Historia al azar: Ese maldito San Valentin
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La Tercera Generación de Hogwarts » (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Jueves 21 de Enero de 2021, 20:22
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(IV) Capítulo 21: Lección de una madre

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)
  232. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (I)
  233. (VI) Capítulo 11: Lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos (II)
  234. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (III)
  235. (VI) Capítulo 12: La sutileza de evitar confrontaciones


Sus dedos tamborilearon en la mesa alargada al son de una música que se le había metido en la cabeza. No iba acorde al resto del ambiente. Pero sí era adecuada para escapar, aunque fuera por un segundo, de lo que presenciaba. Miraba directamente a la madera de pino de la que estaba hecha la mesa como si fuera un portal hacia su propio interior. Donde escuchaba las voces silenciadas por su meditación.

Hasta que escuchó su nombre.

-Charlie, ¿tú qué opinas? -le preguntó su madre, Molly Weasley.

El hombre alzó la mirada, dejando que varias hebras de su cabello rojo le impidieran ver con claridad la expresión atenta de Molly Weasley. Pestañeó. Focalizó sus pupilas. Su madre tenía los brazos en jarras. Estaba de pie. Cuando estaba de pie, en una mesa rodeada de aquellos magos, era porque estaba irritada. Dejó apoyar una mano en la mesa para sostenerse. Ya no tenía la jovialidad de antes. Ni la resistencia para imponer su decisión al resto de magos. Le miraba con la ceja alzada. Probablemente querría que colaborase con su opinión. Más Charlie Weasley había decidido viajar lejos de allí cuando todo se convirtió en disidencias.

-Yo…-balbuceó.

Su madre suspiró resignada y se sentó. Derrotada. El murmulló se acrecentó. De pronto, Charlie fue arrastrado a la fuerza hacia la realidad. Hacia la improvisada reunión de la Orden del Fénix en el número 12 de Grimmauld Place.

No había sido planeada, puesto que muchos de sus miembros y aliados estaban en disputa declarada contra otros. Algunos ni siquiera habían acudido. Bien porque estaban envueltos en un proceso judicial como Ginevra Potter. Bien porque estaban en el ejercicio de su habitual profesión, como Neville Longbotton, Trewanely Filius Flitwick, Horace Slughorn o Lee Jordan. O bien porque, por motivos ajenos a la Orden del Fénix, habían decidido no acudir a las reuniones desde que fue convocada de nuevo hacía dos años tras el secuestro de Victoire Weasley -como era el rechazo de aliados como Oliver Woods y otros miembros del Ejército de Dumbledure. Aquella era la tercera reunión.

Convocada por el último líder. Kingsley Shacklebolt. Tras el triunfo de la Orden -y la pérdida de algunos de sus más queridos miembros- en la batalla de Hogwarts, la había concluido. Pero siempre volvería para combatir las Artes Oscuras. Para eso había sido creada. Y siempre estaría a la altura de su cometido. Además, bien sabía Charlie Weasley que Kingsley era ahora también el representante de la Orden del Fénix para con la Orden del Temple. Ahora respondían ante otros.

Charlie repasó con la mirada a todos los presentes. Y los demonios interiores de cada uno. Tragó saliva y se pasó la mano por el pelo. Se echó hacia atrás. Kingsley Shacklebolt presidía la mesa como lo había hecho en el pasado. Su tenacidad había sido ligeramente limada por los años, pero seguía siendo el mismo que había reconstituido la Orden. Aquella vez, había venido también Aberforth Dumbledore. Su falta de entretenimiento en sus últimos años le habían hecho venir, supuso Charlie. Pero intuía que, en el fuero interno, siempre había sido un miembro fiel de la Orden del Fénix y nunca les defraudaría.  Los antiguos miembros de la Guardia Avanzada, Dedalus Diggle y Hestia Jones también estaban allí, de pie, sobre una de las estanterías, atentos a las palabras que relataba en ese justo instante Kingsley. Y, para completar el elenco de la Orden del Fénix más puro, su madre a su lado, con una mirada de fuego inquebrantable. Y su padre, Arthur Weasley, con la barbilla en alto y los puños cerrados. Charlie Weasley estaba orgulloso de encontrarse allí.

También ocupaban un lugar en Grimmauld Place el Señor Ollivander, Katie Bell, Pomona Sprout y Luna Lovegood. Y Olympe Maxime. Quien, como solía hacer, se aseguraba de tener su asiento al lado de su cuñada Fleur.

Y, por supuesto, todos sus hermanos. Bueno, ya no.

Si Charlie Weasley estaba distraído era precisamente por pensar en quiénes faltaban allí. Ya no solo era su hermana Ginny. Sobre la que habían hablado. Y no habían llegado a un consenso. Él tenía claro que la había perdonado. Más bien, que no tenía nada que perdonar. Como si él no estuviera casado con Alexis y no supiera que era miembro infiltrada en el Ojo. Algo que ocultaba a su familia precisamente por que no quería que le ocurriera lo que estaba sobrellevando su hermana pequeña. Porque, oh, sí; Charlie Weasley sabía quién era Alexis. No desde el principio. Pero sí desde aquel verano. Antes de casarse con él. Le contó todo. Él era miembro del Temple ahora. No mentiría. Le costó unas semanas digerir todo aquello. Pero lo hizo.

También faltaba su hermano Percy. Aunque fuese el maldito y repelente Percy. Era su hermano. Y Audrey era un encanto y había sido una bendición para su familia y sus sobrinas. Se mordió la lengua por dentro para no gemir. Ya eran dos hermanos los que faltaban para siempre. Su madre tenía tantas ojeras que verla le hacía temblar. No dudaría en la certeza de que algo peor que perder a un hermano era perder a un hijo. Y ella había perdido a dos. Y aún estaban en el inicio de la guerra. Su madre había perdido a un hijo. A una nieta. A otro hijo y a su nuera. Y otra nieta estaba poseída. Dos de sus nietos habían sido secuestrados. Una de ellos estaba embarazada y después sufrió un ataque. Otro nieto fue convertido en licántropo. Su única hija iba a ser mandada a Azkaban. Las ojeras tenían justificación. Tenía tanto de lo que preocuparse en ese instante.

Se había agarrado al brazo de Charlie fuertemente. Charlie sintió la mirada de su hermano Bill en su frente clavada y le sonrió. Bill siempre era la paz que todos los Weasley habían necesitado. Dominique tenía tanto que aprender de su padre aún. A su lado, su hermano George suspiraba y Angelina le acariciaba el brazo para calmarlo. No, ninguno de los hermanos se pondrían de acuerdo en qué hacer con Ginny. Ron estaba de pie, dando vueltas para atrás y para adelante. Hermione le pidió en voz baja que se estuviera quieto. Y Harry Potter, el marido de su hermana, tenía los brazos cruzados sobre sus hombros y los ojos humedecidos.

Rápidamente, Kingsley Shacklebolt cambió de tema. A algunos asuntos con menor importancia. Como el hecho de que sus sobrinos iban a ayudarles de ahora en adelante. Y que no debería haber resistencia por parte de sus progenitores, pues, en su momento, nadie se opuso a la participación de los jóvenes en el Ejército de Dumbledore. Ninguno quiso decir nada.

-¿Quiénes van a ser los tutores de Lucy? -preguntó, de repente, Arthur Weasley. Era como si se le acabara de ocurrir aquel problema. -Es huérfana ahora… Ha cumplido los diecisiete años… Pero para algunos efectos, aún necesita un tutor legal… Pues Molly… Neville ya ha dicho que el Colegio se ocupará de ella…

-Creía que ibais a ser vosotros -dijo George, frunciendo el ceño.

-¿No dijeron nada?

-Bueno… -interrumpió Charlie. -Técnicamente yo soy el padrino de Lucy…-Recordó. Resopló. La ceremonia de decir quién era el padrino de quién cuando hubo un colapso de sobrinos en su familia fue enternecedora. Entendió, solo en ese segundo, para qué servía realmente. Se le encogió el estómago al recordar que también era el padrino de Dominique y de Fred. Se sintió responsable de aquellos tres muchachos. Sabía que con Dominique se había comportado siempre como un mentor. Pero necesitaba hacerlo con Lucy y con Fred. Se mordió la lengua. Suspiró. -Seré yo -sentenció. -Alexis y yo nos ocuparemos de Lucy.

-Hermanito, eres el que menos experiencia de todos tiene…-Recordó George.

-No es como si tuviéramos que cambiar pañales…-comentó con una media sonrisa. Menudo alivio porque Charlie había pasado la infancia de sus sobrinos huyendo de aquella pesadilla. -Lucy es adulta. Me encargaré de que esté bien…

Se hizo un silencio. ¿Aprobaban su decisión así como así? Quizás todos tenían tantos problemas que no querrían otro más. Desde luego, no iba a obligar a Bill a adoptar a Lucy. Él tenía que estar a cargo de un nieto al que proteger del Ojo, de una hija al borde de prender fuego al mundo y de un hijo en el epicentro del problema. George tampoco sería la mejor solución, después de haber perdido a Roxanne, quizás no necesitaba a otra hija en ese instante. Y Ron estaba a punto de desgastar la suela de sus zapatos -suficiente con estar pendiente de lo que sus hijos hicieran- y no podía cargar con más asuntos a Hermione, quién tenía la tarea de aprender a dirigir el Temple. Por supuesto, Ginny y Harry ni siquiera eran considerados. Tenía que ser él.

-Te ayudaré a llevar las cosas de Lucy a tu casa… Ella no quiere volver a la casa de sus padres -se ofreció Angelina. Charlie asintió. -¿Tienes espacio para ella cuando vaya en vacaciones?

-Puede quedarse en la Madriguera -se adelantó Arthur.

-Claro, supongo que es lo que ella pensaría hacer -razonó Charlie.

-¿Y qué expectativas tiene esa chiquilla? -preguntó, de repente, Olympe Maxime. Todos se giraron en interrogación. -Está en su último año de Hogwarts… ¿Qué hará después?

Charlie se mordió el labio.

-Por experiencia, puedo decir que los Weasley siempre sorprenderemos -dijo Molly Weasley. -Soy madre. Sé que mi nieta tiene sus propias expectativas para el futuro.

Hubo otro silencio. Nadie podría refutar aquello.

-Todas las madges cuidagemos de ella -añadió Fleur. -Si necesita algo, siempge puede ig al Gefugio con mi hija -comentó mirando a Charlie, recordando que su hija había habitado aquel lugar de la Orden para proteger a su sobrino nieto.

-¿Alguna noticia de su hijo? -interrumpió Pomona Sprout para preguntar a Fleur.

Esta escondió su tristeza bajando los ojos.

-No -fue Bill el que respondió. Charlie pudo ver cómo entrelazaban las manos para darse ánimos. -Aún no.

-Oh, Billy…-se lamentó la señora Sprout.

Su hermano hizo un gesto con la cabeza para decirle que no pasaba nada. ¿Cuántas veces tenía que demostrar que era el hermano mayor que todo el mundo desearía tener? Si él tuviera algún hijo o una hija, sabría quién sería su padrino.

-Me… Me han comentado que los niños han entrado en la Cámara de los Secretos como se les pidió -anunció, entonces, Shacklebolt. Todos se giraron para verle. -Albus Potter habla pársel.

-¿Qué? -interrumpió Harry. -¿Cómo…? ¿Qué?

-Y es probable que pueda controlar a los basiliscos que hay allí… Aún… Aún tienen que comprobarlo… Ahora seguirán las órdenes del Temple -suspiró. -Pero nosotros también tenemos que saber eso.

-Pero yo soy su padre -replicó. -¿Por qué no se me ha preguntado si estoy de acuerdo con eso?

-Harry…-Advirtió Hermione.

-¿Qué? ¿Y si fuera Hugo? -insistió. Harry se cruzó con la mirada de Bill Weasley. Una mirada de advertencia y precaución. Su hijo estaba en más peligro que el potencial de Albus de hablar pársel. Era cierto. Pero uno solo consideraba la protección de sus hijos y no la de los demás. -Lo siento… Yo…

Se incorporó del asiento.

Salió de la cocina.

Y subió escaleras arriba hacia alguna de las habitaciones de la antigua casa de su padrino que ahora quedaba a su nombre.

Echó todo el aire que tenía en los pulmones.

Acababa de comprender a su mujer.

Volvió a suspirar. Sintió el llanto atragantado en su pecho. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Él siempre había creído a todo el mundo. Maldita sea. Había llamado a su hijo en honor a Severus Snape.  Su hijo mayor llevaba el nombre de su padrino, el que sufrió en Azkaban por ser condenado por una traición que no cometió. El que sólo pretendía salvarle. Se rascó la frente. ¿Y no había entendido a su mujer cuando lo único que quería era protegerlos? ¿Por qué reaccionó de aquella forma? Sí, se sintió vulnerable y traicionado. Sentía que no conocía a Ginny. Pero precisamente aquel acto de coraje que había demostrado Ginny era justo lo que siempre le había enamorado de ella. ¿Cómo había podido dudar, por un solo segundo, de Ginny?

Y se dio cuenta cuando supo que haría lo posible para proteger a su hijo. Incluso si no gustaba al resto. Incluso si era desafiar las órdenes de otros. Incluso si tenía que devolverle los basiliscos al Ojo para que Albus no se expusiera jamás a ellos. La comprensión le vino como un rayo.

-Harry…-Ron se acercó a él. Vio a Hermione franquear la puerta de la habitación en la que había entrado. Alzó la mirada hacia ellos y mostró sin vergüenza su vulnerabilidad. -No le va a pasar nada… Hugo también está con Albus…

-No es eso, Ron -interrumpió, sollozando.

Hermione fue corriendo a abrazarle.

-¿Entonces…? -Hermione agarró a Ron del brazo y le obligó a que se uniera en el abrazo.

-Tranquilo, Harry, ella lo sabe.

-Travesura realizada -formuló. Giró la varita en el mapa. Lo cerró. Se lo guardó en el bolsillo de la capa. -Tengo que irme -anunció a su mejor amigo.

Hizo amago de acelerar el paso. Mas su mejor amigo le detuvo. Le cogió del codo y lo ancló al suelo. Demonios. Sí que tenían fuerza en el brazo los cazadores de Quidditch. Albus Severus Potter le miró de reojo. Fastidiado.

-Eh, eh, eh -conforme decía aquello, lo acercaba cada vez más a él. La capa de Gryffindor de su amigo chocó con la suya. -¿A dónde vas, Al?

La incógnita que le planteaba la preguntó con cierto retintín. Como si quisiera que se replantease sus intenciones. Tenía una ceja alzada. Los labios fruncidos. Y su otra mano en el bolsillo, en un intento de sonar despreocupado. Cuando no lo estaba. Pues Scorpius Malfoy parecía un muchacho descuidado, aunque no lo fuera ni en el mejor de sus intentos.

-Tengo que ir a un sitio -insistió, tirando de sí mismo, para zafarse de la labor inquisitora de su mejor amigo.

-He visto lo mismo que tú en el Mapa de los Merodeadores…-advirtió Scorpius.

Albus pestañeó y fingió indiferencia.

-¿Y? -inquirió.

Si iban a jugar a las adivinanzas, prefería aquello que encararse. Ese era el problema de ellos dos y por eso Greenwood nunca les hablaba de su ruptura con Kyle. No sabían enfrentarse a los problemas que no fueran un basilisco o una sociedad secreta milenaria. Los otros problemas sí que eran un misterio que costaba poner en palabras.

-Que la dejes en paz, Al -pidió Scorpius.

-No iba a hacer nada, por Merlín…-bufó Albus.

-Ah, ¿no? ¿Y por qué no me dices a dónde ibas? -suspiró. -Ambos hemos visto que Alice estaba en ese pasadizo que sabemos que conduce a un traslador…

-Si eres mi amigo, deberías confiar en mí -interrumpió Albus.

Mientras Scorpius soltaba una risa relajada, Albus le empujó hacia atrás para alejarse de él. Scorpius le reprochó aquello con la mirada. Albus vio cómo su amigo transmitía una mezcla de desaprobación y preocupación en el gesto.

-El problema es que ella también es mi amiga… -Recordó. Oh, sí, era más que consciente de que sus dos mejores amigos no podían vivir sin Alice. De que Peter se había desahogado con ella. De que cuando Scorpius recaía de ánimo al recordar a su padre o pensar en su madre y su hermana, siempre la buscaba. No era como si él quisiera que fueran a él, precisamente, para manejar aquella situación. -Por favor, no le hagas más daño…

Aquello irritó el interior de Albus.

-¡Scorpius! -se quejó. -¿Pero quién te crees que soy?

Su amigo se encogió de hombros.

-Eres mi mejor amigo… Pero no significa que seas perfecto, Al. Y me gustaría que lo intentaras -dijo simplemente.

Hizo un gesto -bastante muggle, lo cual probablemente significaba que había sido obligado recientemente por Greenwood a ver alguna película -con las manos como si se despidiera de algún superior del ejército. Y dejó a Albus solo en el pasillo. Confundido. Aturdido. Y un poco herido. No todos los días le decía su mejor amigo que mejorara.

Bufó de nuevo.

Se despeinó. Se ajustó la corbata de color esmeralda y plata.

Y, efectivamente, fue corriendo al pasadizo que había señalado su mejor amigo antes de que Alice Longbotton desapareciera.  Tenía que aprovechar aquella oportunidad, pues no iba con Driggs o con Collingwood, como en todas las ocasiones que la había descubierto con Rose, con Peter o con Scorpius. Había buscado aquel encuentro desde Navidad. Y ese era el momento. Por supuesto, había tenido que coincidir que estuviera ella sola y que él tuviera el Mapa de los Merodeadores. No había sido sencillo. Oh, y esperaba que Scorpius Malfoy no le dijera nada a Rose Weasley, puesto que su prima lo ahorcaría si se enteraba de que volvía a recordarle a Alice Longbotton que era una traidora. Por suerte para Albus, desde que Rose los bañó en cerveza, había decidio no dirigirles la palabra hasta próximo aviso -lo cual para Scorpius era bastante insufrible en los entrenamientos de Quidditch.

Repasó mentalmente el recorrido hasta el pasadizo para no tener que abrir el Mapa de los Merodeadores de nuevo. Aunque quizás debería para comprobar si Alice había desaparecido para ir al sitio en el que Albus había estado secuestrado el año anterior. Ya hasta la dejaban ir sola. ¿Cómo podían hablar sus amigos con ella con tanta seguridad? ¿Y si les estaba vendiendo?

Había calculado que, andando a un paso ligero y rápido, la alcanzaría a tiempo.

Era el corredor del tercer piso. Giró al lado de la Gran Escalera. Comunicaba esta con la Escalera del Puente Colgante. No era la primera vez que magos oscuros ocultaban allí cosas. Aquella vez había sido un traslador. Pero también estuvo la Piedra Filosofal. Sólo se accedía a través de una trampilla que, por suerte, no la custodiaba un perro de tres cabezas como antaño. 

Entró en el cuarto donde se ubicaba la trampilla, cerciorándose de que nadie le veía.

En Hogwarts había constantes cambios. ¿Qué le depararía ese corredor? Si Alice podía ir por allí sola, ¿por qué él no? Ni que ella fuera una gran maga que pateara los culos de los magos oscuros.

Al pasar hacia el corredor, Albus oyó los pasos de Alice. Y supo que eran de Alice.

-Lumos -formuló Albus.

La punta de su varita se iluminó con una luz ligeramente cálida. La apuntó hacia la oscuridad. Parecía un corredor desolado. Como si el personal del Castillo se hubiera olvidado por completo de él. Era un buen escondite para un traslador, debía reconocerlo.

¿Cuál era el traslador? No tenía ni idea. Pero Hugo había apuntado que se encontraba uno allí. Y no lo dudaba. Oh, ya no dudaría más de Hugo. Si Hugo decía que Albus podía hablar pársel, Albus hablaría pársel como si fuera su lengua nativa. Si Hugo quería crear un nuevo universo, Albus confiaba en que podría hacerlo. Así que, si Hugo había dicho que allí había un traslador, lo había aunque jamás lo encontrara. Porque sería culpa de Albus por no buscar bien. Estaba totalmente seguro.

Avanzó por el pasillo, sin ver muy bien. Se dio cuenta, ensimismado en sus propios pensamientos, que ya había dejado de escuchar los pasos. Se detuvo. Se giró hacia su espalda por puro instinto.

No había nada.

Claro.

Se giró de nuevo hacia delante, persiguiendo su objetivo.

-Nox -dijo una voz.

Y la luz de su varita se extinguió.

-¡AGH! -Chilló Albus.

Antes de perder a su objetivo por los nervios y por el tremendo susto que se acababa de llevar, extendió su brazo y cogió la capa que pretendía huir de él, dejándolo cegado y a oscuras.

-¡Suéltame, Severus! -le espetó Alice, utilizando el nombre con el que le llamaba hacía tanto tiempo que rasgó el corazón del joven por los recuerdos. Pero él no le hizo caso. -¡Suéltame!

-Lumos -conjuró su varita y apuntó hacia Alice.

La observó en un silencio que compartió. La luz le permitió ver el rostro asustado de la muchacha. Cuyas pupilas incrustadas en sus ojos verdes se empequeñecieron vertiginosamente por el foco de luz postrado sobre su nariz respingona. Tenía el pelo aún más negro por la oscuridad que lo atrapaba. Y la piel sumamente pálida. Con una cicatriz en una ceja que llamó la atención del joven.

La muchacha apartó la varita de su rostro con brusquedad.

-¿Qué haces aquí? ¿Me has seguido? -le interrogó. Tenía sus brazos en jarras. -¿Has tenido que seguirme para recordarme lo mala persona que soy? Ya te vale, Albus, estoy muy cansada de…

Albus la detuvo con la palma de una mano. Reflejó un semblante derrotado. Los hombros hundidos. Ni siquiera había escuchado lo que había dicho. Estaba descifrando aún la cicatriz de la ceja de Alice.

-Alice…

Sí, tenía un discurso preparado. Más se había quedado en blanco. La tenía en frente y le había hecho borrar todas las palabras que se había aprendido. El rostro de Alice le obsequiaba escepticismo. Resquemor. Incluso temor. ¡Temor hacia él! Si antes le habían unido mariposas o el vértigo que sentía en el estómago cada vez que la veía, ahora parecía que tenían dolor en común.

-¿Qué? -le escupió. -¿Vas a disculparte por ser un imbécil incluso cuando todos tus amigos me dirigen la palabra?

-No pienso disculparme por cómo he decidido reparar lo que tú estropeaste, ¿no? -le espetó a la defensiva. Ella se quedó perpleja ante la respuesta e hizo amago de irse. Albus buscó su brazo para retenerla. -Espera -le rogó, en voz más baja mezclada con un suspiro.

Alice le miraba de reojo. Como si no quisiera enfrentarse a él. De nuevo, ver el miedo en sus pupilas hizo encoger sus entrañas. Recordó, inevitablemente, las palabras de Scorpius. O la advertencia de Rose de que como se le ocurriera acorralar a Alice para exigirle explicaciones le castraría y le colgaría del aro del Campo de Quidditch. ¿Tanto daño le había hecho a Alice? Pero, ¿cómo? ¿Cómo podría él hacerle el más mísero daño simplemente pidiéndole una aclaración de por qué hacía aquello?

-¿Vas a decir algo? -preguntó.

Albus tragó saliva.

Se despeinó. Miró al suelo que los separaba.

-Mi… Mi madre me dijo que a hizo lo correcto haciendo justo lo contrario a lo correcto -Alice puso los ojos en blanco. Albus buscó sus ojos.  Ella resopló. Albus se mordió el labio. -Supongo que lo tuyo es parecido -añadió en un largo y profundo suspiro. -Pero todavía no sé qué decisión tomar contigo…

Alice se giró hacia él.

Albus resopló y bufó. Se sentía frustrado. No era lo que tenía pensado decirle. Quería que, como había intentado su madre, le explicara por qué había hecho aquello. Su madre creía que les estaba protegiendo. Creía que les había ganado años de paz. Y era cierto, maldita sea. Había evitado que Inglaterra estuviera en la posición que se encontraba Francia. Supuso que la había perdonado. Era su madre. Sí, se sintió traicionado. Que su padre reflejara sus sentimientos no ayudó a evitarlo. Pero vio cómo sus hermanos ayudaron a animar a su madre. Y cómo notó el reflejo de aquella sensación en lo que ocurría con la muchacha que tenía ante él. Al final de la Navidad, podía decir para sí mismo que quería a su madre y la ayudaría en lo que fuera para que evitara Azkaban. Solamente si pudiera poner sus pensamientos en palabras en voz alta, su madre estaría un poco más feliz.

Por eso quería saber qué era lo que movía las decisiones de Alice Longbotton. Si entendía por qué lo había hecho al igual que había hecho con su madre, podría confiar en ella. Podría ayudarla. Pero necesitaba saber qué era lo que perseguía con sus acciones. Y por qué no se detuvo cuando Albus estuvo a salvo. Creyó que, en un principio, era él. Y supuso, de algún modo, que si lo hacía por él, tendría que perdonarla. Pero ella no cesó de estar a la merced del Ojo. ¿Por qué? Albus necesitaba saber aquello para confiar. No era como Rose ni como Scorpius ni como Peter. A él le había hecho daño.

Y, no obstante, al ver el miedo en sus ojos, decidió que quizás no era buena idea. Ella tenía miedo de él. ¿De lo que él podría hacerle? ¡Jamás le haría daño!

Se miraron durante infinitos minutos en silencio, bajo la cálida luz de un Encantamiento de Iluminación que apartaba toda la oscuridad que les abrazaba en el pasillo del tercer piso.

Contemplaban los ojos verdes y esmeraldas de uno y del otro. Y la imposible distancia que les había separado todos aquellos meses se convirtió, para Albus, en cercanía, posibilidad y algo inevitable.

La besó.

Sin aviso. Sin permiso. Sin detenerse realmente a decidirlo. Simplemente porque no podía hacer otra cosa. Necesitaba el aire que ella respiraba. El que ella contenía. Como si se lo hubiera robado aquella vez en el lago y lo quisiera de vuelta.

Albus cogió con sus manos los costados de la cara de Alice, recordando su textura, al separarse de su beso.  La varita iluminada de Albus enredada en el pelo de Alice. No pudo abrir los ojos de nuevo. Si Alice le temía antes a él, ahora era él el que temía a Alice.

Fue Alice la que se separó, obviamente, y empujó a Albus con suavidad.

Albus frunció los labios. Bajó la mirada al suelo. Sintió sus mejillas coloradas. Su corazón latía tan fuerte que resonaba en su caja torácica.

-¿Esa es la decisión que has tomado?

El joven sonrió y se rascó la nuca. El tono era de burla. Era un tono que llevaba tanto tiempo sin escuchar que fue como una sopa caliente después de un largo día de lluvia.

-Es mala, ¿verdad? -le dijo asomando sus ojos a través de las pestañas.

Se sorprendió al ver a Alice tocándose sus labios con la punta de los dedos y mirando al suelo. Sonrió para sí. Quizás no era una decisión tan mala, ¿no? No descartaba que no fuera la mejor. Pero, demonios, se había sentido como la mejor elección que había hecho en su vida.

-Tengo que irme, Albus -dijo en un suspiro.

Él asintió. No se lo iba a impedir. Su madre le había enseñado a confiar en las personas incluso cuando parecían que no estaban en el buen camino. Pues, si creía conocerlas, sabría que siempre tendrían una razón. Y Albus Severus Potter no tenía por qué saberla. Se lo repitió varias veces.

-Claro…

Alice se dio la vuelta para marcharse. A por el traslador, pensó. A donde fuera que hubiera conseguido aquella cicatriz que le molestó tanto ver.

-Es la peor decisión que has podido tomar -añadió Alice.

No la pudo ver, pero supo que lo decía seriamente. Albus frunció el ceño. Pestañeó.

-Lo siento -dijo. ¿Se acababa de disculpar por un beso? -Yo… ¿No se lo diré a nadie? -se cuestionó más a sí mismo que a ella.

Su rostro se giró. El perfil de la muchacha fue iluminado por la varita de Albus. Entornó la mirada al ver que los ojos de Alice parecían tan húmedos como la primera vez que la besó. Su estómago se encogió.

-¿Confías en mí, Albus? -le preguntó en un hilo de voz.

El joven agarró con fuerza su varita.

-Siempre -contestó con firmeza.

Ahora lo sabía. Le había costado hacerlo. Supuso que debía darle las gracias a su madre por abrirle los ojos. O a Alice por recordarle quién era él y quién era ella. No, Alice jamás lo traicionaría. Se odió por pensar que lo haría. Se detestó por tratarla como si lo hubiera hecho. Y por apartarla de él cuando más cerca la quería de sí. Tendría un motivo. Lo tendría. Y él no tenía por qué saberlo. Solo tenía que confiar en ella.

-Bien -fue la respuesta de Alice. Y se marchó por el pasillo.

La luz de su varita no pudo alumbrarla por más tiempo. No obstante, ella no se guió por la luz. Qué irónico. Alice podía ver perfectamente en la oscuridad. Y, no obstante, pese a que iba directa a un traslador del Ojo -de aquellos magos oscuros que lo secuestraron y que tanto daño le habían hecho a él y a su familia -, volvió  a sentir esa sensación.

El vértigo.

Un estremecimiento en el estómago. El mismo que sentiría si se encontrase a los pies de un precipicio y el viento le azotase amenazante el rostro. Era la misma sensación cuando estaba cerca de Alice. O cuando pensaba en ella. Incluso cuando había creído que podía llegar a odiarla.

Una sensación ilusoria de que las cosas externas rotaban o se desplazaban a su alrededor. Normalmente, se debía a una alteración para regular el equilibrio o el sistema nervioso central. Normalmente, era el cerebro avisando de un peligro.

¿Y qué mayor peligro que besar a Alice Longbotton y querer hacerlo de nuevo?



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