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Entre las dos aceras » Entre las dos aceras
Historia terminada Entre las dos aceras (R13)
Por Nea Poulain
Escrita el Lunes 17 de Junio de 2013, 22:07
Actualizada el Lunes 17 de Junio de 2013, 22:19
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Entre las dos aceras

Capítulos
  1. Entre las dos aceras

Entre las dos aceras

 

«En mi opinión es absurdo especializarse, ¿para qué ir por un lado de la acera cuando puedes caminar entre ambas?»

Blaise Zabini, Mortífago, Capítulo XIII: Secretos, Mortífago, Metanfetamina

 

Te encantaba hablar. Hablabas así, no'más, por hablar. Porque tus demonios los escondías bien adentro, dónde nadie los pudiera ver. Te quejabas del mundo, como si el mundo se fuera a cambiar a sí mismo por tus quejas.  Me acuerdo de casi todo acerca de ti. De lo que no me acuerdo es de tus ojos. ¿Eras verdes y raros? ¿Marrones y comunes? ¿Azules muy claro? ¿Parecían ojos de gato? ¿Eran cafés claros, tan claros que se veían como miel, esos ojos que «se derriten» según los poetas y sus metáforas gastadas? No guardé ni una foto de ti. Las quemé todas con un encendedor color verde casi sin gas que también dejaste tú en el departamento, y cuando se acabó el gas del encendedor, las quemé con un cerillo, con dos, con tres, con los que hizo falta. Vi tu cara arrugarse y marchitarse y sentí un malévolo placer al quemar todas las fotos, una tras otra, oliendo el aroma a papel quemado que se quedó pegado en el departamento.

Qué te digo, ya no me acuerdo de tus ojos. A veces me cuesta recordar otras cosas pero ya no me preocupo. Hay quien dice que los recuerdos se van gastando y yo le creo. Dentro de cinco años tu cara será sólo un manchón en mi memoria y no quedará nada más, porque no guardé ni una foto. Sólo me quedé con el devedé de Amélie y todo lo demás lo tiré. Regalé tu cámara; se la di a mi sobrino, el que quiere ser fotógrafo y trabajar de periodista. Llevé tus libros viejos en una caja hasta Hidalgo, hasta la librería donde todo está apilado y si quieres un libro de hasta arriba tienes que agarrar la escalera y subir, escalón a escalón, rogando no romperte la crisma, casi enfrente de la Rotonda de los hombres ilustres y se los vendí a la señora que te hacía descuentos. Doscientos pesos te puedo dar por esos, me dijo, y no más. Y me largué con mi billete de a doscientos pesos. Saqué tu librero a la calle, me ayudo Gerardo, el vecino de abajo. Lo dejamos arrumbado en plena avenida Montevideo y a las tres horas ya no estaba.

Estuve a punto de quedarme la carta. La que dejaste antes de irte, en la que me pedías perdón y me decías que me querías. Escribiste tequiero cinco veces seguidas sin separación, como si pretendieras que me ahogara en esas letras tras tu partida. Pero no sé en qué ahogarme y quemé también tu carta con el tequierotequierotequierotequierotequiero y todos los perdones que no te concedí. A mi tía Rita le regalé el gato. Rayas —porque tu imaginación para los nombres nunca fue tu fuerte— vive con ella y está bien. Feliz, creo y gordo, muy gordo. Le hace compañía a la vieja porque mis primos ya no la van a ver.

Cachalot, el pez, se lo llevó Mina, tu amiga la de publicidad, que vino a preguntar por ti y me encontró bebiendo vodka a las once de la mañana, sin pararme ni irme a la superior. No se ha vuelto a pasar por aquí, pero a veces llama, para asegurarse de que no estoy para que me internen en el psiquiátrico. Pero no lo estoy, te lo juro, ya casi estoy bien.

A las tiendas de 20 de Noviembre nunca volví. Ya sabes que no me gustan los vestidos, pero a ti te acompañaba. La ocasión que más recuerdo es cuando le gritaste a la encargada porque dijo algo fuera de lugar, no recuerdo ni qué. «¿Pero que una lesbiana tiene que ser barbuda y fea para ser lesbiana? ¿Qué me tiene que gustar el futbol como a los chicos pendejos y tengo que tener el pelo corto? Pero hay que ver que una lesbiana no puede venir con su novia a ver vestidos, porque ya piensan que es una lesbiana rara, porque todas las lesbianas que conocen son marimachos». Y se quedaron todos calladitos y te dejaron probarte el vestido rojo brillante que te enseñé. Yo me guardé dentro que en realidad eras bisexual, que antes de mí habías estado con un chico. Pero conmigo ya llevabas tres años, y eso era suficiente.

Me encantabas. Me encantaba tu lunar en medio de la frente, tus labios gordos y tu cabello largo, siempre arreglado, siempre peinado. Como te quería, carajo.

Pero te fuiste. Te largaste un día en la madrugada y ya no volviste. Yo salí a de la casa casi a las siete, porque tenía clase y Daniel me habló. Me dijo que me fuera pitando a la estación Lindavista, la de la línea roja. Debí de advertir su tono, debí de notar la manera en que me lo decía y hacer caso omiso. Pero en vez de eso fui para allá sin notar nada. Cuando llegué ya no había servicio en el metro. Te fuiste a lo grande, entre las puteadas de todos los estudiantes que llegaron tarde por tu culpa. Nunca supe por qué Daniel me habló. Nunca supe que esperaba. Leí la verdad —o parte de ella— en su rostro cuando llegué, pitando, cinco minutos antes de las siente, pensando que ya ni loca iba a entrar a Proba. Pero después ya no me importó ni mierda. Qué me iba a importar contigo ahí y con la sábana blanca y la cal que pondrían sobre las vías cuando hubieran acabado de hacer su trabajo.

Encontré tu carta el domingo, tres días después. No me contabas por qué lo habías hecho, pero me pedías perdón. Una y otra vez, una y otra. Y me decías que había sido lo mejor de tu vida. Pero creo que sé por qué lo hiciste. Fue por tu mamá, ¿no? Tu papá me llamó una vez. Para decirme que estabas en Jardines del recuerdo y que podía ir cuando quisiera. Me dijo hasta como llegar. Pero todavía no he ido. No me atrevo. No me atrevo a ver la piedra blanca con tu nombre grabado y la fecha en la que te tiraste a las vías. Tu mamá, en cambio, no quiso que entrara al funeral. La vieja nunca me quiso, ya lo sé. Decía que yo te había llevado por el camino de la perversión y otras cosas. Ni le dije nada. Sólo me salí de la sala y me largué bien al carajo. No tenía ganas de gritarle a la vieja en su cara lo que estaba pensando.

Porque el miércoles antes de que te fueras la vimos. Nos la encontramos en metro Chapultepec, porque trabajaba por ahí, en Reforma. A ti no te gustaba que la vieja me viera, porque nunca me quiso. Cuando fuimos a la casa de tus papás en Satélite, dónde todo estaba arreglado y ordenado, me vio como si deseara que me muriera entre terribles sufrimientos. Pero no me morí yo, fuiste tú.

Creo que se preguntaba si no era buena madre. Por qué la hija, la única, le había salido torta, lesbiana. Creo que creía que era un castigo de Dios, o una de esas pendejadas. No sé, no quiero saberlo. Pero te volvió a reclamar ahí en Chapultepec y tú le dijiste, con una sonrisa tensa, que si te gustaban los chicos y las chicas tenías más variedad para escoger. Pero yo me di cuenta que a pesar de intentar bromear estabas tensa. Pero nunca me contaste nada, nunca supe de tus dudas hasta que encontré la carta. ¿Por qué no me lo dijiste antes?

¿Por qué te importaba tanto, tu mamá? ¿Por qué? Aun hoy me lo pregunto, porque desearía que estuvieras a mi lado, y poderte abrazar y decirte que no estás mal, que no importa que tu vieja no lo entienda. Te quiere, eso no puedo negarlo. Te diría que le des tiempo. Y te repetiría mil veces que no estás mal, que eres perfecta, que me gustan tus piernas depiladitas y que tienes todo un mundo para escoger. Que puedes andar entre la acera si te apetece, sin especializarte en nada, que yo así te quiero y que no importa nada más.

¿Por qué te importaba tanto que tú mamá te viera como una rareza, por qué? ¿Por qué te importaba tanto que le costara aceptarte? ¿Por qué no te pudo tocar una familia con otras ideas?

Ojalá estuvieras aquí a mi lado y me abrazaras. Y yo te diría que todo está bien. Que el centro de la calle es perfecto.

Andrea Poulain

a 17 de junio de 2013

México, D. F.




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