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Sombra Eterna » Capítulo 1
Sombra Eterna (R15)
Por Aru97
Escrita el Domingo 28 de Diciembre de 2014, 23:35
Actualizada el Sábado 17 de Enero de 2015, 16:06
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Capítulo 1

Capítulos
  1. Prólogo
  2. Capítulo 1

Los enanos echaban hechizos poderosos

mientras las mazas tañían como campanas,

en simas donde duermen criaturas sombrías,

en salas huecas bajo las montañas.

 

 

 

Produje un sonido quejoso al caer al suelo. La fría tierra, poblada con una manta corta de hierba verdosa, me recibió con suma dureza en mi caída. Noté como mis músculos se quejaban, mis articulaciones se contraían y los huesos pedían a gritos un descanso.

—Levántate, muchacha.

Alcé la mirada, encarando de nuevo al hombre cuya fijación parecía estar en que me rompiera algún hueso.

—No me llames así —escupí con odio, levantándome de nuevo.

—¿No? ¿Y cómo esperas que te llame? Tú misma has dicho que alguien como yo no puede usar tu nombre real, ¿no es verdad? —me espetó, lanzándome de nuevo aquel trozo alargado de madera.

En esos momentos me atormentaba a mí misma por no haber sido capaz de reconocer a la criatura que tenía frente a mí hasta días después del inicio de esa especie de entrenamiento; por haber pensado que era un simple humano mediocre. Pero no, aquel hombre era un beórnida, un cambia pieles, y debía de tener mucho cuidado con él.

Empuñé aquella rústica vara sin dejar de observarlo, intentando encontrar algún rastro de debilidad en su cuerpo. Comencé entonces a rodearlo, mis pies tomaron la delantera y dejé que mi cuerpo se dejara llevar por el instinto que aún luchaba por permanecer en mi interior. Beorn permaneció quieto, sin dejar de fijar sus ojos en los míos.

Sabía que yo era mucho más rápida y ágil, pero la fuerza y defensa seguían en mi contra, nada había cambiado en los dos meses que llevaba haciendo lo mismo día tras día. Levantarme al alba para ser sometida a toda clase de ejercicios y sí, era cierto que mi cuerpo ya no era tan blando y que mis piernas y brazos se habían robustecido. Pero el sentimiento de ira seguía creciendo más y más cada vez que veía mi rostro en alguna superficie clara.

Aún peor, aquella criatura semihumana me había tomado por ternero y me obligaba a comer cosas antinaturales surgidas de la tierra, teniendo a mi alrededor ovejas, cerdos, caballos o incluso ciervos. La maldad no tenía medida en su interior.

—Vamos, ataca —apremió él.

Apreté la mandíbula y embestí hacia su costado derecho y, justo cuando estaba a punto de atestarle el golpe, cambié la dirección hacia la parte más baja de su estómago. Beorn no pudo reaccionar, y cuando creía que por fin iba a hacerle tragar sus palabras, el bastón se astilló al chocar contra la carne.

Me aparté de un salto y miré el trozo de madera que aún continuaba entre mis dedos, francamente molesta.

—¿Cómo esperas que haga algo con esto? —le espeté

—Nada me garantiza que, si te diera una lanza de verdad, no me la intentaras clavar entre ceja y ceja —concedió, cruzándose de brazos.

—¿Es miedo eso que huelo, cambia pieles?

—La prudencia jamás fue sinónimo de cobardía —afirmó con solemnidad—. Por hoy es suficiente, ve a alimentar a los cerdos mientras yo pongo a calentar el fuego.

Dicho esto se giró, dándome la espalda y caminó hacia la cabaña. Lo miré con profundo desprecio y la voz palpitante de mi orgullo gritó en mi interior.

"¡Yo, descendiente del dragón más grande y malvado de todas las edades, obligada a alimentar bestias inferiores a las que no puedo comer!"

Gruñí y, tragándome las puyas que amenazaban con ahogar mi garganta, me encaminé hacia las vallas que cercaban los animales. Agarré el cubo, lleno a rebosar de bellotas, con ira, moviéndolo sin cuidado alguno y desentendiéndome de que la mitad del contenido cayera al suelo antes de llegar a su destino.

Los animales soltaron sonidos complacientes al verme llegar y, presos de un hambre veros, comenzaron a empujarse entre ellos en un intento de ocupar el mejor puesto.

—Estúpidos seres —siseé mientras vaciaba el cubo—. Que yo tenga que comer la misma bazofia que vosotros siendo mucho más superior… Ni en mis peores sueños podría haberlo imaginado.

Entonces uno de los puercos alzó la nuca y me miró, profiriendo un sonoro gruñido.

—¿Qué miras? —inquirí, claramente molesta —. Si por mí fueras ya estarías en mi estómago. Es más, no creo que pudieras tener final mayor, ¿no crees? Engullido por un… Un… Un simple mortal…

Sin quererlo mis brazos actuaron por cuenta propia y se abrazaron, como si mi cuerpo intentara consolarme de una cierta manera. Gruñí, sacudiéndolos para que volviera a su sitio. Dejé caer el cubo y me encaminé hacia la cabaña. Al tan sólo dar unos pasos ya pude percibir el fétido olor que la olla de Beorn comenzaba a proferir y aquello no hizo más que aumentar mi cabreo.

—Algún día me comeré todos tus animales, beórnida, y te obligaré a mirar —aseguré para mí misma, sin dejar de patear el suelo.

 

 

 

ooOOoo

 

 

 

El sonido del metal cayendo sobre la mesa me sacó de mi siesta como un jarro de agua fría. Me incorporé en la rústica mecedora, alterada, y descubrí que frente a mí había dos lanzas, de hierro dentado y mango de roble, tan largas como yo o tal vez más. Miré con recelo al cambia pieles, sin aventurarme a preguntar.

—No deberías dormir tanto, luego te desvelas —afirmó él, cruzándose de brazos —. Y no creas que yo voy a descansar tranquilo después de que casi te comieras a uno de mis ponis hace unos días.

—Cuánto rencor, cambia pieles, de haberlo sabido yo…

—Pero eso no atañe ahora —aclaró, interrumpiéndome —. Voy a salir esta tarde y no volveré hasta la noche.

—¿Me vas a dejar encerrada, entonces?

—No. Sería francamente estúpido y acabarías comiéndote alguno de mis animales. No, muchacha, tú te quedarás fuera y vigilarás de ellos por mí.

—¿Y qué te garantiza que no los devoraré en cuanto te des la vuelta? ¡Hasta me has dejado dos buenos cuchillos para despellejar y todo! —canturreé, deslizando el dedo por el frío acero.

—No lo harás —aseguró, dando un paso para quedar a tan sólo unos centímetros de mi cara—. Porque si veo que le falta una pezuña a cualquiera de ellos tú pagarás las consecuencias, muchacha.

Sonreí de medio lado, sin abandonar mi posición, sin amedrentarme lo más mínimo.

—Pues entonces no tienes nada que temer, ¿no?

Beorn asintió con solemnidad, alejándose de nuevo.

—Volveré con la caída del sol.

Dicho esto se encaminó hacia la maciza puerta de madera y salió. Sin perder un segundo me levanté de un salto, aproximándome a la ventana para verlo marchar. Beorn caminó unos pasos antes de transformarse, dejando que el vello negro lo cubriera por completo y su espalda se ensanchase; convirtiéndose en un gigantesco oso negro. El ser miró hacia la casa hasta encontrarse conmigo, dejó escapar el vaho de entre sus fauces con un sonoro gruñido y marchó.

Una vez a solas me aproximé hacia la mesa donde estaban tendidas las lanzas. Empuñé una de ellas, impresionándome del poco peso que parecía tener algo de tal longitud. La hice danzar al son de mi muñeca hasta que no fue más que una prolongación de mi brazo y sonreí, complacida. Entonces hice lo mismo con la otra, tardé más al ser la extremidad derecha pero, una vez conseguido, un cierto sentimiento de euforia recorrió mi cuerpo.

Al fin podría divertirme.

Sin esperar un minuto más salí al exterior. Mis piernas comenzaron a correr colina abajo sin rumbo fijo. Sentí el viento soplar contra mi cara con toda su fuerza pero no me detuve. Corrí y corrí, hasta que lo vi. Era una cigüeña, la cual comenzaba a alzar el vuelo entre unos arbustos a unos treinta metros de mi posición. El brazo izquierdo tomó la delantera y sentí la articulación contraerse. En dos segundos la lanza voló, rápida y certera, atravesando el cuello del animal para clavarse en el prado metros más allá.

La carcajada surgió de mi garganta y la dejé escapar, atronadora, ensordecedora. Llegué ante el cuerpo caído del ave con la respiración entrecortada y los pulmones ardiendo pero no dejé de reír.

—Se terminó el volar para ti, amiga mía —susurré, agachándome para rozar las plumas blancas y alargadas de sus alas —. Mira por donde, ya somos dos.

A la euforia le sustituyó la irá en lo que tarda el ojo en parpadear y, colérica, comencé a arrancarle las plumas sin control. Sólo cuando mis dedos alcanzaron el hueso me detuve.

Me eché hacia atrás hasta quedar sentada y observé la sangre correr por mis dedos; el color rojo, brillante a la luz del sol. Ya no quedaba piel blanca en el animal, pues el carmín tiznaba lo que antaño era puro. Hasta mis manos y brazos habían quedado salpicados, hasta la túnica y mis mejillas. Como una asesina y su víctima, muerta a sus pies.

"Ringëril…"

Abrí los ojos desmesuradamente al recibir la imagen del recuerdo en mi cabeza. Al recordar su cuerpo, tan blanco como el de la cigüeña, teñido de rojo. Al rememorar los movimientos cada vez más lentos de su pecho. Sus ojos, dos gemas tan frías y gélidas.

"Ringëril…"

Al recordar el sabor ácido y amargo de la sangre entre mis fauces…

—¡NO! —grité de pronto, gateando hacia atrás —. ¡LÁRGATE! ¡YA NO EXISTES! —escondí la cabeza entre las rodillas, presa de los temblores —. Ya no existes…

 

 

 

ooOOoo

 

 

 

 

Recogí las lanzas en silencio, empuñando con fuerza el mango como si aquello pudiera darme la tranquilidad que necesitaba. Como si pudiera borrar esa imagen de mi cabeza. Pero no podía, llevaba toda mi vida intentándolo y seguía igual de claro que entonces.

—Númenna… —susurré y al surgir su nombre de entre mis labios un dolor se acomodó en mi pecho. Negué, sacudiendo la cabeza con violencia —. No más debilidades. No más errores.

Marché colina arriba y, cuando estaba a una cierta distancia de la cabaña, los vi. Quince figuras, una de ellas más alta que los demás, corrían despavoridas con el mismo destino que yo tenía. Pero mi asombro fue mayor cuando vi a Beorn aún transformado en oso, corriendo tras de ellos como un lobo en pos de un ciervo.

—¿Pero qué…? —susurré incapaz de encontrarle el sentido a aquella situación. ¿Acaso el cambia pieles gustaba de comer humanos de vez en cuando?—. Viejo egoísta —siseé.

Comencé entonces a correr, si Beorn se iba a dar un festín de carne humana debía invitarme cuanto menos. Más aún, a mis orificios nasales llegaba un olor conocido, muy conocido, que se acentuaba a cada paso que daba.

Fue entonces cuando me percaté de a qué me recordaba esa fragancia.

—¡Enanos! —exclamé con alegría—. ¡No podías haber elegido carne mejor, beórnida!

Acentué pues mi carrera, sintiendo mis piernas robustecidas logré llegar mucho antes que ellos y, colocándome enfrente de la puerta, enarbolé ambas lanzas, expectante.

Conforme se acercaban su rostro palidecía al verme, supongo que el hecho de que tuviera sangre reseca decorando mis prendas y extremidades no ayudaba a la hora de causar una buena impresión. Tanto mejor, adoraba el atisbo del miedo en los ojos de un humano, fuera enano, elfo, hombre o… Espera, ¿qué demonios era ese ser, acaso había surgido una nueva raza de enanos delgados, sin  barba y notoriamente más pequeños?

El aludido pegó un respingo al verme y miró hacia atrás, seguramente meditando cual de las dos formas de morir era menos dolorosa.

Observé que algunos de los enanos eran de mayor edad y permanecían quietos y alerta, mientras que otros más jóvenes empuñaban sus armas con fiereza. Uno de ellos, dotado de un arco, dio un paso adelante.

—¡Aparta, mujer, o disparo! —advirtió, tensando el arco.

—Vaya, y yo que pensaba que los enanos luchaban de frente —comenté con burla, encorvándome para forma una posición ofensiva—. Dispara pues, enano, veamos cuál hoja es más certera.

—¡Detente, Kili! —rugió la voz de un nuevo enano, de edad mediana, quien portaba una espada de inconfundible acero élfico.

El enano arquero acató su orden y bajó el arco sin dejar de mirarme. Sonreí, apretando los dedos alrededor del mango de las lanzas.

—Enanos tendréis que elegir, morir en las fauces de esa bestia o, aún mejor, dejar que mis lanzas acaben con vuestra patética existencia —siseé. Pero, antes de que pudiera abalanzarme sobre ellos una rama brotó de la tierra y, enrollándose alrededor de mi tobillo, me ancló con fuerza al suelo.

—No harás tal cosa —afirmó otra voz, más grave y añeja que las del resto. Miré con asombro la figura del humano acercarse. Sus ropas, de un color gris pálido y su bastón alargado no dejaron cabida a las dudas.

—Gandalf el gris… Jamás pensé que te tendría tan cerca —susurré sin perder la sonrisa.

—Tampoco yo pude imaginar que podría ver a una criatura como tú tan próxima… Y menos con forma humana.

La risa brotó de entre mis labios, de forma grotesca y amarga. Noté la tierra temblar bajo mis pies, Beorn estaba cerca.

—¡Corred adentro! —exclamó uno de ellos y el resto no se hizo de rogar.

Empuñé entonces la lanza para romper mis ataduras pero, justo cuando ya estaba pronta a liberarme sentí un golpe seco en la nuca. Mi vista quedó nublada y todo se volvió oscuro a mi alrededor. Profundamente oscuro.

 

 

 

ooOOoo

 

 

 

 

 

El sonido del fuego crepitando me devolvió de nuevo a la consciencia. Mis ojos parpadearon con insistencia, confundidos, mientras que a mi oído llegaban los sonidos de conversaciones nerviosas. Me intenté incorporar pero no tardé en notar que mis articulaciones estaban atadas y mi cuerpo inmovilizado.

Conforme la vista se me hacía más vívida comprobé mis sospechas. Estaba en la cabaña de Beorn y a mi alrededor había más de una decena de enanos, un ser extraño y ese istar.

Un istar…

—Veo que ya has despertado —comentó una voz a mi vera—. Me sorprende bastante, sobre todo sabiendo lo fuerte que son los golpes de Dwalin.

—Tendrás que usar algo más fuerte conmigo, mago —aseguré, incorporándome lo poco que me concedían mis ataduras.

—Ya veo, supongo que mis cavilaciones eran ciertas —murmuró, acercándose más—. ¿Quién te ha hecho esto, dragón?

Sonreí, negando suavemente.

—Vaya, Gandalf, es increíble que no reconozcas el sello de los de tu raza.

Él se apartó, sumamente sorprendido.

—¿Ha sido obra de un Istari? ¿De quién?

—¿Por qué debería decírtelo? —inquirí —. ¿Acaso sabes quién soy?

—Aún no, pero tengo mis posibilidades —informó mientras sacaba una larga pipa del zurrón, se la llevó a los labios y la encendió con un chasquido de dedos.

—Pues pregunta, Istar, si adivinas responderé.

—Quizás seas un Urulóke escupe fuego de las Tierras del sol.

—No.

—¿Un Gran Gusano proveniente de las Montañas de ceniza de Mordor?

—Prueba de nuevo.

Él calló durante unos segundos, haciendo que de entre sus labios surgieran anillos de humo de diferentes tonalidades y tamaños. Entonces apartó la pipa de su boca y me miró con seriedad.

—Hay una leyenda, no muy conocida, sobre la historia de un dragón descendiente del propio Ancalagon, criado por una congregación de dragones de hielo en las Tierras Oscuras.  Dicen que tenía las escamas de un color azul oscuro y penetrante, tan grande que su cuerpo producía una sombra sin fin y por ello le pusieron el nombre de Sombra Eterna.

—¿Y qué pasó con él?

—Él no, ella —me corrigió sin dejar de mirarme —. Una descendiente del dragón más importante de la Guerra de la Cólera. Los que conocen la historia afirman que se marchó rumbo a la Tierra Media cuando cumplió el siglo y que vive entre las Montañas Nubladas.

—Bueno, Istari, sólo necesitas hacerme la pregunta pues —susurré —. Y responderé.

 

 

 

 

ooOOoo

 

 

 

 

Bueeeeeenas!

Siento haber tardado pero ya sabéis, ¡los estudios y la venida de febrero son mortales!

Como veis poco a poco voy dando más información (Porque como la suelte de sopetón vais listos) y supongo que os habré generado muchas dudas pero ahhh, soy perversa *muajajaja*

Además quiero dar las gracias a todas/os los que le habéis dado una oportunidad a este fic y a mi querida Erinia que hace la mejor publicidad del mundo ;P

¡Nos vemos pronto!

Un besotee



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