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El comienzo de una nueva vida II » Preludio a lo desconocido
El comienzo de una nueva vida II (R13)
Por Samaria-Reed
Escrita el Miércoles 10 de Mayo de 2017, 18:05
Actualizada el Martes 15 de Septiembre de 2020, 17:54
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Preludio a lo desconocido

Bretaña, Francia

Junio de 1951

Amelia LeBlanc tenía plasmada una radiante sonrisa mientras atravesaba triunfante el fronterizo bosque. Había logrado escabullirse nuevamente de los dominios de su padre y eso, para cualquiera que conociese el fuerte carácter de su progenitor, era una gran hazaña. No quería soportar otro día más escuchando lo dichoso que estaba de que Gerald Beaumont pidiese la mano de su única hija en matrimonio. No tenía nada en contra de Gerald, al contrario, siempre le había caído bien. Era cinco años mayor que ella y desde que tenía memoria siempre la había tratado muy bien, aunque sus atenciones se intensificaron en el último semestre. Ahora entendía su repentino comportamiento.

¡Por todo lo sagrado, solo lo quería como amigo! Nunca se mostró lo suficientemente atenta como para que él pensara que podrían tener algo más que la amistad que compartían.

Intentó disuadirlo para que, en nombre de la amistad que los unía desde años, anulara ese absurdo compromiso. Sin embargo lo único que logró, para su desgracia, fue una declaración de amor por parte de él y un "tengo total potestad para desposarte, así que acéptalo porque no te dejaré ir" al ver que ella estaba renuente a la decisión tomada entre ambas familias. Suspiró, mejor dejaba de lado esos estresantes pensamientos y se concentraba en disfrutar de su momentánea libertad.

Esbozó una gran sonrisa al llegar al lugar que le había traído paz en las últimas semanas y que se había convertido en su escondite personal. Quien sino el alegre y pacífico pueblo de Paimpont para recuperar el entusiasmo que necesitaba para equilibrar su vida.

La algarabía del pueblo en aquel crepúsculo primaveral de Junio era mayor a los días anteriores, podía palparse al ver las decoraciones en las calles y la música en el aire al celebrarse el último día de la cosecha. Muchos lugareños la saludaban al pasar, ya acostumbrados a la presencia de aquella chica de cabellera dorada y ojos azulados.

Amelia ¡Que alegría que pudieras venir! ─la saludó una chica de color mientras la abrazaba efusivamente.

Janet... por favor... déjame respirar.

Janet había sido la primera lugareña que conoció al llegar a ese increíble poblado y quien le dio un recorrido en él. Era, a su parecer, una gran conocida con grandes posibilidades de convertirse en una amistad.

La morena la soltó con una breve disculpa y luego la miró de arriba a abajo.

¿No estoy presentable para la ocasión? ─preguntó la rubia al notar la examinadora mirada de la chica, señalando su vestido azul turquesa y sus bailarinas negras.

¡No! No es eso, al contrario, te ves hermosa. Es solo que, te vistas como te vistas, pareces de la realeza. ─Janet entrecerró los ojos─. No me habrás mentido con respecto a tu origen ¿o sí?

¡Claro que no tonta! Te conté todo lo que deberías saber de mí ─respondió riéndose.

Pues más te vale, porque no te perdonaría que me ocultaras algo tan importante como eso. ─ambas se miraron serias por un momento y nuevamente se carcajearon. La morena la tomó de la mano y la encaminó hacia el centro del pueblo donde era la concentración de la celebración.

Amelia tenía razón, ella le había contado lo que debería saber. Omitirle la parte de que era una bruja y que pertenecía a la élite de su reino no era mentir ¿o sí? Se encogió los hombros mentalmente y se dedicó a disfrutar de la verbena.

Estaba bailando alrededor de la tradicional gran llamarada que se alzaba en forma de fogata con las demás jóvenes cuando percibió que alguien la miraba con fijeza. Ella sabía que muchos jóvenes del pueblo la observaban, pero aquella mirada era diferente a las demás. Sin perder el ritmo de la algazarada música buscó con la mirada en los alrededores hasta toparse con unas orbes oscuras. Era un joven no mayor de 25 años, muy apuesto, alto, de cabello negro, tez blanca y bien parecido. Sus mejillas se sonrojaron furiosamente al ver que aquel desconocido le sonrió al darse cuenta de su escrutinio. Tratando de ocultar su vergüenza, desvió la mirada nuevamente al círculo danzante.

Tras horas de música, baile y risas, Amelia se dirigió a la gran mesa de la plaza, donde toda clase de platillos tradicionales y bebidas estaban a disposición del público. Adoptó una expresión de satisfacción al ver un gran tazón con su coctel favorito: ponche de frutas. Cual niña risueña agarró una copa y se acercó al recipiente. Estaba por tomar el medio sumergido cucharón cuando su mano se topó sin querer con otra mano. Al elevar la mirada, se encontró con aquellos enigmáticos ojos oscuros que, en esos momentos, la observaban divertidos.

Disculpe ─dijo la ojiazul mientras retiraba con rapidez su mano.

No, disculpe usted ─replicó el joven. Cogió otra copa, la llenó del grato licor y se lo tendió caballerosamente a la chica─. Tenga.

Gracias.

No es nada. Me regocija saber que no soy el único diferente en el lugar.

¿A qué se refiere?

El moreno acercó su boca al femenino oído, produciendo un leve escalofrío en ella─. Sé que es una bruja, sentí su magia al llegar.

Amelia abrió los ojos desmesuradamente, sorprendida por aquella inesperada respuesta. Pero, si él sintió su magia, eso quería decir que...

Eso quiere decir que usted también lo es. ─le respondió de la misma forma, a lo que el desconocido asintió─. Tiene razón, es satisfactorio saber que hay otros como tú en el mismo lugar. ─le tendió la mano─. Mi nombre es Amelia ¿Y el suyo?

El joven esbozó una sonrisa torcida antes de coger la mano de la muchacha y besarle el dorso, produciendo un placentero estremecimiento por todo su cuerpo─. Mi nombre es... Tom. Tom Riddle.

La fugaz luz de un rayo reflejó el frívolo y nuevamente humano rostro de Lord Voldemort, sacándolo de sus recuerdos. Había regresado con el cuerpo que él había tenido a sus treinta años, apariencia que atrajo a más de una fémina a sus redes alguna vez pero que carecía de importancia para él. Voldemort sólo deseaba el poder y el control sobre el mundo, la satisfacción de dominar a aquellos que eran inferiores a sus habilidades y a su... magia.

Su rostro adoptó una mueca de asco mientras maldecía una y otra vez a aquella ancestral anciana, lo había despojarlo de la mitad de su magia para dejarlo salir de aquel insufrible lugar, reduciéndolo a vivir como un repugnante mago común. Su calculadora mente regresó a la noche anterior, la noche de su inesperada reaparición.

Aún no conocía los pormenores de ese momento, ni siquiera aquellos mocosos se dignaron a darle una explicación de ello. Sólo lo guiaron hasta esa mansión residida en quien sabe que isla de Europa para que se instalara "a su gusto" mientras estallaba una guerra que todavía no entendía, además de decirle que lo dicho por aquella muchacha parecida a Amelia era cierto, que él era su abuelo y que sus sospechas sobre la responsable de esta absurda realidad eran ciertas. Bufó. Medio siglo desde la primera vez que conoció a aquella misteriosa bruja e, inesperadamente, aún recordaba con nitidez ese intrigante momento.

Desde que la vio llegar a la plazoleta del pueblo supo que no estaba relacionada a ese corriente lugar muggle. Poseía una curiosa belleza, comparable a la de una veela, su apariencia y elegancia sólo hacía pensar que pertenecía a la realeza. Pero esas eran nimiedades para Lord Voldemort, un mago de su categoría no se dejaba impresionar por algo tan básico. Admitía que su parte carnal aprobaría tal visión, a fin de cuentas era humano..., de momento. No obstante lo que lo atraía hacia aquella joven era algo más fascinante. Aquella chica poseía una fuerte presencia mágica, jamás había sentido tal poder en una persona lo cual significaba dos cosas: una, la más obvia, era una bruja; y dos, que tenía un núcleo mágico fuera de lo común.

Mientras su lado calculador le decía que debía conocer a aquella jovencita para entender el origen de aquella peculiar magia, su lado carnal le exigía que debía poseerla esa noche, satisfacer de una vez por todas sus necesidades humanas a las cuales llevaba años sin complacer. ¿Por qué no? Se había preguntado mientras la observaba danzar cual ninfa de los lagos. Ambas partes tenían un punto en común: conocerla.

Y eso fue lo que hizo.

Unos golpes en la puerta interrumpieron su hilera de pensamientos.

─Adelante.

─Mi señor ─saludó el mortífago con una más que pronunciada inclinación.

─ ¿Qué quieres? ─preguntó con voz queda.

─Señor, los lores lo están esperando en el despacho.

La rabia surgió nuevamente en su cuerpo y golpeó con rudeza el escritorio que estaba a su lado. Se giró bruscamente y fulminó con la mirada al tembloroso mago. Maldijo al recordar que no tenía una varita, lo hubiese torturado hasta el cansancio para desahogar toda la furia que estaba acumulada en su interior.

Desde que llegó a la mansión, tuvo que soportar que sus antiguos súbditos les rindiesen respetos a aquellos insolentes que, según ellos, eran sus nietos. Sin embargo, aún ese asunto no estaba definido. Esos mocosos impertinentes tenían que darle una explicación, así como también los traidores que alguna vez se rindieron ante él.

Con paso elegante pero firme salió en dirección al despacho, ignorando y a la vez regodeándose internamente de las aterradas miradas que le dirigían sus antiguos vasallos al pasar. Abrió las puertas como era su costumbre, como amo y señor del mundo, y se colocó en el centro del lugar, mirando con rabia tanto al mocoso que estaba muy cómodo al otro lado del escritorio como a la chiquilla que estaba en el sofá.

─Bienvenido, abuelo, lo estábamos esperando. Por favor tome asiento. ─le dijo Darius mientras señalaba el fino sillón que estaba frente al escritorio.

─No recibo órdenes de nadie. Y eso de que son mis "descendientes" está por verse.

Si le hablo en este lenguaje ¿será suficiente prueba para creernos? ─inquirió Tamara en perfecto pársel, a lo que el mago mayor quedó sorprendido─. Parece que sí.

Eso no significa nada ─espetó en el mismo lenguaje, negándose a creer aquella absurda realidad.

─El lenguaje no es común, estimado señor, así que significa mucho ─replicó la chica con voz calmada─. De igual forma le digo que no le estamos ordenando, sabemos que desea una explicación y solo queremos que esté cómodo para cuando la oiga.

Voldemort los fulminó con la mirada antes de dirigirse a la butaca que estaba frente al escritorio.

─Suponemos que la primera explicación que querrá oír es sobre el motivo de su regreso ─dijo Darius con voz queda.

El oscuro mago sonrió malicioso─. No me van a salir con la estupidez de que querían conocer a su "abuelo" ¿o sí?

Los hermanos se miraron brevemente, rompiendo el contacto con un encogimiento de hombros por parte del rubio y una sonrisa de satisfacción por parte de la chica, la cual dirigió nuevamente su atención a su antecesor.

─De hecho, esa fue una de las razones. ─el mago tenebroso emitió una fría carcajada─. Pero para preguntarle cómo demonios un mago de gran nivel se dejó vencer por un mocoso.

Instantáneamente, Voldemort dejó de reír, y su rostro adoptó una expresión tan gélida que haría correr hasta a una estatua. Sin embargo, Tamara Beaumont no lo hizo y eso aumentó su coraje. Ella lo miraba con una sonrisa burlona, a sabiendas de que había dado justo en el orgullo del hombre.

─Otra de las razones ─intervino Darius para alivianar la tensión en el ambiente─. Es que, a pesar de que hemos logrado movilizarnos muy bien, aún tenemos ciertos inconvenientes. Y si queremos lograr el dominio absoluto del mundo mágico, necesitaremos de su experiencia tanto territorial como en liderazgo.

Voldemort se acomodó en el respaldo de su sillón, cruzando elegantemente sus piernas y sus manos encima de ellas. Ahora el que tenía una sonrisa burlona era él.

─ ¿Ah sí? ¿Y qué les hace pensar que voy a ayudarles?

─Por la simple razón de que: primero, solo nosotros podemos darle el poder y la magia suficiente para que regrese a ser un mago de categoría. Fue reducido a ser un mago de quinta ¿Lo recuerda? ─espetó la rubia, a lo que Voldemort se levantó de golpe de su asiento. Si las miradas mataran, ya Tamara sería historia. Sin embargo la chica no se inmutó ante aquella tempestiva reacción y prosiguió─: y en segunda, que al final de todo esto también saldrá ganando, igual que nosotros.

─ ¡Acaso me creen estúpido! ─bramó el heredero de Slytherin─. ¿Qué provecho puedo obtener de todo esto?

─Lo que siempre ha querido ─respondió Tamara mirando indiferente sus pulcras uñas─. Una vez que logremos nuestro objetivo priori, el dominio absoluto del mundo mágico estará a su merced.

El mago mayor enarcó una ceja y la observó incrédulo. ¿Qué mago o bruja en su sano juicio le cedería el dominio del mundo a otra persona? O era una tomadura de pelo o estos niñatos definitivamente no podían ser descendientes de él.

─Lo que mi hermana quiso decir es que el dominio del mundo mágico es solo un escalón para llegar a nuestra meta. Una vez logrado el objetivo, el mundo mágico será lo de menos ─explicó el gemelo al percatarse de la confusión del moreno.

"Entonces si están hablando en serio" pensó atónito el mago. No pudo evitar esbozar una media sonrisa antes de hablar.

─Si es cierto que ustedes son mis descendientes, es visto que no heredaron mi astucia e inteligencia ─siseó Voldemort con su adquirida impasibilidad─. ¿Qué puede ser más importante que el control de mundo?

Los gemelos se miraron nuevamente, esbozando a unísono una maléfica sonrisa.

─Esa respuesta pertenece a la explicación de nuestro origen ─respondió Darius sin dejar de sonreír.

─ ¿Y qué esperan para explicármelo de una maldita vez? ─espetó Voldemort perdiendo la calma nuevamente─. ¿Quiénes son ustedes? ¡Hablen ahora mismo!

Tamara sonrío aún más, se notaba que su abuelo era ignorante de los alcances que significaba haberse involucrado con una bruja como Amelia LeBlanc. Que divertido iba a ser para la joven bruja aclararle el panorama al que el Señor Oscuro se había sumido sin querer.

─Pues todo se remonta al siglo X...


Draco ya había perdido la cuenta de cuantas veces había recorrido la habitación, estaba preocupado y casi al borde de los nervios porque no tenía noticia alguna de su ex profesor. Habían transcurrido cuatro horas desde su salida. ¡Cuatro horas! Y aún no había rastro del mago. Y ya que no podía irse tuvo que mandarle una carta a Kingsley para avisarle de que no podría reunirse con él, debido a que no había terminado la misión encomendada. Sintió la tentación de agregar que había grandes posibilidades de que Jessica estuviera viva, pero optó por la discreción. Aún no sabían que estaba pasando, y anunciar una noticia de ese nivel podía ser una gran imprudencia de su parte.

─Joven Malfoy...

El rubio saltó de su sitio al escuchar la chillona voz de la elfina, no sin antes haber soltado algún improperio por el susto. Respiró profundamente para calmar su acelerado corazón que amenazaba con salírsele del pecho.

─ ¿El joven Malfoy está bien?

─Sí, estoy bien. Pero no gracias a ti. ─le reprochó el rubio a la vez que se sentaba en una de las butacas─. ¿Qué querías?

─Wendy quería saber si al joven Malfoy se le ofrecía merendar algo.

─Trae bollos y té.

─Enseguida joven. ─y con un sonoro plop desapareció.

Al cabo de unos minutos, unos deliciosos y recién hechos bollos estaban puestos en la mesita de la recámara, acompañados de mermelada, mantequilla y su respectivo té. Aquel magnífico olor le abrió el apetito al único heredero Malfoy. Estaba disfrutando del primero cuando Severus entró en la habitación.

─ ¡Hasta que al fin te dignas en aparecer! ─exclamó Draco con reproche y alivio a la vez. Al ver que su padrino hizo caso omiso a su comentario y se dirigía a gran velocidad hacia la castaña, se levantó con rapidez del sillón─. ¿Encontraste algo que nos pueda ayudar?

─Necesito llevar a Jessica al Lago de las Hadas ─respondió Severus en automático mientras acomodaba el cuerpo de la joven en sus brazos.

─Wow, wow, wow. ¡Alto allí! ─el joven rubio le obstruyó el paso al pocionista quien se disponía a salir, temiendo que el hombre estuviera pensando en alguna locura─. ¿Por qué tendrías que llevarla a Francia?

─No tengo tiempo para darte explicaciones ─siseó peligrosamente─. ¡Hazte a un lado, Draco! ─gruñó al ver que el rubio no tenía intenciones de quitarse de su camino.

─Bien lo haré..., pero voy contigo.

─ ¿Qué?

─Ya que no hay tiempo para explicarme, me veré en la obligación de conocer que tienes en mente personalmente.

─Draco...

─Draco nada. ─le cortó el ojigris con expresión seria─. Voy contigo o no vas para ninguna parte. Tú decides.

Severus bufó molesto─. Está bien. Pero no quiero que me hagas perder más el tiempo ¿Está claro? ─Malfoy asintió y ambos salieron a gran velocidad de la habitación.


Mientras todo esto ocurría, una hermosa y juvenil mujer de cabello rubio, ojos verdes y de un cálido resplandor miraba fijamente al gran árbol que se extendía frente a ella, se notaba que había tenido mejores tiempos pero aun así seguía siendo el más majestuoso del bosque de Brocelianda.

Muchos afirmaban que el gran mago Merlín había sido encerrado en un crómlech, otros que estaba sepultado debajo de ese árbol y una minoría decía que estaba en una caja de cristal. Sonrió, nada más lejos ni más cerca de la realidad.

Ilusos aquellos que pensaban que el lugar de descanso de su gran amigo era de fácil acceso, pero también incrédulos si pensaban que no era de fácil hallazgo. ¿Complicada explicación? Pues así era Nimue, mejor conocida como la Dama del Lago, compleja para quienes se dejaban llevar por la primera impresión y sencilla para quienes lograban ver a través de sus palabras. Y era por esa característica que Merlín y ella se habían llevado muy bien.

Carraspeó brevemente y comenzó a recitar un cántico armonioso, que sólo podía compararse con el canto de los ángeles. Mientras cantaba, un halo de luz comenzó a aparecerse en medio del tronco, agrandándose en el avanzar de la canción hasta formar un pequeño portal.

Al entrar se encontró con el ya conocido paisaje, una pequeña y muy viva landa que se extendía hasta el horizonte. La dama sonrió con tristeza, hacía muchos siglos que no pisaba aquel sagrado lugar, pero podía ver que aún poseía su antiguo esplendor a pesar de la poca biodiversidad.

Después de recorrer, para el caso de un muggle, una considerable distancia, llegó al fin a su destino. Frente a ella se extendía simétricamente un anillo de nueve piedras, cada una con una simbología distinta. En medio de ellas se encontraba un pequeño altar de piedra marmoleada rodeado de diversas especies florales, en el cual descansaba una cristalina esfera, cuyo centro radiaba una enigmática y a la vez pacífica luz plateada.

La milenaria mujer se acercó lentamente hasta el llamativo objeto y lo acarició con suavidad, sintiéndose invadida al instante por una multitud de emociones que no recordaba.

─Mi querido Merlín. Hace tanto tiempo que no te visitaba. ─una solitaria lágrima rodó por su mejilla─. Han pasado siglos desde la última vez que pisé este lugar, y aun así recuerdo como si fuese ayer el día en que diste tú último suspiro en mis brazos ─sonrió melancólica, sin dejar de acariciar la esfera─. Y después de tanto tiempo, nuevamente estoy a tu lado, aunque sabes el motivo que me atrajo a este lugar ─acercó su rostro al inusual objeto, como si fuera a relatarle el secreto más importante de la humanidad─. Algo le ocurrió a nuestra heredera, algo hizo que nuestra sangre se adormeciera en el anillo. ─la esfera resplandeció brevemente y regresó a su tonalidad original─. Sabía que también lo habías sentido ─regresó a su posición anterior, pero esta vez esbozó una cálida sonrisa─. Creo que ha llegado la hora, mí querido Merlín; un momento que consideraba casi imposible que ocurriera, está por suceder. ─su sonrisa se ensanchó aún más al ver que la majestuosa luna llena comenzaba a dar rastros de su futura aparición en el anaranjado cielo─. Después de muchos años..., al fin conoceré a nuestra hija.


Un poquito del pasado para comprender un poco el presente e intuir un poco el futuro (buajajajaja) :D

Alguien tiene alguna teoría?

Qué dice el público?

Nos leemos después. Saluditos.



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