Historia al azar: el paso del tiempo
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La Tercera Generación de Hogwarts » (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Domingo 17 de Enero de 2021, 16:45
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(IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)
  232. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (I)
  233. (VI) Capítulo 11: Lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos (II)
  234. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (III)


Los grilletes apretaban sus manos. Se balanceaban de un lado a otro de su muñeca, buscando un equilibrio que no alcanzarían mientras ella se estuviera moviendo. Los contemplaba hipnotizada. Había entrelazado sus dedos para que sus manos no chocaran torpemente. Tenía las uñas mordidas. La piel agrietada del frío. Y sus manos sudaban.

Lanzó un lánguido suspiro.

Sus brazos eran aprisionados por dos Aurores que la deslizaban por el pasillo de las dependencias del Departamento de Seguridad Mágica hasta su destino final. Ninguno se había podido dirigir a ella. Ni en palabras ni en gestos. Cumplían con su deber cuando el tribunal de Wizengamot la condenó a prisión.

A Azkaban.

Ginevra Potter ya había imaginado todo aquello en su cabeza todos aquellos meses. ¿Qué otra cosa iban a hacer? Edward Whitehall, la voz del Departamento de Seguridad Mágica para aquel caso, había puesto todas las evidencias que la aplastaban. Era evidente su traición. Ya podía ser miembro del tribunal que lo coherente era ser condenado.

Era irónico, había pensado mientras estaba en el centro del tribunal. Se servían de un principio de igualdad ante la ley. Un principio fundamental. Que ella aceptó. Y que no negaría. No aceptaría un indulto por su apellido o por su familia. No. No era esa la ironía. Si no que se servían de los principios que les venían bien. Pues había otros que los muggles tenían bastante claros y que los magos ni siquiera habían considerado. La habían condenado a Azkaban. Pero, ¿por cuánto tiempo? No se decía. Simplemente se decía la pena de prisión por un tiempo indefinido hasta nueva revisión del caso. La pena de prisión no podía ser perpetua. Quizás lo decidirían después. Eso iba en contra de derechos fundamentales en el plano muggle. Y allí era el pan de cada día. No podía estar toda la vida en Azkaban por traición, ¿no? Ser mortífago sí merecía aquello. Pero, ¿ella?

Había escuchado como la habían acusado del asesinato indirecto de su propio hermano por su traición. ¿En serio Whitehall creía sus propias palabras? ¿Y el Tribunal lo aceptó? Ella se había mantenido en un silencio inquebrantable. Se las escupiría de vuelta cuando fuera a buscarla. Aunque cada vez dudaba más de si Whitehall abriría una celda de Azkaban si llegaba a necesitarla. Había visto el fuego de creer que poseía una moral superior al resto. Una ética maquiavélica. Lo cual distaba de ser superior moralmente. Ver aquello había preocupado a Ginny. Sobre todo, cuando también comprendió que tras el derrumbe de su marido, Whitehall había cogido el mando del Departamento.

-Déjamela a mí -rogó una voz a los Aurores.

Una figura se había interpuesto entre su destino final y la prisionera llevada por los Aurores reticentes. Estos se miraron entre sí. Ginny alzó la vista. Suspiró.

Y, en el último momento, Harry se dignó a ir a verla. Mejor tarde que nunca, ¿no?

Pero él ni siquiera pudo mirarla.

Los Aurores no dijeron nada. Soltaron a Ginny. Esta fue agarrada por su marido. ¿Qué iban a decir? Harry Potter seguía siendo su Jefe para cualquier efecto. Igual temían el despido si se negaban. ¿Y qué podría hacer Harry? Los grilletes que llevaba estaban encantados para que solo los Aurores de Azkaban los retirasen. Y tenían un Encantamiento Rastreador. Tampoco creían que Harry fuera a rescatarla. Si es que «rescatar» era el término correcto.

Ninguno de los dos dijo nada.

Alcanzaron el traslador hasta Azkaban. Harry no tuvo que obligar a Ginny a tocarlo. Era la prisionera más colaborativa del Azkaban. Lo sería. Todo su cuerpo y el universo giró sobre ella cuando fue trasladada a Azkaban.

Y el gélido viento de la fortaleza le azotó y sacudió su melena pelirroja. Tuvo que entrecerrar sus ojos para ver mejor. Bajaron rápidamente las escaleras de la plataforma hasta el nivel que se le había adquirido. Era la primera vez que Ginevra Potter acudía a aquella isla ubicada en el medio del Mar del Norte. La prisión de los criminales convictos del siglo quince aún seguía en pie. Escondida para los muggles. Inmarcable.

Ginevra Potter tuvo que reconocer que era una prisionera con suerte. Había ido a Azkaban en su mejor momento. Con las reformas de Kingsley Shacklebolt, ya no había dementores. No tendría que otorgar su alma para que fuera devorada. Para el Ministerio de Magia, eran seres indignos de confianza. La depresión y la pérdida de la cordura que su presencia había causado en sus prisioneros habían sido denunciadas por algunos colectivos. Oh, el mundo mágico preocupándose por los derechos.

¿Dónde fueron a parar los dementores? El Ministerio de Magia comunicó que estaban controlados. Que los tenían ubicados. Por supuesto, era mejor comunicar algo falso que infundir pánico en la población cuando podría no suponer un peligro. Su hermano Charlie pertenecía a un Comité creado por Kingsley Shacklebolt en 2015 para la búsqueda de colonias de dementores por todo el mundo. Y no habían localizado ninguna todavía. Los dementores no habían desaparecido de la faz del planeta, eso era seguro.

Los Aurores eran los nuevos carceleros de Azkaban. Tomaban turnos para que un cierto número de aurores fueran asignados en sus guardias, antes de partir para regresar al trabajo de campo, con otros Aurores tomando su lugar. No todos los Aurores tenían esa misión. En función de cómo realizaban las Pruebas de Auror, se les revelaba de aquellas funciones. Si eran excelentes, se les privaba de aquella tediosa tarea, como había sucedido con Alexander Moonlight. Lo cual fue una bendición, pues tras la noticia de que era el hijo de Greyback, todos se alegraron de que no tuviera que haber pisado la prisión forzosamente.

Llegó a su nivel. Descubrió a Crispin Cronk en su pasillo, condenado por tener a esfinges como mascotas en violación de posesión de animales peligrosos. Tarquin McTavish, condenado por atrapar a su vecino muggle en una tetera. Y otros que desconocía.

Sonrió para sus adentros. Ni siquiera tendría un atisbo de los enemigos que ella misma se encargó de encerrar allí. Todos los funcionarios del Ministerio que habían acepatado deliberada y voluntariamente las ideologías de Voldemort en su momento. Principalmente aquellos que pertenecían a la Comisión de Registro de Hijos de Muggles. Oh, y los mortífagos. Repasó los nombres de los más conocidos. Mulciber, Greyback, Shunpike, Travers, Avery, Crabbe, Macnair, Dolohov, Jugson, Lestrange, Nott y, por supuesto, Dolores Umbridge.

Seguramente se habrían enterado ya que ella estaba allí. Habría sido la mejor noticia que habrían escuchado en mucho tiempo.

Llegaron, finalmente, a su nuevo hogar.

Una celda. Pequeña. Una cama. Un escritorio y una silla. Para escribir cartas a sus familiares, supuso. Aunque serían leídas y comprobadas por el personal. Algo que ella sabía perfectamente. Un retrete. Y un pequeño lavabo. Suspiró. Ese era el precio.

Harry cogió sus manos la arrastró dentro de la celda. La dejó en mitad. Cerró la puerta con él dentro. Se acercó a ella. Cogió los grilletes. Una llave. Y los abrió. Se los guardó en el bolsillo.

Le observaba con cuidado. Porque él la trataba como si fuera de cristal.

Entonces, Harry la cogió de la nuca. Aquello turbó a Ginny que dio un respingo. Su marido acercó el rostro de Ginny al de él. Chocó su frente con la de ella. Siempre serían de la misma estatura. Sus narices se rozaron. Fue tanta la intimidad. Tan cercana. Después de tanto tiempo. Que el corazón de Ginevra se descongeló y sintió el calor que creía no poder acoger.

-Gracias, Ginny… Siento que tengas que pasar por todo esto -le dijo Harry. -Siento no haberme dado cuenta antes. He sido un imbécil, espero que me puedas perdonar… Te quiero, Ginny. Perdóname -le rogó.

-No tengo nada que perdonarte -le confesó. Le sonrió. -Yo también te quiero. Tienes que cuidarles.

Él asintió. Giró el rostro. Se llevó la mano a la boca y suspiró.

Rodeó la cintura de su esposa. Acercó su rostro. Y la besó. Con ternura. Parecía como la primera vez. Ginny le rodeó el cuello con los brazos. Tras un momento que se hizo infinito, Harry y Ginny se separaron.

La valentía que siempre había llevado Ginny en el pecho rugió. Ginny miró a Harry, sonriente. Él se acercó a su oído.

-Sé que sabrás el momento oportuno -le susurró Harry.

Ella asintió.

Harry le besó la frente. Le besó la punta de la nariz. Y le robó un besó de sus labios.

Se marchó.

Ella se dio la vuelta. Encaró la pared. Su corazón latía sumamente rápido.

Se llevó sus dedos a sus labios. Movió su lengua. Lentamente sacó el objeto que su marido le había pasado en el beso. Lo sacó con ayuda de los dientes. De su lengua. De sus dedos. Lanzó una bocanada de aire. Contempló aquel trozo de metal alargado.

«Sabrás el momento oportuno». Se repitió a sí misma.

Apretó la llave de su propia celda con fuerza. La metió dentro de su camisa. La guardó en el interior de su sujetador.

Tendría que ser paciente.

Ella había sido la entrada y sería la salida de aquel lugar.

Citar allí a alguien solía significar precisamente eso. Una cita. Era al lado del Lago Negro. Vistas al Castillo. Una hora que rozaba el crepúsculo anaranjado. Lejos de la supervisión de prefectos o profesores. Ni siquiera el Mapa de los Merodeadores solía llegar tan lejos. Las rondas de los Guardianes de Hogwarts no llegaban allí. Y ella lo sabía porque era una guardiana.

Que nadie se equivocara. No lo había citado allí por una cita. Sino porque sabía que nadie iría allí. Era cierto que si alguien los veía, pensaría que era una cita. Pero si entornaban la mirada y descubrían quiénes eran… Rápidamente llamarían a Aurores, al Ministro de Magia y al maldito Merlín si podían. Un atentado era menos peligroso que aquel encuentro.

No obstante, por primera vez en bastante tiempo, sus intenciones no eran asesinas. Las de ella, por lo menos. O por ese momento. Ladeó la cabeza, duditativa, sobre la roca en la que había decidido esperar al citado. Quizás, en su fuero interno, las intenciones que ella tenía no dejarían de ser nunca malas para con él. No era culpa de ella. No era su culpa que aquel muchacho le hubiera dicho que él estaba destinado a matarla. Y que fuera mentira. Al menos, la parte de que el destino lo decía. Que igual sí que quería matarla. Destino en medio de ellos o no. Pues ella, sin destino de por medio, también lo hacía. ¿Por qué no? Nadie se lo impedía. Legítima defensa. De toda la vida. Si le atacaba, ella se defendería. Que se defendía con un Avada Kadavra… Ah, bueno, eran formas de defensa también. La mejor defensa era un buen ataque. No sabía de dónde venía esa frase. Pero le gustaba. Era su mantra y filosofía.

Lily Luna Potter no tenía la reputación de ser una guerrera solitaria por ir lanzando sonrisas precisamente. Aunque lo de guerrera se lo había atribuido ella. Los demás tenían otras palabras para referirse a la muchacha. Y como ella no estaba de acuerdo con ellas, ¿por qué razón tenía que aceptarlas?

-Potter -la llamó Frank McOrez.

Ella se giró. Fastidiada. Sí, había sido ella la que le había citado. No tenía que implicar un entusiasmo por su parte. Era una mujer de negocios. Los emprendedores, en ocasiones, tenían que quedar con su némesis para poder seguir a flote. Lo había aprendido de su madre. No escondería que el rostro torcido de Frank McOrez le hacía subir la bilis a su garganta cada vez que lo veía.

-McOrez -dijo ella. -Supongo que tu varita encantada te habrá adelantado lo que tenía que contarte…

Escuchó una risa impregnada de sarcasmo. No era lo que se esperaba. Le obsequió una mirada llena de furia y rabia. ¿Ese muchacho no entendía que sus padres le habían engañado? ¡No se convertiría en un mago poderoso nunca! ¡Jamás! ¡Jamás en su maldita vida sus putrefactos labios rozarían su pureza! Oh. Ni de coña. Solo con pensarlo le daban arcadas.

-Nos has causado bastantes problemas a mi hermana y a mí, Potter…-fue lo que dijo. ¿Ahora le importaba a ella los problemas fraternales de McOrez? Lily arrugó el rostro. Claro que sí. Después de que su hermana asesinara a su prima Roxanne, por supuesto. O de que su abuelo secuestrara a su hermano. No quería seguir enumerando las razones por las que la familia McOrez debería ser objeto de preocupación de Lily. -Supongo que deberíamos darte las gracias.

Alzó las cejas.

Ojiplática.

Eso era nuevo.

-Lo sé -dijo. Una nunca debía desaprovechar la oportunidad de ser superior a su némesis. Aún bendecía a su puño por habérselo estrellado en su cara. -¿Qué harías sin mí?

La expresión que le otorgó le estremeció. Era enigmática. Pero peligrosa. Sádica. Cruel. ¿Tenía miedo de su némesis? ¿Ella? ¿Lily Potter? Era el asesino que había jurado matarla… Era valiente. No estúpida. Tener miedo le hacía ser prudente.

-Vivir, al parecer… -suspiró McOrez. -Hay algo que necesito que sepas…-añadió, para sorpresa, que intentó que no se reflejara en su rostro.

-Sé lo de la profecía -se adelantó Lily. McOrez bajó de las rocas que le separaban de la joven Gryffindor para aproximarse a ella, mas conservando cierta distancia. La muchacha agradeció aquello. -O no me lo quisiste decir porque no sé por qué… Pues no habla de nosotros… O no lo sabías, lo cual es bastante jodido para ti y me hace bastante gracia, ya que es lo que has estado creyendo toda tu vida...

Lo dejó caer. Se arriesgó a morir. ¿Cómo era la canción muggle? ¿Dejar a uno morir joven o vivir para siempre? Pues eso.

El Slytherin puso los brazos en jarras.

-No. No tenía ni idea de que mi familia me ha engañado toda mi vida haciéndome creer que me convertiría en el mago más poderoso de todo el universo si te mataba, Potter -le espetó.

Con saña y furia.

Como si ella tuviera la culpa de que su familia fuera la peor del universo. Al menos se había dado cuenta. Y gracias a ella, debía recalcar. O a su madre. Lo cual probablemente significaba que su madre había descubierto algo, al fin y al cabo, al favorecer tanto a los McOrez. Bien hecho, madre Potter.

-Bueno -suspiró ella. Se incorporó. -Pues, entonces, ya no tienes por qué matarme, ¿no? -inquirió la joven.

-Espera -le alzó una mano para que se detuviera. Vaya, el otro hombre de negocios parecía tener condiciones en su tregua de paz. Se sentía como Churchill en una misión suicida de poner fin a la Segunda Guerra Mundial con Hitler. -No -¿No qué, McOrez? Una necesitaba más aclaraciones. -Si eres tan lista para descubrir eso, ¿no te has preguntado por qué me han entrenado para matarte con un incentivo tan poderoso?

Pues claro que lo había hecho. No obstante, saberlo, muy probablemente, le haría tener pesadillas. Y en la ignorancia se vivía bien.

-Solo me interesa saber que, ya que no lo tienes que hacer para ser súper poderoso, no lo harás… A cambio, pensaba devolverte la varita -confesó Lily Potter.

Ya estaba. Sus cartas sobre la mesa.

Y la risa sarcástica de Frank McOrez de nuevo.

Aquello le asustó. Más que irritirarla o frustrarla, la acojonó. Sonrió como quien sonreía cuando le abría la puerta a su propio verdugo. Se lamió el labio superior. Había tenido una vida interesante. O eso quiso pensar. ¿Rebotarían sus hechizos sobre él porque había sido su varita? ¿Lograría perfeccionar el arte del Krav Maga en segundos como Albus habló pársel de repente para salvar su vida?

-Eres muy tonta, Potter -le insultó abiertamente.

-Puedo matarte ahora mismo -le amenazó, de repente.

Oh, sí, gran idea, Lily. Justo lo que le debía decir a una persona que claramente pensaba hacer lo mismo.

-No deberías hacerlo si tu plan es seguir viva -suspiró Frank McOrez. Lily Potter frunció el ceño. Ya estaba otra vez con las adivinanzas. Ser enigmático no le hacía interesante. -No voy a matarte -declaró.

-¿Eh?

-Y tú deberías tener más cuidado a partir de ahora -añadió.

-¿Qué? -espetó. -O sea…

-Me han entrenado para conocerte desde antes de que entrases en Hogwarts, Potter. Soy tu asesino perfecto. Pero también… Podría hacerme pasar por ti perfectamente de lo bien que conozco tu entorno -le explicó.

-No entiendo.

-Es complicado de entender. Y, tranquila, pues no sucederá…

-¿Eres consciente de que una Poción Multijugos para hacerte pasar por mí ya no servirá después de las medidas que tomaron tras lo que le hicisteis a Hagrid, no?

Frank McOrez volvió a soltar aquella risa. Esta vez más histérico.

-El Ojo está mucho más avanzado que el juego que da una simple poción, Potter -le advirtió. -Me hicieron creer de pequeño que si lograba matarte me convertiría en un mago muy poderoso. Imagina. Un niño criado en riquezas, muertes y oscuridad… ¿Qué otro mejor trofeo? ¡Y lo único que tenía que hacer era cumplir una profecía que predicaba mi grandeza! Soñaba de niño con asesinarte antes de saber que serías tú…-El vello de la nuca de Lily Potter se erizó. Miró la lejanía del castillo y se odió por ser tan estúpidamente imprudente. -Pero de pronto la niña descubre que todo es mentira -anunció con tanta rabia que creyó que iba a explotar. -Deseé con tanta fuerza que te equivocaras y que lo que me transmitía el encantamiento de mi varita fuera mentira que por poco te mato en ese instante… Pero… Mi hermana me aconsejó que se lo preguntásemos a mi padre. Y decidió que era hora de dejar de ocultar mi verdadera misión -McOrez siguió con su monólogo. Lily tenía la sonrisa de antes congelada. No. No le apetecía saberlo. Quizás para el postre. O para llevar. Pero no, no quería saber qué planes tenía el Ojo para ella en aquel momento. Tan lejos de la seguridad de los Aurores del castillo. -Oh, Potter, tú no me ibas a convertir en un gran mago… Era yo el que te convertiría a ti en una gran bruja. La más oscura… La que acabaría con toda la familia Weasley y la familia Potter y, por fin, aunque ninguna profecía lo dijera, el Ojo tendría una vía libre para lo que quisiera hacer…

-Por encima de mi cadáver -sentenció Lily.

-Es curioso que digas eso, Potter…-suspiró McOrez. -No lo harías tú sola, claro… El Ojo jamás se esperaría eso de ti… Pero juntos… Oh, si Lily Luna Potter albergara el alma de un McOrez que la controlara… -Lily sintió desfallecer. Se giró cabizbaja al Lago. No podía seguir sosteniendo la mirada del joven. -Han estado practicando mucho… Ni te imaginas la de cuerpos que yacen en sótanos buscando el espécimen correcto… Ahora tenemos un ejército, gracias a nuestra misión… Tu prima Molly, ejemplo… Ilusos… ¿Creéis que podéis separar su alma del licántropo que tiene dentro de ella? Es lo único que la mantiene viva… -A Lily le costaba respirar. No. No. No. ¡Que se callara! Escuchó aplausos de Frank McOrez. -¡Has sido elegida, Potter! ¡Bravo! El Ojo te quiere para exterminar a toda tu familia y que nos dejen de molestar…

-¿Por qué me dices esto?  -preguntó en un hilo de voz.

-¿No lo entiendes, Potter? -inquirió McOrez. Sonaba cabreado. Frustrado. -¡Me da igual lo que tenga planeado mi padre para mí! ¡Me importa una mierda que mi padre piense que la mejor forma que tiene su hijo de contribuir al Ojo sea encerrarlo en el cuerpo de una estúpida cría! ¡Me convertiré en el mago más oscuro! -Rugió.

La aterrorizó. Le observó de reojo. La miraba con odio. Entendió que la odiaba por ser ella la que se interponía entre lo que él quería y lo que su padre tenía planeado para él. Bueno, ella también quería vivir sin que el alma de McOrez ocupara su cuerpo y matara a toda su familia con su propia mano.

Suspiró.

-Muy bien…. Supongo…

-No, Potter, no… Necesito que estés viva -le ordenó. -Si estás viva, no me matarán para conseguir lo que quieren. Tienen todo preparado para cuando llegue el momento. Ya que sé lo que la verdad, no tengo que ser yo el que te mate, ¿entiendes, Potter? Ya no tienes inmunidad… Mi hermana y yo podremos defenderte para salvarme a mí de tu jaula… Pero…Necesito que tú hagas algo por ti también…

-¡Yo no quiero eso tampoco! -le espetó. -¡Pero si matas a mi familia!… ¡Me aseguraré de que no puedas convertirte nunca en el mago oscuro que quieres ser!

Aquella amenaza de Lily Potter fue en vano. Frank McOrez se rio de ella y se marchó sin decir nada.

Lily Potter se frustró ante la paradoja de aquella maldición. Su vida estaba unida a la de su némesis. Era algo que ya conocía. Pero esa nueva realidad le dolía aún más. Prefería tener que morir para convertirlo en poderoso. Que la posibilidad de que muriera para que ella misma, poseída como lo estaba Molly, matara a toda su familia. Y, si se lo decía a alguien, el Ojo se aseguraría de adelantar los acontecimientos. De matarla a ella y acabar con todo.

Su misión era sobrevivir.

Suspiró.

Recordó lo que había dicho McOrez sobre su prima. No podrían separar su alma. ¿Significaba aquello que su prima estaba ya muerta? ¿Que su aliento dependía del asesino de aquel Hufflepuff? ¿Que dejarla vivir era también permitir el riesgo de que aquello volviera a suceder? ¿Y tenían un ejército de personas así? ¿De personas como Molly que no sabían que tenían un alma encerrada?

Resopló.

Oh, aquella reunión de negocios había sido el aviso de la bomba atómica.



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