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La otra » La otra
Historia terminada La otra (ATP)
Por Priestess_Nahuel
Escrita el Lunes 16 de Febrero de 2015, 19:58
Actualizada el Lunes 16 de Febrero de 2015, 20:02
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La otra

Capítulos
  1. La otra

La noticia de la herencia revolucionó la casa. Se trataba de una tía de mi papá, Serafina E. Mora, según la notificación. Recordaba haber visto un par de fotos de ella, sólo porque decían que se parecía a mí, pero nunca la vi en persona. Mamá se armó de viejos recibos, calculadora y bolígrafo, y pasó esa tarde en medio de cuentas para determinar lo que faltaba para pagar el auto nuevo. Mi hermana dijo que su parte se lo gastaría en la peluquería. Yo estaba más interesada en comprarme una laptop, así se me facilitaba la Universidad sin que me reclamaran tiempo de máquina. Papá fue el que menos se pronunció. Al final, mamá era la económica financista de la casa. Si él tenía alguna idea que incluyese dinero, ella lo convencía de cambiarla. 

Pero los planes de todos se aguaron cuando papá llegó del correo con cara de perro lloviznado, junto a dos hombres que cargaban una caja estrecha, delgada y más alta que él. La dejaron en una esquina de la sala y se marcharon sin aceptar café. Asaltamos el paquete para rasgar el embalaje a toda prisa, como si allí se escondiesen maletines con oro. La primera en soltar algo fue mi hermana:

—¿Un espejo…? ¡Y manchado! ¿Dónde está el dinero? ¡Esos tipos del correo te estafaron, papi!

Papá explicó —con la paciencia que sólo tenía él—, que la herencia nunca fue dinero, sino aquel espejo antiguo. La tía había donado sus bienes al Estado, pero expresó en su testamento, que aquel mueble fuese entregado a sus parientes vivos más cercanos. Y él encajaba en esa definición. Para terminar las discordias —y el berrinche de mi hermana que no pudo hacerse la queratina en el pelo—, el espejo se puso en la sala de tal forma, que todo el que pasase se reflejara de cuerpo entero.

Al cabo de unos días con la «herencia» en medio de la sala sin dar brocha ni color, mamá dijo que lo mejor era guardar el espejo en el cuartico de desahogo —de trastes físicos y emociones humanas—. Papá, con esa nobleza suya de no contradecir a su esposa en cosas triviales, aceptó sus razones, ya que el espejo no podía acomodarse en ningún cuarto, debido a que ya todos tenían uno.

Así que me vi cargada de periódicos viejos, una sábana cucaracheada y la orden de embalsamar el mueble para su confinamiento. Confieso que no me tomé a mal el encargo. Quizás diese con un doble fondo y algo del dinero que la tía Serafina E. Mora no donó al Estado, y lo destinó a sus queridos parientes suertudos de recibir la herencia.

La primera impresión que tuve cuando me reflejé, es que esa no era yo. El corazón me dio un salto y me mantuve a una distancia prudente. Hasta que detecté que la lámpara del fondo, no era la misma que aparecía en el espejo. La mía era azul cielo con pantalla blanca, la otra, de un azul más oscuro y pantalla beige. Tampoco los butacones eran del color exacto de los míos. Y la otra yo, después de una segunda ojeada, tampoco era igual. Tenía un lunar en la nariz, el cabello más oscuro y revuelto, sus ojos eran color avellana, mientras los míos eran pardos.

Acerqué la cara. La otra me imitaba, como todo reflejo que se respetase. Alcé una mano y la moví de derecha a izquierda. De repente, la otra abrió la boca y empañó su lado del espejo. Con un dedo, escribió una palabra nítida y sonrió.

aloh

Yo no podía moverme de la impresión. Como la otra quedó en mi posición exacta —a excepción de la mueca animosa—, me dije que sólo era estrés de los exámenes, la presión del profesor Todobien con la entrega del seminario de Romeo y Julieta y su manco de Lepanto. La ilusión se rompió cuando, una vez desaparecidas las letras, la otra volvió a empañar el cristal —o vidrio, o separador, o puerta a algún mundo o lo que fuese— y escribió otra palabra, más clara:

asilE

No pude evitar mover los labios, sin sonido, no sin cierta dificultad para comprender: ¿asile? La otra al seguir dueña de su movilidad, asintió, su rostro iluminado de alegría, como el preso a quien le acaban de conmutar la pena de muerte por libertad condicional. Mas se ensombreció angustiada, golpeó su parte del espejo hasta hacer temblar el cristal —su cristal, el mío estaba inamovible— con la desesperación recorriéndole cada línea de la cara. Se palmeaba el pecho, como si tuviese mucha prisa por hacerme entender algo, no dejaba de gritar, muda como una jicotea: «asile, asile ¡ASILE!».

Hasta que comprendí que todo buen espejo, reflejaba las cosas al revés. ¡La otra se llamaba Elisa! Con su mismo mutis, vocalicé el nombre a lo que ella asintió, complacida. ¡Al fin nos comprendíamos! Elisa me señaló, se encogió de hombros y volvió a señalarme. Me acerqué a empañar el espejo para escribirle mi nombre, pero ella me detuvo con un gesto, luego, se señaló el oído con insistencia. No comprendí a la primera. ¿Le dolía la oreja, le picaba, era sorda…? ¡No! Elisa quería escuchar mi voz. Quizás esa era la única forma de sacarla de allí. Me quedé cerca, las manos apoyadas en el cristal. Elisa permanecía expectante.

—Yo… —me sentí tonta hablándole a un espejo que me devolvía todo al revés. Y más tonta por pecar de yoísmo, como recordaba el literato Todobien en sus clases—, me llamo Claudia…

No terminé de pronunciar cuando la visión se me emborronó, como si me abatiese el cansancio de horas frente a la PC de leerme Romeo y Julieta. Escozor y debilidad en cada uno de mis músculos hasta quedar agarrotada como un palo. Ni siquiera sentí el golpetazo de caer al suelo.

Pero de que caí lo hice, porque cuando fui dueña de mis actos, el dolor me atenazaba en cada articulación de tal forma, que parecía que me desbaraté por una escalera. Mi visión seguía mala, las piernas ni siquiera me aguantaban y cedieron bajo mi peso. Me aferré al espejo y pude ponerme en pie. Allí estaba Elisa, todavía del otro lado, con un cristal separándonos. «No funcionó»; pensé, abrumada por no sacarla de allí… ¿pero por qué entonces ella parecía tan feliz?

Hasta que miré mis manos y estaban arrugadas llenas de manchitas oscuras, con un montón de venas azules que se adentraban en mis brazos huesudos. Vestida con una bata de casa, mis pies con las uñas llenas de hongos metidos en chanclas, ennegrecidas de días sin lavar. ¡No, no, no, esa no era yo… yo era la otra, la que estaba del otro lado del cristal…! Cuando hablé, salió un graznido áspero por la desesperación:

—¿Elisa?

La otra sonrió, el gesto oscurecido por el triunfo de sus ojos —¡mis ojos!— pardos.

—«No» —tuvo el cuidado de vocalizar, sin dejar escapar el mínimo aliento de sonido—. «Ahora, Claudia Mora.»

La vi agacharse y grité: ¡NO!; pero la otra ya había pegado el primer periódico ante mi cara. Mi nueva ventana al mundo terminó de oscurecerse de noticias viejas y rostros amarillentos, después supuse, terminé en el cuartico de desahogo.

Dejo esta nota en el mundo de la otra para advertir, por si alguien tiene la oportunidad —a mí no me queda mucho tiempo en este cuerpo marchito que se consume a sí mismo por segundos—, de impedir que Serafina Elisa Mora, no… Claudia Helena Mora, continúe viviendo para siempre.



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