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La Tercera Generación de Hogwarts » (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Domingo 17 de Enero de 2021, 16:45
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(IV) Capítulo 29: Lo que se dice

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)
  232. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (I)
  233. (VI) Capítulo 11: Lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos (II)
  234. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (III)


Dio gracias internamente. Pues si lo decía en voz alta, se sentiría horrible.

No quería ser egoísta. Sin embargo, no le apetecía nada ir al Gran Salón de Hogwarts aquella mañana. No quería ver las banderas tintadas de negro. No quería ver el cielo alumbrado apagado. Las velas ausentes. Los profesores con capa negra. Los alumnos en un silencio solemne. Tampoco quería escuchar. El discurso de Neville Longbotton.  Su discurso anunciándoles que aquella guerra que era profetizada tras el basilisco, tras el atentado al tren, tras las dispersas muertes que tuvieron lugar en el Castillo de Magia y Hechicería de Hogwarts… Ya había comenzado para ellos. Y tenían que ser conscientes de que era a esa sangre a lo que se enfrentarían. Tendrían que preguntarse si estaban preparados o no. Nadie les iba a obligar. Su discurso recordando con palabras legendarias aquello que había ocurrido. Alabando la valentía de Lily Luna Potter, la cual no dudó en hacer algo que muy poca gente habría logrado hacer en ese momento. Lo llamaría el sacrificio de su inocencia. Diría que no se encontraba allí, pues su mente no se encontraba en ningún sitio sano. Su discurso esperando que Lyslander Scarmander volviera a brillar en Hogwarts. Como lo solía hacer. Su discurso en honor a los fallecidos. No quería escuchar cómo los llamaba fallecidos para no manchar el nombre de Molly Weasley. No quería escuchar lo valiosa que era Molly Weasley para su familia. No quería escuchar el vacío que dejaría para siempre Madame Pomfrey. No quería escuchar los nombres de Stephan Brands, Rory Rossen, Rebecca Dalton y Sophia Wilkinson. No quería escuchar los sollozos. Los gemidos. Los lamentos. Los llantos ahogados. No quería escuchar el silencio.

Pues todo aquello le recordaba a la muerte de su hermana Roxanne.

Aquel año creyó que lo había superado. Con la ayuda de Ted Lupin como un profesor que le decía abiertamente que eligiera el camino con el que sintiera que su hermana estaría orgullosa de él. Con la ayuda de sus padres. Del equipo de Quidditch, incluso, pues se habían convertido en una pequeña familia. Con la ayuda del Temple, el cual le dio un propósito. Con la ayuda de James y de Susan. Sin los que se sentía incapaz de seguir en Hogwarts. Pero, cuando pensaba en Roxanne, ya no intentaba huir de su imagen en su mente. La abrazaba. La añoraba. Pero le hacía más fuerte.

Excepto aquel día. Fue tan parecido al día en el que su hermana fue conmemorada por Hogwarts. Y alguien supo que le pasaría aquello a Fred Weasley.

El joven se reclinó sobre el mullido asiento del despacho del director. El hombre que tenía en frente le había preguntado cómo estaba. Y él le había dicho que devastado. Charlie Weasley le dijo que estar devastado no era estar derrotado. Fred agradeció aquello.

-El año que viene no voy a volver a Hogwarts, tío -le anunció.

Se sorprendió de que la primera persona a la que revelara aquello fuera su tío Charlie. Suspiró. Quizás uno de los pocos que no le insistiría en meter, justo en aquel instante, la cabeza en un libro. No. Su tío Charlie siempre había sido el que lograba entender las situaciones de todos y cada uno de sus sobrinos.

Era un hombre bajo y robusto. Musculado, aún, por su cuidado de dragones. Tenía un rostro arrugado que miraba fijamente a Fred. Curtido de trabajar al aire libre. Y lleno de pecas. Todos decían que Lucy Weasley se parecía a él físicamente. Tenía los dedos cubiertos de callos y ampollas, los cuales se paseaban por la butaca del despacho de Longbotton como si no estuviera acostumbrado a una textura tan suave. Y tenía el pelo largo y entrelazado en una larga trenza que le llegaba hasta la cintura.

-¿Puedo preguntar por qué? -cuestionó su tío. -Es el último año… Un solo empujón.

Fred negó. Fruncía los labios y cabello rojo encrespado se giraba de un lado a otro conforme balanceaba la cabeza.

-No se me da bien estudiar, tío Charlie -explicó. -Si no fuese por James y Susan, este año repetiría… Y no quiero ser una carga para ellos…Siempre necesito la ayuda de James o de Susan. ¡De James! Eso dice mucho de hasta que punto estoy perdido… Además, mientras me ayudan a mí, ellos pierden tiempo para dedicarse a sus propios estudios y… No quiero retrasarles. Ellos tienen que esforzarse por alcanzar lo que quieren ser -Resopló. -James siempre ha querido ser Auror pero nunca lo dice en voz alta porque cree que no va a tener nota suficiente… Por eso tantea también la posibilidad de ser jugador de Quidditch profesional como lo fue su madre… Y Susan quiere ser medimaga de eventos deportivos… Ya sabes cuánta nota van a necesitar para eso -Suspiró. -Yo no quiero ser la razón por la que no se han podido esforzar del todo.

Contempló que su tío Charlie sonreía con orgullo.

-¿Y tú qué quieres ser? -le interrogó.

-Qué mas da… Tú siempre lo tuviste claro con los dragones-Bufó. Fred se pasó los dedos por se pelo para quitárselo del rostro. -No lo sé… Supongo que siempre había creído que trabajaría en la tienda de mi padre.

-Podrías ser jugador de Quidditch profesional -le animó su tío.

-Soy bateador -le dijo. Apretó sus dientes. -Necesitas conexión con el otro bateador para ser excepcional y… No estoy preparado. Me llevo bien con Rogers, pero él quiere dedicarse a las rompemaldiciones -Negó en desaprobación.

Se formó un silencio.

-Tu padre no podrá recriminarte nada -ofreció su tío. -Él dejó Hogwarts con Fred para montar una empresa… Y ahora es el hermano Weasley que más dinero tiene -Charlie se rio. Probablemente estaría recordando algún pronóstico contrario de la abuela Molly. -Pero ellos sabían qué querían hacer… Tú tienes que encontrar un objetivo. Tienes una razón para irte… Pero sin los E.X.T.A.S.I.S no podrás hacer nada en el mundo mágico…

Fred resopló. Era lo que más pasaba por su cabeza aquellas últimas semanas. Aunque tras el acontecimiento fatídico, le importaba cada vez menos.

-¿Qué más da, tío Charlie? Estamos en guerra… -Fred alzó las cejas. -Puedo ser útil para el Temple… ¿No soy miembro? -Le cuestionó tanto a su tío como a sí mismo.

Su tío Charlie se carcajeó.

-Oh, joven… -Se volvió a reír. -Yo soy miembro del Temple… Y también de la Orden del Fénix… Pero porque soy Comisario del Comité Internacional de Criaturas Mágicas -Recordó. Posiblemente, la primera vez que escuchaba que su tío no era un domador de dragones como su padre siempre le había contado. -En el Temple quieren a magos poderosos, sobrino. A Aurores, a criaturas mágicas, a leyendas, a promesas… Tú eres miembro siempre que seas parte de los Guardianes de Hogwarts… Porque esa es vuestra misión ahora… Pero si te sales de Hogwarts y te vas directo a la tienda de tu padre… ¿Crees que llamarán a tu puerta cada vez que tengan un problema? ¿Cómo se lo solucionarás? ¿Qué tienes tú diferente al resto para ofrecer? -Fred se encogió en su asiento. Balanceó su cabeza de un lado a otro tanteando sus atributos. -Quizás la Orden del Fénix te habría escogido encantado porque eres un joven valiente y lo has demostrado… Pero esta guerra es más peligrosa… Tenemos más que perder… Son más selectivos con sus miembros… Por supuesto que si necesitan más apoyo, en algún momento, te llamarán… Pero ahora hay que jugar la partida siendo astuto… Y tú en la tienda de tu padre no ofreces nada -Fred asintió. Junto sus manos en una palma. Volvió a sentir. Gracias, tío Charlie. Gran discurso. Habría preferido el de Neville Longbotton. Dolería menos que un puñal a la autoestima. -Por eso… Fred… Te voy a hacer una propuesta para que no desperdicies tu potencial.

Alzó la vista.

Charlie se había encorvado hacia él. Le brillaban los ojos. Sonreía. Fred se inquietó. Conocía a su tío Charlie. Había hecho aquello con otra persona. Y se había convertido en una luchadora de la hostia. Que lanzaba llamas por las manos y podía volar. ¿Y si ese era el poder de tío Charlie? ¿Convertir a los demás en súper héroes? Fred tragó saliva.

-Yo no soy veela -se adelantó.

Aquello le hizo tanta gracia a su tío que se echó hacia atrás para dejar el aire entrar en sus pulmones y calmar la risa. Su voz sonaba relajada. Fred le sonrió sin que su curva llegara a afectar a sus ojos.

-No, Fred, nosotros dos no somos criaturas mágicas… Pero… Llevo tiempo buscando un asistente. Piensa que mi trabajo no es algo habitual. Soy el sucesor de Newt Scarmander, joven, muy poca gente se atreve a alabarme así… Pero yo sé que lo soy -dijo Charlie Weasley, orgulloso de su condición y de lo que había alcanzado. Fred seguía con una sonrisa congelada. -¿Te gustan las criaturas mágicas?

Fred arrugó la frente.

-¿Qué clase de pregunta es esa, tío Charlie? -dijo, perplejo. -No sé… Es como… Si me preguntas si me gustan los magos, supongo… Es decir… ¿Sí? Depende…

-Bien, bien, empezamos bien…

-Yo… Tío Charlie… Te agradezco la propuesta… Pero no sé si quiero ser tu asistente…

-No pienses en ser un asistente como lo serías del Ministro de Magia, ¡por Merlín! ¡Qué aburrimiento! ¡Mi trabajo es mejor que ser Auror! Viajo en dragones o hipogrifos, tengo reuniones con licántropos y vampiros, me codeo con colonias de centauros, tengo a Demiguise como amigos, he cabalgado a un unicornio…

-No soy Dominique, tío Charlie -le interrumpió el joven. -Soy Fred. El de las bromas -añadió como si fuera su bomba para destruir aquella improvisada entrevista de trabajo.

Tío Charlie dejó apoyar su espalda contra la butaca. Tamborileó los dedos sobre el reposabrazos. Resopló. Más Fred intuía que no se había rendido.

-Dame solo una oportunidad, Fred. Déjame que te muestre mi mundo -le pidió, con voz calmada y serena. -Permíteme que las criaturas mágicas te hagan darte cuenta, Fred, de que eres excepcional.

El primer puñetazo alcanzó barbilla del joven.  Se daría cuenta demasiado tarde de que era una maniobra de distracción, cuando el segundo golpe lo dobló y expulsó el último trozo de aire ahogado. Ella sonrió satisfecha de sus habilidades. Había sido un golpe tremendo. Independientemente de haberle arrebatado el oxígeno de sus pulmones por un instante, a lo que él gimió y le recriminó con la mirada, recibió dolor.

Desafortunadamente, ambos estaban acostumbrados a ese dolor.

Ella enroscó su mano en un puño y apuntó a la parte delantera de su nariz. Golpeó con el puño el puente de su nariz. Su sangre salpicó todo el suelo de la sala de entrenamiento de Beauxbatons a la que acudían alumnos de diferentes escuelas de magia para pelear entre ellos. Era el ejército del Ojo. Entrenándose para matar.

Ella le golpeó de nuevo y  le hizo probar la sangre. «Vamos,  Weasley, levántate. Encuentra la estaca. Levántate», pensó la joven, dándole órdenes a su oponente en la cabeza. Lo hizo. Él le agarró la cabeza, sus dedos escarbando en el cuero cabelludo de Alice Longbotton, y la levantó hasta que lo colgó de las puntas de los dedos de los pies. Le golpeó con la mano en las costillas y ella se estremeció. El dolor le recorrió el pecho.

«Vamos, Alice. Concéntrate», se dijo, aquella vez, a sí misma. Miró a los alumnos que a su lado combatían, heridos, sangrando. Sin utilizar magia para que pudieran pelear incluso si les quitaban las varitas. Y pelearan con las varitas. La magia marcial.

Le puso la palma de la mano debajo de la barbilla. Ella se tambaleó hacia atrás, soltando su agarre. Miro a Louis Weasley con una sonrisa. Al menos, había demostrado al resto que había levantado a Alice y le había propinado un puñetazo.

-Me estoy arrepintiendo mucho de haberme puesto hoy contigo -se quejó Louis Weasley.

No era el primo escuálido de Albus y Rose que ella recordaba. Había cogido masa muscular. De tanto pelear y entrenar. Tenía el rostro más cuadrado. La nariz desviada. El pelo rapado al cero. Ni se distinguía el rojo de sus cabellos. ¿Lo habría hecho para desmarcarse de la mancha Weasley? Le había funcionado. Solo que le había costado bastante ponerse al día en el plano físico. Y, cuando Alice descubrió que aquel joven era Louis Weasley, se dispuso a ayudarle.

-Soy la única que te deja ganar para que no tengas que ir a por los de primero -le recordó Alice.

La joven había aprendido a separar lo que sucedía en aquel palacete francés del resto de su vida. Les entrenaban para ser asesinos. Aún no les habían obligado a lanzar Avada Kedavra. Pero tenían que practicar Cruciatus sobre los alumnos de primero. Exactamente cómo su padre tuvo que hacer su último año de Hogwarts. Sólo que él fue torturado por negarse. Y ella era torturada incluso si lo hacía. Pues, si no, moría. Eran escenarios similares pero circunstancias muy diferentes.

Alice le miraba fijamente. Era para de la respuesta. Sus ojos rugían de rabia. Contemplando a su oponente. ¿Era raro si decía que se había convertido en lo más parecido a un amigo allí? Ella. Alice Longbotton. Amiga de Louis Weasley. El mundo se había ido al infierno.

Alice le dio a Louis un golpe con su puño hinchado en la mejilla. Este se balanceó hacia atrás. Alice le  metió su puño en las tripas, haciendo que este se encogiera y saliera despedido hacia el suelo.

Los alumnos de su alrededor observaron a Alice.

-Vaya, Longbotton -alabó Derrick Collingwood. -¿Quieres practicar conmigo la próxima vez? -le sugirió tras guiñarle el ojo.

La joven le sonrió sarcásticamente.

Tendió la mano a Louis para que se levantara. Este la cogió y se impulsó desde el suelo. Lo realizó con firmeza. Alice estaba asombrada por el cambio del muchacho. Parecía un soldado joven, bajito, blanco de piel y pelirrojo. La miró con una advertencia. No querría que le siguiera la sugerencia a Collingwood. ¿Qué se creía que era? ¿Estúpida? ¿Quién le iba a dar consejos de con quién salir o no? ¿Louis Weasley? Si supiera algo de ella, sabría que no tendría de qué preocuparse.

 La acercó a ella.  Quizás Louis solo quería protegerla para sentir que, después de todo, estaba haciendo algo bueno allí. Iba a decirle algo en el oído, pero entonces dos figuras entraron en la sala de entrenamientos.

Frank McOrez sonriendo -sonriendo- de verdad junto a su hermana Zoe McOrez, mientras él pasaba su brazo por los hombros de ella. Alice rodó los ojos. Louis frunció el ceño.

-¿Qué ha sido eso? -dijo en voz baja.

Alice le llevó el dedo a sus labios para alzando una ceja.

-No preguntes si no quieres morir -le advirtió.

-¡Longbotton y Driggs! -las llamó Zoe McOrez. -Es vuestra hora de volver a Hogwarts…

Se turnaban. Los miembros del Ojo que había en Hogwarts se turnaban para entrenar. No podían faltar todos a la vez. Alice Longbotton había descubierto que eran más de lo que se habían creído. Y, no, por supuesto que no sólo eran Slytherin. No quería utilizarlo de ejemplo, pero Louis Weasley estaba allí. Y no era el único Gryffindor que había visto. A su pesar.

Alice Longbotton recogió su varita. Su capa. Se la puso por encima de la ropa de deporte que utilizaba. Esperó que nadie la viera, pues tendría que decir que hacía yoga o algo por el estilo y a ver quién la creía. Miró a Driggs de reojo. Ella diría que iba a entrenar Quidditch. Eso era más verídico. Iba después al entrenamiento.

Alice y Renata Driggs se dirigieron hacia los dos trasladores que había allí. Había no sabía cuántos trasladores en los pasadizos de Hogwarts. Todos llevaban al Palacio de Hielo, la célula a la que habían adjudicado a los alumnos de Hogwarts. Excepto aquellos dos trasladores que comunicaban con la Academia de Beauxbattons y que, en Hogwarts, estaban en alas opuestas. En lugares diferentes. Para que nadie sospechara de las idas y venidas de los posibles miembros del Ojo.

Siempre utilizaban los mismos. Así tenían la excusa de cada una bien aprendida.

Ella pasaba tiempo en el corredor del tercer pasillo porque estaba más tranquila.

Tocó la caja de madera negra.

Su cuerpo fue transportado, sin previo aviso para sus pulmones, hacia el corredor del tercer pasillo.

Suspiró. Dejó la caja al lado de una ventana por la que entraba poca luz al no recibir los rayos del sol en esa ala del castillo. Se sacudió la capa del magnesio que había adquirido de la sala de entrenamientos. Se pasó la mano por nuca donde Louis le había tirado del pelo para levantarla. Gimió al rozarle. Le escocía.

Sacó su varita para convocar algo de luz.

Y, al girarse, saltó del susto que se había llevado.

LUMOS! -Un torrente de luz blanca alumbró a la sombra que allí se escondía. Comenzó a respirar más tranquilamente cuando la luz reveló la identidad de la sombra que se tapaba con el brazo la luz cegadora. -¿¡ME ESTÁS ACOSANDO?! -Vociferó ella, aún dejada llevar por el susto.

Escuchó una risa.

-¡Nox! -Conjuró él. -Joder, me vas a dejar ciego…

-¿¡Qué haces aquí?! -le espetó. -¡Otra vez! -recalcó.

Albus Potter se llevó la mano a la barbilla. Bueno, aquella vez no había pensado en nada que decirle. Simplemente sabía por las rondas que hacía que Alice solía desaparecer y aparecer allí los miércoles a las cinco de la tarde. Pero, claro, si revelaba aquello también tendría que decir que era por ser un guardián. Y no podía dejar que aquella información cayera en manos del enemigo.

-Quería saber si estabas bien.

No había mentido, ¿no? Solo la veía de reojo en la Sala Común. O en clase. Y desde el día en el que decidió que perseguirla por un pasadizo a oscuras y besarla era una buena idea, Alice no le había dicho nada. No le había contado aquello ni a Peter ni a Scorpius. Se reirían de él. Y a Rose menos.

-¿No me lo puedes decir en la Sala Común? -le espetó.

La observó recogerse el pelo en una cola de caballo. Y apartar el sudor de su frente. ¿Sudor? Tenía una magulladora en la mejilla. Y la cicatriz de la ceja seguía allí. Le miraba a través de sus cejas pobladas como si su presencia allí le molestara.

-¿En serio quieres que te lo pregunte en mitad de la Sala Común?

Su respuesta hizo recapacitar a Alice. Acarició su propia nuca y gimió. Asintió. Suspiró en lo que se convirtió en una respiración profunda. Volvió sus pupilas negras a Albus.

-No -declaró. -Pero estoy bien, Albus, no tienes que preocuparte por mí… Tú tienes más de lo que preocuparte. Yo estoy bien. Soy yo la que debería estar preocupada por ti -Lo decía tan segura de sí misma que llegó a intimidarle. -¿Cómo estás, Albus?

Sabía por qué le preguntaba.

Le preguntaba por Lily.  Sabía que su hermana había lanzado una maldición imperdonable. Un Avada Kedavra. Había pedido al director que le diera un tiempo con su padre. La dejaron visitar a su madre. Si uno escuchaba lo que se decía de ella, se imaginaba a una niña encerrada en su cuarto, con los ojos llorosos y planteándose si era una asesina. Pero Albus era su hermano y había hablado con ella. Sí, estaba destrozada por la muerte de Molly. Por todo lo que había presenciado. Debió de ser horrible. Pero parecía haber encontrado un equilibrio. «Maté a una persona que se llamaba Knut para salvar a mi mejor amiga y a cualquiera que pudiera ir después, Albus. Y creo que lo haría de nuevo», le había dicho Lily. Aquello sorprendió a Albus. Su hermana declarando que no dudaría en quitar otra vida. Ella había visto la incertidumbre en los ojos de Albus. «Si supieras que solo matando a tu enemigo salvarías a mamá, ¿no lo harías? Papá lo hizo. La abuela lo hizo. Mamá lo hizo. Esta es la guerra que nos espera, ¿no, Albus? O matas o te matan. Nadie nos lo quiere decir, pero yo lo sé… Y duele mucho. Muchísimo. Una parte de ti desaparece. Por eso, me centro en que Lyslander está bien. Y vosotros también. Si le he dicho al director que quiero irme es para evitar las miradas de los demás… Me miran con lástima, como si yo hubiera salido herida, Albus… Deberían mirarme con temor. Soy lo que ellos serán algún día». Albus se había quedado petrificado con aquellas palabras. Llegó a la conclusión de que su hermana podría estar mejor. Pero les había superado a todos en coraje. Y en conciencia de lo que estaba ocurriendo.

Alice también preguntaba por su madre. No habían hablado de eso. No hablaban. ¿Cómo iban a hablar de eso? Pero Albus sabía que su madre estaba bien. En la carta de su padre, decía que saldría de allí. Que estaba seguro. Que su madre era la persona más valiente y sacrificada que jamás conocerían. Y que tenían que honrarla. Que estaba orgullosa de él por haber accedido a domesticar a unos basiliscos con casi quince años.

Oh, pero de aquello no sabía nada Alice. Y no lo sabría.

-Bien -acertó a decir. -¿Por qué estás distante? No nos ve nadie, Alice -le dijo, de prisa y a trompicones, como si temiera perder el momento con ella porque ella decidiera huir.

Para su sorpresa, sonrió. Tímidamente. Pero lo hizo.

La joven resopló.

-¿Te acuerdas lo que me dijiste antes de salir de la habitación dónde estabas secuestrado, Albus? Bueno… Lo que ibas a decirme -le cuestionó.

Apartó la mirada de ella, avergonzado. Casi había olvidado aquello.

-No -mintió tan descarado que Alice se carcajeó.

-Evité que lo dijeras por la misma razón por la que no quiero que seamos cercanos… Pero… Me acabo de dar cuenta de que quizás no era esa la razón -Se encogió de hombros. -No puedo intentar protegerme y protegerte si evito decir lo que siento porque entonces ni me protejo a mí… Y dudo que te proteja a ti. Nos hago daño, ¿verdad? -Alice se acercó a Albus. Albus olió al sudor de ella. A algún mineral que no descifró. Y olió a problemas que estaba encantado de crear. -Te quiero, Albus.

Se hizo un silencio. Tan solo estaban alumbrados por una tenue luz que procedía de las ventanas casi opacas. Pero pudo ver a la perfección el suave rostro de Alice desnudo de muros ante él.

Acercó su mano a su rostro. Le acarició la mejilla hinchada. La cicatriz. Oh, había querido hacer eso. Sintió el vértigo acudir a él como si estuviera ante el precipio más alto del mundo. Alice dio un paso hacia él. Su pulso se aceleró. Paseó sus dedos por la barbilla de Alice. La agarró. La acercó a su rostro.

Y la besó.

Fue un beso dulce. Fugaz. Se separaron al instante, pues, bien ella o él, querían observarse.

Entonces, Albus se dio cuenta de que no le había respondido. Se mordió el labio. Bajó su mano. Le entró el pánico de tener que expresar sus sentimientos. La voz no le llegaba a la garganta. Miró a Alice. Esperaba que dijera algo, ¿no?

Pero Albus Potter parpadeó. Frunció los labios. Se dio la vuelta. Y se marchó.

Silencio. Bien, Albus. Silencio. Escuchó la respiración de Alice alejarse conforme huía de ella.

¿Qué problema serio, grave y preocupante tenía Albus Severus Potter con expresar lo que sentía?



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