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Memorias de Idhún V- Búsqueda » Reencuentro
Memorias de Idhún V- Búsqueda (ATP)
Por yandrakai
Escrita el Martes 12 de Abril de 2016, 14:18
Actualizada el Jueves 17 de Septiembre de 2020, 11:18
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Reencuentro

Comencé a caminar en sentido opuesto a la Tríada, con mi mochila y mis deseos de obtener los objetos divinos. No sabía dónde irían ellos a entrenar a sus hijos, pero yo sí conocía po donde empezar. Y no iba a ser para buscar los objetos divinos. Debía reencontrarme con mis padres.

Tras varios años en la Tierra y algunos días en Idhún, no había podido ir a visitarles. Si no habían cambiado de hogar, seguirían viviendo en Vanissar. Mi padre debería estar jubilado, o ya cerca de ello. Mi madre seguiría rezando en el Oráculo de Gantadd.

Oh, por los Seis. Acababa de recordar que los Nuevos Dragones habían atacado al Oráculo, y mi madre estaba en él. Debía saber si se encontraba bien. La sacerdotisa que fue a casa de Zaisei dijo que no había supervivientes. Pero debía comprobarlo.

Me teletransporté a Vanissar, más concretamente a Les. No quería sorprender a nadie apareciendo de la nada, así que fui a un lugar un poco alejado. Me coloqué una túnica marrón con capucha para que nadie me reconociese y me interné en la ciudad. Caminé por las calles buscando mi casa mientras sentía las miradas de los aldeanos curiosas, pues yo era el único que vestía de esa forma.

No recordaba dónde vivía, así que decidí preguntar a alguien si conocía a mi padre. Me acerqué a un tendero que vendía comida y le pregunté:

--Buenos días, buen hombre. Que Irial alumbre tu vida.

--Bienvenido seas a mi tienda, forastero. ¿Qué deseas comprar?

--No deseo obtener nada más que información. Puedo darte oro por ello.

El vendedor rio, seguramente pensando que él no podría ayudarme más que con alimentos.

--Siento decirte que poco sé acerca de la vida. Puedes acudir a la biblioteca y...

--Busco a Josfar Valorem.-- interrumpí.

De repente el comerciante se puso serio y se preguntó si yo estaría cuerdo.

--¿A Josfar? ¿Al loco Josfar?-- fueron sus palabras.

--¿Por qué es llamado loco?

--Se quedó así al saber que su mujer y su hijo habían muerto.

No podía ser. Mis peores sospechas se hacían realidad.

--¿Puedes indicarme dónde está su casa?

--A tres calles de aquí. Pero, cuidado. Puede matarte porque piensa que tú mataste a su familia. Lo piensa de todos. Las autoridades le tienen encerrado en su casa, excepto un día a la semana que le llevan a la fortaleza de Nurgon, su antiguo lugar de trabajo.

¿La fortaleza de Nurgon? Allí había estado yo hacía poco tiempo, y había coincidido con un anciano. ¿Y si... aquel viejo fuese mi padre y no nos habíamos reconocido? Decidí no pensar en ello en aquel momento.

Asentí y le otorgué algunas monedas. Me marché de allí, sintiendo las miradas de todos los presentes, y me dirigí a mi hogar.

Era tal y como recordaba, pero más sucia y descuidada. De madera marrón, un solo piso, con un porche delantero y un jardín trasero, tres ventanas delante y dos a ambos lados. Nada se veía a través de las ventanas, pues estaban demasiado sucias.

Me acerqué, sollozando, tanto por la reciente noticia de la muerte de mi madre como la nostaglia que me producía aquel lugar. Llamé a la puerta y esta se abrió sola. Entré dentro sin hacer ruido.

--¿Hola?-- saludé, esperando una respuesta.

Solo escuché un sollozo en el interior, y me acerqué a investigar. En la habitación, oscura y sucia, se encontraba un anciano sentado en una silla, con la cabeza entre las manos. Detuve mi respiración al verle el rostro. Era el hombre que había visto en la fortaleza de Nurgon, pero en ese momento mucho más viejo y débil.

Mi padre me miró, con arrugas surcando su oscura piel, los labios agrietados, rodeados por una barba sucia y descuidad. Su mirada, marrón oscuro, mostraba una pena y dolor que angustió aun más mi corazón.

--¿Qué quieres?-- preguntó ofensivamente.-- Hoy no salgo, no voy a Nurgon. ¡Déjame con mis penas!

Me acerqué más a él para que me reconociese, pero su actitud fue muy diferente a la que yo me esperaba.

--¡Fuera de aquí! ¿No me has oído? ¡Fuera de aquí o te mato!

Me empujó y casi me caí hacia atrás de la sorpresa, pero pude sostenerme.

--¿No me reconoces?-- pregunté sollozando.

--Oh, ¿qué te ocurre, hijo?-- cambió de actitud rápidamente.-- ¿Por qué lloras?

Llamarme así me hizo pensar que sí me reconocía, pero continué hablando con él como si nada hubiese pensado.

--Acabo de saber que mi madre ha muerto estando yo muy lejos.

--Te comprendo, hijo-- repitió esta última palabra--. Yo perdí al mío propio y a mi mujer. Él se fue hace tantos años que he perdido la cuenta, y a ella la mataron los Nuevos Dragones. ¡Cuanto los odio! Un día a la semana voy a Nurgon por si puedo asesinar a su líder, Qaydar. ¡Maldito seas por los Seis! ¡Tú mataste a mi mujer y eliminaste a mi hijo del mapa!

Josfar lloraba amargamente la pérdida de sus dos seres más queridos, y yo con él. No sabía si decirle que yo era su hijo y animarle o que me matara y me tachara de mentiroso. Finalmente pensé que un pobre y débil anciano nada podría hacer contra un joven de veinticinco años.

--¿No me reconoces... papá?-- pregunté.

Mi padre me miró, y se acercó a tocarme los brazos. Yo le dejé para que supiese que no era un fantasma, una mera ilusión. Recorrió con los dedos un trazado desde mi hombro hasta mi mano derecha, con la que se juntó, llorando sobre ella.

--Hijo mío, hijo mío. ¡Pensaba que estabas muerto! ¡Agraciados sean los Seis, pues te han traído de vuelta! Aquel mago me dijo que habías tenido que huir, y al ver que no volvías al cabo de diez años, pensé que habías muerto a manos del maldito Qaydar. ¡Negra su alma, negro su corazón!

El mago al que se refería mi padre era Shail, a quien Victoria pidió que avisara a mis padres para anunciarles que yo había tenido que huir.

--Padre, el Archimago murió hace unos días.

Josfar me miró y sonrió malévolamente, aun con lágrimas en el rostro.

--¡Al fin! ¡Los dioses han destruido su alma!

Yo sonreía junto a él, al saber que por fin estábamos juntos. Pero pronto tenía que partir.

--Padre, grandes son mis gozos de poder volver a verte, pero temo que pronto he de partir. Me hallo enfermo, y si dentro de un año no encuentro la cura, moriré.


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