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La Tercera Generación de Hogwarts » (IV) Capítulo 40: Leopold
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Lunes 25 de Enero de 2021, 16:18
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(IV) Capítulo 40: Leopold

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)
  232. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (I)
  233. (VI) Capítulo 11: Lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos (II)
  234. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (III)
  235. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones
  236. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (II)
  237. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (II)
  238. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (II)
  239. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (III)
  240. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones (IV)


-¡AAAAAGGGH! AIDEZ MOI! ¡MI PIEGNA!

Susan Jordan se giró para ver cómo un hombre con garras de hombre lobo y colmillos de vampiro mordía sin cesar la pierna de Gabrielle Delacour. Su sangre se derramaba. Era una visión horrible como la voz rota de súplica de la Auror.

DESMAIUS! -Gritó Susan hacia el hombre. De su varita salió una luz roja.

El hombre lobo se derrumbó en el suelo. Aturdido por el Encantamiento aturdidor que había conjurado Susan Jordan.

-AIDEZ MOI! -La Auror francesa gritaba de dolor.

Se dispuso a ayudarla.

Una mano le detuvo. Se giró. Seamus Finnigan. Un viejo amigo de su padre. Habían estado asistiendo a aquellos dos magos y a otro Auror que había sido asesinado desde que subieron a aquella planta. No habían parado de hacer frente a todos los miembros del Ojo que los enfrentaban. Cuando el edificio comenzó a temblar, los dementores se acercaron a ellos. Pudieron enfrentarlos con sus Patronus. Y descendieron por las escaleras. Al resto de sus amigos. En lugar de huir. Aquello hubo preocupado a Fred y a Susan de no ser por el hecho de que no hicieron desaparecer a los demás miembros del Ojo.

Seamus Finnigan tenía sangre en su barbilla. Tenía el pelo canoso y tantas entradas que parecía luchar contra la calvicie. Susan lo había conocido tras la amistad que desarrollaron después de la batalla de Hogwarts su padre y él, dos grandes fanáticos del Quidditch. Aunque, por supuesto, Lee Jordan siguió siendo el mejor amigo de George Weasley, como lo había sido durante toda su juventud. Esa era una de las razones por las que Susan y Fred se llevaban tan bien. Estaban destinados. Se habían conocido antes de entrar en Hogwarts. Más fueron las bromas de los primeros años lo que hizo que se uniera aún más a James y a Fred. Y era inevitable que acabara sintiendo algo más que amistad por Fred. Cuando se lo contó a sus padres, no se sorprendieron. Tal y como Lee Jordan nunca había podido ser neutral con Gryffindor, parecía tener el mismo sentimiento hacia Fred Weasley. «¿Utilizáis el mismo champú?», fue lo último que le preguntó su padre en referencia a Fred en su última carta. No obstante, tras su infarto unos años antes, su madre le avisaba que debía controlar su energía, por lo que sus comentarios no gozaban de la misma chipa que antaño.

Todo aquello cruzó por la mente de Susan Jordan cuando el antiguo amigo de su padre se acercó a ella. Su padre le había dicho en una carta que «tuviera cuidado con los descendientes de las personas más valientes que conozco». ¿Sabría su padre algo de la misión de aquel día? Él también había formado parte del Ejército de Dumbledore. Él había sido el creador de la Pottervigilancia.

Aquello le hizo volver a la realidad.

 El pelo húmedo de las goteras que caían del hielo derretido. Parecía como si estuviera lloviendo dentro del castillo. Negó con la cabeza.

-La llevaré al Refugio… -Dijo. Señaló a la Auror francesa. Lo decía con el ceño fruncido y severamente preocupado por la mujer que gritaba ayuda en francés. -Tenéis que buscar a Lupin… ¡Rápido! ¡Salid de aquí si no lo conseguís!

Corrió hacia la mujer. Le ayudó con unos encantamientos en la herida. Susan Jordan se volteó para seguir las indicaciones de Finnigan e ir a por Imogen. Completar aquella maldita misión que había acabado con la vida de Aurores. Con la de un licántropo. Había herido a tantos.

Fred la cogió de la cintura. La acercó al torso de él. Posó un beso sobre su coronilla. Sintió su respiración contra su cuello. Y un cosquilleo en su estómago. Fred tenía la capacidad de tranquilizarla y ponerla nerviosa a la vez. Incluso en el peor de los momentos.

-Ve con ellos -Le pidió.

Sus ojos se mostraban tan preocupados por ella que casi le hizo caso.

Ella negó con la cabeza. Enroscó su mano en la varita. Se separó de Fred.

-¡Vamos a por Imogen! -Recordó ella.

Algo chocó con ellos e hizo que se separaran.

El vampiro que antes habían visto pasó por ellos con Charlie Weasley en brazos. Al verlo, Susan había temido su presencia. Más, Gabrielle les indicó que estaba de su parte. ¿Un vampiro de parte del Temple? Por supuesto. El Temple podía conseguir que incluso una colonia de dragones dejaran a su líder estar allí. Era de una palidez atractiva. Con apariencia joven. Dientes de los que brotaba sangre. Una criatura que no podía salir durante el día, más, en el Norte, pese a ser tarde, ya era de noche. Al pasar a través de ellos, ni siquiera se paró a ver quiénes eran ellos. El cuerpo del tío de Fred se sacudía y gemía en los brazos del vampiro.

-¡Corred! -Les apremió Seamus Finnigan.

Bien. Tenían que buscar al Teddy Lupin.

Les adelantó hacia donde Finnigan les había dicho que debían ir para acudir a la llamada de Ted Lupin.

Mientras, el vampiro llegó a la terraza. El edificio sufrió una sacudida. Susan tuvo que agarrarse a Fred para no caerse de bruces al suelo. Fred la sujetó como pudo. Pudo ver el temor reflejado en los ojos de Fred. Más también el coraje que les hacía ser Gryffindor.

El balcón se desprendió del edificio y cayó a las aguas gélidas del Norte. El edificio comenzó a descender. El suelo temblaba. El agua corría por las paredes. Parecía que llovía.

Vieron al vampiro saltar con Charlie Weasley en sus brazos hacia el vacío y las aguas heladas.

-¡NOOO! -Gritó Fred.

Susan lo agarró con las dos manos hacia ella para que no fuera tras ellos.

Las alas de Noberta generaron el alivio en el interior de Susan y de Fred, cuyos brazos se habían tensado mientras estaban entrelazados. La dragona llevaba en sus lomos al vampiro y a tío Charlie. El fuego de su boca les sorprendió. Más lo lanzaba hacia el centro del edificio. Para hundirlo sobre las aguas.

Observaron a tío Charlie incorporarse sobre Norberta. Entrecerraba sus ojos hacia ellos. Les hizo un gesto con la mano. Como una despedida.

-Finnigan se ha llevado a Delacour -Informó rápidamente a Fred, al ver que estaban solos en aquella habitación. Cuyas ventanas habían roto los Aurores al entrar. -Vamos a por…

-Se ha llevado a tío Charlie y a Norberta -Dijo Fred. Susan vio alivio en sus ojos. -Sue, debemos irnos…

Intuía que iba a decir aquello.

-¿Y James? -Preguntó Susan.

Fred negó con la cabeza, sacudiendo sus rizos.

-Estará bien… Siempre lo está… Pero nos dijeron que ayudásemos a los Aurores y ya no hay ninguno -Razonó Fred.

Era cierto. Estaban solos. Los demás estaban muertos. Finnigan se había llevado a Delacour. Su tía Charlie había desaparecido con Norberta y el vampiro. Y no sabían nada de los demás.

Se dieron un apretón de manos para desaparecer juntos. Algo que habían tenido que aprender a la fuerza. El Ministerio, hacía unos días, les había dado el título a aquellos guardianes que sabían aparecerse. Ellos dos lo habían conseguido. Estaban consiguiendo tantas cosas juntos.

No obsante, algo lo evitó que consiguieran salir de allí en ese instante.

-¡LEOPOLD! -Susan se estremeció al escuchar aquella voz.

Nunca la había escuchado. Nunca. Se giró para ver quién era. Pues era familiar, pese a saber que no sabía quién era.

Un hombre robusto. Alto. Con una capa negra. Una varita alzada hacia ellos. Unos pasos decisivos hacia ellos. Un rostro que no conocía. Pero que era vagamente familiar. No supo por qué. Más sintió un escozor por todo el cuerpo.

DESMAIUS! -Conjuró Susan hacia él.

EXPELLIERMUS! -Dijo él. Acto seguido, soltó una risa. La varita de Susan salió disparada por los aires. Ella sacó la daga que le había dado McKing. Con cuidado. Se la enseñó. Pero el hombre le sonreía. Con sorna. Como riéndose de ellos dos. -¡Soy Norman! -Le dijo. Miraba fijamente a Susan. Ella se estremeció. Fred se interpuso entre el llamado Norman y ella. Más ella alzó la daga. No. No permitiría que a Fred le pasara algo. Debían salir de allí. -¡Tu amigo Norman! ¡Íbamos a ir juntos a la boda de los Weasley!… ¡Pero la jodimos! ¡Te han encerrado en el cuerpo de esa muchachita! ¡Despierta, Leopold Rookwood!

Susan sintió el vello de su piel erizarse. Sus manos temblar sin que ella supiera cómo.

-¿Qué demonios…? -Escupió Fred hacia el hombre.

-¡No sé de qué habla! -Dijo Susan.

Despesperada. Frustrada por sentir cosas en su cuerpo que no le pertenecían. Por respirar de un modo diferente al que lo haría con normalidad. No sabía que estaba pasando. Pues, era cierto, no sabía a qué se refería. No sabía quién era ese hombre. Y, sin embargo, era infinitamente familiar. Como un rostro de un sueño. O de una pesadilla. Como un recuerdo de otra vida.

-Ohhh -Ovacionó el hombre. Se llevó las manos a sus caderas. Los señaló. Soltó una carcajada. -Sois pareja… Qué romántico… ¿Verdad, Leopold? ¡Te estará encantando! -Se volvió a reir.

A Susan se le escapó un gruñido.

Fred alzó la ceja hacia Susan. Preocupado. Más que en todo aquel día.

-¿Estás bien? -Ella asintió.

-¡LEOPOLD ROOKWOOD! -Susan vio a Fred estremecerse. Pero se quedó paralizada. No pudo darle la mano como le gustaría. Ni decirle en voz baja algo para relajar su tensión msucular. Era como si su cuerpo se hubiera quedado congelado. Como si no pudiera ejercer control sobre él. Sus dedos acariciaron la cuchilla de la daga sin ella darles ninguna orden. -¡El hermano de Augustus Rookwood! ¡El hermano del asesino de…! ¿Cómo se llamaba? ¿Fred Weasley?

Vio que Fred tembló de ira.

DESMAIUS! -La luz azul salió de la varita de Fred. El hehizo dejó inconsciente a Norman. Lo derrumbó sobre el suelo.  Con tanta fuerza que su cabeza chocó contra el suelo haciendo un sonido seco. Fred se giró hacia Susan. Sin importar si había matado a alguien. Más preocupado por Susan que por sus propios actos. Pero esta no podía moverse. -¿Has escuchado lo que ha dicho…?

No le dejó acabar.

El cuerpo de Susan se movía solo.

Paseó su mano, empuñando la daga, sobre el rostro de Fred, haciéndole una incisión en la mejilla. Fred se echó hacia atrás. Le miró aturdido. Susan quiso gritar. Quiso sacudir lo que fuera que tuviera en su interior. ¿Estaba bajo Imperium? ¡No! ¡No se sentía en trance! ¡Pero debía estarlo! ¡Ella jamás le haría daño a Fred!

Entonces, lo supo.

-Exacto, Susan Jordan -Dijo su  propia voz. La de Susan Jordan. Solo que ella no quería decir nada de aquello. Sonó gutural. Más grave. Una voz que salía de su cuerpo y que se dirigía a ella misma. -Vamos a repetir la historia… Un Rookwood y un Fred Weasley…

Sintió que su cuerpo se sacudía por la risa. Una risa que no era de ella. Sintió que sus ojos se centraban en Fred. El muchacho, aún perplejo, la miraba con la frente arrugada. ¡No sabía lo que le estaba pasando por dentro a Susan Jordan! ¡No era consciente de su estado! ¡Las pesadillas en niebla eran reales!

¡No! ¡No! ¡Ella no podía ser como Molly Weasley! ¡No! ¡Ella no era una Rookwood! ¡Ella era Susan Jordan! ¡No podía hacerle daño a Fred! ¡No! ¡Debía haber algún modo de evitar aquello! Quiso patalear dentro de su mente. Quiso gritar. Bramar que le devolvieran el control sobre sí misma. Chillar.

Vio en los ojos de Fred que no comprendía qué estaba pasando. ¡Debía huir de ella! ¡Debía desaparecer! ¡Dejarla abandonada! Oh, pero eso jamás lo haría Fred… ¡Lo iba a matar! ¡No podía controlar su cuerpo!

«¡Huye!» Gritó en su interior. Pero no pudo formular palabra.

Su pecho volvió a sacudirse. Las comisuras de sus labios se elevaron en una sonrisa tan sádica que quiso morir allí mismo.

-¿Sue? -Le cuestionó extrañado Fred.

Se escuchó un estruendo bajo sus pies.

El suelo tembló. Se inclinaron de nuevo. Aquella, una inclinación vez más pronunciada.

El agua del hielo que corría por el pasillo hizo que se escurrieran. Ambos acabaron deslizándose en vertical por el pasillo hasta la pared del extremo. Sobre la que sus cuerpos se lanzaron y se estrellaron por la inercia de un edificio que se volcaba sobre el agua. Lentamente. Pero a una velocidad que hacía temblar todo a su alrededor.

El cuerpo de Susan se incorporó sobre lo que antes había sido una pared y ahora era suelo. Miró el agua correr por el pasillo que ante ella se volvía en una gran chimenea en verticual de la que caía agua. Su pelo rizado caía sobre sus hombros húmedos. Sus ojos se centraron en Fred.

Sintió cómo su cuerpo se tensaba. Cada músculo. Se llevó la empuñadura de la daga a los labios. Se inclinó. Entrecerró los ojos hacia Fred. Como si fuera una presa. Se relamió los labios.

Fred la miraba perplejo. Aún sin saber qué estaba ocurriendo.

«¡Sal de aquí!» Quiso gritarle Susan con todas sus fuerzas. «¡No soy yo!».

Susan se abalanzó sobre Fred con la daga en la mano. Y, una vez que su cuerpo chocó contra el de Fred, le asestó una puñalada en el muslo. Fred gritó de dolor. Ella se rio de él. Sacó la daga del músculo de Fred. La observó. Se la llevó a los ojos de Fred. La sangre de Fred goteaba. Manchando la sudadera de bateador de Quidditch que llevaba Fred. La punta de la daga señalaba el corazón de Fred.

Entonces, Susan pensó con tanta fuerza que hizo que su mano se detuviera mientras Fred agonizaba de dolor. «Maldita sea, Fred, clávame la daga a mí…». Pero sabía que no lo haría. Y supo, con toda la certeza del mundo, lo que debía hacer.

Sabía que si acababa con la persona que la poseía, ella moriría con su huésped. Con Leopold Rookwood. Era lo que había entendido Lily Potter cuando Molly Weasley acabó con todos aquellos alumnos. Había sido poseída por otra alma. Que controlaba su cuerpo. ¡Ahora lo entendía! Lily Potter había tenido el coraje de acabar con su prima Molly Weasley. Más, como les contó James que le había dicho su hermana: «Molly ya no existía».

Y Fred también moriría. Quizás no a la vez que ella. Quizás no del mismo tipo de dolor. Pero pasaría. Uno no podía vivir mucho tiempo si le rompían el corazón.

Pero ella no podía ser el cuerpo que lo asesinara.

Ella ya estaba muerta. Susan Jordan ya estaba muerta. Ya no existíra. Solo en su mente. Sin voz. Sin dominio. Solo para ser testigo de las muertes que corrieran a su cargo. Solo existiría su cuerpo. Susan Jordan ya no existía. Leopold la había conquistado. Susan Jordan ya no existía.

No.

Lo último que haría sería salvar a Fred. Salvar a los fuegos artificiales que la habían acompañado todo aquel tiempo. Los que le habían hecho creer que era especial. Los que le habían prometido que sería Sanadora. Al menos, aunque no alcanzara el título, conseguiría salvar a alguien. Y esa persona era Fred. Su Fred. El recuerdo que la hacía tan feliz que podía convocar Patronus con solo evocar su risa.

Su mano no iba a acabar en la dirección que su cuerpo quería.

Debía evitar que Leopold matara a Fred.

Y podría evitarlo. Podría evitarlo porque amaba a Fred. Y jamás le haría daño. El amor era una fuerza poderosa. Y Susan estaba llena de ella. La sentía. Era, de hecho, lo único ue percibía del mundo en aquel instante. De su mundo. Encerrada en un asesino.

Y debía ponerle fin.   

 No era algo que no hubiera ocurrido antes. La muerte sería otra aventura más. Cuando un guerrero veía su inevitable muerte, decide tomar primero su propia vida. Para evitar que no perecieran más a su costa. Sabía que muchos aceptarían aquello. Habría muerto con honor. Habría salvado vidas tan solo arrebatándose la suya.

Salvar a Fred era suficiente.

En el momento en el que tuvo control sobre la daga y la detuvo antes de rozar a Fred, contempló a la muerte. Susan llegó a un acuerdo con ella. La había aceptado. Sin embargo, supo que Fred tardaría en hacerlo. Por eso su expresión fue indescifrable. De todo lo que no pudo decir por lo que estaba ocurriendo en tan solo unos segundos.

Susan lo miró a los ojos.

-Siempre te querré -Entonces, hundió la daga en su propio corazón con tanta fuerza que lo paró al instante.

No fue un golpe tan preciso como le hubiera gustado, no con la habilidad con la que un asesino lo habría hecho. Pues era ella la que controlaba la daga. Luchó por clavarla lo suficientemente profundo en su corazón, sin estar segura de poder hacerlo desde aquel ángulo. Entonces, su lucha se detuvo. Sintió que había acertado.

Estrelló sus labios por última vez sobre los de Fred. Respondieron aturdidos. Se separó de él. Casi en una sonrisa. Aunque llena de dolor.

-¿Susan…?

-No me olvides -Susan se quedó sin aliento.

Esas fueron sus últimas palabras.

Pudo ver a Fred. Su rostro lleno de horror. Su grito quedó insonorizado por el vacío que se apropió de ella. Por la oscuridad. Por la muerte.

Y, de pronto, dejó de sentir por completo.

No notó que la zarandeó.

Que la sacudió.

Que gritó su nombre y pidió ayuda.

Que no entendía lo que había ocurrido.

Que la amaba.

Que ella no podía morir. No. Ella no.

Pero sí supo que Fred estaba a salvo.

Supo que no se lo pensó dos veces y desapareció con ella y apareció en la Madriguera. Con su cuerpo en brazos. Ambos húmedos por el hielo. Con la piel pálida y los labios morados. Con el cadáver de Susan Jordan atravesado por una daga clavada en el corazón.

Supo que haría todo lo posible para devolverle la vida.

Pero ya era tarde.



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