Historia al azar: Obsesión
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La Tercera Generación de Hogwarts » (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Jueves 21 de Enero de 2021, 20:22
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(V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)
  232. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (I)
  233. (VI) Capítulo 11: Lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos (II)
  234. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (III)
  235. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones

                                                                              

Tembló al roce de los dedos de su madre paseándose sobre los rizos que nacían de su nuca. Tenía el rostro sobre la madera de la mesa, el pelo sobre recogido en un moño desaliñado y su cabeza sobre sus brazos flexionados. Aun con los ojos cerrados, sabía que su madre había arrugado su gesto. La preocupación de su madre había ido creciendo conforme los hombros de ella estaban cada vez más hundidos. Cada día que pasaba, las bolsas de sus ojos despertaban más oscuras. Su rostro no solo estaba más pálido, sino que sus mejillas redondeadas habían dado lugar a pómulos agudos resultado de una exagerada delgadez. Había perdido el apetito. Posaba su mirada perdida y había dejado de participar en las conversaciones con su madre y su hermana desde hacía un tiempo.

Y temblaba cada vez que la rozaban. Sabía que era lo que más había hecho sonar la alarma en los susurros de aquellas dos féminas que la contemplaban en aquel instante. Su madre no sabía preparar pociones ni tenía ingredientes para hacerla sentir bien, por lo que optaba por calentarle té y prometerle que todo iba a salir bien. Promesas que Cornelia Brooks veía poco probables de hacer realidad cada vez que cerraba los ojos. Lola intentaba ser más sutil. Había aprendido a querer a su hermana. Y le partía el corazón cada vez que chasqueaba la lengua cuando Cornelia era llamada por Ivonne Donovan.

Pues ese era el motivo de su estado.

La estaba torturando.

Cuando la trajo a aquella casa de la playa tras arrastrarla del sitio al que la había llevado Potter, pensó en que simplemente querría hacerse cargo de ella para curarla. Sabía que su abuela era sobreprotectora. Podía entender que no quisiera que su nieta estuviera con una manada de licántropos. O siquiera que no se fiara del Temple cuando habían dejado traspasar su barrera mágica y habían asesinado al señor Crawford. Cornelia había sido ingenua al pensar que, al llevársela lejos del resto, quería protegerla.

Para su sorpresa, Ivonne Donovan le había confesado que su objetivo era «proteger al mundo mágico».

-Cariño, tienes que comer algo -Susurró su madre en su oído.

Se estremeció. La mera idea de meter algo en su estómago le dio náuseas. Había tantas cosas en su cabeza que habían ido ocupando, progresivamente, hueco en el resto de su cuerpo. Sus pesadillas eran su alimento. Y la estaban consumiendo.

-Como sigas así… Vas a desaparecer -Se mofó Lola. Cornelia quiso reir, pero no encontró aire para soltar una risa relajada. Su hermana debió de haberse dado cuenta, pues sintió la mano de su hermana sobre uno de sus brazos. Lentamente alzó la cabeza para posar sus ojos sobre el rostro de su hermana. Una sonrisa la recibió. -Si te tomas un poco de sopa, prometo no roncar esta noche.

Lola se llevo la mano al pecho, simulando un ritual de palabra de honor de caballero medieval. Cornelia torció los labios a modo de sonrisa. Fue suficiente para su hermana, quien apretó su mano un poco más fuerte.

-Cornelia -La voz de su abuela provocó una sacudida en la espina dorsal que hizo que se incorporara de pronto. Como si le hubieran dado un latigazo. -Vamos.

La mano de su hermana no se apartó. Su sonrisa se había quedado congelada y no apartó los ojos de Cornelia. Le estaba advirtiendo algo con la mirada. Pero Cornelia estaba demasiado cansada como para comprender el qué. Su madre separó sus dedos de su pelo. Escuchó cómo lanzó una bocanada de aire a su lado.

-¿Por qué llevas tu varita, Ivonne? -Preguntó, con cierta ira en sus palabras, Lola.

Cornelia se giró para ver a Ivonne Donovan a punto de cruzar el umbral hacia el exterior con su varita enroscada en su puño. Simplemente iban a mirar en una bola de cristal. A ver el futuro tan horrible que había consumido a Cornelia. No necesitaban varita. Un instrumento que Cornelia tenía vetado desde que entró en aquel lugar. ¿Por qué necesitaría Ivonne Donovan su varita? Ya tenía sus palabras para recordarle que ella iba a ser la «destrucción del mundo mágico».

-Deja aquí la varita, madre -Ordenó Penélope Brooks, con una ira en sus palabras que hizo que Cornelia se agitara. Sintió la mano de su madre sobre su pierna, como deteniéndola. Como si no quisiera que marchara con Ivonne Donovan. -No la necesitas para hacerle más daño.

Por el rabillo del ojo, Cornelia vio cómo su hermana sacaba un objeto del bolsillo del pantalón. Algo que habían acordado solo usar en momentos de extrema necesidad. Arrugó su frente. ¿Ese era un momento de extrema necesidad? La falta de nutrientes y descanso le impedían saberlo.

Antes de que su hermana o su madre dijeran nada, Cornelia notó que la varita de su abuela apuntó hacia ella y escuchó el susurro de la Maldición Imperdonable que la había atrapado todo el verano. «Imperio». Al principio, se había intentado resistir a ella. Pero Ivonne Donovan era más inteligente que ella. Era más sabia y más vieja. La obligaba a no dormir. A no comer.  A no tener fuerzas para resistirse a ella. A no oponer resistencia para ver el futuro. Para ver lo que ella haría si no le ponía freno. A ver lo necesario que era que detuviera todo aquello. Y cómo solo ella podía detenerlo. Ivonne Donovan le aseguraba que estaba ayudando al mundo mágico. Con el tiempo, comenzaba a creerla. Después de todo, las visiones no eran fruto de la imaginación de Ivonne Donovan. Sino la banda sonora de las profecías.

Su madre y su hermana no habían recibido educación en la magia. No sabían que era una Maldición Imperdonable. No reconocían su estado adormecido. No lo distinguían de su habitual cansancio.

Cornelia abrazó aquella sensación tan maravillosa. Se incorporó sobre la silla y toda preocupación se esfumó. Todo pensamiento maligno fue despojado. Sentía felicidad vaga, no sabía de donde venía, pero quería que durara para siempre. Era apenas consciente de que su madre estaba tirando de ella para que se volviera a sentar.

-No pasa nada, mamá -Le dijo. -Estaré bien.

Soltó con cuidado la mano de su madre. No miró a su hermana. Sonrió.  Y siguió a Ivonne Donovan fuera de la casa del acantilado. El viento azotó su rostro. Hacía un día gris de principios de otoño.

-He sentido a Celius llamándome -Escuchó decir a su abuela. Cornelia ladeó la cabeza. Ivonne alzó la varita hacia ella. -¿Por qué lo has salvado?

-Me llamó -Contesto simplemente. -Me decía que lo necesitaba para vivir.

Contempló con fascinación cómo Ivonne Donovan hundía sus uñas en la palma de su mano al apretar el agarre de su varita. La expresión de su rostro parecía más tensa. ¿Por qué no estaba feliz como ella?

-¡¿Por qué no pudiste estarte quieta?! -Le gritó. Cornelia permaneció impasible, danzando en su cabeza. -Espero que ya hayas aprendido la lección… Porque no tenemos mucho tiempo. Tu padre murió creyendo que podría salvarte… ¡Pero estaba equivocado! ¡Pretendía destruir al mundo mágico solo para que tú estuvieras a salvo! ¡No podía dejar que fuera tan egoísta! -Escuchó a Ivonne Donovan gritar. -Solo tu alma puede acabar contigo… Así que acaba con ella, Cornelia -Le pidió, apuntando su varita hacia ella. Hubo un momento en el que la mente de Cornelia se quedó congelada. Dentro de su felicidad, no lograba entender qué le pedía aquella bruja. -Empecemos poco a poco… Lánzate un Cruciatus.

Dicho esto, sacó la varita de Cornelia de su bolsillo y se la tendió.

La bruja joven la cogió al vuelo.

Resistirse a aquella maldición era posible. Requería fuerza de voluntad. Y carácter. Ivonne Donovan había estado trabajando todo el verano en eliminar aquello de Cornelia Brooks. Le había hecho dudar de su lugar en el mundo mágico, tentando la idea de que para salvarles a todos debía hacer aquello. Jugando con sus visiones, sus palabras y el Imperio. Y, por otro lado, había agotado sus fuerzas.

Cornelia se balanceó sobre sí misma. Cogió su varita y apuntó hacia su pecho.

-Cruciatus -Musitó.

Pero no sintió nada. Siguió sintiendo felicidad. En ese momento, estaba envuelta en felicdad. Pues las víctimas de aquella Maldición Imperdonable no sentían nada en el momento de la Maldición. Más una vez retiradas de esta, sentían todo el dolor de golpe.

Vio a Ivonne Donovan asentir. No supo distinguir si había tristeza, dolor o arrepentimiento en su mirada. El Imperio quitaba todo rastro de pensamientos de su mente. Pero podía seguir escuchándola hablar.

-Tu madre me ocultó que había tenido mellizas… La profecía se refería a eso… A una bruja y una squib… Al mundo mágico y al mundo muggle unido… A una bruja que le arrebataría todo a una muggle en el origen… Como ella lo habría querido… Se lo advertí a tu madre, pero no me escuchó. Si ese Auror no se hubiera metido en medio, no habría tenido hijos… ¡Y no estaríamos aquí! -Su tono de voz era cada vez más alto. -Lánzate un Sectumpsempra -Le ordenó.

Ella titubeó. Quizás era el dolor atragantado en su organismo el que le impidió hablar. Volvió a alzar su varita y la apuntó hacia ella misma. Cero pensamientos. Cero angustia. Cero dolor. Cero temblores. Cero cansancio. Cero hambre. Simplemente una vaga felicidad.

-Sectumsempra -Dijo con voz temblorosa.

En su ensoñación, quedó perpleja al ver cómo su blusa quedaba coloreada de la sangre de las heridas que se formaban en su costado. Pero no sentía aflicción alguna. Ni estaba débil. Se pasó las manos por la blusa que se había pegado a su piel. Tintada de rojo.

Escuchó un grito de súplica. Pero no era el suyo.

-¡DEJA A MI HIJA! -Era su madre.

Se giró lentamente, para ver a su madre salir de la casa. Llevaba lágrimas en los ojos. Zarandeaba las manos en el aire y corría hacia Cornelia. Ella no sabía por qué. ¿Qué estaba ocurriendo para tanto alboroto?

-¡No nos interrumpas, Penélope! -Espetó Ivonne Donovan. -¡La culpa es tuya! ¡Podría haberme encargado de esto antes! ¡Pero ahora es demasiado tarde! ¡Mira lo que he tenido que hacer!

Su madre contemplaba a Cornelia con horror. Como si estuviera contemplando alguna pesadilla que ella no podía entender. La cogió del antebrazo. Subió su blusa. Gritó. Volvió la mirada hacia Ivonne Donovan.

-¿¡QUÉ LE HAS HECHO A MI HIJA?!

-¡LO QUE ELLA LE VA A HACER A LOS DEMÁS ES MUCHO PEOR!

-¡¿CÓMO TE ATREVES?! -Espetó Penélope. - ¡¿Cómo te atreves a decir eso?! ¡ES TU NIETA! ¡POR ESTO HUÍ DE TI! ¡Nunca pensé que llegarías tan lejos, madre! ¡Herir a mi hija! ¡Seguro que fuiste tú quien mataste a Adam…! -Hubo un silencio en el que Penélope gritó y lanzó un lamento. Ahogó un llanto. Se posicionó en frente de Cornelia. Ella solo podía ver su cabello rizado. Se interponía entre Ivonne Donovan y Cornelia Brooks. -¡No la tendrás también a ella! ¡No te llevarás también a mi hija!

-Penélope, no puedes ser tan egoísta -Espetó Ivonne Donovan. -Te avisé. Te dije que nuestra familia no podía seguir concibiendo descendientes.

Hubo una risa. Pero Cornelia no supo interpreterala. La brisa sabía a sal.

-¡PERO TÚ SÍ! ¡TÚ SÍ QUE PODÍAS QUEDARTE EMBARAZADA! ¡Y DESPUÉS MANDAR A PAPÁ A ESOS ASESINOS PORQUE NO TE CONVENÍA! -Gritó. Silencio. -Adam y yo lo descubrimos… ¿Por qué creías que no confíabamos en ti? ¡ERES UNA MANIPULADORA! ¡QUIERES LO MEJOR PARA TI!

-¡Quiero lo mejor para el mundo mágico! ¡Y lo mejor para el mundo mágico no es tu hija Cornelia!

Silencio. Cornelia sintió a su madre buscar la mano de su hija y apretarla con fuerza.

-Precisamente yo no le debo nada al mundo mágico… -Oyó decir a su madre. -Si la quieres a ella, tendrás que pasar primero por mí -Sentenció Penélope Brooks.

Se escuchó el sonido de una puerta.

Cornelia se giró para ver que su hermana Lola había salido de la casa, debido a los gritos entre Ivonne Donovan y su madre. Llevaba el objeto que antes había sacado del pantalón en su mano y se lo había posado en los labios. Tenía una expresión consternada. Y mantenía una distancia prudente con la confontración.

-No seas ingenua, Penélope -Contestó tajantemente Ivonne Donovan. -Podemos seguir siendo una familia con Lucrecia.

Una carcajada de su madre le siguió a aquella declaración de intenciones.

-Lola ha llamado a Celius, madre -Le dijo Penélope. -Veo que no lo tienes todo controlado…

Incluso con la Maldición Imperius, Cornelia pudo ver la ira cruzar el rostro de Ivonne Donovan. La urgencia. La alarma. Cornelia sabía que Ivonne Donovan tenía, en ese justo instante, un reloj en su contra. Y, si no se daba prisa, perdería su oportunidad de salvar al mundo mágico con un simple toque de varita.

-Apártate, Penélope -Le ordenó. -Deja que acabe con esta guerra ahora.

No obstante, su madre siguió interponiéndose entre las brujas con varita.

-Por encima de mi cadáver, madre -Respondió con fiereza.

Cornelia sintió que palidecía ante aquellas palabras. Se sintió débil. El dolor comenzó acudir a ella. La maldición Imperius de Ivonne Donovan ya estaba siendo desplazada. Pues la bruja iba a utilizar la varita para otro hechizo.

-Lo siento, hija, esto no debía ser así -Fue lo que dijo Ivonne Donovan al alzar la varita hacia Penélope. -¡AVADA KEDAVRA!

Un rayo de luz verde salió de la varita de Ivonne Donovan y asestó el pecho de Penélope Brooks.

La mano que tenía entrelazado con Cornelia perdió fuerza y sus dedos se separaron conforme el cuerpo cayó al suelo arenado. La joven lanzó una bocanada de aire.  Comenzó a respirar con dificultad. Contempló el cadáver de su madre. Su pelo castaño sobre la arena. Su piel instantáneamente pálida. Sus ojos celestes mirando a la nada.

Había sido asesinada por su propia madre. Para protegerla.

La Maldición Imperius ya no tenía efecto sobre ella.

Y el Cucriatus y el Sectumsempra le dieron un latigazo de dolor que hizo que se arrodillaran sobre el cadáver de su madre de dolor insufrible.

Todo su alrededor se convirtió en un borrón y dejó de percatarse de lo que le rodeaba.

-ARRRRGHHH -Rugió.

De dolor. De pena. De angustia. De desesperación. De las heridas abiertas en su piel. De las heridas abiertas en su alma. De lo que sus ojos habían visto en sus visiones. De lo que aquella mujer le había obligado a hacer. De la muerte de su madre. De la muerte de su padre.

Sintió unos brazos rodearla y fundirla en un abrazo. Pero su cuerpo comenzó a sacurdirse. El Cruciatus. El Sectumsempra. El dolor físico comenzó a ocupar todo. No tenía fuerzas para contrarrestrarlo. Había estado mucho tiempo sin comer y sin descansar. Lloró desconsoladamente mientras se balanceaba de un lado a otro.

Escuchó un duelo mágico tras ella. Entreabrió los ojos para ver a Celius O'Smosthery lanzar hechizos a Ivonne Donovan. No era momento para pensar en que aquel hombre ni siquiera había podido conocer a su hija. Debía de estar furioso por que Ivonne Donovan le hubiera arrebatado aquella oportunidad.

Entre todo su dolor, ella también estaba furiosa.

-Lía, Lía -Susurró Lola en su oído. La notó sumamente preocupada. Casi sollozando. -Dime qué puedo hacer, por favor.

Pero Lola no podía hacer nada. Ni siquiera podía curar las heridas. No tenía magia. Y, aunque ella repeliera la magia, no podía eliminar las consecuencias de la magia oscura sobre ella. Tragó saliva mientras seguía sacudiéndose de dolor. Sabía que debía aguantar consciente. Aunque también sabía con más certeza aún que, dado su estado físico, perdería la concienia. Después de tanto tiempo con la Maldición Imperius, un Cruciatus y un Sectumsempra, debía ir a San Mungo. Y si no la llevaban pronto, no sabía qué podía ocurrir. Pero no tenía ni fuerzas para decirlo en voz alta.

PETRIFICUS TOTALUS! -Conjuró Celius.

Su abuelo se acercó a ellas corriendo. Llevaba una capa negra. Los ojos enrojecidos. Sangre saliendo de una herida en la mejilla. El pelo rubio grasiento. Dijo algo en un susurro a Lola. Esta asintió.

Cornelia cerró los ojos con fuerza. Centrándose en aliviar el dolor que sentía por todo el cuerpo. Todas las agujas. Toda la debilidad por la pérdida de sangre. Sintió los dedos de Celius cerrarse sobre su muñeca.

La familiar sensación de la Aparición empeoró su estado.

Cuando sus pies tocaron el suelo de la Enfermería de Hogwarts, vomitó líquido amarillo sobre sus pies y sobre los de su hermana. Aquello le recordó a los tés y las sopas que su madre le obligaba a digerir y sintió desfallecer. Sintió todo su cuerpo temblar de dolor. Las heridas abiertas. Comenzó a gemir. Se miró la blusa teñida de roja. Sus pies flaqueron y su abuelo la sujetó por la cintura. Se miró las manos y vio  que la sangre comenzaba a hacer surcos hasta salir por sus manos.

Quiso batir las pestañas para permanecer despierta e informar de lo que había ocurrido a quien fuere debía presentar sus respetos. Y quien fuere que debía saber que ella era la amenaza. No el Ojo. Ella. Debían saberlo. Merecían saberlo.

Pero todos sus intentos por hablar se quedaron en meros balbuceos.

Entre Lola y su abuelo, lograron arrastrarla hacia la Sanadora que parecía estar esperándola. La figura del director Longbotton también se encontraba allí. Todos parecían preocupados por ella. Alerta. Como si la estuvieran esperando, mas no se esperaran aquella situación.

Una Sanadora la asistió. La postró sobre su camilla, con delicadeza, más el director y su abuelo tuvieron con retenerla pues sus sacudidas no la dejaron darle pociones ni pasar su varita recitando un Encantamiento que aseguró que le relajaría. La mantuvo calmada unos segundos. Pero siguió retorciéndose de dolor y sollozandos.

Las voces quedaron infinitamente lejanas. Distinguió la de su hermana. La de Celius. La del director Longbotton. La de la Sanadora.

-…No informaré a los alumnos hasta que se encuentre mejor…

-…Siento lo de su hija …

-… ¿Puedo quedarme con mi hermana?...

-…¿Cuánto tiempo ha estado recibiendo este tipo de maleficios?...

-… Si nos hubiera dicho algo…

-… Es probable que ni ella supiera que nada…

Cornelia Brooks solamente oía retazos de la conversación que tenía lugar unas camillas más atrás. Gemía. Tenía lágrimas en los ojos del dolor y de llorar la muerte de su madre. Eran demasiadas cosas por las que sufría en poco tiempo. Arqueaba su espalda contra la camilla y quería arrancarse todo aquello de su piel.

La Sanadora le había dado una Poción tranquilizadora, pero, al haber retenido todo el sufrimiento que acarreaba con esos maleficios por el Imperio, la repentina ola de dolor no iba a ser retenida por una simple pócima.

Parecía que pasaron horas.

O quizás fueron minutos.

Ella seguía retorciéndose. De vez en cuando, entraba en un periodo de inconsciencia en el que no descansaba al acudir a ella las imágenes de sus visiones. Estaba cubierta en sudor. Sangre. Lágrimas. La poción no hacía efecto. Las heridas no habían sido del todo sanadas. Dolía. Todo en ella dolía.

Cornelia escuchó nuevas voces.

-…La señorita Cross me ha mandado una lechuza sobre cómo podríamos ayudar a la señorita Brooks…

Era la inconfundible voz del profesor Slughorn.

-…Podemos traer a Gwen… ¡Ella la va a curar sin problemas!

Esa voz pertenecía a Frank. Oh. Frank. Estaba segura de que no querría separarse de ella y haría todo lo posible porque se pusiera bien. Pero traer a Gwendoline Cross a Hogwarts sería un error. Él debía saberlo.

Llevaron la discusión a un sitio más alejado. Para no molestar a Cornelia, supuso.

De nuevo, perdió la conciencia. Pero el dolor persistió.

No obstante, dejó de sollozar. Con las horas, dejó de gemir. Su lamento se volvió terriblemente discreto. Como había sido su angustia durante aquellos meses. No era que el dolor se hubiera atenuado. Era persistente. Pero se había convertido en un dolor casi tan silencioso como una herida sin constura.

No supo si era de noche. Si habían pasado horas. O minutos. O si ya era mañana. No distinguía bien si la luz que recibía era la de las lámparas o la luz natural del sol. Había escuchado a Celius despedirse, disculparse por tener una situación comprometida y no querer ponerla más en peligro estando allí. Había sentido la incansable mano de su hermana a su lado. La voz de la Sanadora recitando todo lo que estaba haciendo. Y la insistencia de Frank en traer a Gwendoline.

-¿Qué hacesaquí? -Escuchó decir a Frank.

Oyó a alguien carraspear la garganta. Los párpados de Cornelia pesaban tanto que no pudo abrir los ojos para ver a quién se refería Frank con ese tono de advertencia.

Se tranquilizó cuando sintió a su hermana suspirar de alivio. Quien fuere esa persona, su hermana se sentía a salvo con ella. Y ella confiaba en Lola. Los dedos de Lola comenzaron a separarse.Ella los apretó con urgencia. No. Aquello le había recordado súbitamente a su madre desplomándose frente a ella. No. No podía marcharse ella. La necesitaba.

-Cornelia -La llamó el director Longbotton. -Vamos a dejarte a solas un momento… La señora Breedlove y tu abuelo… Creen que esto podría ayudarte…

Ella frunció el ceño. Las agujas de su cuerpo seguían doliéndole. Sus heridas seguían sangrando. ¿Desde cuándo estar sola era lo mejor? ¿Estar sin su hermana? Quiso gritar pero no le salió la voz. Supuso que la Sanadora la habría sedado.

-Si necesitas algo, llámanos, Potter -Ordenó Frank como si fuera una amenaza.

Cornelia tragó saliva. Esperó un momento. Oyó los pasos alejarse.

Intentó con todas sus fuerzas abrir sus párpados. Si antes había podido ver la tristeza que se prometió no ver jamás en Lola, observar la frustración en el gesto de Frank y la desolación en su abuelo; no estaba preparada para ver a James Sirius Potter sobre su camilla.

No supo porqué. Quizás fue la poción finalmente haciendo efecto. O la idea de que no esperaba verle. O la vergüenza que le supuso que le viera en ese estado de dolor, angustia y desesperación. Recordó que estaba extremamente delgada, llena de sangre y dolorida.

El joven la miraba fijamente. Pese a su temblor, Cornelia logró incorporarse cuando James  Sirius Potter se acercó a ella. Se sentó al lado de ella, donde nadie lo había hecho por temor a molestarla. Pero James Potter era así. Era imprudente y valiente. Era un Gryffindor, ¿no?

Conforme abrió sus brazos para invitarla, ella enterró su rostro cubierto de lágrimas en el cuello del joven que la acogió como si fuera un cristal a punto de romperse.

-James…-murmuró ella. 

La joven respiró profundamente. La primera vez que podía hacerlo desde que sintió todas las agujas del Cruciatus. Como cuando quedó inconsciente después de casi ahogarse en el océano. La estaba volviendo a salvar con su tacto. No sabía si era él o era su imaginación. Pero definitivamente estar en sus brazos la sensación era mucho más agradable que beber cualquier poción.

No era como si fuera a decirlo en voz alta. No era como si aquello cambiara nada. Pues él era James Potter y estaba allí simplemente porque se lo habían pedido los demás. Porque seguramente al ser un licántropo podía hacer algo que los demás no. Además, no era como si aquello pudiera ser algo más. No era como si aquello fuera precisamente lo que debía evitar después de que todas sus visiones le avisaran de que precisamente aquello era lo que acabaría con todo. Suspiró.

James Potter le sonrió. Sus ojos avellana más oscuros que nunca. Le dirigió una mirada completamente Potter. El brillo de la travesura. Pero también bondad. Como si le estuviera retando a guardar aquello que estaban compartiendo -fuera lo que fuera -en secreto.

Antes de que supiera siquiera lo que estaba haciendo, James tiró sus brazos alrededor de ella y la acercó a sí. Cornelia se puso rígida, pero después de un latido, sus brazos lo rodearon. Sintió cómo James pasó su nariz por su mejilla respirándola. Su miedo. Su dolor. Su sudor. Como si quisiera despojarla de todo aquello.

La apretó con fuerza sobre su pecho. Olía a aire libre. Fue entonces cuando vio que tenía puesto su sudadera de Quidditch. Esa que ponía «Potter», por si no era suficiente identificarlo por su pelo desordenado o por el hecho de que absolutamente todo el mundo sabía quien era.

Descansó su mejilla allí. Cerró los ojos suavemente. James posó su cabeza sobre su coronilla. Volvió  a apretar el agarre y lo oyó respirar sobre su cabeza. No necesitaba decir nada. Sintió un movimiento en su coronilla. James le estaba dando un beso sobre su pelo castaño. Sonrió para sí misma, pese a todo el dolor que sentía. Volvió a enroscar sus brazos sobre ella. Y Cornelia no pudo recordar la última vez que alguien la sostuvo así.

No tardó en sumergirse en el cansancio y el sueño del que llevaba privándose tanto tiempo. No supo cuándo se fue James Potter. Ni si Potter fue quien  la arropó o fue Frank y su hermana cuando volvieron. Ni si entre ellos hablaron. Ni siquiera supo cuánto tiempo siguió dormida.

Pese a todo el dolor que sentía y seguía consumiéndola, logró dormir después de mucho tiempo.



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