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Girl meets Evil (Chica conoce al diablo) » Capítulo 1: Girl meets Evil
Girl meets Evil (Chica conoce al diablo) (R15)
Por Anima_
Escrita el Domingo 20 de Noviembre de 2016, 21:19
Actualizada el Martes 14 de Marzo de 2017, 01:12
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Capítulo 1: Girl meets Evil


                Sé que no debería hacerlo. Sé que los límites están impuestos por esa clase de situaciones. No debería hablar del tema, ni siquiera debía buscar en el fondo de mi corazón para encontrarle. Pero si de algo me ha servido la experiencia, es que no hay nada más morboso que te prohíban cualquier cosa. O por lo menos para mí, que soy una persona a la que le encantan los retos. Y podría ser una cualidad para algunas situaciones, pero no siempre era un regalo del cielo. Mi carácter no es que fuera uno fácil de digerir, a veces me solía preguntar cómo tenía amigos. Todos me llamaban Eris, por lo tanto, eso podría explicar muchas cosas.

                Todo comenzó cuando estaba acabando mi primer año universitario. Apenas tenía diecinueve años, apenas iba a clase y tenía una larga lista de exámenes que aprobar. El problema no residía en la carrera que había elegido, a pesar de que las asignaturas del primer año nada tenían que ver con lo que había elegido, sino porque no estaba ni mucho menos motivada. Ir a clase era un suplicio, todos los días tenía que coger un autobús que ni siquiera me dejaba cerca ni mucho menos. Cada día tenía que salir corriendo para no llegar tarde. Sin embargo, había una clase a la que nunca faltaba: Psicología de la memoria. Me encantaba, pues era la única que estaba vinculada a mi carrera, que poseía el mismo nombre. Muchos decían que era la peor de todas, ya que no tenían la suerte de estar en la clase del profesor Axl Bartleh, que hasta la fecha era mi profesor favorito. Era el más cualificado de todos, poseyendo dos carreras y un doctorado, a pesar de sólo tener treinta y seis años. Todo un "yogurín" para el mar de hormonas rugientes que formaba mi clase, no había chica que no estuviese interesada en él. A excepción mía, claro, yo sólo le admiraba por todos esos conocimientos que poseía.

                Recuerdo con cariño una de las clases que más me marcó. Estaba explicándonos cómo la sociedad nos condiciona individualmente, por esa razón existían las modas. Recuerdo que todos estábamos embobados con su explicación, cuando alzó la voz y preguntó a la clase:

-¿Cuántos de aquí veis Juego de Tronos?
                Los alumnos se miraron, hasta que una mayoría aplastante alzó el brazo. Yo fui la única que no lo hizo. Fue en ese preciso instante cuando Axl Bartleh fijó la mirada en mí.
-¿Eres la única de aquí que no ve Juego de Tronos? No me lo creo.
-Vi tres temporadas y me aburrí.-respondí sin darle importancia.
                Él sonrió, mientras la clase cuchicheaba y me miraba como si estuviéramos en una Iglesia y hubiera dicho una blasfemia.
-¿Por qué te aburriste?-insistió.
-Porque es una serie aburrida. Usan los desnudos para que las personas que la ven no se aburran. Tiene sangre y espaditas, y la historia no es tan buena. Conozco videojuegos que le dan mil vueltas a la historia de Juego de Tronos.-no es que fuese una "hater" de la serie, pero tenía una opinión muy diferente a la del resto del mundo. Me solía pasar con casi todo.
-¿Y por qué empezaste a verla?
-Presión de grupo.-contesté.-Todo el mundo la veía. Me subí al carro y vi que no era mi lugar.
-¡ESTO! ¡ESTO ES SER UNA PENSADORA CRÍTICA!-alzó la voz y le apuntó con el dedo. Yo me sobresalté al instante.-No podéis dejaros guiar por la opinión de la gente. A estas alturas de la sociedad, si os dijeran que debéis caminar con los brazos en vez con las piernas, lo haríais. No dejéis que la sociedad determine lo que debéis hacer. Cuestionaros si realmente una serie es tan buena como dicen, criticarla sin miedo a lo que piense el resto. Sólo así seréis capaces de tener un pensamiento libre y propio.

                Sus discursos siempre solían ser una delicia. Una lástima que mi clase estuviese llena de gente que no se merecía escucharlos. Siempre acababa sus clases con una imagen en el proyector, esa vez usó una antigua, donde una multitud se agachaba frente a un líder, mientras un hombre mayor se mantenía de pie y firme. Él quería que fuéramos con aquel hombre, y siempre nos alertaba con discursos que siempre decían verdades, que muy pocos de la universidad podrían. Era toda una inspiración que rápidamente se ganó mis respeto y mi admiración, en un lugar donde los profesores sólo me provocaban fatigas. Aunque no entendía por qué tenía tanto éxito con las chicas de mi edad, podría llegar a entender que era un hombre interesante ante los ojos de jóvenes alocadas como las de mi clase. Eso le daba un poder que ningún profesor podría llegar a obtener ni en cuatro años de clase.

                Axl Bartleh se había ganado mi corazón en apenas un semestre. En unos meses, ambos acabamos compartiendo mesa en la cafetería de la universidad. Ayudaba a resolver mis dudas, ya que para el final de la asignatura, debíamos hacer un trabajo sobre un tema libre pero que estuviese relacionado con la asignatura. Yo elegí la sugestión. Me encantaba poder saber cómo de manipulables podrían llegar a ser algunas personas o de lo inocentes que podrían llegar a ser al no ser capaces de ver cómo otra persona podría corromperles. Y al igual que esos inocentes, yo no veía más allá de esos preciosos y grandes ojos azules que poseía mi profesor. Comencé a ver las pequeñas pistas que me dejaba cuando comenzó mi segundo año. Con veinte años, empecé a ver que me había tomado cierto cariño. Eso me agradaba y me confundía a la vez. Me agradaba por el hecho de sumar puntos a la hora de obtener un aprobado, ya que era un profesor muy exigente. Sin embargo, yo era de esas alumnas que se escondían en una esquina para no tomar contacto directo con los profesores. Parecía que los cafés habían ayudado para estrechar nuestra relación, pero yo ni siquiera me había dado cuenta. Así de despistada podría ser.

                Pero además de que me impartiría clases de nuevo, el curso prometía. A mediados de noviembre ya tenía un grupo sólido de amigos, de esos con los que acabas en casa de uno de ellos, intentando que el humo del porro no te ahogase. Eran buenos chicos, aunque a veces mis pulmones me reprochaban que fuese amiga de ellos. Todo marchaba bien, a pesar de haber sido uno de los peores años de mi vida. Tenía la sensación de que mi suerte estaba cambiando. Sin embargo, si algo estaba en mi naturaleza, era el hecho de estar faltando a clase siempre que podía. Eso pareció haber molestado al profesor Bartleh, que caminaba conmigo hasta nuestra siguiente clase de prácticas.

-Has estado faltando mucho.-decía con su voz dulce.
-Lo-lo siento mucho.-balbuceé.-He estado un poco ocupada… Es que estoy escribiendo un libro. He conocido a una escritora, que ha empezado a trabajar como editora. Así que ha estado enseñándome un par de cosas, pero ya no volveré a faltar.
-¿Un libro? ¡Pero si eres demasiado joven!-exclamó con una sonrisa.-Todavía ni siquiera has acabado la carrera.
-Ya, bueno, pero es mi sueño.-respondí con una sonrisilla.-Quería comentarle si podría recomendarme algunos libros para documentarme. Es que una de las ciudades, de las que se compone el mundo que he creado, existen unas celdas que provocan diferentes estados de la memoria.
-Claro. Ponme un correo y te diré todo lo que necesitas.-me sonrió.-Pero espero que no vuelvas a faltar a clase…-descendió su tono de voz.-Después de ese secretito que tenemos, ¿no querrás meterme en un lío?
-N-No. Claro que no.-negué intimidada por sus ojos.
-Perfecto. Y ahora entra en clase antes de que me enfade.-bromeó.
-S-Sí.-asentí nerviosa.
                Él se dirigió hacia la izquierda, primero debía hacer unas fotocopias. Estaba dispuesta a entrar, cuando alguien me abrazó por la espalda.
-¡Alice!-exclamé alegremente, al encontrarme con una chica de baja estatura, llena de piercings, con los ojos de color marrón claro y el cabello teñido de pelirrojo.
                Se trataba de mi mejor amiga Alice Craven. Después de unos años, pidió el traslado para hacer su último año en mi Universidad. Me encantó la idea desde el primer momento, aunque en un principio parecía una locura.
-¿Qué haces aquí, en medio del pasillo?-me preguntó con una amplia sonrisa.
-Estaba a punto de entrar en clase de Psicología, ¿y tú?
-¡Ah, así que tienes clase con tu amor!-exclamó escandalosa.
-¡Calla!-exclamé yo sonrojada.
-Debes aceptar que eres su ojito derecho.-me dio codazos en el estómago de forma cómica.
-Sabes que sólo es un buen profesor.-reí.
-Ya… Ya… La cafetería no dice lo mismo.
-Sabes que sólo quería ayudarme.-insistí.
-Por si acaso no vayas sola a tutoría…-bromeó.-Nos vemos luego, ¿vale?
                Asentí. En ese momento, mi profesor favorito apareció en escena de nuevo, con varios folios en el brazo.
-¿Pero aún no has entrado? ¡Que nadie te va a comer, chiquilla!-bromeó al verme en medio del pasillo sin hacer nada.
                Quería creer que esas sólo eran las típicas bromas que gastaban los profesores jóvenes, que aún conservaban la pasión por su trabajo. Sin embargo, por aquellas fechas ya me había dado cuenta de que sus miradas no decían lo mismo.



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