Historia al azar: En mi corazón... Para Siempre
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La Tercera Generación de Hogwarts » (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Domingo 17 de Enero de 2021, 16:45
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(IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)
  232. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (I)
  233. (VI) Capítulo 11: Lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos (II)
  234. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (III)


No debía haber nadie en la estación de tren en aquella época. Ni siquiera la colosal figura del Expreso de Hogwarts habitaba aquella estructura cuando no entraba en su agenda. Tan solo la hilera de carros sacados de una película de época. Algo sucio. Pero algo hipnotizantes. 

Abandonados. Como si estuvieran esperando a que caballos se acercaran al hueco que había entre ellos para que los llevaran a alguna parte.

-Se llaman thestrals -anunció Gwendoline Cross, detrás de un carro.

El joven dio un respingo. Había entendido que se iban a encontrar dentro de la estación. Supuso que Gwen había preferido aquella hilera de carros fantasmales. Debía reconocer que no sería el lugar que él habría elegido para una cita. Sí para matar a alguien.

-Vaya, ¿le ponen nombre a los coches de caballos? -preguntó, incrédulo.

Desde que vivía en Hogwarts, no hacía más que sorprenderse por el mundo mágico. A veces una sopresa grata. Otras veces se sentía viajando atrás en el tiempo. La mayoría de las ocasiones creía estar en un universo al que no pertenecía. Esa sensación de que no encajaba era la que más se acomodaba en su cabeza. Como una voz interna que le recordaba día sí y día también que si estaba en aquel lugar, era por descarte.

Gwen acarició al aire con ojos tristes. ¿Había perdido la cabeza?

-No, Frank, las criaturas que no puedes ver pero que están aquí se llaman thestrals -le explicó.

Él se rio.

Pero, no, Gwen no estaba bromeando. Nunca lo hacía. Parpadeó. No. No veía nada. Se restregó los ojos con la manga de la capa del uniforme de Hufflepuff. Tampoco.

-¿Estás segura? -le cuestionó.

Ella asintió vehementemente.

-Son como un pegaso esquelético… Con la piel de un reptil y las alas de un murciélago…-le describió mientras los acariciaba.

-Oh, creo que estoy bien sin verlos…-bromeó.

-Espero que no los veas nunca -se sinceró ella. Se aproximó, por fin, a Frank. Como si su cercanía no le gustara en ese momento a Frank. -Solo pueden verlos aquellos que han visto la muerte… Y han entendido el concepto de ella.

Su voz era seria. Como sus ojos mirando a Frank y penetrándolos con tanta fuerza que tuvo que apartarlos.

-Y muchos de mis compañeros los pueden ver ahora gracias a ti, ¿no? -se mofó, recordando que cada vez que mencionaban a aquella muchacha en el castillo era para el trágico asesinato de la antigua directora McGonagall. Gwen bajó la mirada. Frank se maldijo a sí mismo. ¿Cómo era tan insensible? -Lo siento…

-No, es verdad… - Concedió. Se balanceó sobre sus pies. Parecía tan insegura, como nunca antes la había visto, que quiso darse un guantazo así mismo. -En el Ojo me decían que mi Patronus sería un thestral… -Se sinceró. Por Merlín, aquella muchacha estaba bien jodida. Volvió a suspirar. Alzó sus dedos hacia el rostro de Frank. Retiró dos hebras del pelo negro de Frank y se los metió de su oreja. Él se estremeció. No de temor. De calor. -Me asustas, Frank.

Frunció el ceño. ¿Él le asustaba a ella? Aquello sí que era una sorpresa. Ni con un threstral como Patronus podría Gwen asustar a Frank. ¿Cómo podría ocurrir al contrario si él era la criatura más inofensiva del mundo mágico? ¡Ni siquiera se había manifestado su magia hasta su mayoría de edad!

-¿Por qué? -le preguntó, en un susurro.

Se temía que, aquel día, Gwen quería asustarle.  Alejarle de ella. Pretendía infundirle miedo. Terror. ¿Por qué otra razón le habría traído a un lugar repleto de criaturas que le recordaban a Frank que Gwendoline era una asesina? Ya había pasado por eso. Ya había aceptado que tenía sus manos manchadas de sangre. Y ya le dijo, en su momento, que no lo olvidaría. Que no sabía si eso podía perdonarse. Quitar vidas inocentes con una varita, con una daga o con sus propias uñas -como había explicitado. Eso marcaba el alma. Sobre todo, si era para sobrevivir y para seguir con la coartada de que era fiel y leal al Ojo. Le confesó que, en ocasiones, se dejaba llevar. En ocasiones, se le pintaba una sonrisa de verdad. De crueldad. No le quería engañar y se sinceró: sí, disfrutó.

Y Frank Longbotton no le quiso engañar y le dijo que era peligrosa para él. Era consciente. Era una bomba de relojería. Un arma en potencia. Pero, de algún modo, confiaba en ella. A él le había demostrado que había separado aquello de la nueva realidad a la que se enfrentaba.  No quería indagar en  cómo hacía para seguir estando con ella.

¿Por qué se martirizaba? ¿Qué significaba en ese momento aquella mirada cabizbaja de culpa? ¿Había algo más? Por supuesto que lo habría. Gwendoline ya le adelantó que acarreaba demasiados secretos con ella.

-Porque me haces contarte cosas que ni siquiera puedo plantearme a mí misma…

-Hazlo -le ordenó Frank, frustrado. Resopló. Miró al suelo, en busca de inspiración y paciencia. Y palabras. -Si te pasa algo, Gwen… Dímelo -le pidió. -Puedes confiar en mí.

Ella se encogió de hombros.

-No sé hacer eso -contestó.

-Todo el mundo sabe contar sus problemas…-replicó Frank. -Es lo que mejor hacemos como seres humanos…

-No -insistió ella. -Yo no -suspiró. - Mi madre me enseñó desde muy pequeña a esconder mis sentimientos… A ser de piedra, como a veces dices. A estar siempre preparada para tener una cara seria y a que todo me importe nada… Aprendía a llorar solamente si no había nadie, a oscuras, sin hacer ruido. A gemir en silencio, sin que nadie lo supiera y sin pedir ayuda a nadie. Jamás -Sentenció. Frank la creía.- Porque cuando sufres y nadie lo ve, ¿realmente sufres? -El joven sintió que su estómago se encogía.- Es muy parecido a cuando un árbol se cae en mitad de un bosque y no hay nadie que lo oiga, ¿realmente hace algún ruido? -Alzó sus dedos para acariciar la mejilla de la joven, quien decía todo aquello sin pestañear.- Simplemente pretendo que lo que sea que me molesta o que me atormenta nunca ha pasado… Vuelvo con la cabeza alta y sigo adelante.

Y alzó su barbilla. Demostrando así su tenacidad. Cualquier otra persona, habría soltado un par de lágrimas tras aquella confesión. Pero ella tenía fuego en los ojos.

-Gwen -le dijo. Acercó su rostro a su torso. La abrazó contra él. La besó en su coronilla. Él era tan alto que su barbilla reposó sobre la cabeza de ella. -Ahora tienes alguien que siempre te va a escuchar… -Musitó.

Quería que comprendiera que ya no era un árbol solitario en mitad del bosque. Ahora le tenía a él. Supuso que Gwen había estado tanto tiempo sola, que incluso si él no se separaba jamás de ella; ella seguiría sintiéndose sola.

-Mereces algo que este trozo de hielo y manos ensangrentadas, Frank -Ahí estaba. Finalmente. Su confesión. -Te haré daño porque es lo único que sé hacer.

Resopló. La apretó aún más fuerte. Se lo había visto venir. Volvió a besar sus cabellos dorados. Se recostó sobre ella. Rodeado de aquellas fúnebres criaturas. Le rompía por dentro que Gwen fuera tan dura consigo misma. Entendía que lo fuera. Era lógico. Y sabía que era porque Frank era importante para ella. Quizás la primera persona por la que sentía algo y no quería cagarla debido a su oscuro pasado.

-No lo harás -le aseguró.

-Me conoces tan poco… -terció ella.

-No es cierto -replicó. -Ya me has presentado hasta a tu madre… Y tú conoces a mi padre y a mi hermana… Estamos avanzando…-se mofó.

Ella bufó.

-No, Frank, te oculto cosas… No sabes quién soy -insistió. -Hay cosas de mí que… Cosas que he hecho -Recalcó. Frank intentó evitar pensar en todo lo que podría haber hecho aquella muchacha. Quizás ni su imaginación podría sostenerlas. -Cosas que soy.

-Me darían igual…

-No -brindó ella. -No, Frank… Mi madre siempre intentaba mediar… Pero mi padre siempre quiso que sus hijos fuesen monstruos… Y lo consiguió, ¿sabes?

Frank arrugó el rostro. Entrecerró los ojos. Sabía que Gwen le había mentido al principio sobre su familia. Aquello de que su madre murió de alguna enfermedad era claramente mentira, puesto que su madre era Alexis. Pero su padre, aquel hombre de negocios que nunca estaba en casa… Siempre dio por sentado que Alexis era madre soltera. Nunca le preguntó por él. Ni siquiera sabía si tenía hermanos. Dio por sentado que no.

Tenía razón. No la conocía en absoluto.

-¿Tienes padre y hermanos?

-Mierda…-Resopló. -No se suponía… Mierda… -Maldijo ella para el torso de él. Se separó. Le dio un puñetazo en el pecho. -Hay cosas que no puedes saber -le advirtió.

-Has sido tú la que…-se quejó él.

-Lo sé -se adelantó. -Tengo un hermanastro, Frank… Una de las personas más crueles que he conocido. No he hablado casi nunca con él y ojalá tú no lo hagas nunca… -Suspiró. -Por mucho que me gustaría detenerlo, lo que las profecías dicen que hará puede ser bueno o malo dependiendo de lo que hagan otras personas… Aunque lo que haga él será devastador independientemente… El Temple no sabe quién es todavía… Y yo no lo puedo delatar, pues otros lo matarán y no ocurrirá lo que tiene que ocurrir -Suspiró. -Por eso no puedo decir nada. Incluso cuando es lo que debe pasar, a veces no es lo que algunos quieren que pase… Se necesitan a personas fuertes en el Temple… Y ahora hay personas comprometidas con otras…Yo… La familia de mi madre siempre ha sido del Temple… Ella sabía lo que ofrecía al meterse en el Ojo y dio el alma de su hija al Ojo… Sabemos lo que es el sacrificio y no creemos que muchos nuevos miembros del Temple lo entiendan… Hay profecías que aunque sean malas para personas que son buenas… Si llevan a la paz… Es el destino, ¿no?

Frank ladeó su rostro. No entendía nada. Pero asintió.

-¿Y tu padre?

Gwen soltó una risa relajada. Cansada. Derrotada.

-Me da vergüenza ajena ese hombre -espetó. Se echó hacia atrás y cruzó sus brazos sobre su pecho. -Supongo que fue así como mi madre entró en el Ojo…Todo el Ojo lo sabe, pero nadie lo dice en voz alta…Nadie lo preguntó… Él nunca se ha referido a mí como su hija… No se casaron… Ni tampoco se casó con la madre de mi hermanastro… Somos bastardos del bastardo.

-Muchas gracias por todo, Hermione -se separó del abrazo.

Ivonne Donovan agarró al doctor Morgan del brazo. El hombre hizo un gesto con su mano para despedirse de la mujer que le había ayudado durante todo aquel tiempo.

La mujer que le había ayudado a escapar del Departamento de Seguridad. La que se había asegurado de que tenía una buena habitación en el Hospital de San Mungo. Y la que le prometió recuperar sus recuerdos. Le confesó que creía que les servirían a todos. Pero, sobre todo, a él. Hermione Weasley quería devolverle la vida con magia que había vivido con su hermana cuando eran jóvenes. Cuando conocieron a Carla Marín y su hermana se enamoró de ella. Y Carla les mostró retazos del mundo mágico que traía a su casa. Y los llevaba a rincones del mundo que no podían permitirse de no ser por la Aparición. Claramente ya no importara que aquella mujer hubiera desobedecido todas las reglas del mundo mágico. Hermione Weasley se lo devolvió. Se lo regaló. Como un perdón. También recordó a Ivonne Donovan. Y otros recuerdos que no sabía no haber perdido de hacía menos tiempo.

Fue un proceso lento. De meses. Era muggle, por lo que su cuerpo no estaba acostumbrado a tratar la magia. Pero, en San Mungo, lo habían obsequiado de calor por parte de Sanadores. Hermione Weasley iba a visitarle, de vez en cuando para asegurarse de su recuperación.

Aquel día le anunció que Ivonne Donovan lo llevaría a un lugar seguro del Clan del Ojo. No podría volver a su vida normal como doctor retirado, puesto que estaría en peligro de que el Ojo volviera a por él y le preguntara por el paradero de Ivonne Donovan. Se habían encargado de cubrir su rastro para el resto del mundo muggle diciendo que había muerto de un infarto. Fue triste para el doctor pensar en que no se hubiera podido siquiera despedir de sus compañeros de trabajo o sus amigos.

La sensación de la Aparición que recordó de su juventud gracias a Hermione Weasley fue exactamente la misma cuando Ivonne Donovan le llevó hacia su nuevo lugar.

El doctor Morgan se rascó su cuidada barba al verlo.

Era un pueblo costero. Casas de colores cálidos. Rojos. Naranjas. Mostazas. Con franjas blancas. Un embarcadero. Y un inmenso lago que se introducía en lo que parecía ser un fiordo nórdico. Su nuevo retiro. Suspiró. Se giró para encontrarse la seria expresión de Ivonne Donovan.

-Carla siempre quiso ayudarte -le dijo el doctor.

-Carla está viva, Morgan -le aseguró. Entornó los ojos. -Pero tú eso ya lo sabes. Y te encargaste de que también lo supiera Penélope. Y de que me lo ocultara…Pero lo sé.

Él sonrió. Debía agradecer a Hermione Weasley por haberle devuelto la memoria. Antes de avisar a los demás, debía hablar con Ivonne Donovan. Hacerla entrar en razón. Quizás él podría. Creyó haberlo hecho una vez.

-Penélope no lo sabe todo, ¿verdad?...Oh, Ivonne…Tu hija no te lo perdonará jamás -le advirtió el doctor Morgan. -No has cambiado en absoluto. Cuando Penélope se entere…

El hombre, cuyo rostro se había escamado por la vejez, alzó la ceja. Descubrió a Ivonne Donovan sacando su varita y apuntándole.

-No lo sabrá nunca -dijo ella.

Aquello parecía una amenaza. El doctor Morgan frunció los labios. Se rascó la frente.

-Ivonne… Quiero ayudarte -le prometió. -Es lo que siempre hemos querido hacer. Carla, Julie y yo… La solución no es…

En ese instante, vio sus intenciones.

Intentó detenerla con una mano. Pero no la alcanzó. No le dio tiempo.

Avada Kedavra! -conjuró la anciana mujer hacia el doctor.

El agua del lago reflejó el destello de luz verde.  El sonido de un torrente invisible surcó la distancia que les separaba. Al instante, el doctor Morgan, se desplomó sobre el suelo. Sin ninguna herida. Sin ningún signo de violencia. Indoloro. Pero indudablemente muerto.

Ivonne Donovan estiró su cuello hacia atrás. Guardó su varita dentro del bolsillo de su abrigo. Miró a su alrededor. No había nadie en el pueblo noruego de Odda. Se había arriesgado en ir allí. Pero el Ojo tenía a Delphini, ya no les importaría aquel lugar con el Sandvinvatnet. O el lago sagrado de los magos. Neutralizaba la magia. Y tenía otras peculiaridades que muy pocos conocían.

La anciana mujer se acercó a la orilla del lago donde se encontraba el cadáver del doctor Morgan. Lanzó una bocananda de aire. Con su pie izquierdo, rozó el cuerpo. Muerto. Se agachó hacia él. Cogió los brazos del cadáver y los alzó del suelo.

Gimió al arrastrarlo hacia el agua. Las piedras eran remolcadas con él. Tiró del cuerpo. Embarrándo el traje del doctor. Los pies de la mujer entraron a las gélidas aguas. Sin embargo, su expresión no cambió. Tenía el ceño fruncido, mientras atraía el cuerpo, haciendo esfuerzos, hacia el lago.

No desistió.

Lo condujo. Lenta y persistentemente.

El agua la ayudó. Las suaves olas lo hicieron flotar. El agua empapó el abrigo y la ropa de Ivonne Donovan hacia la altura de su cintura. Sentía sus ropajes pesar. Atrajo el cadáver hacia ella. Cerró los ojos abiertos del doctor Morgan. Posó los brazos flotantes del cuerpo sobre su pecho en forma de cruz.

La mujer sacó un objeto de su abrigo. Una reliquia. Un cristal rectangular polarizado por la luz que procedía del fiordo.

Lo colocó cuidadosamente sobre el cuerpo del doctor Morgan.

Entonces, posó sus manos sobre el aura del muggle.

Y dijo en voz baja unas palabras que sonaron primitivas de su boca. Antiguas. Ásperas.

El Lago se encendió como si la luz procediera de su interior. Y la piedra rectangular también. Como si el sol procediera de ella.

De repente, cuando se extinguió el destello. El cadáver del doctor Morgan desapareció. Como si nunca hubiera estado allí. Ni siquiera se sacudió el agua a su alrededor. Ni siquiera el agua se quebró. Como si no hubiera presenciado nada. Un testigo ciego de lo que acababa de ocurrir.

Ivonne Donovan salió del lago. Arrastrando el agua y su abrigo mojado con ella. Las olas. Y su respiración. Posó sus pies sobre las orillas. Todo su ropaje goteaba sobre las piedras grises. Sacó su varita y conjuró rápidamente un hechizo que le secara y limpiara aquel estropicio.

Suspiró. Se estiró de nuevo. Se tocó el lumbar. Gimió de dolor tras el esfuerzo.

Se acomodó el pelo. La bufanda que ni siquiera se había mojado. Se cerró el abrigo. Tosió. Guardó su varita. Echó un último vistazo al lago. Negó para sí misma.

Y apareció en la residencia del señor Crawford.

William Crawford parecía estar esperándola.

-Querida -le saludó, mientras se ofrecía a quitarle el abrigo. -¿Cómo ha encontrado nuestro amable Morgan su nueva residencia? -preguntó mientras ayudaba a la anciana a coger el abrigo.

Le sonrió afablemente.

La figura de su nieta apareció del otro salón. Llevaba unos pantalones cortos y unos tirantes. Les obligaba a subir la temperatura de la casa para poder pasearse en aquella ropa. Decía que así era como estaba cómoda. William la colmaba de sus caprichos. No tenía acceso a internet. Y se dedicaba a leer. A ver películas.  A escuchar música. Y a comprar ropa. Decía que era para ella y para el desafortunado gusto de su hermana cuando fuera a verla en vacaciones.

Lola iba a perder la cabeza.

Entendía la razón por la que su hermana estaba radiante en sus cartas cuando la mandaron a Hogwarts. Aquello era una prisión. Por suerte, William Crawford era el mejor carcelero del mundo. Había descubierto en él a la persona más amable del mundo. Era el abuelo que nunca había tenido. Jugaba a juegos de mesa con ella. Le contaba historias de cuando había sido joven y había participado en la guerra contra los Crímenes de Grindelwauld.

También entendía la razón por la que su hermana Cornelia no confiaba del todo en Ivonne Donovan. Tampoco era como si su abuela hiciera mucho por entablar una relación con ella. Apenas le dirigía la palabra. Estaba más fuera que dentro de la casa últimamente. Y tan solo la veía para contarle profecías que decía que debía saber. Era como si el ser squib -al parecer, eso era lo que ella era -le hiciera no ser tan interesante.

Y su madre era otro mundo. Había dejado el trabajo. Pero aquello no hacía que pasara más tiempo con ella. Aparentemente tenía una relación con un mago del Temple. Con un irlandés, le había dicho Cornelia. Prefería quedarse con él que con su madre y su hija a la que había ocultado durante quince años.

En resumen, el mejor momento de la vida de Lola.

-Menos mal que no ha venido con nosotros -suspiró Lola, asomándose desde el salón, para ver la llegada de su abuela.

Su abuela le obsequió una mirada altiva.

-Lola -le regañó William. -Morgan ha sido muy amable con tu familia -le recordó.

La joven rodó los ojos.

-Eres la versión anciana de Winnie de Pooh, William -le intentó insultar. El hombre desaprobó sus intenciones con la mirada. Ella le sonrió con sinceridad. Se giró hacia su abuela. -¿Cómo está mi tío abuelo? -preguntó, aquella vez con preocupación pura.

Aunque no fuera su persona favorita en su universo, debía reconocer que había hecho mucho por ella. La había acogido cuando no tenía a nadie más. Había salvado a una inocente alma del Ojo, cuando estaba encerrada en un manicomio. Y, si su abuela Julie le había tenido aprecio, debía ser por algo.

-Está encantado, Lola -respondió Ivonne Donovan con una sonrisa.



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