Historia al azar: San Valentín en Hogwarts
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La Tercera Generación de Hogwarts » (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Domingo 17 de Enero de 2021, 16:45
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(V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)
  232. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (I)
  233. (VI) Capítulo 11: Lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos (II)
  234. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (III)


Se había acostumbrado a no reconocer sus verdaderos rasgos cuando su propio reflejo le sorprendía en algún cristal. También acostumbraba a tener el sabor a barro y pimienta en su boca durante los minutos en los que la poción se ajustaba a su persona. Al haberse tomado la poción multijugos de forma prolongada, los efectos podían llegarle hasta doce horas. En ocasiones, se levantaba, se pasaba la mano por su pelo normalmente desordenado y se encontraba desenredando rizos. Cuando miraba de reojo su rostro en el reflejo de los bares de Copenhagen, se le removían las tripas.

Edward Whitehall se había encargado de remover sus tripas todo aquel maldito y tortuoso verano. En cuanto hubo acabado el curso escolar, el Auror estadounidense le mandó una carta en la que, acogiéndose a la promesa del joven Albus Severus Potter de unirse a su lucha contra el Ojo, le ordenaba que fuera con él en una misión. Su padre lo rechazó tajantemente. No se fiaba de Whitehall. No quería poner en peligro a su hijo. Whitehall dio su palabra de que no le ocurriría nada a su hijo. Albus le dio el discurso de «A tu edad nadie te lo impidió», «Yo también tengo derecho a luchar», «Es más peligroso cuando estoy con los basiliscos», «Es algo que ya he hecho antes», «Me dará un puesto seguro en el Departamento de Seguridad Mágica como Auror en cuanto acabe», «Confía en mí, papá», junto con unas palabras en secreto, «Tú lo harías por mamá». A pesar de su argumento conmovedor, Harry Potter no se sintió conmovido en absoluto. Albus necesitaba autorización parental. Y la recibió, finalmente, de su madre. «Mamá sabe que si no me hubierais dejado lo habría hecho igualmente… Al menos así estáis al tanto de lo que hago». Le hubo dicho a su padre el día que se marchó con Whitehall.

No fue cierto. Sabía que Whitehall no ponía al día a su padre. Pues, si lo hiciera, se había aparecido y lo habría devuelto a la Madriguera desde el minuto cero. Intuía que Whitehall engañaba en sus informes. Conoció mejor al Auror. No era un ejemplo a seguir. No estaba de acuerdo con sus métodos. Creía que abusaba de su autoridad y de la violencia. Y, sobre todo, era tan intolerante como impaciente. Pero lo necesitaba.

Una vez que llegó a un hostal -de un antiguo colega de Whitehall- que habían adquirido en el barrio mágico de Christiania, en Copenhagen,  se sorprendió de que su compañera para la misión fuera su prima Lucy Weasley. Fue recomponiendo las piezas y los peones que creía tener Whitehall sobre la mesa sin que ellos se enteraran. ¿Qué otras personas le seguirían ciegamente para poder recuperar a personas que le importaran tanto y que estuvieran en el Ojo? Whitehall era astuto. Pero Albus Severus Potter lo era más. Sabía lo que Whitehall quería de ellos y estaba dispuesto a arriesgar su propia seguridad en verano. Era lo mismo que quería de Lucy Weasley. Aprovecharse de lo estúpidos que podían llegar a ser para salvar a sus seres queridos.

Nunca había hablado más de cuatro frases seguidas con su prima Lucy hasta aquel verano. Pues, si uno se paraba a pensarlo, ¿qué tenían en común? Absolutamente nada. Siempre había visto a su prima Lucy como la chica que adoraba el maquillaje, los cotilleos y que se metía con ellos por no saber arreglarse propiamente. Su tío Ron decía que era exactamente igual que su tío Percy de joven, solo que mucho más femenina. Descubrió que eso era la superficie: ¿cómo si no iba a ser la primera del clan Weasley en aceptar como mejor amigo al descendiente de una familia de sangre pura y mortífaga? Su percepción de ella cambió a finales del curso anterior. Lucy Weasley ya no era la prima que se reía del resto de sus primos y que tenía a su primo Louis en la palma de su mano, persiguiéndole por los pasillos a su placer. Lucy Weasley era, desde entonces, la prima que se había quedado sin padres, sin hermana, sin la persona de la que se había enamorado y sin mejor amigo. Por supuesto que iba a dejarse la piel en buscar a Louis y pedirle perdón. Era cierto que los malos hábitos -o lo que Albus pensaba que eran malos hábitos -tardaban en morir, puesto que, por ejemplo, solía reprochar a Albus su desorden, su torpeza y, por encima de todo, su inexistente sentido de la moda. Más se había encariñado con ella. O, más bien, se había acostumbrado a ella.

Por su parte, Albus Severus Potter se había percatado de que, entre los hábitos que acarreaba desde su niñez, no tomaba decisiones del todo coherentes cuando implicaban a Alice Longbotton. En palabras llanas y sencillas, le volvía loco. Y le mataba pensar que ella pudiera estar en peligro por hacer algo tan descabellado como creer que podría salvar ella sola a los demás. La había llevado a ser una fugitiva del Ministerio. Estar en la lista de «Búsqueda y Captura de Whitehall». Y afiliarse a las líneas del Ojo. Aún no entendía la naturaleza de esa alianza por completo. Por esa razón, haría todo lo que estuviera en su mano -o en su varita y en el hecho de ser Albus Potter -para… ¿Qué? ¿Salvarla? ¿Llevársela con él? La estaba persiguiendo sin saber qué hacer cuándo la encontrara. Si la encontraba. Se preguntaba, en ocasiones, si, en lugar de perseguirla, alejaba las pistas de Whitehall que la pudieran conseguir a ella. Se preguntaba, más a menudo de lo que quería, si se había unido a esa Caza para evitar que no la encontraran. «No puedo dejar que te hagan daño porque te quiero, Alice», le había dicho. «Pero debes confiar en mí». Lo hacía. No dejaba de hacerlo. «Nos encontraremos», le había prometido ella. Sabía que lo harían. Pero cuánto más tiempo pasaba, menos quería encontrarla bajo las órdenes de Whitehall.

Whitehall jugaba sucio. Su opinión era respetada por la comunidad mágica internacional, en tanto que siempre obtenía resultados extraordinarios. ¿A costa de qué? Pocos lo sabían. Había encerrado en Azkaban a todos los alumnos de Hogwarts que habían capturado a finales del curso anterior. Uno podría preguntarse si tenían edad para poder ser juzgados y condenados a esa clase de sentencia. No obstante, ¿había habido siquiera juicios al respecto? Ni siquiera El Profeta había informado de aquella Caza. Era una cárcel mágica en mitad de un océano, donde la soledad era suficiente para atrapar el alma de sus prisioneros. Lo sabía por los efectos que tenía sobre Ginny Potter. ¿Cómo había admitido su padre que niños estuvieran en Azkaban? Sabía que su padre no lo sabía. Que Whitehall tenía contactos en el Departamento y en la prisión. Y que había -un horror para Albus cuando lo descubrió -demasiados adeptos a su propia causa que no dudarían en pasar por alto la ley para acabar con el Ojo -particularmente cuando Harry Potter decidió «no eliminar» a la hija de Voldemort. Si significaba torturar a niños, que así fuera. Era algo que él sabía por mero presentimiento -conversaciones, escuchar por encima a Whitehall hablar con sus contactos o por el principio de pensar lo peor de los demás para acertar.

Exceptuando a Frank McOrez, Zoe McOrez, Renata Driggs, Derrick Collingwood y -había aprendido a decir «por suerte» llegado a este punto -Alice Longbotton; treinta y nueve alumnos de Hogwarts fueron capturados, interrogados y encerrados como prisioneros de guerra en Hogwarts. Hubo varias consecuencias después de eso que Albus no había previsto. Que estaba seguro que nadie -ni Neville Longbotton ni su hermano James -se podrían haber imaginado. De nuevo, su nobleza les hacía pensar que el resto actuaría igual. Suerte que Albus Severus Potter era Slytherin, ¿no? Para empezar, no todos los alumnos eran Slytherin. ¿Sorpresa? No mucho, pues él era Slytherin y había más miembros de su Casa que habían demostrado la lealtad hacia la causa y, además, al Temple (algo con lo que no creía que Whitehall estuviera del todo familiarizado o, más bien, de acuerdo con su aparente pasividad pacífica) -Chris Nott, Claire Jenkins, David Morrit y, para sorpresa de muchos, la hijastra de su tío Charlie, Gwendoline Cross. ¿Qué significaba eso? Que debían sospechar de todos. Complicado para los que albergaban prejuicios del pasado. Oh, porque esa era la mayor consecuencia. Si uno se pasaba a revisar los nombres de los capturados, llegaba a una pequeña conclusión: ¿no eran apellidos de familias que habían estado relacionadas con los mortífagos? Oh, no todos. Estaba Annie Gallagher, de Gryffindor. Estaba Patrick Bennet, de Ravenclaw. Y otros muchos más. Pero los que se le habían quedado grabados a Albus eran aquellos que pertenecían a familias de sangre pura y, anteriormente, mortífagos. Tim Parkinson, primo materno de los McOrez. Idina Burke. Emerson Mulciber. Cameron Rowle. Hunter y Ann Avery. Radella Rosier. Greg Zabini, el hijo mayor de Blaise Zabini, cuya hija -Isabella Zabini -no había sido detenida y, según los rumores que le llegaban a Whitehall, parecía no haberse relacionado con el Ojo, más sí con sus compañeros de Casa. Tenían el Ojo puesto en ella a la vuelta de Hogwarts. Por supuesto. Era la única, cuyo apellido se unía al resto de rumores de las antiguas familias posicionándose al lado del Ojo, que no había sido capturada. Bueno, por esa regla y teniendo en cuenta los rumores que se generaban en torno a cierto antiguo mortífago de pelo largo y platino, tampoco su mejor amigo, Scorpius Malfoy.  

Hizo un sonido con la garganta para rasparse por dentro el gruñido que le salía solo de pensarlo. El pie de Radella Rosier le pegó una pequeña patada por la mesa. ¿Cuánto tiempo había estado sumido en sus pensamientos y cómo había podido perderse de aquella conversación?

Observó el gesto de advertencia de Radella Rosier. Solo la había visto en un par de ocasiones. Era de la edad de su hermano. Slytherin. Había pasado desapercibida durante toda su etapa escolar, sin que su apellido le hubiera supuesto un grave problema. Después de todo, estaba en Slytherin y se codeaba con los que habían sido conocidos de sus familias. Había aprendido que las familias de sangre pura sabían bastante las unas de las otras. Tenían una lealtad peculiar. Se preguntó cómo Scorpius nunca le había hablado de aquello. Pero, de nuevo, ya le habían advertido que Draco Malfoy cortó con todos sus lazos con los sangre pura. Algo que parecía no ser suficiente para ejercer cierto prejuicio sobre él fuera de su círculo de amistad, por lo que había podido comprobar.

Radella Rosier le dedicó, de nuevo, una mirada asesina. Bueno, no era Radella Rosier. Se obligaba a pensar que era ella, en caso de que se le escapara el nombre de Lucy Weasley en alguna ocasión comprometida como aquella. El pelo rojizo de su prima se había convertido en una maraña negra como el carbón y sus ojos marrones se habían convertido en dos iris profundamente oscuros. Su piel se había limpiado de pecas. Obviamente la poción multijugos.

Él, por su parte, tampoco era Albus Severus Potter y no debería estar pensando como tal. Slytherin. Un año mayor que su hermano James. A veces se sorprendía por la oscuridad de su piel cuando no se acordaba de que estaba con la poción multijugos. Se miraba en el espejo y luchaba por acostumbrarse a aquella extraña barba que se había dejado crecer el joven. Una amplia nariz. Labios grandes. Pelo rizado que -había aprendido -debía cuidar más de lo que uno suponía. Greg Zabini. Ese era él.

¿Por qué estaban en un bar de Christiania citándose con un -probablemente- miembro del Ojo? Esa era su misión. Decir que habían conseguido escapar como McOrez, Colllingwood, Driggs y Alice. Decir que se estaban escondiendo de los Aurores, pues creían que le habían seguido los pasos. Obviamente el Ojo sabía de la Caza de Whitehall. Por lo que también se andaba con cuidado en cuanto a ponerse en contacto y volver a ellos en auxilio. Si Zabini y Rosier conseguían volver con los demás, era vía libre para que los Aurores se hicieran con el resto del ejército de alumnos. Oh, sí, Whitehall también sabía que los de los colegios de Occidente habían sido reclutados. Todos y sin excepción. Lucy estaba con ellos por esa razón, ¿no?

Mundungus Fletcher relataba cómo debían confiar en él para ponerles en contacto con los magos del Ojo y traerles «de vuelta a casa». Cómo, tras ser tachado de traidor por Harry Potter, tuvo que huir de Inglaterra. Cómo odiaba a Harry Potter. Y a su pandilla. Y cómo había conocido a Theodore y Montdark y se había unido a aquella nueva causa que le «proporcionaba cosas maravillosas».

Albus sólo olía a alcohol. A tabaco. Tenía los ojos rojizos y las pupilas extremadamente dilatadas. Su pelo anaranjado y desordenado, junto con su túnica desaliñada, le daba un aspecto de mendigo que se acrecentaba cuando andaba cojeando con sus piernas arqueadas.

-… Es una pena lo de tu hermana, Zabini -Consideró Fletcher. Albus alzó las cejas. Asintió. -No me imagino lo que es que tu propia hermana no quiera unirse a esta causa con lo que tiene que ofrecer… -Añadió con una connotación que Albus ignoró. -Ya entrará en razón. Ojalá sea porque quiera volver a Hogwarts para matar a alguno de los Potter…

Una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro. Albus suspiró. Por su culpa había muerto Ojoloco Moody. Y ahora tenía que asentir a su propia condena de muerte.

-Matar a los Potter sería la única manera que tendría mi padre de perdonar a mi hermana -Espetó Albus, sintiendo todo el odio que sentía hacia Mundungus Fletcher. Aunque sus palabras no eran mentira. Era cierto que Isabella Zabini había pedido cobijo en el Departamento de Seguridad Mágica al ser repudiada por su padre por no afiliarse al Ojo. Estaba bajo vigilancia de los Aurores de Whitehall. Al parecer, Blaise Zabini se había convertido al Ojo, pero no había pruebas al respecto como había pruebas contra Ginny Potter. Y su hija no pensaba declarar en contra de su padre, incluso cuando este la había echado de casa. Por no hacer lo que había hecho su hermano mayor. En ese momento, él era el hermano mayor de Isabella Zabini y estaba muy enfadado con ella. -Pero no he venido aquí para hablar sobre esa traidora -Escupió. -Nos prometiste que nos dirías dónde podemos ir… No podemos aparecernos en Beauxbatons sin permiso. Y creemos que no se fían de nosotros -Le ordenó.

Mundungus Fletcher desvió la mirada de los penetrantes ojos de Albus Potter -que eran los ojos marrones de Greg Zabini. La posó sobre Radella Rosier. Ella puso los codos sobre la mesa, de manera despreocupada -sinceramente, si no servía para Auror, su prima podía ser actriz sin mucho impedimento. Le dirigió una invitación. Como permiso para hablarle a ella. Como haría la verdadera Radella.

-Yo ayudé a matar al que asesinó a abuelo Evan Rosier… Al tal Ojoloco Moody… Cada vez que lo oías hablar contaba cómo tu abuelo le arrancó parte de la nariz…

Sonrió lobunamente y retorció las entrañas de Albus. Se giró, esperando la reacción de su prima.

-Ya sabes lo que podemos hacer en mi familia si no conseguimos lo que queremos -Le amenazó deliberadamente, sacando su varita sin ningún tipo de preocupación y enseñándosela a él. -Encontraremos fácilmente a otra persona que nos lleve al Ojo, Mundungus, así que cuidado con lo que dices.

Albus se obligó a fruncir el ceño hacia Mundungus y secundar a su prima. No obstante, estaba adorándola en su interior. Tenía que reconocer que incluso él se había sentido intimidado por aquella actuación. Ella estaba tan metida en el papel que giró su muñeca acercando su varita a Mundungus.

-Si vosotros sabéis que los demás están en Beauxbatons, ¿creéis que los estúpidos Aurores no lo intuyen? -Se rio Mundungus, pero era una risa nerviosa que le dio seguridad a Albus. Se sintió intrigado por aquella premisa. Por supuesto que los Aurores lo sabían. Pero no podían ir a Beauxbatons así sin más. Primero, había una barrera mágica que se lo impedía. Segundo, ¿tres magos en contra de un ejército? Contraproducente. -Logré emborrachar a Theodore…-Albus intentó no encogerse al oír el nombre de su antiguo carcelero.- ¡Pero no suelta prenda! Me dijo que estaban muy atareados con los niños… Que ya no era seguro para ellos allí… Así que los están escondiendo…

-¿Dónde? -Interrumpió bruscamente Albus.

Mundungus hizo una pausa. Le miró con curiosidad. Sacudió su cabeza. Sonrió como si no tuviera una varita frente a él.

-¿Por qué os interesa saber dónde les están escondiendo? -Inquirió. -Vosotros deberíais esconderos también, ¿no?

-Debemos volver con ellos -Intervino Lucy, sin perder los estribos. -Si volvemos con nuestras familias, ¡será prueba suficiente para los malditos Aurores para que nos metan en Azkaban con los demás!

Las pupilas de Mundungus se dilataron.

Albus encajó su mandíbula. Lucy no se había dado cuenta, pero les acababa de delatar. ¿Cómo pretendía explicar que ellos sabían que el resto estaba en Azkaban si ni siquiera Harry Potter lo sabía? Ahora bien, debía preguntarse por qué lo sabía Mundungu Fletcher, pero aquello le distraería de lo que estaba a punto de pasar.

Y Lucy aún no se había dado cuenta de su error. Albus apretó su varita debajo de la mesa con más fuerza. Mundungus se dejó reclinar en la silla y amplió su sonrisa. Mierda. Mierda. Mierda.

-Yo que vosotros me iría de Copenhagen -Sugirió, con demasiada calma. -He oído que el hijo de Harry Potter está en una misión para rescatar a la hija del director de Hogwarts… Theodore y Montdark me han acompañado hoy para asegurarse de que eráis quiénes decíais ser…Ya sabéis… Me suelen incluir en misiones con Pociones Multijugos…

Expelliermus! -Conjuró rápidamente Albus debajo de la mesa hacia la empuñadura de Mundugus.

Este Desapareció antes de que le llegara el hechizo.

-¡Mierda! -Maldijo Lucy, dando un puñetazo en la mesa. -¿Cómo se me ha podido escapar eso? -Se quejó de sí misma.

Sin responderle del todo, cogió a su prima del antebrazo y la levantó de la silla. La miró con seriedad y se aclaró la garganta. Pese a estar acostumbrado a ver el rostro de Rosier todos los días, hablarle como si fuera su prima seguía siendo complicado.

-Montdark y Theodore, Lucy -Recordó. -Tenemos que volver con Whitehall antes de que…

Demasiado tarde.

Un hechizo hizo estallar la mesa en la que habían quedado con Mundungus Fletcher. Saltaron como acto reflejo. Albus se llevó la varita a sus labios mientras escaneaba el bar, cuyo tabernero había abandonado. Había cinco encapuchados. ¿Y dónde estaba Whitehall? ¡Joder!

Desmaius! -Conjuró rápidamente hacia uno su prima Lucy.

Lo esquivó fácilmente. El que sabía que era Montdark apuntó con la varita. Albus lanzó un Encantamiento de Protección sobre ellos. Otro encapuchado sacó su varita.

Expelliermus! -Conjuró Albus Potter hacia todos, haciendo estallar sus varitas por los aires.

Lucy asintió hacia él.

Pero el encapuchado sacó una pistola muggle. Mierda. Mierda. Joder.

-¡JODER! -Maldijo Lucy exasperándose con las manos.

-¡Aparación, Lucy, joder! -Apremió Albus.

La pistola se disparó. Albus cogió la mano de su prima y se Aparecieron. La familiar sensación de presión por todo su ser le acaparó de inmediato.

Lucy Weasley era bastante buena en la Aparición. Se podía aparecer incluso cuando una bala le llegó al hombro. Se derrumbó en el suelo del apartamento donde les esperaba Whitehall. Este alzó simplemente una ceja al verles. Albus se postró sobre su prima y repasó mentalmente todos los Encantamientos que se le ocurrieron para poder quitarle la bala del hombro.

-¡Le han disparado! - Exclamó Albus, implorando con la mirada al Auror, quien, sentado sobre su escritorio, repasaba unos expedientes y miraba con un desdén superior la llegada de los jóvenes. - ¡Haz algo!

Whitehall rodó los ojos.

-No se va a morir por una bala -Dijo calmado.

No lo parecía. Lucy dio un puñetazo en el suelo y se mordió el puño para aguantar el dolor.

-¡Nos ha traicionado! ¡Han llegado los del Ojo! ¡ARRGH! ¡Joder, sacadme esta bala! ¡Malditos magos! ¡Creyéndose superiores a los muggles y en cuanto se quedan sin varitas…! ¡Duele, joder, haced algo!

Albus sintió sus manos temblar ante la impotencia de ser un inepto en Encantamientos. Definitivamente, ser Sanador no era su vocación.

-Reparifors -Formuló Albus, ladeando la cabeza y sin estar seguro de hacerlo bien.

-¡Imbécil! -Le gritó su prima. -¡Ese hechizo es para heridas hechas por magia! ¡¿Qué haces en Encantamientos?! ¿Echarte la siesta? -Albus se echó hacia atrás ante la ferocidad de su prima. -¡Tienes que sacarla como si fueras un muggle!

Arrugó la frente. ¿Qué se creía que era? ¿Un enfermero muggle de repente?

Tragó saliva e imploró con la mirada a Whitehall, quien les seguía mirando por encima del hombro, como si en el suelo del apartamento no estuvieran dos muchachos que acababan de salir de un duelo y uno de ellos tuviera una bala en el hombro.

-¿Qué habéis descubierto? ¿O has recibido una bala muggle para nada?

Sintió a su prima rugir en su interior. Albus intentó calmarla, pero solo recibió un manotazo cuando su mano rozó su brazo.

-¡Nos ha vendido! ¡Eso es lo que hemos descubierto! ¡Mundungus Fletcher es un traidor! -Vociferó.

Whitehall rodó los ojos. Impaciencia pobló su rostro.

-Nada nuevo bajo el sol -Comentó Whitehall. Aquello hizo temblar de rabia a Lucy. Por supuesto que Whitehall sabía que les iba a llevar a una trampa. Dejó el pergamino que estaba estudiando en la mesa. Se incorporó. Puso sus manos en su lumbar y les miró como si fueran insectos. -Me dices qué habéis descubierto y te saco esa bala del hombro… Te enseñaré a quitarlas… El Ojo últimamente utiliza demasiadas armas muggles… Lo cual es preocupante, imaginad si cogieran una bomba atómica y la modificaran con magia…

-No están en Beauxbatons -Informó abruptamente Albus. Levantándose. Se enfrentó a la mirada de Whitehall. Aún con la altura que le proporcionaba el cuerpo de Zabini. -Los están escondiendo porque saben que los Aurores están detrás de ellos. Y sabían quiénes éramos. Y que era una poción Multijugos.

El Auror sonrió con satisfacción. Albus entornó los ojos. Supuso que Whitehall intuía que había un traidor entre sus contactos y sus agentes y aquello solo había confirmado sus sospechas.

-¿Me vas a quitar la puta bala o quieres que me muera? -Le espetó Lucy. -No quiero morir en el cuerpo de Rosier…

-Coge el Traslador, Potter, y vete a tu casa -Fue la respuesta de Whitehall.

Albus se tensó.

-¿Me echas por no haber conseguido lo que querías? -Cuestionó, dejando salir la indignación que había estado ocultando todo aquel tiempo.

Escuchó al Auror respirar profundamente. Como si tuviera que encontrar paciencia para lidiar con Lucy y con él. Aquello le irritó aún más, evidentemente.

-Siéntate sobre la cama, Weasley -Le ordenó a su prima. Apuntó el dedo hacia una caja en la estantería y la movió hacia la cama. El botiquín. -Potter, es 29 de agosto. Tu familia querrá verte antes de que comiences tu quinto curso. Haz el favor de irte y no suponer un motivo más para que tu padre me odie -Le dijo de manera calmada, pero con cierta tensión tras sus palabras.

-¿Y me voy como si fuera Greg Zabini? -Espetó, señalándose a sí mismo. Por si no había recordado que el hijo de Harry Potter ni siquiera podía hacer creer un poco de barba. -¡Me maldecirán en cuanto me vean!

De nuevo, Whitehall le ignoró. Comenzó a sacar cosas del botiquín hasta encontrar unas pinzas. Su prima Lucy miró a Albus llena de agonía. Más, entre el dolor, vio una expresión de comprensión. No era nada extraño que ella también odiara internamente a aquel Auror.

-No le cuentes a tu padre nada de lo que hacemos o lo que he hecho. No le digas que tu prima ha recibido una bala o que tuve que coserte manualmente esa herida fea de la pierna porque unos Inferi nos atacaron. Ni que el Ojo está creando Inferi y tiene un ejército de ellos de todas sus víctimas. ¿De acuerdo?

-Creía que trabajas para el Departamento de Seguridad Mágica, Whitehall -Puntualizó Albus, dejando claro que no estaba contento con las mentiras del Auror al Jefe de ese Departamento.

Antes de rozar la piel de su prima con las pinzas, Whitehall le lanzó una mirada de advertencia.

-Y yo creía que querías encontrar a tu novia sin suponer un problema -Le respondió con tanta respulsión que Albus se mordió la lengua y cerró sus manos en puños para no abalanzarse sobre él. -Tómate esa poción que hay allí -Señaló un frasco de color lima. -Es una poción multijugos de ti.

-No puede tomarse dos pociones a la vez -Dijo Lucy entre dientes.

-¿Seguro? ¿Por qué no lo compruebas, Potter?

Albus aceptó el desafío. Se llevó el frasco a los labios y vació todo su contenido en la garganta. Sabía a chocolate y canela. Se relamió los labios. Su sabor. Disimuló una sonrisa. Volvió a sentir la sensación de que las tripas se le removían y cambiaban de dirección. Ya estaba acostumbrado a evitar poner cara de disgusto. Cuando el ardor se extendía como una corriente eléctrica por todas sus terminaciones nerviosas. Descendió de estatura unos centímetros. Zabini era casi tan alto como James, era imposible que los genes de su padre hubieran superado a los de los Weasley en ese ámbito. Se miró de refilón en el reflejo de la ventana, a la par que sus rasgos le recibían de nuevo. Su redondez había dado lugar a unos pómulos más marcados. Su pelo había crecido considerablemente. Pero sus ojos seguían teniendo el mismo brillo verde de siempre.

Se acercó al traslador que reposaba sobre la mesa.

-Nos vemos, Lucy -Dijo con una sonrisa. Acto seguido, cambió a una expresión seria cuando sus pupilas se posaron en el Auror. -Diría que gracias por esta experiencia, pero te he ayudado más de lo que tú me has ayudado a mí -Le espetó, con tanto rencor como el que se oían en sus palabras.

-Sí, esa suele ser la función de mis ayudantes -Le respondió con una sonrisa tan falsa como sus promesas. -Por cierto, enhorabuena -Albus alzó una ceja en interrogación. -Oh, vaya, es cierto… No os estoy dando las cartas de vuestros padres… -Suspiró y se encogió de hombros. -Te llegó una carta de Hogwarts hace unas semanas para nombrarte Prefecto de Slytherin. Supongo que sí que debes darme las gracias por haberte quitado a toda la competencia con la redada -La última frase la dijo con cierto sarcasmo.

-No tardes en volver, Lucy -Fue lo último que dijo antes de coger el traslador y marcharse.

El traslador lo devolvió a un descampado a unos kilómetros de la Madriguera, como le había indicado hacía unos días Whitehall cuando se lo enviaron de la Oficina de Trasladores. El sol le recibió abrasando su nuca y haciendo que tuviera que entrecerrar los ojos para ver mejor. Se dio cuenta de que no estaba vestido para la ocasión. Tenía un traje negro, con una camisa negra. Como si viniera de un entierro. O como si fuera un sangre pura. Se quitó la chaqueta y la tiró al suelo. Cuantos menos recuerdos de aquel verano mejor. Se desabrochó varios botones de la camisa y se subió las mangas. Suspiró de calor. Como si su aliento fuera a darle algo de fresco. Dinamarca no tenía la misma temperatura que el final del verano en la campiña inglesa. Más prefería eso a caminar unos kilómetros bajo la lluvia.

Exhaló aire ante las noticias que había recibido del Auror. Recordó que en segundo había hablado con Alice de ser ambos Prefectos de Slytherin. Y de cómo intentarían cambiar a los alumnos de aquella Casa. Oh, cuando no tenía nada de qué preocuparse. Inhaló aire, buscando, en vano, algún aroma que le hiciera creer que Alice iba a estar en la Madriguera esperándole. Se pasó la mano por el pelo. Despeinándolo. Ojalá se lo despeinara Alice. Ojalá sentir el calor que le producía la cercanía de Alice y no la del sol.

Se preguntó si podía negar su posición de Prefecto. Más, ¿con qué excusa? ¿Qué sólo quería ser Prefecto para tener rondas y detenciones con Alice? ¿Y que ya no le parecía tan atractiva la idea, pues Alice no estaría allí? Tendría que hacerse a la idea de que aquel año iba a largo y tedioso. Se odiaba todos los días por no haber aprovechado el curso anterior. Por no haberse dado cuenta antes de que podía perdonar a Alice. Estúpido. Estúpido. Estúpido.

Rodó los ojos ante todo lo que acompañaría aquel año a la ausencia de Alice. Ser Prefecto involuntariamente. Los T.I.M.O.S. Su madre en Azkaban. Su nuevo intento de entrar en el equipo de Slytherin -la única razón por la que agradecía la Caza de cara a su beneficio personal. Y lo que fuera que le preocupara a James y al Temple aquel año.

Oh. Solo esperó que los Prefectos de Gryffindor no fueran Rose Weasley y Scorpius Malfoy. Si aquello, por una remota posibilidad del todo probable, ocurría, le volverían loco. Greenwood aquel año sería su salvación.  Se vería todas las películas muggles que quisiera y bebería todo el whiskey de fuego que le ordenara si le ayudaba a escapar de las quejas de su prima favorita y de su mejor amigo.

Oh. Cómo echaba de menos a sus amigos.

Albus volvió a la Madriguera dando saltos.



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