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La Tercera Generación de Hogwarts » (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Domingo 17 de Enero de 2021, 16:45
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(IV) Capítulo 33: La sede del Temple

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)
  232. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (I)
  233. (VI) Capítulo 11: Lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos (II)
  234. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (III)


Se pasó la chaqueta vaquera por los hombros. Intentó taparse su rostro con el pelo rizado. En vano. Quien la viera y fuera alumno de Hogwarts sabría quién era ella. Su pelo negro era una nube que la acompañaba allá donde fuera. Era alta. Tenía los labios carnosos. Ojos grandes. Y, por mucho que fingiera pasar desapercibida, era imposible que lo hiciera.

Era Monique Jordan.

E iba sola a Cabeza de Puerco.

Respiró profundamente antes de entrar. Llevaba tiempo yendo y esquivando las preguntas de Vivian. Le daba miedo. La aterrorizaba. Su pánico interno le pedía que huyera de allí cada vez que divisaba el pañuelo de flores con el que se cubría aquella señora su cabello.

Eso la hacía valiente. Estar muerta de miedo y seguir yendo. Eso había matado a Roxanne. Suspiró. Odiaba verla como un fantasma. Lo evitaba. Y, cada vez que pasaba por el pasadizo del Sauce Boxeador, no podía hacer como si no supiera que estaba allí. Quería abrazarla. Pero se escaparía entre el aire. Quería contarle que tenía miedo. Pero la convencería de no ir si se sentía así. Quería decirle que la echaba de menos. Pero su mejor amiga ya lo sabía. Y, sobre todo, quería decirle que ella también la quería, pero no como Roxanne la quería a ella. No se atrevía a hacerlo. Se sentía culpable de no sentir lo mismo. Suspiró. Por eso haría todo lo posible para que su amiga la perdonara por no ser correspondida. Como, por ejemplo, acabar su tarea. Protegerles a todos.

Giró el pomo de Cabeza de Puerco.

Una mano se posó en su hombro.

Ella se tensó. Se detuvo. Miró hacia su izquierda lentamente. Se mordió la lengua por dentro.

Allí estaba. Vivian.

Su menuda cabeza. Sus ojos penetrantes. Su pañuelo de violetas atado a su cuello que ocultaba sus hebras plateadas. Sus gafas extravagantes. Su escuálido y delgado cuerpo bajo una blusa del color de su pañuelo. Y una falda por debajo de la rodilla. Con unos zapatos cerrados y llenos de barro. Una sonrisa que escondía peligro. Solo podía ser peligro.

-No sabría si vendrías, jovencita -comentó. Apretó su agarre en el hombro. -Venga conmigo… -La empujó hacia el camino que salía de Hogsmeade hacia la estación del Expresso. Donde nadie nunca iba. Dejó que la puerta de Cabeza de Puerco se cerrara. ¿Debería utilizar en ese momento la moneda del Ejército de Dumbledore? -Apresúrese…

Le instó.

Ella obedeció. Miró hacia atrás conforme Cabeza de Puerco se alejaba. Si hubieran quedado allí, los señores Hegarty eran su salvaguarda. Pues sabían qué era lo que estaba haciendo Monique Jordan. Chris Nott insistió en que, al menos ellos, estuvieran pendientes de la joven.

Y no sirvió para nada.

Como si Vivian se hubiera adelantado.

-¿A dónde vamos? -preguntó Monique Jordan.

-A donde nadie nos vea -respondió enigmáticamente Vivian.

Se le encogió el corazón. Y comenzó a bombear con aún más fuerza. Nunca había sentido la adrenalina correr a tanta velocidad por sus venas. Sus piernas flaquearon. Intentó que Vivian no se diera cuenta. ¿Por qué la llevaba fuera? Probablemente para nada bueno. No obstante, Monique Jordan quería asegurarse. Ella era la única conexión que podía tener el Ojo con Ivonne Donovan.

Y ni siquiera sabía cómo era.

Debía seguir siendo un cebo.

Por Roxanne.

-¿Por qué no nos puede ver nadie?

Se habían distanciado del pueblo. Si gritaba, ¿la escucharían? Nunca se había preguntado si estaba preocupada para matar o morir. Hasta que Lily Potter les dio una lección a todos. Ella supo qué era lo que había hecho Lily Potter. Ser valiente. La admiró. ¿Era lo suficientemente valiente como para matar para sobrevivir? Estaba por verse.

Estaba tan ensimismada en su plan de huida, que no se percató de que Vivian se había detenido y se había posicionado en frente de ella. Ni de que le apuntaba al rostro con la varita. Ni de que la miraba con la misma mirada que se había imaginado que portaría un asesino. Un asesino entrenado. Un asesino experimentado. La muerte le sopló en la nuca. El vello se le erizó.

IMPERIO! -Gritó Vivian. No experimentó nada desagradable. Todo lo contrario. De pronto, Monique Jordan se quedó en calma. Ya no estaba nerviosa. Su angustia desapareció. Y su responsabilidad también. -¿Dónde está Ivonne Donovan? -Le cuestionó, acercando su varita a su rostro. -Te ordeno que me lo digas.

Monique experimentó una sensación agradable. Como flotando. Toda preocupación extinguida. Todo pensamiento desaparecido. Solo le quedaba una felicidad vaga que había añorado. Y no sabía de dónde procedía. Se quedó allí. Relajada. Consciente de que Vivian esperaba una respuesta.

Ella no era Guardiana de Secretos.  Divulgaría secretos. No tenía el Encantamiento Fidelius que le permitiría encubrirse en su propia voluntad a la que ni la Maldición Imperius podría acceder.

-No lo sé -respondió.

El cebo habría funcionado. ¿Era el momento de morir? ¿Estaba preparada para morir? Sonrió. ¿Por qué lo hacía? No sabía decirlo. Pero se sentía muy bien así.

-¿Quién la esconde? -preguntó, con una sonrisa nerviosa.

-La Orden del Temple -contestó simplemente.

Monique Jordan sonrió. No supo por qué. Era como si necesitara hacerlo.

-¿La Orden del Temple? Esa Orden dejó de existir hace tiempo, jovencita…

-Sigue existiendo… William Crawford es ahora su líder -respondió con todo el conocimiento que las charlas de James Potter en la Casa de los Gritos le habían proporcionado.

-¿Y dónde están? ¿Dónde está William Crawford?

-En el Temple -dijo ella.

Eso era lo que decían cuando se referían a la Orden. ¿No? Pero era en clave. ¿Qué significaba eso para Vivian? ¿Sabía dónde era el Temple? Era una Orden. No un lugar. O un barrio de Londres. Donde podían encontrar el nombre que les había dado. William Crawford.

Estaba en una felicidad extrema. No le preocupó aquello. Volvió a sonreír.

Aquello pareció enfurecer lo suficiente a la mujer como para gruñir. Encajó la mandíbula con tanta fuerza que incluso Monique Jordan lo oyó. Su cabeza se balanceaba. Con los dientes mostrando su sonrisa. No estaba preocupada. No sentía dolor. Ni angustia. ¿Y si se quedaba así para siempre? Le encantaría. Era maravilloso. Una sensación maravillosa.

Vivian alzó la varita de nuevo hacia ella. Mirándola con rabia. Como si lo que le hubiera dicho no era lo que quería escuchar. Ella simplemente sonreía. Feliz. Llevaba mucho tiempo sin ser feliz. No le dolían las comisuras de sus labios de tanto hacerlo.

¿Se deshacería ahora de ella? Qué más daba. Si, total, para lo que había servido. Chris Nott tendría que encontrar a otra persona para ayudarle a salvar a los experimentos del Ojo. Ella estaría mejor muerta. Como Roxanne.

Una luz salió de la varita de Vivian.

-Obliviate -conjuró.

Soltó una risa relajada.

-¿Estás bien, Gwen? -le preguntó Lola. Asustada. -Eso ha sonado casi a como si estuvieras feliz… -Se aventuró a decir.

Gwendoline retuvo su risa en sus pulmones. Bufó. Miró a Lola Brooks. Estaba tumbada en el sofá. Boca arriba. Con su cabeza saliendo por el reposabrazos. Y con la cabeza cayendo hacia el suelo. Su pelo negro rozando el mármol. La miraba con intriga.

Desde el sillón en el que leía una carta de Frank, le obsequió una mirada desafiante. Rodó los ojos. Entendía que Lola estuviera aburrida. Pero ella no era su niñera. No cuando la ponía de los nervios. La podría haber encerrado en el baño. O amenazarle con un cuchillo de la cocina para que la dejara en paz. Cortarle algún dedo del pie. Ahogarla con sus manos sobre su cuello. Suspiró. Había tantas formas de hacer que Lola la dejara en paz. Y no podía hacer ninguna. Aunque su interior lo estuviera deseando.

Era difícil dejar antiguos hábitos.

La magia no funcionaba con Lola. Pero, para Gwendoline, aquello no era ningún problema. La magia no era la única forma de acabar con la vida de una persona. De amenazarles. De ordenarles que hicieran algo que no querían. El Ojo se había encargado de enseñarle aquello.

Y también de darle impulsos que no eran propios de una civilización pacífica.

-Estabas mejor cuando no estabas aquí -le contestó simplemente.

-Tú tampoco eres mi persona favorita -resopló Lola.

Gwen no soportaba a Lola. Aunque debía reconocer que aquella squib tenía agallas. Era astuta. Pero la sacaba de sus casillas. Se vestía como si fuera su último día, decía ella. No lo dudaba. No dudaba en que algún día fuera su último si Gwen era el objeto de su diversión. Cantaba casi las veinticuatro horas del día. Le preguntaba al señor Crawford preguntas absurdas sobre el mundo mágico. «¿Sabéis si hay vida en otros planetas?». «¿La magia viene de otro mundo?». «¿Se puede hacer magia sin varita?». «¿Por qué se oculta el mundo mágico a los demás?». «¿Conocéis a Melissandre?». «¿El hada madrina existe?». «¿Los hijos de los vampiros y los humanos son como Renesmé?». El señor Crawford le contestaba a todas las preguntas como si fuera un concurso muggle de televisión. Una entrevista. Gwen apretaba con fuerza el tenedor para no clavárselo en la yugular.

Definitivamente sus hábitos de asesina eran difíciles de erradicar.

-Leía una carta de Frank -aclaró Gwen.

Solo por esa razón, quería ser más sociable. Y menos asesina despiadada entrenada desde los cinco años. Le costaba. Sólo era una persona normal cuando estaba con Frank. ¿Con los demás? El señor Crawford había descubierto que Gwen tenía una navaja metida dentro de su calcetín. Una daga en su cinturón. Y dos pistolas en su funda para armas que Lola había denominado «sobaquera». Acopladas al hombro, quedando el arma debajo de su axila. Una posición cómoda. Práctica. Podría sacarlas en cuestión de segundos.

Otra lección del Ojo. Si solo se aprendía a atacar con la varita, ¿qué harían cuando se las arrebatasen con un simple Expelliarmus? Exacto. Había más formas de morir para los magos. Y una bala en la frente también era una de ellas. Era jugar sucio para los más nostálgicos. Olvidaban que podrían protegerse con un Protego. Pero ella era experta y rápida. Y de una pulañada nadie se libraba. Aunque con magia pudiera vivir. Los magos no solían utilizar Maldiciones para matar. E incluso así. El Ojo no aprobaba a los muggles… Pero, oh, la tecnología. Muchos científicos eran miembros del Ojo. Tecnología y magia. Los haría poderosos. Ciencia y magia. Ya lo estaban haciendo.

Por esa razón, Gwen estaba armada hasta los dientes. Los miembros del Ojo también. Los aplastarían si solo utilizaban un par de hechizos. Se lo había avisado a William Crawford. Y él asentía. ¿No pertenecía a la Orden que unía a muggles, magos y criaturas mágicas? Él sabía que aquello era cierto. Pero no podían romper el Secreto. No podían pedir ayuda a los muggles. No. Eso les pondría a ellos contra toda la comunidad mágica. Y la última vez que lo propusieron. Fueron quemados en la hoguera.

Ivonne Donovan se había opuesto a tener a una asesina con su chupa de cuero. Sus dagas ataviadas en sus piernas. Sus pistolas en sus axilas. Y un puño americano que se lo turnaba de mano a mano mirando a Lola cuando preguntaba preguntas absurdas al señor Crawford.

Pero. Aquella casa era del señor Crawford. Y, como era lógico, lo consideraba una buena medida de seguridad.

-No pareces el tipo de mujer que se enamora del quarterback -le dijo Lola. -Te pega alguien como yo… Que esté a tu altura.

Gwen rodó los ojos.

Oyó una exclamación en la sala contigua. Era Ivonne Donovan. Estaba reunida con el señor Crawford y con un Auror de origen francés. Bastien Lebouf. Sabía quién era ese muchacho. Porque lo había tenido que vigilar cuando algunos comenzaron a dudar de él.  Había llegado para informar sobre la próxima misión que liderarían los Aurores.

-Ni siquiera yo estoy a la altura de Frank -resopló Gwen.

Se acomodó en su butaca. Acarició la caligrafía de Frank. Era redonda. Pequeña. Repasó las líneas que le habían hecho reír. «Por favor, no me mates por no haber ido. Pero es que sabía que si alguno te descubría y te amenazaba, les rebanarías como capas de cebolla». Volvió a sonreír. Aunque Frank lo dijera en broma, lo cierto es que no estaba lejos de lo que podría pasar como alguien le tocara las narices.

-Bueno, estoy segura de que el resto de guardianes opinará exactamente eso…-Se burló Lola.

Gwen escuchó la ventana del salón que daba a la calle temblar. Como si alguien se hubiera chocado con ella y la inercia la devolviera a su sitio. Átomos vibrando.

Se incorporó de un salto. Se posicionó delante de Lola.

-¡Levántate! -le ordenó de un chillido.

Lola lo hizo, balanceándose, se acomodó la blusa. Gwen vio que estaba descalza. Cómo no. Le empujó hacia la sala cerrada donde se encontraban Ivonne, el señor Crawford y Lebouf. Gwen se sacó una de las pistolas de su funda. Se la tiró a Lola quien la cogió con algo de temor.

-¿Qué…? -Gwen le indicó que se marchara.

Era apretar el gatillo. Ni siquiera tenía el seguro puesto. Suspiró. Sacó su varita de la chupa de cuero. Se agachó para sacar el machete de su calcetín. Lo abrió. Se puso la cuchilla en los dientes y los apretó con fuerza. Cogió la pistola con la otra mano.

Caminó sigilosamente hacia el lado de la ventana. Hacia el muro que la escondería. Le exigió con la mirada a Lola que entrara y le hizo una seña para que no dijera nada. Silencio. Mientras Lola giraba el pomo de la puerta, Gwen recordó que la señora Brooks estaba en la cocina. Mierda.

-¡AAAAAAAAAAAAAARHG!

Una persona se apareció rompiendo el cristal de la ventana en añicos para entrar. Gwen se abalanzó hacia él. Le dio una patada en el torso. Lo noqueó con el codo sobre su lumbal y lo tumbó. Puso su pierna sobre su barriga para que no se moviera. Definitivamente era un miembro del Ojo.

Aún con el machete entre sus dientes, se arrodilló ante él. Y con giro de cabeza hizo un corte que cruzó todo su cuello. Expulsó el machete con su lengua. Lo tiró al suelo. La sangre comenzó a brotar estrepitosamente de su yugular. Y bañó el tapiz. Miró a la ventana. La había roto, maldita sea.

Observó a la señora Brooks acercarse a ella.

-¿Qué…?

-¡Escóndase! -le ordenó. Entonces, vio que aquel hombre tenía el puño cerrado. Le dio una patada. Una granada salió de su escondite. -¡MIERDA!

Se lanzó corriendo sobre la señora Brooks. Puso su cuerpo para protegerla.

El estallido de la granada sacudió todo el edificio. La planta del salón se cayó con el hombre que la sostenía. Las llamas comenzaron a asomar entre las cortinas. Las losas y el mármol estaban rotos. De un segundo para otro, todo eran escombros, polvo y fuego. Gwen miró de reojo hacia el agujero que había creado para el exterior aquella explosión.

-¿Qué está ocurriendo? -se escandalizó la señora Brooks.

Estaban en la cocina. Los muebles se habían sacudido. Mierda. Vio que la hornilla desprendía olor a gas. Tuvo una idea. Pero tenía que desalojar a todos. Tenían que deshacerse de todo lo que había en aquel apartamento. El Ojo les había descubierto. El resto no tardaría en llegar.

-¡CRUCIATUS! -Escuchó de una sombra que se apareció en el salón.

La Maldición iba hacia ellas.

Expelliermus! -Convocó Gwen para desarmar a aquel hombre.

Había recibido antes Cruciatus. Y había peleado puño contra puño con la maldición Cruciatus. Ella estaba preparada para aquel encuentro. Pero el resto no.

Del hueco del edificio entraron tres figuras más.

Gwen desarmó finalmente a su oponente.

Vio a la nueva sombra. Una menuda. Anciana. Vivian Onlamein. La saludó. Su tía abuela. La que le clavaba dagas en la mejilla cada vez que perdía en un duelo cuando tenía ocho años. Una gran infancia había tenido. Sí.

-Cuánto tiempo, querida -la saludó.

Ella rugió. Odiaba a esa mujer con toda su fuerza.

Confringo! -Conjuró Lebouf saliendo de la sala con la varita por delante.

La persona a la que la conjuró profirió un grito de dolor y se derrumbó en el suelo.

Gwen aprovechó para sacar a la señora Brooks de la cocina. Usaba su propio cuerpo como protección para la mujer que temblaba de terror. Tres personas más se aparecieron a través del hueco del edificio. Resopló. Apuntó con su pistola y les disparó. Tres balazos.

-¡Argh! -Se lamentó uno al que asestó en el cuello. Para desangrarle. No había tenido margen físico, al intentar proteger a Brooks y lanzar un hechizo de protección con la otra mano.

Disparo. Disparo. Gwen sonrió satisfecha. Los dos los habían recibido en la frente.

La señora Brooks miró, horrorizada, a Gwendoline. Gwen la empujó hacia la entrada, mientras Lebouf cubría su huida con la varita en alto. La señora Brooks le pidió con los ojos que protegiera a su hija. No hacía falta leer la mente para saberlo. Ella asintió. Su trabajo aunque no lo deseara.

-¡CRUCIATUS!

-¡CRUCIATUS!

-¡CRUCIATUS!

Gwen se giró. Tres Maldiciones Imperdonables.

Lebouf no pudo responderlas. Pues, justo en ese instante, Ivonne Donovan salió de la sala. El Auror recibió los tres Maleficios sacudiéndose. Se derrumbó sobre el suelo. Gwen maldijo para sus adentros. Temblaba sobre el suelo y comenzó a soltar saliva por la boca.

AVADA KEDAVRA! -Formuló Ivonne Donovan hacia uno de ellos.

Ivonne Donovan formuló otro hechizo y acabó con todas las sombras menos con Vivian. De un solo hechizo, acabó con todos a la vez. Asesinándolos. Gwen frunció el ceño. Creía que Ivonne Donovan era algo más pacífica.

Como si hubieran sido llamadas para sustituir, diez miembros más se aparecieron al instante.

-¡PROTEGO! -Conjuró rápidamente el señor Crawford, saliendo y protegiendo a Lola.

Esta fue corriendo a acercarse a su madre. Gwen las posicionó detrás de ella. Su trabajo. Protegerlas. Morir o matar era el lema cuando ella entrenaba.

Vio que la señora Onlamein alzaba los ojos hacia las personas que Gwen protegía.

Muy bien. El Ojo acababa de descubrir que Ivonne Donovan tenía una hija y una nieta.

Diez contra una vieja maga. Un mago líder de una secta. Una asesina. Contra diez asesinos magos entrenados para matar o morir desde que tenían uso de razón. Gwen resopló. Debían de sacar a las Brooks de allí. Miró a Lebouf. Y, como no hicieran algo pronto, ese muchacho moririría allí mismo.

Gwen volvió a disparar a los miembros. Muerto. Muerto. Encantamiento de Protección. Bufó. Muerto. Y, por cada uno que moría, volvía otro. Tenían un ejército infinito. Ivonne Donovan se batía en duelo con Vivian Onlamein. Su amiga de la infancia, como había oído al Ojo relatar. Y el Señor Crawford estaba en duelo con tres encapuchados.

Sintió una mano alzarse a su lado con otra pistola. Lola disparó a los miembros a su lado. Gwen sonrió. Le tendió la otra pistola. Lola la cogió con decisión. Se había puesto de pie al lado de ella. Tenía una mirada desafiante. Y no tan mala puntería. Escucho sus disparos mientras ella lanzaba maldiciones.

Gwen saltó entre los escombros hasta llegar al señor Crawford. Le asistió en el duelo. Le lanzó una daga a uno. Y se batió en un combate marcial hasta ahogar con sus manos a otro.

-¡Tu día ha llegado, Ivonne! -Sentenció Vivian. -¡Tu día y el de tu familia! ¡Nos pertenecéis!

Gwen miraba de vez en cuando a Lola. Estaban detrás de ellos. A salvo, por ahora. Vio a Bastien Lebouf retorcerse de dolor y gritar. Oh, podrían ser sus últimos alaridos. Se mordió la lengua.

Cada vez llegaban más encapuchados.

No lo conseguirían. Ella podía ser una asesina de la hostia. Pero no podría contra la mitad del ejército del Ojo.

Ivonne Donovan era la que estaba lanzando un Avada Kedavra. Y Vivian intentaba desarmarla. Los torrentes de luz eran lo único que alumbraba aquel apartamento en ruinas.

Los gritos de Lebouf y los maleficios, los únicos ruidos.

El olor a gas llegó a los orificios de su nariz. Mierda. También lo harían los del Ojo.

Se giró para ver cómo Ivonne alzaba la nariz. Bien. Bien. Bien. Los sacaría de allí.

Pero, ¿cómo? Si entraban en su aparición, la perseguirían y descubrirían su escondite. Ivonne tendría que agarrarles a todos ellos. Gwen ni siquiera sabía cuál era el escondite de Ivonne Donovan. Y esperó que no les dejara a ella y a Lebouf solos. Pues los perseguirían. Y era un ejército del Ojo el que iba tras Ivonne. El que iría tras ellos.

Entonces Ivonne Donovan lanzó una mirada a Gwen.

Mierda.

Ivonne Donovan fue desarmada. Pero, en el momento en el que se giró, se lanzó a por su nieta y a por su hija y desapareció en el aire. Los encapuchados se inquietaron.

-¡NOO! -Gritó el señor Crawford.

PETRIFICUS TOTALUS! -Conjuró Gwen hacia los magos que pretendían perseguirlas. -¡REDUCTO! -Y los deshizo en mil pedazos.

Les lanzó maldiciones a diestro y siniestro.

El señor Crawford gritó más maldiciones que ella.

Se metió dentro de todos ellos. En el centro de lo que había sido el salón de su apartamento y que, en aquel momento, olía a gas, estaba lleno de muertos, de un Auror torturado y de una asesina de diecisiete años.

Contempló al señor Crawford.

Protegiéndose. Atacando.

Iban a morir allí.

Si desaparecían, les perseguirían.

Gwen se defendía. Se acercó a Lebouf. Había comenzado a tener convulsiones y expulsaba espuma por la boca. Perfecto. Todo malditamente horrible.

Al menos, Ivonne había escapado con su familia a un lugar que ni el Temple conocía.

Pero los había dejado tirados.

Incluso al señor Crawford.

Gwen suspiró entre maldición asesina y maldiciones no verbales.

-¡GWEN! -Le gritó el señor Crawford para llamar su atención.

Esta se giró hacia él.

Él señaló su propia nariz.

El corazón de Gwen palpitó tan rápido como todo lo que sucedió a continuación.

Se tiró al suelo al lado de Lebouf. Le cogió del brazo.

INCENDIO! -Conjuró el señor Crawford hacia el gas que salía de la cocina.

Una explosión cubrió todo el edificio. Tembló.

La explosión acabó con la vida de todos los que estaban en aquel lugar.

Pero Gwen desapareció justo antes de que las llamas les rozaran.

Aterrizó en el suelo de un salón tapizado. Tosió por el polvo de los escombros. Se incorporó. Se sacudió. Comprobó el pulso de Lebouf. Seguía vivo. Bufó. Gruñó.

Una varita se posó sobre su frente.

Gwen alzó la mirada.

-Es Bastien Lebouf…-Dijo, con la respiración entrecortada. -La Sede del Temple ha sido atacada… El señor Crawford ha… Muerto -Dijo recuperando el aire. -E Ivonne Donovan ha desaparecido con la señora Crawford y Lola Brooks.

Anunció ante Victoire Weasley.

Gwen miró a su alrededor. Extrañada. Cuando el señor Crawford le dijo que una casa de seguridad era El Refugio. Gwen no se imaginaba a Victoire Weasley precisamente. Ni a un bebé en sus brazos. Oh. Maldita sea.

-¿Gwendoline Cross? -Espetó con tanto desprecio como el que siempre había esperado.

Bastien Lebouf gimió en el suelo.

-¡Si no haces algo, este Auror se va a morir! -Exclamó irritada Gwen. Ya habría tiempo para que la matase a ella si quería. -¡Trae Antídoto! ¡Me dijeron que aquí había una Sanadora! ¡Por Merlín!

Victoire Weasley, a la que había conocido por ser la Weasley a la que podía reventar de un pestañeo, dio un respingo. Dejó a su hijo en el sofá. El bebé miró a Gwen con unos ojos enormes que causaron cierta incomodidad en la asesina. No era una visión que debía ver un niño. Sostuvo el cuerpo y las convulsiones de Bastien Lebouf. Tenía el rostro compugnido. Contraido. Gemía. Sollozaba. Oh, sí, una Maldición digna de un asesino del Ojo. Ella misma podría hacerlo sin abrir los ojos.

La Weasley le dio un frasco. Lo abrió. Lo olisqueó para comprobar que tenía todos los ingredientes. Se mordió la lengua.

-¿Algo más? -preguntó en un hilo de voz la joven.

-¡Esencia de murtlap! ¡Ungüento de hierba estelar! -Enumeró.

¿Es que a esa chica no le habían enseñado a detener un Cruciatus?

-¿Morirá? -preguntó asustada.

-Necesito que le comuniques a Hermione Weasley y a Kingsley Shacklebolt lo que te acabo de decir mientras resucito a este estúpido francés -le ordenó. Forzó el cuello de Lebouf para que abriera la boca. Le metió el líquido en el cuerpo. -¿¡Dónde está la esencia de murtlap!? -Se quejó. Extendió la mano para exigirla. La cogió. Se la restregó en la frente a Bastien Lebouf. -Weasley… ¡¿Has mandado un Patronus?!

Gwen vio a una loba salir de la varita de Victorie Weasley.

Suspiró. La respiración de Lebouf estaba más calmada.

-¿Está bien?

Gwen la atravesó con la mirada.

-No vuelvas a hacer preguntas estúpidas en mi presencia -le ordenó.



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