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HHP: El Infierno de los Magos » La Estrella
HHP: El Infierno de los Magos (R15)
Por Bell Potter
Escrita el Miércoles 31 de Julio de 2013, 04:18
Actualizada el Miércoles 1 de Abril de 2015, 22:55
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La Estrella

Doce: La Estrella.

2 de septiembre de 2021.

Norte de Escocia.

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

A la mañana siguiente, el cielo seguía igual de nublado, aunque un poco menos oscuro. El Gran Comedor, con las velas encendidas a horas tan tempranas, no era un lugar muy acogedor.

—A ver, ¿qué tenemos hoy? —quiso saber Rose, sentándose en la mesa de Gryffindor a toda carrera, debido a que por poco y no llegaba a tiempo para desayunar.

—Espera a que nuestros queridos prefectos traigan los horarios —indicó Procyon, que ya iba a terminar sus huevos revueltos.

—¡Ah, sí! Por cierto, ¿por qué no eres tú prefecto?

—¿Yo? ¡No lo dirás en serio! Soy demasiado divertido para eso.

La pelirroja acabó riendo, pensando que su amigo tenía razón. Al segundo siguiente, por el rabillo del ojo, notó que Henry y Hally recorrían su mesa entregando una parte de los horarios (lla otra la llevaban Oscar Wood y una chica rubia), hasta que llegaron a ellos.

—¡Horarios de quinto! —exclamó Hally alegremente, dándoles tarjetas a Diane Creevey y a Giselle Olsen antes de pasarle una a Rose —A saber lo que piensan haciendo estas cosas —se guardó la tarjeta siguiente en el bolsillo y leyó la que le quedaba —¡Henry, tengo el tuyo!

—Gracias —el castaño, tras darle sus horarios a los chicos de su curso y a Cecil Finnigan, lanzó uno hacia Procyon, quien lo pescó en el aire —Entonces, ¿a las mazmorras, no?

—¿Qué? —Rose contempló su propia tarjeta, haciendo muecas a continuación —¿Por qué tenemos que verles la cara a esos tontos desde temprano?

—Lo único bueno es que no estará Snape —indicó Procyon, poniéndose de pie y colgándose la mochila al hombro, para luego alzar otra mochila —Te ayudo con esto, ¿de acuerdo?

Hally, que se llevaba una tostada con mermelada a la boca, asintió.

Los de quinto de Gryffindor y Slytherin partieron en poco tiempo a Pociones, preguntándose cómo sería Belby, aunque esperaban que no resultara tan irascible como Snape. Llegando al aula, comenzaron a entrar en silencio, como era la costumbre, acomodándose enseguida como mejor les pareciera. Hally, ya con la mochila a cuestas y casi en forma automática, fue a una de las mesas del fondo, seguida de cerca por Procyon y Rose, con Henry a la zaga. Hallaron en la mesa contigua a sus amigos de Slytherin, a quienes saludaron con un ademán.

Al frente de la clase ya se hallaba el profesor, sentado a su escritorio, revisando a conciencia unos pergaminos y, aparentemente, ignorando a los recién llegados. Solo hasta que la puerta se cerró tras el último estudiante dejó lo que hacía, alzó la vista y apuntó al pizarrón con la varita mágica, donde comenzó a aparecer un largo escrito.

—Buenos días —saludó el hombre, paseando la mirada por todos los estudiantes —Bienvenidos al quinto curso de Pociones. Como escucharon ayer del profesor Snape, mi nombre es Horatius Belby. El programa para ustedes está pensado en que se les dé un refuerzo de cursos anteriores, en conjunto con el aprendizaje de pociones que, con seguridad, vendrán en el Título Indispensable de Magia Ordinaria, el primer paso hacia la profesión que piensen ejercer en el futuro.

Algunos de los estudiantes, como Diane Creevey y Franco Visconti, sintieron que aquel no iba a ser su año. Habían olvidado por completo los TIMO'S.

—He revisado con el profesor Snape los avances de este grupo —siguió Belby, con lo cual hizo que los de Slytherin sonrieran con aire satisfecho y los de Gryffindor debieran contener un bufido de indignación —Para esta primera clase, tienen en el pizarrón la receta del Filtro de Paz, que ha sido una de las pociones preferidas por el Tribunal de Exámenes Mágicos en la teoría del TIMO de Pociones. Deberán preparar una muestra lo suficientemente buena como para ser administrada en un caso real de ansiedad. Pueden comenzar.

Casi enseguida todos se pusieron en movimiento, ordenando materiales e ingredientes sobre las mesas. Algunos que tuvieron la precaución de ir leyendo la receta conforme Belby hablaba ya habían notado que era una pócima difícil. Dedujeron que el hombre resultaría muy exigente.

—Disculpe, ¿es usted pariente de Damocles Belby, profesor? —inquirió Brandon cinco minutos después, con voz educada y fingiendo inocencia.

El profesor, echando un vistazo al caldero de la jovencita, arrugó la frente.

—Que lo sea o no es irrelevante —contestó —Vigile su trabajo, está quedando mal.

Mientras Brandon miraba su caldero con enfado, Sunny intentaba por todos los medios no reír, al tiempo que se concentraba en su propia poción.

El tiempo fue corriendo y pronto el aula estuvo llena de vapor, siendo algunas estelas de colores inusuales. El profesor Belby, torciendo ligeramente la boca, parecía decepcionado, pero siguió moviéndose entre las mesas, lanzando indicaciones igual de vagas como la dada a Brandon.

Como no hizo comentario alguno al pasar por las dos mesas del fondo y su expresión seguía siendo seria, el resto de la clase se imaginó que, por una vez, Potter y sus amigos habrían echado a perder un trabajo, por más que algunos de ellos fueran los más brillantes de la generación. La idea, que animaba a los de Slytherin desde que perdieran el favor de Snape allí, no cambió ni cuando Sunny encabezó a sus amigos en vaciar la consabida muestra en una redoma, justo antes que sonara la campana, a tiempo para escapar del vapor casi negro que, sin saber cómo, brotaba del caldero de Sullivan, mientras una sustancia parecida al alquitrán manchaba la mesa.

—Etiqueten sus muestras debidamente y déjenlas en mi escritorio —indicó el profesor Belby en cuanto dejó de oírse la campana —No pierda su tiempo, Sullivan —agregó, al ver al chico con una redoma en la mano —Esa cosa no podrá despegarse del caldero. Déjelo como está y márchese.

Calloway y Mackenzie le dedicaron sendas miradas de desdén al profesor cuando salieron de la mazmorra, mientras que Brandon, Scott y Fonteyn lucían más indignadas con Sullivan, quien de hecho, obedeció a regañadientes las indicaciones. Walter tuvo buen cuidado de sujetar a Sunny de un brazo para que no chocara con el enorme joven en su camino hacia la puerta.

—Deja que se marche antes —dijo el castaño a su amiga.

Al final, Rose tuvo que apurarlos para abandonar el aula.

—¡Vamos, que casi no respiro! —decía la pelirroja.

Sunny y Walter salieron del aula corriendo, topándose en el pasillo con el resto de sus amigos, que no dejaban de especular si todas las clases de Pociones serían como esa.

—Mientras no me mire como Snape, creo que podré sacar S de vez en cuando —indicó Rose con aire optimista —¿Se imaginan? ¡Obtener una S en Pociones! Papá se pondría muy contento.

—Claro, si quieres una carrera que necesite Pociones, te conviene mejorar la nota ahora —indicó Henry con seriedad —Mi mamá me preguntó en el verano qué quiero hacer, pero no lo he decidido. ¿Alguno de ustedes ya lo sabe?

—Ni idea —Walter se encogió de hombros.

—Yo tampoco sé —admitió Thomas, pero sonreía como si el asunto no importara mucho.

—Yo sí: entraré a la Triple A, como papá —indicó Rose con alegría —Ya sé que solo aceptan a los mejores, así que no me importará estudiar hasta el cansancio con tal de tener los TIMO'S y los ÉXTASIS que piden, que según papá, son un montón.

El resto de sus amigos, al oírla, se quedó impresionado. Cierto era que Rose era la menos aficionada a estudiar, pero a esas alturas la conocían lo suficiente como para saber que se esforzaba mucho cuando quería obtener algo. Quizá lo que les sorprendía era que hablara de aquel tema con tanta anticipación, cuando eso lo habrían esperado de Hally o de Henry.

—También quiero ir a la Triple A —confesó Hally —Podemos estudiar juntas.

—¿En serio? ¡Será estupendo! ¿Te imaginas? ¡Otro dúo Potter y Weasley cazando a los malos!

Los demás rieron, aunque Sunny paró muy pronto.

—¿La Triple A es donde estudian los aurores? —preguntó.

—Sí, justo allí —respondió Procyon, antes de comentar —Quizá también me haga auror.

—Sí, pulgoso, claro… —ironizó Thomas.

—¿Es muy difícil entrar allí? —Sunny se volvió hacia Hally, quien asintió.

—¿Por qué el interés tan de repente? —inquirió Danielle.

—Curiosidad. No había oído de ese lugar —Sunny se encogió de hombros.

—Ahora que lo dicen, ¿se dan cuenta que hay varios aurores en nuestras familias? —Walter parecía realmente impresionado por su propio descubrimiento —El padre de Hally, el de Rose, el de Procyon, el de Henry…

—Esos Gryffindor's deberían dejarle algo a los demás —bromeó Thomas.

—Mi madre y mi tía son auroras —recordó Walter, aunque menos ceñudo que de costumbre, sin duda por referirse a su difunta madre —Aunque fueron a Gryffindor también…

—Mi madre también era aurora —dijo Sunny en un murmullo.

Los demás pusieron caras de preocupación, temiendo haber metido la pata. En cuanto a familia, Sunny solo hablaba de su hermano mayor, su cuñada y sus sobrinos; eran personas que la querían, no como su padre, que la había dejado años atrás en un orfanato porque era bruja, como su madre.

—Y no olvides a tu nueva "mamá" —apuntó Thomas como si nada.

—¡Oh, cállate! —regañó Danielle, dándole un coscorrón a su novio.

Pero Sunny no parecía molesta. Al contrario, parecía que el pelirrojo hizo bien en decir eso, pues la castaña de pronto mostró una pequeña sonrisa que, para ser ella, ya era mucho.

—¡A correr, que luego no queda comida! —soltó Rose, dejándolos atrás.

Los demás rieron y se apresuraron a seguirla.


Después del almuerzo y de una aburridísima clase de Historia de la Magia, alguien como Rose solo quería ir directamente a la cama, aunque Binns les hubiera puerto una redacción de medio metro sobre revueltas cuyos líderes tenían nombres complicados.

Pero no. Todavía le quedaban algunas materias por delante, como Adivinación, de la cual no se dio de baja al no recordar lo frustrante que le resultaba. Al final, se dijo que no perdía nada haciendo el TIMO, ya que no tenía muy claro a qué quería dedicarse, pese a lo que había dicho horas atrás sobre ir a la Triple A.

Eso la hizo recordar a algunos de sus amigos, que parecían tener bien claro su futuro, o al menos una parte. De Hally no le extrañaba, seguro se había comido la cabeza con eso por mucho tiempo. Había escuchado a Amy decir algo de querer un negocio como El Caldero Chorreante, le gustaba servir a la gente y Rose sentía que eso le quedaba. Paula y Ryo sabían perfectamente lo que harían de mayores, claro: él deseaba algo relacionado con Criaturas Mágicas, bastaba ver cómo le gustaban; ella por su parte, estudiaría Sanación, lo había confesado una tarde del curso pasado, haciendo tareas junto al lago.

—Anda, o llegaremos tarde.

La frase de Thomas sacó a Rose de su ensimismamiento, y lo siguió con rapidez, dándose cuenta entonces a dónde iban.

Ese año, Cassidy volvería a darles clase.

La joven pelirroja estuvo a punto de lamentarse en voz alta, pero se contuvo. Le empezaba a faltar el aliento y primero debían llegar a la torre norte. Hally corrió junto a ella como exhalación, la miró por encima del hombro y la animó con una sonrisa y un gesto de mano. Hally, siempre tan pendiente de ella. Rose sonrió, asintió y aceleró el paso, llegando junto a su amiga, apenas unos pasos detrás de Walter y Thomas, que no dejaban de renegar sobre horarios extraños.

—¿Ya casi? —preguntó Rose en un resuello.

—Vaya, pensé que habías comprendido que no sirves para esto, Weasley.

La pelirroja contuvo a duras penas un bufido. Por fin ella y sus amigos estaban delante de la escalerilla que conducía al aula de Cassidy, debiendo subir por detrás de Emily Lancaster.

—¿Podrías esperar al TIMO para enterarte quién es todavía peor que tú? —espetó Hally de pronto, mirando a Lancaster con el ceño fruncido —No recuerdo que sacaras E ni una sola vez.

—Potter, no te metas —espetó Lancaster, de pronto más molesta.

—No voy a dejar que le hables así a mi amiga.

—Llegamos —anunció una voz en la delantera de la fila de alumnos que subían.

Si Rose no recordaba mal, era el Ravenclaw que quería una cita con su prima Nerie, Donald Warren. Genial, ahora tendría que estarle agradecida, aunque no había razón para decírselo.

El lugar no había cambiado nada, solo que en esta ocasión, había un libro en cada sitio destinado a un alumno.

—Bienvenidos de nuevo —saludó el profesor Cassidy desde el centro de la habitación, con su propio libro apoyando en el regazo, completamente abierto —Sabía que todos regresarían y me gustaría decir que fue gracias a alguno de mis métodos de adivinación, pero en realidad, el profesor Firenze hizo el favor de comunicármelo —el mago rubio se puso de pie, teniendo su atril de madera delante, antes de colocarse los anteojos de armazón plateado e indicar —Les asignaré un compañero de trabajo, pero esta vez será uno distinto cada trimestre. Espero que no les importe.

Muchos soltaron suspiros de alivio, entre ellos Rose. Debido a lo vivido en tercero, la pelirroja se negaba en rotunda a estar todo un curso con alguien como Lancaster.

Sin embargo, no tuvo tanta suerte.

—Procuremos no maldecirnos, ¿quieres? —dijo Donald Warren al verla sentarse a su derecha.

—Bien, hay más hechizos que puedo usar si te pones insoportable.

Warren parpadeó con verdadero asombro.

—No te creí tan lista —admitió, para luego abrir su libro.

Rose, lejos de replicarle, se concentró en su propio texto, echando un vistazo a su alrededor.

A Hally la habían colocado con Nicholas Dickens, que según Walter, no era tan mal compañero en esa clase. Por cierto, el castaño se veía algo tenso, apretando los labios para no soltarle alguna grosería a Emily Lancaster, con quien Cassidy lo colocó. La sorpresa fue Thomas, que parecía bastante satisfecho de compartir mesa con Mary Ann Alcott, quien lo veía con una expresión que delataba admiración.

—Que Danielle no la vea… —musitó Rose, antes de enfrascarse de lleno en su libro.

Ese trimestre, iban a adentrarse en la interpretación de los sueños, cosa que no tenía sentido para la pelirroja, pues rara vez recordaba los propios. Además, con lo dicho antes por Warren pasaba a acordarse de algo a lo que no quería darle demasiada importancia.

No era la chica más inteligente del mundo, eso lo sabía de sobra. Cada vez que estaba en clase intentaba por todos los medios ir a la par de los demás, pero se daba cuenta que en ocasiones, solo ella mostraba signos de no comprender de qué se hablaba, debiendo esperar hasta que alguno de sus amigos se lo explicara de forma lenta y con ejemplos que le resultaran fáciles. Rose detestaba sentirse así, como si estuviera en Hogwarts solo por ser bruja, pensando que si su madre fuera diferente, quizá se avergonzaría de ella, porque bien mirado, ¿quién creería que era hija de una Ravenclaw? Nadie, por supuesto. Aunque a veces la ponía triste no ser más lista, se animaba mirando a su alrededor, contemplando las pocas ocasiones en que era una de las primeras en entender lo que un profesor explicaba, y se repetía lo que su madre le aseguraba, que cada quién tenía cabeza para ciertas cosas y eso los hacía especiales.

Adivinación, de hecho, estaba resultando una revelación para Rose. Quizá para varios fuera una pérdida de tiempo, pero ella lo veía como una de esas asignaturas en las que no tenía que esforzarse en exceso para captar lo esencial. Sabía que eso ponía furiosa a Lancaster, lo cual la animaba más todavía a sacar la mejor nota y por si fuera poco, ¡superaba a Hally y a Thomas, dos de sus amigos más destacados! Eso era suficiente motivo para tenerla contenta.

—Si terminaron de leer la introducción, uno de ustedes cuente un sueño su compañero para que descifre lo que significa. Quien cuente el sueño hoy, deberá entregar la interpretación por escrito la próxima clase. Quien haga la interpretación hoy, deberá anotar sus sueños de la semana para que uno de estos sea el que se descifre la próxima clase.

—Anda, cuenta tú —pidió Rose, girándose hacia Warren.

—¿Por qué? —renegó el castaño, ceñudo.

La pelirroja estuvo a punto de elevar los ojos al cielo. ¡Y se suponía que los de Ravenclaw eran los inteligentes! Bueno, su madre lo era; también tía Penélope, Paula y Ryo…

—Yo no recuerdo uno ahora mismo —respondió.

—Bien, bien… —Warren arrugó la frente, para luego ponerse pálido y menear la cabeza —Pero tampoco me acuerdo de nada —balbuceó.

—Mentira, se nota que recordaste algo. Anda, habla.

Warren suspiró y sin querer ver a Rose a la cara, masculló algo ininteligible.

—¿Perdón? —dejó escapar ella.

—Dije que… Bueno, soñé que salía con tu prima.

Rose tuvo buen cuidado de no soltar la carcajada. Abrió de nuevo su libro por el índice, buscó lo que necesitaba y pasó las páginas hasta llegar a uno de los procedimientos más "simples" de interpretación, que dicho sea de paso, le pareció un montón de escritura sin sentido. Debería pedirle luego a Hally que le ayudara con eso, pero de momento debía arreglárselas solas.

—Bien, los datos, ¿soñaste eso anoche? —inquirió ella, preparando pluma, tinta y pergamino.

—Pues… No —confesó Warren, sin mirarla —Hace dos noches.

—¿Cuál dirías que es el tema central? ¿Cita, Nerie, Deseo…?

—¿Eso a qué viene?

—El libro dice que necesito saber eso. Vamos, Warren, no te quejes y contesta.

—Bien, bien… Yo diría que "cita" es el tema.

—Correcto. Ahora…

Cuando Rose metió la punta de la pluma en el frasco de tinta, el otro arrugó la frente.

—¿No debería yo estar escribiendo todo esto? —preguntó.

—¡Ah, sí! —la pelirroja le pasó la pluma —Anota lo que acabamos de decir y te voy dictando los cálculos. Los tendré que hacer a mano en otro pergamino, pero luego los pasas en limpio.

—¿Por qué habría yo de pasar en limpio tus garabatos?

—Tú vas a entregarlo, ¿no?

Warren, tras parpadear repetidamente con aire confundido, enseguida captó a lo que Rose se refería e hizo ademan de sacar la varita.

—Rose, ¿me prestas tinta? —pidió Cecil Finnigan, desde la mesa a su derecha.

—Ah, sí, claro… ¿Qué pasó con la tuya?

—Franco es muy torpe —Cecil rodó los ojos con algo de hartazgo antes de tomar el frasco que se le tendía —¿Cómo vas con eso?

—Más o menos. Lo pesado será escribir sueños una semana. Casi nunca me acuerdo de uno.

Cecil dejó escapar una risita antes de regresar a lo que hacía. Rose, por su parte, volvió a quedar de frente a Warren, aunque no lo miró, sino que se limitó a escribir cifras y más cifras en un trozo de pergamino, con las cuales había varias operaciones que le iba diciendo en voz alta.

—… En conclusión, ¿significa que debo dejar en paz a tu prima? —masculló Warren cuando Rose le dijo el resultado de la interpretación.

—¡No, tonto! —la pelirroja desdeñó semejante frase con un ademán —Si toda esto está correcto —señaló su pergamino lleno de cálculos —dice que quieres que Nerie te haga caso y por eso la sigues, pero es como… Tú eres ahora como una blugder para ella —añadió, sonriendo al hallar una comparación que pudiera comprender.

Aunque en apariencia, a Warren no le hizo gracia.

—¿Una bludger? ¿Yo? —siseó con indignación.

—Sí, sí, eres una especie de peligro al que Nerie le huye en cuanto lo ve. Si te portas como una quaffle, más tranquilo y moviéndote solo cuando notes que Nerie te acepta, ella te escuchará.

—¿Todo eso se interpreta de mi sueño?

—Más o menos. El consejo se deriva de la interpretación. Eso hacen los videntes, ¿no?

A Warren no le quedó más remedio que asentir, justo cuando sonaba la campana.

—Por favor, no olviden sus tareas para la próxima clase —advirtió Cassidy al verlos marchar.

—¡Creí que nunca terminaría! —masculló Walter cuando, después de bajar la escalera de caracol, se hallaron en uno de los pasillos que llevaban a las escaleras más cercanas.

—Pobre, tener que aguantar a Lancaster… —lo compadeció Thomas con una sonrisa.

—Yo que tú no hablaba, que si Danielle llega a enterarse de cómo te trata Alcott, es capaz de lanzar maleficios —advirtió el castaño.

Para sorpresa de los demás, Thomas se echó a reír.

—¡Pero si ella se la pasó genial en la clase! —aseguró el pelirrojo —Me preguntó algunas cosas sobre mis padres, parece que una de sus abuelas es muggle y sigue su programa. Quería saber si podía conseguirle autógrafos, quiere dárselos a la señora en su cumpleaños.

—¿No te fastidia que solo te hable la gente por eso? —quiso saber Hally, ceñuda.

—No si son como Mary Ann, que primero me hizo caso cuando le dije que trabajáramos. Parece buena chica, ahora veo por qué… ¿Rose?

Thomas y los otros dos dieron media vuelta. Rose andaba muy despacio, distraída, mirando por los ventanales con los que se topaban.

—¿Rose? —llamó Hally esta vez.

—¿Qué? —inquirió la aludida, regresando a la realidad.

—¿Pasó algo con Warren?

—No, es tan tonto como siempre, pero al menos sabe lo que es trabajar en clase —aseguró la pelirroja, encogiéndose de hombros —Aunque tener que interpretarle un sueño donde sale con Nerie fue… —fingió un escalofrío, causando la risa de sus amigos —Está loco —aseguró.

—Mejor él que Corner, ¿no? —aventuró Thomas.

—No estoy segura. No es que Nerie me haya contado mucho, pero con Corner la pasaba bien. Si Warren consigue salir con ella, no sé cómo se llevarán.

Así, entre una charla y otra, los cuatro fueron descendiendo pisos hasta que llegaron al Gran Comedor antes de lo que se pudieron dar cuenta.

Para Rose, fue estupendo olvidar por un momento lo pesimista que se había puesto con las palabras de Warren, sobre todo recordando cómo lo dejó pasmado con su trabajo en Adivinación.


Para los de quinto de Gryffindor, tener Defensa Contra las Artes Oscuras era primordial.

Al llegar al aula, se notó enseguida que no era Lupin quien estaba a cargo, debido a que el área estaba despejada, con los bancos pegados a las paredes, por lo que los alumnos no sabían a dónde ir. Algunos divisaron enseguida a la profesora Smith, sentada a su escritorio en el frente del salón, revisando unos pergaminos con gesto de concentración. Se oyó a Giselle Olsen y a Diane Creevey asegurando que con esa cara, se notaba mucho más que era la madre de Aaron Smith, el cazador de Hufflepuff, aunque Rose no estuvo completamente de acuerdo al verla erguirse, dejando sus notas a un lado y luego poniéndose de pie con varita en mano.

Para la pelirroja, la profesora Smith era más parecida a una chiquilla de cuarto que a veces hablaba con Nerie en la sala común.

—Bienvenidos, alumnos de quinto —saludó enseguida la profesora, caminando unos pasos para quedar delante de su escritorio, apuntando con la varita a la pizarra, donde comenzó a aparecer su nombre y debajo, con grandes mayúsculas, "TIMO" —Como deben recordar, soy Sally-Anne Smith y me encargaré de Defensa Contra las Artes Oscuras este curso, como mínimo…

Las últimas palabras eran de esas que gente como Hally o Henry no pasaban por alto; sin embargo, ninguno de los dos habló.

—… He revisado a conciencia los informes del profesor Lupin respecto a todos los cursos, así como algunas notas respecto a cada grupo —informó la mujer, paseando la mirada por todas las caras presentes —Son los de Gryffindor, por lo que veo, y su profesor hace buenas referencias respecto a su trabajo, así como lo que han aprendido. El curso pasado, sin ir más lejos, se les impusieron tareas respecto a los duelos de magos e incluso tuvieron prácticas, ¿correcto?

Hubo algunos asentimientos de los estudiantes. La profesora Smith sonrió.

—Seguiremos por esa línea, con algunos cambios —les indicó la mujer —Debido a que es su año de TIMO'S, se repasarán algunos temas de cursos anteriores, con tal de que estén preparados, además de lo nuevo que tendrá este curso. No solo tendrán más duelos de práctica, eso deben saberlo desde ahora. Este año trabajarán muy duro en esta asignatura.

Unos cuantos tragaron saliva e inevitablemente, hicieron comparaciones entre la actitud serena y amable que siempre mostraba Lupin y lo que presenciaban. La profesora Smith, de entrada, les parecía muy estricta, tal vez no fueran capaces de llenar sus expectativas.

—Ahora, por favor, dejen sus mochilas en los bancos —la profesora Smith, abriendo los brazos, señaló las paredes a sus lados —Los llamaré uno por uno y veremos cuántos pueden tener un duelo en condiciones con una persona que los supere en edad, estatura y experiencia.

—¿Qué está diciendo? —espetó por lo bajo Miles Richards, estupefacto.

De un bolsillo de su túnica color mostaza, la profesora sacó un trozo de pergamino, el cual repasó rápidamente mientras hacía un gesto para que obedecieran sus indicaciones, lo cual no tardó en ocurrir. Chicos y chicas empuñaban las varitas con algo de nerviosismo.

—Vamos a ver… Será al azar, no se inquieten —ante semejante afirmación, muchos se tensaron —Fullerton, Martin.

El nombrado, arrugando la frente, dio unos pasos adelante, hasta que la profesora le hizo señas para que se colocara delante de ella, al tiempo que guardaba su pergamino y alzaba la varita.

—Inclinación —pidió la mujer y Martin asintió y obedeció —Varita lista —el chico calmó como pudo el temblor de su mano derecha y apuntó —Uno, dos… ¡Expelliarmus!

El hechizo rojo salió a toda velocidad de la varita de la profesora Smith, pero Martin logró conjurar un Protego, deduciendo lo que le estaban lanzando en cuanto oyó las primeras sílabas. Apenas tuvo tiempo de recuperarse cuando debió dar un paso lateral, ya que la profesora Smith no esperó ni dos segundos para volver a atacar. Lo malo fue que no pronunció nada en voz alta, así que Martin invocó otro encantamiento escudo en lo que pensaba en cómo contraatacar.

Alrededor de ellos, los demás se habían recorrido lo más cerca posible a los bancos, sin poder creerse que la profesora Smith actuara como si aquel fuera un duelo real. Miles Richards, el mejor amigo de Martin, hacía muecas como si fuera a protestar, pero el duelo se desarrollaba con tal rapidez que apenas se le podía seguir con la vista.

Sin embargo, todo acabó pronto. Martin, en un arranque de inspiración y tras deshacer otro Protego, tuvo la oportunidad de lanzar un hechizo de desarme que consiguió arrancar la varita de mano de la profesora Smith, haciéndola girar por los aires hasta los pies de Cecil Finnigan.

—Eso estuvo bien —aseguró la profesora, dedicándole una leve sonrisa a Martin, quien se había quedado un tanto aturdido por su éxito —Puede volver a su sitio, Fullerton.

El chico asintió, recordó hacer una torpe inclinación y guardándose la varita, se encaminó hacia Miles Richard y Franco Visconti.

—Como pudieron darse cuenta, hubo un momento en el cual no pronuncié palabra —explicó la mujer, girando la cabeza en todas direcciones, hasta que Cecil se acercó a ella y le entregó su varita —Gracias. Ahora bien, eso se conoce como hechizo no verbal, que básicamente son los hechizos de siempre pero lanzados en silencio. Puede parecer fácil, pero en realidad requieren un alto grado de concentración y fuerza de voluntad. Por lo general, se enseñan hechizos no verbales hasta sexto, pero según las notas del profesor Lupin, varios de ustedes y del resto de los de quinto están listos, así que lo intentaremos. No hoy, claro —añadió, lo que causó en algunos muecas de desilusión —Es demasiado pronto. Pero quiero que lo tengan presente. ¿Alguien por casualidad sabe la ventaja inmediata de los hechizos no verbales?

Casi por reflejo, todos miraron a Hally, Henry y Procyon, cosa que la profesora Smith no dejó de notar, fijando también los ojos en ellos tres justo cuando Hally levantaba la mano.

—¿Sí?

—Eh… ¿La ventaja es que el enemigo no sabe qué vas a usar? —dijo ella con cierta duda.

—Eso es. Cinco puntos para Gryffindor —la profesora Smith entrecerró los ojos ligeramente e inquirió —¿Es la señorita Potter, cierto?

Hally asintió.

—No me sorprende… —musitó la mujer en tono tan bajo que nadie entendió sus palabras, antes de proseguir a un volumen normal —Bueno, oyeron a su compañera. Si saben usar hechizos no verbales y se ven en la necesidad de participar en un duelo, sorprenderán al enemigo. Espero hayan observado que, diciendo en voz alta mi primer ataque, Fullerton pudo defenderse.

Quienes no habían caído en la cuenta de eso se quedaron bastante impresionados.

—Aclarados esos puntos, continuemos.

Ahora que sabían más o menos a qué se enfrentaban, uno a uno los jóvenes fueron plantándose con los sentidos alertas, aunque nadie lograba tener la misma suerte que Martin.

—Weasley, Rosaline.

Rose tragó saliva. Acababa de ver a Franco Visconti siendo desarmado con tal fuerza que cayó hacia atrás un par de metros con un fuerte golpe y no quería pasar por lo mismo.

—Inclinación… Varita lista… Uno, dos… ¡Desmaius!

Contrario a lo que casi todos habían hecho, Rose no levantó un encantamiento escudo, sino que directamente giró sobre sí misma, moviéndose hacia la derecha, apuntando al segundo siguiente para luego pronunciar las palabras de la Inmovilización Total. Apenas a tiempo, la profesora Smith movió la varita, el hechizo de Rose rebotó en una barrera y después, la pelirroja sintió un tirón en la mano derecha, de la cual su varita salió volando.

La chica se quedó pasmada. No había durado ni un minuto.

—Muy bien, señorita Weasley —indicó Smith y consultó su pergamino con la lista.

—Rose, tu varita… —dijo Giselle Olsen, acercándosele.

—Ah, sí… Gracias.

La pelirroja inhaló profundamente, conteniendo de alguna forma la irritación que le causaba haber perdido tan pronto, y regresó con sus amigos.

—No te preocupes —dijo Henry en cuanto llegó a su lado.

—¡No me preocupo! —rebatió ella en un susurro —Pero no duré nada…

El castaño iba a agregar algo más cuando oyó que lo llamaban al centro del aula, así que no tuvo tiempo más que para dedicarle a Rose una débil sonrisa. Ella correspondió el gesto mientras movía las manos como queriendo decir "¡ánimo, tú puedes!", lo cual era todo lo que podía hacer.

—Inclinación… Varita lista… Uno, dos… ¡Impedimenta!

Imitando a su novia, Henry se movió para esquivar el rayo de luz, pero él fue hacia la izquierda, cambiándose la varita de mano al tiempo que conjuraba un hechizo de desarme que surtió el efecto deseado, quitándole la varita a la profesora Smith y haciéndola retroceder unos pasos. Los demás, tomados por sorpresa, reaccionaron tardíamente con aplausos y vítores hacia Henry, en tanto la profesora buscaba su varita, que le fue entregada por Diane Creevey.

—Gracias. Y excelente trabajo, Graham.

En ese momento sonó la campana, sobresaltando a todo el mundo.

—Por favor, la próxima clase quiero una redacción donde describan detalladamente su propio duelo. Y quienes lograron vencerme tienen cinco puntos cada uno.

Aparte de Martin y Henry, nadie más había logrado algo así.

Rose, en cuanto anotó lo que debía entregar de la redacción, procuró escabullirse, sin querer enterarse de nada más.


Se podía ver a Henry Graham sentado en una butaca de la sala común de Gryffindor, con una expresión tan seria que la gente a su alrededor no le dirigía ni la mirada. En un momento dado había cerrado los ojos con fuerza, como si algo le doliera, pero no tardó en relajarse y sacar uno de los libros de su mochila, poniéndose a leer enseguida. Solo cuando fue casi hora de cenar retiró la vista de las páginas y miró al hueco del retrato, por donde vio entrar a toda carrera a Hally, seguida por un Procyon Black que, como aquella mañana, llevaba dos mochilas.

—¿Hally ya te usa de cargador? —bromeó el castaño, cerrando su libro.

—No exactamente. En cuanto Davis nos dejó ir dijo que venía a ver a Rose —Procyon suspiró y se sentó a un lado de Henry —Entonces contesté que yo me encargaba de sus cosas y salió corriendo. ¿Tú la has visto?

—¿A Rose? No. Me quedé aquí por si bajaba, pero nada.

Procyon asintió, arrugó la frente un poco y luego preguntó.

—¿Y no…? ¿No sentiste algo de ella?

El castaño apretó los labios antes de asentir.

—¿Cómo está?

—Decaída. Le sentó mal que Smith no tardara nada en desarmarla. ¿Oíste lo que dijo después de Pociones, no? ¿Lo de ir a la Triple A?

—Sí, claro, pero ella no fue la única a la que vencieron en clase.

—Lo sé. Pero antes… Cuando estábamos en Autodefensas Muggles, percibí algo…

—¿Estando tan lejos?

—La distancia no tiene nada qué ver.

—Lo siento, no lo sabía. En fin, ¿qué pasó entonces?

Henry no contestó, sino que giró la cabeza hacia el inicio de la escalera de caracol que daba al dormitorio de las chicas. No tardaron en aparecer por allí Hally y Rose, ambas sonriendo.

—¡Hally me contó algo muy divertido! —indicó Rose con alegría —Vamos, muero de hambre.

Tomó a Henry de la mano, lo hizo levantarse y lo arrastró hacia el hueco del retrato.

—Rose, ¿estás bien? —preguntó el castaño, ya fuera de la torre.

—Sí, claro. Lo de antes fue… No sé, me dio de repente. Lo siento.

—¿Por qué te disculpas?

—Es que… Bueno, si de casualidad lo sentiste, no fue mi intención.

—No importa. Pero Rose, después de Pociones, ¿qué clase tuviste?

—Adivinación, con Cassidy, que me puso a trabajar con el pesado de Warren.

Allí estaba, de nuevo un peso en el corazón, una especie de caída de todo lo bueno que sentía Rose por sí misma. Henry le dio un apretón a la mano de ella y enseguida sintió la mejora.

A él le conmovía que su sola presencia pareciera animar a Rose, quien siempre parecía tan vivaz y deseosa de hacer reír a los demás.

—¿Qué te contó Hally? —quiso saber, con el afán de cambiar de tema.

—¡Ah, pues sus citas con Procyon! Ya me había escrito algo en el verano, claro, pero ahora me dijo más cosas. Como que nuestro queridísimo amigo se le queda viendo con cara de bobo cada que lleva ropa violeta. ¿Por qué? Ni idea. Los chicos son raros.

Como Rose rió un poco al decir aquello, Henry no tuvo inconveniente en secundarla.

—También me pidió que la ayude con la selección de suplentes —continuó la pelirroja, ahora con las mejillas algo coloradas —Este año el equipo sigue completo y no piensa cambiarlo, pero dice que será un fastidio probar a los de primero, y como va a tener tardes ocupadas con lo de ser prefecta, yo podía ser algo así como una sub-capitana —le entró la risa, pero esta vez más alta y divertida —Seguro que a McLaggen y al hermano de Cecil les dará un ataque.

—Es probable. Esos dos nunca superaron que les arrebataras el puesto.

—¡Bien merecido que lo tienen! Uno se distrae con cualquier cosa y el otro es un amargado.

Siguieron desdeñando a Lawrence Finnigan y a Cyrano McLaggen otro rato, hasta quedar sin aliento por reír sobre el segundo y su pelo tan crespo, antes que Henry carraspeara.

—Rose, ¿recuerdas lo que te dije hace unos meses?

—¿Cuándo exactamente?

—Cuando acepté ir contigo a Hogsmeade.

—¡Ah, ese día! Perdona, pero después del susto que me diste…

Henry asintió y le pidió con un gesto que guardara silencio.

—Era en serio. No dejes que nadie te diga lo que no puedes hacer. Eso incluye a cualquiera que te diga que no eres tal o cual cosa, ¿comprendes?

Al oír eso, Rose puso una expresión confundida que la hizo ver más joven e inocente de lo que era, pero acabó entendiendo, porque dejó de mostrar alegría y asintió.

—No quiero que… Tú eres una persona grandiosa, ¿sí? Y no quiero sentir que te… Bueno, te has sentido como si no… Dejémoslo en que tienes muchas cosas buenas y los que no lo crean, se lo pierden, ¿de acuerdo? Dime si Warren o alguien más te hace sentir tan mal como hoy y yo…

—Tú nada, ni aunque tengas insignia —espetó Rose de pronto, arrugando la frente, aunque Henry vio que sonreía y percibió que se sentía sumamente contenta —Solo… Solo recuérdame todo eso con algo bonito y estaré bien, ¿sí?

—De acuerdo.

El resto del camino al Gran Comedor lo hicieron muy tranquilos, tomados de la mano.


Roma, Italia.

Catacumba de Cooperación Mágica Internacional, Ministerio de Magia.

Era uno de esos raros días en los cuales Falco Garibaldi no quería trabajar.

Las Catacumbas Ministeriales estaban bastante activas en esos días, sobre todo la suya, donde tenía que leer un montón de informes de la frontera, decodificar mensajes de parte de su gente en la Coalición y claro, vigilar de cerca al Cesare y a cuanta gente importante se le indicara.

Pero ese día en particular solo quería irse a casa, sentarse en su sofá y pedirle a Caterina una buena bebida mientras charlaban.

Casi era hora de marcharse. Había hecho horas extras debido, precisamente, a unos mensajes codificados donde dos de sus Legionarios aseguraban que la incursión en territorio alemán iba bien, pero estaba completamente agotado. Y pensar que debía volver en menos de seis horas…

Un ruido llamó su atención. Cosa normal, si el Ministerio de Magia hacía tiempo que estaba vacío. Garibaldi sujetó la varita, se echó un encantamiento desilusionador y fue a investigar, esperando que fuera alguno de los adornos mágicos o una cosa igual de inofensiva.

Salió hacia el Núcleo, sobre todo cuando el curioso sonido, como de pasos, se repitió. ¿Sería posible que alguien más aparte de él se hubiera quedado hasta tarde?

No, aquello era imposible. Una de las nuevas medidas de seguridad era que cualquier trabajador que requiriera quedarse hasta tarde debía notificarlo a Seguridad Mágica. Y ese día no le habían pasado ninguna lista. Apretando un poco más los dedos alrededor de la varita, cruzó el Núcleo a paso lento pero firme, apenas echándole un vistazo a la Pax Magicus, que resplandecía a la luz de unas pocas antorchas muy ligeramente, antes de adentrarse en el túnel que llevaba a la Catacumba de Cooperación Mágica Internacional, cuyas paredes estaban decoradas con banderas y estandartes de distintos países y ciudades.

Mientras avanzaba con el oído atento, Garibaldi hizo otro movimiento de varita para acabar con el débil ruido de sus propios pies. No podía dejar que nadie lo viera ni lo escuchara, no hasta averiguar qué pasaba, menos con las cosas como estaban.

Sus sentidos, agotados por la larga jornada, hicieron lo posible por espabilar y no perderse detalle. Delante de él, al final del túnel, se veían la luz de las antorchas encendidas que eran comunes en el día, durante la jornada laboral. Eso era señal inequívoca de presencia humana.

Garibaldi, un poco más aprisa, llegó a la Catacumba de Cooperación Mágica Internacional.

En cuanto a estructura, las Catacumbas Ministeriales eran idénticas, exceptuando la del Ministro. La diferencia en el resto radicaba en la distribución de escritorios y la clase de "adornos" que tenían en las paredes. En Cooperación Mágica Internacional destacaban los mapas de los principales países con los cuales Italia tenía acuerdos, y en un extremo, de manera reciente, se veía un gran pergamino con la lista de las naciones de la Coalición, incluyendo la misma Italia. Varios estandartes colgaban del techo, agregando color a aquel sitio, pero no era el mejor momento para que Garibaldi comparara ese aspecto con el del salón principal del palazzo Luminatti.

Sus ojos recorrieron la estancia, aprovechando que al salir del túnel de entrada, quedaba un poco por encima del área principal de la catacumba. Así pudo ver que la persona que causaba los ruidos estaba llegando a donde, si no le fallaba la memoria, estaba el lugar del director de aquel departamento. Sin titubear, Garibaldi apuntó cuidadosamente con la varita y lanzó un hechizo aturdidor tan rápido y silencioso que la figura no tuvo oportunidad de enterarse de nada.

Asintiendo con aire satisfecho, Garibaldi se dirigió a quien acababa de derribar, sin quitarse el hechizo desilusionador. Algo le decía que podía haber más de una persona en los alrededores.

Tuvo razón. Apenas había descubierto quién era el inconsciente cuando un destello a su derecha lo hizo reaccionar y tirarse al suelo. Rodó un par de metros y de inmediato comenzó a enderezarse, pero otro rayo lo obligó a resguardarse tras un escritorio, cuya superficie acabó chamuscada y con trozos de pergamino revoloteando en el aire.

—¡Nos descubrieron! —gritó una voz que Garibaldi escuchó lo mejor que pudo, deseoso de reconocerla —¡Vámonos! ¡Vámonos!

En la parte elevada de la catacumba, Garibaldi pudo ver unas sombras en movimiento, pero debido a que las antorchas se iban apagando, no distinguió la cara de nadie. Maldiciendo en su mente, el Tribuno se fue enderezando un poco, determinó dónde quedó el mago al que había desmayado y a gatas fue por él, temiendo enderezarse.

Para sus adentros, el hombre ya empezaba a sospechar quién era el intruso que había dado la alarma, aunque para confirmarlo esperaba contar con el testimonio del caído, lo quisiera o no.

Por fin Garibaldi llegó a un lado del cuerpo, donde se quedó quieto por unos minutos, en alerta. Al no escuchar nada, se puso de pie y las antorchas volvieron a encenderse.

Ahora el mago caído era plenamente visible. Corroborando su identidad, Garibaldi alzó la varita y conjuró un Patronus, el cual adoptó la forma de una enorme ave que no tardó en salir volando de esa catacumba, lanzando un débil resplandor plateado. Luego de eso, el jefe de los Legionarios ató y amordazó al mago, con los labios levemente apretados, contando mentalmente mientras que movía la varita de un lado a otro, revisando con la mirada en qué parte estaba exactamente y qué podía interesarle a alguien que estuviera contra el Cesare.

Al llegar al cinco, un estruendo le llegó desde el túnel por el cual entrara a la Catacumba de Cooperación Mágica Internacional, como señal de que su mensaje llegó a su destino.

Para cuando arribaron media docena de magos y brujas, todos despeinados y con túnicas arrugadas, Garibaldi había concluido un examen preliminar de la escena y correspondió a los gestos de respeto que le dedicaban. Les hizo una seña para que rodearan al caído, con lo cual uno de los recién llegados dio un respingo.

—Acabo de interceptar a esta persona husmeando en este departamento —comenzó Garibaldi, haciendo un vago ademán para señalar los mapas de las paredes —Lo derribé en cuanto lo vi, pero no venía solo, porque me atacaron dos veces antes de oír una orden de retirada. Debido a las circunstancias, era demasiado peligroso que intentara una persecución, así que decidí quedarme a custodiar al que desmayé. Supongo que lo reconocen, ¿no?

Los otros magos y brujas asintieron y aquel que había dado un respingo poco antes creyó que era el mejor momento para hablar.

—¿Hay alguna pista de qué estaba buscando, Tribuni?

—Creo que sí, pero deberemos interrogar a la gente de Cooperación Mágica Internacional que trabaja en estos escritorios. Eso nos dará un panorama más completo del asunto. Mientras tanto, llevaremos a este individuo a los calabozos y montaremos guardias, por turnos, hasta que acabe la investigación y se abra un juicio.

—¿Van a enjuiciarlo? —se indignó una bruja de largos cabellos de un tono rubio oscuro —Lo más probable es que estuviera a punto de traicionar a Italia.

—Tú lo has dicho, Garrone, "lo más probable". Si te sirve de consuelo, creo lo mismo, pero preferiría que un juicio lo declarara como debe ser, así nos evitaremos acusaciones de los civiles.

—Como si lo de la fontana no hubiera sido suficiente —espetó un mago de túnica verde.

Los demás asintieron antes que Garibaldi diera unas cuantas instrucciones más y dos de los magos hicieron levitar el cuerpo del intruso, llevándoselo de allí y rodeados los tres por el resto de sus camaradas, al menos hasta que Garibaldi pidió.

—Capellini, permíteme un minuto.

El aludido, con una inconfundible mueca de fastidio, obedeció.

—Esperaba que acudieras voluntariamente a hablar conmigo, pero en vista de lo sucedido, debo preguntártelo directamente —Garibaldi, diciendo todo aquello en voz baja, logró contener algo de su frustración antes de preguntar —¿A qué aspiras?

—No sé de qué habla, Tribuni.

—¿En serio? Bien, mientras no tenga a qué atenerme contigo, sabes que las misiones de alto rango no estarán a tu alcance, ¿verdad?

—¡No puede hacer eso!

El indignado Fabrizio Capellini fulminó a su superior con su azulada y turbia mirada.

—Puedo, si considero que darte una de esas misiones compromete la seguridad de la república.

—¿Por qué, por mi apellido, por mi familia?

—Por ejemplo. Acabas de verlo.

—Ese no tiene nada qué ver conmigo. No desde hace años. Si me sorprendí fue por verlo de cerca, no nos hablamos desde que salimos del colegio.

Garibaldi arrugó la frente, pensando si debía creerle o no. Algo de esos pensamientos debió traslucirse, porque Capellini carraspeó y echó un vistazo en torno a sí antes de seguir.

—Admito que últimamente he estado un poco intratable…

—¿Un poco? —Garibaldi arqueó las cejas con incredulidad.

—Bueno, quizá más que eso. El punto es que escuchaba conversaciones en la casa de mi familia que no me tranquilizaban demasiado, menos cuando avisaron que arrestaron al hermano de "ése" —Capellini acompañó con un gesto de desprecio el tono con que pronunció lo último.

Garibaldi sabía exactamente de qué hablaba, al menos ahora, con el panorama completo.

Sobre todo porque el mago al que acababan de poner en prisión era un Marinelli.

Los Marinelli, igual que los Capellini, eran personas de abolengo en la historia mágica italiana. Si se podía recalcar una diferencia entre ambas familias era que la primera, además de apoyar la pureza de sangre, solo se relacionaba con sus semejantes; en cambio, la segunda hacía algunas excepciones (sobre todo cuando de dinero se trataba). A ese respecto, Garibaldi nunca había podido decidir cuál de los dos apellidos le causaba más desagrado.

El punto era que la esposa de Fabrizio Capellini era una Marinelli, así que no era de extrañar que estuviera informado de cualquier cosa que hiciera su familia política. Para empeorar las cosas, el recién apresado era Ángelo Marinelli, cuñado de Capellini y hermano de Gaetano, arrestado hacía unos meses por el intento de atentado contra el Cesare que identificara Itzel Salais durante su breve visita a Roma.

—Quizá los Marinelli no quieran meter las manos al fuego por esos dos —aseguró entonces Capellini, con expresión sombría —Siempre han sido los problemáticos, o eso dice Fiorella, pero a saber qué pensará la esposa de Ángelo cuando se entere de esto.

Garibaldi frunció el ceño, sin comprender, hasta que una imagen apareció ante sus ojos por unos segundos y sintió el mismo escalofrío que la vez en que su esposa le explicó de qué se trataba.

La esposa de Ángelo Marinelli era una Umbratti.


24 de junio de 2014. 10:40 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

¡Hola, gente que me quiere! (O algo así). Bien, por algún milagro la racha de inspiración me duró bastante y además, he llegado a la docena de capítulos, exactamente el mismo número de miembros de la Orden del Rayo y, hablando de esta, toca capítulo Arcano representado por una de las chicas. Tierno, ¿verdad? Pasemos a lo que de verdad interesa, si no les importa.

Como el título indica, casi todo el primer día de clases del curso es desde la perspectiva de mi Rose Weasley (Bell aún siente escalofríos al haber acertado con el nombre de la primogénita de Ron, aunque no con su madre). Sabemos que Rose es una chica con el carácter alegre de su padre, aunque a veces se notan en ella rasgos de su madre (tanto físicos como de personalidad). Solo que en esta ocasión tocó mostrar su lado negativo, lo que le pasa por la cabeza cuando la gente le señala el hecho de no ser muy lista, con lo cual se desanima muchísimo. Pero vamos, la pelirroja está descubriendo sus puntos fuertes y entre sus amigos y su novio, no van a dejar que se deprima. Aparte de eso, echamos un vistazo a las cátedras de Horatius Belby y Sally-Anne Smith, ¿qué les parecieron? Conforme pase el tiempo, verán más de ellos.

Por otro lado, el final no es en Hogwarts, sino en Roma, donde Garibaldi atrapó a un espía cuando se quedó haciendo horas extras. Aquí es donde sabemos que dos de las familias mágicas más encumbradas de Italia son los Capellini y los Marinelli; el segundo apellido, por desgracia, está emparentado con los Umbratti, ¿pero cuándo aparecerán realmente estos? ¿Y son tan peligrosos como los cree Falco?

Cosa aparte: a la fecha del presente capítulo, aún no sale candidato para El Mundo, lo que espero no se siga retrasando, aunque comprendo que debe ser difícil asignar. Si no llega nada pronto, deberé asignarlo yo.

Cuídense mucho, ¡felicidades a mí! (Aunque para cuando salga este capi, seguramente ya será julio) y nos leemos lo más rápido posible.



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