que eres el mejor alumno de Hogwarts -Le concedió. De nuevo, era verdad. No todo lo que le había llevado a hacer eso. Pero verdaderamente Albus pensaba, aquel año, aquello de su hermano. Vio cierta emoción brillar en el iris avellana de James. -Y ha hecho una indirecta hacia Lily y su peligrosidad… -Dijo suavemente.

Sabía que si él había reaccionado así, su hermano era licántropo y reaccionaría peor. Aunque si no fuera licántropo, también reaccionaría como uno.

No obstante, tensó su mandíbula. Vio de reojo a los alumnos ayudar a la hemorragia de la ceja de McGregor. Asintió hacia su hermano. Lo cual le sorprendió. Le estaba dando la aprobación. Sintió las manos de Frank Longbotton cerrarse sobre sus hombros. Y se estremeció.

-Yo habría hecho lo mismo -Dijo él. James entrecerró los ojos. Y Albus se giró para mirarle con incredulidad. ¿Desde cuando Frank Longbotton estaba de acuerdo con los Potter? James acudió a McGregor. Probablemente a disculparse. Sintió a Longbotton apretar sus manos, de nuevo, sobre sus hombros. Vio a Scorpius y a Peter interrogarle con la mirada. -¿No tienes un sitio en el que estar, Potter? -Le recordó, confesándole que él estaba al tanto de más cosas de las que le había dado crédito.

Albus tragó saliva y asintió. Se despidió brevemente de sus amigos, poniendo la excusa que ninguno iba a creerse de que iba a ver al director Longbotton y salió de allí antes de que ninguno pudiera seguirle. Cuando llegó al Sauce Boxeador, en lugar de volver al castillo, sus pasos tomaron la dirección de su lugar favorito en el Lago Negro.

Sus oídos se fueron destaponando. Como si hasta aquel momento no hubiera sido consciente de lo que ocurría a su alrededor. Oía el rumor del agua acercarse. Los pájaros. El viento. Y su sangre bombear en sus oídos.

En el camino, la respiración de Albus fue cambiando constantemente. Las manos le sudaban. Sentía su corazón palpitar como si estuviera en un maratón. Nunca había corrido uno -era un deporte muggle cuya recompensa no era tan gratificante como Albus querría; pero intuía que así sería la sensación. Cualquiera diría que había pasado todo su verano infiltrado en una operación de Aurores no autorizada por el Ministerio.

Para distraerse, decidió repasar mentalmente la caligrafía que le había llevado a volver a ese lugar del Lago Negro. Una vez que su mente abrió la puerta a las palabras de Alice Longbotton, no había marcha atrás. Había sido una carta breve. No sabía cómo había conseguido que Madame Rosmerta se la entregara al director Longbotton. Hogsmeade debía ser un lugar seguro, ¿no? Tampoco entendía cómo podrían quedar dentro de los terrenos de Hogwarts. Hogwarts era un lugar seguro, ¿no? Más ambos lugares estaban dirigidos -en materia de seguridad y defensa -por la misma persona. Neville Longbotton. Y cuando se trataba de Alice Longbotton -incluso si era una fugitiva y miembro activo del Ojo-, un padre se encontraba haciendo una excepción. Una fina brecha en la seguridad.

¿Iba Albus Severus Potter a quejarse o a informar de aquella leve corrupción? ¿De aquella pequeña prueba que podía incriminar a Neville Longbotton e incluso hacerle que acompañara a Ginny Potter en una celda? Había varios motivos por los que no.

Si Alice era para Neville una pequeña debilidad, Alice Longbotton era para Albus Severus Potter era su talón de Aquiles. El motivo por el que debía todo el día eufórico. Tratando de ocultar sus nervios -que derivaron en el puñetazo en el ojo, merecido y firmemente justificado, a Tom McGregor.

«No debes preocuparte por mi seguridad. Estoy tan a salvo como el secreto de los Merodeadores».  Les había contado que se ocultaban en casas de familias del Ojo. Que estaban divididos. Que, como podían imaginar, había un Encantamiento Fidelius para proteger la localización. Y que se cambiaban cada mes, para despistarles. Alice había utilizado referencias que solo podían saber su familia en sus cartas para ocultarle -supuso- a Whitehall lo que quería decir realmente. O lo que iba dirigido a él -como el hecho de que estaba segura porque solo sabían dónde estaba el Ojo, solo estaba a salvo mientras los Aurores no abrieran también el Mapa de los Merodeadores. Sus intenciones no eran buenas -algo que intuía viniendo del Ojo. Pero Alice había querido que Albus lo tuviera en mente. Aunque, para traducírselo a Whitehall, significaba que las casas estaban aseguradas con el Encantamiento Fidelio. Porque Alice había cifrado cada palabra de la carta. En dos sentidos.

Whitehall leyó la carta. Whitehall iba a acompañarle desde la distancia para asegurarse de que tenían a Alice Longbotton de su lado. Siempre que Albus Severus Potter fuera el enlace. El joven estaba encantado con aquello. «Sólo quedaré contigo porque sólo confío en ti. ¿Te apetece ir a nadar al Lago antes de que nieve? Este jueves. A la misma hora que me esperabas los miércoles». Aquello hizo que a Albus se le encogiera el corazón. Bueno, sí, parecía una cita. Pero no lo era en absoluto. No lo era para nada cuando Whitehall les iba a estar vigilando. Cuando Alice era una fugitiva que iba a darle información a cambio de que se mantuvieran alejados de ellos -ellos siendo el Ojo y ella. Pero no pudo evitar sonrojarse. No solo le estaba recordando su beso de hacía dos años. Sino el día que Albus le esperó y que Alice le confesó sus sentimientos. Porque eso era lo que escondían también sus palabras.

Se ruborizó solo de pensar en eso. Se dio una bofetada mental para espabilarse.

Si él tuviera que responder a esa carta declarando sus intenciones con la misma sutileza que Alice, estaba claro que fracasaría en conseguir algo así.

Cuando llegó a aquella pequeña cala de piedras grises y agua cristalina, casi se atraganta con su saliva. Tuvo que arrugar sus párpados y rascarse la nuca. Sus pasos se habían detenido. Incluso clavado en el suelo como si hubiera sido petrificado.

Alice.

Todas sus emociones estallaron al verla. Sintió que el vello se le erizaba. Todo lo que podía producirle una sola persona.

Su menuda figura le devolvía la mirada. Tenía los brazos en jarras. Como si le hubiera estado esperando un rato -y se odió por haber desperdiciado minutos. Se había recortado el flequillo. Tenía el pelo bastante más corto, por encima de los hombros -lo que le hacía enseñar su cuello con mayor facilidad. Sus ojos verdes resplandecían ante la luz del crespúsculo -y le miraban a él. Pese a su expresión seria y tensa, sus rasgos seguían siendo dulces -era Alice. Vestía ropa ajustada -no era como si Albus no pudiera evitar fijarse en eso. Tenía las manos atadas como a una especie de tela. Como si hubiera estado boxeando o peleando. Tenía músculos -claro que siempre los había tenido, pero había estado entrenando y lo podía apreciar.

Se acercó con pasos extremadamente lentos. Sentía la sangre bombear en sus oídos. Todos aquellos meses buscándola y cuando la tenía en frente, no sabía qué hacer. Este era Albus Severus Potter. Estúpido, estúpido, estúpido.

Ella, al parecer, lo tenía más claro.

Alzó su varita hacia él.

Puso sus manos en señal de paz. Estrujó su mirada, arrugándola. Pero la tenaz mirada de Alice le impactó. No estaba de broma. Le estaba apuntando y un hechizo saldría de allí si no hacía las cosas bien. Bueno, un inesperado comienzo para su primera cita con Alice.

Caminó hacia ella. Dejó que la varita de Alice casi rozara su nariz. No había atisbo de duda en su expresión. Le interrogó con la mirada. Vio como ella parecía aguantar la respiración. Él aguantó sus ganas de besarla. Su varita no flaqueó. ¿Era esa la bienvenida que se esperaba? Nope.

-¿Eres el veradadero Albus Severus Potter? -Le preguntó con tanta seguridad en su voz y potencia en su mirada que por un momento Albus se preguntó si era él el verdadero Albus Severus Potter. Asintió lentamente. Si ella le hubiera dicho que no, le habría convencido. Cambió  la vista de la punta de la varita de Alice, hacia ella. Volvió a asentir con más firmeza. -Si eres Albus Severus Potter, ¿por qué te he citado aquí? -Seguía con una voz que le habrían enseñado a utilizar en interrogatorios.

Albus arqueó una ceja. Alice permaneció impasible. Esperando una respuesta. Albus fue consciente de que Whitehall les estaba observando. «Saca toda la información que puedas… Salvaremos a la hija del director, claro, pero lo importante es saber dónde están todos». Alice seguía interrogándole con la mirada. Impaciente. Valiente. Albus supuso que por su cabeza cabía la posibilidad de que Whitehall u otro de sus Aurores tomaran una poción multijugos. Lo cual habría pasado, si Alice no hubiera cifrado la carta para que solo la entendiera Albus. Y Albus, sabiendo que iba a ir Alice, tenía que hacer todo lo posible por ser él el que fuera al encuentro.

Sonrió con suficiencia.

Y el hielo entre ellos se rompió.

Alzó su mano dirigiéndola hacia la varita de Alice. Esta no se inmutó. Pero se tensó.

-Puedo recordártelo -Dijo simplemente.

Sorprendiéndola, cogió su muñeca y retiró la varita rápidamente de su rostro -la cual rápidamente había lanzado un hechizo no verbal y una luz roja salió de allí. Albus habría hecho un inciso para hacer un aplauso mental a Alice, de no ser porque con la otra mano la joven trazó la trayectoria de un puño hacia su rostro. Albus la detuvo a mitad de camino. El joven detuvo con su rodilla la patada que Alice estaba comenzando a dibujar en el aire.

Ambos habían estado entrenando.

Albus retorció la muñeca en la que tenía la varita y ella apretó los dientes, más no la soltó. Arriesgándose a que con la otra mano le diera un puñetazo donde ella quisiera, rodeó su cintura con la mano y la atrajo hacia su propio cuerpo. Cuando sus torsos chocaron, Albus presionó fuertemente su frente contra la de ella. Se entrentó a sus ojos verdes.

Alice aguantó la respiración. O se quedó sin aliento.

 Albus dejó escapar la mano con la que impedía que apuntara hacia él con la varita. Arqueó una ceja a Alice. No hizo nada. Con esa mano ahora libre, recorrió su cuello desnud. Supo que luchó por no estremecerse. Pasó sus dedos nuca y, con más fuerza de la que pretendía, acercó más el rostro de Alice al de él.

Vio los ojos de Alice dilatarse con los de él. Y Albus volvió a esbozar una sonrisa torcida. Los papeles habían cambiado y quien tenía ahora la seguridad era él.

Acercó su rostro al de ella y la besó.

Dejó que toda la emoción que había sentido desde que recibió la carta, se apoderara de él. Y la estaba besando con hambre. Saboreaba sus labios. Apretó su mano en su cintura. Deslizó sus dedos por su pelo. Respiró entre los labios de Alice. La besó de nuevo con esa furia desatada. Sintió la mano con la que ella empuñaba su varita sobre su propio pelo. La paseo sobre su rostro. Entre respiraciones entrecortadas. Mientras le devolvía el beso con la misma pasión que él. Utilizó su otra mano, con la que pretendía asestarle un puñetazo, para cogerle de la camisa del uniforme y acercarle más a ella. Como si estar envueltos en aquella tormenta de manos, pelo, labios y dientes, no fuera suficiente.

Albus bajó sus manos a la cintura de ella. Ella suspiró entre sus labios. Dejó que se apartara suavemente. Sin quitar los ojos de ella. No quería perderse ni un detalle de Alice. Sus labios enrojecidos dibujaron una tímida sonrisa. Toda la tensión en ella se esfumó. La atrajó hacia así impulsándola en su cintura. Le besó la frente. Le devolvió la sonrisa. La quería. Estaba enamorado de ella. Y era la mejor sensación del universo. Tenerla en sus brazos era como volver a casa. Quizás porque Alice siempre había sido un hogar para él.

-Albus… -Dijo ella.

Él asintió.

Entonces, solo entonces, sintió como una patada en el estómago que le hizo recordar por qué estaba allí. Y no quería. Pero tanto Alice como él debían hacerlo. Tanto por ella como por él. Supuso que para aquel entonces Whitehall ya había confirmado que el hijo de Potter haría todo lo que él quisiera en aquella misión. Eso era peligroso. Pero, para él, necesario.

Suspiró. Y en ese aire resignado, los ojos de Alice capturaron los suyos. Un brillo de advertencia cruzó entre su iris oliva.  Sabía que era un reflejo de su esmeralda.  Ella se puso de puntillas. Sus labios volvieron a rozar los suyos.

-Lo sé -Musitó. Se cerraron sobre los de él. Se separó lentamente. Ella le acarició la mejilla. Seguía sonriendo. -Sé que me echas de menos -Añadió. -Yo también.

Y Albus tuvo que besarla de nuevo, aquella vez, disfrutando lentamente de su presencia.

Él agradeció al Ojo por haber enseñado a Alice a jugar tan bien ese papel. Porque lo hacía muy fácil. Porque decía la verdad incluso mintiendo. Porque lo que sabía Alice era que Whitehall les estaba viendo. Era cierto que se echaban de menos. Pero eso no era algo que tuvieran que decir en voz alta.

-Alice -Pausó él. -¿Dónde estás? ¿Dónde están los demás? -Se odiaba por preguntar aquello. Pero ese era el precio por estar con ella. Y ella debía saber que él confiaba en ella. Alice le sonrió. -Dime algo.

Aquello fue una súplica. Y sonó a súplica.

No era un interrogatorio. No quería saber dónde estaba. Y claramente le daba igual dónde estuvieran los demás. En ese instante, el mundo podía estar en llamas que a Albus Severus Potter no le importaría en absoluto. Lo que tenía ser un Slytherin. Y carecer de esa vena de héroe.

No. Quería algo. Algo que decirle a Whitehall para que siguiera mandándole a misiones. Algo para seguirle la pista y protegerla en la distancia. Asegurándose de que nadie se le acercara demasiado. Algo, sobre todo, para volver a verla. Para tener esos momentos robados. Para amarla delante de las narices del Temple, de Whitehall y del Ojo. No le importaba. De nuevo, era Slytherin. Y ella también.

-Nosotros estamos en Inglaterra -Le dijo ella. Ese «nosotros» crispó el rostro de Albus. ¿Quiénes eran «nosotros»? ¿Estaría con los McOrez? ¿Podría ser que hubiera dado con su primo Louis? Por supuesto, no lo sabría. Solo esperaba que ella estuviera bien. -Pero los demás están en Francia, en España, en Italia… Por toda Europa -Él asintió. Atento a sus palabras. Atento a su rostro. Atento a todo lo que había cambiado en ella. -El Auror… Bastien Lebouf…Ha estado en algunas de las mansiones en las que algunos se están quedando… Nos movemos cada mes… Podréis encontrar a los más débiles… Eso le gustará a Whitehall…-Dijo con una pequeña sonrisa. Él estaba tenso. No le hacía gracia que Whitehall pusiera las manos en ningún mago. Pues si algo había aprendido, era que la presunción de inocencia era un derecho inexistente para aquel Auror. -Whitehall querrá saber cuántos estamos en Inglaterra… Y quiénes somos… Pero no puedo hacerle todo el trabajo… Hay registros de magos oscuros, Albus, tu madre accedió a ellos… Pídeselos -Le dijo. -Eso es todo lo que puedo decir… Hoy.

Alice había cogido su rostro con sus manos. Estaba esperando su reacción. Albus no esperaba escuchar el nombre de su madre. Más supuso que Alice sabía lo que estaba haciendo. Su madre estaba en Azkaban de todos modos, no había otro sitio peor, ¿no? Y vio aquella preocupación de Alice que le interrogaba si había dicho algo inadecuado. Pues si él recibía órdenes, no debía olvidar que ella también.

Él suspiró. Besó, de nuevo, la frente. Y dejó allí reposar sus labios unos segundos en los que cerró los ojos para asimilar aquello. Sintió los dedos de Alice repasar su mejilla. Y enredar los dedos de su otra mano en su pelo. Como si quisiera abstraerle de aquellos pensamientos.

-Está bien -Dijo Albus. -Supongo que Whitehall tendrá suficiente.

Susurraba aún en su frente. Con los ojos cerradas. Oliendo a Alice. Se dio cuenta de que olía a cocina. A sopa y a chimenea. Como la Madriguera. Como a su hogar. E, internamente, supo que Alice no debía estar tan mal si seguía oliendo a algo tan acogedor.

Se separó de él.

Y el corazón de Albus se hundió.

La miró con urgencia. ¿Eso era todo? ¿Ese segundo con Alice?

Pero su sonrisa, supuso, negó su pregunta. Una pregunta que tenía pintada en la cara que no se había dado cuenta. Albus Severus Potter era pésimo en cuanto a las emociones. No sabía hablar de ellas. No sabía identificarlas. Pero sí que sabía manifestarlas. Y Alice era experta en emociones.

De repente, Alice se alejó de él. Aún con una sonrisa en el rostro. Y se alejó corriendo hacia la orilla del lago. Se quitó rápidamente los zapatos. Le miró. Como esperando a que le siguiera en lo que fuera que tuviera en mente. Albus la observó cómo si quién observaba a una Aurora Boreal.

-¡Vamos, Severus! ¡Alguien me dijo una vez que el pulpo no nos comería! -Y con eso se zambulló en el agua del Lago Negro.

Su corazón se saltó un latido. Dio un brinco. Su corazón se montó en una maldita montaña rusa.

La risa relajada se le escapó sin querer.

Corriendo, dejó la túnica en el suelo. Dejó la varita. Se quitó los zapatos. Y la corbata. Y fue hacia ella. El agua le congeló hasta la última célula de su ser. Pero la sonrisa de ella le invitaba a aquello. Al menos, a principios de octubre no nevaría.

Nadó a brazadas hacia el interior del Lago Negro. Cualquiera que hubiera sabido el accidente del kelpie de su prima Dominique -como era Albus -, se lo habría pensado dos veces. Pero, ¿pensaba con claridad en ese instante? Ni un Avada Kedavra lo detendría.

La atrapó por el tobillo. Y ella soltó una carcajada. Tenía el flequillo echado hacia atrás y podía ver todo su rostro húmedo y con el reflejo del atardecer sobre sus mejillas. El agua se tranquilizó conforme se fueron acercando. Se tocaron como si tuvieran que encajar las piezas de un puzle. Pero un puzle lento.

Pasó sus manos por sus brazos y se los llevó a su cuello, para que lo reodeara como había hecho antes. Mientras, Albus pataleaba para mantenerse a flote. Las piernas de Alice rodearon la cintura de Albus. Albus se estremeció. La ayudó a encajar con él. Y puso sus manos en el rostro de ella.

De nuevo, observó cómo el agua, que había acogido ese color naranja, era un espejo para que el rostro de ella brillara aún más de lo que para Albus ya lo hacía. Alice entrelazaba sus dedos sobre el pelo de la nuca de Albus. Y Albus quería permanecer allí toda su vida si era posible.

-¿Seguro que no podemos fugarnos? -Preguntó con una media sonrisa.

Ella se echó hacia atrás, riéndose. Albus vio que estaba disfrutando de aquello. De la risa. De la tranquilidad. De no tener que estar preocupada por estar en el Ojo. Y le hizo más feliz aún.

-Aquí no llegan las orejas extensibles de Whitehall, ¿sabes? -Dijo, con una mirada que en cualquier momento, le habría hecho enrojecer. -¿Cómo estás? -Preguntó aquello cambiando su expresión.

Él negó. Sacudió su cabeza.

-Estoy bien, Ali -Sonrió. -Tus padres también… Tu madre está trabajando aquí de Sanadora -Recordó. Ella alzó las cejas en sorpresa. Albus asintió con una sonrisa. -Frank sigue aquí… -Ladeó la cabeza. Sin saber si debía decir aquello o no. Ella se mordió el labio y asintió. Le miró con sus ojos verdes. -Peter te echa de menos… Rose está haciendo amigas… Pero ninguna como tú, no te pongas celosa de Rossen, por Salazar…-Escuchó la risa de Alice y se sintió aliviado. -Y Scorpius… Scorpius podría estar mejor -Ladeó la cabeza. -Supongo que no ayuda que Rose sea también Prefecta, ¿no?

Ella encajó su cabeza en el cuello de Albus. Comenzó a besarlo.

-Debes intentar hablar con Scorpius, Al -Le aconsejó. -Peter no se lo tomaría en serio… Y Rose… Estoy segura de que intentará hacerlo lo mejor que pueda, Al. No la presiones. Y no creo que el hecho de que sean Prefectos juntos sea un problema… -Siguió besando su cuello y subió por su mandíbula. -A no ser que acabe siendo un problema para ti -Se rio entre sus besos y sus palabras.

-¿Por qué iba a ser un problema para mí? Solo si uno mata al otro…

Pero Albus dejó de pensar en lo que fuera que Alice estaba pensando o incitándole a pensar. Tenía sus labios sobre los de Alice otra vez. Sintió su cuerpo estremecerse cuando Alice se ajustó a su cintura.

-Ven a verme en Navidad -Dijo Alice. Albus echó su rostro hacia atrás. Y le interrogó con la mirada. -Creo que nos van a dejar un día… Más o menos en libertad… Quiero pasarlo contigo.

A Albus se le retorció el estómago. Y sintió ese vértigo que llevaba acumulando durante todo aquel día de golpe. Iba a volver a verla. Su corazón comenzó a bombear al ritmo de su adrenalina.

-¿En libertad? -Inquirió.

-En un cambio de Mansión… Muchos quieren ver a su familia… Tu primo Louis ha decidido quedarse, pues no sabe cómo contactar sin causar un revuelo… Y… El resto lo tiene fácil, pues sus familias son del Ojo… Pero tú y yo… Creo que pueden hacer una excepción… Me pedirán algo a cambio, pero puedo manejarlo… No será nada importante, te lo prometo -Le miraba expectante.

Era como si estuviera nerviosa. Como si fuera a rechazar su oferta. Le miraba seria. Tímida. Con ese brillo de ambición. Con honestidad. Era su mejor amiga. Y Alice. ¿Cómo iba a decirle alguna vez en su vida que no? Bueno, sí, lo había hecho. Pero en aquel momento no era un adolescente idiota.

-¿Me estás pidiendo una cita, Ali? -Bromeó Albus.

Ella tiró de los mechones de su nuca en respuesta.

-No te estoy pidiendo que vengas a cenar con mi familia… -Musitó.

Aunque Albus pensó que, en su caso, no sería ningún problema por ninguna parte. Harry y Ginny Potter adoraban desde siempre a Alice. Secretamente siempre había sabido que su madre soñaba con Hannah Longbotton sobre la boda de ellos dos desde que eran pequeños. Y su hermano James y su hermana Lily -antes de que supieran que Alice era del Ojo -siempre habían sido amigos para Alice. Y, al contrario, sabía que no habría oposición. Después de todo, Neville Longbotton había arreglado aquella quedada. Hannah Longbotton podría ser algo más reticente. Y aquel día había aprendido que Frank Longbotton podría tener cura. No estaba mal.

Obviamente prefería estar con Alice a solas.

Albus no contestó. No hacía falta.

Volvió a besarla.

No supo cuanto tiempo estuvo besándola. Sus dedos comenzaron a arrugarse. Empezaron a tiritar. Pero allí estaban a salvo. Aquel era su lugar.



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