Historia al azar: Dos hombres y un destino
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Crónicas de la Tercera Generación » Completamente perdido
Crónicas de la Tercera Generación (R13)
Por ratondebiblioteca
Escrita el Domingo 18 de Octubre de 2015, 19:08
Actualizada el Lunes 23 de Noviembre de 2015, 16:51
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Completamente perdido

COMPLETAMENTE PERDIDO

Demasiado adictiva. Es en lo único que puedo pensar. En que la seductora de Vero, mi prima, porque por más que no compartamos sangre compartimos familia y eso es lo que importa, es demasiado adictiva. Todo ella.

Sus labios, que están soltando los más dulces gemidos que nadie ha escuchado nunca. Sus manos, que parecen tener vida propia y están ocupadas en desabrochar los botones de mi camisa y sacarla de los pantalones de mi uniforme. Sus ojos azules, ahora cerrados, que brillan más que mil estrellas. Su cuello, que ahora mismo estoy besando como si fuera lo último que hiciera. Su piel, toda su maldita piel, que tiene su propio y natural perfume, ese que me hace delirar y perder el conocimiento de todo, menos de ella.

Porque las cosas ya no son como hace dos años.

            Hace dos años yo podía venir a la sala de los menesteres y tener sexo con Vero, sin preocuparnos por las consecuencias, porque pensábamos que no las había.

            Pero sí que había.

            No me había preocupado de que se nos fuera de las manos, de que nuestras miradas se cruzaran por los pasillos y la suya mandara un claro mensaje Coge mi mano y hazme tuya, una mirada a la que yo solo puedo responder tragando saliva y desapareciendo llevándomela conmigo. No sabía que esto se podía volver tan grande e importante para no poder disimular, no sabía que corría el riesgo de engancharme a sus besos, a sus caricias, a toda ella. Que podía convertirme en un adicto al sabor de su piel, porque soy como un drogata que en cuanto se separa de su narcótico se muere, que vive lo suficiente separado de su medicina, o más bien, su veneno, para echarlo de menos y volver a caer, una y otra vez.

            Y he vuelto a caer.

            La he visto tonteando con ese estúpido de Anderson, ese que repitió cuarto curso y que va a la misma casa que ella, y mis sentidos se han nublado. En cuanto la he visto un instinto primitivo y animal ha salido de mí y me la he llevado en cuanto nadie estaba mirando.

            En cuanto la puerta de la sala de los menesteres ha aparecido, he tirado de ella hacia dentro y el juego, ese que trata de provocarnos mutuamente hasta que uno de los dos ya no pueda más, ha comenzado.

            Con su cuerpo entre el mío y la pared, sus manos enredadas en mi pelo, sus besos chocando con mis besos, he sido yo está vez el que he caído esta vez.

            La he cogido, haciéndola abrazar mi cintura con sus piernas, y la he desabrochado uno a uno los botones de la camisa, lanzándola por los aires al terminar, acariciando la piel que dejaba expuesta, sacando esos dulces gemidos que nadie más ha logrado oír jamás, besando cada centímetro de piel que veía, deleitándome con esos pechos que parece que están hechos a mí medida, esos que sé que nadie más ha tocado, que son de mi propiedad, igual que toda ella.

            Porque ella es mía y yo soy suyo.

            Mi fama de mujeriego ha desaparecido por ella. Sigo siendo uno de los chicos que más fans tienen en Hogwarts, y me permito tontear con ellas, pero nunca he besado o si quiera acercado más de lo necesario a una de ellas, porque por muy hermosas que sean no son ella.

            La he llevado hacia la cama, sola en medio de la habitación, y aquí estamos ahora, besándonos y abrazándonos, jugando estos preliminares que tanto nos gusta jugar, sabiendo que por más que me una a ella nunca será suficiente.

            Sus tibios labios recorren mi cuello con avidez, de vez en cuando dejando una mordida que me hace gemir con fuerza. Le cojo la cabeza con las manos, recorriendo su cuello con mis dedos, disfrutando cuando Vero cierra los ojos ante el gesto.

            No es suficiente. Nunca es suficiente.

            Porque sé que por más que la bese, por más que me hunda en ella, por más que marque cada centímetro de su piel de porcelana, siempre querré más. Cogerla de la mano. Abrazarla en público. Conseguir que los profesores nos griten escandalizados que nos separemos porque hay niños pequeños presentes.

            Ha conseguido quitarme la camiseta y ahora es ella quien jadea cuando beso ese punto en su cuello, ese que sé que es su punto débil, ese que sé que solo yo conozco.

            -Vale ya Fred- me dice, con la voz entrecortada-. Basta ya. Déjate de jueguecitos y acaba lo que has empezado.

            -Como si tú no hubieras participado también- gruño en su oído.

            Estamos sentados en la cama, yo debajo de ella, pero ni siquiera sé quién es el que tiene el control. La abrazo por la cintura y acarició su piel desnuda, subiendo las manos hacia el broche de su sujetador. Lo quito rápidamente, son muchas veces haciéndolo, pero se lo bajo lentamente, deseando prolongar este momento, acariciando sus brazos con cuidado.

            Ella me mira confundida, y estoy seguro de que puede verlo en mis ojos, por más que trate de ocultárselo, así que la beso con fuerza y con pasión, acariciando su pelo, teniendo la sensación de que está vez es diferente.

            Pero ella se aparta de mí, colocando las manos en mis hombros. Mierda. ¿Por qué se aparta?

            -¿Qué te pasa Fred?- me pregunta, mientras juega con un mechón de mi pelo, mirándome como si de verdad le importara.

            -Cómo si enserio te interesara- mascullo, apretando la mandíbula.

            -Pues claro que me interesa- murmura, frunciendo el ceño-. ¿Por qué no debería interesarme?

-Tú y yo nos odiamos- le digo.

-Eres mi… primo.

            -Primastro- siento la necesidad de recordarle, y al instante me arrepiento al ver el dolor en sus ojos.

            -Gracias por recordarme que en realidad no tengo una familia que me quiera- me dice, levantándose de mi regazo.

            Mientras veo como se vuelve a abrochar el sujetador, quiero gritarle que no es verdad, que es una Weasley más, que tío Charlie la quiere como si tuviera su propia sangre, que la abuela Molly le teje un jersey cada año porque es su nieta, que la queremos todos.

            Que cuando le he recordado que no somos familia, no ha sido para herirla, sino para recordarme a mí que esto no está del todo mal.

            -Ni se te ocurra irte- le digo, levantándome y cogiéndola del brazo.

            Subo la mano hacia su hombro y recorro con mis dedos la longitud de su brazo. La noto temblar y la oigo suspirar entrecortadamente, y sé que ha cerrado los ojos.

            -No te vayas- le suplico, leimploro, porque no quiero que me deje solo con mis pensamientos, porque aún no estoy preparado para admitir esto y si me quedo solo me volveré loco sin el sabor de su piel-. Por favor. No te vayas. No me dejes solo.

            -Pues entonces explícame que te pasa- me exige, dándose la vuelta y mirándome fijamente a los ojos.

            -No puedo- confieso, casi sin poder mantenerme en pie frente a la intensidad de su mirada-. No puedo- repito, pasándome las manos desde mi rostro hasta el final de mi pelo.

            Supongo que debe de notar la desesperación en mis ojos, porque se acerca a mí y me coge las manos. Esto no tendría que estar pasando. Esto no debería estar pasando. Por cosas como estas -por su mirada, por su sonrisa, por su maldita manera de besarme- estoy jodido.

            -No me mires así- le digo, sin poder apartar los ojos de los suyos.

            -¿Así cómo?- pregunta, sonriendo con picardía.

            -Así- susurro, mientras acaricio su rostro. No aguanto un par de segundos y ya la estoy besando con fuerza, pero ella vuelve a separarse.

            -Joder Vero…

            -Déjame probar una cosa esta vez- me dice. Sus ojos muestran la misma confusión y el miedo que los míos, y eso me da la seguridad suficiente para no rendirme. Un suspiro sale de sus labios color cereza, y su aliento choca con el mío dejándome aturdido.

            -Vale- susurro.

            Esta vez es ella la que se inclina sobre las puntas de sus pies, y me besa. Pero no es como otras veces. Nuestros besos siempre han sido feroces, pasionales, como si el mundo se acabara si nuestros labios se separaran. Esta vez no es así. Esta vez es lento, sigue siendo pasional pero también es dulce, delicado. Mi lengua intenta abrirse paso entre sus labios, pero ella se separa de mí y me acaricia las mejillas con sus pulgares.

            -Así no- susurra sobre mis labios-. Más lento.

            No sé lo que quiere hacer, pero me gusta. Me gusta besarla como si no tuviéramos prisa, como si no tuviéramos ningún problema, como si pudiéramos estar así para toda la vida.

            Coloco torpemente —porque con ella siempre soy un torpe, cuando me besa, cuando me acaricia, cuando está tan perfecta que me hace gemir— las manos en su cintura y acaricio su piel haciendo círculos con los dedos. Entonces ella abre un poco la boca y me deja entrar más profundamente en ella, aunque no perdemos el toque delicado del beso.

            Retrocedo unos pasos hacia atrás en el momento en el que ella sube sus manos desde mi cuello hasta mi pelo. Caemos en la cama, ella encima de mí, y las caricias se vuelven más pasionales, más posesivas, pero sigue siendo de un modo tan diferente al que conozco que no las llego a entender.

            La doy la vuelta para que quede boca arriba y ella me deja, haciéndome un hueco entre sus piernas. Justo ahora me doy cuenta de que en realidad, nunca he besado cada centímetro de su piel, porque solo he besado la piel que me interesaba, o que creía que me interesaba. Pero nunca he besado completamente su rostro, así que es lo que hago cuando sus labios se separan de los míos para poder coger aire. Le dejo un camino de besos húmedos por su mejilla derecha —o la izquierda, porque ahora mismo ni siquiera puedo pensar con claridad mi nombre— y luego por la otra, pasando por ambas sienes, besándole la oreja, la frente, la barbilla, los parpados, siendo animado por las manos que acarician mi pelo.

            Ella baja lentamente las manos por los costados de mi cuerpo, mandándome electricidad por cada poro de mi piel y haciendo que mi cerebro quede desenchufado. Le quito el resto de la ropa, y ella hace lo mismo con la mía, y antes de que pueda darme cuenta ya he caído otra vez y estamos bailando ese tango de dos que tanto nos gusta mientras nos acariciamos y nos besamos, sin parar de mirarnos a los ojos en ningún momento.

Y para cuando quiero darme cuenta ya hemos terminado y la estoy abrazando como si me fuera la vida en ello y ella me está mirando y yo la estoy mirando a ella y maldita sea por qué tiene que ser la criatura más hermosa que Dios ha creado y sé que es demasiado tarde porque estoy completamente perdido.

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Besos besosos,

May



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