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Academia Spy I: El traficante » Capítulo 3
Academia Spy I: El traficante (ATP)
Por Evangeline_Evans
Escrita el Miércoles 3 de Abril de 2013, 17:14
Actualizada el Domingo 25 de Octubre de 2015, 18:05
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Capítulo 3


Capítulo 3

19 de agosto de 1950



Un sueño. Fue un sueño. Por favor, Señor, que haya sido un sueño.

Esas eran más o menos todas las palabras que pude pronunciar en cuanto mi mente volvió a funcionar. Estaba en mi cama, con la cabeza cubierta por la manta, deseando no tener que salir nunca a la luz del día. Pero tenía que hacerlo. Tenía que saber que había sido un sueño. Aunque, sinceramente, lo dudaba mucho. Sin embargo, como solía decir la señora Stone respecto a mis modales: la esperanza es lo último que se pierde.

Lento (más lento que una tortuga raquítica) saqué las piernas de la cama y... casi suelto un grito. Mis pantuflas no estaban donde siempre, es más, estaban al lado de la habitación, cerca de la puerta. Yo siempre los pongo al lado de la cama porque no soporto tener los pies fríos. Y si no están allí significa... que no estoy loca. Sinceramente, nunca he deseado tanto estar loca.

Tras la primera fase de movimiento lento, empecé a correr por la habitación, buscando un vestido que ponerme. Elegí uno verde hierba a juego con mis ojos y me recogí el pelo en una trenza.

Antes de salir cogí dos horquillas. Tal vez había cerrado la puerta.

Salí del camarote y me planté delante de su puerta. Respirando profundamente, metí las horquillas pero, justo antes de empezar a mover, me di cuenta de que estaba abierto.

¿Qué...?

Empujé la puerta y entré.

Nada.

No había nada. Sólo estaba la cama, la mesa y el armario (todo atornillado al suelo, por supuesto). Ni ropa, ni hojas, ni...Gabriel.

Pensando en todo lo que había pasado me pregunté si de verdad lo había visto. Era posible que, mientras planeaba mi incursión me quedara dormida en la cama. Las pantuflas no demostraban nada. Tal vez estaba demasiado cansada y no me di cuenta. Seguía dándole vueltas a todas las posibilidades cuando me acordé del cuchillo. No había encontrado el cuchillo. Y si no lo tenía atado al muslo solo podía estar en el baúl. Nunca lo dejaría tirado por allí.

A medio camino entre mi camarote y la cubierta me di la vuelta y corrí hacía mi habitación. Si él lo había planeado todo como para hacerme creer que lo había soñado se habría asegurado de poner el cuchillo en un lugar en el cual yo pudiera encontrarlo. Lo único que no sabía era que tenía un pequeño compartimento secreto en el baúl en el que estaban mis armas.

Al llegar a la habitación abrí el baúl y saqué casi todo el contenido. Allí, en el fondo, había un compartimento doble. En el primero estaban las monedas de Haden, pero debajo había otro fondo donde guardaba mis dos pistolas y los dos cuchillos. Estaba todo. Excepto la daga con empuñadura negra con detalles dorados y escarlatas. El que había llevado la noche anterior.

Para cualquier persona que me viera en ese momento, habría parecido una joven tranquila que arreglaba su ropa. Nadie habría adivinado lo que ocurría en mi interior. La lucha entre mi parte racional, la cual estaba a favor de que lo había soñado, y la parte "irracional" que creía que todo era real.

Al acabar de empaquetar todo fui a la cubierta a comer. Mi familia ya estaba allí, incluido a mi hermano. Él cual, por cierto, no se veía muy cómodo, pero tampoco incómodo. Seguramente ya sabría que Gabriel se había ido de esa habitación y, definitivamente, no estaba muy contento. Solo había una forma de averiguar si de verdad había sucedido lo de anoche. Todas las pruebas reunidas hasta ahora decían que sí, pero una no estaba lo suficientemente segura. Así que, tentando mi suerte, me senté en la mesa y, tras el primer bocado de tostadas, dije:

Anoche me pareció oír ruido en la habitación de al lado. Creía que allí no había nadie.

Y no lo hay. Seguro que fue tu imaginación ―dijo papá tranquilo.

No sé yo. Oí pasos y golpes. Y una voz de hombre ―todas estas palabras las dije mirando a mi hermano. Su cara no expresaba nada, pero yo sabía mirar más allá de eso. Y lo que miré fue sus manos. Casi no pude aguantar una sonrisa. La mano derecha, la que agarraba el tenedor, estaba blanca y se notaba que hacía mucha presión―. ¿Tú que crees Haden? Es posible que alguien se haya colado en el barco.

No. Seguro que fue una rata ―masculló con los dientes apretados.

Las ratas no hablan, Haden. Al menos no las que conozco yo.

¿Conoces a muchas ratas Annabelle?

Últimamente creo que a demasiadas. Si me disculpáis ―dije mientras dejaba la servilleta en la mesa ―creo que no me siento muy bien.

¿Has dormido mal en tu nueva habitación Anna? ―preguntó papá preocupado.

No, no es eso. Creo que he pasado demasiado tiempo al sol. Con vuestro permiso...

Por supuesto cariño, descansa ―dijo mamá dulcemente.

Me di rápidamente la vuelta y me fui de vuelta al camarote.

¡Era verdad!

Gabriel había estado en la habitación de al lado y... me había atrapado entrando por la fuerza y con un cuchillo en el muslo.

Tal vez no tendría que alegrarme tanto.

¡Oh Dios mio! Le dije que tenía unos ojos preciosos y lo peor era que me desmayé en sus brazos. Bueno, técnicamente no estaba es sus brazos, sino en su...cama.

"Lo importante es mantener la calma." Para empezar, el nunca se lo contaría a nadie, mucho menos a mi hermano. Él le dispararía en cuanto se enterara de que me había manoseado.

Ahora sólo me quedaba rezar por no verlo nunca más.


♥♥♥


1 de septiembre de 1850


Tranquilízate Annabelle. Todo irá bien.

Por supuesto que todo irá bien. Quiero decir, simplemente estaba a miles de kilómetros del hogar que siempre había conocido, a punto de conocer a señoritas insípidas y aburridas que sólo saben hablar de moda y del tiempo y que nunca en su vida han tocado un cuchillo excepto el de la mantequilla.

Todo era perfecto.

¿Me prometes que podremos volver a casa en cuanto haga mi presentación?

Si ese es tu deseo. Tu padre y yo solo hemos hecho esto pensando que te ayudaría ―su voz sonaba sorprendentemente clara dentro del carruaje―. Piensa que por primera vez conocerás a chicas con tus mismos gustos.

Te refieres a esas hienas sedientas de chismes y carne fresca ―y mi comparación no era una exageración. Tras dos días en Londres, empezamos a tener visitas de matronas y sus hijas. Si tenía que soportar otra vez ese tono mojigato y egocéntrico, apuñalaría a alguien.

Exageras cariño.

Mamá, en cuanto os fuisteis saltaron sobre mi como víboras con abanicos y guantes. Si fuera una persona más débil me habrías encontrado en un rincón, sangrando.

Pese al esfuerzo que hizo, al final mamá sucumbió a la risa y soltó una carcajada.

Tal vez tengas un poco de razón ―ignorando mi mirada de "¿en serio?", mamá continuó hablando―. A veces pueden ser muy...

¿Metomentodo?

No...

¿Estiradas?

No...

...

No. Iba a decir un poco hirientes.

Mamá, el cuchillo de la mantequilla es hiriente. Ellas son como una estampida de búfalos salvajes.

Hoy tienes algo con los animales ¿verdad?

Me encogí ligeramente de hombros. La conversación con mi madre había borrado por unos momentos mi preocupación, pero ésta había vuelto rápidamente y con más intensidad. El año aquí iba a ser un infierno. Y sabía que me iba a quedar solo un año porque no había nada en este planeta que me hiciera querer estar más tiempo.

Ni aunque el mismísimo Gabriel No-Se-Qué me lo pidiera de rodillas. Aunque, ¿por qué no admitirlo?, esa imagen era bastante interesante. Con su voz de Aquí-Mando-Yo, no debe pedirle nada a nadie con un "por favor" al acabar la frase. No sé como acabó siendo amigo de mi hermano. O compañero. O lo que quiera que fuesen.

Ya hemos llegado.

Sus palabras me sacaron de mis pensamientos. No había pasado más de una hora desde que partimos de casa.

Sentí el carruaje moverse cuando el cochero se bajó para abrir la puerta. En cuanto vislumbré la escuela mis ojos se abrieron de par en par.

Apenas ha cambiado.

El suspiro de mamá y sus palabras quitaron el hechizo que el lugar había puesto sobre mi.

Increíble ¿verdad?

Sorprendente.

No, sorprendente no. Era maravilloso.

La gran estructura en forma de U cuadrangular, de cuatro pisos, era inmensa. Todo era piedra, y por sus paredes se extendía el musgo y las enredaderas decoradas con flores violetas, rojas, rosas y azules. Las ventanas tenían más o menos el mismo tamaño, excepto en el segundo piso y en el cuarto, donde en las tres caras del edificio eran grandes en medio (suponía que era algún despacho o habitación especial). Pero, lo que más impresionaba era seguramente el paisaje. La hierba era de un verde esmeralda; había flores salvajes por todas partes, sobre todo margaritas, pero también había rosales con capullos rojos, blancos y amarillos. A cada lado de los rosales había bancos de piedra y algunas mesas. Bajo los árboles del jardín había alguna manta con niñas sentadas, cantando y haciendo coronas con las flores que había a su alrededor.

Y eso que no podía ver la parte de atrás.

Todo era tan...idílico. Era como un pedazo del paraíso en medio de Inglaterra y el bosque que había alrededor de la escuela solo reforzaba ese aspecto. Hasta podía oír a los pájaros cantar.

Pero, lo que más atraía la atención era la estatua en medio del patio. En medio de un círculo había una mujer de piedra que miraba hacía nosotras. Su vestido caía a su alrededor como una cascada y su pelo estaba recogido en una corona alrededor de su cabeza. No sabía como lo había logrado el escultor, pero la mirada de la mujer me decía que tenía un gran secreto... y me invitaba a compartilo con ella. A su alrededor crecían rosas blancas y entre ellas otras rojas, amarillas (desde tonos pálidos hasta brillantes), rosa pálido y unas sorprendentes de color naranja.

La tradición es que cada chica plante una rosa el día que se va ―dijo mi madre. Al principio no supe de que hablaba pero luego vi que miraba la estatua. Bueno, más bien las flores que había alrededor de la estatua.

¿Todas las chicas que han pasado por aquí han puesto una flor?

Si. La única cosa que es...especial, son las rosas de colores. Entre las chicas de diecisiete años, la directora elige unas pocas, tres o cuatro, y les encarga cuidar de una flor y, si pueden, mejorarla...

¿Cómo se puede mejorar una flor?

¿Has visto las naranjas?

Si, son increíbles. Aunque solo hay tres.

Son mías. Bueno, no mías exactamente, sino que yo ayudé a crearlas. Tras mi presentación en sociedad, nos reunimos aquí para poder plantarla.

Es increíble.

Sí. Y tú también vas a tener que hacerlo.

¿Crees que la directora me elegirá para hacerlo?

Estoy segura de ello. Ven, es hora de conocer a la señora Lowell.

Caminamos hasta la puerta principal y, al tocar, rápidamente se abrió. Frente a nosotras había una chica de doce, trece años más o menos, con un libro en la mano.

¿Qué desean?

Hemos venido a ver a la Señora Lowell.

Antes de que la chica pudiera responder, llegó un grito:

Señorita Mason, ¿se puede saber por qué no está en clase?

La recién nombrada Señorita Mason bajó los ojos al suelo y luego los subió.

Pasaba por delante de la puerta cuando han llamado y como no había nadie pensé que no era muy cortés dejar afuera a las visitas.

¿Y que haces tú aquí?

La señora Griffin me ha enviado para recoger un libro de la biblioteca ―para demostrarlo, agitó el libro frente a su cara.

Pues ya estás tardando. Ve. No retrases la clase.

Si, Hilda.

La chica salió corriendo por una puerta que había al lado de las escaleras como si la persiguiera el diablo.

Disculpen este ajetreo. Hoy llegan muchas jóvenes.

Lo sé. Me alegro de verte Hilda.

Hilda, una mujer muy interesante, se quedó mirando a mi madre durante unos segundos antes de parpadear rápidamente y sonreír.

Pero si es la pequeña Mary. ¿Has venido con tu hija?

Sí. Ha cumplido los diecisiete ―dijo como si eso lo explicara todo. Y al parecer lo hacía.

Ya veo. Acompañadme.

Sé el camino Hilda.

Sé que te lo sabes. Con todos los viajes que hacías allí podría decirse que pasabas más tiempo en el despacho que la yo. Pero de todos modos te voy a acompañar. Hace poco llegaron dos nuevas alumnas y la señora Lowell está hablando con sus familiares. Creo que deberán esperar un poco.

No importa.

Al llegar al final de la escalera pregunté:

¿En que planta se encuentran los dormitorios?

Las chicas más jóvenes están en la tercera planta, junto con algunos profesores que les imparten clase. Las mayores, es decir tú, se quedan en la última planta.

Al menos así haré algo ejercicio.

Podéis entrar en esta salita hasta que...

En ese instante la puerta del despacho se abrió y salió un hombre alto y entrado en carnes (bastante entrado en carnes). Al primer vistazo me cayó mal y, en cuanto lo miré a los ojos, lo aborrecí. Había algo malvado en esos ojillos marrones, casi rojizos. Algo perverso.

Sentí pena por su hija.

Señoras ―dijo haciendo una pequeña inclinación de cabeza. Luego se fue.

No sabía si sentirme aliviada o insultada.

Bueno, señora Black. La directora ya puede recibirla. Señorita Black, espera aquí ―dado que me mantenía la puerta de la habitación contigua al despacho abierta, supuse que quería que entrara allí.

Gracias, señora...

Llámeme Hilda, señorita Black.

Entonces debo insistir en que me llames Annabelle. O Anna.

Tu hija es una dulzura ―le dijo a mamá, que todavía estaba allí. Por su tono de voz, más bien parecía una crítica que un elogio.

Yo también era una dulzura, Hilda. No te olvides.

Con esas palabras mamá pasó al despacho y cerro la puerta detrás suya. Yo entré en la sala.



No podía más. Solo habían pasado diez minutos desde que me adentré en esta habitación y parecían años.

Al parecer la salita ya estaba ocupada por dos chicas. Seguramente eran de las que había hablado Hilda. Y una de ellas era la hija del hombre que daba escalofríos. Aunque, sinceramente, ninguna se parecía a él.

La rubia que parecía una diosa estaba mirando una revista de moda (el apartado de accesorios por lo que había podido vislumbrar). Llevaba un vestido azul claro, algo anticuado, pero que de todos modos le quedaba muy bien. El pelo estaba recogido en un moño algo suelto y tenía algunos rizos que enmarcaban su rostro de ángel. No había levantado la revista ni siquiera para decir hola, así que no podría estar muy segura del color de sus ojos. Por alguna razón, apostaba que eran azules.

La otra chica también era muy guapa. El color de su pelo era castaño laro, rozando el rubio. También estaba recogido en un moño, aunque mucho más rígido que el de la rubia. Su vestido era azul oscuro, que contrastaba con sus ojos azul grisáceos. Ella también estaba leyendo, aunque no era una revista de moda, sino una científica. Lo cual explicaba sus gafas que, en lugar de hacerla parecer fea, le daba un aire inocente e intelectual.

¿Qué hacía yo aquí?

Al final no pude permanecer más tiempo sentada sin hacer nada y me levanté de forma brusca.

Ninguna de las dos se sobresaltó, aunque ahora sus hombros estaban un poco más rígidos.

Dirigiéndome hacía la ventana, me pregunté si había alguna posibilidad de convencer a mi madre de volver inmediatamente a Carolina del Norte.

¿Por qué?

La voz, pequeña y suave, me sobresaltó. Me di la vuelta intentando averiguar quien había hablado, pero no tuve que pensar mucho. La chica de las gafas me estaba mirando.

¿Por qué? ―pregunté confundida.

Si, ¿por qué llevas un cuchillo?

Esa pregunta me desconcertó. Miré mis manos, preguntándome si había sacado la daga sin darme cuenta. Aunque eso era imposible ya que estaba en mi muslo. Y otro en mi bota. No, no había nada.

No tengo ningún cuchillo.

He visto la forma de la funda cuando te has levantado.

Yo...

Oh Dios mio. ¿Qué iba a decir? Nadie nunca se había dado cuenta de que llevaba un cuchillo hasta ahora. Estoy segura de que el pánico se me mostraba en la cara, ya que la chica me miró sonriendo.

Parecía que su cara se hubiera iluminado, como si el sol se reflejara en su rostro. Parpadeé confundida.

No te preocupes. Yo también llevo. Bueno, no un cuchillo. Una pistola. Solo...

...por si acaso ―dije. Pero mi voz no fue la única que se oyó. La chica rubia también había hablado.

Sus ojos (¡había acertado!) se habían levantado y nos miraban con mucha fuerza.

¿Tú también tienes un arma? ―pregunté totalmente perpleja.

Si ―y me mostró su abanico.

No parece muy... peligroso.

Esa es la idea. ¿Quién iba a temer un abanico? Lo que pasa es que este es mi abanico.

Y entonces pulsó un botón en la base y una cuchilla larga y afilada salió.

Increíble. El mío es bastante simple ―para demostrarlo saqué la daga que tenía en la bota―. Mira.

Lo cogió con destreza y empezó a mirarlo a la luz del sol que entraba por los ventanales.

Está muy bien cuidado. Y muy afilado.

Nunca sabes cuando lo vas a necesitar ―murmuré impresionada.

Cierto. El mio es bastante práctico pero me cuesta un poco utilizarlo. No puedes agarrarlo con facilidad. Por eso estoy buscando nuevos modelos de abanicos o algún accesorio que pueda utilizar.

Así que no era una adicta a la moda. Las miré con nuevos ojos. Eran tan... raras. Pero a la vez tan normales. Al menos para mi.

Sé que esto va a sonar irrespetuoso pero ¿podríais decirme vuestros nombres? Me parece raro tener que llamaros en mi cabeza como "la chica pelirroja e inquieta" y "la científica" ―ella parecía diferente. Más relajada. Muy raro teniendo en cuenta que yo tenía dos cuchillos. Aunque ella también los tenía.

Mi nombre es Annabelle Black.

Yo soy Olivia Simmons.

Encantada de conoceros. Yo soy Alexandra Byrne.

Tras presentarnos, la habitación se quedó otra vez en silencio. No sabía ellas, pero yo quería preguntarles muchas cosas. ¿Por qué llevaban cuchillo?¿Cómo habían acabado aquí?¿Cuál de ellas era hija de ese hombre? Pero me callé. Las acababa de conocer, no podría preguntarles eso. Al final, tras debatirme durante un rato, abrí la boca para preguntarle a Olivia si me podía enseñar su pistola.

¿Qué pistola tienes?

La pregunta no era mía, sino de Alexandra. ¿Esas chicas sabían leer la mente?

Mientras sacaba la pistola de su bolsito dijo:

Es una Colt del calibre 36.

Cinco disparos ¿verdad?

Si. He buscado la de 6 disparos pero vale demasiado.

Mi abuelo tenía una con 7. Me la regaló el año pasado y, tras hacerle una cuantas modificaciones puedo disparar 8 balas. Todavía sigo buscando algo para mejorarlo. Es muy difícil llevarla por allí así que solo utilizo el cuchillo, pero mi abuelo insiste mucho en que sepa disparar... ―de repente se calló y su rostro se sonrojó―. Lo siento.

¿Por qué te disculpas?

He hablado demasiado. En mi defensa diré que no estoy acostumbrada a las reglas de la sociedad.

He estado en América toda mi vida. Diré lo que quiera cuando quiera. Entonces conocerás el verdadero significado de "malos modales".

¿América? ―los gritos de Olivia y Alexandra resonaron en la habitación.

¿He dicho algo malo?

No creía que los ingleses tuvieran tanto odio hacía América.

¡No!―dijo rápidamente Oliva―. Lo que pasa es que siempre he deseado conocer América. He leído que allí hay una gran variedad de plantas medicinales y extrañas.

Y sitios maravillosos―añadió Alexandra.

No puedo decir mucho de las plantas medicinales, pero si que hay todo tipo de ellas. En cuanto a lugares, he visitado gran cantidad y si, son increíbles. No es como Londres, donde parece que sea de noche todos los días. Excepto hoy ―añadí al acordarme del cielo azul que daba a este sitio un aire de cuento de hadas.

Ojalá fuera algún día―suspiró Alexandra.

Casi desee decirle que cuando fuera de visita podría venir conmigo.

Espera.

¿Visita?

Hace cinco minutos mi único pensamiento era coger mis maletas y meterme en el primer barco de vuelta a América. ¿Qué había cambiado? Bueno, esa era una pregunta tonta. Sabía lo que había cambiado: ellas.

"Allí encontrarás personas con tus mismos gustos."

Cada vez que pensaba en esas palabras más me convencía de que mi madre sabía mi secreto.

Pero...¿qué estoy diciendo? A veces pienso que el tiempo de Londres me ha vuelto tonta.

El hecho de que ellas se parecieran un poco a mi no quería decir que tuviera que tirar todos mis planes por la borda.

Toma.

Me tomó unos segundos darme cuenta de que Alexandra me tendía el cuchillo. Por lo visto ya le había devuelto el revólver a Olivia.

Gracias ―dije mientras lo cogía por la empuñadura y lo volvía a meter en la bota.

Y fue justo a tiempo, porque en ese momento la puerta se abrió y Hilda dijo de forma solemne:

Ya podéis entrar. La señora Lowell os está esperando.

¿A las tres a la vez?

Nos miramos entre nosotras extrañadas mientras nos levantábamos.

Era hora de conocer a esa señora Lowell de la que mi madre hablaba con tanto cariño.


Siento la tardanza. Mi única explicación: el colegio. Y esto no va a mejorar. Intentaré subir el próximo capítulo dentro de una semana o así.




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