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En el frío de la noche. » Capítulo.2
En el frío de la noche. (R15)
Por Grangerp319
Escrita el Viernes 12 de Agosto de 2016, 17:29
Actualizada el Domingo 2 de Octubre de 2016, 21:16
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Capítulo.2

N/A: ¡Hola! ¿Como han estado? Bien, aquí está el segundo capítulo. Estoy muy agradecida con los favoritos. Por ello, quiero dedicarles este nuevo cap. Por supuesto, hay dos personas muy especiales que también merecen dedicatoria:
*ariana felton
*alinna_malfoy
¡Muchísimas gracias por sus comentarios! Ustedes, junto con los favoritos, han hecho que mi ánimo subiera y decidiera actualizar hoy mismo. Espero que les guste y, si disponen de tiempo, me lo hagan saber en comentarios. Sería la perfecta gasolina para poder actualizar lo antes posible. Nos leemos pronto. Cuídense mucho.
Nery.

Los personajes y lugares reconocidos pertenecen sólo a J.K Rowling.

Capítulo. 2

Tres años antes...


Se dió la vuelta, por órden del ser, a quién desde ese momento tendría que obedecer sin replicar.

Pudo sentir como el fuego atrás de él ardía. Como las llamas eran cada vez más grandes. Como el calor era más fuerte.

El herrero, temeroso, bajo la atenta mirada del Lord, tomó el objeto de hierro caliente que esperaba para ser usado.

Él, estaba amarrado a una mesa, con correas de cuero rodeando su cuerpo, boca abajo. No tenía oportunidad de moverse. Ellos habían querido taparle su boca, tal vez, para no tener que oír sus gritos.

Eso fué lo que quiso hacer. Deseó con todas sus fuerzas poder gritar para mitigar un poco el dolor, cuando el hombre colocó sobre su piel el hierro ardiente, quemandolo y, marcandolo. Como si fuese un animal. Dejando una figura grabada en su espalda, que lo perseguiría por el resto de su vida, dañando así los planes que había hecho para su futuro, que pronto seria destruido. Él lo había sabido desde un principio, su destino siempre fué formar parte de esas bestias. Y, aún así, nunca hizo nada para impedirlo. 

Eso era, una de las cosas por las que se arrepentía. Pero, no había vuelta atrás. La marca ya estaba y él, ya era uno de ellos. 



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Mucho tiempo después...

Actualidad.

Pueblo de Hogsmeade.

La mujer curaba sus heridas, pasando suavemente el algodón que antes había sido sumergido en alcohol, en su piel. Frunció los labios cuando el ardor comenzó a atacarla. Pero no dijo nada, ni se quejó. Ese era un dolor del que ya estaba acostumbrada y no valía la pena llorar por él. Después de todo,  siempre sucedía lo mismo.   

Dos semanas habían pasado desde el último ataque, dejando al pueblo hecho pedazos, arrebatando a las personas sus seres queridos y, algunos, dejándoles sin lugar donde vivir. Los primeros días fueron realmente difíciles. Tenían que reenconstruir nuevamente sus viviendas de forma urgente. Al principio, muchos tuvieron dormir en las calles, tentando al peligro.

Esa nublada mañana, la mayoría de las personas habían salido al bosque a buscar comida, para luego venderla al pueblo. Otros, que contaban con más dinero, habían viajado a la ciudad de Londres a pedir ayuda a las autoridades. Y, el resto de los pueblerinos, se encontraban en un lugar apartado cerca del bosque, despidiendo a sus muertos, para después esconderlos bajo tierra. 

Jane Granger le sonrió de manera cálida a su hija, cuando terminó de hacerle la limpieza a sus heridas. Tomó la mano de Hermione y la apretó suavemente. Ella la miró, con sus ojos brillando. Jane entendió perfectamente a que venia ese gesto. Sólo pudo apretar un poco más fuerte su mano.

— Tranquila, mi niña. Todo va a pasar. — estiró su brazo y, acarició con ternura la mejilla de su pequeña. — Pronto, dejarán de dolerte ¿si? Por ahora debo seguir curandolas todos los días. Tienes que ser fuerte y, no hacer mucho esfuerzo para que no empeoren.

— Mamá... No sólo quiero que dejen de dolerme sino que... Dejen de hacérmelas. — respondió, con un brillo a causa de las lágrimas que estaba reteniendo en sus ojos. 

Jane sólo pudo suspirar. No podía hacer nada contra eso. Sabia que la situación era más fuerte que ellos y, era inútil tratar de hacer algo al respecto. Sólo esperaba que, en algún momento, apareciera alguien que sí pudiera hacerlo. Y, acabar con el infierno por el que estaban siendo sometidos.

Se levantó del sofá y se dirigió a paso lento hacia la cocina, justo a la derecha, teniendo una perfecta vista de la pequeña sala, en la que estaba su hija.

Estiró su brazo, hasta llegar al último cajón de la alacena. Metió la mano detrás de una taza grande de color naranja, rebuscó allí hasta tomar una bolsita, que en su interior guardaba unos dos puñados de arroz blanco.

Esperaba que sus conocidos hubieran podido encontrar alimentos. Necesitaban con urgencia más comida. 

Un quejido llamó inmediatamente su atención. Desvió la mirada hacia la sala, donde Hermione se removía inquieta. Ella, estaba tumbada en el sofá viejo, con la cabeza recostada en el respaldo. Su vista estaba perdida, mirado hacia algún lugar del piso. Fruncía el ceño de vez en cuando, una clara señal de que algo importante estaba rondando por su mente. Es cierto, esta no era la primera vez que Hermione se quedaba tanto tiempo sin hacer nada pero, esa costumbre de quejarse con sonidos casi inaudibles, ya la estaba preocupando. 

— Cielo, ¿te pasa algo? ¿Te sientes mal? — se acercó a su hija, estirando su brazo, para luego colocar su mano sobre la frente de su niña. 

— No, ma... Es sólo que... — duró unos segundos sin decir una palabra, tal vez, pensando en como decir lo que tanto la había estado atormentado todo ese tiempo. — ¿Recuerdas aquel día, el último que los Mortifagos vinieron? 

Una preocupación mayor creció en el pecho de su madre, ¿Mortifagos? ¿Que le habían hecho los Mortifagos a su pequeña? ¿Eso era lo que tanto pensaba? — Claro, cariño. Dime, ¿pasa algo con ellos? ¿Te hicieron más daño, del que yo no me había enterado? 

Hermione quería responder, claro que quería, pero el sonido inesperado de la puerta principal abriéndose no dejó que pronunciara palabra. Las dos mujeres saltaron del sofá al oírlo, sobresaltadas. 

Un muchacho de hermosos ojos verdes, escondidos detrás de unas grandes gafas redondas entró a la pequeña casa. Su cabello negro azabache estaba desordenado, como si un huracán hubiera pasado sobre él. Sus ropas estaban sucias, llenas de barro, en su espalda cargaba algo, parecido a un saco de papas por lo pesado y grande que se veía. En su rostro un poco bronceado por estar tanto tiempo bajo el sol, demostraba cansancio y preocupación. 

— ¡Harry! ¡Muchacho! ¿Porque has llegado así? ¿Tuvieron algún problema? ¿Están todos bien? — Jane preguntó inmediatamente al verlo llegar de esa manera. Su mente pensó lo peor y se preocupó aún más. Estaba a punto de avanzar hasta el joven, cuando se volteó y le dijo a su hija: — Tenemos de que hablar. Esta conversación no ha terminado y necesito preguntarte algunas cosas. — Hermione asintió, de acuerdo. 

— No ha pasado nada, señora Granger, no se preocupe. — contestó jadeando Harry. Antes de que alguna de las dos pudieran siquiera preguntarle sobre el bulto en su espalda, el muchacho caminó hasta la mesa de madera, situada al fondo a derecha, donde tumbó lo que cargaba.

Un pequeño grito salió de los labios de Jane al detallar lo que Harry había traído. Se acercó inmediatamente al joven inconsciente acostado en su mesa. 

— Harry, ¿donde lo encontraste? ¿Que fué lo que pasó? — la piel del muchacho, antes rosada se podía notar, estaba manchada de barro y tierra. Sus ropas estaban desgarradas y, su cabello negro lleno de hojas secas y polvo. Las heridas rojas adornaban su rostro y sus brazos. Rajuños y moretones por todo su cuerpo. 

— Estaba en el bosque, cerca del río. Pensé que estaba muerto pero, le tomé el pulso y, pues no. — explicó jadeando. Tal vez, el chico no había sido tan liviano como lo suponía. Se pasó una mano por su cabello, desordenandolo aún más. — Ya es el séptimo que encontramos esta semana. — comentó, refiriéndose a los heridos.

— Santo cielo. Lo golpearon muy fuerte, esto tardará en sanar, ¿sabes cuando fué que lo atacaron?

— Me imagino que fué el sábado, señora Granger. Habían rumores de que algunos Mortifagos estaban rondando por el bosque. Creo que este chico fué uno de los desafortunados que se encontró con ellos. — respondió Harry frunciendo los labios. Desvió su mirada hasta la chica que los veía preocupada. — Herms, ¿como has estado? ¿Ya sanaron tus moretones? — preguntó acercándose, para después abrazarla de forma calida. Abrazo que ella, por supuesto devolvió. 

— Está todo bien. Ya no duele nada. — mintió. Vió, como detrás del hombro de Harry, su madre le dedicaba una mueca de incredulidad, entrecerrando los ojos. Sabía que no estaba bien mentirle a su amigo pero, no podía preocuparlo más. Ya era mucho peso el que caía sobre la espalda de Harry Potter que, sería muy cruel decirle que sus heridas, a pesar de tener mucho tiempo, no habían sanado por completo. 

— Me alegro. — su mejor amigo le sonrió, dejando un pequeño beso en su frente. — ¿Que es lo que necesita para curarlo, señora Granger? — preguntó dirigiendo su vista de nuevo hacia la mujer, que aún revisaba con cuidado el cuerpo adolorido del chico pelinegro. 

— Algodones, alcohol y vendas, lo más necesario. — respondió Jane rompiéndole la tela de la camisa al muchacho inconsciente, confirmando que, como lo creyó, tenía más heridas por debajo de la ropa. 

— Mamá, si quieres yo puedo ir a comprarlos. Y, así aprovecho para comprarle la medicina a papá. — se ofreció Hermione cuando sintió como un escalofrío la recorría al ver la ropa manchada de sangre. Cierto, no era la primera vez que veía el líquido rojo en otra persona pero, la sensación no era muy agradable.

— Oh, gracias, Hermione. — Jane le sonrió, agradecida. Le hizo una seña con su mano. — Ven para darte el dinero.

Ambas se dirigieron a un estante, situado en la pared derecha al fondo, lleno de algunos libros de fantasía y romance, un florero con jazmines un poco marchitos, frasquitos oscuros que antes habían estado llenos de pastillas o líquidos espesos, adornos, portaretratos, cajas pequeñas y juguetes de plástico. 

Jane tomó un adorno cerámica de un angelito montado en una luna, regalo de la abuela paterna de su hija cuando ella nació. Era, en definitiva una suerte que los Mortifagos no lo hubieran roto cuando entraron a quitarles sus alimentos, ya que tal vez, podría venderlo para comprar comida. Aunque, le dolería bastante, porque con él se iría una parte de la vida de su niña así que... No, mejor no venderlo. 

Metió su mano dentro del adorno, por debajo, sacando cinco monedas de plata. Abrió la mano de Hermione, para luego depositar tres de ellas sobre la palma de su hija. 

— Compra lo que puedas ¿si? Te estaré esperando para el almuerzo. Si no llegas, sabes que iré a buscarte. — le dijo la mujer, pasando su mano por sobre el cabello de Hermione, aplanandolo un poco. Ellas tenían el mismo cabello alborotado, rebelde y enredado. Sólo que, el de Jane por supuesto, lo adornaban unas cuantas canas blancas. 

— Sí mamá, está bien. Igual, si me demoro mucho, es que pasé por la casa de Luna. — Hermione besó la mejilla de su madre, cuando ella asintió. — Voy por mi abrigo.

La Granger menor subió las escaleras, situadas a la izquierda de la sala, que llevaban hacia su habitación y a la de sus padres.

Llegó al piso de arriba escuchando el sonido que hacía la madera vieja al crujir, a cada paso que daba. Caminó con rapidez por el estrecho pasillo, hasta llegar a la última puerta, la de su cuarto. Entró y se dirigió inmediatamente a su armario, rebuscando allí hasta encontrar lo que buscaba. Un abrigo de terciopelo negro, regalo de su hermano hace cuatro años, cuando ella tenía doce de edad. Lo miró con nostalgia, con tristeza, sabiendo que él jamás volvería. Sintió una impotencia en su pecho y un nudo en su garganta. Cedric había muerto, por su culpa. Ella sabía que tenía la culpa. Si sólo no se hubiera separado de él... Él no hubiera ido a buscarla y... Tal vez... Su hermano estuviera aún con ellos, con ella... Cuidándola.

Cerró la puerta de su armario con fuerza, como si estuviera enojada. Enojada consigo misma. 

Se dispuso a volver a la sala con su madre, Harry y el chico inconsciente. Ese era su plan, antes de que un llanto desesperado irrumpiera en la habitación, impidiéndole dar otro paso.

Con una sonrisa, Hermione volteó. Se encaminó hacia su pequeña cama. Pero, antes de llegar allí, cambió su rumbo, deteniéndose al frente de una cuna alta de madera, justo al lado de donde dormía. Estiró los brazos, para tomar al bebé que se ahogaba en sus lágrimas. Lo llevó hasta su pecho, dándole calor. Se comenzó a mover suavemente, de un lado a otro, meciendolo. Con sus pulgares, limpió con cuidado las gotitas transparentes que resbalaban por las sonrojadas mejillas del niño. 

— Shh shhh... Tranquilo, mi bebé... Shhh Shh tranquilo... Ya estoy aquí... Ya estoy aquí, mi pequeño Teddy... Ya nada puede hacerte daño... Shh Teddy... Cielo, tranquilo... — le hablaba con ternura, con cariño y amor, mientras lo mecía lentamente. Con paciencia y, sin dejar de hablarle, el bebé se calmó, dejando sus redondos y gorditos cachetes de un tono rojo fuerte.

— Deberías de llevártelo. — su madre le sonrió desde la puerta. — Sabes que va a llorar si te vas sin él. 

— Es verdad. — en su rostro se formó una gran sonrisa al recordar las escenas que hacia Ted. — Eres muy inteligente ¿eh? — como si el bebé entendiera, sonrió, mostrando sus rosadas encías. — ¿Nos vamos? ¿Si? Vamos entonces. Mamá ¿puedes cargarlo mientras busco su pañelera?

— Claro, cielo. — Jane se acercó hasta quedar frente a su hija, que le pasó al pequeño con cuidado. — Ven aquí, chiquito precioso. 

Hermione se dirigió nuevamente a su armario, donde rebuscó un momento, para después sacar un bolso un poco grande en colores pasteles, con animalitos bordados en los bolsillos. En su interior llevaba todas las cosas necesarias para ese tipo de salidas: pañales, un biberón con leche y otro con agua, talco, toallitas húmedas, vaselina, un cepillo suave y una cobija. 

Se lo colgó al hombro y se acercó otra vez a su madre. 

— Ten. — Jane le pasó nuevamente el bebé. Miró a su hija con preocupación reflejada en sus ojos marrones. — Cariño, por favor, cuídate mucho. Sabes como está la situación ahora y, también el peligro que hay. Cuida a Teddy y vuelvan rápido a casa. 

— Lo haré, mamá. — Hermione abrazó fuerte a su madre, con cuidado de no lastimar a Ted que estaba en medio de ellas.

— Vamos. — Jane tomó el brazo desocupado de su hija, para ayudarla a bajar, mientras que Teddy movía sus pies, alegre.

Al llegar a abajo, se miraron confundidas al oír voces conversado. Avanzaron más y pudieron ver al chico que, antes no estaba despierto, sentado en la mesa, apoyado en la pared que tenía al lado. 

— Oh, claro que conocía a Frank y a Alice. Me ayudaron a conseguir trabajo en la herrería, y luego con los leñadores. Unas muy buenas y amables personas. Lo lamento mucho, Neville. Estoy seguro de que ellos hubieran querido que siguieras adelante. Tienes mi apoyo en lo que quieras hacer. Además, estoy más que dispuesto a devolver el favor que tu familia hizo por mi, por ello, si necesitas algo, cualquier cosa, cuentas conmigo. — habló Harry, colocando una mano en el hombro del muchacho, también pelinegro.

— Muchas gracias, Harry. De verdad, te lo agradezco. — Neville le sonrió. Más era una sonrisa algo... Rota.

— ¿Neville? ¿Tú eres... Neville Longbottom? ¿El hijo de Alice Longbottom? — Jane se tapó la boca para no soltar un grito cuando vió al joven asentir, algo confundido. — ¡Oh santos cielos! — de forma inmediata, la mujer lo abrazó fuertemente, procurando de todas las maneras posibles no tocarles mucho sus heridas. Aún así, fué imposible. Neville soltó un pequeño quejido de dolor. — Lo siento, es que... Estoy tan sorprendida, ¡creímos que habías muerto! — en su rostro se formó una gran sonrisa, emocionada. 

— ¿Usted me conoce? — preguntó, también sorprendido. No sabia que lo conocía tanta gente. Que rara es la vida ¿no? — L-lo lamento m-mucho señora... P-pero yo no sé quién es usted. — le dijo apenado.

— Oh, tranquilo, muchacho. Si no nombran a Alice, no te reconozco. — le hizo una seña, para que no se preocupara. — Yo era muy amiga de tu madre, ella me hablaba mucho de tí. Incluso, el día antes del ataque iba a ir a visitarlos y a conocerte pero, empezó a llover y, al siguiente día pasó lo que pasó. Mi más sentido pésame, Neville. — Jane se fijó en como el chico bajaba la cabeza. Era notorio que él no quería hablar de eso. A pesar de haber pasado tiempo, ese vacío nunca se iría. Ella lo entendía perfectamente. Y, estaba segura que, Hermione también lo comprendía. Decidió cambiar de tema. — Bueno... ¿Como te sientes? 

— Bien, bien. — respondió al instante, agradecido por el gesto de la señora. Se inclinó hacia adelante, para ponerse de pie. Pero chilló de dolor. Su cuerpo le estaba recordando que estaba mintiendo. — Y, adolorido. Muy adolorido. 

— Tranquilo, mi hija Hermione irá un momento a la tienda a comprar las cosas para curarte. No te preocupes. — Neville, automáticamente volteó la cabeza hasta donde la mujer señalaba. Hermione le sonrió, moviendo su mano desocupada en gesto de saludo, lo que el muchacho también devolvió. 

— Neville, ¿recuerdas a los que te agredieron? ¿Te acuerdas de sus rostros? — preguntó Harry interesado. La señora Granger lo miró negando con la cabeza.

— Harry, querido, ¿no ves que el pobre está muy cansado? Déjalo quieto para que descanse. — reprendió Jane dirigiendole una mirada de advertencia. 

— No se preocupe, señora, no me causa problema. — le sonrió, para luego dirigir su mirada hacia el joven de ojos verdes. — La verdad, sí los recuerdo. Eran tres. Supongo que pensaron que moriría, ya que estaban sin la capucha. 

— ¿Como eran? — preguntó Hermione. Algo le decía que tenía que saberlo. Negó con la cabeza, ya estaba imaginando cosas.

— U-uno era... De color. Sí, era moreno oscuro. — sintió como un escalofrío lo recorría, como si tuviera miedo a que ellos lo escucharan y después lo asesinaran por estar abriendo la boca. Suspiró, se armó de valor y siguió hablando. — Otro era blanco, y-y su cabello e-era castaño. 

— ¿Como el de Hermione o el de la señora Granger? — Harry se acercó más. Tenía el presentimiento de que la información serviría de mucho. 

— Como el de Hermione, sólo que... Casi rubio. — respondió revolviendose el cabello. Quedó un momento en silencio, dejando a los otros mirándose entre sí.

— Neville... Dijiste que eran tres. Acaso... ¿No recuerdas al otro? — Harry lo miró extrañado. 

— Ah, sí sí. Claro que me acuerdo. Él fué... El más agresivo de todos. Rubio, de piel muy blanca. Sus ojos eran... Muy raros. Me miraba con asco, repulsión y... Odio. Mucho odio. Supongo que quería que sintiera miedo y, vaya que lo logró. 

— Gracias por decirnos, Neville. — agradeció Harry, sonriendole. — Nos ayudará de mucho. Cuando las autoridades de la ciudad vengan, les daremos la información. 

— Y yo estoy contento por poder ayudar. — Neville devolvió la sonrisa.

— Bueno, yo creo que ya debo irme. — Hermione se acercó a su madre, dándole un abrazo. Luego Harry le dió un beso en la mejilla a ella y un besito en la frente a Teddy.

— ¿Quieres que te acompañe? — preguntó Harry, ofreciéndose. 

— No, no. Mejor, quédate aquí con mamá. No tardaré mucho, lo prometo. — le sonrió, tranquilizandolo. — Adiós Neville, fué un gusto conocerte. — le hizo un gesto al muchacho, que lo devolvió sonriente. 

Acomodó a Teddy en su hombro, arropandolo con la cobija que le había puesto anteriormente. El bebé ya estaba dormido, otra vez. Pensó en dejárselo a su madre pero, cuando despertara seguramente lloraría a más no poder.

Se dirigió a la puerta principal. Salió de la casa, escuchando un último "¡Cuídate mucho!".

Afuera, el aire frío la envolvió. Apretó a Teddy contra su pecho, asegurandose de que él estuviera calentito. 

Caminó por las calles del pueblo, saludando a algunas personas, conocidas de sus padres o compañeros del colegio. Dudaba que este año pudiera ir a Hogwarts. Seguramente sus amigos pensaban igual. Tenían que proteger a sus familias y, estando lejos de ella, ¿como lo harían?

Sintió a Teddy dar un suspiro, como si entendiera su preocupación. Verdaderamente, Nym y Remus habían hecho un trabajo increíble, asegurarle un futuro a su hijo. A el bebé, no le faltaba nada. Ni ropa, ni juguetes, ni alimento. Y si le faltaba, para eso estaban sus padrinos, Harry y Hermione. 

Ambos, cuando Tonks les había hecho prometer que cuidarían a Teddy si algo llegaba a pasar, le insistieron que nada pasaría, que todos estarían bien. En esos momentos, ni ella ni Harry se arrepentían de haber aceptado la promesa. Aunque, la tía Andrómeda venia casi siempre a ayudarles, nunca descuidarian a Ted. 

Nymphadora Tonks y Remus Lupin se habían esforzado para que nada le faltara a su hijo. Sin saber que, lo que le faltaría, serían ellos mismos, sus padres. 

Hermione se detuvo frente a un establecimiento, de puertas de vidrio trasparente, aunque, roto. No tenía que preguntar para saber lo que había pasado o quién lo había hecho, era, totalmete obvio. Como pudo, entró, tratando de no cortarse con los filos y mantener protegido al bebé que dormía plácidamente en sus brazos. 

Se dirigió al mostrador, sonriendole al joven rubio cobrizo de ojos marrones, que esperaba para atenderla.

— Colin, ¿como estás? ¿Te encuentras bien? — saludó al muchacho con un beso en la mejilla, que le devolvió la sonrisa.

— No estoy muerto, así que... Sí, estoy bien. — le respondió mientras ladeaba la cabeza.

— ¡Dios mio! ¡Colin, no juegues con eso! — lo reprendió Hermione, dándole un golpecito en el hombro. Terminó riendo junto a él, a pesar de ser un tema serio.

— No estoy jugando, chica. — se sobó el lugar donde ella le había pegado, fingiendo dolor. — Si estoy muerto, obviamente no voy a estar bien ¿como crees, Granger? 

— Eres un idiota. — le dijo negando con la cabeza, sonriendo. 

— Aún así me amas. — alzó las cejas repetidamente, con estilo galante. 

— Cállate. — le iba a dar otro golpe, pero el chico se movió hacia atrás levantando los brazos, como si estuviera rindiendose. 

— Ah, trajiste al pequeño pirinpinplin. — Colin estiró su mano, hasta tocar la cabecita del bebé. — ¿Que tal, Ted? ¿Volviste a hacer berrinche para que Granger te trajera? Ese es mi niño. Siempre queriendo venir a jugar con el tío Colin.

— Parece que su propósito no era jugar contigo, ¿ves? Está dormidito. — le señaló al bebito, seguramente en un prado muy lejos de ahí, contando esponjosas y blancas ovejitas bebés. 

— Bueno, será otro día. — alzó los hombros, sonriendo. — Dime, nena, ¿que necesitas? Porque estoy más que seguro de que no has venido sólo a parlotear con un viejo amigo de la escuela. 

A Hermione se le escapó una risita. Colin sabia más de ella de lo que quisiera. — Bueno, es cierto. Necesito vendas, alcohol y... Antibiótico para el virus que está dando ahora. Papá lo tiene y no se ha mejorado. 

— Espero que se recupere pronto. — recibiendo un "Gracias" de parte de ella, volteó, en dirección a los estantes del fondo. — Aquí donde estoy, puedo conseguirte el medicamento y el alcohol. Las vendas las encuentras en aquel pasillo. — de espaldas, le señaló el último pasillo.

— Bien, ya vuelvo. — Hermione caminó hasta donde el muchacho le decía. Se dirigió hasta el final, en medio de estantes. 

En donde terminaba el pasillo, encontró lo que buscaba. Con una sonrisa, volteó, para devolverse al mostrador con su amigo. 

Algo la detuvo. Escuchó como la puerta de vidrio era destruida completamente, asustandola. Unos pasos apresurados irrumpieron en el establecimiento, haciendo un sonido fuerte.

— ¡Tú! — escuchó que decían de manera dura. No fué hasta que oyó el disparo y lo siguiente que dijeron, cuando entendió. — ¡Rápido, Sangre Sucia! ¡Danos el dinero! ¡Ya, ya! ¡Idiota! 

Hermione, por instinto se agachó. Su corazón comenzó a latir de manera desesperada. 

Trató de ver entre las estanterías, haciendo espacio entre frascos oscuros de los que estaban llenas. Vió a un Colin asustado, que con las manos temblorosas hacia todo lo que podía para meter todos los billetes de la caja registradora en un saco de color beige. 

También pudo ver, tres hombres, encapuchados y vestidos totalmente de negro, armados con cuchillos y pistolas, apuntando a su amigo, que murmuraba palabras inaudibles, seguramente pidiéndole a Dios. 

Hermione, rápidamente se tumbó a un rincón cuando vió a uno de ellos mirar en su dirección. Cubrió a Teddy con su abrigo, ocultándolo. Lo que ella no sabía, era que el bebé había despertado debido al ruido y que, una de sus manitas sobresalía de su agarre. El pequeño intentaba, hacer todo lo que podía para tomar un osito de peluche que colgaba de la pared en la que Hermione estaba apoyada.

La chica estaba tan aterrada, mirando al frente que, no se dió cuenta de cuando fué que Teddy logró agarrar al juguete, para después presionar el corazón que tenía bordado el oso en el medio, haciendo que de él saliera una melodía de cuna, lo suficientemente fuerte para que los Mortifagos lo escucharan. 

De los labios de Hermione salió un pequeño grito al darse cuenta de lo que había pasado. Su terror creció al oír lo que harían.

— ¿Quién anda ahí? ¡Respondan, cobardes! — por supuesto, Hermione no contestó. Es que, ¿como lo iba a hacer? Acaso ¿era tan tonta? — Dragón, vé revisar. 

La castaña sintió como un escalofrío la recorría de pies a cabeza, al escuchar pasos firmes acercándose. 

Volvió a meter la mano de Teddy que estaba por fuera y lo tapó aún más, sólo dejándole la cabecita descubierta.

Su mirada iba sólo dirigida al bebé, cuando escuchó los pasos detenerse y sentir algo haciéndole presión en su cabeza. La estaban apuntado. Iba a morir, estaba segura.

— Por favor, t-te lo s-suplico... N-No le hagas daño al b-bebé... P-por favor... M-mátame a mi... M-matame a mi... P-pero no le hagas daño al b-bebé... — el sentimiento de un nudo en la garganta hizo que las lágrimas humedecieran sus ojos, haciendola llorar. 

Esperó el disparo. Esperó sentir la sangre resbalando por su piel, hasta desangrarse en ese lugar. Sin poder despedirse de su familia, sin saber que seria del pequeño bebé indefenso que dejaría allí. Esperó morir, sin oportunidad de poder salvarse. Lo esperó.

Esperó todo, menos que la presión en su cabeza disminuyera hasta desaparecer por completo. Escuchar decir al Mortio frente a ella que no había nadie. 

Levantó la vista, temerosa, encontrándose con una figura que la miraba desde arriba. Aunque no podía ver sus ojos, si podía sentir su mirada, que la escudriñaba sin piedad. 

La bestia alargó su brazo, hasta ella. Hermione no supo que hacer en ese momento, sólo pudo tomar la mano de ese ser, que era totalmente protegida por un grueso cuero negro. Él la apretó, para después jalarla, hasta una puerta, escondida detrás de unos anuncios. La puerta llevaba hasta afuera, a un callejón ¿como es que no sabia? Había ido millones de veces a esa tienda y no se había dado de cuenta. 

La figura alta y oscura la siguió arrastrando hasta llegar a la pared contraria. La tiró ahí, sin importarle que la espalda de la chica chocara contra la pared de bloques. Menos mal que ella tenía a Teddy bien sujeto, sino, ya se hubiera caído con lo brusco que fué el golpe.

Hermione, en ningún momento perdió de vista al hombre. Sabia que era un hombre. Su forma de caminar, su figura... Era obvio. Y menos lo dejó de ver cuando él se alejó por un momento de ellos. La joven castaña observó aún más confundida como él sacaba de uno de los bolsillos de su pantalón, un pañuelo negro, colocándoselo. Justo igual como lo tenía puesto el Mortifago la otra noche en el último ataque. 

Hermione, recordó con un pequeño grito que, ninguno de los seguidores del Lord que había visto en su vida, tenía puesto un pañuelo negro cubriéndole la mitad del rostro. 

Él era el único. Y era por una razón. 

Se alejó, lo más posible de él, atemorizada.

¿La había vuelto a salvar, como aquel día en el bosque? 

Ahora, la pregunta era, ¿la volvería a lastimar?  









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