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La Tercera Generación de Hogwarts » (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Domingo 17 de Enero de 2021, 16:45
[ Más información ]

(IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)
  232. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (I)
  233. (VI) Capítulo 11: Lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos (II)
  234. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (III)


Morir debía ser muy parecido a despertar. El sueño terminaba. Y uno se despertaba.

Cuando se despertó en la oscuridad, todo parecía desorientadoramente tranquilo. Se imaginó, por unos segundos, que estaba en su cama. En la que había dormido desde pequeña. Y que entraría en el cuarto con una taza de chocolate para decirle que pasarían la mañana en Hyde Park y después recogerían a su madre de la clínica. Por unos míseros segundos, se imaginó que nada había cambiado.

Entreabrió los ojos y, a través de sus pestañas, le llegó algo menos espeso que las tinieblas. Una claridad en pañales. Cierto amago de luz que se filtraba por la densa cortina. Entonces, ante los ojos de Cornelia Brooks y en la paz que llenaba aquella habitación, se juntaron o repelieron los colores. Atrajéronse las líneas o se rechazaron. Cada objeto buscó y se constituyó a sí mismo tras una guerra silenciosa y rápida. Y no reconocía nada en absoluto.

Definitivamente el sol hacía tiempo que había salido. La habitación ya estaba demasiado caliente. La luz se filtraba a través de unas cortinas de red, colgando suspendidas en el aire. Su cabeza se sentía como si una tormenta hubiera tenido lugar allí.  Su pelo apuntaba en quince direcciones diferentes. Sus ojos estaban hinchados. Se miró su ropa. Tenía una túnica blanca. Húmeda de sudor. Quizás del miedo que había pasado en aquella pesadilla. ¿O era una realidad?

Se levantó. Salió de la enmarañada cama. Se obligó a posar sus pies descalzos sobre lo que parecía una madera negra y templada. No le molestó estar descalza y aquello le sorprendió. Se acercó a las cortinas y las corrió. La luz la cegó casi instantáneamente. La luz del oeste. Parte del cielo era amarillo, otra parte un azul suave. Una pequeña nube se escabulló a lo largo. Conocía aquellas montañas. Vio pinos. Rocas. Una pradera. Y vio a varios lobos correr de un lado al otro mientras la luz de la mañana se colaba entre su pelaje. Intuyó que estaba en Luperca.

Y su mente comenzó a trabajar.

Siempre había pensado que uno no se despertaba del todo hasta que salía de la cama. Y eso era justo lo que le había pasado. Comprendió que el sueño o la pesadilla no eran invenciones de su imaginación. Todo aquello había pasado.

Lo repasó mentalmente. Habían ido al Palacio de Hielo. James Potter y ella se habían separado del resto. Habían encontrado al espejo. Habían encontrado a Celius. Había descubierto que era su abuelo. Había descubierto que su familia era más importante de lo que creía. Que no se trataba de su poder, sino de su sangre. El Palacio se había hundido. Pero ella se hundió con él. Con su abuelo. Lo separó del Espejo. Destruyó el Espejo. Su abuelo le dijo que nadie podía saber que era ella El Portador. No sabía qué significaba aquello. Mandó a su abuelo a la superficie. A la superficie de dónde un lobo se acercaba a ella bajo el agua. Y perdió la conciencia. Negro. Negro. Negro. Alguien sacándole el agua de sus pulmones. James Potter. Y negro. Negro. Negro. Hasta que se despertó hacía unos instantes.

Bien, tendría que revisar y reflexionar sobre lo que había pasado. Tenía más dudas que respuestas. Más incógnitas que soluciones. Para empezar, su abuelo estaba vivo y había sido prisionero del Ojo todo aquel tiempo. ¿Por qué? Sus visiones le decían que lo necesitaba para vivir. Y él no sabía a qué se refería. ¿Por qué? Le dijo que su familia pertenecía a una gran estirpe. ¿Cuál? Era su sangre lo importante. ¿Para qué? Su abuelo no sabía que Ivonne estaba embarazada, pues esta se lo ocultó. ¿Por qué? El Clan del Ojo buscaba la oscuridad dentro de ella. ¿Qué significaba aquello? Su apellido original. ¿Cuál era? Le dijo que ella era El Portador. ¿Qué significaba aquello?

Suspiró.

Estaba en Luperca. ¿Por qué?

Pero intuía la respuesta. James Sirius Potter. Le había salvado la vida. Todo lo contrario a lo que decían sus visiones. Todo lo contrario a la visión de James Sirius Potter clavándole en el corazón una lengua de metal mientras lloraba desconsolado. Y mientras ella alzaba su varita y su Avada Kedavra se desvanecía en el aire al quitarle él su último aliento. Se estremeció solo de recordarlo. Siempre había tenido aquellas visiones. Solo que nunca había visto tan definido el rostro de James Sirius Potter hasta hacía unos meses. Y aquello la aterrorizaba. Pues, en otras visiones, su varita era más rápida que los reflejos del joven.

Tensó sus labios. Había más detrás de todo lo que sentía en aquellas visiones. Pero le daba miedo pensar en ello.

Acercó sus pies a la puerta. Giró el pomo. Y se encontró a una mujer tras la madera que la separaba. Era desgarradoramente seria. Tenía los ojos rasgados. La piel había atrapado el sol y había tostado su melanoma. El pelo era una gran melena enmarañada sobre la que crecían trenzas que danzaban de un lado a otro de su cabeza. La examinó con detalle. Fijándose en Cornelia como si se tratara de una criatura peligrosa. La olisqueó. Tocó las puntas de su pelo. Cornelia se quedó tensa y petrificada ante aquella mujer.

-Bienvenida a Luperca -Dijo finalmente.

Cornelia asintió.

-Muchas gracias por…

-Fue el señor Potter quién os trajo -Dijo Wakanda, como si no quisiera atribuirse el mérito de haber traído allí a Cornelia. La joven frunció el ceño. -Ven -Le ordenó. Ella no vaciló ni un instante en seguirla por aquella gran cabaña de madera negra.

-¿Y Potter? -Preguntó, preocupada, Cornelia.

-Está recuperándose. Gastó toda su energía en ti -La acusó deliberadamente.

La culpa cayó sobre sus hombros como una jarra de agua fría.

-¿Está bien? -Cuestionó de nuevo.

La líder de aquella legendaria manada la miró con escepticismo. Cornelia se sentía públicamente juzgada por todas las personas que se cruzó por la galería de Luperca hasta que la sacó al claro donde había visto que había un par de lobos. Licántropos. Cornelia exhaló aire. Aún esperaba la respuesta a su pregunta.

-Lo estará ahora -Dijo Wakanda.

Se detuvo antes de aproximarse a los lobos. Todos se giraron hacia Wakanda y se inclinaron. Todos excepto uno. Una inmensa criatura que descansaba sobre el suelo. Mirando hacia el bosque. Respirando con tanta profundidad que Cornelia pudo escucharlo incluso a cien metros de ella. Los lobos la miraron entonces a ella. Sintió sus ojos en ella. Pero Cornelia no podía apartar la mirada de aquel lobo de pelaje caoba que parecía reposar y buscar de la naturaleza toda la fuerza que había perdido. Toda la energía. James.

Si Wakanda la había traído hacia allí debía ser por algo, ¿no? Si James Potter había agotado toda su magia para salvarla, ella debía responderle, ¿no? Pero, ¿qué esperaban que hiciera ella? Todos estaban atentos a su reacción. Más ella no sabía qué se suponía que debía hacer. Si es que esa era la razón por la que estaba allí. Y no ofrecerle la tortura visual de un James Potter en la miseria.

Tragó saliva.

Sus pies comenzaron el camino hacia James Potter antes de que si quiera su cerebro diera la orden. Fue puro instinto. Los lobos se fueron apartando lentamente. Como si estuvieran custodiando su camino hacia James. Les miró de reojo. Veía su propia preocupación por James Potter reflejada en ellos. ¿Era aquello un ritual? ¿Lo estaba haciendo bien si lo era? ¿Qué se suponía que venía a continuación?

Alcanzó la enorme figura de James Potter. Sintió ganas de llorar. Si no fuera porque su lomo subía y bajaba al son de su respiración, habría jurado que estaba muerto. No dudó en acercarse tanto a él, que el suave calor que desprendía la rozó.

Se dirigió a su rostro. A su peludo rostro. A su largo hocico. Sus dientes apretados. Y sus ojos avellana. Rozó con los dedos su mejilla. Acercó su rostro al del licántropo. El duro pelaje la recibió. Frotó su frente con la mejilla del lobo. Al principio, no respondió. Pero su respiración se agitó. James sabía que ella esta allí. Giró su cara acariciando con la piel de su rostro el pelaje caoba. Posó sus labios sobre la mejilla. Acarició con la mano el cuello.

-James… -Dijo simplemente.

Y fue suficiente.

Sintió una energía salir de ella. Abrasarle el pecho. Sintió su piel brillar debajo de su túnica. El brillo, como centelleos con vida propia, recorrió su cuerpo y se posaron lentamente sobre el pelaje de James. Cornelia contempló aquello sorprendida. Siguió acariciando su cuello. Separó su rostro. Observó cómo el cuerpo de James Potter brillaba a la vez que el de ella. Sintió su corazón palpitar más rápido de lo normal. Percibió la respiración de James alcanzar un ritmo frenético.

El cuerpo de James comenzó a moverse.  A temblar. A sacudirse.

Cornelia se echó hacia atrás mientras contemplaba la transformación del lobo en, bueno, James Sirius Potter. Con la ropa de Quidditch que había llevado al Palacio hecha jirones sobre su atlético cuerpo. Su pelo despeinado. Sucio. Cubriéndole los ojos. Tenía los ojos cansados. Se movió con cierta dificultad. Cojeó. Tenía trozos de su piel morados. Contusiones. Pese a su estado, sonreía. Y sonreía descaradamente como siempre solía hacer.

Se aproximó a Cornelia. La atrajo hacia él cogiéndola del codo. Era ridículamente alto en comparación con ella. Tuvo que alzar la barbilla para encontrar sus ojos avellana. Su corazón rugía aún más fuerte que antes. Su estómago parecía removerse sin cesar, como si los centelleos de antes se hubieran acomodado en su interior saltando de un lado hacia otro. James rozó con sus dedos la barbilla de Cornelia para alzarla aún más hacia él. Cornelia nunca pensó que el toque de otra persona pudiera hacer que sus nervios se sacudieran y bailaran bajo su piel. Era como si hubiera dormido toda su vida y, de repente, se estuviera despertando dentro de ella algo nuevo.

-No sabía que sería tan difícil llamar tu atención, Brooks -Gruñó James con sorna.

Y se inclinó sobre ella.

Pero algo retuvo aquello. Una fuerza ajena a ellos lanzó a James hacia atrás. Cornelia se echó hacia atrás por inercia. Observó la cara de sorpresa de James convertirse en rabia. Enfado. Ira. El avellana de sus ojos se oscureció.

James se convirtió rápidamente en licántropo y se abalanzó hacia su dirección rugiendo. Fue frenado por lo que parecía una barrera mágica. James volvió a rugir, haciendo eco en las montañas. Pero no hacia ella. Sino hacia algo que debía estar detrás de Cornelia.

Se giró lentamente para encarar el peligro.

Ivonne Donovan.

El vello de su nuca se erizó.

Ivonne tenía la varita levantada. Los lobos se fueron acercando a ella. Furiosos. Rugiendo. Gruñendo. Mientras que separaba a ella y a su nieta del resto con una burbuja protectora mágica. Luchaban por penetrar en ella. La arañaban. Los lobos comenzaron a salir del Bosque para ayudar a James Potter a romper la barrera mágica.

Cornelia se miró la túnica. No tenía su varita con ella. Se la habrían dejado dentro de Luperca. Pues no esperarían que la necesitara allí.

Por lo que Ivonne Donovan, la bruja que había desaparecido, no había sido invitada allí. No tenía permiso para llevarse a una protegida de Luperca.

Encaró a Ivonne Donovan. Alejándose de la figura de James Potter que intentaba entrar en la barrera rodeada por todos los licántropos de Luperca. Eran decenas. Cornelia Brooks los miró de reojo. Y la querían proteger a ella. Por James.

-Cielo, sabes tan bien como yo que ese muchacho es peligroso para ti -Dijo su abuela, escuchando su voz sobre los gruñidos de los licántropos.

-¿Y por qué parece que todos quieren protegerme de ti? -Inquirió suspicazmente.

-Ignorancia -Respondió su abuela. -También deberían atacarte a ti.

Cornelia se encontró a sí misma gruñéndole a su abuela.

Los gruñidos siguieron. Los rugidos. Los arañazos a una cúpula mágica impenetrable.

-Déjales -Ordenó Cornelia.

-Siempre creí que el Oso sería Frank Longbotton, ¿sabes, querida? Que quizás estas profecías sí que harían triunfar a ese linaje y no al de los Potter… Pues también desafiaron a la Oscuridad tres veces… Lo creía firmemente… Os hice pasar un verano juntos para ver si… Salía la chispa -Dicho esto soltó una risa. Su abuela había presenciado el brillo que había salido de ella. -¡Y mando al Oso a protegerte! ¡Desde luego el destino me la ha jugado bien!

-¿A qué te refieres? -Cuestionó Cornelia, arrugando su rostro.

-Debo acabar mi tarea antes de que tú acabes con el resto de nosotros, cielo -Anunció su abuela.

Y se abalanzó hacia el brazo de Cornelia.

Desapareciendo con ella en el aire hacia el escondite que nadie conocía.

Los bebés eran blandos. Cualquiera que los mirara podía ver la tierna y frágil piel.  Lo sabía por la suavidad que invitaba a tocarles con los dedos. Más, cuando uno vivía con ellos y los amaba, sentía la suavidad que iba hacia adentro. La carne de mejillas redondas que se tambaleaban como gelatina. El deshuesado juego de las pequeñas manos. Sus articulaciones eran de goma fundida, e incluso cuando las besaba con fuerza, en la pasión de amar su existencia, sus labios se hunden y parecían no encontrar nunca hueso. Sosteniéndolos contra él, se fundían y se moldeaban, como si en cualquier momento pudieran fluir de vuelta a su cuerpo. En el año y medio de Remus Lupin, el hueso se había endurecido y el niño se mantenía erguido, con el cráneo ancho y sólido, un casco que protegía la suavidad interior. Remus Lupin había crecido. Y dejaba la ternura de ser un bebé tan rápido como sus primeros balbuceos cobraron vida.

Para Ted Lupin aquello era un fenómeno fascinante. No dejaba de mirarle. De buscar su nombre entre sus sonidos. De abrazar sus tiernas mejillas. Y de encontrarse reflejado en sus rasgos cuando los cambiaba a placer. Era un metamorfomago, después de todo. Aquello había sido el legado de Nymphadora. Y siempre se lo recordaría. Incluso cuando ni siquiera entendiera sus palabras.

Ted había dejado al adolescente que siempre llevaba el pelo azul tras sus veinte años. Comenzaba a cogerle el gusto por el pelo marrón que había tenido su padre. Era lo más profesional que podía hacer para con sus alumnos.

No obstante, con Remus era diferente. Pues cada vez que él cambiaba de color de pelo, o de nariz, o de ojos; su hijo intentaba imitarlo. Y no quería privarle de la creatividad y de las ventajas de ser un metamorfomago cuando se era un niño.

Observó, por el rabillo del ojo, que la persona encargada de cuidar a Remus mientras iba a un recado acababa de llegar. Escuchó su risa cantarina mientras veía cómo Ted entretenía a su hijo con su habilidad para hacerle reir.

-Vaya, mira quién es Remus… La tía Dominique -Cantó Ted.

El pequeño, que ya había superado la fase de no caerse cada vez que se levantaba, fue con pasos torpes hacia Dominique. Y le dio un abrazo a la pierna de esta. La joven lo cogió y lo acurrucó, dándole un beso en la nariz.

-¡Qué grande estás! -Exclamó la joven.

Ted sonrió.

-Gracias por venir…De verdad… Con todo lo que ha pasado no podía pedirle a Moonlight que viniera… Lebouf está en El Refugio con Vic… Y…

-Yo sigo siendo tu amiga, Teddy -Interrumpió Dominique con una sonrisa.

Él asintió. Le pidió que se sentara en el sofá. La joven obedeció con Remus en los brazos. Lo dejó en el suelo. Y gateó hasta su padre. Se sentó en la alfombra. Jugueteó con los cachivaches que tenía.

Ted contempló a Dominique Weasley. Había cambiado mucho desde que había salido de Hogwarts, definitivamente. No solo su infinito y largo pelo había recuperado tonalidades rojizas de cuando era más pequeña. Sino su rostro no era tan inocente. Y también tenía mucho más conocimiento, podía intuirlo por la mirada seria que le dirigía.

Su serenidad le recordó todo lo que estaba pasando más allá de las paredes de su casa. Él era profesor de Hogwarts. Sabía que muchos de sus alumnos de todas las diferentes Casas de Hogwarts habían sido detenidos por Edward Whitehall con ayuda de otros alumnos. Estaban retenidos en el Departamento de Seguridad Mágica hasta que decidieran que hacer con ello. Aquello le preocupara. Eran niños. Ni siquiera sus decisiones contaban para muchos efectos legales, ¿cómo podían tenerlos retenidos como criminales? Pero, claro, también eran niños que habían cometido crímenes. Y que podían ayudarles, con su información a detener otros crímenes. No obstante, Ted Lupin, como profesor, no descansaba por la noche sabiendo de todos aquellos niños que no sabrían qué le depararía el futuro.

No era el mejor tiempo para criar a un hijo en paz. Podía comprender a la perfección a Ginevra Potter. Él, si estuviera en su poder, habría hecho exactamente lo mismo que ella. Pero ya era tarde.

-¿Cómo está tu primo Fred? -Le preguntó, seriamente preocupado por uno de los peores alumnos de Hogwarts, pero de los que más apreciaba.

Ella suspiró. Lo último que había oído de Fred Weasley era que su novia, la hija menor de Lee Jordan, se había suicidado para salvar a Fred. Deseó no saber nunca el dolor que debía sentir aquel pobre muchacho. No quería separarse del cuerpo de Susan Jordan. No se apartó de su tumba en el entierro. Todos los días iba a su tumba a llorar. Pedía que, por favor, llamaran a James y que estuviera con él. Pero le recordaban que James tenía que recuperarse primero. Tampoco podía acudir a su hermana. Fred estaba desolado. Oyó que Angelina Weasley tuvo que darle una manta un día, pues no quería dormir en otro sitio que no fuera al lado de su novia. Habían pasado dos semanas desde su muerte.

-No está bien -Dijo bajando la mirada. La expresión de Dominique le partió el corazón. Ted Lupin sabía que era por el mero recuerdo de la voz desgarrada de Fred Weasley. Su pelo rizado, el que llevaba siempre como señal de identidad, se lo recogía en un moño caído. Era un efímero espejo de lo que podría estar sucediéndole por dentro. -James aún no lo sabe… No lo dejarán salir hasta que recupere todas sus fuerzas… Además, tiene que quedarse allí para reforzar la barrera después de la brecha de seguridad de Ivonne Donovan -Añadió.

Levemente, Dominique le estaba informando de la situación que sacudía a su otro hogar en aquellos instantes. Fue Tala la que fue a contarle el conflicto que hubo hacía una semana y algunos días. Cuando Cornelia Brooks se despertó. Sabía que la noticia de que James y su alumna más brillante estuvieran mágicamente conectados no era la verdadera razón por la que Tala estaba allí. Se trataba de algo más, pues, de otro modo, sus ojos habrían brillado de felicidad. No solo había roto la seguridad mágica que protegía a Luperca del resto del mundo, sino que Ivonne Donovan había secuestrado a su nieta. Secuestrar. ¿Cómo una abuela podría secuestrar a su nieta y llevársela con su hermana y su madre? Quizás era complicado. Pero era el término que Tala había empleado para narrar aquello.

-¿Y Hermione?

-Mucho mejor… Aunque deberá quedarse en San Mungo todo el verano -Suspiró la joven.

Esperó que fueran buenas noticias las que sucedieran a esa pregunta. Hermione había sido una especie de madre para Ted. No tanto como Ginny. Pero, desde luego, era importante para él. Siempre lo había sido. Y sabía, por las cartas que Lebouf le mandaba, que Hermione había llegado en un estado crítico al Refugio. No era como si fuera su obligación mandarle cartas. Después de todo, no tenía derecho alguno a saber que Victoire Weasley estaba bien. Era la razón por la que le había pedido a Lebouf que se quedara más tiempo en el Refugio, ¿no? Para proteger a Victoire Weasley. A su Vic. Lebouf dejó de mandarle cartas cuando aquello pasó. Más pendiente de otro inquilino en el Refugio.

-¿Y Gabrielle? -Añadió. Vio los ojos caídos de Dominique. Su tristeza brotó de su expresión. Lo último que Lebouf le había escrito era que Gabrielle Delacour había llegado al Refugio con Hermione y estaba aún más crítica. Su desangre podría generar un aborto. Pero no añadió nada más. Y Ted no conocía en tanta profundidad a Lebouf. Solo la superficie que Lebouf quería que se conociera de él. Dominique se secó la humedad que nació de sus ojos. Solo podría significar una cosa. Y era que no todos en el Refugio habían conseguido salir con vida. -Oh… Lo siento… ¿De quién era el bebé?

Ella sonrió. Quizás para evitar llorar.

-¿Piensas que era de Lebouf? -Lo dijo con cierta sorna.

-Bueno, sé lo que sentía Lebouf por Gabrielle…-Murmuró Ted.

 No estaba seguro de que Dominique supiera nada al respecto y, sin embargo, intuía que algo debía saber al haber hecho aquel comentario. Ted lo sabía porque el mismo Lebouf contó una vez cómo deseaba tener la edad que le correspondía a su madurez para atreverse a declarar el amor que sentía por la Auror francesa. Aquello era un tanto trágico. El joven tenía tan solo veinte años, en comparación con los treinta y cuatro de Gabrielle Delacour.

-Pero no era recícropo… La diferencia de edad… Mi tía siempre lo vio como a un hijo -Dijo la joven Weasley. Suspiró. Quizás a eso se debía el silencio de Lebouf. Su amor platónico ni siquiera le había dicho que estaba embarazada. Era como perder la oportunidad de confesar aquello que a Ted le había dicho en su momento que le diría algún día. -Era de un mago divorciado… ¿Dean Thomas? O algo así -Sacudió su mano. Como si así le llegaran los recuerdos a la mente. -Tiene hijos en Hogwarts, quizás les has dado clase…

Ted se rascó pensativo la barbilla. Era curioso que él recordara el nombre de muchos de sus alumnos, cuando, en los años que la licantropía no le entorpeció su estancia en Hogwarts, sus profesores se tropezaban con los nombres de unos y otros. 

-Tengo a algunos Thomas… -Dijo finalmente. Sophie Thomas, acabando quinto de Ravenclaw. Y Luke Thomas, en sexto y de Gryffindor. No eran alumnos que destacaran en ninguna medida. Volvió a pensar en el que se estaba convirtiendo en su amigo por la convivencia en el castillo.-Pobre Lebouf… Enterarse así…

Vio un gesto frustrado en Dominique Weasley.

-No es el fin del mundo -Comentó Dominique. Tensó sus labios. -A veces se ama a una persona que jamás te corresponderá… Es más normal de lo que parece -Ted intentó seguir la risa cantarina y sarcástica de Dominique pero no pudo. Pues sabía a qué se refería y no quería tener aquella conversación justo en aquel instante. Aunque la joven parecía tener algo más que decir. -Teddy… ¿Alguna vez sentiste que Vic podía ser tu Ajayu?

Casi se atraganta con su saliva. Sinceramente, Ted creía que iba a decirle algo relativo a por qué Dominique Weasley siempre había ido tras él como si fuera su mayor fan. El motivo por el que siempre le defendía ante su hermana o por el que le escogería a él antes que a Vic. Él lo sabía. Su hermana también lo sabía. Era algo de lo que nunca hablaban porque sería incómodo hablar.

Más, ¿aquello? ¿Reconocer que Dominique conocía la naturaleza licántropa y las posibles conexiones entre magos y licántropos y cuestionar algo tan sumamente íntimo y lejos de cumplirse tras saber que Vic y él ya no estaban juntos?

-Pues…

-Olvídalo -Interrumpió. -No debí de haberte preguntado… Es que es algo que están hablando en Luperca últimamente por… Bueno… Por James -Suspiró. -Pero no tienes por qué contestarme, aunque me lo llevo preguntando desde entonces…

Siempre había temido aquella conversación. Pues esperaba la reacción encolerizada de Victoire Weasley. Algo que, después de pensárselo varias veces, quizás no habría ocurrido. Ahora sí que nunca ocurriría.

-Desde que sé que es posible esa conexión siempre he sabido que Vic es mi Ajayu -Confesó Ted en voz baja. Dominique le obsequió una mirada de incredulidad. -Pero, en el momento en el que anunció que estaba embarazada… Tras su secuestro… Decidí no decírselo.

Ted se mordió el labio. Aquello lo sabía solamente Moonlight y Wakanda. Ahora también lo sabría Dominique Weasley. Y no pasaba nada. Pues siempre había confiado en ella. No le defraudaría.

-¿Por qué? -Preguntó tan rápido como Ted dejó de hablar. -Quiero decir… -Carraspeó. -Es algo único… Es… Os dais fuerzas el uno al otro… Sabéis si estáis bien o mal en cualquier momento…

-Y si alguno de nosotros muere, el otro se convierte en un muerto viviente, ¿lo sabías? -Completó Ted. Dominique asintió. Ted se mordió la lengua por dentro. Claro que lo sabía. Había escuchado que Onawa había muerto. Y le habían dicho que Dominique era cercana a Umi. -No quiero eso para Remus -Declaró. Estando en tiempos de una guerra que estaba llegando, no era buen momento para poner en peligro, si más se podía, a los seres queridos. -Pero, de todos modos, es tarde, ¿no? -Añadió con una triste sonrisa.

-Si sientes que Vic es tu Ajayu… Incluso si se le dices… ¿Por qué has cortado con ella? -Le cuestionó.

Ted le dedicó una mirada de advertencia. No era un tema de conversación que pudiera llevar sin que se le anudara el estómago.

-¿Qué te ha dicho Vic?

-No me ha dicho nada… No… Creo que no quiere hablar de ti -Acabó diciendo Dominique.

Ted se echó hacia atrás en el sofá. No era algo nuevo para él, ¿no? Lebouf se lo había dicho. Le había dicho que el tema Ted Lupin era tabú en el Refugio para Victoire Weasley. Rechinaron los dientes de impotencia.

-Yo quiero a tu hermana, Dom -Confesó. Aunque si Dominique era algo inteligente lo habría leído en su expresión cada vez que pronunciaba su nombre o hablaba de ella.

-¿Entonces?

-¿Prometes que no le dirás nada a nadie? -Advirtió con un gesto serio.

-Sabes que puedes confiar en mí.

-De verdad, no se lo puedes decir a nadie -Repitió. Para asegurarse. Quizás incumpliría en ese momento un par de normas. Pero ya estaba todo perdido. No había nada más que perder en esa batalla. - Nadie.

-De acuerdo -Dominique asintió con firmeza.

-Es por las profecías… ¿Has oído hablar de ellas? -Dominique asintió con cierta reticencia. Ted recordó que en Luperca eran bastante reacios a creerlas, pues anunciaban cosas horribles para ellos. Y para todos. Los licántropos siempre serían criaturas positivas y optimistas. -La señora Breedlove vino a verme hace meses… Quería disculparse por haber creado tensión entre nosotros…-Suspiró.- Y me lo contó todo. No sé qué sabes, Dom, por lo que me ahorraré detalles -Le avisó, mirándola fijamente. - Ella no sabe que yo lo sé. Pero Vic necesita estar sin mí para hacer lo que debe hacer…

-¿Por qué sin ti? -Interrumpió.

-Porque sin mí es… Más libre -No sabía aún cómo aglutinar todo lo que sería Vic sin él.

-No lo entiendo.

-Yo, al principio, tampoco…-Reveló.- Pero mira lo que ha conseguido tu hermana sin mí… Ha convertido el Refugio en una sala de operaciones… Ha acogido a Gwendoline Cross y está convenciendo a toda tu familia de que la acepte… Y… Y hace muchas más cosas que ni tú ni yo sabemos… Pero es así desde que no está conmigo -Resopló.

No podía indignarse porque Vic fuera mejor bruja sin él. Pero le retorcía de dolor y le escocía en su interior pensar que aquello debía ser así.

-Sigo sin entenderlo…

-Es el destino, Dom -Se encogió de hombros.

-Pero… Es tu Ajayu… ¿Cómo…? ¿Cómo puedes dejarla ir?

Aquella pregunta era lo que se llevaba planteando Ted en la cabeza desde que le dijo todas aquellas cosas que en realidad no pensaba. Todas aquellas cosas por las que le dijo que estaban mejor juntos. Sin mencionar el resto que hacía que Ted no quisiera separarse nunca de ella.

-Precisamente por esa razón. Porque sé que es lo mejor para ella y para todos.

-Ella creerá que no la quieres, Teddy -Aseguró Dominique, como si aquello le enfadara.

Ted asintió. No podría esconder que estaba devastado.

-Es lo que debe creer -Dijo tras un pequeño silencio.- Pero bueno… No todos siempre consiguen a su Ajayu, ¿sabes? -Suspiró.- Por ejemplo, Moonlight dice que sabe quién es el suyo pero jamás me lo ha querido decir…

-Tendrá sus razones -Dijo rápidamente Dominique.

Ted alzó la ceja.

-¿Tú sabes quién es? -Preguntó, sorprendido.

-¿Por qué iba a saberlo? -Espetó Dominique con más brusquedad de la que anticipaba Ted.

Volvió a fruncir el ceño.

-Porque se habla mucho sobre eso en Luperca últimamente, ¿no? -Inquirió.

Aunque no era realmente la observación que le había llevado a deducir aquello.

-Cierto -Cedió ella. - Pero no. No sé nada. Tampoco me interesa -Miró hacia otro lado.

-¿Hay algo que debería saber?

-No, Teddy…

Ted seguía con las cejas alzadas. No le convencía en absoluto. ¿Por qué Dominique actúaba así? Sabía que, para Dominique, Moonlight no era el licántropo ideal y tenía una espalda marcada con sus garras para confirmarlo. Entonces, recordó que Moonlight le dijo que Dominique era la que le había convertido en humano cuando le dieron una poción para perder el rastro de humanidad la noche del asesinato de McGonagall. Que sintió que Dominique la llamaba cuando fue seducida por un kelpie. Y recordó, también, la preocupación en el rostro de Moonlight cuando Dominique prendió fuego a la piel de Woods. Oh. Oh. Oh. ¿Por qué no se lo habría contado Moonlight? ¿Eran aquellas indirectas como las que nunca captaba de Vic? ¿O era porque temía la reacción de una especie de hermano mayor? Si eran las dos opciones, tenía toda la razón del mundo. O, quizás, pensaba que no era correspondido.

-¿Cómo te ha ido con Aurel estos días? -Le preguntó, de repente, recordando trozos de información.

Dominique enrojeció.

-Como siempre…Hemos estado con el tío Charlie sopesando las habilidades de mi primo Fred para ser animago… Ya que no quiere acabar Hogwarts y…

-O sea, que has huido de Moonie -Observó, rascándose la barbilla, pensativo con sus teorías.

-Teddy, ¿no tenías un recado que hacer? -Dijo Dominique interrumpiendo su propósito.



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