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Sombra Eterna » Prólogo
Sombra Eterna (R15)
Por Aru97
Escrita el Domingo 28 de Diciembre de 2014, 23:35
Actualizada el Sábado 17 de Enero de 2015, 16:06
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Prólogo

Capítulos
  1. Prólogo
  2. Capítulo 1

Queridos lectores;

Lo que tenéis ante vosotros es el prólogo de lo que planea ser mi primera incursión al mundo de Tolkien (mediante fanfic). Nada de esto sería posible de no ser por el gusanillo que Erinia y Elein dejaron en mi corazón por culpa de sus fantásticas historias.

Esta no será una historia convencional y ni mucho menos habrá una MarySue que enamore a Thorin el primer día. Las/los que conocen mi escritura saben que no soy dada a esas tramas, que mis historias tienen acción, misterio y algo de oscuridad. ¿Habrá amor? Puede, supongo que una buena historia siempre tiene que tenerlo en mayor o menor medida.

Lo único que debéis tener claro es que esta es una historia sobre Venganza, la venganza de mi protagonista contra el dragón Smaug y de lo que ello conlleva. ¿Seguirá el hilo del Hobbit? Pues sí, porque Smaug está en ese libro, ¿no? Pues eso xD

Por último, quiero dedicarle este capítulo a mi querida Erinia; por la brasa que me ha dado con que lo subiera. Porque todo esto es culpa tuya, amiga mía, y porque sin tu apoyo no se habría llevado a cabo.

Nos vemos.

¡Un besote!

 

 

 

ooOOoo

 

 

Más allá de las frías y brumosas montañas,

a mazmorras profundas y cavernas antiguas,

a reclamar el oro hace tiempo olvidado,

hemos de ir, antes de que el día nazca.

El Hobbit

 

 

 

A mi alrededor se levantaban las prominentes paredes de piedra de Erebor; los salones y pasillos, repletos de riquezas de incalculable valor, relucían las piezas de oro, plata y bronce. Las joyas relampagueaban ante la luz solemne de las antorchas. Y el sonido más débil reverberaba amplificado contra la piedra, provocando que todo aquel paraíso enterrado temblara.

Pero no estaba sola. A mi vera se tendía un ser enorme, de armadura rubí y brillante, y unos ojos de color ambarinos tan penetrantes, que su sola mirada parecía ahondar en lo más hondo de mi ser.

—Ringëril —siseó con su voz grave y profunda.

Entonces todo comenzó a hacerse más y más grande. Mi tamaño fue menguando y menguando; provocando que el cuerpo del dragón adquiriera aún más impresión.

—Ringëril —repitió él—. No debiste confiar en mi palabra. Jamás debiste caer en sentimientos tan mundanos… Tan humanos.

Quise hablar, gritar, pero de mi garganta no salió más que un graznido incomprensible.

—Morirás como todo dragón debería morir —afirmó, esbozando una sonrisa maléfica que mostraba todos sus dientes, tan grandes, que podrían ensartarme como si de una hormiga se tratar —. Arderás, Ringëril, y la poderosa "Sombra Eterna" no será más que un recuerdo destinado al olvido.

De sus fauces surgieron llamas kilométricas y, en un segundo, todo a mi alrededor ardía. El suelo de piedra quemaba y las llamas lamían mi piel como cuchillos, cercenando y pudriendo la carne. Apreté la mandíbula y caí, sintiendo como todo el lado derecho de mi cuerpo parecía querer despegarse de mí sin previo aviso. El dolor se extendía por cada célula de mi cuerpo y crecía sin control

Mis ojos escocían, la boca me sabía a ceniza y el fuego me engullía, hambriento. Sólo aquellos ojos, como si fueran oro líquido, resplandecían entre el rojo de las llamas. Y esa voz, susurrante y sinuosa

—Ringëril…

 

 

 

La consciencia me recibió entre gritos. Me revolví entre las sábanas, presa del pánico, incapaz de olvidar lo que llevaba despertándome desde hacía semanas. Siempre esa mirada, siempre el mismo dolor.

—Cálmate —afirmó una voz ronca a mi vera. No tardé en sentir un agarre en mis hombros y mi espalda chocó contra el colchón.

—¡Suéltame! —rugí, moviéndome con desesperación para intentar deshacerme del agarre.

—No hasta que te calmes. Ya no eres lo que entonces fuiste, ya no sientes lo que dolió aquella noche. Sólo ha sido una pesadilla, nadie va a hacerte daño.

No sé si fue la firmeza de sus palabras o el contenido de las mismas, pero mi cuerpo quedó paralizado. Lo miré, reconociendo en aquel rostro rudo esos ojos del color de la miel recién cogida, brillantes a la luz de la vela; aquellos que habían velado por mí cada noche desde hacía dos semanas.

Al calmarme noté el dolor punzante en mi costado derecho, fruto del esfuerzo. Suspiré, cerrando los ojos con pesadez.

—No puedes continuar de este modo —continuó él, liberándome de su agarre—. Nada conseguirás si permaneces aquí, débil.

—Tú mismo lo has dicho, ya no soy lo que fui tiempo atrás —susurré, tragando el sabor amargo de aquellas palabras—. ¿Qué puedo hacer con este cuerpo corrompido, blando y lento?

Él no contestó, sino que noté como abandonaba su lugar a mi lado y se ponía en pie. Abrí los ojos, observando cómo caminaba hacia la puerta con la intención de abandonar la habitación.

—Mañana, al alba, te mostraré lo que puede ofrecerte ese cuerpo.

Dicho esto se perdió tras la tosca puerta de madera, dejándome sola a merced de mis pensamientos y pesadillas.

Me giré hacia la vela y observé la llama danzante, la cual crecía y menguaba a medida que la cera surcaba sus bordes y caía, perdiéndose en el plato de tosco hierro que la contenía. Alcé la mano, acercándola al calor, y noté el hormigueo en la punta de los dedos. Poco a poco el pinchazo inicial dio paso al dolor acuciante y tuve que apartarla. Asqueada, observé mi mano humana como si fuera lo más horripilante del mundo. Comprobé que bajo la muñeca comenzaban a entreverse las marcas de quemaduras, allí donde el rojo oscuro escondía el verdadero tono rosado de mi nueva piel.

Si es que a esa cosa blanduzca y paliducha se le podía llamar piel.

Al igual que aquella especie de seda violácea que cubría mi cráneo. Aún no comprendía su utilidad, es más, me resultaba francamente molesto cuando me incorporaba. Como si fuera una cortina que no cesaba de dificultarme la visibilidad.

Solté un sonoro bufido, no me estaba siendo nada fácil acomodarme a un cuerpo… Humano. A menudo pensaba que el único descanso a todo aquel desasosiego sería la muerte; pero otros objetivos ocupaban mi mente y para ello debía de estar viva. Viva y fuerte. Porque si de algo estaba segura era de que volvería a ver a ese lagarto traicionero responsable de mi tormento y que, con mis propios manos, acabaría con su vida.

 

 

 

ooOOoo

 

 

 

Las primeras luces del amanecer se colaron por la ventana, inundando la habitación de una calma palpable. Hacía ya dos horas que estaba despierta puesto que jamás fui de sueño pesado y mis sentidos de dragón parecían prevalecer en aquel cuerpo humano, despertándome con el mínimo aleteo de una mosca.

Me incorporé, ignorando el tironeo mañanero con el que me obsequiaba el lado derecho de mi cuerpo. Caminé hacia donde estaba la palangana de agua y, cuando metí las manos en el líquido frío, la imagen de mi reflejo me dejó completamente patidifusa.

Aquel era un rostro anguloso, finamente tallado sobre una superficie de piel clara. Mis ojos, dos joyas de un color gris zafiro, relucían con la luz entrante. Pero, lo que más destacaba en esa tez humana era toda la parte derecha, desde la frente hasta la barbilla y que rodeaba labios y nariz. En aquella región la piel era oscura, casi negra. Parecía cortada a jirones de una forma grotesca y en el lugar donde debería de estar mi oreja, había un hueco parduzco y huesudo.

Todo aquello me perturbó y, por una vez, le encontré utilidad al cabello que poblaba mi cráneo. Lo peiné de modo que tapara parte del rostro quemado y volví a mirarme en el reflejo.

La marca seguía estando ahí, pero se veía menos y, de alguna forma, tapaba la vergüenza que sentía arder en mis entrañas al verlo.

Porque Smaug había fallado al creerme muerta.

Porque mis quemaduras servirían de recuerdo para que jamás olvidara lo que él me hizo.

Y porque, desde aquel día, me juraría a mi misma que no dejaría que mi corazón albergase otra cosa que no fuera el odio más profundo y verdadero. El odio hacia Smaug, hacia el ser despreciable que destrozó mi corazón y me convirtió en lo que ahora veo.

Un cuerpo roto, una prisión de carne débil y blandengue, que encerraba en su interior a la descendiente de Ancalagon que un día fui… Y sólo el cielo sabía si algún día recuperaría mi perdida gloria.

La puerta de la habitación se abrió de nuevo y mi misterioso anfitrión dio un paso al frente, cruzando sus gruesos brazos, poblados por un vello negro y tupido.

— ¿Estás lista para aprender a ser humana? —espetó, dejando entrever una ligera sonrisa socarrona.

—Con que me enseñes a matar dragones me bastará —gruñí en respuesta.

—Una cosa no quita la otra, Ringëril.

—Entonces nos llegaremos a entender —afirmé, acompañándole.

Jamás pude imaginar lo que aquellas palabras me costarían, el sudor y trabajo al que mi débil cuerpo carnoso sería sometido. El cambio y todo lo que trajo consigo. El miedo de saber que, con cada día que seguía siendo humana, una parte de dragón moría al ponerse el sol.

 

 

 

 

ooOOoo

 

 

 

 

NA/ Quien adivine la identidad del "anfitrión" se lleva un pin virtual.

¡Nos vemos pronto!



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