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La Tercera Generación de Hogwarts » (IV) Capítulo 8: Quo vadis
La Tercera Generación de Hogwarts (ATP)
Por Carax
Escrita el Martes 6 de Junio de 2017, 16:59
Actualizada el Domingo 17 de Enero de 2021, 16:45
[ Más información ]

(IV) Capítulo 8: Quo vadis

Capítulos
  1. (I) Prefacio: Rumbo a Hogwarts
  2. (I) Capítulo 1: Inicios
  3. (I) Capítulo 2: La bienvenida
  4. Bermejo
  5. Tendencia a las alturas
  6. (I) Capítulo 5: El fuego nunca dice basta
  7. Bala perdida
  8. Negligencias
  9. Como pez fuera del agua
  10. Orgullo y perjuicio
  11. El baile
  12. Amarga victoria
  13. << ¿Quién es el mejor Potter?>>
  14. Invencible
  15. El poder de la ambición
  16. <<I.D.>>
  17. Las desventajas de amar
  18. Caída en picado
  19. Con los ojos cerrados
  20. No es fácil ser un Malfoy
  21. Luto
  22. Criaturas fantásticas
  23. Nyneve
  24. Emboscada
  25. Estúpidos e imprudentes
  26. Epílogo: Resurgir de las cenizas
  27. (II) Prefacio: Casus Belli
  28. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  29. (II) Capítulo 1: Al pie de la letra
  30. (II) Capítulo 2: De facto
  31. (II) Capítulo 3: Tomar al lobo por las orejas
  32. (II) Capítulo 4: Se aprende mientras se enseña
  33. (II) Capítulo 5: Erróneamente perdido
  34. (II) Capítulo 6: Abrupto
  35. (II) Capítulo 7: La sed de Ares
  36. (II)Capítulo 8: Delirium
  37. (II) Capítulo 9: Entre libros
  38. (II) Capítulo 10: Fuera de las murallas
  39. (II)Capítulo 11: Paz con esclavitud
  40. Capítulo 12: Vox populi
  41. (II) Capítulo 13: Lo que haya que cambiar
  42. (II) Capítulo 14: Testigo del tiempo
  43. (II) Capítulo 15: Caín
  44. (II) Capítulo 16: Noctámbulo
  45. (II) Capítulo 19: Torpeza propia
  46. (II) Capítulo 20: Inter arma
  47. (II) Capítulo 21: Culpa de los infortunios
  48. (II) Capítulo 22: Deus ex machina
  49. (II) Capítulo 23: Dorada mediocridad
  50. (II) Capítulo 24: Cogito ergo sum
  51. (II) Capítulo 25: Conoces la hora que vives, no la hora a la que morirás
  52. (II) Capítulo 26: Al gusto
  53. (II) Capítulo 27: Habeas corpus
  54. (II) Capítulo 28: Memento finis
  55. (II) Capítulo 29: Hacia lo profundo
  56. (II) Capítulo 30: Sine die
  57. (II) Epílogo: La suerte está echada
  58. (III) Prefacio
  59. (III) Capítulo 1: El conocimiento es poder
  60. (III) Capítulo 2: Luchar con todos los huesos rotos
  61. (III) Capítulo 3: La peor parte es decir adiós
  62. (III) Capítulo 4: El tiempo es una pistola cargada
  63. (III) Capítulo 5: La felicidad duele como una bala en la cabeza
  64. (III) Capítulo 6: Un precio que pagar
  65. (III) Capítulo 7: Sensación de impotencia
  66. (III) Capítulo 8: Verdades y Mentiras
  67. (III) Capítulo 9: Latidos
  68. (III) Capítulo 10: Lo que está muerto no puede morir
  69. (III) Capítulo 11: Nieve cálida
  70. (III) Capítulo 11 bis: El baile
  71. (III) Capítulo 12: Un paso atrás
  72. (III) Capítulo 13: Y si no hay cielo.
  73. (III) Capítulo 14: En el andén.
  74. (III) Capítulo 15: Turbulencias.
  75. (III) Capítulo16: Delirium
  76. (III) Capítulo 17: La suerte está echada.
  77. (III) Capítulo 17: Grata sorpresa
  78. (III) Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
  79. (III) Capítulo 19: Crueldad incansable
  80. (III) Capítulo 20: Ad astra
  81. (III) Capítulo 21: Per aspera
  82. (III) Capítulo 22: La unión hace la fuerza
  83. (III) Capítulo 23: Non desistas
  84. (III) Capítulo 24: El fuerte puede caer pero nunca rendirse
  85. (III) Capítulo 25: El lobo ataca con el diente
  86. (III) Capítulo 26: Por la valentía se conoce al león
  87. (III) Capítulo 27: In fraganti
  88. (III) Capítulo 28: In memoriam
  89. (III) Capítulo 29:
  90. (III) Capítulo 30: Criaturas fantásticas y dónde encontrarlas
  91. (III) Capítulo 31: Sin esperanza, sin miedo.
  92. (III) Capítulo 32: Intolerancia
  93. (III) Capítulo 33: De vez en guando, incluso el genial Harry se equivoca
  94. (III) Capítulo 34: El águila no caza moscas
  95. (III) Capítulo 35: Circo de niños
  96. (III) Capítulo 36: Nadie puede escapar de la muerte
  97. (III) Capítulo 37: En igualdad de circunstancias
  98. (III) Capítulo 38: Criaturas fantásticas y cómo huir de ellas
  99. (III) Capítulo 39: Sangre de mi sangre
  100. (III) Capítulo 40: Alter ego
  101. (III) Epílogo: Y por los siglos de los siglos
  102. (IV) Prefacio
  103. (IV) Capítulo 1: Resquicios
  104. (IV) Capítulo 2: Carpe Diem
  105. (IV) Capítulo 3: Fraternidad
  106. (IV) Capítulo 4: Errando se corrige el error
  107. (IV) Capítulo 5: Homo homini lupus
  108. (IV) Capítulo 6: Beatus Ille
  109. (IV) Capítulo 7: Ex libris
  110. (IV) Capítulo 8: Quo vadis
  111. (IV) Capítulo 9: La naturaleza de las cosas
  112. (IV) Capítulo 10: La mentira oculta
  113. (IV) Capítulo 11: La ira es una locura breve
  114. (IV) Capítulo 12: Un alma sana…
  115. (IV) Capítulo 13: Alma mater
  116. (IV) Capítulo 14: La inexistencia del término medio
  117. (IV) Capítulo 15: Todo ser humano es mentiroso
  118. (IV) Capítulo 16 : Lealtad
  119. (IV) Capítulo 17: Fidelidad
  120. (IV) Capítulo 18: Persona grata.
  121. (IV) Capítulo 19: La insoportable levedad de lo imposible
  122. (IV) Capítulo 20: Ensayo y error
  123. (IV) Capítulo 21: El número de los imbéciles es infinito
  124. (IV) Capítulo 21: Lección de una madre
  125. (IV) Capítulo 22: La verdad engendra odio.
  126. (IV) Capítulo 23: El ruido de la miseria en silencio
  127. (IV) Capítulo 24: Abrir las alas
  128. (IV) Capítulo 25: De leyenda a promesa
  129. (IV) Capítulo 26: Los fuegos artificiales de Susan Jordan
  130. (IV) Capítulo 27: Los verdaderos héroes de la historia
  131. (IV) Capítulo 28: A veces hacer lo correcto no lo parece
  132. (IV) Capítulo 29: Lo que se dice
  133. (IV) Capítulo 29: Lo que no se dice
  134. (IV) Capítulo 30: Lo que no hace falta decir
  135. (IV) Capítulo 31: Dejar ir
  136. (IV) Capítulo 32: El tiempo en la palma de la mano
  137. (IV) Capítulo 33: La sede del Temple
  138. (IV) Capítulo 34: Sobre lo perdido
  139. (IV) Capítulo 35: En la Casa de los Gritos
  140. (IV) Capítulo 35: Modus operandi
  141. (IV) Capítulo 36: Con un poco de ayuda de amigos
  142. (IV) Capítulo 37: Incontrolable
  143. (IV) Capítulo 38: Draconiano
  144. (IV) Capítulo 39: Herir, matar o salvar.
  145. (IV) Capítulo 40: Leopold
  146. (IV) Capítulo 42: La sinfonía de la guerra
  147. (IV) Capítulo 43: Al otro lado del espejo
  148. (IV) Capítulo 43: En la superficie
  149. (IV) Capítulo 44: DestrucRose
  150. (IV) Capítulo 45: Sobre lo que les pasa a los licántropos
  151. (IV) Capítulo 46: El sol no luce para todos
  152. (IV) Epílogo: La libertad inunda todo de luz
  153. (V) Prefacio
  154. (V) Capítulo 1: Hacia los nuevos misterios
  155. (V) Capítulo 2: La Asamblea del Temple
  156. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  157. (V) Capítulo 3: La guarida del lobo (I)
  158. (v) Capítulo 3: La guarida del lobo (II)
  159. (V) Capítulo 4: Las coincidencias no existen
  160. (V) Capítulo 5: Tropezar dos veces con la misma piedra
  161. (V) Capítulo 6: Una nueva forma de vida
  162. (V) Capítulo 7: El problema de los prejuicios
  163. (V) Capítulo 8: Ser el héroe del día
  164. (V) Capítulo 9: Carne de mi carne
  165. (V) Capítulo 10: Sangre de mi sangre
  166. (V) Capítulo 11: Permiso indirecto
  167. (V) Capítulo 12: Lo bien aprendido, para siempre es sabido.
  168. (V) Capítulo 12: Explosión mental (I)
  169. (V) Capítulo 12: Explosión mental (II)
  170. (V) Capítulo 13: Cómo salvar un alma
  171. (V) Capítulo 14: La pesadilla
  172. (V) Capítulo 15: Espíritu Slytherin
  173. (V) Capítulo 16: El boggart
  174. (V) Capítulo 17: La promesa de Luperca
  175. (V) Capítulo 18: Nadie escapa al destino
  176. (V) Capítulo 19: Alfa
  177. (V) Capítulo 20: Deseos mundanos
  178. (V) Capítulo 21: Sobre el peligro del amor
  179. (V) Capítulo 22: Una bruja corriente
  180. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (I)
  181. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  182. (V) Capítulo 23: Los perjuicios de la Navidad (II)
  183. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (I)
  184. (V) Capítulo 24: La elegancia de los Malfoy (II)
  185. (V) Capítulo 25: Un pensamiento contra natura
  186. (V) Capítulo 25: Pensamiento contra natura (II)
  187. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (I)
  188. (V) Capítulo 26: Sobre secretos inefables (II)
  189. (V) Capítulo 31: Escrito en las estrellas (I)
  190. (V) Capítulo 27: Escrito en las estrellas (II)
  191. (V) Capítulo 28: 14 de febrero
  192. (V) Capítulo 29: El dolor es inevitable
  193. (V) Capítulo 30: Otra ronda más
  194. (V) Capítulo 31: Acción y reacción
  195. (V) Capítulo 31: Acción y reacción (II)
  196. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados
  197. (V) Capítulo 32: La independencia de los soldados (II)
  198. (V) Capítulo 33: Siempre en la memoria
  199. (V) Capítulo 34: Las posibles posibilidades
  200. (V) Capítulo 35: El tiempo es oro.
  201. (V) Capítulo 36: Cruce de caminos
  202. (V) Capítulo 37: En la Casa de los Gritos, otra vez.
  203. (V) Capítul 37: En la Casa de los Gritos, otra vez (II)
  204. (V) Capítulo 38: En el momento oportuno
  205. (V) Capítulo 39: Naturalidad
  206. (V) Capítulo 40: Amantes de la ira.
  207. (V) Capítulo 41: Lo que vence a la oscuridad
  208. (V) Capítulo 42: Furiosamente
  209. (V) Capítulo 43: La ignorancia protege y daña
  210. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (I)
  211. (V) Capítulo 44: Otro secreto más (II)
  212. (V) Capítulo 45: Impulsos (I)
  213. (V) Capítulo 45: Impulsos (II)
  214. (V) Epílogo: Y te sacarán los ojos
  215. (VI) Prefacio
  216. (VI) Capítulo 1: Mal que no tiene cura
  217. (VI) Capítulo 2: En ruinas
  218. (VI) Capítulo 3: Hogar es un lugar seguro
  219. (VI) Capítulo 4: Los estorbos que se quedan atrás
  220. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  221. (VI) Capítulo 5: Amor no correspondido
  222. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (I)
  223. (VI) Capítulo 6: Pequeños grandes detalles (II)
  224. (VI) Capítulo 6: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (I)
  225. (VI) Capítulo 7: Lo que pasa en Hogwarts se queda en Hogwarts (II)
  226. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (I)
  227. (VI) Capítulo 8: No hay descanso para los héroes (II)
  228. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (I)
  229. (VI) Capítulo 9: Más allá de tu oscuridad (II)
  230. (VI) Capítulo 11: La sala que viene y va (I)
  231. (VI) Capítulo 10: La sala que viene y va (II)
  232. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (I)
  233. (VI) Capítulo 11: Lo que hemos sido, lo que somos, lo que seremos (II)
  234. (VI) Capítulo 11: Lo que somos, lo que hemos sido, lo que seremos (III)


Su anfitrión había repetido su mantra en varias ocasiones. ¿Pretendía que, de tanto repetirlo, aquello entrara en su cerebro? «Mi filosofía es que el que teme sufre dos veces». Qué osado. Qué sabio. ¿Pero cómo pretendía decirle eso justo a él? Le había confesado que estaba «cagado de miedo». Y su anfitrión erre que erre con que sufriría más. Hombre, si lo repetía todo el rato, al final sí que lo haría. ¿Quién le había dado el título de psicólogo a aquel vejestorio? ¡Tenía más de ciento veinte años! A veces dudaba si estaba ante una proyección fantasmal. Pero su colleja diaria cuando se quejaba de que era un squib y que no servía para nada era demasiado real.

Frank Longbotton admiraba a aquel viejo anciano. Había leído de buena gana su Animales Fantásticos y dónde encontrarlos. Cuando Newton Scarmander le hablaba de todas las aventuras que protagonizó en su juventud, solo podía alabarlo. Estaba ante una eminencia. Era un individuo dedicado sin descanso a ampliar su antiguo libro y a finalizar el relato del nuevo. Era una autoridad en el campo de la Magizoología. Era excéntrico y se sentía más cómodo con las criaturas que tenía a su alrededor que con los humanos. No sabía mentir, ni fingir que algo no le parecía bien. Y casi nunca le miraba a los ojos. Frank Longbotton creía seriamente que tenía un Trastorno del Espectro Autista. Pero nunca se lo dijo en voz alta.

Su pequeña por fuera, gigantesca por dentro, casa en Dorset se había convertido en el hogar de Frank Longbotton desde que llegó hecho un desastre tras el accidente de avión con Ivonne y Cornelia. Evitaba recordar el viaje en escoba con Gwen desde la costa irlandesa hasta la inglesa porque le daban náuseas. El señor Scarmander no tardó en suministrarle pociones para dormir durante días. Le revitalizó. Le dio fuerzas para lo que le esperaba.

No solo tuvo que asistir a una extravagante boda mágica, en la que pudo ver a su familia fingiendo ser el ayudante del señor Scarmander. Una boda en la que no supo quiénes eran las criaturas fantásticas: si el hipogrifo o la dragona; o todos los magos horteras que parecían estar acostumbrados al mal gusto. No quiso participar mucho en aquel evento. Pero, ¡a quién se le ocurriría llevar un maldito dragón a una boda! Recordó verlo y sentir que se ahogaba con su propia saliva. ¡Sentar a ramas con vida como si fueran invitados! Oh, y la música… El colmo de los colmos. Los magos eran las criaturas más raras del universo. Aquello sí que se merecía un estudio.

Además, tenía que ser de verdad el ayudante del señor Scarmander.

El señor Scarmander estaba sumido en su nuevo libro Geller Grindelwald: dónde encontrarlo y cómo capturarlo. Desde que hacía cuatro años se comenzaron a publicar los documentos desclasificados del caso Grindelwald -caso que Frank Longbotton desconocía y le preguntó si había un documental sobre ello a lo que el señor Scarmander le contestó que jamás había oído hablar de aquellas criaturas (los documentales)-, el mago decidió escribir un libro en el que relataba su experiencia en el momento en el que se permitió. Tenía su despacho lleno de fechas, fotos y nombres. Estaba tan sumido en su escritura que no estaba tan pendiente de sus animales.

Ahí entraba Frank Longbotton, un squib sin experiencia del mundo mágico y a cargo de  las mascotas del magizoologista más famoso de todos los tiempos, tanto que parecía que fue él quien inventó la profesión. Como cualquier mente decente pensaría, empezó siendo un desastre y seguía siéndolo. Y eso que eran Kneazles. Supuestamente muy parecidos a los gatos.

Al principio creía que sería fácil de llevarlos a todos, pues era unos malditos gatos, ¿no? Hasta que se encontró con Hoppy. ¡Un maldito gato! Con pelaje, orejas y colas como las de un león. «Es como un gato, no tendrás problemas». No le avisó que eran mascotas excelentes con dueños magos de su agrado. Al parecer Frank no entraba en esa categoría. Solo le gruñía y tenía algún que otro arañazo de cuando le reponía la comida y el maldito gato creía que se la estaba robando. Era, sin lugar a dudas, la peor compañía que tenía allí. Frank había comenzado a gruñirle a él. Estaba perdiendo la cabeza en aquel lugar.

Milly y Mauler lo compensaban con sus ronroneos y sus restregones por donde quiera que Frank Longbotton pasara.

Lo complicado era cuando tenía que bajar a su refugio para animales fantásticos heridos que un tal Charlie Weasley le mandaba para que les curase o los investigase. Newton Scarmander se había asegurado de que Frank Longbotton conociera muy bien a aquellos animales antes de dejarle a solas con ellos. ¡De otra forma había muerto! Tenía babosas de fuego allí de su última expedición a la selva amazónica. ¡En el mundo muggle llevarse especies autóctonas a casa era un delito! Este hombre hacía lo que le daba la gana sin importarle las leyes que le limitaban. Era su ídolo.

Y después estaba su fiel compañero. El único con el que Frank Longbotton se echaba unas risas. El cual había decidido quedarse con Newton Scarmander cuando desalojaron a todos los fantasmas de Hogwarts tras la Batalla Final. Decidió quedarse en casa de Newton Scarmander. Donde el caos era más que bienvenido para un anciano de más de ciento veinte años Y no había ironía en esa afirmación. Se llamaba Peeves y tenía tantas historias de Hogwarts que a Frank Longbotton no le pareció mal lugar. Por supuesto, su relación fue mejorando a lo largo de los días… Pues al principio, Peeves se presentaba como un demonio que se alimentaría del alma aterrada de Longbotton. Aquello tuvo más gracia después de haberse hecho amigos.

El señor Scarmander parecía feliz de que Frank Longbotton se encontrara allí.

Sin embargo, seguía sin comprender cómo aquel hombre había accedido a darle cobijo. Sí, pertenecía a la Orden de los Vigilantes desde hacía años, pero ¿no tenía suficiente con todas sus criaturas y su nuevo libro como para hacerse cargo de un refugiado…? Frank pensaba que, después de todo, él era otra criatura fantástica más que había acudido a su puerta.

Allí se había encontrado con más información acerca de su supuesta propia naturaleza. Los squib. Personas no mágicas nacidas al menos de un progenitor mago, en su caso, dos. Sabía que la mayoría vivían como y con muggles. Como él había querido siempre. Había aprendido que había cierto racismo histórico contra los de su naturaleza: incluso en el siglo XIX, los squibs eran escondidos de la vista, enviados a escuelas muggles y se les incentivaba para que se integraran en la comunidad muggle. Era mucho más beneficioso para los magos, pues su bajo nivel de magia era considerado de segunda clase. Aquello hacía que Frank Longbotton se sintiera una amorfa criatura. Y sin embargo, dada su relación íntima con la magia, sabían cosas de la magia.

Pero él podía interactuar con ella. Lo había hecho.

Al menos aquello le había salvado la vida cuando Gwen lo ayudó.

Y aquello, probablemente, era la razón por la que estaba allí.

«De floración tardía», había escuchado al señor Scarmander referirse a su naturaleza. «No creo que Frank sea un squib».

Frank no tardó en buscar información acerca de aquella nueva condición que se le había adjudicado. Era, después de todo, lo que Ivonne Donovan le había dicho que era. Un mago de floración tardía. Parecía como si se estuvieran refiriendo a una patata que aún no había madurado. O un virgen a los 40.

 En realidad, se referían a un fenómeno de la naturaleza que rara vez ocurría. Era un mago cuyas habilidades mágicas no se manifestaban hasta la edad adulta. Era algo extraordinario. Muchos expertos del mundo mágico habían coincidido que las primeras manifestaciones se revelarían con siete años. No obstante, había pocos ejemplos como para que fuera una naturaleza tipificada.

Por supuesto, Newton Scarmander era el encargado de desentrañar aquel misterio. Ese y la razón por la que Ivonne Donovan no tenía visiones si Frank Longbotton estaba presente.

Por tanto, no solo tenía que ser ayudante, sino también objeto de estudio.

Aquello le ponía de los nervios. Sobre todo cuando él había dado por hecho que la magia era algo tan ajeno a él que jamás tendría que intentar controlarlo. Y, particularmente, cuando parecía que su magia «florecía» mejor si Gwendoline Cross estaba cerca. Porque, literalmente, era el joven al cual el destino le estaba gastando la mayor broma de su vida. ¿No quería evitar a toda costa el mundo mágico? ¡Toma, esta prescripción que decía que sus poderes aún no se habían manifestado y esta otra que decía que la persona más buscada de la comunidad mágica le iba a ayudar! ¡Además de que iba a estar rodeado de criaturas mágicas! ¿Quería olvidar a una chica que le estuvo engañando durante meses y que asesinó a sangre fría a la jefa de tu padre? ¡Vaya, qué sorpresa, va a ser quien te ayude a controlar la magia!

Frank Longbotton se preguntaba constantemente qué diantres había hecho mal en la vida. Con lo tranquilo que estaba él. Con su Coca Cola. Su televisión. Su Netflix. Sus partidos de fútbol normales en los que los jugadores no iban dando brincos en palos de madera. Su armario que no parecía sacado de una película de Tim Burton. Aquello era una simulación. Tenía que serlo.

-Tierra llamando al planeta Frank Longbotton…-Gwen le dio un codazo a Frank. Este cerró los ojos. Arqueó las cejas. Y asintió. Pero no sabía a qué estaba asintiendo y eso podría jugar en su contra. Frunció el ceño. -Que si sientes algo por alguna de ellas… -le repitió.

Oh, sí. El favor de un tal Ollivander. Por supuesto, si era mago después de todo, tenía que tener una varita, ¿no? Era de Primero de Reinserción Mágica. Suspiró. Él había sacudido un coche sin varita. ¿Qué necesidad había de tener una? Además, todas eran ramas arrugadas. ¿Cómo iba a sentir algo por alguna? ¿Eso era lo que hacían los muggles cuando se compraban un coche o una casa? Por favor, ni que estuviera eligiendo una mascota…

-No sé -dijo con voz cansada. ¿Qué esperaba Gwendoline? ¿Qué la varita elegida levitara ante él mientras él mirara a la varita como si fuese el amor de su vida mientras todos los libros de su alrededor se abrían mágicamente alrededor, haciendo danzar sus hojas como si fuera una película de animación? Aquellas personas estaban colgadas.

-Al menos inténtalo -le rogó. Cogió una de sus manos y las pasó rozando las varitas. Las había traído Gwen. Se las había encargado a Ollivander por orden del señor Scarmander para su nuevo experimento.

Por si quedaba alguna duda, él era su nuevo experimento.

Frank se encogió de hombros.

-Si me lo permites, Frankie, puedo destrozar las varitas si quieres… Sería todo un honor -se ofreció solemnemente Peeves mientras flotaba ante ellos con una sonrisa lobuna.

-Adelante, Peeves -dijo con desgana Frank.

Gwen sacó la varita rápidamente y apuntó a Peeves con una mirada sagaz que hizo que el postergeit se retractara.

-Como toques una varita haré que tu alma esté encerrada en una casa junto con el Barón Sanguinario -le amenazó con una voz tan grave que incluso Frank Longbotton se asustó.

-¡Vale, señorita Cross! -dijo con una sonrisilla traviesa. -Hay que ver cómo se pone cuando estoy cerca -se burló. -Los que se pelean se desean -tarareó mientras se marchó, probablemente a molestar un rato a Hoppy.

Frank mantuvo la risa cansada un rato. Después giró su cabeza hacia Cross, quien, a su lado, le miraba tan serie que tuvo que acomodarse sobre la silla por la potencia de intimidación que generaba su gesto. Había aprendido dos cosas desde que Gwen iba a verle para intentar «florecer» su magia: la primera, que Gwen Cross era una mujer susceptible; la segunda, que  no paraba de irritarla sin querer.

-A lo mejor no necesito varita -concluyó Frank. Realmente pensaba aquello. Tenía en su cabeza a magos que no utilizaban varita: Gandalf, el doctor Strange, Mary Poppins, Melisandre, la Bruja Escarlata,… Desde luego, los muggles tenían una visión más avanzada del mundo mágico. Él se llevaba una decepción tras otra. Por ejemplo, no sabían lo que eran los teléfonos móviles.

Gwen se echó hacia atrás y de una patada tiró todas las varitas al suelo. Comenzó a temer por la salvación de su alma.

-¡Es que no puedes tomarte esto en serio, Frank! Entiendo que nunca hayas estado en contacto con la magia… ¡Pero hay gente que se está jugando la vida en esta guerra! ¡Ten un poco de respeto! -Estaba enfadada. Bueno, aquello no era nada nuevo.

Frank se agachó a coger las varitas. Ojalá sintiera algo por alguna. Pero, para él, eran trozos de madera limada. Probablemente, el señor Ollivander maldeciría su alma para siempre si supiera que pensaba aquello.

-He estado investigando y… Hay hechizos que se pueden lanzar sin varitas -le informó. Algo en su interior le decía que Gwen sabía aquello.

-Claro, solo la pueden hacer magos con gran habilidad… ¡No sabemos si quiera si eres un mago!

-Pero hay regiones del mundo mágico en las que no se usan varitas… La magia sin varita es considerado lo normal allí -añadió. Gracias, libros del señor Scarmander. Gracias por haber viajado tanto. -La varita es una invención europea… Los nativos americanos, por ejemplo, no la utilizaban… Yo he realizado magia sin varita…

-Eso fue… Una manifestación… Como la magia en menores de edad -le repitió Gwen Cross por vigésima vez. -Empiezo a pensar que realmente eres un niño de siete años, por Merlín…

-Ya, ya, pero bueno… Podemos intentarlo, ¿no? Además, si puedo llamarte como me enseñó Ivonne sin varita, por qué no puedo… ¿Hacer un hechizo para coger una cerveza sin levantarme del sofá tranquilamente? ¡Es como lo que todo muggle haría! Será fácil.

Gwendoline Cross suspiró. ¿Se había convertido en la misión más tediosa que le habían enviado? Es decir, aquella muchacha había tenido que asesinar a gente. ¿Lo acabaría matando si no lograba hacer magia? ¿Por eso la habían mandado a ella?

A veces dudaba que aquella Gwen hubiera sido la Gwen por la que había empezado a sentir cosas. Desde luego, desde que estaba en casa de Scarmander, la muchacha parecía estar siempre tensa. Como si la escoba con la que le había traído se le hubiera metido por el culo. Le gustaría poder hablar de aquello con ella. Pero le tenía cierto respeto. Ella era una de las que se había jugado la vida en aquella guerra, ¿no? ¡Por él!

-Podríamos intentarlo…

-Creo que antes deberíamos darnos una vuelta por el acantilado, Gwen, te hará bien el aire fresco…-le sugirió.

Recibió un reproche.

-¿Ahora te preocupas por mí? ¿Esta es tu forma de evitar tu problema?

En parte, había dado en la diana.

-¿Dónde te estás quedando cuando no estás aquí? Pareces siempre irritada y cansada… Al principio creía que era porque soy un desastre… Pero siempre he sido un desastre -concluyó.

-Antes tenía que fingir, ahora no -Y se encogió de hombros.

No iba a mentir. Aquello le había dolido. Bajó la cabeza, arrepentido de haberle dicho nada. Vivía más feliz en la ignorancia. Oh, ignorancia, bendito lugar. Suspiró y volvió a tocar las varitas. ¿En serio esperaban que sucediera algo?

-Siento que tengas que estar aquí conmigo en vez de donde sea que quieres estar -se confesó Frank Longbotton.

Ella rodó los ojos.

Se puso de pie y recogió las varitas.

-Te traeré otras para ver si alguna funciona… Y practicaremos la magia sin varita, si quieres -le anunció.

Una radiante sonrisa se dibujó en el rostro de Frank. Estuvo muy tentado de celebrarlo gestualmente. Como cuando marcaba un gol.

-¡Sí! -dijo arremetiendo el codo en el aire en señal de victoria. -Porque… Tú sabes hacer magia sin varita, ¿no?

Probablemente no era la mejor pregunta que hacerle a la asesina de Minerva McGonagall. Serían cosas que se daban por hecho. Pero Frank no lo sabía con certeza. Y tenía que asegurarse. No quería que por una idea suya, tuviera que soportar a otro mentor.

-Puedo matarte de un pestañeo -le amenazó Gwen.

A Frank se le encogió el estómago.

-No lo harás, ¿no?

-Depende de ti que lo descubras…

De pronto, el señor Scarmander entró en el salón atestado de libros, con un color amarillo predominante y con una sonrisa nerviosa. Gwen había fruncido el entrecejo. ¿Le habría leído la mente al señor Scarmander y había visto el desorden que tenía por cerebro?

-El señor Crawford está aquí, Frank -le anunció. Dicho esto se marchó a su despacho.

Un hombre de avanzada edad entró en la sala. Frank sabía quién era, gracias a que Gwen le había puesto al día. Era el dueño de la casa en la que en ese momento se ocultaba Ivonne Donovan. Era el protector de todos ellos. Un miembro de la Orden de los Vigilantes a la que Ivonne quería que Frank se uniera -y él había sido tajante con su opinión acerca de las sectas que hacían sacrificios humanos.

-Oh, Gwendoline, ¿sigues aquí? -Que la presencia de Gwen le sorprendiera también sorprendió a Frank. -Me voy a llevar a Frank a Hogwarts, ya es hora…

-Pero si no tiene ni varita -le interrumpió Gwen. Preocupada ¿por él? ¿Desde cuándo? -No ha practicado ni un solo hechizo… ¿Y si es un squib? -le retó con la mirada. Definitivamente, el mejor escenario era que Frank Longbotton fuera un squib. Y se acababan los problemas. -No está preparado para el castillo… Pueden hacerle daño, señor Crawford. No sé por qué Ivonne se ha empeñado en que vaya…

La mirada de advertencia del señor Crawford hizo que Gwen cesara con sus réplicas.

Aquello hacía que Frank evitara pensar en el elefante de la sala.

Lo iban a mandar a Hogwarts.

Al Colegio de Magia y Hechicería. ¡Já! No tenía ni magia  ni hechicería.

-¿Y si me opongo? -sugirió Frank Longbotton, tanteando el terreno.

El señor Crawford se rio. Oh, por supuesto. ¿Quién se creía él? ¿Oponiéndose a la maga más poderosa del momento? Debía practicar lo de pensar antes que hablar.

-Allí no podré protegerle -añadió Gwen. Aunque sonase a amantes empedernidos, lo cierto es que aquella era, para bien o para mal, la misión de Gwen: proteger a Frank Longbotton. Por mucho que le costase creérselo, aunque hubiera estado informando al Ojo del estado de seguridad de Frank cuando ambos pasaban tiempo juntos en un escenario ficticio… Lo cierto es que también se estaba asegurando de que estaba bien para la Orden del Temple.

Nadie le había dicho a Frank por qué se suponía que él era especial. Al principio pensaba que era por su condición de squib… Pero, si se empeñaban en demostrar lo contrario, ¿qué le quedaba de especial?

-Cierto… Gwen no podrá acudir si la llamo porque los alumnos de Hogwarts se le echarán encima -aclaró. Como si no fuera evidente.

-Podrás verla cuando vayas a Hogsmeade… Jovencito, no tengo mucho tiempo. Tu padre te está esperando para que el Sombrero Seleccionador te adjudique a una Casa…

De nuevo, otra de los tópicos mágicos que había intentado evitar. Recordó cómo se sentía su hermana por estar en una Casa a la que habían ido los antiguos terroristas del mundo mágico -por suerte, a su mejor amigo también le habían adjudicado aquella Casa. Él nunca se había tenido que preocupar por saber cuál era su personalidad.

Gwen agarró con fuerza a Frank por el antebrazo. Un latigazo de tensión recorrió la espalda de Frank. Ya está, su alma no había encontrado la salvación. Gwen le iba a asesinar con su pestañeo y se libraría de todo aquello. Un favor enorme, por cierto.

-No confíes en nadie, ¿me entiendes? Ni en tu hermana. Sobre todo aléjate de ella -le ordenó con tanta fuerza en su mirada que asintió por inercia. Le abrazó. Aquello pilló a Frank Longbotton tan desprevenido que no supo cómo reaccionar. Balbuceó cualquier cosa. Vaya, si Gwen sentía algo por él, podría haber ido dando señales antes… No justo cuando le iba a abandonar para meterse en un colegio en el que no solo destacaría por ser squib, el hijo secreto del director o ser el alumno con más edad… Sino porque iba a empezar el Colegio en el último curso, en mitad de una guerra mágica. Para absolutamente nada sospechoso. ¿Querían protegerlo o pintarle una diana en la frente? Gwen se separó del abrazo. Frank aún seguía aturdido. Buscó sus ojos. Estaban asustados. -Cómo te maten… Me aseguraré de que te remato a hostias y ahogo tu cuerpo en maldita cerveza, ¿me has oído?

 

Se encontraba en el centro del caos que había causado.

Lo observaba todo desde el octavo piso del Ministerio británico de Magia. El área del vestíbulo. Desde la zona de los visitantes. Él era un visitante, ¿no? El pasillo largo con suelo de madera oscura muy pulida estaba abarrotado de magos. Desbordada de gritos. Pisotones. Angustia. Lágrimas. Hechizos para un lado y para otro. El techo de pavo real azul y poblado de símbolos de oro que se mantenían en movimiento se mostraba impasibles ante el alboroto.

Las paredes de cada lado en su lateral derecho era a donde acudía todo el mundo. La salida de aquella ratonera. Los ascensores a rebosar. Y puertas de llegada del lateral izquierdo vigiladas por encapuchados que impedían que allí entrara nadie.

Loring se había erguido y estaba de pie sobre los cimientos del Monumento que erigió Tom Ryddle y que rezaba «La Magia es Poder». Que él estuviera justo en ese lugar era una declaración de guerra. Más bien, una respuesta a la declaración de guerra que había profesado Harry Potter hacía meses.

Hasta ese momento, el Ojo no había contestado.

Loring se sentía atado para tomar decisiones. No le habían dejado actuar. El Ojo tenía la impresión de que, si no hacían nada, Ivonne acabaría acudiendo a ellos. No obstante, había asuntos que tratar. El hecho de que aquellos asuntos conllevaran una intervención violenta en el corazón político de la Magia de Gran Bretaña y fueran liderados por Loring significaba que no importaba si se les escapaba de las manos. El Ojo preveía violencia y destrucción. Justo lo que Loring buscaba crear. Y lo que sus súbditos eran buenos haciendo.

Había demostrado su capacidad con el atentado del Hogwarts Express.

Un atentado en el Ministerio británico de Magia tendría que ser de las mismas dimensiones.

No solo habían taponado las entradas y las salidas del octavo piso, donde recibían a los visitantes y empleados del Ministerio. En hora punta. También habían mandado a todo Auror del mundo afín a la causa que acudiera allí aprovechando el tránsito libre de Aurores en el Ministerio hasta el anunciado cierre de entradas internacionales para causar caos. Y allí estaban. Destruyendo las estatuas, empujando al suelo a la gente, lanzando maldiciones imperdonables y bebiendo del terror como si fuera una delicia.

Loring sonreía.

Si cerraba los ojos, la música del miedo acudía a sus oídos. Estaba disfrutando. Se relamió los labios y giró su varita como si fuera una batuta de la orquesta de aquel acto de terror. Lanzaba hechizos desde el pedestal en el que se encontraba. Se oían Avada Kedrava, Cruciatus y Protego por doquier.

Los cadáveres de algunos empleados y los heridos se empezaron a acumular en el suelo, obstruyendo el paso a los que de allí querían salir. Con lágrimas en los ojos. Con el corazón hecho un puño. Mirando hacia atrás para asegurarse de que no recibirían ninguna maldición. Pero lo hacían.

Los Aurores británicos que allí se encontraban mermaban conforme pasaban los segundos. El auror que el año anterior había sido designado para custodiar Hogwarts, se aventuró a subirse al pedestal para detener a Loring. Este se giró de un salto teatral. Le dedicó una sonrisa tétrica.

-Avada Kedavra -El hombre palideció, había recibido un hechizo no verbal de petrificación de un encapuchado y no podía defenderse.

Su rostro se tornó de un blanquecino enfermizo mientras sus pies flaquearon y descendió estrepitosamente al suelo desde cierta altura. Los magos de a su alrededor gritaron de horror. Las muertes, en realidad, podían contarse con los dedos de las manos.

No obstante, aquellos magos no estaban preparados para eso. Y Loring tenía órdenes de que no se desmadrara aquello. Tenían un objetivo bastante claro. Tristán McOrez se lo había repetido como si tuviera limitaciones mentales para entenderlo. Si creía que era tan complicado para él, ¿por qué no lo hacía él mismo? ¿Tanto le costaba sembrar el pánico en Inglaterra y rescatar a su propia prisionera?

-¡Loring! -le llamó Octavio Onlamein desde la zona que comunicaba con las partes más antiguas del Ministerio.

El jefe de aquel grupo de terroristas entornó los ojos.

Vio cómo Octavio había cumplido con su parte. Llevaba en sus brazos a la joven inconsciente por la que habían creado todo aquello. A la que reposaba en una de las celdas que había disponible en la décima planta del Ministerio. A la joven muggle que iba a ser juzgada en una de las Salas del Tribunal de Winzengamot por haber puesto en peligro el secreto y por participar de actividades relacionadas con el Ojo.

Miembros del Ojo le habían comunicado que el jurado de Imogen estaba siendo formado para la próxima semana. No podían consentir que utilizaran medios para rescatar recuerdos de aquella muggle y les relevase asuntos que podían comprometer al Clan del Ojo.

-Oh, querida Imogen -la saludó Loring. Instó a Octavio a que la acercara a ella. -¿Dónde está ahora tu Olivier para rescatarte? ¿Te ha gustado cómo te hemos utilizado para que nos digas exactamente la identidad de Ivonne y dónde se encuentra?

Loring se rio ante la expresión horrorizada de Imogen. La tiró al suelo y Octavio, rápidamente, desapareció con ella.

-¡Es hora de marcharse! -ordenó Montdark.

Todos desparecieron del Atrio. Dejando el horror atrás. Los cadáveres por el suelo. Los gritos que sobrepasaban la bóveda llegando al resto de plantas cuyos empleados tenían vetada la entrada por un Encantamiento que habían conjurado los miembros del Ojo. Morirían más por el pánico. Y saldrían por las puertas de salida si lograban organizarse.

Solo hacía falta una semilla de terror para que el resto lo hicieran aquellas sucias ratas.

Loring apareció en otro atrio donde le esperaban.

Aun con la euforia nublándole el pensamiento, logró serenarse ante las alargadas mesas ocupadas por alumnos de la Academia Mágica de Beauxbatons. Se había aparecido en el Palacio Beauxbatons del Pirineo, al sur de Francia. El cual ya no regentaba Madame Olympe Maxime. Había sido sustituida por Zahra McOrez hacía unos años, bajo el nombre de Zahra Offret, muchos no sabían que aquella era la mujer del mismo Graham McOrez que había ocupado las pesadillas de muchas de sus familias. Había menos estudiantes por aquella razón.

Era un hermoso castillo. Elegante. Rodeado de majestuosos jardines y fuentes creadas mágicamente fuera del paisaje montañoso. Tenía más de setecientos años. Había sido una construcción de la familia Flamel, tenía que exhibir lujo y riquezas.

En el comedor, las ninfas de madera dejaron de cantar serenatas a los estudiantes mientras almorzaban cuando Loring hizo acto de presencia. Todos los estudiantes prestaron atención en el momento en el que la directora dejó que el Ministro de Francia se acomodara en el atrio. Loring disfrutó del respeto que sintió por parte del silencio que se acomodó en la sala.

-Mis queridos alumnos -les nombró. Era la primera vez que estaba allí. Como la cara que representaba al Ojo. -Acabo de venir de Inglaterra, el país que nos declaró la guerra… ¡Y les hemos dado un toque de atención! ¡Hemos demostrado que podemos adueñarnos del terror en cualquier momento! ¡Hemos dejado sangre y pánico en su Ministerio! -Hubo un silencio sepulcral. Su madre le había contado que muchos de aquellos alumnos no compartirían sus valores. -¡Es nuestro momento, queridos! ¡Vosotros seréis nuestros soldados! ¡A partir de ahora aprenderéis a atacar! ¡Participaréis en nuestras batallas! ¡Que no decaiga la victoria!

Loring pidió a las ninfas de madera que siguieran tocando aquella música delicada de forma más animada. Un aplauso se acomodó en el Gran Salón del Palacio. Loring sonrió satisfecho. Desapareció en el aire dejando la fría mirada de la directora. Esta, con un simple gesto, detuvo el aplauso. Los alumnos podían seguir con su almuerzo. Ya les daría instrucciones de lo que debían hacer. Ya guiaría a aquel nido hacia el vuelo para el que estaban destinados.

A Louis Weasley se le quitó el apetito. Se había formado un nudo en el estómago y una presión en el pecho que sintió que iba a desmayarse en aquel momento. No podía dejarse llevar por las emociones. Ya se lo habían advertido, ¿no? Ya sabía que aquello podía pasar. ¿Pero tan pronto?

El Ministro de Francia había anunciado que había llevado a cabo un atentado en el Ministerio británico de magia. Se le vinieron las imágenes de su tío Charlie, su tío Ronald, su tía Hermione y su tío Harry. Aquellos que allí trabajaban. ¿Estarían bien? El pensamiento de su muerte le cruzó la cabeza. Estaban en guerra, ¿no? Su tía Gabrielle ya le había avisado de aquello. «Tienes que prepararte para no saber nada de tu familia y luchar por las ganas de asegurarte de que estén a salvo…». Había sido fácil escuchar aquello. Cuando estaba cara a cara con aquella situación… Era más complejo digerirlo.

Sus padres se habían horrorizado ante la idea de que Louis Weasley, su hijo menor, hubiera decidido acudir a la Academia de Magia de Beauxbatons a finales del curso anterior. Fue él mismo quien se puso en contacto con la directora. Poco sabía Louis Weasley de que se estaba adentrando de lleno en la boca del lobo.

Y allí estaba. Con su uniforme azul grisáceo. Con miedo en el cuerpo. Y asintiendo y aplaudiendo ante el atentado contra su propia fe.

Por suerte, estaba avisado.

Aquel verano lo había pasado con su tía Gabrielle por la misma razón. ¿Quién le iba a decir que huir de sus problemas con Chris y Lucy supondría olvidarlos por completo ante lo que se le avecinaba? Se lo diría su tía Gabrielle. En contra de todas las recomendaciones que su madre le había hecho a su tía, esta había decidido quedarse en el Ministerio francés para vigilar desde dentro lo que allí se cocía. Podría ponerla en peligro, pero ella creía firmemente que así sería de más utilidad. Y, en contra de las súplicas de Fleur y Bill, se llevó a su hijo menor a un adiestramiento en el arte de la infiltración que Louis Weasley aceptó sin saber del todo a que estaba consintiendo.

Estaba consintiendo a ser uno de los miembros más jóvenes en ingresar a la Orden del Fénix. Después de su disolución tras la caída final de Lord Voldemort, la orden se había disuelto permanentemente, pues el objetivo para el que había sido creado había concluido. No obstante, desde el secuestro de Victoire Weasley y las posteriores reuniones en el número 12 de Grimmauld Place, habían decidido retomar su actividad. Y contratar a nuevos adeptos. Fue Kingsley Shacklebolt el que reunió a todos, miembros y alidados, aquel verano. A todos los que seguían dispuestos a luchar. A Aberforth Dumbledore, Dedalus Diggle, Mundungus Fletcher, Arthur Weasley, Bill Weasley, Charlie Weasley, Fleur Weasley, George Weasley, Molly Weasley, Lee Jordan, Neville Longbotton, Percy Weasley, Olympe Maxime, Oliver Wood, Pomona Sprout, Sybill Trelawney y Gabrielle Delacour. El trío de Oro, al estar enzarzado en una disputa política en el Ministerio de magia británico, habían decidido eludir aquella reunión hasta resolver sus propios asuntos. Kingsley les había dicho que otra Orden les apoyaría. O que ellos apoyarían a otra Orden. Aún no sabían nada de ella, pues el antiguo Ministro les advirtió que, por ahora, era mejor así.

Fue aquel día cuando Gabrielle Delacour trajo a Louis Weasley y propuso la misión de este. «El Ojo ya le ha estado investigando en Hogwarts… Nadie creerá que se atrevería a hacer algo» fue su carta de presentación. O sea, su aparente ineptitud era lo que le hacía el infiltrado ideal como alumno en Beauxbatons. Sus padres se negaron desde un primer momento. Aquello irritó a Louis: su hermana Victoire ya se había enfrentado al Ojo y su hermana Dominique iba al corazón vampírico y licántropo del mundo cuando le placía. ¿Y él no podía cambiarse de colegio?

Por supuesto, dijo que estaría dispuesto a ayudarles. ¡Pertenecer a la Orden del Fénix! ¡El primero de sus primos en hacerlo! ¡Él! ¡Louis Weasley! Y solo tenía que dar clases en la Academia de Magia a la que siempre había querido ir.

Había un gran «pero».

Su hermana Victoire Weasley había comenzado a estudiar allí. Y se cambió a Hogwarts. No fue un cambio que ella quería. A él también le disgustó tener que mudarse desde Francia a la dichosa Inglaterra. Era por su propio bien. Recomendación expresa de Olympe Maxime. La que había sido directora de la Academia. Y destituida por un proceso judicial que la incriminaba de prevaricación. Aquello, entendió aquel verano, había sido tramado por el Ojo para hacerse camino a través de Francia. Zahra Offret había ocupado su puesto. La madre de Loring. Louis Weasley comprendió muchas cosas. La primera y más importante: había cosas más importantes que conseguir que su novio le recordara.

Por tanto, el gran «pero» era que estaba en una Academia de Magia para futuros miembros del Ojo.

No era como lo había imaginado. Volver a Francia. Y chocarse contra un peligro mortal que lo acogía con brazos abiertos, buen gusto y jardines donde perderse en sí mismo. De no ser por su tía Gabrielle, habría caído en la trampa. Desde luego, él no habría hecho nada. Solo cagarse de miedo tras el discurso de Loring.

Pero, como se repetía, estaba avisado.

No podía comunicarse con su familia. No tenía ningún traslador para volver en caso de emergencia. Ni polvos flú. Francia había desconectado su vía con Inglaterra: nada de comunicación por carta ni por tecnología muggle. ¿Volvería a ver a su familia en Navidad? Absolutamente no. Estaba en su último año y tendría que pasarlo entero allí. ¿Y cómo informaría de todo lo que descubriera -si es que lograba descubrir algo? Las monedas del Ejército de Dumbledore. Con un Encantamiento proteico mejorado, su tía Gabrielle le enseñó las monedas que utilizaría para que Louis le comunicase todo lo que ocurría dentro del castillo. En lugar de números, había letras alrededor del borde cada moneda, como si fueran la serie a la que pertenecían aquellos galeones falsos. Solo tenía que cambiar el orden para comunicar un mensaje. Encriptado tal y como le había ensañado su tía en verano.

Parecía todo atado y bien atado.

Pero Loring acababa de anunciar que se tendría que preparar para participar en los próximos ataques. Louis Weasley suspiró. Miró a sus compañeros. Eran todos afines, desde luego. No había ni una sola persona en la que el joven pudiera confiar. Estaba solo en un mar tenebroso.

Aquel día no se acabaría la comida.

Además, tenía clase de Alquimia con Cassian Schneider. Solía traerles tejidos de animales para transmutar las sustancias. Solo el recuerdo de aquello le hizo tener ganas de vomitar.

¿Era Louis Weasley el indicado para aquella misión?

No había otro que pasase tan desapercibido como él en aquella Academia de Magia.



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